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sábado, octubre 25, 2008

PENSANDO ,EN CASTILLA

La creación de la híbrida y artificioso entidad regional de Castilla-León, así como la de Castilla-La Mancha, son de políticas gravemente erróneas por muchas razones.

La sola enunciación de los nombres, de estas dos nuevas entidades: Castilla-León y Castilla-La Mancha, pone de manifiesto que Castilla ha sido mutilada y que importantes porciones de ella han sido anexionadas a sus vecinos, los antiguos reinos de León y Toledo. Hecho que tan escuetamente aseverado, resulta a primera vista inexplicable, dada la destacada personalidad de Castilla en la historia, la cultura y el conjunto todo de la nación española.

Ni el pueblo de León ni el de Castilla han manifestado espontánea, explícita y conscientemente su voluntad de liquidar estas dos milenarias regiones o nacionalidades históricas para aglomerar ambas en otra de nueva creación. Al contrario, se les está empujando a ello contra una gran inercia Popular, cuando no manifiesta oposición, que los promotores del proyecto tratan de ocultar o superar.

En las provincias de Santander, Logroño y Segovia, la oposición al híbrido conglomerado castellano-leonés ha sido tan grande que, por no ingresar en él, han preferido recabar la autonomía uniprovincial de Cantabria, la Rioja y Segovia, para salvar así su comarcal personalidad castellana.

En muchos aspectos se está procediendo con injustificada prisa, como si se quisiera llevar a cabo la fusión castellano-leonesa antes de que los pueblos de Castilla y León, mejor informados, puedan recobrar respectivamente su conciencia comunitaria.

Se intenta convencer a los leoneses y a los castellanos de que deben propugnar la autonomía de tal conglomerado para despertar la conciencia de su personalidad regional y defender ésta. Es decir, que el mejor porvenir regional de Castillo y de León está en que ambos pueblos renuncien a sus respectivos orígenes, historias y futuros en el conjunto español en aras de una nueva, inventado y confusa región.¡Peregrina manera ésta de «recuperar la identidad Perdida»! Y se procede así, contra un verdadero renacer de los pueblos de León y Castilla, precisamente cuando a todas las demás regiones o nacionalidades de España se les reconoce el derecho a defender y desarrollar su personalidad colectiva y se ponen en marcha con tal fin los correspondientes procesos autonómicos.

Si estos proyectos se llevaran a cabo, en el mapa de las nacionalidades o regiones de España dejarían de existir, como tales y con personalidad propia, León y Castilla (y también, el antiguo reino de Toledo o País Toledano), entidades histórico-políticas de las más antiguas e ilustres del pasado nacional hispano, surgidas hace más de mil años y vivas hasta la Guerra Civil en la memoria de los españoles, no obstante la presión cultural y política ejercida durante siglos sobre ellos por regímenes unitarios y centralistas. Y todo por resolución del gobierno y de unos cuantos parlamentarios, más interesados en urdir maniobras politiqueras que en respetar la diversidad interior de la nación española; no por iniciativa de los respectivos pueblos, que no fueron consultados, ni siquiera previamente informados, sobre las consecuencias de tan trascendental decisión, y aun con la oposición de sus más conscientes ciudadanos.

No son consecuentes, además, con uno de los propósitos más democráticos de la regionalizaci6n: el de reforzar la democracia acercando el gobierno a los gobernados. Esa proyectada gran región castellano-leonesa (vasta en su extensión geográfica y una en su estructura, no obstante su heterogeneidad natural), resabio del centralismo unitario, agarra tanto a los leoneses como a los castellanos del gobierno de sus respectivas regiones, para someter el conjunto a un nuevo unitarismo centralista que, por más estrecho y concentrado, resultaría más absorbente que el hasta ahora ejercido sobre toda España desde Madrid.

Castilla nº 10. Octubre 1980

sábado, octubre 18, 2008

Las autonomíasDe UCD a Felipe González

El documento aprobado Por el comité ejecutivo nacional de UCD, sobre racionalización de los procesos autonómícos, es justo reconocer que debe ser valorado como un acto serio y responsable, una declaración rigurosa, verdadera y acorde con los intereses nacionales.

Es cierto -como señala el documento- que el proceso autonómico debe realizarse sin improvisaciones, gradualmente y con sentido de la responsabilidad. No es posible, sin altos costes económicos y sociales, efectuar aceleradamente la complejísima transformación de un Estado fuertemente centralizado en otro. autonómico; y sólo por vías razonables y mesuradas el proyecto autonómico puede llegar a alcanzar la honda dimensión creadora que permitirá la progresiva institucionalización del autogobierho de cada comunidad en el seno de la unidad de España.

Estamos de acuerdo, y es lo que Comunidad Castellana ha venido predicando machaconamente desde hace tres años. Celebramos que, aunque tarde, el Gobierno empiece a rectificar los errores cometidos en el pasado, cuando de la mano del señor Clavero, ministro para las Regiones, inauguró a bombo y platillo el gran circo autonómíco, repartiendo "preautonomías" a voleo, nerviosamente, como esos caramelos que los charlatanes arrojan a puñados a los muchachos para atraerse a la clientela.

La clase política, tanto del partido en el poder como da los de la oposición, ofreció entonces un fantástico espectáculo de prestidigitación. De la chistera nacional surgieron, como por arte de magia, entes y preautonomías vertiginosas, regiones, presidentes, consejeros y directores regionales, presupuestos. Espléndidos juegos malabares. Había que coger rápidamente, artículo 151 en ristre, el "tren de las autonomías", ese convoy de la Ilusión que nos conduciría por lo derecho a la solución de todos los problemas de las provincias deprimidas: el desempleo, el atraso cultural, la emigración.

Infinitas banderas y soflamas al viento, se inflaron globos, se suscitaron emociones, se utilizó el ideal autonómico, por unos y otros, cada uno en la medida de su conveniencia, sin autenticidad alguna, al servicio de las respectivas y particulares apetencias de poder. Flaco servicio al pueblo y a la democracia.

No era verdad. Un proyecto autonómico auténtico debe ser popular no mera gestación de la clase política espoleada por afanes electorales, sino obra de la conciencia y el impulso de los ciudadanos. La autonomía es una reivindicación cívica que ha de crecer de abajo a arriba, al ritmo y con la presión que marque el propio pueblo, como efecto natural de su nivel de cultura y de conciencia colectiva. No puede ser una invención artificial ideada y otorgada por los políticos, sino el resultado de un proceso de renovación cultural de una colectívidad, a la que, entonces sí, los políticos -en cumplimiento de su noble oficio- deberán servir para !a adecuada realización de sus aspiraciones.

Por la historia y la realidad presente de nuestro país, ese proceso se tiene que desarrollar despacio, sin improvisaciones, sin intercalar ambiciones personales, trabajando por la información y elevación cultural de los ciudadanos. Eso es: trabajando.

Ahora que se trata de rectificar errores y traer las cosas al camino de la razón, nos parece necesario, una vez más, recordar el Gobierno y a la oposición la grave equivocación y el daño que causa la inicial planificación de esas dos "regiones", y posibles comunidades autónomas, tituladas "Castilla-León" y "Castílla-Mancha".

Su artítíciosídad y el revoltijo que en esos entes se hace de tres pueblos -el leonés, el castellano y el manchego- son escandalosos. Así, tales regiones devienen de inmediato problemáticas y conflictivas y suscitan múltíples contestaciones, por unos u otros motivos. Gregorío Peces-Barba, del PSOE, partido que propugna ese erróneo planteamiento, en un reciente artículo viene a reconocer que son regiones que "no están claramente establecidas y que tienen varias opciones". Las provincias de León, Santander, Logroño y Madrid no encajan. y tampoco, es preciso añadirlo, la de Segovia, que se resiste a entrar en el engendro Castilla-León. Los parlamentarios segovianos de UCD se mantienen fuera en base a unos criterios de prudencia, sensatez y realismo que se les debe reconocer y apoyar, conscientes de la falsedad del invento castellano-leonés.

