Villacastín. La agricultura y la industria castellana de antaño. Los economistas y sus fantasías destructoras
Tras el madrugón consiguiente, desciendo al Azoguejo y tomo el autobús de Ávila, a las ocho. Los pueblos de Madrona, Fuentemilanos y Zarzuela del Monte no despiertan, al paso, especial interés. Sí lo tiene el espectacular contraste de un cielo encapotado -a la derecha, la parte llana- y el sol vertiendo -por la opuesta- su nueva y dorada luz sobre cerros y colinas, separados por encinares y breves barrancas. Llovizna a ratos. Ya cerca de Villacastín, aparece el poblado de Guijasalbas, donde juguetean unos chicos y chicas en espera del autobús de la concentración.
Me apeo en Villacastín y voy a desayunar al Albergue. Después, bajo la llovizna, recorro el pueblo. Las casas son sólidas, de buena piedra, tallada de las enormes pellas de granito esparcidas por los contornos. Algunas de las casas se adornan con blasones, y en una de ellas se declara: «Soy de Pedro Zúñiga», testimonio de la antigua presencia vasca en estas tierras. Veo el rótulo de una fábrica de embutidos con este virtuoso nombre: «La Prudencia». No parece muy grande el establecimiento, en concordancia con el título. Lo es, en cambio, una de harinas, titulada, piadosamente también, de Santa Margarita. Aparte esto, el pueblo vive de la agricultura, y del fondismo y refresquismo resultante de ser importante cruce de carreteras, muy amenazado por la prolongación de la autopista que viene de Madrid. También hay ganadería en Villacastín, pero en baja: de las 18.000 ovejas de antaño, quedan sólo 5.000.
La víspera de Navidad de 1808, con su tropas, Napoleón entró a pie en este pueblo. Llegaba de Madrid, dispuesto a alcanzar y batir a los ingleses de Moore, y había cruzado el Guadarrama en medio de una tempestad. Su gente andaba muy mohína y era forzoso animarla con el ejemplo. Aquí debió de hacer alto el general para sacudirse la nieve, bajo los pórticos municipales, formados por trece arcos, cinco de los cuales, los del centro, se adelantan a la línea de la fachada y soportan un balcón corrido. Desde los soportales, al fondo de una calleja se ve la magnífica iglesia mayor, de San Sebastián. Incompleta en su exterior, al parecer y en parte es obra de fray Antonio de Villacastín, aparejador de Juan de Herrera, tracista, dicen, de las fachadas y torres, una de las cuales no llegó a alzarse. El interior, proyectado por Rodrigo Gil de Hontañón conforme al estilo de la catedral de Segovia, es gótico y tiene un magnífico retablo. Se trata del mejor templo del obispado, excluida la catedral. Desde estos mismos soportales, tal vez repararía el emperador en el declamatorio escudo barroco de una casa de la izquierda; aunque no era momento muy a propósito para semejantes minucias, con la tropa muerta de frío, maldiciendo y acaso blasfemando por lo bajo, o por lo alto.
Guarecido de la llovizna bajo los pórticos, donde ahora venden fruta, hortalizas y ropa, converso con unos labradores. Están aguardando la hora de subir a los locales del ayuntamiento para pagar la contribución. A juicio de uno de ellos, Lorenzo, los jóvenes de hoy no tienen la fuerza que ellos tenían a su edad, sudando siempre; no con excesivo daño, deduzco del aspecto de todos. Otro, el más viejo, de ochenta años, aclara:
-Es que ahora, entre la concentración y los tractores, se trabaja mucho menos. ¡Con las mulas y corriendo todo el término de tierra en tierra los quería yo ver!
Cuando iba a hacerse la concentración parcelaria, me confiesa Lorenzo, él y otros muchos no la veían con buenos ojos. Ahora se han dado cuenta de sus ventajas. Pero todos se quejan del mal precio del trigo. En cuanto a la merma de los rebaños, dice uno:
-¡Qué remedio! Entre las repoblaciones y los cercados, ya no queda donde pastar. Además, nadie quiere ser pastor. Uno de los presentes, dueño de bastantes ovejas y otros ganados, lamenta las exigencias del peonaje:
-Cuatrocientas o quinientas pesetas quieren, ¿sabe usted? Y eso para lujo y caprichos, que no había antes, cuando todos vivíamos mejor. Ahora va una mujer a la carnicería, y si tenía intención de comprar carne corriente y ve a una vecina pedir de la mejor, ella también la pide para no quedar por debajo.
Asienten todos, y todos se muestran sorprendidos del dinero que corre.
-Y todavía a muchos les parece poco y van a buscar más por esos mundos.
Tras una pausa, el ganadero dice:
-Bueno, si a alguno de vosotros le va bien, puede llevarse el estiércol de mis cuadras.
-Ese te lo metes por el... -contesta uno de ellos, que sale tras el recaudador escaleras arriba, mientras los demás carcajean y se disponen a seguirlo.
El estiércol lo regalan los ganaderos, pero nadie lo quiere. Esto me dice Lorenzo, y al preguntarle por qué, responde: -¡Toma! Porque no le echan paja y aquello es como un agua que da asco revolver.
