martes, julio 11, 2006

TEORÍA DE CASTILLA LA NUEVA (Manuel Criado del Val)

TEORÍA DE CASTILLA LA NUEVA
(La dualidad castellana en los orígenes del español)
Manuel Criado de Val
Biblioteca Románica Hispánica
Editorial Gredos
Madrid 1960

INTRODUCCION.

Ninguna preocupación parece ser más viva en los críticos e historiadores españoles, de la ya casi pasada generación, que la definición de España. Se suceden los grandes libros, en aparien­cia objetivos, que esperan apasionada, obsesivamente, afiliarnos a un concepto más o menos extremado; a una ambiciosa sínte­sis española.

En el extraño pleito que sobre el tema de España han enta­blado Américo Castro (1 ) y Claudio Sánchez Albornoz (2 ) queda, al fin, deformada la figura histórica de nuestro país; oscurecidos sus rasgos por unos juicios demasiado rotundos y contradicto­rios, encaminados, ante todo, a rebatir una tesis antipática en todos sus puntos y sobre todos los terrenos.

La historia española se aleja así de su misión. La creación artística, llena de novedades valiosas, de Américo Castro, se envuelve en un ropaje erudito. La reseña crítica de Sánchez Albornoz se hace obsesiva, demasiado larga y personalista. Lás­tima que tanto esfuerzo y tanta inteligencia sean desvirtuados por la excesiva y mutua parcialidad.


Los críticos y novelistas del 98 son, sin duda, los antepasados directos de esta ansia renovada por explicar la fórmula que ha hecho posible la contradictoria historia española. Predomina desde entonces el pesimismo; la sospecha de que hay una do­lencia en nuestro organismo físico o moral. A la quiebra econó­mica y a la mezcla de razas se ha cargado, de manera no muy clara, el peso de la principal responsabilidad.

En la ambiciosa pretensión de definir la imagen de España se suele incurrir en un grave error metodológico : se confunden unidades heterogéneas al unir determinadas épocas y regiones de características muy diferentes, sólo asimiladas en fecha re­ciente. A las mismas grandes denominaciones de Castilla o de España sólo es posible darles su sentido actual si se escoge el momento con prudencia.

Desde Saussure, los estudios lingüísticos esquivan cuidadosa­mente este peligro y separan los planos sincrónicos (especie de cortes longitudinales en la Historia) de la evolución diacrónica, concepto este último cada día más propicio a reducirse a la sim­ple suma de estados sucesivos. Sin duda, los historiadores po­líticos españoles tienen un criterio más o menos similar formado sobre sus propios problemas, pero en su aplicación práctica apenas se advierten los efectos. La proyección horizontal y ver­tical de que habla en algunas ocasiones Sánchez Albornoz, está prácticamente ausente de su esencial versión histórica.

Pero es lo cierto que una historia tan varia y accidentada como la nuestra exige una extrema precisión a la hora dé clasi­ficar sus distintas unidades, tanto geográficas como políticas o lingüísticas. La unidad española es hoy un hecho real, pero la causa principal de sus innumerables vicisitudes está en la múlti­ple personalidad de sus regiones, que, a su vez, procede de sus variadas épocas históricas. El establecimiento de unos períodos claros y precisos es una de nuestras principales finalidades. Cas­tilla la Nueva es por ello, en nuestra teoría, un concepto restringido al período que media entre la reconquista de Toledo (1085) y la expulsión de los moriscos (1609). Naturalmente, que el ri­gor de estas fechas no delimita, en la realidad, una frontera insoslayable.

Al estudiar el complicado marco de culturas y de razas, que está en la base de la historia española, es, asimismo, indispen­sable atender a sus varias estructuras transitorias y locales. No es lícito confundir con la actual conciencia española la de otros pueblos que vivieron en la Península con distinta raza, religión, lengua y cultura; lo cual no impide que puedan tener con nos­otros rasgos familiares. La historia de romanos, visigodos, ára­bes y judíos en la Península no debe confundirse con nuestra historia de España, aunque forme parte de su sustrato.

