viernes, mayo 22, 2020
EL MUNICIPIO AUTÁRQUICO (Juan Vazquez de Mella)
lunes, octubre 24, 2011
¿ Sobran administraciones? (Francisco Sosa Wagner, El Mundo 4-40-2011)
El Mundo. Martes 4 de octubre de 2011
OTRAS VOCES
TRIBUNA / MEDIDAS CONTRA EL DÉFICIT / FRANCISCO SOSA WAGNER
• El autor aboga por reorganizar la estructura territorial española revisando el papel de autonomías y municipios
• Sostiene que los recortes han de obedecer no tanto a una política de ahorro como de mejora de la democracia
¿Sobran administraciones?
EL DEBATE no es nuevo pero ahora lo tenemos planteado en carne viva, debido al descubrimiento que acabamos de hacer sobre el pozo de deuda pública en el que estamos metidos y desde donde hacemos todo tipo de aspavientos para salir a la superficie. Entre ellos está la polémica sobre las administraciones. ¿Tenemos muchas, tenemos pocas, están mal organizadas, se pueden perfeccionar, es mejor abandonar todo intento? Preciso es tener en cuenta, a la hora de adentrarse en este bosque, que las administraciones de las que hablo son correosas, dijérase que tienen la piel del proboscidio, por lo que ofrecen resistencia inusitada a ser perforadas.
En España tenemos, según creo, muchas administraciones. Demasiadas para las que un cuerpo social moderado y que pretende ser elástico puede soportar. 17 comunidades autónomas -más dos ciudades igualmente autónomas en el norte de África-, 50 provincias, más de 8.000 municipios, miles de entidades locales menores, comarcas, mancomunidades... Un festival para los juristas, para los abogados, para los políticos. Pero, ¿y los ciudadanos? ¿No estarían más satisfechos con un aparato administrativo más ligero, más portátil?
Sin necesitar dotes de arúspice, es fácil sostener que el contribuyente, ese ser que gime bajo el peso del despiadado ejercicio de la potestad tributaria, se alegraría si en ese bosque espeso se hiciera algún clareo que dejara penetrar un poco más de luz, aquella luz que dicen reclamaba Goethe en el momento de ofrendar su vida a la eternidad. La gran lanzada se ha proyectado recientemente sobre las provincias. Incluso alguna voz, con reconocida autoridad en la política española, ha llegado a anudar la desaparición de las provincias a la salvación del sistema sanitario público. Un desvarío que ha sido seguido de otros como esos ecos que se multiplican en las anfractuosidades de una cordillera. A mi modesto entender, afrontar este asunto exige recordar que en España tenemos espacios donde han desaparecido las organizaciones provinciales -las comunidades autónomas uniprovinciales-, territorios insulares que tienen sus específicas soluciones, supervivencias de las guerras carlistas como son las históricas forales -de Navarra y del País Vasco-, en fin, diputaciones normales en las comunidades autónomas pluriprovinciales. Entre éstas, a su vez, la prudencia aconseja distinguir entre aquellas que disponen de dos o tres diputaciones -Valencia o Extremadura- y las que cuentan con un número más abultado -las dos Castillas, Andalucía...-.
Toda fórmula simplificadora debe por tanto rechazarse. Menor atención si cabe merece la de ligar las churras provinciales con las merinas de la sanidad porque, si así se hiciera, antes habría de planearse un homenaje al papel que las diputaciones tuvieron en la modernización de una parte de nuestro sistema sanitario público, luego engullido ciertamente por el del Estado, pero tras un momento de esplendor provincial inequívoco.
¿Qué hacer con esta barroca situación? Creo que fue un error dotar de rigidez constitucional a la organización provincial porque su diseño exige soluciones diferenciadas. Ahora bien, contando con este rígor moris a lo mejor sería bueno desempolvar las fórmulas que la comisión de expertos presidida por García de Enterría propuso a comienzos de los 80: a saber, utilizar los servicios provinciales como estructuras para el ejercicio provincial de las competencias autonómicas. Este consejo no se siguió por que, para los responsables de las autonomías, crear un aparato administrativo aquí y acullá les resultaba más apetecible que un bizcocho recién horneado y, encima, bien relleno con la crema pastelera de las tentaciones políticas. ¿Por qué en vez de dirigir nuestros dardos contra las provincias, constitucionalmente encapsuladas, no lo dirigimos contra la robusta estructura periférica de las comunidades autónomas?
Y ya que hablamos de éstas, algún día será preciso pensar en reducir su número. Tenemos más autonomías que Länder los alemanes cuando ellos nos doblan
en población. Y, sin embargo, desde hace años está allí pendiente una reforma territorial destinada a su reducción. A tal efecto se han hecho muchos estudios de los que se extrae la conclusión de que los actuales 16 Länder deberían quedar en seis o siete. Es ver dad que esta renovación esta remitida ad calendas graecas o puesta en el hielo, por utilizar la expresión alemana. Pero la discusión ahí está. Y me pregunto y pregunto: ¿nosotros no podemos tratar este asunta? Creo que algún día se hará y por eso siempre me ha parecido un disparate el proyecto de llevar los nombres de las comunidades autónomas al texto constitucional. Otro error que sería primo hermano del cometido con las provincias.
¿Y qué pasa con los municipios? Es bien probable que, cuando se haya consumado la revolución de las estructuras administrativas que los tiempos modernos reclaman y que afectan al mismo Estado, nos siga quedando pegado en los bolsillos el polvo municipal y ello por grande que sean las convulsiones de la globalización. No olvidemos que toda la inmensa Odisea gira en torno a la pequeña Ítaca de la misma forma que el enorme Ulises está centrado en un día cualquiera de la ciudad de Dublín.
En muchos países europeos se ha producido en el último tercio del siglo XX una supresión drástica de municipios. La Alemania anterior a la reunificación pasó de 25.000 a 8.000 en los años 70 como consecuencia de leyes específicas aprobadas en los parlamentos de los Länder. Y que, por cierto, dieron lugar a una cantidad apreciable de pleitos constitucionales, planteados por las autoridades locales, todos ellos desestimados sin que hicieran mella en los magistrados las invocaciones altisonantes a la autonomía local. Y un proceso análogo está en marcha en los nuevos Länder.
Lo mismo podemos decir de Bélgica que, por la misma época, dejó contraído su número de municipios de 2.700 a menos de 600. Y Dinamarca vivió algo semejante. Francia ha tenido menos suerte porque la Ley Marcellin, de principios de los 70, cosechó escasos efectos prácticos y ahora existe un plan que llega hasta 2014. En Grecia, Italia y Portugal son las autoridades europeas las que están forzando los cambios.
En España reducir el número de municipios, sobre la base de acuerdos voluntarios y, si no se logran, aplicando el bisturí, es indispensable. Pero no para ahorrar, porque los pequeños ayuntamientos generan muy poco gasto siendo los grandes los que exhiben cifras de sonrojo. Es decir, la reducción del número de municipios no debe ser -o no debe ser tan solo- parte de una política de ahorro sino de una política de mejora de la calidad de la democracia pues un ayuntamiento que representa a pocos vecinos antes es familia que organización política seria. Y de perfeccionamiento en la oferta de servicios. Cuando un ayuntamiento no los presta o ha de recurrir para hacerlo a mancomunarse con otros es que algo ha ocurrido en ese tejido social y la ley ha de ofrecer la respuesta adecuada.
Ahora bien, como trámite previo a todos esos esfuerzos, podríamos empezar -como ya se está haciendo en parte- con meter en el quirófano a las miles de sociedades, falsas fundaciones y otros entes instrumentales que se han creado sobre todo en los grandes municipios, en las provincias y en las comunidades autónomas como nidos de despilfarro y de clientelismo político. Si no lo hacemos así, estaremos disparando sobre un blanco equivocado.
Sépase en fin que el citado bisturí sobre el cuerpo municipal ha de ser empuñado por el Gobierno y por los parlamentos de las comunidades autónomas. Primero, por exigencias constitucionales, de los estatutos de autonomía y de la Ley de Régimen Local. Segundo, porque las comunidades autónomas tienen un magnífico espacio para demostrar que sirven para atender sus asuntos cercanos, cabalmente la propia ordenación de su espacio. Si no son capaces de esto, estarán poniendo de manifiesto que, desde lejos, se legisla y administra mejor. Lo que comprometería la dignidad y aun el sentido mismo de su papel institucional.
Salvar la vida municipal, que es a un tiempo cosmopolita, decadente y vanguardista, merece la pena.
Francisco Sosa Wagner es catedrático de Derecho Administrativo y eurodiputado por UpyD. Su último libro (con Mercedes Fuertes) se titula El Estado sin territorio. Cuatro relatos de la España autonómica (Marcial Pons).
jueves, octubre 14, 2010
Epílogo (Elías Romera, Administración Local, Almazán 1896)
EPÍLOGO
Al dar cima á nuestro trabajo, habremos de manifestar que nuestra obra está escrita estudiando más los hombres que los libros, siguiendo á Charrón, que ya dijo en profundo acierto, que la verdadera ciencia y el verdadero estudio del hombre, es el hombre mismo y sobre todo nuestras reformas lejos de ir á buscar exóticos remedios, los hemos encontrado insiguiendo, casi calcando nuestros antiguos organismos, porque persuadidos estamos que uno de los mayores males modernos, es ingratitud, mejor dicho, el odio al pasado, que nos lleva á la manía de las innovaciones y á los excesos del extranjerismo que están aniquilándonos física y moralmente, en otros términos, nos han empobrecido y nos han empobrecido y enviciado, porque nuestros megalómanos políticos en su verdadero furor de copiar lo extraño, despreciando lo propio, por darse lustre, no reparan si es asimilable y provechoso, metiendo en todo la... mano, para que luego la prensa sectaria, los jalee de hombres de Estado y omniscientes, que á la verdad hay que confesar pro bono pacis, que están á la altura de su tiempo, y así que por ahí los vemos ¿escultados?, mejor dicho, esculpidos en bultos de mármol y bronce á montones.