-¿Y por qué no le echan paja?
-Porque ya no se estila en los establos modernos. Entre eso y otras cosas, la paja ya no vale la pena cogerla. No es como antes, cuando a más de usarse en las cuadras se mezclaba con salvado para hacer piensos. Hoy en día, los ganaderos ya no se molestan en preparar los piensos. Les van mejor, y es más cómodo y limpio, los piensos compuestos, que engordan más y más de prisa a los animales. Ahora, los labradores que ya no tenemos animales sacamos el grano con las cosechadoras y allá se queda la paja en las tierras. Unos la dejan sin más y otros, para que no prenda el grano que puede quedar en las espigas y trastorne el de la siembra, le pegan fuego.
Tras una pausa, añade:
-Donde esté el abono mineral, limpio y fácil de mover, sin incomodidades de transporte y mano de obra, que se quite el estiércol. Gracias al abono mineral cosechamos lo que nunca habíamos cosechado.
Lorenzo se va tras los otros y me quedo solo. Sigue lloviendo, y a la espera de que acabe, mientras voy midiendo a trancos los pórticos, pienso en el mundo de nuestros labradores, tal vez el más cambiado en los últimos tiempos y sin duda el menos conocido. Unos lo presentan por el lado bucólico y otros por el dramático. Los primeros, herederos de un beatus ille a prueba de siglos, nos dan la lata con un venturoso mundo rural que nunca existió; los segundos agitan de vez en cuando los escenarios con unos labradores que esgrimen hoces, destrales y batederas para acabar con un tirano o para matarse entre sí por unos bienes en litigio o por una mujer. Nota común a los autores de una u otra de ambas versiones es la de ser gente de ciudad que en su salida anual de vacaciones se empeña en ver el Angelus de Millet entre naturalezas apacibles o se sobrecoge al ver freírse hombres y mujeres bajo el implacable sol de julio en las eras de las mesetas centrales. Pues bien, ciñéndonos a una de estas mesetas, la del norte, centro de nuestro viaje, y considerando como inicio de aquel cambio la mecanización del trabajo agrícola, que ha arramblado con los Angelus de Millet y con los trillos y sus mulas, veamos cuál era la realidad anterior y cuál es la actual. Nuestras observaciones se refieren al labrador medio dedicado a la atención de sus propias tierras, cereales en su mayor parte, sin jornaleros a su servicio. El labrador antiguo, el de antes de la mecanización del campo, deducidas las semanas y meses de forzosa ociosidad y divididos los días de trabajo de sol a sol por los componentes del año, salía con un promedio de cuatro a cuatro horas y media de jornada, alteradas en más o en menos en proporción a las dimensiones y exigencias del huerto familiar y al cuidado de su mayor o menor número de animales.
Hoy en día, con la economía de movimientos proporcionada por la concentración de parcelas, remplazados los animales de trabajo por el tractor, que acelera las labores, sustituido el abono orgánico por el mineral, suplido el horno doméstico por la panadería comercial y mecánica, vendidos o arrendados los huertos familiares a cultivadores especializados y dejada la cría y venta de cerdos y animales menores a granjas y carnicerías, que en tiendas y, en el caso de las aldeas menores, en furgonetas ofrecen a diario sus productos, conforme hacen también los panaderos y los pescaderos, la vida de los labradores transcurre con una jornada media de una a dos horas de trabajo. Este labrador, quejoso, con justicia, de la enorme diferencia entre lo cobrado por sus producciones y lo exigido por los tenderos al consumidor -pasado el escalón de los intermediarios-, reducida su jornada de trabajo a la mitad, duplicada su producción, con médicos y medicamentos gratis, con unos subsidios de vejez de apariencia precaria pero considerables en el mundo rural, libre de la sujeción impuesta por el cuidado de los animales y harto de ver la televisión, muy a menudo decide cerrar su casa y, dejando en ella el tractor, compra un piso en la villa o ciudad próxima (Almazán, Burgo de Osma, Aranda de Duero, Miranda de Ebro, Vitoria, Peñafiel, Segovia, etc.), y en los días de siembra, excava, recolección y demás faenas se traslada a la aldea, a menudo en su propio coche, para retornar de nuevo a la villa o ciudad, donde puede echar una partida en un bar, ir al cine o a lo que se ofrezca y asistir a los toros y fiestas cuando las hay. Los pueblos abandonados y solitarios, a menudo lo están sólo en apariencia. Han pasado a ser lugar de trabajo de una gente cuya vivienda estable se halla en otro lado.
