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domingo, marzo 22, 2015
lunes, abril 04, 2011
Gedos en la literatura
Gredos en la literatura
(Luis Garcinuño González)Trasierra II época nº6, 2007
Poetas, novelistas, dramaturgos, ensayistas...y otros muchos autores afines al mundo de la Literatura han hecho de Gredos y su entorno centro de sus escritos. Todos consideran este paraje como un paraíso ardiente y exuberante, describiéndolo con un gozo inenarrable. Américo Castro comentaba la admiración que producía en los estudiantes la llegada y visita a estos lugares de la geografía hispánica. En Gredos todo es grande, todo es gloria, azul, viento, nieve, admiración, apoteosis... Gargantas, aguas plateadas que como espejos nos deslumbran desde el fondo.
Así lo cantó Ramón de Garciasol en Canciones,:
ANOCHECER FRENTE A GREDOS
"Y nos hemos callado. Algo se mueve
con lenta majestad. Tienen las cumbres
un resplandor frutal de últimas lumbres.
Viene el buey de la noche, manso. Hiere
el tránsito solemne son profundo
del agua en las gargantas regadoras.
También calla el dolor sus heridoras
preguntas manantiales. Cesa el mundo
de estar presente. Sangra por los lomos
de la sierra la sombra igualadora,
al borde de ser piedra estamos. Somos
ahogo mineral que se diluye,
hasta que suena un grillo, y la sonora
noche de Gredos del silencio fluye."
Gregorio Marañón frecuentemente en sus escritos se recrea y nos recrea cuando describe la Sierra de Gredos:
"Gredos es algo extraordinario; es la suma de todas las cosas sanas y admirables que encierra el clima de montaña, en todos sus aspectos y en todas sus altitudes. En ninguna parte del mundo se dan bajo un cielo tan maravillosamente azul, con un sol tan constante y hermoso, la dulzura de los valles templados de Arenas de San Pedro, los climas aún suaves, pero más tónicos y fuertes... y, por fin, toda la gradación de alturas, con toda la gradación de floras, que termina en las regiones, empenachadas por las nieves perpetuas..."
Sobre las rutas y el recorrido por Gredos, Ortega y Gasset dijo: "Cometería una equivocación quien pensase que lo valioso en el alpinismo es la cima de la montaña y no la ascensión."
Este recorrido permite conocer y caminar las trochas, lagunas y portillas más representativas del macizo central de la Sierra de Gredos, contemplar las impresionantes cimas y crestas que dan fama a nuestra Sierra e introducirse en la cultura de los habitantes de esta hermosa y variopinta comarca. Desde el Morezón tenemos la que probablemente sea la mejor vista del Circo de Gredos, con la laguna al fondo. Desde las ruinág del Refugio del Rey veremos Castilla La Mancha y Extremadura. El pico que más nos llama la atención hacia el este es La Mira. Resulta muy relajante sentarse junto a la fuente que hay en el Refugio del Rey y beber de su agua pura y cristalina. Blas de Otero, poeta de la protesta y el testimonio, se estremecía al contemplar la Laguna y las imponentes rocas que circundan el gran Circo de Credos y exclamaba:
"Lágrimas
de piedra, ardiendo
en la cara
del cielo."
El gran novelista y Premio Nobel de Literatura, Camilo José de Cela, trató muy espléndidamente a las gentes y a las tierras de la Sierra de Gredos, a las que dedica glosas fascinantes y de gran valor literario. Muchos de sus escritos se refiere a estas tierras en su conjunto y a sus lugares preferidos, como es el caso siguiera cuando retrata a Candeleda y sus mujeres:"Al vagabundo, en Candeleda, le dieron de comer y beber. Candeleda tiene de todo; como el Arca de Noé de los tres reinos de la naturaleza, a saber: el animal, el vegetal y el mineral. A los dos días con sus noches de trotar por Candeléda y de mirar-¡ay, Catalina! a las candeledanas, que son las mozas más bellas de todo el confin del reino..."
En Judíos, moros y cristianos: "El Tiétar es el río del sur de Ávila, de lo que algunos llaman — el vagabundo ignora por qué — el Ávila andaluza, con más propiedad hubiera podido ser bautizada con el nombre de Ávila valenciana y, con mayor aún, con el de Ávila extremeña, que es lo que es.