No pretendemos haber descubierto el talismán por el que España venga á ser una Arcadia; no soñamos ser el carrus Israel el auríga ejus, como dice el libro de los Reyes del Santo Profeta de nuestro nombre, no, esas no son nuestras pretensiones que hubieran de resultar el invento de Icaro; tan solo hemos intentado señalar y detectar los defectos y vicios de nuestra administración local, indicando á cada agente patógeno su correspondiente terapéutica, habiendo diagnosticado como principales, el predominio de la rastrera política, la centralización administrativa, los ayuntamientos enclenques y raquíticos, por falta de recursos y de habitantes suficientes, con secretarios tan ineptos como mal retribuidos, la condensación de población y por ende la gran atracción de las capitales y el empobrecimiento de las aldeas ,que todo lo pagan y de nada disfrutan. Si los latifundia Romam perdidere, como dijo Plinio, la acumulación y crecimiento de las poblaciones a costa del decaimiento y depauperación de las aldeas, fomentados aquello y esto por la centralización, ha de ser la ruina de los modernos Estados, que con los numerosos ejércitos permanentes, están arruinado á las naciones y con las obras públicas, sostienen esas miríadas de proletarios, mejor dicho, de esclavos blancos arrancados de los tranquilos, salubres y proficientes trabajos de la agricultura, para ser explotados como bestias, por los contratistas y destajistas, esos modernos negreros, por falta de leyes que protejan al débil contra el fuerte, y eso que aquí con las carreteras dichas parlamentarias y con el excesivo personal técnico, nuestro presupuesto de obras públicas va á ser insoportable y estamos fomentando los medios de transporte, sin acordarnos de aumentar la producción, y sobre todo teniendo olvidados los pantanos y canales que son un verdadero instrumento de riqueza y prosperidad, á la vez que de previsión en nuestras calamitosas y frecuente sequías. Devolviendo los brazos arrancados a la agricultura y fomentando la repoblación de aldeas y lugares, clave del bienestar nacional, las obras públicas pudieran realizarse con la numerosa población penal de nuestros presidios y con la clase de tropa de nuestro ejercito, una vez que se considere suficientemente instruida, para que así los gastos de sostenimiento de tanta gente resulte beneficiosa á la Nación, así tonto saludable el trabajo a corrigendos y soldados, porque la ociosidad es para todos madre de todos los vicios. Y cuando las carreteras y ferrocarriles se terminen, porque se han de acabar, porque todo tiene fin, entonces, entonces la tempestad habrá de estallar y serán de oír los gritos llamando ti santa Bárbara para que reo truene y es que hace muchos lustros que nos estamos preparando la hoya donde hemos de caer, sin fijarnos en que cada día vamos lenta é incesantemente sacando más tierra y ahondándola más, y sin que nos arredre el peligro, y el que lo busca en él perecerá, dice el adagio, y la justa expiación, inseparable compañera de toda culpa, por la inicua y pérfida explotación de las aldeas por las poblaciones, habrá de tener su Gólgota, porque á hierro muere el que a hierro mata, si es que con ojo avizor no se otea el porvenir y se previenen acontecimientos que habrán de venir, con la precisión matemática que sigue la sombra al cuerpo que la produce. El insigne economista Leroy Beaulieu, así lo reconoce en el prólogo de su famosa obra Traité de la sciencie des finances, afirmando «que la propiedad rural está sufriendo un grave perjuicio con la forma del impuesto a tanto fijo por capital, sin distinguir si la riqueza es rural o urbana”. Los lugares y las aldeas agricolas son la fortaleza indispensable del y de la libertad, ha dicho el renombrado escritor alemán Koscher. De ahí que sea tan racional como justo conveniente el que los tributos sean proporcionados á la locación de la propiedad, á fin de proteger la pequeña propiedad y, sobre todo a la propiedad rural que es la cenicienta de nuestra tributación, viniendo como consecuencia á coincidir la difusión de la población con la difusión de la riqueza.¡Cuánta verdad y cuánto sentimiento expresa esta endecha del delicados y sencillo Trueba.
Oyendo un rey cantares
De campesinos,
Desde el fondo del pecho Lanzó un suspiro....
Lanzó un suspiro....
Y aunque no dijo nada
¡Cuanto! ¡ay Dios dijo!
¡Cuánto! ¡ay Dios dijo!
La vida campestre nadie aa sabido cantarla como él, en estas preciosos versos:
Una heredad en el campo
Y una casa en la heredad,
Y en la casa pan y amor
¡Jesús que felicidad!
En estos conceptos, hemos propuesto la reducción de los ayuntamientos, alejándolos de la política; la variación del procedimiento electoral, para que los partidos no los guarnezcan de sectarios, buscando en la independencia una gran responsabilidad; la creación de la carrera de secretarios y de un senado municipal en su asamblea y, dando para las derramas la base de población y haciendo el impuesto progresivo, por ser ambos extremos de una equidad ircontravertible é inconcusa, como fundados en el do ut des. Si tan valioso fue el auxilio que los Gremios prestaron á los Concejos en la Edad media, por eso hemos propuesto su restauración, á fin de que el espíritu corporativo, informe nuestro renacimiento municipal, que será también social y económico. Las Diputaciones no podrán ser invernadero de caciques, estufas de vividores de dietas, que tantos sudores cuestan al contribuyente, siendo en adelante verdaderos superiores jerárquicos de los ayuntamientos, inspeccionando periódicamente sus servicios, porque la policía es la vida de las instituciones, y así podrán dedicarse también, no a politiquear, sino á administrar y fomentar los intereses morales y materiales de la Provincia, y al efecto, se les ha acrecido sus funciones, con servicios que responden á ciertos fines, por ser propios de este organismo. Intermedio entre las Diputaciones provinciales y el Estado, hemos creído prudente interpolar las Regiones, institución no nueva, sino que tiene sus raíces históricas y geográficas, y que al restaurarlas las hemos reconocido superiores jerárquicos de las Diputaciones, con funciones propias que hemos desgajado de las muchas que abruman en España a la acción del Estado y que este se abroga por falta de iniciativa social, pero confirmando en el Estado al Supremo Jerarca legal de estos organismos locales, perfectamente ensamblados y subordinados, al serlo de hecho y de derecho de las Regiones, para que asentados sobre tan sólidas bases, resulte un Estado verdaderamente nutrido de savia nacional.
Nosotros estamos plenamente convencidos de que las Corporaciones locales deben desarrollar una política social, no solo para robustecer su acción y ensanchar su órbita, sino también por resultar altamente beneficioso a sus administrados, alejándoles de la política de desquites y de exclusivismos de nuestros partidos, mientras estos no digan Sumsum corda; dirigiendo los ayuntamientos su actividad y sus energías por otros derroteros más en consonancia con el procomún, cercenando al Estado atribuciones que se abroga por falta de iniciativa social.
Nosotros entusiastas hasta la exageración de la manera de ser de los antiguos comunes, antes de la trágica epopeya de Villalar, (laudatores temporis acti, como dice Horacio) idólatras de ese pasado, queremos y deseamos que las corporaciones populares, sean lo que deben de ser, los tutores y patronos del vecindario como lo eran antes y bien gráficamente se expresaba, al llamar á su domicilio la Casa del pueblo, la Casa de la villa, o de la ciudad, y como se apellida en las provincias Vascas a sus diputados forales, con el digno, respetable y decoroso nombre de Padres de Provincia. Por eso pretendemos instaurar y restaurar la solidaridad más tangible, más inmediata y más provechosa, la solidaridad concejil, la solidaridad local, la más antigua de las solidaridades, el summun de la solidaridad, y por tanto de la mancomunidad, la mutualidad comunal, a fin de perpetuar en las generaciones venideras el muerto localismo, sino extenso, en cambio íntimo, intensísimo, que tanto prevaleció y tanto fecundó en nuestras pasadas centurias y así concluirá este funesto dislocamiento del individualismo, mejor dicho, del vituperable egoísmo que tiene degradada, perturbada, corrompida y aniquilada a nuestra querida patria, porque las sociedades prefieren siempre la vida á la libertad, “ y la libertad es absoluta, dice Donoso Cortés, cuando la represión interior es completa; la libertad es hija de la obediencia, es la grandeza del que se somete.”
Hemos insistido, quizás hasta ser pesados y machacones en el aislamiento absoluto de los municipios de la fétida, corrosiva deletérea política, porque en la antisepsia se basó la antigua cirujía, y la moderna en ella y en la asepsia funda sus prodigiosas operaciones y por eso prescribimos la pérdida del derecho electoral y de toda intervención de los miembros de las corporaciones locales y de sus empleados, en las elecciones de representante; en Cortes y de esa manera lograremos purificarlas de sectarios, las emanciparemos de la esclavitud política, que es la corrupción y desbarajuste de la administración local, y de ese modo también, habremos de conseguir la depuración del sistema parlamentario, que podría así quizás, llegar a ser una buena forma de gobierno, dejando de ser una cínica y grotesca tramoya y un sistema desacreditado por lo podrido, si es que no resulta al fin una bella teoría , un bonito ideal especulativo, de muy difícil realización, porque a la verdad llevamos dos tercios de siglo de funestos ensayos y todavía no le hemos tomado la embocadura, porque tanto gobernantes como gobernados, todos somos muy liberales de pico y absolutistas de hecho; así que resulta que nuestro parlamentarismo está basado arriba, en una omnipotencia ministerial, una pseudo-tiranía; en el medio, en la corruptora oclocracia, en el nepotismo y en la perturbadora influencia, y abajo en la chusma de los despóticos y enfatuados caciques. Con la privación del voto político a las corporaciones locales, lograremos el establecimiento de gobiernos genuinamente nacionales; evitaremos así mismo que los gobiernos de partido se apoyen en mayorías ficticias que segregan ó deyectan esos tan numerosos como serviles ayuntamientos rurales que atentos a su cuco egoísmo y al instinto por la vida que alguien da en llamar tacto político a esa lucha por la existencia, cambian de ruta a cada vuelta de dado, según dicho arcaico, y no tienen más norma que viva quien manda según frase moderna, y de esa manera también los caciques de segundo y tercer orden privados del mangoneo local, morirían unos por falta de medio ambiente apropiado y por inacción otros habrán de perecer, concluyendo así tan inmunda ralea. Quizás por algunos mentecatos políticos de oficio, o por algunos dilettanti platónicos se declame contra tal capitis disminutio y se echen por el arroyo vociferando contra semejante propósito; pero no se crea que las clases genuinamente laboriosas y, honradas, de esas que tienen que perder, lamenten el cercenamiento de su derecho electoral, sino que las personas expectables, se refugiaran en la independencia de las corporaciones locales, no solo huyendo de la universalidad é igualdad del sufragio y de los fulleros políticos, sino procurando la buena administración local, que es la base de la solidez s, firmeza de los Estados, pero tememos predicar en desierto, porque donde la razón no labra, endurece la porfía del persuadir.