Hace un siglo, antes del comienzo de la gran industrialización, y desde aquel punto hacia atrás (de ello dan fe Madoz, viajeros como Ponz y Jovellanos y tratadistas modernos, entre otros Solomon a propósito del siglo xvi), los pueblos tenían en mayor o menor grado sus industrias básicas: molinos, tenerías, una fábrica de gorras o sombreros, otra de enjalmas, un taller de aperos, unos telares, etc. Entonces, la muy soportable y en nada depauperadora jornada media de cuatro a cuatro horas y media la completaban los labradores, sobre todo en las largas épocas del año en que el campo no requería su atención, y más aún los jornaleros, con un quehacer en alguna de aquellas industrias, lo cual les agenciaba un jornal en dinero o una participación en los géneros elaborados. Y lo que la agricultura o la industria local no daba lo hallaban en los mercados o ferias de la ciudad o la villa próxima, donde al vender lo sobrante de su labor o mercar lo preciso, entraban en contacto con el mundo y sus novedades. Dinero circulaba poco, y maldita la falta que hacía, como no la hacían, por consiguiente, las preocupantes sanguijuelas, los lebreles y las mantis religiosa de la llamada liquidez, es decir, los bancos y cajas de ahorros.
Pero los tiempos cambiaron, y aparecieron los sacerdotes de una nueva religión, los economistas, con unos dogmas más oscuros y apremiantes que los de todas las religiones, vigentes o caducas. Uno de los dogmas de la economía era la concentración de las industrias en Barcelona y Bilbao como lugares más a propósito y, más tímidamente, en otras partes (ahora, Madrid), con lo cual las industrias rurales desaparecieron para dar paso a los más largos y miserables años, más de un siglo, vividos por los agricultores de la meseta, forzados al ocio de media jornada e imposibilitados de completarla y agenciarse así un suplemento para proveerse de lo que no podían producir; su única esperanza a tal fin era la aparición de unos ingenieros trazando una carretera, un ferrocarril o, más tarde, un salto de agua. Mientras tanto, en torno a las fábricas de las grandes urbes, surgió un proletariado mísero, procedente primero de las tierras de jornal intermitente, propiedad de los latifundistas meridionales. Con la industria concentrada, multiplicó sus fuerzas el comercio, siempre loado por los economistas, alcahuetes, acólitos e incensadores del capitalismo como motor de su ciencia. A tenor del desarrollo de la industria y el comercio, se fue produciendo un aumento continuo de los llamados por esos economistas sector secundario (la mano de obra industrial) y sector terciario o de servicios, es decir: banqueros (manipuladores de fondos que harían llorar de nostalgia a los más desalmados prestamistas hebreos de la Edad Media), oficinistas y agentes de todo lo agenciable, viajantes de las manufacturas elaboradas, representantes y comisionistas de todo lo habido y por haber, barcos, trenes, camiones y ahora aeroplanos para transportar desde la periferia al resto de la península aquellas manufacturas; y más tiendas, y luego gigantescos almacenes y una máquina propagandística diabólica, y ventas a plazos, con nuevo circuito por los bancos mediante letras aceptadas que han acabado por hacer de la sedentaria profesión de notario una de las más dinámicas del mundo actual, tanto que, al no poder dar abasto a la ingente tarea del protesto en fecha fija de las letras impagadas, han sido autorizados a invertir el proceso, o sea, protestar la letra y comunicarlo después, mediante tercera persona, al interesado. Forzosamente, uno ha de recordar que cuando en Soto en Cameros, pongo por caso, un labrador quería hacerse una capa, le bastaba con acercarse a los telares de un convecino y mercarle las cinco o seis varas precisas, sin intermediación de toda esa cadena de «servicios» con que los economistas de hoy calibran el progreso, en visión muy dispar de la de los revolucionarios de hace unos decenios, que iniciaban su acción al grito de «!Muera la burocracia!».
Pues bien, aquella concentración industrial tan loada y dogmatizada ha dado lugar a estos hechos: primero, la ociosidad forzosa y el mortal aburrimiento de, un 25 % de la población nacional, la del sector bautizado por los economistas como primario o agrícola y despreciado por los propios economistas al no producir más que el 12 % de la renta nacional; segundo, la putrefacción de los centros industriales, con la consiguiente neurosis y degeneración vital de sus pobladores, sujetos a continua tensión en un medio insano, centros a los que acuden sin cesar, atraídos por el señuelo de la televisión, la propaganda y los espectáculos multitudinarios, las últimas generaciones de jóvenes provinciales y rurales decididos a no aburrirse más en las ciudades o villas adonde se han trasladado sus padres o en las aldeas donde continúan viviendo.