El río Tiétar nace en el puerto de la Venta del Cojo, en Escarabajosa, y durante casi toda su carrera, y hasta que se pierde por la llanada de Cáceres, separa — administrativamente y contra todas las leyes de la naturaleza — las tierras avileses de las toledanas y las tierras toledanas de las cacereñas. El vagabundo entiende que el río Ramacastañas parte del Valle del Tiétar; el vagabundo suele ser más amigo de las regiones naturales que de las provincias artificiales."
Eduardo Tejero, maestro y centro de este homenaje, posee una obra muy extensa. En ella, frecuentemente habla de esta tierra. En Literatura de Tradición Oral en Ávila (IGDA, 1994), tiene bellas páginas relativas a Gredos y a su entorno.En la Introducción a este magnífico y bien documentado libro, él mismo, en un gesto muy propio de su humildad, dice que quizá con excesiva audacia se ha propuesto tratar una visión de conjunto sobre los textos de tradición oral de Ávila y su provincia. Yo, que viví muy de cerca la investigación y el proceso de esta obra, única en el ámbito de la tradición abulense, sé de esa humildad, pero también de su indiscutible mérito. En uno de sus apartados, no puede por menos de ir a un "lugar común" de sus numerosas publicaciones: Arenas, el Tiétar, GREDOS... y en 149 páginas de esta obra nos dibuja con mano maestra esta "su zona" tan querida como vivencial para él, aludiendo a autores que hicieron de su poesía un bello canto a Gredos:
" El que se halle en paz con Dios
y quiere meterse en guerra,
vaya a los montes de Gredos
y lleve poca merienda." (Vergara, 1923 )
" Si quieres saber qué es bueno
y pasar la pena negra,
vete a monteses a Gredos
y lleva poca merienda."
"A la mujer que yo ronde
que no me la ronde nadie,
que soy de sierra de Gredos
y la quiero "pa" casarme."
(Copla de Priedalaves. P.Anta )
También es de Piedralaves esta Copla Pastoril, heredera del conocido texto clásico: La dama y el pastor:
"Pastor de sierra de Gredos
que duermes en la retama
si te casaras conmigo
durmieras en buena cama."
Un gran poeta, cronista y articulista, el soriano Dionisio Ridruejo, con una calidad excepcional, evoca esta Sierra y se detiene en Gredos para cantarla en sus:
SONETOS A LA PIEDRA
" Verde, amarilla, gris, blanca en la altura,
la vasta sierra hasta la luz descansa
como una ola quieta
en su espuma más brava.
Me detengo en el valle. Con raíces
entre la hierba se me queda el alma.
Pasa a mis pies un agua, un sobresalto,
encadenando al tiempo mis entrañas.
Crecen las flores. Dormiré un momento.
Árboles son el cielo; ya me ampara
la tierrrra y va la muerte con la brisa
vigilando la altura de las plantas.
Despertaré. Despertaré. Por fuera
de los pinares sube la montaña
verde, amarilla, gris, blanca en la cumbre,
eternamente enaltecida y mansa."
D. Ridruejo se retira con frecuencia a la Sierra de Gredos a medifar en la soledad sobre su idea de España. En julio de 1942 escribe una serie de poemas que titula: Serranías, notas en las que evoca a esa España que le preocupa:
"Urbión allá y, más cerca,
Malagón, Guadarrama,
Sierras de Béjar y la Estrella, hundida
hacia la tierra que nos parte el alma,
y aquí Gredos; las cuentas de la espina
¿fuerzas, dolor?- de España,
vertiendo, acaudalando — Tajo, Duero —
para el esquivo mar las frescas aguas."
En una serie de poemas breves que llevan por título Sierra de Gredos o Gredos, el poeta medita y respira la grandiosidad del paisaje y su geografía abrupta e imponente, mientras contrasta su presente disfrute de la soledad con la grave decisión que acaba de tomar quemando las naves de su aventura política en defensa de una España más auténtica:
"Puertos y puertos, valles y collados,
cumbres y cumbres, rudo movimiento
que se recoge en sencillez humana
o desvela un indómito desierto.