No menos precisa se hace la protección y difusión legal del espíritu de asociación que es el verdadero fomento de la libertad individual, alejando del cuerpo social español, ese tradicional apego a la total y permanente intervención del Estado y de los gobiernos á quienes se confía y en quienes se descarga los deberes y obligaciones más elementales del individuo y colectivas, todo por inercia, mejor dicho, por desidia y haraganería vituperables, meciéndonos en una atmósfera de quietismo, verdaderamente musulmán, saturada de laissez faire y de laissez passer, que nos aniquila, nos arruina y nos embrutece y nos retrogada en muchos lustros, acaso un siglo al resto de Europa. Dijo Mr. Gladsttone á este propósito en una reunión popular en Saltuey 19 de Octubre de 1889 «Si el Gobierno toma a su cargo las obligaciones que incumben normalmente á cada uno de nosotros, los males que resultarían de semejante error, serían mayores que los beneficios ya realizados en el progreso social. Es preciso que el espíritu de iniciativa; el espíritu de independencia y virilidad personal, sea precisamente cuidado y protegido, tanto colectiva como individualmente. Si este sentimiento de confianza en sí mismo viene á desaparecer del obrero inglés, si se habitúa á no contar más que consigo mismo y á esperar del rico todo y recibirlo de su manos abdicando en él, estad seguros que nada habría para reparar tal desgracia y semejante mal.» De ahí cuan saludable y beneficioso sea el establecer bajo la gerencia de los ayuntamientos y Diputaciones, Sociedades de socorros mutuos, Cajas de ahorros, Montes de piedad, Sociedades cooperativas de consumo, en relación con los sindicatos de productores, en bien de sus administrados, que habrán de estimar y hasta bendecir la institución, por los beneficios que les irroga.
Los políticos de oficio habitualmente faltos de temor de Dios y, de conciencia, con exceso elástica, tienen por norma el tan famoso como inmoral principio, que e! fin justifica los medios, y por eso en su vehemente voracidad de proveerse telegráficamente de fortuna, sin tomarse la molestia de trabajarla, hacen los gastos de las elecciones y hasta se empeñan con ellas, á fin de que sirvan de cebo a caza mayor; así que para ellos las corporaciones populares, no son más que dulce y sabroso fruto del cercado ajeno, por lo que hay que perseguirlos hasta el exterminio, como animales dañinos, por ser el inmoral y pleonéxico politicianismo, el fermento más corrosivo y pernicioso para municipios y Diputaciones, proscribiéndolos de esos organismos, para que la probidad acrisolada y la abnegación magnánima se impongan, reinen y gobiernen soberanas en esas corporaciones populares, redimiéndolas tanto de la pasión sañuda, como del nepotismo hediondo que hoy las trae conturbadas y desacreditadas en manos de conciencias adormecidas y sugestionadas por la política de bajo vuelo y de codicioso egoísmo, como se practica en España, y a cuya maléfica influencia de esa calamidad contemporánea, no nos cansaremos de repetirlo para que no se olvide, Nunquant nimis dícitur, quod numquam satis discitur, como dijo Séneca, hay que atribuir el desbarate de la administración local y el malestar general; de ahí que la elección de segundo grado en las corporaciones locales y la privación del voto político á sus miembros, así como á todos sus empleados, habrá de ser el rio Alfeo que limpie y purifique los establos de Augias de nuestros Ayuntamientos y Diputaciones, así como también creemos confiadamente que el referéndum nacional y el mandato imperativo, habrá de ser el medio de esterilizar nuestra política para los politiciens, esa gente de sac et de corde, esos microbios del sistema parlamentario, que han llegado á constituir en los tiempos contemporáneos una nueva forma tiránica y ominosa de opresor y siniestro feudalismo, que se ha metido á político, no para hacer el bien, sino para realizar toda clase de arbitrariedades, que cuanto mayores, más pujanza significan, como si el mandar consistiese en cometer violencias, según dijo Salustio. Proinde cuasi injuria facere, id demun esse imperio uti. De esa manera habremos de reducir también el predominio del espíritu político á sus propios límites, pues hoy tal es el poder de la diosa política que nos ha traído al reinado de las procaces y enfatuadas submedianías y en su indiscutible omnipotencia, ha llegado á convertir, a fuerza de éxitos, el viejo vicio de la audacia, que es la desapoderada ambición, que es la egoísta soberbia, en una virtud contemporánea y á dar patentes de personajes y de limpieza de sangre y hasta de manos, á quienes en el trato social se tienen por declassés y maculados, por sus públicos entuertos y solemnes desaguisados.
Por otra parte, el concepto de autoridad, lo tenemos tan equivocado y tan bastardeado los españoles, que la confundimos desde arriba con la omnipotencia hasta la arbitrariedad, y desde abajo la energía la conceptuamos crueldad, la blandura y la lasitud deseamos lleguen á identificarse con la tolerancia y hasta con la complicidad; cuando precisamente la verdadera democracia debe de estar basada sobre una sólida y robusta autoridad, que no debe de partir de arriba, sino que se ha de cimentar desde abajo, para que así sea considerada por el prestigio y apoyo moral de los que la invocan y á quienes ha de imponerse y para que sea respetada por sus acertadas disposiciones; de ahí que para resurgir y restaurar los poderes locales, no sea menos necesario para confiar en que la selección social traiga necesariamente la purificación administrativa, el instaurar el sentido ético, el arraigar el cumplimiento del deber en esta sociedad gangrenada por el indiferentismo, trabajada por el quebrantamiento del principio de autoridad y por la indisciplina, corroída por el epicurismo más refinado, por el afán de lucro inmoderado y por el más codicioso egoísmo, acicate constante de la prevaricación que la traen inquieta y perturbada, especialmente á la clase media ó burguesía en la que han hecho presa y de la que usualmente se nutren nuestros partidos políticos y de la que también salen esos gobernantes, que según el tan circunspecto y preclaro político, como sutil y diestro orador D. Francisco Silvela, tienen un nivel moral muy inferior, pero con exceso a la masa de los gobernados, porque los talentos sin moralidad son una calamidad pública El procurar la mayor prosperidad á la patria, no debe de confundirse, decía Thiers, con esa pasión del interés material que deploran cuanto desprecian lo espíritus elevados. No hay obra más moral que la de disminuir la copia de males que pesan sobre el hombre, aún en las sociedades más civilizadas. Contribuir á que sea menos desgraciado, hacerle más justo para con los que le gobiernen, para con sus semejantes, para consigo y hasta con la misma Providencia. El alejamiento de Dios es la causa de lodos los males que deplora la sociedad contemporánea, dijo con profundo acierto el eminente filósofo, Cardenal Fr. González. Ya antes había dicho el gran Cicerón, que la felicidad es inseparable de la virtud. Nec enim virtudes sine beata vita cohere possunt, nec illa sitie vitutibus. El ansia febril del bienestar material, el culto exagerado al cuerpo y al placer, empuja el trabajo á los objetos de lujo, y la agricultura queda postergada, mientras que la industria fabril prospera y de ahí que los artículos de primera necesidad para a vida, sigan una progresión creciente de encarecimiento, permaneciendo los salarios casi en el mismo nivel, dominados por el capital y menospreciado el trabajo, y como consecuencia fatal, ineluctable de este desequilibrio moral y material, viene y- tiene que venir, no la pobreza y la miseria que esas son compañeras del hombre en la tierra, sino la plaga del pauperismo que es la caries corrosiva de la actual sociedad, porque todos quieren ser súbita y escanadalosamente ricos, desde que la riqueza es por desgracia un signo de virtud y sobre lodo ejecutoria de capacidad política, como dijo Salustio. Postquam divitiae honore esse coepere et eas gloriam imperium, potentia sequebantur: hebescere virtues, paupertas probo haberi, inocentia pro malevolentia duci coepit
La moderación, la templanza en las costumbres, inclinarán al pueblo á la virtud y á la piedad y le harían volver á donde antes concurría, especialmente en los días festivos, al templo de Dios, donde el corazón se recrea y, el alma se dilata en placeres inefables, hallando lenitivo á los males que nos aquejan, buscando la felicidad eterna, pero esto que es tan saludable y económico se tiene olvidado á cambio de las distracciones y recreos en teatros, circos, hipódromos, casinos, cafés y tabernas, que además de corromper y perturbar el cuerpo y el espíritu , aligeran el bolsillo de dinero, acaso preciso para atenciones más necesarias á la familia, educada en los tiempos modernos más para brillar y exhibirse en el bullicio de la calle y en el fausto de las reuniones públicas, que para ocuparse en las vivificadoras labores, modestas si, pero fecundas del placido y tranquilo hogar.
Dotad á un pueblo de una iglesia, de un consistorio y de una escuela; colocad en ellos al sacerdote virtuoso, al alcalde recto y justiciero, al maestro inteligente y celoso y habréis realizado el self-government, la self-administración, y habréis practicado la obra más beneficiosa, más humana y más trascendental para su civilización, para su bienestar y para su cultura, pues si Gianturco cree que la solución del problema social es asunto del derecho civil, nosotros también conceptuamos que algo y aún algos, se puede solucionar con la buena administración local, logrando así que la discordia no levante jamás su cabeza coronada de serpientes, ni la tiranía oprima con su férrea mano al hijo del pueblo, ni el poderoso abuse del débil, ni este se rebele contra el poderoso, sino que la ubérrima bienhechora y salutífera paz, esa divina huella del Dios-Hombre sobre la tierra, reine en los espíritus y en los corazones para que todos se estimen, cumplan con su deber, respeten la autoridad, adoren al verdadero Dios, amen con entusiasmo la patria, sus héroes, sus santos, sus costumbres y sus tradiciones, sus glorias, sus artes sus letras y su cultura; mirando con cariño y regocijo el lugar donde se nace, que parece que todavía calienta como el blando regazo de nuestra amorosa madre, imán de nuestra existencia; los caros sitios donde infantuelos jugueteábamos con nuestros fraternales e inolvidables amigos: la plaza con la casa del pueblo, con la iglesia y campanario, cuyos ecos y vibraciones parece que retiñen en nuestros oídos; recordando con profunda y cordial fruición y con singular deleite el templo en donde con el corazón arrobado elevamos al cielo nuestra prístina plegaria; el ara ante la cual emocionados juramos fidelidad á nuestra pía, grata y amada esposa; el altar donde conmovidos llevamos á recibir la hostia consagrada á nuestros tiernos hijos, carne de nuestra carne y huesos de nuestros huesos; no olvidando jamás el tétrico y silencioso sepulcro que encierra los venerandos despojos humanos de nuestros queridos progenitores, consolándonos la dulce y melancólica esperanza de yacer con ellos en sueno eterno, bajo la sombra de la cruz de nuestro Divino Redentor, porque la felicidad terrena se alimenta de recuerdos y de esperanzas, anegándose en la caridad, olvidando el efímero presente para fijar su pensamiento en el Eterno Dios, apartando la vista de este incesante cambio de la materia en el círculo del orbe, que al llevar de mano en mano la antorcha de la vida, deja las arrugas de la decrepitud para tomar las frescas tintas de la edad florida, repitiéndose sin cesar este recorrido, sin que pase un día que no se oigan mezclados el vagido del recién nacido y las tristes lamentos que acompañan al fúnebre cortejo, como dijo Lucrecio:
Nec nox ulla diem, nec noctem aurora secuta est,
Quae nom audient mixtos bagitubus oegris
Ploratus mortis comites et funeris atri.