En la época de mi viaje leí en una revista provincial un artículo cuyo autor deploraba que en aquella provincia el sector primario supusiera el 48'1 % de la población ocupada, con aumento de la cifra correspondiente a cuatro años antes, del 45'6 %, datos suministrados por el estudio de una entidad bancaria (*). Ante ello, el autor del artículo se desgarraba el jersey, la camisa y la camiseta recordando este gran dogma de los economistas: si la población dedicada al sector primario en una comunidad excede del tercio de la mano de obra total, esa comunidad ha de clasificarse entre las subdesarrolladas. Días más tarde estuve en una aldea de la desdichada provincia y vi lo siguiente. Contaba la aldea con setenta familias (ocurría esto en setiembre de 1973) decididas a no marcharse de allí y a no contribuir como esclavos urbanos al desarrollo nacional. A tal fin, estas familias, secundando la iniciativa del presidente de su junta vecinal, se embarcaron, mediante dedicación gratuita de su tiempo libre, aportación económica de todos ellos y alguna ayuda oficial, al arreglo de los caminos que enlazaban con las carreteras y las aldeas colindantes, a la pavimentación total del pueblo, a la concentración de manantiales en un gran depósito subterráneo, de donde derivaron los canales y conducciones de agua a sus casas, a la obra de alcantarillado y desagües pertinentes y a la ordenación del alumbrado público. Habían iniciado ya la construcción de una piscina y un parque de juegos para los chicos y estaban a la espera del teléfono, tiempo atrás pedido. Mientras tanto, todos renovaban sus casas, trece de las setenta familias tenían en uso cuarto de baño y otras treinta o cuarenta tenían encargados sus elementos. Disponían de dos coches de alquiler y trece de propiedad particular, y una porción de vecinos estudiaba el reglamento de circulación y esperaba examinarse; había unas cuantas motocicletas y muchas más bicicletas. Hacían buenas fiestas patronales y gastronómicas, organizaban conferencias agrarias y estimulaban la plantación de árboles frutales. Todos ellos tenían televisión o radio, a las que se agarraban en lo más crudo del invierno, no en el resto del año. Iban bien vestidos y calzados, disfrutaban de un aire impoluto, pues los coches y motos sólo eran utilizados para trasladarse a otros lugares. Se alimentaban con los sanos productos de sus huertos y establos y los restantes los ofrecían a diario en sus furgonetas los vendedores ambulantes forasteros. Y había en el pueblo una porción elevada de estudiantes de bachillerato y de escuelas profesionales, con algún graduado universitario. A todo esto, la fuente de ingresos básica de la aldea era la misma de tiempos inmemoriales, la resultante del cultivo de la vid, regulada ahora por una cooperativa comarcal. En resumen, y salvo los graduados del sector terciario, con dos o tres metidos en el secundario de una fábrica de cementos situada a tres o cuatro quilómetros, todos seguían fieles al sector primario.
Volviendo a lo relatado por los labradores de Villacastín, al término de mi viaje conversé con un ingeniero agrónomo, el cual me dijo respecto de la paja:
-Esa dilapidación, casi general en las comarcas cerealeras mecanizadas, clama al cielo. Aparte la utilización antigua para cama y alimento del ganado y para otras cosas en mayor o menor decadencia como techumbres de chozas y alpendes, colchones, adornos diversos y sombreros, podría ser hoy de grandísima utilidad para obtener papel basto y cartón, de tanto consumo en la moderna industria del embalaje. En cuanto a su quema sobre las propias tierras de labor, la utilidad de sus cenizas queda anulada, con creces, por la destrucción de una serie de microorganismos necesarios o útiles en el proceso del cultivo.
-Y esa aplicación exclusiva de abonos minerales ¿qué efectos producirá a la larga?
-A la larga, y no demasiado larga si nos atenemos a las características de las tierras peninsulares y a las de la meseta en particular, la desertización. Deslumbrados por los actuales rendimientos, los labradores se han pasado de la engorrosa fertilización a base de estiércol a la más cómoda, limpia y fácil de los abonos minerales, olvidando, o mejor, ignorando que con ellos la tierra va perdiendo lo que la hace fértil, es decir, el humus o materia orgánica. El contenido en humus ha de mantenerse entre ciertos límites, por debajo de los cuales la fertilidad decrece sin remedio. En otros países, y en contadísimos lugares de España, donde por escasez de animales se ha presentado el problema, se recurre al uso de estiércol artificial, hecho con montones de paja, abonos minerales y agua en los que se provoca una fermentación o descomposición. También se practica en aquellos países el abonado en verde, consistente en sembrar una leguminosa y, poco antes de su floración, enterrarla con una labor de arado, a fin de que se vaya descomponiendo lentamente en la tierra, aumentando así la reserva de humus.
(*) ¿Por qué milagroso procedimiento se elaboran las estadísticas, manejadas después litúrgicamente por los economistas y proyectistas del desarrollo?
Ramón Carnicer. Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Pp 486-494
jueves, agosto 07, 2008
Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Ramón Carnicer (9) Agricultura castellana
jueves, enero 10, 2008
Volveremos a ser campesinos 4
VIAJE AL ABSURDO
La división del trabajo y las producciones hizo nacer grandes regiones especializadas, los cerdos en Bretaña, los cereales en Beauce, la concentración de las ganaderías y el alejamiento de las zonas de producción vegetal que hacen imposible la complementariedad beneficiosa de estos producciones así como su alta rentabilidad.