Y, al fin, pinares bajos, altas cimas,
y el águila en los cielos.
Ya está la soledad en toda el alma
y atrás las naves — roca a roca — ardiendo."
La misma España sedienta de espíritu y eternidad que vimos en Sonetos a la piedra es la que se revela en las escarpadas cumbres de Gredos, como se muestra en este poema:
"Poco a poco — oh maciza y sublimada—
te vas haciendo cosa de los cielos,
vago cuerpo de nubes. tu violenta fe de tierra en celo
de eternidad, se acoge
a la nada inefable del sosiego.
Veo escapar tu certidumbre recta,
dientes, cascos, pirámides, y pierdo
yo también mi entereza ante la noche,
solo, y, de tanta soledad, incierto.
Hasta que las estrellas
allá, del fondo del oscuro sueño,
despiertan otra vez en nuestros seres
la sombra firme y el honor esbelto."
Sonetos a la piedra se cierra con una bella composición, en la que el poeta, desvelando el enigma, abandona el lenguaje simbólico que había mantenido a lo largo del libro, para definir lo que es esta "España de piedra" vista en su impresionante orografía (del Pirineo hasta Tejada, Gredos, Guadarrama) y en las costas del Atlántico. Es majestad, espíritu guerrero, castillo, altura, crestería y serenidad. Y al mismo tiempo, energía, movimiento, agonía, anhelo, desnudez, libertad e inmortalidad. Es una combinación maravillosa de firmeza, estabilidad, fuerza y dinamismo, espíritu de aventura. Ésta es la impresión con la que sintetiza toda su teoría sobre España:
"Toda castillo o crestería, vuelo
pesado, movimiento endurecido,
serenidad — oh Gredos, Guadarrama —
y agonía naciente. Toda anhelo,
toda sin dominar y sin vestido,
toda libre, inmortal. Como se ama."
Y nos centramos en el gran poeta de la zona, don Miguel de Unamuno. En Por tierras de Portugal y España dice: " Cada paseo por Gredos- espinazo pétreo de Castilla- es una pequeña lección práctica de Geología. El Sistema Central es la espina dorsal que divide a la Meseta en dos. Gredos forma la parte más elevada de este sistema, que alcanza en el Pico Almanzor su máxima altitud, con 2.592 m."
El propio D. Miguel se considera a sí mismo como el "poeta mayor de Gredos" que él descubre y se apropia para soliloquios y arrebatos líricos. Gredos tiene la clave de sus versos depurados y densos, como dijo Luis Felipe Vivanco: "tan poco musicales y nada modernistas".'Gredos es un hontanar, su manantial inspirador de una poesía desnuda, hermética, metafísica y con un intenso mensaje espiritual. Fervoroso de la piel del toro, gusta de serpentear las rutas inéditas y marginadas: " España, se ha ido muchas veces, está por conocer para los españoles...Mientras viva quedará el recuerdo de mis correrías por las faldas de Gredos...Es un encanto, saliendo Béjar, divisar primero la torre de Becedas, dar vista al Tormes, al río mismo a cuya vera vivo, y verlo cuando fresco y rumoroso acaba de nacer de las aguas de las rocas y cruza bajo su primera horca caudina, el puente de Barco de Ávila, vigilado por las ruinas de un castillo...Y luego se os aparece Piedrahíta...y más adelante torcer el camino, subir al porti llo del Pico, atravesar el paradisíaco valle del Barranco e ir a descansar en Arenas de Sa Pedro, al pie de los pies de Gredos...
Más adelante, en la misma obra dice: "Columnas de mi tierra, columnas que sostenéis su cielo, quien nunca se abrazó a vosotras, cómo va a sentir la patria." En Sonetos líricos y en Andanzas y visiones españolas, sigue Unamuno cantando, emocionado, a GredoS. En de Fuerteventura a París, 1925, siente la obsesión de " la llamada del Dios de España que tiene su trono en Gredos." :
"No, no es Gredos aquella cordillera;
son nubes del confin, nubes de paso...
Gredos, que en la robusta primavera
de mi vida llenó de mi alma el vaso
con visiones de gloria, que hoy repaso
junto a este mar que canta lagotera.