Elías Romera
Administración Local, Almazán 1896, pp 323-333
miércoles, octubre 13, 2010
Misión de Ayuntamientos, Diputaciones Provinciales, Regionales y Estado (Elías Romera, Administración Local, Almazán 1896)
XV
Misión de los Ayuntamientos, de las Diputaciones Provinciales, de las Regionales y del Estado.
El mejor modo de gobernar, es dar el poder soberano a la mayor parte de aquellos cuya felicidad es el fin del Gobierno, por fácil que de ningún otro modo, ver logrado el objeto apetecido.
Bentham.
En una Nación donde el pueblo gobierna, el poder es solo su administrador y este carece de toda autoridad propia, habiendo tiene de los que le nombran, que pueden limitarla como crean conveniente.
Spencer
Las corporaciones locales son el baluarte de la verdadera libertad y de la descentralización
administrativa.
El Autor
Una administración paternal y, fomentadora es de una influeencia exclusiva e inmensa en el bienestar de los pueblos, en su prosperidad interna y en su poderío exterior, pero para ello es preciso que el indivíduo, las familias y las colectividades todas, concurran y coadyuven, cada uno dentro de su órbita, al bien común, inspirándose en él gobernantes y gobernados. «Que la autoridad, dice Timón, se valga más de la vigilancia que de la coacción, que contenga pero que no ordene: que enfrene y no empuje; que antes impida el mal que obligar á los demás á hacer el bien, que gobierne á los pueblos, pero que no se ingiera en su administración: que centralice los grandes negocios, pero que descentralice los de corto y limitado interés: que inspeccione, que guíe e impela: que persuada con preferencia á mandar.»
El ayuntamiento como verdadero gerente del vecindario tiene el alto deber, dice un autorizado y, práctico escritor de administración, el Sr.Abella, tiene el alto deber de observar, estudiar y conocer las necesidades de sus administrados, para satisfacerlas, procurando prevenirlas y "atenderlas con prudencia y discreción, con orden, justicia y apropiada economía, huyendo de toda prodigalidad y fausto que pueda comprometer los recursos del municipio que son el porvenir de las generaciones futuras. así como también debe de huir y apartarse de mezquindad codiciosa que deje desatendidos los servicios: sostener el orden y la tranquilidad públicas, pero sin que sea enojosa su vigilancia, ni odiosa su severidad, ni su autoridad pesada, aunque firme, entera, e inquebrantable; procurar la mejora progresiva de todos los servicios; atender con diestro cuidado á difundir y popularizar la enseñanza y a prodigar y extender la beneficencia, con toda clase de socorros al necesitado, al enfermo y al desvalido; proporcionar las mayores comodidades posibles á los vecinos, protegiendo con justicia sus derechos, exigiendo con imparcialidad á todos sus deberes, no convirtiendo la Ley en instrumento de venganza más que de justicia, garantizando á todos la seguridad personal; procurando, con su prudente equidad, inspirar confianza á todo el mundo, teniendo por norte y guía constante la Ley y el bien público; sostener con virilidad y, energía la moralidad en las costumbres públicas. y, conservar las tradiciones populares, legado de cien generaciones: difundir la cultura y mejorar constantemente las condiciones higiénicas y de ornato de la población, en una palabra mirar al municipio con el mismo anhelo y con el propio interés que un padre de familia aspira siempre á labrar la felicidad de sus hijos. Misión es verdad muy vasta, muy difícil, pero tan importante como honrosa, que es la base del bienestar, del orden, de la prosperidad y del progreso general de la Nación.
Las Diputaciones provinciales como superiores jerárquicos de los ayuntamientos, con análogos fines, pero en más vasto horizonte, con más elevado propósito y con más sereno juicio, para no descender á los flacos rozamientos de los pueblos, deben de ser la égida de los municipios, á la vez que los inspectores de sus servicios, sin extralimitaciones ni arbitrariedades parciales que no llevan tras de sí más que el enojo á la ley, la irritación del ofendido, no compensada nunca con el gozo del favor y lo que es mil veces peor, el menoscabo, el desprestigio y la prostitución del principio de autoridad en el concepto público, verdadero secreto de la publica tranquilidad y de la prosperidad de los pueblos.
A llenar necesidades más extensas aunque idénticas, en esfera más amplia que las Diputaciones provinciales, para ser su Consejo de inspección y de gobierno, vendrán las Diputaciones regionales a cumplir su misión intermedia entre aquellas y el Estado, para atender á servicios comunes á provincias limítrofes, unidas por los vínculos del agua, de la tierra, del clima, de la topografía y etnografía, estrechadas por los íntimos vínculos históricos que tanta huella dejan en las evoluciones de los pueblos.
Sobre estas tres graníticas gradas, con su base tan sólida y también cimentada, habremos de colocar al Estado hecho un Hércules, para por medio de una inspección y vigilancia permanentes, propias de un Patrono y de un Protector celoso, no por la ingerencia funesta y depresiva de autor permanente, imprimir enérgico, uniforme y constante movimiento a las Regiones, para que estas del mismo modo lo comuniquen a las Provincias y de estas llegue en la misma forma trasmitido á los Municipios, pero con un engranaje de tal precisión matemática en todas estas ruedas, con unos ejes tan sólidos y bien lubrificados que no resulte jamás ninguna fuerza concurrente que había de producir fatalmente choques, estacionamientos y por resultado la inercia, cuando no la desviación y, el desquiciamiento que es la muerte de la anarquía de este organismo, alma para la vida normal de las naciones. No basta, no, que el Estado sea el generador gigante de la fuerza propulsara que impela y engendre el movimiento nacional tan ingente como uniforme preciso para engranaje tan vasto, es necesario también que sea simultáneamente la resultante de las fuerzas locales y que á la par de Hércules, sea un Argos, todo ojos, que vigile é inspeccione el cumplimiento de la misión de su inmediata esfera, la Región, como esta habrá de hacerlo a la Provincia, para que está lo ejecute con los Ayuntamientos, todas en plena subordinación armónica y cada uno en su propia órbita, el centinela en descubierta para que en su elevado puesto sea el vigía permanente, en quien no solo descanse la paz pública interior que tanto ansía el alma. sito el equilibrio físico, la salud que tanto precisa el cuerpo, siendo el depositario del fuego sagrado de la justicia, al propio tiempo que el clavero dé nuestras tradiciones, el fiel guardador, el heraldo de nuestra honra, prudente y previsoramente discreto, para conservarla, sin arrogancia, como resuelto y valeroso; cuando acometido para defenderla con bizarría y con heroísmo dignos de que se conseren imperecederos en las indelebles páginas de la Historia.
Aunque las reformas y medidas que en este libro proponemos no estén exentas de defectos y de errores, vitia eruntia erunt donec homines, es grande nuestra convicción en las doctrinas expuestas y no es menor nuestra fe y nuestra confianza de que en su total realización radica la regeneración y prosperidad de España, porque en el vigor y en la fuerza de la vida local se fundamenta el poder de las Naciones, como lo mostró la nuestra en los ocho siglos de la reconquista, finada en el glorioso reinado de nuestros preclaros Reyes Católicos, cúspide de nuestra pasada grandeza, coincidiendo precisamente desde entonces nuestra decadencia nacional con el decaimiento de nuestras venerandas municipalidades, como de una manera inconcusa é irrefragable tienen probado el severo escritor, Ferrer del Rio, el insigne Marqués de Valdegamas, y el reputado Prescott, y hoy deponen como testigos presentes, Inglaterra, Alemania y Rusia, á pesar de sus muy distintas formas de gobierno; pero si nuestra convicción y nuestra fe son grandes, tenemos la esperanza casi perdida de ver regenerada nuestra España, por iniciativa oficial de los gobiernos de partido, por ese camino que siembra el bienestar por doquier, como una experiencia secular nos lo tiene demostrado en la historia de nuestras instituciones municipales; pero en cambio así no harían ni podían hacer el juego al parlamentarismo que nos rige y que ha hecho presa en los ayuntamientos. especialmente en los rurales, para salir adelante con su empeño de gobernarnos, pues esos esclavizados ayuntamientos rurales son los que fabrican nuestras mayorías parlamentarias sin cuya trama, ya legal, en e! sistema al uso, resultaría imposible de manejar el gobernalle para nuestros entecos partidos políticos, faltos de base, sin ideales que los animen y los disciplinen, sin savia social y sin ninguna influencia en la opinión publica, solo apoyados en el presupuesto de la Nación, que es el cebo y el botín que los alienta en la oposición, los sostiene y alimenta en el poder, y con esa política de comensales, con esa política, de fantoches intemperantes, tan menguada; con resortes tan mezquinos, no hay que esperar venga la salud de ese meéico que se sostiene de la estudiada prolongación de la enfermedad, y persuadidos de ello y reconociéndolo así, como lo reconocen todos nuestros hombres de gobierno, hay que hacerles esa justicia; no tratan de curar el mal, sino que lo palian porque en proseguir
el lento, pausado, como ineficaz tratamiento, falto de todo vigor, estriba precisamente la existencia de nuestros partidos políticos por los memos hoy sobre esa clave tan convencional subsisten y mientras que esta no varíe, que no se vislumbra en España cambio de sustentación más cómoda que la presente, pues no queda esperanza de remedio, cuando los vicios se mudan en costumbres, según afirmó Séneca: Dessinit esse remedio locus, ubi quae vitia fuerunt mores sunt, la regeneración de la vida local es casi una quimera y a nuestros agobiados municipios hay, que consolarlos, conque su curatela, mejor dicho, su esclavitud, será muy, larga, es ya crónica tienen que resignarse, como los condenados del Infierno de Dante, oyendo las fatídicas palabras, Lasciate ogni speranza, y no es porque nuestros gobernantes no conozcan el mal, ni sepan el remedio, no, es que no quieren aplicarlo por sórdido y grosero egoísmo, imitando lo que dijo Ovidio en su Mletamórfosís:
Aliud cupido, mens aliud suadet,
Video meliora, proboque, deteriora sequor.
conozco lo mejor, lo apruebo, pero ejecuto lo peor.