El ganadero bretón solo sabe hacer montañas de estiércol líquido que producen sus fábricas cerdos. Este " oro negro"
A parte de eso, nuestra alimentación no es cara, como lo dicen con un tan bonito coro los "observadores"
El GATT (6) vela para que esta maravillosa máquina fabricar rehenes económicos pueda seguir funcionando, guardando bien seguro la mejor parte para el Tío Sam, como lo ilustran sus tentativas actuales de hegemonía sobre el sistema alimentario mundial por medio de 1a Ronda de Uruguay. Por ello se impusieron progresivamente < circuitos largos >, devastadores de espacio y entorno, donde se ve a los alimentos hacer tres veces la vuelta de la Tierra antes de llegar al plato del consumidor europeo (espárragos de Perú, pepinillos de Sri Lanka, zanahorias de Turquía, soja de Brasil, judías de la Africa subsahariana, miel de China...) Esta situación es explosiva ya que debilita exceso los sistemas alimentarios de todos los países, del nuestro incluso. No solamente dependemos de una única energía, el petróleo, sino comprometemos o abandonamos progresivamente nuestras herramientas de producción en favor de países alejados que pueden dejar de la noche a la mañana de abastecerlos. ¿Cuánto tiempo será preciso para reconstituir las explotaciones agrarias necesarias, y lo que es que costará si de un único golpe debemos encontrar nuestra autonomía de subsistencia?
Es a la vez la seguridad alimentaria y la paz civil que se cuestiona en tales derivas, si continuamos a mecernos en ilusiones en cuanto a la infalibilidad de nuestro sistema. Sin olvidar el número creciente de los excluidos del progreso, que hacen que pronto las muchedumbres sin rentas bordearan montañas de mercancías sin mercado. Es la parada inevitable delante de la cual se romperán las locas ambiciones de la minoría egoísta de los especuladores financieros.
En una economía agrícola respetuosa de los hombres y territorios, la política urgente sería reconstituir los circuitos cortos, al menos para lo esencial de nuestras necesidades. El sistema de aprovisionamiento actual es una aberración consecuencia de una competición internacional suicida. Es incontrolable y perjudicial para los recursos energéticos del planeta. Su costo social es insoportable: energía, transportes, conservación, largos almacenamientos, embalajes especiales, alteración de la calidad, contaminaciones múltiples... En Francia se pudo medir su vulnerabilidad. ¡La huelga de los camioneros en el verano de 1992 ha estado a punto de instaurar el hambre en ocho días, en un mundo reputado de abundancia! No es normal que nuestros productos alimenticios, nuestros bienes esenciales, estén producidos al otro extremo del mundo, cuando podemos y debemos producirlos en casa, en condiciones económicas y ecológicas bien más satisfactorias, mientras que ponemos las tierras en erial y los hombres dejan en barbecho... Una región debe poder producir lo esencial de las necesidades de su población, sin ir a expoliar, por multinacionales interpuestas, los recursos vitales del pueblo del Tercer mundo, del que las mejores tierras sirven fabricar nuestros excedentes, mientras que dejamos los nuestras en barbecho.
Podríamos así encontrar un equilibrio y una seguridad, mucho mejor que en objetivos obsesionales de monocultivo e importaciones. Estas orientaciones conducen uniformar los sistemas destruyendo todo el tejido microactividades necesarias la vida de una región, no promover más que algunas grandes producciones especializadas que no solamente absorben la mayor parte de las ayudas públicas (subvenciones), pero que, bajo el pretexto de ser competitivas, suprimen al mismo tiempo los empleos. Lo que no les impide ser rápidamente fragilizados y desestabilizados por la competencia mundial, como fue el caso de la metalurgia, de la viticultura en otro tiempo, el pastoreo y los cereales hoy día... En lengua campesina, se llamaba a esto " poner todos los huevos en la misma cesta"
Esta cesta, los campesinos de hoy, hiperespecializados y tan dependientes como los urbanícolas, van a llenarlo al supermercado de la ciudad, con quizá los espárragos de Perú, la miel de México, la mantequilla de palma tailandesa, los fresas de Chile, las judías de la África subsahariana, el leche en polvo y la oveja neozelandesa, etiquetada " cordero de Sisteron".
La historia que me dijo el profesor Mathé ilustra con humor las absurdidades de la situación. Hace algún tiempo, un accidente banal causó de importantes desgastes y un bloqueo prolongado de la circulación en la región parisiense. Un semirremolque procedente de Holanda, cargado de tomates para España, tomó en contrasentido un ramal de la autopista del Sur. Entró en colisión con un semirremolque español, cargado de tomates para Holanda... ¿Quién gana en esta persecución cruzada, esta noria de camiones, que unas veces transportan sobre millares de kilómetros géneros que pueden ser producidos localmente, y que otras veces los retoman para retransportarlos lejos, en forma de basuras domésticas, en vez de reciclarlos in situ?
Este sistema antieconómico, antiecológico e antisocial subsiste porque la sociedad prefiere cerrar los ojos sobre las consecuencias de estas prácticas, que vamos a deber pagar mañana a alto precio después de haberse negado a asumirlos hoy a su costo real. Y también porque no tenemos el valor de reformar prácticas altamente nocivas e inútiles, que hipotecan nuestro futuro y el de nuestros niños.