Felipe González, en la conferencia de prensa subsiguiente a la última reunión del comité federal del PSOE, acaba de decir que la actuación autonómica de los socialistas se concreta "en el respeto de la identidad de los diferentes pueblos de España".

De acuerdo. Pero en este caso, parece necesario recordar al señor González que en las nominaciones "Castilla-León" y "Castilla-Maricha" aparece, en las dos, el nombre de "Castilla". Ello significa, obviamente, que Castilla, el pueblo castellano, uno de los pueblos que integran España, está dividido, fraqmentado, troceado. En una palabra, que no se respeta la identidad de este pueblo.

Y como -debe ser señalado—las comunidades autónomas, según el artículo 143 de la Constitución, han de integrarse por las provincias que tenqan "características históricas, culturales y económicas comunes", y puesto que Castilla es una colectividad histórico-cultural de alguna importancia -creemos nosotros, con independencia del grado de conciencia colectiva que ahora tenga su pueblo-, parece oportuno prequntar al señor González -y del mismo modo al partido del Gobierno-, si en esta hora, en que ya se han aprendido algunas lecciones de la experiencia, no sería razonable y necesario que por parte de todos -por respeto a la identidad de los pueblos, por no acumular más obstáculos a la recuperación de sus personalidades v por deja, la puerta abierta para una futura y armónica España articulada, tanto en la periferia como en el centro, en un mismo sistema autonómico de comunidades populares, basadas primordia!mente en la identidad histórico-cultural-, se procediera a una reconsideración seria y responsable de esta cuestión, tan importante: a un nuevo renplateamiento del área geográfica en la que viven los tres pueblos: León, Castilla y La Mancha.

Es un entuerto que debe enderezarse, es necesario, ante todo, por el bien de España. Hay nacionalidades peritéricas, es cierto; pero también las has, aunque hoy adormecidas, que no muertas, en el corazón de la Península. Todas deben contar para la construcción de la España integral, solidaria y fraterna a que aspiramos.

Informativo Castilla nº 7. Enero 1980

martes, enero 01, 2008

LA CASTELLANIA DE SANTANDER

La publicación del proyecto de Estatuto de autonomía para Cantabria aconseja una nueva reflexión sobre aquella cuestión de si la provincia de Santander es, en sí misma, un territorio histórico diferenciado o, por el contrario, es nada más y nada menos que una parte integrante, y fundamental, de Castilla, vieja nación, hoy nacionalidad o región histórica, de acusada personalidad en el conjunto de los pueblos que forman España.

El proyecto de Estatuto, para acoger a la provincia de Santander, con sus propios límites administrativos, dentro del ámbito del artículo 143 de la Constitución, se ve obligado a proclamar, en su articulo 1.0, en relación con el 2.11, que «Cantabria es una entidad regional histórica». Lo cual, Indudablemente, no es cierto. La provincia de Santander carece, a todas luces, de una significación histórica diferenciado que lo permita, constitucionalmente, instituirse por sí sola en comunidad autónoma.

El territorio que ocuparon en la España prerromana las tribus cántabras no es identificable con la actual provincia de Santander, sino que abarcaba, además, importantes extensiones geográficas de las de Asturias, Palencia, Burgos y Vizcaya. Estas tribus no constituyeron nunca una entidad política ni dieron lugar a una conciencia nacional, que sólo aparece, desde los albores del siglo IX, cuando en ese territorio nace el núcleo originario de Castilla, la Castilla Vieja, la tierra de las Merindades,hasta el mar Cantábrico; en una palabra, la cuna de Castilla.

Desde entonces se denomina la Montaña y, todo a lo largo de la historia, es parte esencial y descollante del condado y del reino de Castillo, y de su acervo histórico y cultural. La provincia de Santander no aparece, como circunscripción administrativa, hasta 1833, por efecto de la división provincial de España, ordenada por el arbitrio del poder central. No puede hablarse, seriamente, de que esta provincia, configurada artificiosamente en 1833, sea una «entidad regional histórica».

No obstante, comprendemos que los montañeses sientan el orgullo de sus remotos antepasados cántabros y quieran que su tierra se llame Cantabria. También entendemos su rechazo a ese ente de Castilla-León, de corte isabelino e Imperial, ligado al diseño tecnocrático de la cuenca del Duero, y en el que se sienten naturalmente extraños.

Mejor es que Santander, la Montaña o Cantabria se administre y gobierno con autonomía provincial, que no entrar en ese ente, a ver disuelta su personalidad.

Pero, una vez más, atendamos a la auténtica Castilla; no al híbrido Imperial castellano-leonés. En la Castilla genuina y castellana, los montañeses o cántabros se sentirán en su propia casa. Su misma actitud actual de reclamar la autonomía para su tierra y no dejarse absorber, es típicamente castellana y da fe de su castellanía esencial. Están demostrando que son más castellanos que otros. Porque Castilla no es un país uniforme y centralizador, sino una unión de pueblos y tierras con características propias, con Identidades que a todos los han de ser respetadas.

En esa Castillo plural y diversa, pero solidaria y fecunda, tiene su sitio, por derecho propio, la Montaña de Santander. Cantabria autónoma en Castilla autónoma.

Informativo Castilla nº 8. Abril 1980

domingo, diciembre 30, 2007

EL CASTELLANO EN CATALUÑA

Hecho penoso, y preocupante, es el que se ha producido en la Universidad Autónoma de Barcelona, en la que parece se pretende la supresión del departamento de castellano y se ha dado lugar a que un grupo de estudiantes de periodismo hayan tenido que formular recurso legal para que se les reconozca el derecho a recibir la enseñanza en lengua castellana.

Lamentable seria que, ahora que nos movemos en una atmósfera de libertad y tanto se habla de solidaridad entre los pueblos de España, nos dedicáramos a ponernos dificultades los unos a los otros.

El catalán es una lengua que merece todo nuestro aprecio y afecto, una riqueza cultural de las Españas; y es justo naturalmente que, superadas las viejas incomprensiones, se impartan enseñanzas en catalán, a los catalanes y a cuantos lo deseen en Cataluña, conforme a los derechos instituidos en la Constitución y en el Estatuto de autonomía.

Pero no por eso hemos de negar ese mismo derecho a los demás: concretamente, el derecho de los castellanoparlantes a estudiar y aprender en su propia lengua. No salgamos de una discriminación para caer en la contraria.

Si nos quejamos, con razón, de antiguas arbitrariedades y abusos contra la utilización del idioma catalán, no vayamos a someter ahora a análogas opresiones o restricciones a los que hablan en castellano.

De los agravios sufridos en el pasado por Cataluña no es responsable Castilla ni los castellanos ni la lengua de los castellanos. Totalmente falsa, no nos cansaremos de repetirlo, es esa imagen y ese prejuicio, tan extendidos, que nos presentan a Castilla como pueblo dominante e imperialista que ha sojuzgado a los demás de España, imponiéndoles por la fuerza su idioma, su ley y su cultura.

La realidad es bien distinta. No ha habido una hegemonía castellana ni un absolutismo o centralismo de Castilla. El centralismo de las superestructuras del Estado español ha oprimido a todos los pueblos de España; y Castilla no ha sido culpable sino víctima: La primera y más perjudicada víctima del centralismo español.

Ya lo reconoció Rovira y Virgili, ese gran catalán: «No fue Castilla la que oprimió a Cataluña, sino la Casa de Austria».

De la marginación sufrida por Castilla dan testimonio, vivo y más bien dramático, los miles y miles de castellanos que se han visto forzados a emigrar a Cataluña, desterrándose, para encontrar el trabajo y los medios de vida que no había en su tierra; y no los había porque los que tenían el poder decidieron que, en lugar de procurar el desarrollo de los pueblos castellanos, era preferible expoliarlos.

Esos castellanos en Cataluña merecen el mínimo respeto de que no se les arrebate su lengua y su cultura. De que, en un marco de verdadera solidaridad española, puedan seguir hablando, pensando y recibiendo la enseñanza en la lengua de sus padres, en el idioma del pueblo a que pertenecen.