Nuestro cariño por las instituciones populares, nuestra afición a administración local, han puesto la pluma en nuestras manos para escribir este libro, lleno de verdades, acaso inútiles, hijas de_ nuestro estudio y de nuestra observación en el ardiente campo de la política de partido, y al apartarnos, dándole un Aeternum vale, pasmados de los de arriba, estupefactos de los costados, asombrados de los de abajo, abatidos de tantas desdichas y miserias tantas y persuadidos también de cuan estéril es el buen deseo y la estudiada iniciativa, guiados por el desinterés en favor del procomún, mientras este sea prisionero del egoísmo mezquino de nuestra usual política, queremos dejar en este libro la huella de nuestro paso por la administración provincial, para que al ser nuestro testamento político, sea al propio tiempo para nosotros un recuerdo, en nuestro voluntario retiro, ya que para nadie pueda ser una esperanza y para algunos quizás sea una utopía, aunque no toda su semilla habrá de caer sobre piedras y abrojales, sino que algo habrá de fructificar como en la parábola evangélica, habiéndonos servido de norte, en nuestro largo y pesado camino, este profundo pensamiento de Cicerón: «Nada hay tan grato á los ojos de Dios, como el que los hombres procuren el bien de sus semejantes. Homines ad Deos nulla re`propius accedunt, quo salutes hominibus dando (Cic Pro Q, Ligario)
Elías Romea
ADMINISTRACIÓN LOCAL, Almazán 1986, pp. 313-317
lunes, septiembre 27, 2010
Constitución de organismos locales robustos (Elías Romea, Administarción local, Almazán 1896)
ADMINISTRACIÓN LOCAL
Reconocidas causas de su lamentable estado y remedios heroicos que precisa.
ELÍAS ROMEA
Almazán 1896
I
Constitución de organismos locales robustos, delimitando estrictamente su orbita ó interdependencia.
El poder del progreso está en relación directa con el número y desemejanza de las partes y perfección del organismo.
CARET
El mejor gobierno es aquel que enseña a los hombres a gobernarse a si mismos.
GOETHE
Dejad gobernar, no gobernéis demasiado
B. FRANKLIN
Diagnosticados y señalados en la sección etiológica anterior los agentes patógenos de la administración local, vamos á desarrollar en esta otra los agentes; terapéuticos que en nuestra clínica hemos conceptuado oportunos para combatir la patogenia que tiene postradas y desbaratadas á las corporaciones locales.
El primer núcleo, la principal base de la libertad y de la prosperidad en una Nación debe fundarse en la independencia municipal: á esto debió su medieval florecimiento Italia; al poder de sus ayuntamientos debe Bélgica el ser uno de los países mas libres é industriales de Europa; a su sólida organización comunal debe Inglaterra su arraigado espirito de libertad y su riqueza: sobre la independencia del poder de sus municipios fundó Washington l os cimientos del poderío y grandeza de los Estados-Unidos del Norte de América; las sabias Cortes de Cádiz también intentaron regenerar á España sobre la autonomía municipal, reconociendo que nuestra asombrosa decadencia partía de la derrota de Villalar en donde se hundieron las Comunidades por el despotismo de la Corona.
Es preciso, pues, organizará España de abajo á arriba, por medio de círculos concéntricos jerárquicos, independientes y autonómicos convenientemente enlazados y subordinados, no supeditados arbitrariamente sino relacionados como las ruedas de una máquina por medio del engranaje para producir el movimiento que debe ser la administración de los intereses morales y materiales de cada círculo ó núcleo y el conjunto de la prosperidad de la Nación, pues es lógico y racional comenzar por los cimientos, es decir, de menor á mayor, de abajo á arriba, al revés de lo que sucede en los países centralizados como en España, especialmente.
Para hacer y realizar esta organización no es necesario mas que discernir, precisar y distinguir, para evitar entorpecimientos y aglomeraciones peligrosas, los servicios correspondientes á los Municipios, a las Provincias, a las Regiones y al Estado, para que girando todos y cada uno dentro de sus respectivas órbitas, sin confundirse ni embarazarse, resulte la armonía y la marcha ordenada de la máquina administrativa, que no debe tener otro fin que la prosperidad de la Nación, evitando la invasión de una esfera en otra á fin de prevenir el despotismo que, como ha dicho Lacroix. no solo es enfermedad de los reyes sino de todos los hombres y, de todos lis Estados que tienen imperio sobre otros; estudiar el fraccionamiento de la autoridad, sin debilitarla,, constituyendo la variedad en la unidad, disminuir el poder á medida que disminuye el número de personas que ha de ejercerlo, á fin de evitar abusos y peligros, por eso las atribuciones deben de irse cercenando según seca superior la autoridad, especialmente al poder ejecutivo, porque este por naturaleza es absorbente, pues como dice un insigne publicista, “la mayor dificultad de las constituciones es establecer un poder ejecutivo que no sea invasor, egoísta y codicioso de gobernar” pero entendiendo y fortaleciendo la acción privativa y peculiar de la Región, de la Provincia, del Municipio y del individuo, se tiene una sólida y ancha base para levantar un buen organismo político administrativo nacido del fondo de la tierra, cuya savia debe de ir de, abajo a :arriba. como en la vida vegetal, a vivificando, alimentando y sosteniendo a todos los servicios del Municipio, de la Provincia, de la Región v por último los del Estado, procurando que los municipios sean idénticos, aunque los detalles varíen, porque en la variedad de la aplicación de los principios según las costumbres, la conveniencia del clima y de la topografía, está la vida, el fomento , el vigor de las instituciones por las que se rigen los pueblos, pues como ha dicho Tocqueville irmitando á Cicerón, «la legislación que no sabe acomodares a las necesidades y costumbres de los hombres, es causa de miserias y de turbulencias si cuento”, Nihil leges sine moribus prodeunt había dicho el orador romano.
Las elucubraciones de escuela, como vimos ya al definir el fin, misión y relaciones del Estado, andan tan discordes é influidos por preocupaciones políticas que es muy difícil llegar á armonizar tan opuestas tendencias; así que hemos agitado sin prejuicio de doctrina, para una exposición acaso demasiado analítica, pero que determina y precisa el concepto, fines y relaciones que cada entidad orgánica ha de tener con el todo y con las partes, pues cada cosa se limita por su propia naturaleza y no por imposiciones extrañas, de forma que el derecho de cada ser, termina en el límite de sus fines y sus fines están determinados por su propia naturaleza.
El aislamiento hace al individuo impotente rara todos los fines de la vida, de ahí surge la asociación como una necesidad para realizarlos: Societas inter homines a diis inmortalibus consttituta dijo Cicerón: el matrimonio funda el hogar, procrea y educa á los hijos, acoge á los abuelos decrépitos é impotentes: los lazos del parentesco y cuando estos no bastan los de la amistad, producen los afectos que unidos a la solidaridad de intereses comunes entre varias familias, dan lugar al cambio mutuo de servicios y prestaciones en los que consisten el grato placer de la amistad o de la sociedad: he aquí la familia in extensum. Al entrar unas familias con otras en la comunión de los fines sociales vienen á formar el municipio que de la propia manera que la familia auxilia al individuo para la realización de sus destinos, el municipio suple y coadyuva á la familia con medios que le brinda y pone a su disposición para verificar sus fines de la vida pública comunal las familias asociadas y cimentar á su vez la organización de la Provincia. Las Provincias reunidas fundan la Región, y la asociación de Regiones constituyen el Estado. La solidaridad humana que se afianza en la familia y se ha ensanchado en el común ó Municipio, es preciso infiltrarla reteniéndola en la Provincia y en la Región, antes de que se difunda en la Nación y se convierta por último en Internacional, á fin de conseguir el máxímun de resultados colectivos con el mínimun de esfuerzos individuales.
El municipio es. pues, una unidad social tan espontánea, tan genuinamente humana en todos los climas, en todas las latitudes y en todos los tiempos que nos atrevemos á llamarla el substractum social, como la familia es la célula de la vitalidad humana, y el individuo el átomo social: sin municipios, no puede haber Estados como sin individuos, no puede haber familia, advirtiendo aunque de pasada, que los municipios no muy numerosos en que las afecciones, el trato continuo que ofrece facilidad de conocer al vecindario, es el que reúne mejores condiciones de prosperidad, por apreciarse mas de cerca la intimidad solidaria de intereses.
¿Es fácil, es posible, es hacedero el determinar las órbitas y los límites en que ha de moverse el Individuo, la Familia, el Municipio, la Provincia, la Región y, el Estado, para que sirva de base esta delimitación a una sólida, razonada, armónica y subordinada organización administrativa local? Cuando los problemas se plantean bien y hay voluntad firme y desapasionada de resolverlos, la resolución como suele decirse, se viene á la mano; Res lecta potente, nec facundia deserita hunc, nec lucidus ordo dijo acertadamente el preceptista Horacio. La iniciativa privada observa Mac Culloch, ha de ser la regla general en todo y la intervención ajena y especialmente del gobierno debe ser la excepción. El Individuo ha de realizar todos los fines, para cubrir en lo posible, las atenciones espirituales y, corporales de su persona y á donde no alcance, jamás por abandono del propio deber, le ayudará la Familia que es la asociación de individuos por los vínculos de la sangre y comunidad de intereses; á donde no alcance la acción de la Familia, nunca por olvidar obligaciones ineludibles por su peculiaridad sino por beneficio a padres é hijos, vendrá en su auxilio el Municipio que es la asociación de las familias unidas por la solidaridad de intereses comunes. Las funciones que no pueda ni deba realizar el Municipio, porque en la asociación con otros halle conveniencia y utilidad para llenarlas. sin declinar las de propia incumbencia y exclusivo deber, las habrá de ejecutar la Provincia que es la reunión de Municipios asociados para la consecución de fines proficientes á todos ellos. A donde no lleguen, ni deban llegar las propias funciones de la Provincia, jamás por rehusar su cumplimiento, sino por común provecho, la suplirá en el concepto anteriormente expresado la Región que es la agregación o asociación de varias Provincias que tiene algún interés común ó algún antecedente histórico o topográfico que las vincula; y por último allí donde sea impotente, no por dejación egoísmo sino por mutuo beneficio, la acción privativa de la Región, habrá de realizar sus funciones verdaderamente nacionales el Estado. En una palabra, la esfera del Estado, está limitada por exclusión por la acción de la Región, como la de esta se limita, por el mismo concepto por la de la Provincia y á la Provincia la excluye la acción del Municipio y las funciones de este las delimitan las de la Familia y a la Familia la excluye la acción individual. Es decir que la esfera ú órbita de cada una de estas entidades ó unidades sociales es complemento de su inferior inmediato, y cada una se va limitando y decreciendo en atribuciones y fines propios, porque disminuye la intimidad en la solidaridad de intereses desde el individuo al Estado, por las gradaciones de la Familia, el Municipio, la Provincia y la Región; pero si las atribuciones y fines propios se limitan y decrecen desde el individuo al Estado, en cambio va ensanchándose y acreciendo su esfera de acción, convirtiéndose en cuanto al número de asociados, desde los intereses particulares del individuo hasta los generales de la Nación, ganando gradualmente fuerza vinculativa en extensión, cuanto pierde en intensidad y por eso á medida que e! interés se debilita en cada serie orgánica, en la misma proporción van disminuyendo las obligaciones que imponen los organismos superiores a causa de aumentar el número de los que deben de cumplirlas.