Es una verdadera carrera contra el reloj que es necesario comprometer, en el momento en que constatamos sobre los grandes relojes de la Historia que la deforestación avanza al ritmo de 25 hectáreas al minutos, que el desierto absorbe una hectárea cada cuatro segundos, o sea el equivalente anual de un territorio como Bélgica, que los campesinos desaparecen por millones cada año, una explotación cada treinta segundos en el mundo, todos los cuartos de hora en Francia, mientras que en el mismo tiempo la población mundial aumenta en tres individuos todos los segundos... una China cada diez años (según Cousteau).
Por supuesto este catálogo de desórdenes no tiene solamente por respuestas las soluciones técnicas. Si bastara con remediar técnicamente los males que nos abruman, seríamos muy eficaces y muy felices hoy. Pero la crisis hunde sus raíces en el alma humana, y son en primer lugar los desórdenes del corazón del hombre, y su cabeza lo que es preciso cuidar. Rehabilitar la función de campesino, cesar de vaciar los campos para llenar suburbios superpoblados, donde se desarrollará pronto un nuevo terror de los bárbaros a imagen de la sociedad americana, donde la coronación del progreso será a fin de cuentas <>; ¡sublime éxito de lo que se denomina aún la civilización!... " los hombres son como las manzanas, cuando se los apila, se pudren... ", decía Mirabeau. Es una reflexión a meditar.
Parece en cualquier caso indispensable proponer otros objetivos que la carrera por la posesión y el consumo de bienes materiales. Puesto que el hombre, se dice, es un animal social capaz vivir y morir como héroe por el reconocimiento social, mostrémosle que existen otros elementos de valorización personal a través de bienes inmateriales como la belleza de una obra, la calidad de la vida, el respeto de otros, la amistad, la solidaridad, la fiesta, la felicidad de ser útil... Todos estos valores antes vinculados tradicionalmente a la tierra pueden reconquistar juventud incapacitada, mayoritariamente en busca de absoluto, de ideal y de hazañas.
Quizá podemos proponerle el nuevo concepto de 1ª < Inteligencia verde (7) > como horizonte ampliado de creatividad, acción humanitaria, protección de la naturaleza, de gestión de los recursos... La Inteligencia verde, es la vez 1a inteligencia de lo viviente, gran motor universal que manifiesta la planta verde, con los todos recursos inexplorados e inexplotados que nos ofrece de manera duradera y reproductible. A título de ejemplo, a penas se conoce el 10% de las especies vegetales del planeta , muchas de las cuales poseen aptitudes y virtudes incomparables para el progreso y el bienestar de 1a humanidad, así como nos lo demuestren magistralmente los investigadores inspirados como Jean-Marie Pelt, Michel Bounias, Rémy Chauvin, Jacqueline Bousquet... La " inteligencia verde", es también la de los agri -innovadores
La primera condición, es que todos los adultos conscientes de las amenazas que pesan sobre la vida terrestre estén animados por el mismo sentimiento de responsabilidad colectiva y se unan para participar en una obra pedagógica de reconciliación con la naturaleza, con la vida, con el orden cósmico... Un reto que coloca el amor en el centro de toda realización y ambición humana. Una clase de desafío donde se haría jugar de alguna manera el poder del amor contra amor del poder (8).
Este término de amor en el sentido de compasión parece muy ingenuo, o incluso pasado de moda, en el mundo de 1a eficacia tecnológica, del arma nuclear, de la competición de los tipos de cambio. No tengo aquí el discurso de una noticia lección de moral ni de una generosidad decente, sino solamente creo tener un razonamiento lúcido.
Los profetas bíblicos no han inventado nada. Ellos no han hecho más que observar 1a historia humana de su época, que se repite invariablemente como una serie de hipos. Mi convicción profunda es que si queremos salvarnos y salvar el frágil esquife sobre el cual estamos embarcados, debemos actuar todos juntos, los unos para los otros, y no en una confrontación fratricida de todos contra todos, como los marineros de un buque que pronto habría hecho ir al naufragio. Con todo estamos en esta situación paradójica: más va mal esto, más nuestro instinto egoísta nos arrastra a una fuga ciega y prepara nuestra pérdida creyendo sacar partido del asunto en detrimento de nuestros semejantes.
Sin hacer referencia a la sabiduría innata de las comunidades primitivas, cuya cohesión reflejaba la solidaridad del grupo, interroguémonos sobre la salida de nuestra guerra económica que sacrifica caiga quien caiga todos los recursos vitales del planeta para 1a instauración o el mantenimiento de los poderes efímeros de algunos grandes primates retrasados. Las reflexiones más pertinentes, los esquemas más rigurosos, los programas más brillantes de 1a inteligencia humana para solucionar la crisis actual no pueden conseguir sin una condición esencial, es que cada uno respeta las reglas del juego. Ahora bien esta es precisamente la causa principal de las crisis y el mal profundo de los que sufre la sociedad moderna: 1a ausencia de solidaridad nos inclina no jugar el juego y, situación agravante, cuando todo el mundo engaña, se puede esperar a que el juego se convierta en un juego de masacre.
Esta es la razón por la que no hay otra salida que de encontrar estos valores que hacían antes la cohesión espontánea de las comunidades campesinas y su sentido común del interés general: solidaridad, responsabilidad, cooperación, respeto del próximo como de si mismo. ¡He ahí porqué volveremos a ser campesinos!