¡ Aquel silencio de la innoble roca
llena de gesto de cordial denuedo!
¡ Aquel silencio de la inmensa boca
del cielo, en que ponía sello el dedo
del Almanzor! ¡En su uña el paso choca
y se rompe la sierra de remedo!"
Es muy llamativa la anécdota en que, estando en París con Blasco Ibáñez, al decirle éste, contemplando los Campos Elíseos: "¿Ha visto Ud., D. Miguel, un espectáculo más hermoso?". Él contestó: "Sí, Gredos".
La sierra abulense de Gredos es la fuente principal de donde se alimenta la corriente del Duero por su margen izquierda. Sus elevadas cumbres, de nieves casi constantes, separan las cuencas del Duero y del Tajo por allí donde nacen sus dos grandes tributarios, el Tormes y el Tiétar, como recuerda don Miguel de Unamuno en una composición de su Cancionero:
"Tiétar, Tormes, Tajo, Duero,
mellizos de las Castillas;
madre Gredos sus dos brazos
desparrama y acaricia
sobre hueso, carne parda,
que sangre y sudor hostigan."
Como un motivo recurrente volverán a mostrarse estos sentimientos hacia el final de su vida, en un breve poema titulado Agua del Tormes, que revela cuán profundamente arraigadas están las imágenes salmantinas en el corazón del poeta:
"Agua del Tormes,
nieve de Gredos,
sal de mi tierra,
sol de mi cielo,
pan de la Armuña mollar y prieto,
leche de cabra del llano escueto,
puestas de soles de rosa eterno,
sombra de encina que espeja el Puerto..."
Otra visión de este río salmantino la da Unamuno en su composición: El Tormes:
"Desde Gredos, espalda de Castilla,
rodando, Tormes, sobre la dehesa,
pasas brezando el sueño de Teresa
junto a Alba la ducal dormida villa.
De la Flecha gozándote en la orilla,
Padre Duero,
¡ sálvalos de la riada.!
A los pobres
que en tu fe los Barrios Bajos
habitaban
y que a saco has entrado
por sus casas y que pescan en tus pozas los pucheros,
los jergones de las camas!
Padre Duero,
¡ sálvalos de la riada!"
Hasta el mar de Lusitania, llega con el Duero su palabra hecha poema al seguir los pasos del Tormes amado hasta su abrazo con el Duero y a través de éste llevan al poeta a su encuentro con el pueblo hermano:
"Gredos, Gredos, Almanzor, el Tormes
Piedrahíta del Duque,
Barco de Ávila,
Torreón de Alba,
Salamanca dorada.
Soledad de Ledesma,
Fermoselle ceñudo,
mi entrañado Duero
cantando en las entrañas de Portugal y España."
Algunas consideraciones finales
Gredos está considerado como uno de los espacios más valiosos del Sistema Central. Situado al sur de Castilla-León, se presenta como una sucesión de riscos, gargantas, lagunas y circos. Gredos comprende más de 140 km. La mayor parte de la Sierra se localiza en la provincia de Ávila aunque también se extiende a las de Salamanca y Cáceres. El paisaje aparece modelado por las distintas épocas glaciares y la riqueza de su fauna y de su flora es de incalculable valor, existiendo de una y otra varias especies endémicas, como ya hemos descrito anteriormente. Junto a toda esta riqueza natural, orográfica, histórica y literaria, existe en su entorno otra no menos rica y apasionante, como es la cultural y monumental: la calzada romana del Puerto del Pico y los pueblos de Candeleda, Arenas, Mombeltrán, El Barco de Ávila, por citar algunos, son buenos ejemplos de ello. Los amantes del senderismo no podrán dejar de visitar el Circo de Gredos, a través de un impresionante camino que comienza en Hoyos del Espino hasta llegar al Prado de las Pozas. En una altitud superior a los 2.000 m que llega al alto de los Barrerones, desembocando en la Trocha Real cerca de la laguna glaciar se podrá disfrutar en toda su belleza del Almanzor.