En resumen, como desde el individuo al Estado, pasando por los intermedios de la Familia, el Municipio, las Provincias y la Región se van, por eliminación reduciendo gradualmente los lazos que vinculan á cada organismo y por. consiguiente, van progresivamente decreciendo los servicios y obligaciones peculiares á cada entidad orgánica, resulta que de cada unidad serial es suplementaria la superior inmediata, hasta llegar al Estado ó fin de la serie que es complemento de todos los organismos y cuya esfera de acción está limitada á lo que no puedan ni deban efectuar el Individuo, la Familia, el Municipio, la Provincia y !a Región, cada uno dentro de su órbita. Las demás unidades orgánicas tienen determinada taxativamente su esfera de acción, por la de la entidad ú organismo que la precede y la de la que le, sigue, es decir por la superior y la inferior hasta llegar al individuo, cuya acción está limitada por la familia, solamente como superior y por sus deberes propios, morales y corporales, así como en el Estado, está contenida su acción por la de su inferior la Región. sin que tenga organismo superior, y por eso su soberanía es indiscutible. Es decir que el individuo y el Estado son el a!pha y el omega, principio y fin de la escala orgánica.
Delimitada en forma tan clara como precisa la acción y esfera de cada uno de los organismos locales que constituyen la Nación, fácil ha da ser asignar a cada uno sus propios y peculiares fines y medíos de cumplirlos sin que jamas pueda declinarlos ni en el inferior ni en el superior inmediatos, para que así en su funcionamiento no pueda entorpecer la marcha de los demás, sino que todos caminen de consuno y de concierto al fin particular é integral, que cada uno y todos á la vez deben racionalmente cumplir y realizar. En ellos ha de haber la jerárquica subordinación que á la vez que los sostenga en relación armónica, sea inquisitiva é inspectora para que el equilibrio que han de guardar y el orden que han de desarrollar no pueda ser perturbada con ingerencias estrañas é incompetentes, que habrían, de producir choques quebrantadores, con grave riesgo de las partes y de todo el organismo local.
El Municipio no es, ni puede ser, un mero agregado de familias, es una la personalidad colectiva con fin y destino propios, como la Provincia no solo la reunión de municipios sino una determinada individualidad muy distinta de sus elementos componentes de la propia manera que la Región no es la unión mecánica de Provincias que la componen, sino en un todo que constituye un ser con muy diferentes fines y medios que las partes que lo forman y constituyen; del mismo modo que el Estado no es ni puede ser tan solo el conjunto y la aglomeración de regiones, sino que es una entidad colectiva con vida diferente y por tanto con medios y fines peculiares distintos á los de las Regiones que lo componen; pero Familia, Municipio, Provincia, Región y Estado, no son mas que evoluciones y desenvolvimientos en esferas subordinadas de los fines comunes é idénticos de esas entidades para el cumplimiento de las leves determinadas en sus respectivos y racionales destinos. Los fines de cada unidad orgánica y su esfera de acción, los hemos fijado por el método de exclusión ó de eliminación algebraica para constituir un Estado Nacional de derecho que haga efectivas las condiciones exteriores de todas las instituciones, hijas de la actividad humana en sus diferentes formas sociales, habiendo de ser el Estado el mediador de los fines del destino humano y debiendo de tener por lema el famoso mote de la confederación helvética.
Cada uno a favor de todos
Y todos en favor de cada uno.
pues como dice discretamente Laboulaye, es preciso no encargar al Estado mas que aquello que debe de hacer necesariamente, lo contrario sería emplear la fuerza de todos en paralizar la inercia de cada uno, de ahí que de la verdadera naturaleza y organización racional del Estado, ha de partir la regeneración de España.
Esta sana doctrina, que es una ley social evidente, la expone el sabio Pontífice en su famosa Encíclica Rerum Novarum, sentando como principio fundamental que la intervención del Estadlo está en razón inversa de la organización social.
De lo expuesto se desprenden los siguientes postulados:
1.° El Municipio, la Provincia y la Región han de ser autonomías dentro de su órbita.
2.º Que esas entidades orgánicas no reconocen mas que un único superior inmediato.
3.° Al reconocer los fines de cada órbita limitados por la inferior y superior, habremos de comprender en cada una todos los medios para realizar todos sus fines, ó como dicen los fisiólogos habremos de dar un órgano á cada función.
4.º Que siendo los fines del Estado provenientes por exclusión de la Familia, del Municipio, de la Provincia y de la Región, tienen que ser muy limitados, y de ahí que haya de contrastar su suprema soberanía con su reducida esfera y limitado poder, condensación, clave y residuo de las extensas autonomías inferiores de quienes ha de recibir y recíprocamente dar, (y no dar solamente como por desgracia sucede con nuestros entecos y autoritarios organismos) todo el impulso, toda la propulsión de la fuerza generatriz engendrada por y para el individua, la familia, el Municipio, la Provincial y la Región, cuya resultante: habrá de ser el Estado, con un soberano a la cabeza con sus consejeros de Gobierno, que como ha dicho el célebre S. Mill: será mejor cuanto menos gobierne y cuanto más deje gobernar a las Regiones, estas a las Provincias , las Provincias a los Municipios, estos a las familias y las familias al individuo, célula protoplasmática del organismo social y político. De esta manera construido el Estado sobre la división de trabajo, en la separación y diferenciación de funciones y en la distribución de poderes públicos sobre el preciso engranaje para la marcha ordenada y sin rozamiento de todas las fuerzas individuales y colectivas de la Nación, es decir, sobre la variedad en la unidad, para constituir la armonía y un todo subordinado a las partes y las partes al todo con fuertes y numerosos vínculos, hará que de ese dinamismo fisiológico político, resulte una y feliz nuestra desventurada España.
Este concepto orgánico limitado del Estado que hemos expuesto, coincide precisamente con su proceso y desarrollo evolutivo en la historia de las nacionalidades, lo mismo en la antigüedad, que en la edad media y que en la épica moderna, excepto en el imperio romano, que como hijo de la conquista paseó por el. orbe con sus águilas vencedoras el
Tu regere populos, romanae,memento
del insigne cantor de la Eneida, y de allí se infiltró en las naciones de origen latino ese panestadismo que les es tan funesto y su secuela la centralización que las tiene adormecidas y arruinadas, con las iniciativas y energías del individuo absorbidas y muertas por el Estado.
Sin instituciones locales, ha dicho Tocqueville, una Nación puede tenor un Gobierno liberal, pero ella no conoce el espíritu de la libertad; pasiones pasajeras, intereses del momento, el azar de las circunstancias pueden darle las formas exteriores de la independencia, pero el despotismo infiltrado en el interior del cuerpo social, reaparece mas tarde ó mas temprano á la superficie. En el municipio es donde reside la fuerza de los pueblos libres: las instituciones municipales son á la libertad, lo que las escuelas primarias a la ciencia, ellas la ponen al alcance del pueblo; ellas le hacen gustar y les habituara á servirse de ellas como un remedio heroico. El municipio, debe de ser la representación del sistema social en que vive, su fundamento la centralización, sus medios la autonomía de la comunidad, su carácter la movilidad de sus cargos que, reflejo de las variantes de la opinión pública, se concretan en el municipio dando así la mejor garantía de permanencia á la institución. La distinción de los intereses locales de los generales habría de conducirnos a no confundirlos, pero sí á esforzarnos en armonizarlos, para que evitando todo rozamiento, no se toquen jamás los conflictos entre el Estado y la administración municipal, sino que ambas marchen al propio fin, aunque por caminos y medios distintos, realizándose la unidad en la variedad mediante la armonía.
No se debe consentir por otra parte el abandonar al individuo colocado brutalmente frente al Estado, despojándolo este en su provecho; el Estado es demasiado fuerte para dejarse despojar y el individuo es excesivamente débil para que la colectividad tolere se le despoje: el municipio que es la asociación de familias habrá de protegerle, como al municipio habrá de ampararle la asociación de municipios que es la Provincia; como á la Provincia debe de defenderla la Región, que es la asociación de Provincias y a la Región la habrá de sostener la Nación, que debe de proceder del individuo y no autoritariamente que nazca, que no habrá de tolerar las usurpaciones del poderío del Estado, este de aquel, como una creación graciosa. Imitemos á la naturaleza y procedamos con razón del individuo á la colectividad, de la misma manera que el naturalista constituye la especie con los caracteres comunes que ha estudiado y reunido en los individuos, el sociólogo habrá de constituir la colectividad con las funciones que el individuo no puede llenar. El método experimental que tan sorprendentes resultados da en las ciencias naturales, afirma I. Guyot habrá de proporcionar idénticos efectos en la política, ciencia social, que no puede rechazar el método de observación, comprobado por la experimentación y aceptado por el consentimiento voluntario de los que lo han de recibir. El Estarlo por defecto de iniciativa social y hasta por deficiencias orgánicas, es casi la causa de la vida todos los ordenes de la actividad y de ahí que se debe propender á reducir su acción, á retirarlo para que limitada su acción á institución de derecho, acrecerá su esfera de acción en cuanto condicionara á todos esos organismos siguiéndolos, amparándolas y protegiéndolos en todos sus desenvolvimientos jurídicos y reduciéndose, en las evoluciones históricas al papel de tutor transitorio, accidental que debe de tener sobre toda clase de instituciones que lo precisen.
Veamos ahora las opiniones de los principales publicistas sobre las corporaciones locales.
Decía Gadstone el insigne leader del partido liberal inglés en 1872: «Cuantos mas años se acumulen sobre mí, cuanta mas experiencia voy adquiriendo, más importancia atribuyo al Self- gouvernment de las instituciones locales; por ellas adquirimos la inteligencia, el juicio y la experiencia política que nos hacen tan aptos á los ingleses para la libertad, sin ella no podríamos conservar nuestras instituciones centrales,. El mejor medio de gobernar, dice Bentham, es dar el poder soberano á la mayor parte de aquellos cuya felicidad es el fin del gobierno, porque así es mas fácil que de ningún otro modo, ver logrado el objeto apetecido.