(6). General Agreement on Tariffs and Trade, conjunto de acuerdos interacciónales impuestos por los países ricos para la libre circulación de mercancías, cuyas consecuencias son desastrosas sobre el conjunto del plan. En realidad, se trata de la más formidable empresa de exacción contra los derechos del hombre, bajo 1a apariencia virtuosa de la libertad de los intercambios. Es la destrucción de las economías locales para 1a extensión incontrolada de las multinacionales. Una red internacional de resistencia se constituyó bajo la sigla de la ALIANZA, cuya side para Francia es: la Alianza Campesinos, Ecologistas, Consumidores, 53, calle de Renaudes 75017 París - telf.: (1) 42.67.04.11.
(7) Ideas desarrollada por primera vez por F. Plassard en las Conversaciones de Millangay, coloquio sobre e1 futuro del mundo rural, en septiembre de 1992.(8). Fórmula muy bonita de Nicou Leclercq para la edad de Acuario.
PHILIPPE DESBROSSES,NOUS REDEVIENDRONS PAYSANS,Editions du Rocher 1993
ISBN 2-268-01569-6
Pp 222-227
Volveremos a ser campesinos 3
LA TIERRA
Para la tercera edición de este libro, cuya escritura me ha sido inspirada al final de los años setenta y cuya presentación he madurado hasta 1987, quiero añadir de manera más precisa lo que es mi convicción profunda, y que compruebo cada día el sentido premonitorio.
En la actualidad, en julio de 1993, constato que no tengo nada que cambiar, a los pronosticos del texto original. Las derivas anunciadas se han amplificado y vuelven más evidente esta necesidad: volver a ser campesinos, si queremos evitar el Apocalipsis alimentario.
El futuro de la tierra, y por consiguiente el porvenir del mundo vivo, dependen de la capacidad de los ecosistemas para producir, manera duradera, los flujos de energía necesarios la alimentación de las especies, de 1o infinitamente pequeño al más grande de los mamíferos. La primera necesidad es la nutrición, de la que el agua potable es un elemento mayor. La calidad de la comida y la calidad del agua deben responder a las exigencias fisiológicas y biológicas de los seres vivos. Ellas dependen de nuestras aptitudes para preservar los recursos, en primer lugar de nuestros métodos de producción agrícola. Ahora bien no sabemos más que muy pocas cosas del medio en el cual vivimos y de sus interacciones. En lengua sabia se llama eso <> Nosotros no conocemos casi nada de las relaciones de la planta con suelo. Conocemos menos aún las relaciones de las plantas entre ellas. Solo tenemos algunos conceptos insignificantes sobre la sociología de los insectos, sus relaciones con las plantas y con los pájaros. Comenzamos solamente e enfocar el concepto de equilibrio de los agro-sistemas y las relaciones de causa efecto entre las calidades de un suelo y salud de los seres que lleva. En esta interdependencia, ¿es el suelo el que hace la planta o la planta la que hace el suelo, o quizá los dos la vez? ¿Es que una planta empuja bien porque no está enferma... o es que no está enferma porque empuja bien ? (3)En otros términos, ¿es necesario rodearla permanentemente con un arsenal medicamentoso con carácter preventivo? ¿O es necesario más bien aumentar su resistencia natural por un equilibrio alimenticio conforme sus necesidades? Tantas cuestiones que requieren otro enfoque, otra manera de administrar tierra, otra agricultura.
La agricultura es la más importante de las actividades del hombre sobre la tierra, incluso si la confusión intelectual de nuestro tiempo conducido a esta, por ignorancia o por codicia, arruinar esta base esencial de su existencia. Toda vida sobre tierra se basa en la planta verde (4), que es de 1a energía solar condensada. Pero en realidad la planta verde tiene también otras funciones vitales que 1a alimentación de las otras especies. Juega de un papel entre las sustancias minerales groseras de la tierra y los mecanismos sutiles de la atmósfera. Liberación de oxigeno, fijación y almacenamiento del carbono libre (CO2), reglamento hídrico del entorno por evapotranspiración, proteosíntesis, fijación del nitrógeno atmosférico, formación del humus, verdadera piel viva del suelo... La planta verde juega un papel purificador en el ciclo del agua y en la calidad del aire que respiramos. Participa en la regulación del clima: higrometría, régimen de vientos, erosión, desertización.
En efecto, se observa desde hace treinta años: todos los esfuerzos tendieron disociar las plantas cultivadas de la naturaleza, hasta el paroxismo del cultivo hidropónico o " cultivo sin tierra"
Todas estas divergencias traducen perfectamente el mal de nuestra sociedad moderna, librada a la economía mercantil, completamente dominada por la especulación donde el único valor contabilizable es el dinero. El dinero considerado por la moral burguesa como elemento esencial de respetabilidad, cualquiera que sea la manera de ganarlo. A esta perversión se añade la confusión intelectual resultante de los conceptos de la ciencia analítica que solo conoce lo que es mensurable y disociable respecto a estos instrumentos. Eso nos da una especialización exceso y la disociación de producciones antes complementarias, como la agricultura y 1a ganadería, los cereales y las leguminosas, las producciones de víveres y el equilibran demográfico de los territorios...