Informativo Castilla nº 9. Julio 1980

viernes, enero 12, 2007

Resurrección congoja y muerte de Francisco de Medina (Pedro de Coca. Comunidad Castellana, 1980)

Resurrección congoja y muerte de Francisco de Medina

Un comunero abogado

Francisco de Medina fue un viejo comunero de Guadalajara. Concretamente, y por hacer gracia de otras interesantes parcelas de su biografía, debe saberse que fue abogado, escritor, humanista: que con la juventud de 1519 se alzó en cabeza de la rebelión comunera en la ciudad del Henares. Conocía bien la historia de su tierra; se sabía castellano; había leído los originales documentos que daban fe de la existencia, hasta ese día, del Común de Ciudad y Tierra de Guadalajara. Recordaba las solemnes y animadas sesiones del Concejo, las luchas por la elección de alcaldes, de alguaciles, de aportellados. Sabía de la justicia que él, como todos los castellanos, daban conforme a su propio Fuero, a su tradición jurídica ciudadana. Varios miles de personas como él en el Común de Guadalajara, que abarcaba Alcarria y Campiña, y varios millones de gentes de los Comunes de Villas y Tierras de Castilla, desde el Santander cántabro hasta el Huete alcarreño, desde el serrano Sepúlveda hasta el campiñero Alcalá de Henares, quedaron asombrados cuando el nuevo rey -extranjero recién llegado- pedía dinero para ser coronado Emperador de Alemania. ¿Qué se les había perdido a ellos en Alemania? Y aún más asombrados cuando supieron que los agentes del nuevo monarca, de Carlos de Hasburgo, pensaba hacer valer su única opinión (Corregidores se les llamaba) en todos los territorios -Castilla, León, Aragón, Galicia- de España. Cavilaron esas afrentas y recordaron su antigua, su rica y transparente historia de pueblo dueño de sí mismo: Las Comunidades de Castilla se alzaron, haciendo guerra al Emperador, durante 2 años. Finalmente, sus capitanes caerían degollados, sus dirigentes encarcelados, sus gentes todas destinadas a formar el pueblo de "una sola nación", la más poderosa del mundo durante siglos.

Resurrección del viejo comunero

Pero los nombres de Juan Bravo, Juan de Padilla y Francisco Maldonado -como el de Francisco de Medina por Guadalajara- resonarían sobre los campos y las villas castellanas durante siglos. Su lucha por mantener el recio y humano sentido de la vida que desde siglos antes usaban sus antepasados, había fracasado. Otros países limítrofes, hermanos en gran modo, habitantes de España (Galicia, Vascongadas, Cataluña, Valencia) siguieron su línea de resistencia al poder absoluto del extranjero monarca y de sus sucesores. Al fin, un poder centralista ajeno a todos, extraño a la piel de toro en todos sus conceptos, iba a utilizar el nombre de Castilla para erigir un Estado fuerte pero anulador de los caracteres peculiares de cada una de sus tierras. Siglos después, hoy mismo, los españoles han llegado a entender, en parte, que la unidad de la Península, necesaria hoy más que nunca, es compatible con el respeto y el estímulo de esos países de antigua y riquísima historia a los que ahora se entrega nueva vía de expresión propia. Así lo dice la Constitución que los españoles, en 1978, han elaborado y aprobado mayoritariamente.

En este momento, Francisco de Medina, el viejo comunero de Guadalajara; resucita:

«Estoy de nuevo en Guadalajara. Año de 1980. La ciudad es cinco veces más grande que 'entonces. Las murallas han caído. Ni el recuerdo queda de los palacios de Pecha, de Caniego, de Castillo, de Nuñez... Los poderosos conventos de las Clarisas, de las Bernardas, de los Francíscos, han venido a nada, La Plaza del Concejo ha visto crecer, allá donde la iglesia de San Gil daba cobijo a una genuina democracia de mi pueblo, un mastodonte horrible de cristal oscuro, vacío, frío, terrible. Pero las calles están llenas, más que nunca, de gentes alegres, trabajadoras, honradas, magníficas. Casi cinco siglos después, la vieja familia arriacense, aunque menos humana, sigue existiendo, y algunos hasta preocupándose por ella, por hacerla mejor.

¿Y en Castilla ? ¿y en los comunes que bordean el Henares, que pasan la Sierra y van a Segovia, a Medinaceli, a Burgos, a la Alcarria? ¿Qué pasa en ellos? Un nuevo modo de ley rige a los españoles lodos. Por fin, se han puesto de acuerdo para, sin desunir España, reconocer que cada pueblo tiene un puesto propio en la historia. Los catalanes y los vascos ya se han organizado, representantes de sus ' ¡un tas concejales, de sus vallas, de su sus comarcas, han constituido una especie de Cortes donde se tratan asuntos a ellos solo concernientes. Usan sus lenguas, practican sus costumbres, celebran sus fiestas sin ser molestados. Trabajan por engrandecer sus tierras y hacer honor a su historia secular y digna.

Castilla la marginada

¿Pero en Castilla? ¿Qué pasa aquí, qué es lo que cuentan? ¿Que están haciendo varias? ¿Cuántas Castillas? Al norte de la sierra, una que dicen va a estar unida con León ¿Y la Montaña por otro lado, llamándola Cantabria? ¿Y la Rioía donde nació el idioma, donde en gran parte se fraguó el parto primigenio de Castilla, hasta los llanos de Albacete y las sierras de Alcaraz? ¿Pero qué es ésto? ¿A quién se le ha ocurrido tamaño despropósito? ¿Es que los castellanos de hoy se han vuelto locos? ¿Es que han perecido todos los documentos, todos los libros de historia, todos los testimonios que nuestro pueblo alzó, en su caminar seguro, desde Fernán González hasta la orilla de América? Castilla, que es una sola palabra, una sola cose ¿dividida en cuatro? Los castellanos, si es que aún queda alguno, ¿se dejan insultar con el apelativo de «castellanoleoneses», cuando durante siglos tuvieron que esforzar su ánimo para imponer su personalidad maravillosa frente al imperialismo del reino de León? Y las gentes de Alcalá, de Brihuega, de Uceda, de Talamanca, de Almoguera y Zorita, de Jadraque y Molina, de Guadalajara misma, ¿Se sienten ajenos a la Castilla primigenio de donde heredaron sus instituciones y sus formas de gobierno? ¿No van a levantar de nuevo su pueblo juntos con segovianos y burgaleses, con montañeses y rio¡anos? ¿Se van a dejar meter en ese absurdo apelativo de castellano-manchegos que suena a chufla y a chascarrillo òrovocón?

De verdad, a cualquiera que la Cuesta de San Miguel o el Alamín pregunto: Guadalajara está en su sitio, pero ¿quién vive en ella? ¿son castellanos todavía, o proceden de remota galaxia sus habitantes? ¿Quién ha podido intentar romper un pueblo de esta manera? ¿El propio pueblo? ¿Las gentes de Cestilla han dicho que quieren vivir en cuatro trozos, de espaldas unos a otros? Aunque llevo poco tiempo resucitado, creo que voy entendiendo algo: son otros césares los que, sentados en el cómodo sillón de los votos, hacen y deshacen a su antojo. Tras mil años de historia, ahora, en 1980, resulta que hay cuatro Castillas. Y todos tan tranquilos. Mejor morirse».

Y, efectivamente, Francisco de Medina, sin dar crédito a lo que veía, paró su vida y se entregó a la muerte.

PEDRO DE COCA

Catilla nº 9 julio- agosto 1980

El pendón de Castilla (Comunidad Castellana.1979)

El pendón de Castilla

Con motivo del progresivo reconocimiento del pendón rojo carmesí como enseña de Castilla, algunas personas propalan la especie de que "el morado es el color de los regionalistas de izquierdas, y el rojo carmesí, de los de derechas".