Combatir á la burocracia, afirma Prins, y a la centralización y favorecer el movimiento, la federación y la representación de las fuerzas locales, eso debe ser lo que ambiciona todo hombre de Estado, para mejorar la situación presente. «El municipio es nuestra verdadera patria I. de Sismondi».
La continua y permanente exposición á las mismas influencias naturales, el constante cruzamiento de las generaciones, la viva comunicación, el mutuo cambio de ideas y afectos y la identidad de intereses, hacen nacer un principio de unidad, sino tan íntimo como el de la familia más extenso y comprensivo. Las relaciones permanecen las mismas, pero toman ahora un carácter mas elevado. El hogar se transforma en el foro, la casa en la ciudad, el predio familiar en el territorio, las costumbres en agremiación, los hechos en públicos establecimientos. Eso es el municipio según el docto catedrático Federico de Castro.
El pretender que el Estado viva sin vida local es, dice el eximio Azcárate, intentar que florezca un árbol sin raíces.
Poco a poco, dice Gneist, va tomando cuerpo la convicción de que la asociación comunal de vecinos es la verdadera base de un Estado libre, base que hasta aliara se la buscado equivocadamente en el censo, en !as capacidades y en las formas parlamentarias.
La experiencia en los negocios municipales, dice acertadamente el Barón de Stein, influye más en el desenvolvimiento de la educación nacional que las Univerdades, Liceos y escuelas primarias.
“La descentralización es sola capaz de dar a la Nación, con la conciencia refleja de sus deberes, una vida plena, activa, regular, y permitir que el gobierno representativo, llegue á ser una verdad. Ella sola puede crear costumbres públicas, sin las cuales las instituciones se bastardean y arruinan. Llamando a todos los franceses a ocuparse más o menos directamente de sus intereses en las comuna, en los cantones y en los departamentos, se verá bien pronto, formar un personal tan numeroso como selecto que tendrá la independencia práctica de los negocios. Después las asambleas políticas nacidas, podremos decir, de las mismas entrañas de la Nación, ayudarán al gobierno a llenar su más alta misión, aportando en este concurso una inspección tan inteligente como adicta que será una fuerza más, sin poder ser jamás ni un obstáculo ni mucho menos un peligro.” El conde de Chambord.
Afirma el repetido publicista francés, Mr. Vivien, que una organización comunal que diese empleo á todas las facultades, una dirección á todos los esfuerzos, y que unirte todos los ciudadanos a la gobernación del Estado, por los beneficios del gobierno local, esa organización sería una garantía para el poder central, un elemento de bienestar al presente y una seguridad al porvenir.
Dice el insigne escritor belga Laveleye: «Que la revolución francesa ha cometido la falta cada día mas manifiesta de haber querido fundar la democracia destruyendo las únicas instituciones que podrían hacerla viable. La Provincia con sus libertades tradicionales, los Comunes con sus propiedades indivisas; los Gremios que unían por un vínculo fraternal los obreros del mismo oficio, convirtiendo de nuevo al Estado en rector casi exclusivo y universal de la vida.
El hombre es quien constituye los reinos y crea las repúblicas pero el municipio parece ha salido de la mano de Dios. (Tocqueville)
En los dos últimos siglos, observa juiciosamente Le Play, crecen el descontento y el espíritu revolucionario á la par que decrecen, se debilitan las libertades comunales de las villas v ciudades, mientras que los pueblos que disfrutan hoy. de mayor libertad local son los menos dispuestos á la rebelión y mejor gobernados, de ahí que la restauración de las libertades municipales sea el punto de partida de la reforma social.
»Mas que los grandes intereses de la Nación o del Estado llaman la atención del ciudadano los del pueblo en que vive, en todas sus múltiples manifestaciones de los servicios municipales y gracias que á estos puedan dedicarlos sus ratos de descanso, unos y otros quieran entregarse en sus ociosidades al bien y prosperidad del pueblo que habitan, pero que todos deben mirarles como suyos propios de tal manera están identificados con su existencia y con su vida, por tenerlos siempre á la vista, tocándolos con sus manos y están convencidos que tienen que dedicarles sus atenciones y sus esfuerzos y cuya administración les sirve de experiencia, adquiriendo especiales aptitudes para el gobierno y dirección de los negocios, adiestrándolos así en la cosa pública, ensanchando su esfera de acción y de relaciones y preparándolos así para la gestión mas amplia de los asuntos de la Provincia, como la práctica de la administración provincial y la regional le creará especial aptitud para los negocios públicos del Estado; resultando así más fácil reconocer los antecedentes, los servicios y las cualidades de los que por afición o necesidad se dedican á la política, evitando así á los pueblos graves equivocaciones y sobre todo sin justificación las impacientes improvisaciones hijas de la desmedida ambición que tanto aprovecha á algunos, pero que tan dañada sale de ellos la cosa pública; por el contrario la administración municipal la provincial y regional será una escuela de costumbres públicas de celo, de dignidad y laboriosidad y de constancia, de previsión y solicitud y de experiencia á la vez que de civismo v de amor patrio. Ha dicho con sobrada razón H. de Ponsey que la centralización es hija de la autocracia y que la administración autónoma municipal y provincial conduce a los gobiernos democráticos, habiendo por tanto entera é íntima solidaridad entre la organización de las corporaciones locales y la del Estado y por ende entre el sistema administrativo y el político; entre ambos sistemas y las disposiciones, los hábitos y condiciones morales é intelectuales del país.
El municipio es el hogar grande de las familias que conviven alrededor de la parroquia, cobijadas bajo el consistorio, y cuyas costumbres tradicionales son como una religión, y cuyos intereses comunes establecen una solidaridad indisoluble entre sus habitantes, unidos en estrecho lazo por igualdad de vida y hasta por la proximidad del parentesco. El municipio es la institución mas popular y democrática por su origen y por sus evoluciones históricas, habiendo servida de seguro á la libertad y aun á la augusta persona de nuestros soberanos en los tiempos revueltos de la edad media, en que fue también un dique infranqueable á la ambición de la turbulenta nobleza y al abuso del despotismo de los reyes. Los municipios son agregaciones espontáneas y por tanto naturales de varias familias unidas por la comunidad de afectos y de intereses, circunstancia peculiar de la constitución es esencial de este organismo, y de allí que esa asociación de familias, haya de tener personalidad propia é independiente para desarrollar su vida y cumplir sus fines, cediendo esa personalidad é independencia exclusivas é indispensables en beneficio de sus derechos é intereses, pero como en el orden material y físico todo es relativo y subordinado, la independencia de los municipios debe de estar debajo de esta ley y de ahí que no sea omnímoda y absoluta sino que está y debe de estar subordinada á la acción y vigilancia de otro organismo y entidad superior, como es la Diputación Provincial.
Con la descentralización, dice ya el antedicho, experimentado y entendido Ferrand, la educación política y administrativa así como la aptitud electoral se propagan y arraigan con suma facilidad y prontitud. La actividad y el noble ardor de los espíritus se concentran en los asuntos locales que interesan al común y á la Provincia apartándose de inmistiones y controversias peligrosas. Las personas y las clases entran asiduamente en mutuo y fraternal contacto; la clase ilustrada y pudiente es conducida por el cuidado y defensa de sus intereses á preocuparse en las luchas electorales locales llevando la dirección. Los elementos nuevos del cuarto Estado, la clase proletaria, se ilustran y civilizan, elevándose poco á poco en el ejercicio de sus derechos y en el goce del poder. El espíritu de iniciativa individual, el sentimiento de la propia personalidad, el civismo, el patriotismo despiertan y se cultivan penetrando en los ámbitos de todos y de cada uno. Es decir, los espíritus, las costumbres y la Nación se hacen dueños de sí mismos, con conciencia propia de su ser y de sus fines sociales que deben de llenar así con relación á los intereses locales como á los generales del Estado y de la Nación; así se logrará despertar las solicitudes administrativas y la animación local, sustituyendo a las agitaciones y pasiones políticas, haciendo desaparecer la ingerencia abusiva del gobierno en toda clase de elecciones con las candidaturas oficiales, aprendiendo á fuerza de practica á atender preferentemente los asuntos locales, á ser discretos y previsores y á sacrificarnos los unos por los otros en aras de la unión, que es la prosperidad de los pueblos, no olvidando que el gobierno en un país y la gestión de los negocios públicos está en relación directa con su estado intelectual y moral.
La comunidad de espíritus es indispensable preexista antes que la comunidad de bienes, y esos lazos de vecindad y de convivencia locales, históricos y topográficos nos llevará á delimitar los vínculos concejiles, municipales, provinciales y regionales y esa comunidad de espíritus y de intereses locales, esa tendencia orgánica corporativa ó colectiva que con ella vendrá, habrá de concluir esa autolatría que nos devora, nos degrada y nos mata por el egoísmo del Quisaue sibi Deus. En la Reconquista nació la libertad en los municipios que fui ahogada por el despotismo de los reyes y por el predominio del Estado que á su ver fue derrocado por el individualismo de la Revolución y hoy el espíritu armónico que el proceso político nos ha traído y por que no decirlo, los desengaños nos llevan á la organización corporativa, es decir á la concordia entre el individuo y la colectividad. Según el famoso economista Rossi, el individuo está demasiado aislado en las sociedades modernas, demasiado centrado en sí mismo, y esta misma personal independencia que lo eleva se convierte en una causa de debilidad y de atraso para todos. El correctivo se encontrará en las asociaciones voluntarias que multiplican la fuerza por la unión, sin quitar al poder individual su energía, su responsabilidad y por tanto su moralidad». Chevalier, hace notar que la asociación ahuyentará el pauperismo y reunirá en un orden social regular los elementos hoy sin cohesión de la sociedad moderna.
El absolutismo despótico de nuestros Reyes, alentado por los golillas de sus Consejos, en su furor por debilitar toda institución y solo la realeza quedase omnipotente y predominante confundió lastimosamente la unidad con la uniformidad, cuando la variedad en la unidad constituye la armonía, dio al traste en su absorbente egoísmo con los comunes, con la nobleza y con la Iglesia, que se sometieron de grado o por fuerza a servir de comparsas unos, de instrumentos otros, de maniquíes aquellos y todos de serviles esclavos uncidos al carro triunfante del prepotente y pesado absolutismo.