La Sierra de Gredos, por su extraordinaria riqueza, está incluida dentro de la Red de Espacios naturales de Castilla y León. Podríamos calificar al Parque Regional de Gredos como un paraje virgen, silencioso y mágico. Desde sus agrestes cumbres descienden en ruidosas cascadas las aguas cristalinas del Ricuevas, formando estanques en grandes canchales de piedras, donde la arena penetrante y el frescor primaveral te envuelven en luz y sonidos.
Termino con las palabras de Miguel Ángel Troitiño Vinuesa, gran conocedor e investigador de esta zona: "La Sierra de Gredos es una montaña mediterránea fuertemente humanizada, donde la imbricación de lo natural y de lo social constituye una de sus singularidades, aspecto que no debería olvidarse en la gestión del Parque Regional ni en la puesta en marcha de programas de proyección socioeconómica. La imbricación entre naturaleza, sociedad y cultura configuran paisajes diversos, siendo necesario clarificar e integrar las nuevas funciones del territorio para intentar superar un viejo enfrentamiento entre protección y promoción. La lectura social del medio ambiente, entendido como territorio, es una vía de trabajo que puede contribuir a superar las limitaciones de las visiones naturalistas simplistas y permitir que el Parque Regional, desde una política de protección activa, sea un instrumento para avanzar por el camino del desarrollo sostenible."
lunes, febrero 21, 2011
Día de mercado en Barco de Ávila (Eugenio Noel, España nervio a nervio 1924)
Hoy lunes es día de mercado en Barco de Ávila. ¡Y- que tenía yo ganas de conocer al tío Pitacio y al viejo de los cejiles!... Aquél lleva sobre los hombros más de ochenta años, que hayan conseguido encorvarle las espaldas, de huesos duros como los cuernos de la cabra hispánica que ramonea los brezos de los canchales y roquedas del cuchillar del Güetre. Y de éste del viejo de los cenojiles, ¿qué he de escribir sino que viéndole en carne y hueso no parece que le queden ya dos onzas de uno y de lo otro? Sin embargo, bastante le importa a él venir del mismísimo Ameal de Pablo o encaramarse hasta el boquete de la Portilla de la Ventana. Con sus piernas torcidas sus chichas magras de sebo ahilado y ese andar bobo de viejo macho potroso, capaz es de desafiar a un pastor del Treme y apostarse un buen compango a que pasa del puerto de Tornavacas y se planta bonitamente en el mismo Plasencia. De la cabeza ya no hay que hablar; los pelos clarean en ella como los cañizos en la monda de un calvijar, como las gamonas a por el callejón de los Lobos en la sierra de Gredos.
¿Y hambre? ¿Quién come más, Pitado o él? Ninguno ha conocido la más ruin maldad de barriga, y sólo Pitado ha padecido acedía; pero eso hace muchos años, en los chozos, cuando con las marujas del arroyo se colaban ortigones y engorda-lobos, cuando entre las achicorias y cardillos se escapaba alguna hierba aceda. Y eso que hay que ver cómo está a veces el unto de la oveja modorra o la res muerta del lobado. Pero ¿qué habrá que no cure el agua de los chortales y de las cavas, el agua mansa del canchal encerrada entre rodales de enebros y bines? Mejor lo cura el trago de clarete, en sentir de Pitacio, y no haya por eso cuestión, que él bien recuerda lo majamente La sabe el vino en la cuartilla de cobre o en el jarro de los para redores. Pero eso ya lo veré a la hora de la comida, porque comeremos, cuando caiga la tarde, en una venta cerca del puente romano, no lejos de la ermita del Cristo, un Cristo de historia, más feo que el Cristo de San Juan de Barbalos. ¿No se la historia de ese Cristo? Pues sucede que cuantas veces se le han llevado ha vuelto él solo a la ermita. No lo dudo un Instante. ¡Es tan hermoso el panorama que se ve desde ella!... No es por eso por lo que vuelve el Cristo; pero... ¡cualquiera escribe por lo que vuelve!..