Esta proposición es notoriamente falsa y parece necesario denunciar públicamente su inexactitud.

Es un hecho, una evidencia histórica que racionalmente no se puede negar, que la enseña de Castilla, como pueblo, como nacionalidad que desarrolló una lengua, una cultura y unas instituciones sociales, económicas y jurídicas peculiares, incluso a nivel de realización cívica en un Estado castellano, es el pendón rojo carmesí con el castillo dorado.

Pero no se trata ahora de este temo, sino de salir al paso del infundio y contribuir a la claridad frente a la confusión que tanto perjudica a la causa castellana.

No lo hacemos ciertamente porque rechazamos o creemos de peor condición ética a los regionalistas "de derechas". Nuestra concepción del regionalismo castellano -en la fase histórica que estamos viviendo, y en función de la crítica situación en que se encuentra la región- es la de una empresa popular, ciudadana y comunitaria , a la que son llamados todos los que sientan el espíritu castellano y aspiren a la renovación y resurgimiento cultural, económico y vital de nuestro pueblo. De esta tarea común -cualquiera que sea la opción política concreta que cada uno acepte- nadie puede ser excluido en principio, ni debe ser tratado en forma peyorativa por motivaciones ideológicas. Sólo los hechos podrán señalar y excluir a aquellos que con sus actos demuestren que únicamente representan a los explotadores, y también a los manipuladores, del pueblo de Castilla.

Reconocer que el color emblemático de Castilla es el rojo carmesí no es ser de derechas ni de izquierdas. Es, sencillamente, aceptar un hecho que forma parte de nuestra tradición como pueblo.

Por ejemplo, don Luis Carretero y Nieva, ingeniero segoviano, puede legítimamente ser considerado como el padre del regionalismo castellano. En 1918 publica su obra "La cuestión regional de Castilla la Vieja (El regionalismo castellano), en la que después de un completo análisis de todos los componentes de la identidad castellana, propone como objetivo inmediato la constitución de la Mancomunidad de las Diputaciones provinciales de Castilla.

Don Luis Carretero no fue un hombre conservador, sino hondamente progresista. Al término de la guerra civil española se exilió a Méjico, donde ha muerto, con el dolor de su definitiva ausencia de esta Castilla a la que amó y sirvió tanto.

En su obra fundamental, Las nacionalidades españolas, segunda edición publicada en Méiíco en 1952, podemos leer lo siguiente:

"Incluso en detalles pequeños y anecdóticos se observa el embrollo alrededor de Castilla. Por ejemplo, es frecuente oír hablar de su pendón morado. Este color nunca lo fue de Castilla, que tuvo por suyo el rojo, conservado como tal en Burgos, su antigua cabeza. El color morado parece que se lo dio Felipe IV a una guardia real que se creó en su reinado (tercio de los morados). Lo adoptó, pues, pasados siglos de que Castilla dejara de existir como Estado independiente, la casa real española. El escudo de Castilla es un castillo de oro sobre gules. Por un capricho de la Historía el color de Castilla es el rojo, y por tan poderosa razón, el morado tiene un origen real".

La hora, harto difícil pero esperanzada, de Castilla no es para que nos dediquemos a ponemos sambenitos unos a otros, sino para que nos sintamos solidarios y trabajemos juntos por la causa común,- que es, a nuestro entender, el despertar de la conciencia colectiva Y la promoción de todos los valores o intereses de nuestra tierra.

Para alcanzar estos objetivos, particularmente para el reencuentro con nuestra identidad de pueblo, es fundamental que sepamos enraizar en la tradición castellana, en la auténtica, y utilizar todos sus elementos válidos, como sustancia del progreso, que diría Unamuno. Afortunadamente, nuestra tradición es popular, democrática, comunera y foral: en una palabra, progresista. Toda ruptura con una tradición de esta clase constituiría un imperdonable error.

Conviene recordar, para no reincidir en la torpeza, el que amplios sectores de la Izquierda española cometieron en el pasado al ignorar el potencial renovador de la tradición nacional y abandonarlo en manos de las fuerzas reaccionarias. Se lo señaló Menéndez Pidal: "A pesar de Costa, Ganivet o Unamuno, las izquierdas siempre se mostraron muy poco inclinadas a estudiar y afirmar en las tradiciones históricas espacios coincidentes con la propia ideología. Tal pesimismo histórico constituía una manifiesta inferioridad de las izquierdas en el antagonismo de las dos Españas. Con extremismo partidista abandonan íntegra a los contrarios la fuerza de la tradición".

He aquí, para terminar, lo que no debe hacerse. Puesto que tratamos de encontramos como pueblo, es preciso que volvamos a nuestras fuentes y que, en todo lo que sea posible, positivo y valedero, permanezcamos unidos a la tradición del propio pueblo.

Castilla nº3 Abril 1979

jueves, enero 11, 2007

Nacionalidades y regiones de España (A. Carretero. Comunidad Castellana. 1982

Nacionalidades y regiones en España

Anselmo Carretero

A diferencia de otras muchas y a semejanza de algunas (Suiza, Yugoslavia, la India), España no es una nación uniforme, formada por un solo pueblo, con una historia homogénea, misma cultura y lengua única, sino una entidad muy compleja y varia, integrada por diferentes pueblos, a ninguno de los cuales corresponde el gentilicio español con mejor razón que a cualquiera de los restantes. Conjunto que en la Edad Media recibió el nombre plural de las Españas, y que hace tiempo hemos definido como una nación compleja, comunidad de pueblos o nación de naciones. Concepto actualmente esbozado en el articulo 2 de la Constitución, según el cual la nación española está integrada por diversas nacionalidades y regiones.

Tan manifiesta es la personalidad propia de los diversos pueblos (nacionalidades o regiones históricas, pues el nombre poco importa) de España, que fácil es percibir entre algunos de ellos mayores diferencias que las inmediatamente observables entre no pocas naciones independientes. Diversidad tan honda que, no obstante todas las presiones uniformizadoras ejercidas sobre los españoles por el aparato estatal, éstos se han mantenido a lo largo de los siglos fieles a sus respectivos gentilicios tradicionales (asturianos, andaluces, catalanes, extremeños ... ).

Mal se presta la realidad histórica de España, plural y varia , para fundar sobre ella y en nombre de la tradición un Estado unitario y menos todavía un gran imperio centralista

Manipulación histórica

Para poder presentar una tradición unitaria o imperial española -como la que en 1936 exaltó el francofalangismo- es preciso ocultar muchos hechos trascendentales de nuestro pasado nacional y tergiversar radicalmente otros inocultables. Veamos .muy brevemente cómo se intentó hacerlo.

Se ignoró, o se subestimó, la participación de los países de la corona catalano-aragonesa (Aragón, Cataluña, Valencia y las islas Baleares) en la historia de España, especialmente su tradición política pactista y federativo, así como la importancia de la cultura de lengua catalana. Se relegó al olvido la historia de Navarra como monarquía con cortes, leyes y personalidad propia. Se pasaron por alto las características particulares de los diversos países de las coronas de León y Castilla -León fue anterior y más importante que Castilla-, para reducir la historia de España a la de una sola nación dominada y conformada por ésta, lo que -además de ser totalmente falso- ocultaba la realidad de una corona doblemente plural, pues plurales eran ya en si tanto la de León como la de Castilla.

Si la memoria histórica que alimenta la conciencia nacional es secuestrada, o el pasado común falseado, se crea una grave incongruencia entre la idea que los ciudadanos se han formado de la nación -o les ha sido inculcada- y las realidades en que deben fundarse. La conciencia nacional -vale decir la nación- se halla así asentada sobre cimientos falsos y expuesta a derrumbarse en un choque frontal con la realidad manifiesta. La nación tiene, pues, dificultades en su propio ser cuando la versión histórica y la tradición que han conformado la conciencia comunitaria no concuerdan con la verdad observable: la trampa se descubre y el conflicto moral estalla. Tal ha sido la suerte de la idea de España unitaria, centralista e imperial, imbuida-durante decenios en la mente de millones de españoles, cuando a partir de 1976 estos pudieron contemplar un panorama histórico que hasta entonces, en general, ignoraban.