Como es extremoso unificar cuanto ha sucedido en la geo­grafía peninsular, también lo es la visión, parcial, que hace de­pendiente de una zona o de una época determinada el resultado moderno que se considera definitivo. Para que el análisis histó­rico sea eficaz, es preciso establecer una periodicidad rigurosa y considerar dentro de sus propias circunstancias las épocas de formación: la clave histórica de un largo período medieval no tiene exacta continuidad con nosotros, y su estudio nos obliga a considerar una doble y aun triple orientación; a combinar la his­toriografía cristiana de la reconquista con la versión musulmana, aun a pesar de la difícil conciliación de las crónicas con los re­latos islámicos. Es preciso reunir sobre una base ideal la .comu­nidad y la lucha medieval de las tres religiones; dar su situación y valor reales a la persistente población indígena. Sólo merced a un gran esfuerzo: erudito nos será posible comprender ese mundo peninsular medieval, tan distinto del nuestro, ya que de éste han sido desplazados radicalmente dos de sus elementos for­mativos: el judío y el musulmán.

No sabemos, realmente, en qué puede fundarse la tajante afirmación de Américo Castro, según la cual "en el año 1000, la España cristiana era ya en la esencia como en el 1600" (3). A falta de los seis siglos más decisivos, de transformación más intensa de la estructura social española, no son necesarias muchas pruebas para desmentir esta afirmación. Es criterio muy pelí­groso prescindir del análisis minucioso cuando se trata de reali­dades tan complejas como España, que obligan a pasar por los siglos mucho más despacio.

La confusión a que conduce esta mezcla heterogénea de uni­dades históricas se hace todavía mayor al mezclarse las regiones, que sólo en época relativamente reciente han logrado su verda­dera y firme unidad, y que representan dentro de la síntesis española aspectos bien diferenciados. Nuestros historiadores, y también nuestros filólogos, han incurrido en el grave error de considerar en forma unitaria a las dos Castillas, a pesar de que están bien definidas, tanto en su historia como en su geografía. Y no debe considerarse como un simple problema local la dife­renciación castellana, ya que no es dudoso que en las dos me­setas centrales se forjó, en proporción esencial, la gran historia peninsular.

En torno a Castilla giran obsesivamente tanto la tesis cris­tiano-islámico-judía de Américo Castro como la occidentalista de Sánchez Albornoz. Su diferencia principal está, probablemente, en que mientras la primera tiende a la imagen preferente de Toledo, en Sánchez Albornoz domina la figura representativa de Burgos (4). Podían haber llegado a un acuerdo si en lugar de una falsa generalización hubieran separado la Vieja Castilla, de predominio cristiano occidental, de la Nueva, descendiente directa del complejo mozárabe-judaico-islámica del Reino de Toledo.

Pero lo cierto es que en la diferenciación de estas regiones se esconde uno de los más decisivos problemas de la historia española, aunque, naturalmente, España es algo más que Cas­tilla, del mismo modo que el español es algo más que el caste­llano. El afortunado concepto lingüístico que define a este último como un complejo dialectal puede aplicarse, ampliado, al pro­ceso de unidad-diversidad que define nuestra síntesis regional.

Es bien de lamentar que la confusión entre las dos Castillas se encuentre en el punto central de la historiografía española. La oposición entre Castilla (como término genérico) y León, aun siendo menos significativa, ha predominado sobre la de Bur­gos frente a Toledo. Ninguna frontera geográfica establece, no obstante, un límite entre la región leonesa y la castellana, ni su historia deja de ser un progresivo avance cristiano hacia la Cordillera central, verdadera frontera entre el Islam y el Occi­dente. Oviedo, León y Burgos ven pasar una misma corte pasa­jera, cuyo definitivo emplazamiento, y su todavía más definitiva transformación, sólo vendrán con su llegada triunfal a Toledo.