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Voy por las pintorescas rutas de Barco de Ávila entre tío Pitado y el viejo de los cenojiles y no me canso de admirar a los dos. ¡Cuántas cosas saben y qué buenos son! En la casa de Carlos V los dos abuelos beben de firme a la salud del emperador, cuya casa es hoy mesón simpatiquísimo, de jugosa traza castellana. ¿Quién no conoce al viejo de los cenojiles? Todos le saludan y charlan con él picarescamente, con esa libertina satisfacción con que se habla a los viejos en Castilla y con la familiaridad e ironía que les permite el traje excepcional que lleva. Porque este abuelo de nervios de acero es un cromo vivo y no viene al mercado si no es vestido con el traje antiquísimo de los campesinos del país. Hasta en Londres han exhibido los audaces exploradores de la sierra su imagen arcaica, tan atrás en los mismos recuerdos, que los más viejos, al verle, desorientados, ríen. Pitacio le encuentra grotesco. Esas borlas arzobispales que cuelgan del tarteño, los blanquísimos y calados deales, el contraste brusco del color del calzón de estezao y el color de Id chaquetilla, la faja, los carranques, los cenojiles, los cintajos que le cuelgan por todos lados en la ropa, los enormes botones, todo eso es lejano ya. Aquí mismo, entre los serranos y gentes que vinieron al mercado, hay tipos provinciales de severa silueta vestidos de negro, con sus polainas, faja, sombrero y traje negros. Pocas borlas, pocos cenojiles...; la raza ya no está para eso. La raza, sí; pero este abuelo amigo, ¿qué tiene que ver con la gente de hoy? Allá en las faldas de la sierra, donde vive, viste siempre así. En el tojo de los tozales, en las cantaleras cantizales, en las trochas, neveros, turberas, nebredas, en los oteruelos cubiertos de piornos y gayubas, a la sombra de las bardas de los corrales, este viejo viste con esos colores rojos con esos trapos llamativos, acairelados, que tanto ama. No es mendigo, no pide, tiene dinero; él viste así porque... Se he preguntado, y no sabe por qué. La buena gente le cree algo mochales, algo «ido», como ellos dicen. Mas el caso es que cuando quieren retratar a un serrano típico le buscan a él, él viene andando, andando, desde su pueblo, con las piezas bordadas envueltas en un papel, bien dentro de los alzapones de la atacadera para que no se pierdan o manchen; luego, en Barco, se las pone cuidadosamente. ¡Ah, eso no se sabe en Londres! Allí vieron su imagen al pie de estas divinas sierras; pero su alma, el alma de raza que conserva en su pecho, el amor fier de esos viejos trapos, eso no se fotografía.
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Pitacio me señala unos mozos bravucones: son de Villarejo de Salvanés. Debía ir por allí cuando las capeas. Se ponen a la salida del toril, en dos filas, los mozos armados de pinchos y rejones, y el toro no llega nunca a los últimos, por lo que los mozos se pelean por no estar en los últimos puestos.
Contemplo detenidamente a estos machos iberos de gesto sinvergonzón y modales de pingüino. Parecen asustados, y una nonada los separa de la procacidad más agresiva. Su recia cara cabileña tiene, sin embargo, ese nosequé de la gente de nuestra raza, amasada con simpatía y nobleza de irresistible atracción.
Han venido al mercado serranos y campesinos de centenares de pueblos y majadas, de esos pueblos que tienen nombres serios, de caminos de ganados, de extremaduras y pastizales, de reses y saronas, de santos cuyas advocaciones costaría trabajo hallar en cualquiera de los cuatro Martirologios.
Por todas las calles pasan estas familias, seguidas de reatas de buenas bestias, menos cargadas que lo que pueda suponerse y en número desmesurado. Son animales muy bien cuidados,porque estos mohedinos trashumantes y mesteños poseen los pastos mejores que pudieran desear para sus bichos.
Ellas, las mujeres, lo son todo. Si él, el macho, quiere alguna moneda, habrá de pedírsela a su hembra, acto que exige un valor inconcebible. ¿Será por miedo o por espíritu de sobriedad por lo que estos hombres gastan lo menos posible, lo absolutamente indispensable? Por las dos cosas. En los almacenes,' ellas compran y ellas pagan; los hombres lo ganaron antes y su misión terminó ahí. En la plaza, mientras ellas compran y venden, ellos forman grupos, en los que se habla poco, muy poco. Es muy avaro de sus palabras el campesino, el ribereño, el guarramés. El serrano habla menos aún. El pastor ha perdido el uso de la palabra en las galianas, en los cabanilos, en los cordeles, en las adradas, en las cañadas, en los puertos...