El problema de las autonomías va camino de resolverse satisfactoriamente en la mayor parte de las nacionalidades o regiones de España: Galicia, Extremadura, Murcia, las islas Baleares, Aragón, Valencia, Andalucía, Asturias, Navarra, el País Vasco, Cataluña y las islas Canarias. En todas ellas se ha tomado como base del proceso autonómico el reconocimiento de las respectivas entidades históricas, sin que en ninguna haya habido que lamentar desmembraciones ni escisiones internas. Por el contrario, en los casos excepcionales en que no se ha respetado el fundamento histórico y se han alterado los límites tradicionales han surgido serios conflictos que han emponzoñado la cuestión.

El error del Sr. Suárez

Sin consultar siquiera a los pueblos afectados, el Gobierno del Sr. Suárez, con el apoyo de grupos parlamentarios, decidió, sin más ni más, borrar del mapa de España a Castilla (la hasta hace pocos años hiperbólicamente exaltada Castilla), dividiéndola en dos partes, una de las cuales quedaría unida al País Leonés y la otra, al País Toledano. Lo que en principio deberían ser tres procesos autonómicos normales, con la supresión de Castilla () quedarían reducidos a dos: los de las nuevas híbridas regiones de Castilla y León y Castilla-La Mancha.

La provincia de Santander (Montaña Baja de Burgos, Costa del Mar de Castilla o la Montaña por antonomasia), auténtica Castilla Vieja, cuna de Castilla y de la lengua castellana, tramitó su propia autonomía con el nombre de Cantabria. La de Logroño, la comarca más rica en símbolos de la tradición nacional y cultural de Castilla (patria de San Millán de la Cogolla, patrón de Castilla; de las Glosas emilianenses, de Gonzalo de Berceo, de Santo Domingo) anduvo después análogos pasos con el nombre de La Rioja. La de Segovia, que preconiza la autonomía de Castillo propiamente dicha, lucha por la suya uniprovincial frente al Gobierno y a algunos dirigentes políticos que no ocultan su irritación ante la negativa de los segovianos de acatar dócilmente sus decisiones. En ninguno de estos tres casos los pueblos se han movido por espíritu de cantonalismo insolidarlo. El pueblo de Segovia, lejos de haber perdido el juicio, como algunos frívolamente han dicho, está manifestando un apreciable conocimiento de su tierra y de su historia, y dando una lección de ciudadanía, de solidaridad y de firmeza a quienes teóricamente deberían ser sus informadores y guías.

Por otra parte, parece que la provincia de Madrid -gran porción de la cual fue tierra segoviana hasta el siglo pasado- también se pronuncia por la autonomía uniprovincial, lo que hace aún más complejo el panorama autonómico del conjunto castellano.

Panorama en el que no todo son aspectos negativos. La persistencia de la Montaña cantábrica, La Rioja y las tierras de Segovia y Madrid como entidades con autonomía uniprovincial podría hacer de ellas otros tantos reductos de base para el rescate político de una nueva y auténtica Castilla, concebida -de acuerdo con su mejor tradición- como mancomunidad de sus diversas provincias.

Casrtilla nº 16 mayo-junio 1982

En torno a las regiones (A. Carretero. Comunidad Castellana 1980)

En torno a las regiones.

Anselmo Carretero

La personalidad de Castilla se ha desdibujado y borrado hasta tal punto que los nombres de León y Castilla, que durante muchos siglos, representaron pueblos, estados y concepciones muy diferentes, son hoy para la mayoría de los españoles una sola y misma cosa,. A este confuso panorama han contribuido muy diversas causas y desafortunados azares. De esta manera, confundidos y revueltos los vocablos y desvirtuados sus significados, el nombre de Castilla fue llevado a todos los confines del globo por una monarquía imperial que lo utilizaba en provecho propio.

Con raras excepciones -entre ellas las de Baroja y Machado-, los escritores de la "generación del 98" contribuyeron a difundir una visión de, Castilla incoherente con su pasado histórico y aun con la realidad geográfica, pero que el arte de sus plumas y el prestigio de sus nombres hicieron fuera ampliamente aceptada como verdad definitoria. Según estos autores, en quienes la confusión de lo castellano con lo leonés es, completa, Castilla impuso en, España el absolutismo castellano centralizador, y al decir esto se refieren nominalmente al pueblo que, juntamente con el vasco, encarnó en España, la más autóctono tradición democrática y federal. El equívoco llega con ellos al extremo de desplazar el concepto geográfico de Castilla y crear un paisaje literario en total contradicción con la realidad física inmediatamente observable: famosa “llanura de Castilla la Vieja “; que jamás existió, porque todos los núcleos iniciales de la Reconquista surgieron en baluartes montañosos y Castilla nació en el de la Montaña cantábrica. Quedan así transmutados, por arte literario, los Campos Góticos en "llanura castellana', planicie que después será presentada por el francofalangismo como "adusta cuna” de la España imperial".

Esta visión geográfica de Castilla, centrada en la Tierra de Campos, es la que durante cuatro décadas la doctrina oficial de la dictadura gobernante inculcó en la mente de los españoles -de derechas o de izquierdas- que hoy tienen en sus manos los destinos de la nación, y la que hoy, con otra ideología pero con la misma concreción geográfica, se pretende institucionalizar en el estatuto de una nueva región castellano-leonesa concebida a contrapelo de la geografía y de la historia.

Si Castilla ha sido en su historia la primera y mayor víctima del centralismo estatal y lo sigue siendo en la actualidad. Víctima material y víctima moral. Porque peor que el daño económico producido a Castilla por el Estado español -basta ver la desertización de gran parte de su territorio-, padecido también por otras regiones de España, ha sido el causado a su conciencia nacional. Hasta el punto de que en esta hora de las autonomías regionales, cuando todos los pueblos de España se preparan a organizar cada uno la suya, Castilla, una de las nacionalidades más antiguas de Europa, con una epopeya sin par por el lugar que en ella el pueblo ocupa, está a punto de desaparecer del mapa político español, desmembrada de algunas de sus más conspicuas comarcas -la Montaña y la Rioja, que quedarían al garete como insolidarios cantones, apartadas de sus hermanas-; y unidas otras a nuevos entes regionales recién inventados, híbridos engendros de la politiquería, la ignorancia y la improvisación: la llamada región "castellano-leonesa" -que no es Castilla ni León-, con centro de atracción en Valladolid; y la “castellano - manchega"- que tampoco es Castilla ni La Mancha.

Cuando en 1833, a imitación de los departamentos franceses, se decreto la actual división provincial de España, la mayoría de las regiones históricas (Galicia, Asturias, Extremadura, las Provincias vascongadas, Navarra, Aragón, Cataluña, Andalucía y, naturalmente, las Islas Baleares y las Canarias) conservaron sus límites tradicionales, aunque algunas (Galicia, Extremadura, Aragón, Cataluña y, posteriormente, las Islas Canarias) fueron divididas interiormente en provincias.

Pero hay cuatro regiones históricas cuyos límites tradicionales fueron arbitrariamente alterados por la división provincial: León, Castilla propiamente dicha, Castilla la Nueva (antiguo reino de Toledo o región toledano - manchega) y Murcia.

Las fronteras entre León y Castilla fueron objeto de no muy grandes modificaciones: la comarca leonesa de la Liébana pasó a la provincia de Santander, mientras parte de la Montaña y algunas otras tierras castellanas fueron incorporadas a las provincias de Palencia y Valladolid.

La vieja Tierra de Segovia fue tremendamente mutilada el pasar toda la vertiente sur de la Sierra de Guadarrama a la provincia de Madrid, que también recibió tierras de Guadalajara.

Dentro de la provincia de Cuenca quedaron incluidos los partidos manchegos de Tarancón, Belmonte y San Clemente, mientras la comarca castellana de Requena se incorporaba a la de Valencia.