Algo semejante sucede con el idioma, y no es la menor de las desviaciones a que nos ha llevado la confusión regionalista, la que fija los orígenes del castellano. La cuna del idioma ha sido delimitada, de acuerdo con la cuna de la reconquista, en una pequeña zona cántabra, cuya fuerza expansiva es indudablemente exagerada. Sin embargo, ni el castellano vulgar ni el literario tienen un origen tan simplista. Su base principal no es la inva­sión del dialecto cantábrico, sino el encuentro y la fusión de éste con el mozárabe toledano y el andaluz. Correspondería al pri­mero la inicial evolución fonética y morfológica modificada, a raíz de la conquista de Toledo y del establecimiento de la Cancillería Imperial, por las características mozárabes de los dialec­tos del Sur. La presión de estos dialectos hacia el Norte no sólo llega a neutralizar el avance cántabro, sino que inicia una influen­cia andaluza, que todavía se mantiene en nuestros días.

El criterio, excesivamente fonético, de nuestros lingüistas de principios de siglo, ha desequilibrado este problema, al desaten­derse los importantes cambios léxicos, morfológicos y sintácticos que se operan en el castellano de la Baja Edad Media. Lástima grande, asimismo, ha sido que junto al modelo lingüístico del Poema del Cid y de la primitiva epopeya, no estuvieran presen­tes en semejante grado de atención los fondos mozárabes, que todavía esconden una de las principales fuentes del castellano, y, salvando su distanciamiento histórico, los documentos de la Can­cillería de Alfonso X.

Algo semejante sucede en el aspecto literario. En la épica y más concretamente en el Poema y en la figura del Cid se ha situado la más genuina representación de lo "castellano". Pero lo cierto es que Castilla la Nueva no tiene parte activa en esta epopeya. Más aún, en tierras del Reino de Toledo aparecerá, más tarde, la crítica irónica del idealismo caballeresco que toda epopeya representa. Literariamente -dice Menéndez Pidal- se distingue Castilla por "haber sido la única que dentro de la Península heredó la poesía heroica de los visigodos" (5). Conven­dría explicar que es a Castilla la Vieja a quien únicamente puede referirse esta afirmación y añadir que no hay posible conjunción entre el Cid y Don Quijote.

La literatura de Castilla la Nueva no tiene su verdadero origen en el Poema del Cid, sino, más tardíamente, en la literatu­ra alfonsí y, sobre todo, en la obra de Juan Ruiz, representativa del espíritu toledano del siglo xiv, que continúan sin quiebra otros autores de esa misma región: El Arcipreste de Talavera, Rodrigo Cota, los autores de La Celestina y del Lazarillo, Cer­vantes, hasta desembocar en el gran apogeo dramático, madri­leño, de los siglos xvi y xvii.

La confusión ha nacido, sin duda, del deseo de enlazar en una sola cadena la sencilla literatura épica y religiosa de la Cas­tilla nórdica con la compleja y equívoca de la Castilla del Sur. No se ha visto, o no se ha querido ver, que había demasiada distancia para saltar del Poema del Cid y de las ingenuas can­ciones de Berceo al universo irónico de Juan Ruiz, ni que el abismo que separa el concepto polar de la mística, de la encru­cijada tortuosa de La Celestina, el Lazarillo y el Quijote, es casi infranqueable. Frente a frente, las dos Castillas han opuesto du­rante varios siglos sus modos de ser, y, a pesar de ello, los tér­minos de "Castilla" y de "castellano" les han sido aplicados sin apenas distinción por nuestros más altos historiadores y filólogos.

Una vez establecida la delimitación regional, nuestro primer objetivo será "caracterizar", dar al concepto genérico de Castilla la Nueva los rasgos personales de un organismo con vida his­tórica real. A la "teoría de Castilla la Nueva", fundada sobre bases geográficas e históricas, seguirá su "fisonomía", que, con­tra el parecer de Sánchez Albornoz( 6), se puede identificar con tanta o mayor exactitud y objetividad a través de los documentos lingüísticos y literarios que por intermedio de la más lejana, arriesgada y subjetiva interpretación de la historia política. Las fuentes históricas de nuestra Edad Media están entretejidas con relatos literarios; y, por su parte, nuestra literatura medieval se caracteriza por un fuerte realismo, por una "actitud" histórica, que la convierte en un indispensable y seguro testimonio.