Lo que inmuta en este mercado es el silencio de todos. Nadie llama a nadie. Ahí están cerca de sus mercancías, de sus sacos, de sus paños, inmóviles como vendedores moriscos. Sus grandes ojos pardos, tan grandes que observados de lejos parecen negros, miran al probable cliente con fijeza indiferente. Parece más bien que observan, que han venido al Barco para saciar una curiosidad. Les han hecho así las montañas, las escabrosidades de los gargantones, de los cuchillares, de los asperones; la quietud glacial de las lagunas cimeras, las escarpaduras, las cresterías, los cabezos, los despeñaderos, los guijos enormes desgarrados de los ventisqueros y de las cumbres gnéisicas.
He ahí esa mujer que lleva tanto tiempo sobando y desdoblando el paño fino de Béjar, el veludillo, la bayeta, el castor, el paño grueso de Garrobillas; ¿qué le importa al vendedor, que la contempla como si nada le fuera en ello? De vez en cuando, preguntado por el precio, responde secamente; la compradora no se molesta por ello.
No es una postura indolente la que tienen, es una postura extática. No vocean el género, no tratan de animar o traer a los compradores. Si han de venir, ya vendrán, y en paz. Si la torta, o el trigo, o el farinato, o el calambueche han de venderse, se venderán, ya pasarán delante de esas cosas los que las necesiten.
—Esos pastores son del Tremedal —me dice Pitacio—; el año pasado la nieve cubrió el pueblo y vinieron a pedir auxilio. Pero la mayor parte del año se quedan solas las mujeres y el cura; los hombres se van con los ganados.
Y el abuelo Pitacio envidia de corazón la suerte de ese cura.
Son esos pastores hombres muy fuertes, reservados y noblotes. Su figura, pintoresca para el hombre de la ciudad, es, para quien siente más adentro las cosas, todo el nervio de una gran raza que se pierde inestudiada e incomprendida. Esas caras bajo el ala desteñida del tarteño recuerdan los rostros de nuestras máscaras ibéricas. No todas, claro está; hay en esos rostro. serranos tristes señales de degeneración y miseria; algunos tienen bocio; muchos parecen restos de hombres de hierro; todos son figuras contrahechas y rotas, como las que los hombres de los tiempos mesolíticos nos han dejado en sus pinturas rupestres.
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—A ése le sucedió —me cuenta el abuelo— una cosa que fu muy «soná». Un día los vecinos de su pueblo oyeron que gritaba la sobrina. Subieron como pudieron a casa del cura y lo tuvieron que quitar a palos de encima de...; pero a palos: tenían que pinchar con los dientes de las horcas en salva sea la parte para que... En fin, ya comprendo...
Mucha gracia me hace este sucedido; he ahí un buen sacerdote ibérico, a quien no desagradaría el viejo culto nuestro del dios Endobélico de Évora. Y se comprende que la carne se rebele; estas lugareñas, hijas de la chata recia del Arcipreste de Hita son mujeres muy hermosas, de una belleza picante y rolliza con la falda muy corta, como las mujeres de Pinohermoso y Oliva. Además... las sienta tan bien ese sombrerito de paja tan cuco, tan parecido al famoso gorro de los Frigios...
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Un encanto para los ojos las escenas del mercado. En otro sitios el interés consiste en la charla y trámite de las transacciones. Pero aquí estamos a mil nueve metros sobre el nivel de mar, y el pico del Almanzor arroja una sombra de hielo sobre la ciudad. Lo que distrae y embelesa son estas caras únicas, estos trajes que detienen en seco vuestro paso delante de ellos, hasta que os miran esas caras con la misma extrañeza que vosotros a ellas y concluís por reíros sorprendidos como niños.
Bravamente se defiende el céntimo en las compras. Hasta sacar el dinero de las profundidades de la faltriquera, allá bajo séptima falda, cuántas miradas, cuánto cálculo, qué sombrías meditaciones. La bella cara se frunce dentro del sombrero de paja, y con el género en la mano, sin decir palabra,medita largamente. El marido, al lado, mira y calla, sin saber dónde colocar las manos.