En la provincia de Albacete, mayormente manchega, quedaron agregadas muchas tierras murcianas, como también en la de Alicante. La región de Castilla la Nueva, así delimitada por el contorno del conjunto de las provincias de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Guadalajara y Cuenca resulta no ser Castilla, aunque incluye provincias castellanas, ni tampoco La Mancha, porque quedan fuera de ella muchas tierras manchegas.

La región de Murcia, como hasta ahora ha sido llamado el conjunto de las provincias de Albacete y Murcia, tampoco responde a realidad alguna histórica o geográfica, pues contiene parte de La Mancha y quedan fuera de ella comarcas murcianas.

Ahora, con motivo de las preautonomías se pretende crear apresuradamente una región castellano - leonesa -o de Castilla y León- con las provincias leonesas de Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia y las castellanas de Burgos, Soria, Segovia y Ávila, pero sin ¡as de León, Santander y Logroño, que se muestran reacias a ingresar en este híbrido conglomerado; otra castellano-manchega -o de Castilla y La Mancha- con las de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Guadalajara, Cuenca y Albacete; y otra de Murcia con la sola provincia de este nombre.

Si aceptamos los estatutos autonómicos regionales corno un buen paso hacia la solución definitiva del problema de las nacionalidades en España, es preciso poner mucho cuidado en todo lo tocante a estas cuatro regiones: León, Castilla, Toledo y La Mancha y Murcia.

La creación de esas nuevas y heterogéneas entidades regionales de Castilla-León y Castilla-La Mancha (cuya mera enunciación nominal pone de manifiesto que el territorio de Castilla ha sido repartido entre otras dos regiones con ella limítrofes) y la de la mutilada Murcia, a la vez que se dejan como cantones erráticos Partes fundamentales de Castilla -la Montaña y la Rioja- y de León -la provincia de

Castilla nº 8 abril-mayo 1980

Relación cronológica de los reyes de Castilla

RELACION CRONOLÓGICA DE LOS REYES DE CASTILLA

A) Condes dependientes:

(850?-873) - Rodrigo
(873- )- Diego Porcellos (también llamado Diego Rodríquez).
( ) - Gonzalo Fernández, Munio Núñez y Gonzalo Tellez
(929-962 ) - Fernán González, «el Buen Conde».

B) Condes Independientes:

( 962- 970) - Fernán González.
( 970- 995) - Garci Fernández.
( 995-1022) - Sancho García, «el de los buenos fueros».
(1022-1029) - García Sánchez.
(1029-1035) - Sancho (III, «el Mayor», rey de Navarra), en
nombre de su esposa doña Mayor, hermana de García Sánchez.

C) Reyes:


(1035-1065) - Fernando I «,el Grande»; y I de León).
(1065-1072) - Sancho I « (1072-1109) - Alfonso I (VI, «el Bravo», de León, y I de Toledo)
(1109-1126) - Urraca I.
(1126-1157) - Alfonso II (y VII, «el Emperador», de León).
(1157-1158) - Sancho II, «el Deseado».
(1158-1214) - Alfonso III «el Noble» (y VIII de León).
(1214-1217) - Enrique I.
(1217-1217) - Berenguela I
(1217-1252) - Fernando II (y III, «el Santo», de León).
(1252-1284) - Alfonso IV (y X, «el Sabio», de León).
(1284-1295) - Sancho III (y IV, «el Bravo»,, de León).
(1295-1312) - Fernando III (y IV, «el Emplazado», de León).
(1312-1350) - Alfonso V (y IX, «el Justiciero», de León).
(1350-1369) - Pedro I «el Justiciero,, (y I, «el Cruel», de León).
(1369-1379) - Enrique II (y I, «el Trastamara», «el de las mer-
cedes,, o «el fratricida», de León).
(1379-1390) - Juan I (y I de León).
(1390-1406) - Enrique III (y II, «el Doliente», de León).
(1406-1454) - Juan II (y II de León).
(1454-1474) - Enrique IV «el Liberal» (y III de León).
(1474-1504) - Isabel I (I, «la Católica,,, de España).

(1938- ) - Juan-Carlos 1 (1 de España).

Castilla nº 16 mayo-junio 1982

miércoles, enero 10, 2007

Afirmación de Castilla (Comunidad Castellana 1982)

Afirmacion de Castilla

En la pretendida organización territorial autonómica del Estado español, la clase política ha cometido los más graves errores. El mimetismo y la prisa -fruto ésta en gran parte de las ambiciones políticas partidistas- son los grandes responsables de esos errores. Fallos de tal envergadura que han llegado a comprometer seriamente y poner en entredicho la propia estabilidad del sistema democrático.

La clase política, en efecto, ha actuado en esta materia con una ligereza, Imprevisión y falta de responsabilidad que producen asombro. Y cuando tratan de arreglar o componer el desaguisado, se acude a expedientes nerviosos, con tan alarmantes visos de no respetar como se debe el título VIII de la Constitución, que nos hace tornar por nuevas equivocaciones que perturben más la situación general y aumenten, desgraciadamente, el deterioro del prestigio público de las instituciones democráticas.

Como hemos dicho en otras ocasiones, no es correcto que los dos partidos políticos dominantes pretendan resolver este grave problema de España -problema, el de las autonomías, en cuanto a su generalización precipitada, creado artificialmente por la falta de visión de la propia clase política-, mediante decisiones oligárquicas: los pactos autonómicos, concertados en un marco cerrado, con dudoso respeto a la legalidad constitucional, suplantando al Parlamento y al pueblo por los grupos detentadores del poder y provocando imprudentemente la irritación colectiva de catalanes y vascos.

Por lo que a Castilla se refiere es muy grave la responsabilidad de los autores de la división o regionalización del llamado Estado de las autonomías. Una operación centralista, efectuada de arriba a abajo, sin la menor consideración a una realidad histórica, cultural y popular, tan Importante como es Castilla, con todo lo que significa en el conjunto de España.

La oligarquía política ha suprimido a Castilla del mapa autonómico, partiéndola en dos trozos que ha agregado arbitrariamente a las regiones vecinas -los antiguos reinos de León y de Toledo-La Mancha-, creando por vía tecnocrática esos dos engendros de Castilla-León y Castilla-La Mancha.

Pero Castilla existe y tiene derecho a verse reconocida como una región y comunidad autónoma, con las demás de España. Es imprescindible, por ello, la reconsideración de esos dos entes de Castilla-León y de Castilla-La Mancha, conglomerados artificiosos que, por su falta de autenticidad y respaldo popular, no han hecho más que provocar cuestiones y dificultades. (Ahí están los casos de Santander, Logroño, Segovia y Guadalajara, con su manifiesto rechazo de aquellos entes híbridos).

Es necesario reconocer institucionalmente que en España existe una región, una nacionalidad -como quieran- QUE SE LLAMA CASTILLA.

Castilla nº15 enero-febrero 1982

Una luz ( A. de Mateo Remacha. Comunidad Castellana. 1979)

UNA L UZ

Un grupo abigarrado de hombres, mujeres y níños, en asamblea en torno a un árbol, la vieja olma del lugar. Es la plaza Mayor de un pueblo de Castilla. El tema, los cotidianos problemas que a todos atañen. Se proponen soluciones, cualquiera es muy dueño de exponer la suya, en mutuo respeto aprovecha cada vecino su oportunidad de hablar. De aquí, mejores o peores salen las decisiones previamente discutidas y acatadas, representativas de una mayoría que ha elegido sin distinción de edades ni sexos, convertidas en ley, asumidas sin más trámites, sin necesidad de especial vigilancia ni probable trasgresión.