De acuerdo con la procedencia regional, no sólo de los auto­res, sino de determinados géneros y temas literarios, podremos llegar a una precisa exposición de nuestra historia literaria, ac­tualmente confusa por falta de perspectiva regional. Podrán re­solverse problemas tan interesantes como la interpretación del Libro de Buen Amor, hoy desarticulado por una larga cadena de exégesis extremistas, que olvidan o desconocen el cerrado y directo localismo del Arcipreste, que es, ante todo, un castellano "nueva", y su libro un reflejo fidelísimo de la vida en las villas alcarreñas y serranas en el siglo xiv. Podrá, al fin, deshacerse esa colosal falsificación crítica, cometida contra Juan Ruiz, al convertirle en discípulo de un lírico erótico y decadente, como Ibn Hazm (7), o en secuela de un goliardismo transpirenaico (8).

La fisonomía equívoca del reino toledano, todavía no bien incorporada al cristianismo, llena de signos contradictorios, se traducirá en el extraño sentido de La Celestina y en el no menos equívoco del Quijote. De igual manera que el deambular aventu­rero de los nuevos castellanos por la gran vía central de la Península, lo veremos descrito en la picaresca del Lazarillo y del Buscón.

Todavía con mayor precisión podremos conseguir, gracias al análisis de la lengua, ya sea vulgar o literaria, una caracteriza­ción de las unidades regionales. Si a través del lenguaje se puede
identificar, como hemos comprobado recientemente, la persona­lidad de un autor (9), de igual forma se revelan en él las fisonomías históricas y locales. En la síntesis dialectal toledana pueden encontrarse los diversos elementos que estuvieron presentes en sus orígenes. En el diálogo especialmente, máxima creación estilística de Castilla la Nueva, aparecerá reflejada su esencia psicológica. Por un camino semejante se podrá llegar, más tarde, al hoy prematuro propósito de definir y caracterizar la fisonomía total de España, frente a la de otras unidades europeas o mediterrá­neas. Pero, para que esta fisonomía sea verdadera, habrán de re­cogerse sin confusión todas sus variantes regionales y todas sus cambiantes modalidades históricas.


NOTAS

1 España en su Historia, Cristianos, moros y judíos, Buenos Aires, Losada, 1948. La segunda edición lleva por título: La realidad histórica de España, México, Porrúa, 1954.

2 España, un enigma histórico, Buenos Aires; Editorial Sudamerica­na, 1956.
Teoría de Castilla

3 España en su Historia, Prólogo, pág. 11. Menéndez Pidal dice acer­tadamente lo contrario: "En esta época, la más crítica de todas las re­señadas, el mapa lingüístico de España sufre mudanzas fundamentales. Este cambio del mapa lingüístico es 'parejo al gran cambio que sufre el mapa político entre 1050 y 1100; no hay otros cincuenta años en la historia de España que presenten tantas variaciones de Estados como esta segunda mitad del siglo xl." Orígenes del español, 5.1 ed., pág. 512.

4 Es expresivo el que Toledo no figure en el "índice temático" del 'libro de Sánchez Albornoz más que en tres referencias (1, 252; I, 254; 11, 121), frente a las 116 en que aparece Castilla.

5 La epopeya castellana a través de la literatura española, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1945, pág. 45.
6 España, un enigma histórico, cap. I.

7 A. CASTRO, La realidad histórica de España, cap. IX.
8 F. LECOY, Recherches sur le Libro de Buen Amor de Juan Ruiz, Archipréte de Hita, París, Droz, 1938.
9 M. CRIADO De VAL, Análisis verbal del estilo. Anejo LVII de la RFE, 1953; Indice verbal de "La Celestina". Anejo LXIV de la RFE, 1955.

1 comentario:

pirugenia dijo...

Me parece extraordinario este blog y me llena de admiración la entrada sobre el gran Criado de Val y su Teoría de Castilla la Nueva; este blog es de mano de un hispanista avezado, con una visión panorámica del idioma español a través de los siglos y los lugares; no lo puede hacer cualquiera; soy hispanista publicada en Anales Cervantinos y quisiera publicar el nombre del autor de este blog, el cual cito; pero entiendo que el anonimato es imprescindible en muchos casos. De cualquier manera, le agradezco a quien quiera sea el autor o autora, el que haya sido tan generoso con su tiempo como para escribir este blog.María Eugenia