En los bodegones, oscuros establecimientos de comidas, los serranos, sentados en larguísimas mesas sucias, matan el hambre con los guisos más raros, los cochifritos y las chanfainas más increíbles del mundo. Y sin hablar, siempre sin hablar. ;Si apenas el vino abre aquellos labios! ¿Hablar, hablar?... ¿Y de qué? ¿De las famosas judías de la ribera? ¿De las bellezas de esa sierra de Gredos, ahí a dos pasos, cuya vista desde el Tormosmo, desde el arco de las murallas, es uno de los espectáculos más bellos del universo? Oir, oyen. Por la ciudad han oído que esas montañas pueden ser una mina de oro. Hay que atraer forasteros, que vengan por aquí cuando visiten la sierra, los famosos picos, en vez de irse por Hoyos del Espino. Pero todo eso no les importa mucho.
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Los toros están fuera de las murallas, y desde donde están los toros se ve el panorama de las montañas. Barco de Ávila está dentro de ellas, y pocos pueblos podrán enorgullecerse de su posición como Barco de Ávila. Los ojos se clavan en los picos del célebre circo de Gredos, y subyugados por la grandeza de la perspectiva, miran incrédulos tanta majestad, poesía tanta... Altas, muy altas, aquellas montañas nevadas parecen, por lo inaccesibles, una ilusión de los sentidos. Luego, a fuerza de mirarlas, se las juzga altas siempre, muy altas, pero muy cerca. La sensación es tan profunda, que priva de todo juicio. Sólo mintiendo puede decirse qué se siente contemplando desde las dehesas aquellas divinas cimas. Sucede entonces lo que a los serranos. El alma se queda muda y sólo tiene energía bastante para ver. Son montañas altas, que se suceden escalonadas hasta la cima del Almanzor, y el aire pone entre ellas toda su incomparable gama de matices azules, de clarísimas aguas de piedras preciosas. ¿Qué importa que nos digan al oído que aquello es el Almanzor, y aquello el Ameal de Pablo, y Cuchiliar de las Navajas aquello otro, y Mogota del Cervunal lo de más allá, lo de más acá los Hermanitos y el Risco de la Ventana, y la Cuerda de los Galicharones y la Serrota?... De poco sirve saber cómo se llama tanta belleza. Eso hay que sentirlo, verlo, contemplarlo, sacarlo fieramente del estúpido nominalismo que embrutece nuestros conocimientos y seca la fuente de le felicidad. El alma quiere subir: he ahí lo que siente el alma ante las montañas como Gredos, subir hasta allí, hasta el piel más alto, a ver si desde allí aclaramos un poco nuestros turbios destinos, nuestras rudas ideas de luchadores por la vida.
No sé quién nos trae a realidad: es una voz amiga que lamenta ibéricamente, en tono de trisagio franciscano.
—Barco de Ávila — dice— podría enriquecerse a costa esas montañas; pero ¿quién es capaz de instaurar aquí los procedimientos suizos?
—No hay energía —afirma un señor.
Pitacio y el viejo de los cenojiles miran las montañas y callan. Son hijos de ellas y las aman, sin comprender otra cosa más, ni el amor que por ellas sienten. Y como ellos, los serranos todos.
—No hay energía, no hay energía —vuelve a decir el señor que habló antes—; estos campesinos, estos serranos están incrustados en sus montañas; son incapaces de sentir su belleza las temen y las necesitan.., pero no tienen redaños para explotarlas.
Al llegar a la Plaza Mayor sentimos un barullo inmenso. donde todo era antes quietud es ahora huracán de gritos, polvo, de carreras y de voces. Un guardia civil saca, entre muchedumbre excitada, agarrado cada uno de un brazo, a mozo que escribe en los periódicos y a un cura...
Parece ser que el cura se ha subido encima del mozo y ha pateado sin piedad porque el pobre escribidor había dicho en letras de imprenta que el talento del cura no era «com para llegar a obispo».
Y he aquí cómo estas montañas han desmentido la falta energía de sus hijos.
Eugenio Noel
España nervio a nervio (1924)
Colección Austral . Espasa Calpe Madrid 1963
pp.84,90