Mucho tiempo atrás, cuenta la historia que antes del siglo X nuestros mayores inmersos en los poderes autocráticos al uso potenciados sucesivamente en épocas anteriores por las invasiones de suevos, alanos y vándalos, soltaron en la primera ocasión propicia sus ataduras e impusieron entre ellos su diferente concepción del hombre, normas de conducta y convivencia. Hacen valer, su actitud, que es hondo sentimiento de que nadie es más que nadie, haciéndose responsablemente iguales. De siempre, desde el principio tuvieron iluminado concepto en especial de la dignidad del hombre, intuyendo, y practicando diáfanas nociones humanistas que las religiones codifican en sus libros sagrados. Eran los miembros de esta grey semejantes en su hacer colectivo y diferenciados en su individualidad, como sus comarcas definidas por sus particularidades en las cuales, suscitados los problemas de cada día, arbitraban las soluciones adecuadas, válidas en grado óptimo sólo para su concreto entorno. Les unía como corresponde a la tradición castellana los grandes ideales que impregnan al común, primado como nación que eran el de su independencia. Solidarios en las grandes empresas, personalistas en la adecuación a su circunstancia, sus propios amos dentro del perímetro de las fronteras de sus pueblos, donde en muchos aspectos terminaba su mundo. Cada hombre una posible solución. Mágico marco para el progreso. Sabían como el que más de hidalguía, generosidad, se vertían en el duro trabaío. Les tocó en suerte un medio riguroso, áspero, en el que se forjaron, que afloró lo mejor de ellos mismos.

Hoy, en este día contemplamos a este pueblo, castigado, manipulado, expoliado, sacado a empujones del curso de su historia, confundido, sobre el que visten ropajes imperiales, que siempre rechazó, que nunca quiso, cuya vocación fue muy otra y de signo contrario al proyecto leonés, que resultó triunfador y cuyos modelos semejantes, están de moda por desgracia en este mundo que grita por un alto en el camino y una mirada atrás que aliente su vocación de avance.

Esta nación, Castílla, que pródigamente se desprendió de sus patrimonios y a la que, exprimida ya, se arrancó por último su mejor capital, la exportación inicua de sus gentes, fecunda y original en sus instituciones, que no copió de nadie, que hizo compatible la propiedad privada con la colectiva de la tierra. Armonía entre lo precariamente suficiente para vivir y lo complementario de los bienes comunales, pertenecientes al colectivo de uno, varios o muchos pueblos con cuyo efecto se garantiza la subsistencia, la empresa común social y solidaria que impregna el carácter castellano, es copiada ignorándolo por otras naciones que elevan a la categoría de gran experímento en las enormes extensiones de China el éxito que hace muchos siglos dejó aquí de ser experimental como pueden dar fe nuestros castellanos que serían catedráticos de los nuevos apóstoles de un invento tan viejo como el nuestro.

Si estimamos que en la Evolución, así, con mayúscula, estamos descifrando el capítulo de la sociología, podemos interpretar que nuestro pueblo se adelantó con las fórmulas adecuadas para sus necesidades a este hallazgo que empiezan a atisbar pueblos en renacer, que buscan dentro de sus coordenadas soluciones eficaces. Creemos que este pueblo nuestro alumbró hace mucho tiempo una solución en la mejor línea evolutiva. Claro que a nosotros la inspiración nos vino de un imperativo interior, consustancial con nuestra manera de entender la vida, motivada por necesidades más profundas y entrañables que unas meras exigencias económicas, nos llegó de una visceral comprensión del sentimiento de igualdad, de tener donde caernos muertos sin lesionar derechos ni mendigar del vecino, fraternos ante nuestra digna pobreza y afanosos en las cosas que siendo patrimonio básico e indeclinable nos hacen razonablemente felices.

Es lógico pensar que las, corrientes socio-económicas que andan por el mundo y en especial las extremas del abanico, no han satisfecho sus utopías y ponen de actualidad las creaciones de estos hombres rudos, nobles, sobrios, curtidos de intemperies y llenos de sentido común que humildemente silencian sus logros.

Por estos testimonios, algunos mudos como las olmas que hacen centinela en nuestras plazas y otros redivivos como el que hoy es noticia, aún brota la esperanza en un renacer que tiene que ver con el compás de estos tiempos. Un propósito de potenciar ésta y otras originalidades cuyo rescoldo anida en el espíritu castellano y que los demás cogiendo el testigo alientan. Lo nuestro no fue errar ni fue tiempo perdido.


A. de Mateo Remacha
Castilla nº 4 julio 1979

La auténtica dimensión de Villalar (Galileo, Comunidad Castellana. 1979)

LA AUTÉNTICA DIMENSIÓN DE VILLALAR

Con este título y firmado por Galileo, el semanario de información de la provincia de Guadalajara Flores y Abejas» ha publicado recientemente el artículo que por su evidente interés reproducimos a continuación:

Abril, fecha histórica para los castellanos, que rememora la derrota comunera en Villalar frente a las tropas imperiales de Carlos 1º de España y V de Alemania tampoco ha sido este año, un día de fiesta para la Castilla dividida por los nuevos políticos centralistas. El aprovechamiento de uno de los sucesos más tristes, honrosos y dignos de recordación para el pueblo castellano, convirtiéndose en el día de ese híbrido llamado Castilla-León, no puede ser mirado sino con recelo y amargura desde este doble hibrído bautizado Castilla-La Mancha en una reunión de parlamentarios de la época que no quiero acordarme. Sin consultar al pueblo que representan, sin ampararse, siquiera, en estudios politicos-económicos de peso que asegurasen la ventaja en la unión de las cinco provincias, que nunca, por otra parte, debieran ahogar lo que la historia consolidó con su irreversible pasar, se consumó la división de la antigua Castilla comunera, unida hasta la época de Carlos V, cuando el rey germano centralizó el Estado y acabó con su tradicional forma de administración política que hacía de Castilla una de las primeras democracias económicas y políticas de Europa; una administración, mediante comunidades de ciudad y tierra que contaron con fueros, concejos municipales y territoriales abiertos, propiedades comunales, que no se extienden ni al occidente del Pisuerga, por la llanura leonesa de Tierra de Campos, ni al sur de Toledo, por la Mancha.

¿Qué oscuros intereses han intervenido en separar nuevamente a este pueblo? ¿Quién, de buena voluntad, pensó que se puede crear una auténtica conciencia solidaria en una región creada en pleno 1978? El argumento de que antes existía una Castilla la Nueva carece de toda base. Históricamente el término Castilla la Nueva fue utilizado para designar el antiguo reino de Toledo -tierras de Toledo y la Mancha- y distinguirlo del verdaderamente castellano, formado por las tierras de Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Avila, Madrid, Guadalajara y Cuenca. Desde un punto de vista práctico, la política regional desapareció con la centralización del Estado, y sólo permaneció palpitante en el sentimiento, en los pueblos con más desarrollo cultural y económico, debido, en buena parte, al carácter nacionalista de su burguesía, como es el caso de catalanes y vascos.

¿No había sido más lógico, pues, el reconocimiento de un ente autonómico castellano original, dejando la puerta abierta a la incorporación futura de leoneses y manchegos, si el pueblo de estas regiones así lo decidiese libremente? ¿Es que alguien teme a una Castilla unida en el Parlamento por el elevado número de representantes con que contaríamos, y que, sin lugar a dudas, sin olvidarse de la solidaridad con el resto de los pueblos de España, harían oir fuerte la voz de una tierra callada y extremadamente generosa, pero que quiere recuperar el protagonismo y la conciencia perdida por años de centralismo?.

¿Sería acaso descabellado el proyecto de marchar hacia la continuación de un grupo parlamentario castellano, de la misma forma que vascos, catalanes y andaluces, e, incluso el propio PSOE, partido de carácter estatal, pero que está luchando por la inscripción de grupos parlamentarios socialistas de Euzkadi y Cataluña, con autonomía del grupo Socialistas del Congreso?.

La conmemoración de Villalar, en este 1979, ha sido, por estas razones, la pérdida de una nueva batalla de los castellanos: la de su unidad. Como diría el poeta cantor de los campos de Castilla, Antonio Machado, el pueblo que desconoce su historia comete la torpeza de incurrir en su repetición trágica.