La llegada del tractor sonó el tañido del equilibra agro-silvo-pastoral, conduciendo al matadero contingentes de millones de caballos a partir de la Segunda Guerra Mundial. La desaparición de estos animales liberó de un único golpe 38% de las superficies cultivadas, más de un tercio del territorio, antes consagrado la producción de energía para la tracción animal (heno, avena, paja)... " Es como si, explica Jean-Pierre Berlan (5), se hubiera de un solo golpe descubierto un continente entero en la segunda mitad del siglo XX, explotable inmediatamente..."
En los Estados Unidos (nuestro modelo ideal), se buscó rentabilizar estas superficies disponibles estableciendo un nuevo cultivo que no entraba en competencia con las producciones tradicionales de cereales (trigo, maíz). Fue la llegada de la soja, planta resultante del continente asiático que tomó un desarrollo considerable, al punto convertirse en indispensable allí donde algunos años ella era aún desconocida.
El éxito de la soja no es el fruto de la casualidad. Esta planta rica en aceite es una leguminosa que se integra perfectamente en las rotaciones de cultivos, sin perturbar las cosechas, puesto que los períodos de madurez son diferentes, y sobre todo sin competir con el mercado de los cereales, puesto que la vocación de la soja era en primer lugar producir materias grasas vegetales alimentarias. La naturaleza de los métodos de extracción necesarios su utilización hizo una planta privilegiada de la industria, su paso obligado por tecnologías costosas hizo un instrumento de soberanía del sector industrial. Lo que aumentó su poder y permitió el desarrollo de verdaderos imperios. Muy rápidamente, la presión de estos grupos de presión ante el Congreso y el Gobierno de Washington entrama una serie de decretos, de medidas de desgravación, que privilegiaron la utilización de las materias grasas de origen vegetal en detrimento de los materias grasas animales tradicionales, leche, mantequilla, crema...
Pequeña anécdota: una información ampliamente recogida por la prensa mundial especializada, bajo la tutela de los industriales del aceite, fue el <> de un investigador soviético que denunciaba la responsabilidad de la mantequilla y la leche en la formación del colesterol. Hoy sus afirmaciones se baten en retirada por los científicos independientes de los grupos de presión aceiteros, que aconsejan al contrario consumir razonablemente mantequilla para favorecer el buen colesterol, pero la publicidad funcionó a manera de un lavado de cerebro para varias generaciones.
A este nivel de 1a historia de la agricultura moderna, el lector va a comenzar comprender 1a amplitud de las metamorfosis de nuestro sistema alimentario y la increíble dependencia y vulnerabilidad de la cual es objeto. Ante esta competencia insoportable de los potentes fabricantes de margarinas, mantequillas vegetales y otros sustitutos de la verdadera mantequilla, la verdadera leche y el verdadero queso, el último eslabón de independencia y autonomía se pasó de rosca. Los rebaños lecheros de rumiantes pastando y valorizando aún las fibras de los prados desaparecieron, encadenando la desaparición de la fertilización natural de los suelos y la reconversión de los prados en tierras desnudas libradas a la intensificación y a 1a erosión. Como se puede comprender, los campesinos no dudaron demasiado en abandonar las ganaderías que quedaron poco rentables y extremadamente vinculantes para sustituirlos por monocultivos estacionarios, que tienen la ventaja de no ocuparlos sino tres meses en al año. En Francia, antes de la crisis, se ironizaba sobre el ciclo de las <>
La ruptura total del ciclo natural y la división de las producciones como tantas funciones extrañas las unas a las otras no dejaron de desarrollarse desde esta revolución silenciosa de la colonización de la agricultura por la industria.
Fue necesario comprar a1 exterior el carburante para abastecer las máquinas, esto fue la primera etapa del sometimiento de la agricultura. Fue necesario comprar simultáneamente los abonos industriales para sustituir al abono de los animales ausentes, fue la segunda etapa de esta dependencia... el otros se encadenaron en consecuencia. Estas modificaciones de las prácticas culturales acarrearon un debilitamiento de los sistemas, con la aparición de mayores parasitismos que, su vuelta, necesitaron el uso sistemático de un arsenal de pesticidas cada vez más sofisticados. Y, hoy, la apropiación de las semillas de la tierra, patrimonio público transformado en bien privado por un puñado de multinacionales, completa la obra de dominación adoptada desde la llegada de la agricultura industrial.
(3) F.Chaboussou. Santé des cultures, Éditions Flammarion, Paris.
(4) J.-M Gatheron. Servitude et grandeur paysanne, Éditions Jeheber, Genève, Paris
(5). Ingeniero, encargado de investigaciones la sección socioeconómica de 1' INRA.
PHILIPPE DESBROSSES,NOUS REDEVIENDRONS PAYSANS,Editions du Rocher 1993
ISBN 2-268-01569-6
Pp 219-222