GALILEO
Castilla nº 4 julio 1979

martes, enero 09, 2007

Manifiesto de la lengua castellana en su milenario (Comunidad Castellana. San Millán de la Cogolla, 1978)

Manifiesto de la Lengua Castellana en su Milenario

Rioja


Castilla, al conmemorar el milenario de su lengua, quiere alzar su voz para decir la palabra que en justicia le corresponde, y rendir así tributo de reconocimiento y de fidelidad a la más grande de sus creaciones y a su historia misma.

EL CASTELLANO, LENGUA ORIGINAL E INNOVADORA

Quizá nunca una historia y, una lengua se hicieron tan al unísono como en el caso de Castilla. Castilla comienza con la palabra y se hace historia en su lengua. Nacido en un rincón de la tierra cántabra y en contacto con el pueblo vasco, el castellano surge con un carácter decididamente original e innovador.

Desde el primer momento adopta en su fonética soluciones completamente revolucionarias que demuestran su capacidad inventiva, creadora y original y le apartan con rapidez del resto de las nacientes lenguas peninsulares, cuyas soluciones son más arcaizantes, conservadoras y a la vez uniformes.

Si Castilla surge como una afirmación de libertades, su lengua es el reflejo de esta actitud inicial. La menor romanización que había sufrido hizo que su naciente lengua no se sintiera tan ligada a las soluciones lingüísticas de los otros pueblos y que, por ello, su grado de libertad y de iniciativa fuera mayor. Cuando las demás lenguas se detienen en la evolución fonética, el dinamismo interno del castellano le lleva a superar con rapidez las formas adoptadas por aquéllas.


Desde el primer momento el castellano se muestra abierto al neologismo. No es su actitud la del rechazo de cuanto le sea ajeno, sino el sentido pragmático, pero siempre con una rara habilidad que Ie permite castellanizar inmediata mente cuantas formas le llegan desde fuera.

EL CASTELLANO, OBRA DE UN PUEBLO

Castilla cuenta en su haber con indiscutibles realizaciones históricas, pero acaso ninguna tan formidable como la creación de su propio idioma. Esta lengua, hoy vehículo de cultura de más de trescientos millones de hablantes, es la obra colectiva de un pueblo joven e innovador. El castellano no lo crean el poeta del Mío Cid ni Berceo: ellos contribuyen a fijar y a dignificar la lengua de un pueblo campesino, luchador y serio. El verdadero creador del castellano es el pueblo entero, que siente la lengua con rara unanimidad. El monje y el pastor, el labrador y el guerrero -el pueblo, en definitiva- son los verdaderos creadores y artífices del castellano, cuya capacidad asimiladora hace que lleguen hasta su seno y arraiguen en él voces procedentes de los más diversos puntos de la Península; manifestáción inequívoca de su capacidad integradora y no excluyente.

Hoy, este pueblo creador vuelve a sentir como suya aquella obra que hace mil años iniciaba sus primeros balbuceos, plasmados para siempre en la espontaneidad ingenua de unas glosas. Si durante siglos Castilla perdió el rumbo y la conciencia de sí misma, hoy vuelve a recobrarla en el recuerdo del nacimiento de su lengua, compañera inseparable de su historia.

LA REALIDAD OLVIDADA

Si el castellano se impuso al resto de las lenguas peninsulares, no fue por una voluntad de dominio, sino por su dinamismo interno y su portentosa literatura. No fue precisamente a golpe de decretos centralistas, acusación tan frecuente como injusta, como el castellano llegó a convertirse en patrimonio de la mayoría de los españoles, sino por su fuerza interior y por el prestigio de una abundante y rica literatura que deslumbró a las demás de España.

La realidad de los hechos históricos y literarios llevó a convertir el castellano en la principal , lengua peninsular, aceptada libremente por hablantes y escritores de los demás pueblos hispánicos. Con la llegada de los Borbones, ya en el siglo xviii, y la imolantación de su sistema unitario calcado del modelo francés el castellano se convierte por decreto en lengua oficial de todos los españoles. Pero entonces el castellano y su literatura viven ya días de postración y decadencia, y la imposición forzosa acaba provocando efectos contrarios. La hermosa lengua de Castilla fue utilizada desde los poderes centrales con afanes uniformistas, creando asi una falsa imagen Castilla como pueblo dominante e imperialista que ha oprimido a los demás, imponiéndoles por la fuerza su lengua y su cultura..

Castilla y su lengua nacieron como una afirmación de libertades. Castilla ha sido la primera víctima de un centralismo absurdo que ha desvirtuado su auténtica imagen de pueblo profundamente democrático y comunero. Castilla no quiso juzgar culturalmente -ni lo hizo- a otros pueblos. Hay que buscar en el dinamismo interno de la lengua castellana, en su flexibilidad y adaptabilidad, en su carácter creador e innovador y en su literatura las causas fundamentales de si o y expansión.

EL CASTELLANO, LENGUA UNIVERSAL.

La historia quiso que fuese el castellano la lengua que traspasara las fronteras p, que abar convirtiéndose en un vehículo de cultura entre os distintos. Renunciar al pasado histórico sería absurdo porque supondría la negación del presente y la obstrucción del futuro. Castilla siente con orgullo que su lengua su lengua sea compartida por más de trescientos millones de hablantes pero no quiere hacer de ello un titulo de privilegio. Castilla sabe que su lengua ya no le pertenece en exclusiva; ya no es sólo la lengua de Castilla, es también la lengua de Méjico, de Venezuela, de Cuba, de Argentina…. Por eso al conmemorar el milenario de la lengua, los castellanos no reclamamos para nosotros en exclusiva lo que es patrimonio de más de trescientos millones de personas; pero si nos queda el justo orgullo de reivindicar a Castilla como la cuna donde se fraguó este inmenso vehículo de cultura que es hoy el castellano, obra no de un genio aislado, sino de todo un pueblo que, indudablemente, fue genial por la valentía, clarividencia y seguridad con que supo adelantarse en e campo lingüístico. La lengua creada por el pueblo castellano es un perenne testimonio de la personalidad colectiva de Castilla.

El mundo castellano-parlante es hoy una inmensa promesa en la que la lengua ha de desempeñar la misión fundamental de aunar espíritus para una gran tarea de cultura y libertad. Si el reencuentro con el pasado histórico y lingüístico ha de servir para algo, es precisamente para tomar conciencia de que fue en Castilla donde se gesta una de las mayores aportaciones culturales con que España ha contribuido al patrimonio espiritual y cultural de la humanidad: su lengua. Pero no puede olvidarse que Castilla forjó su historia y su lengua mientras tuvo conciencia de sí misma.

En el milenario de la lengua de Castilla, desde la cuna de su nacimiento y con el sentido de libertad con que iniciaron su historia nuestro pueblo y nuestra lengua, nos dirigimos a los demás pueblos de España para afirmar los legítimos derechos culturales y lingüísticos de todas las comunidades, cualquiera que sea el lugar donde se encuentren, a fin de evitar así los errores del pasado que tanto han impedido el entendimiento y la mutua comprensión.

Las lenguas han de ser, ante todo, vehículos de cultura y de acercamiento entre los pueblos y nunca obstáculo que conduzca a la frustración y a la marginación humana, social, laboral o cultural. Sólo en el respeto florecerán la libertad y la cultura. Castilla y su lengua nacieron como una primicia de libertad, y esa libertad la pedimos para todas las lenguas y todos los pueblos de las Españas. Por lo mismo, rechazamos y renunciamos a cualquier forma que desde el poder central o desde cualquier estructura pretenda imponer el castellano por la fuerza, y proclamamos el derecho inalienable de cada pueblo a expresarse en su propia lengua y a mantener y desarrollar su tradición lingüística y su propia cultura.



En San Millán de la Cogolla. Noviembre de 1977. Año del milenario de la lengua de Castilla.

COMUNIDAD CASTELLANA

Castilla nº 1 Noviembre 1978