Nuestra educación política que ha sido tan mediocre, hasta ser detestable, hay que regenerar en sus orígenes, en la administración municipal, provincial y regional, es decir, en la gestión de los asuntos locales, que son la escuela primarias donde los afectos más intensos y más necesarios tienen sus raíces y por ende los móviles y las inclinaciones mas interesantes, más nobles y mas excelsas; es preciso ir pronto y directamente al self-government, llevando por lema este pensamiento profundo del gran Obispo de Hipona: Justi neque enim dominadi cupiditati imperant, sed officio cónsulendi, nec principande superbia, sed providente misericordia. Los justos no mandan por deseo dominar, sino por ser útiles con su consejo, ni por la soberbia de ser los primeros, sino por la misericordia de hacer bien.
La absorbente centralización que nos rige y la manía de la uniformidad o mejor dicho la unidad igualitaria hasta en las cosas más insignificantes ha hecho desaparecer en sellos oficiales los blasones heráldicos de nuestros comunes, sustituyéndolos con el escudo real, precisamente cuando en cada uno de ellos esta esculpida nuestra historia y la legendaria cuanto épica reconquista y como si al ostentar esos timbres, que son la vida y la honra de nuestras corporaciones populares atacasen la unidad de la patria y fuesen como un signo de insubordinación y de rebeldía; muy al contrario, nosotros entendemos con convicción profundísima, que la centralización ha cometido un abuso imprudente. casi una tropelía y que la desaparición de esos emblemas en que esta vinculada nuestra vida local ha coincidido con la decadencia de nuestro espíritu nacional y con el amortiguamiento de nuestro amor patrio que tanto entusiasmaba a nuestros comunes al ver enhiesta la enseña concejil en manos de su alférez con sus blasonadas dalmáticas; con esas divisas se gobernaban en paz nuestros ayuntamientos, con esa divisa ejercían su autoridad sus alcaldes y, hacían justicia sus jueces foreros y esas enseñas fueron las que condujeron al fonsado a las milicias concejiles en nuestra secular reconquista desde el Ausera al Darro y al Genil hasta expulsar de nuestro suelo á los hijos del Islam, y á la sombra de esas misma insignias que les guiaron en la guerra se administraron siglos después nuestras venerandas municipalidades aun bajo la dominación del absolutismo. En su consecuencia a fin de reintegrar en el uso legítimo de sus emblemas heráldicos á los ayuntamientos, estos deberían de usar, en todos sus documentos oficiales, el escudo que de antiguo hubiesen usado, así como también tenerlo en el testero del salón de sesiones apareado con el de España bajo un dosel, así como también grabado en el puño del bastón de los alcaldes. Las diputaciones provincial, como creación de la ley no tienen ni historia ni por tanto blasones propios que las representen así que exceptuando en las Provincias Vascas y Navarra, en el resto de España las capitales de provincias han impuesto su escudo a las Diputaciones, no sabemos si quizá por nesciencia heráldica o si acaso por refinada astucia, si acaso no por arbitrariedad despótica para expresar la centralización que tanto nos ahoga consume y aniquila. De ahí que proceda modificar el escudo de las Diputaciones Provinciales que tengan el de la capital, sustituyéndose por otro en el que estén representados todos sus partidos judiciales en escuda gironado, centrando sobre el todo el de la capital y timbrado por la corona real. El escudo de las Regiones se compondrá del de sus provincias centrado por el de su Capital, coronado también por el timbre real. En el escudo de España anteriormente solo estaban representadas Castilla y León y se modificó en 1869, con gran acierto, extendiendo esa representación al escudo de Aragón y Navarra, Principado de Cataluña y reino de Granada, constituyendo así un emblema verdaderamente Nacional. Por cierto que sería de gran conveniencia y utilidad para la sigilografía, la indumentaria v la heráldica, esas ramas tan importantes de la arqueología, el coleccionar los escudos de armas de los antiguos concejos, trabajo sí laudable muy dispendiosa para la iniciativa privada, pero que sería empresa digna y honrosa para la Real Academia de la Historia, porque como ha dicho V. Hugo la historia de la edad media se halla escrita en los blasones heráldicos. No menos importantes sería el continuar la colección de nuestros Fueros, iniciada por el Sr. Romero en cuyos preciosos documentos tenemos conservada la vida social de nuestra Edad Media, en esa edad de edad de oro del pueblo, como la llama Loesseviz; no pocos han perecido por desidia, otros por rapiña ó por malicia; muchos yacen empolvados apolillados en nuestros inexplorados y trastornados archivos municipales y las que conocemos si bien los mas importantes, no arrojan la luz. intensa que proyectaría una colección completa que habría de ser el monumento levantado á los héroes de nuestra reconquista que es la grandiosa epopeya de nuestra patria historia.
Vamos á terminar este ya extenso capítulo, con el singular contraste entre la vida comunal de la Edad Media y la Moderna según lo pinta con estas interesantes palabras Mr. Guisot en su conocida obra, «Historia de la civilización Europea, cap. VII. “ Supongamos que un ciudadano, que un burgués del siglo XII ó del XIII viene á visitar u la de nuestras ciudades y, se entera de lo que en ella pasa, de la manera que es gobernada y de la suerte de sus habitantes, se le dice, que extramuros hay un poder que sin su consentimiento les impone tributos, según le place, que convoca la milicia y la lleva a la guerra sin su autorización, se le añade, que al alcalde y regidores no los nombran los vecinos ni á ninguno de los magistrados; se le continúa diciendo, que los asuntos del municipio no los decide el municipio, mas aún, que los vecinos no tienen el derecho de reunirse y deliberar en el común sobre lo que les interesa y que la campana de la Iglesia no les convoca en la plaza pública. Ese burgués se quedaría atónito. Por el contrario, si un francés del siglo XIX se traslada a la Edad Media no dará crédito á lo que tiene ante su vista, la escena cambia: Los municipios fijan las contribuciones, eligen sus magistrados, juzgan, imponen penas, se reúnen para deliberar sobre sus asuntas, todos los vecinos asisten á sus asambleas, por su cuenta guerrean con sus milicias bajo la égida de su bandera, en una palabra, se gobiernan á si propios, es decir, son soberanos».
Elías Romea
ADMINISTRACIÓN LOCAL, Almazán 1896, pp. 113-128
viernes, junio 25, 2010
Las instituciones (Luis Carretero Nieva 1917)
Las instituciones
Las instituciones genuinamente castellanas viejas, las que no son resultado de la imposición romana, gótica o leonesa del pasado, las que no son tampoco fruto del absolutismo de las dinastías austriaca o borbónica españolas o copia insensata de la organización napoleónica, las instituciones creadas por el propio pueblo de Castilla la Vieja, son resultante de las dos fuerzas vitales que azuzaban al airea de la raza; el deseo de la independencia y la fidelidad en los pactos, así es que toda la organización castellana vieja es una concordancia de estos dos estímulos que conducen a un admirable consorcio entre el individualismo y el comunismo, dando como resultado el federalismo en lo político y el colectivismo en lo social, ya que, como dice Joaquín Costa, el colectivismo es, o parece ser, una como transacción o componenda entre los dos sistemas extremos, comunista e individualista.
No existe uniformidad en la organización y división política de nuestra antigua nación castellana, pues de una a otra localidad hay grandes diferencias, rigiéndose unas ciudades y comarcas por unos fueros y otras por otros; pero en medio de esta gran variedad hay un principio de armonía común a todo el reino, consistente en la existencia de organismos de administración pública local y en organismos comarcales, apareciendo todavía otra entidad superior a la comarca, pero inferior a la nación o reino. Tenemos, pues, tres grados: el Concejo o Concejo menor; el Común, Comunidad, Urniversidad o Concejo mayor, y finalmente la Hermandad o asociación de comunidades y concejos. A veces hay villas que no constituyen comunidades con otras y son las llamadas villas eximidas.
Sobre la administración local castellana hay muchísimo que estudiar y por tanto mucho que aprender, siendo ,un tema que brindamos a los que sean aficionados a estudias históricos en el que puedan hacer descubrimientos preciosísimos y de gran utilidad para la reconstitución de nuestra Patria que no puede tener que la de asociar los elementos históricos nacidos en el propio territorio y, fruto de la labor popular de muchos años con aquellas conquistas del progreso, inaccesibles a los antiguos. Para nuestro objeto que es solamente el describir, del modo que permite la extensión de este trabaja y para servicio del plan que hemos formado, cual era la arquitectura de nuestra genuina administración local, nos basta con los datos que hemos recogido en un corto, pero precioso trabajo del publicista de Almazán (Soria), D. Elías Romera, y que se titula Breves noticias sobre las venerandas Municipalidades de Castilla, desglose de un libro inédito cuya publicación será, a no dudarlo, un gran servicio que su autor puede prestar a nuestra región, tan necesitada de hacer que la propia savia nutra su organismo, en vano tratada de alimentar con exóticos jugos.
Fundamento de la organización política de Castilla la Vieja era el Concejo, llamado por algunos Concejo menor, que en resumen no era otra cosa sino la junta de los vecinos con casa u hogar, que eran todos elegibles y electores para las cargos conecjiles y que cuando tenían que ventilar alguna cosa grave deliberaban en asamblea de todo el pueblo, a la que llamaban Concejo abierto, que se convocaba a son de campana. El concejo estaba encargado del gobierno de la aldea, lugar, burgo o villa no eximida, Viendo presidido por el alcalde nombrado por el común o comunidad o concejo mayor, si bien en algunas casos el derecha de nombrar alcalde correspondía al señor, siendo este derecho una de las poquísimas conquistas que el feudalismo pudo hacer en Castilla cuando dominaba en la mayor parte de Europa y que debe de considerarse como cosa completamente extraña a la neta organización castellana. Al concejo menor incumbía el gobierno de la aldea en aquellos-asuntos de trascendencia puramente local.
Los servicios concejiles proporcionaban recursos o ingresos a los concejos, inspirados siempre en el bien público o del procomún llevados de un colectivismo tan práctico corno conveniente y saludable: también acudían a las derramas cuando no bastaban los ingresos de los servicios comunales.
A poco que se estudie la estructura de los antiguos concejos, se verá cómo prevalecía y predominaba en ellos el espíritu social corporativo, la conveniencia pública del procomún sobre el interés privado del individuo, estableciendo una armonía, una mutualidad, una solidaridad de todos sus miembros entre si y con la corporación, que no puede menos de admirar todo el que serena y desapasionadamente medite y reflexione sobre las bases fundamentales de aquella sociedad, poco conocida y demasiado olvidada.
El funcionamiento del concejo castellano reportaba a la colectividad de sus vecinos ventajas que considerarían como apetecibles aspiraciones los colectivistas modernos de los que pueden considerarse como afortunados precursores los castellanos anteriores a la tiranía centralista, adulteradora de nuestra genuina tradición política. Hasta tal punto llegaron nuestros concejos, tales fueron los beneficios que consiguieron, que vivían por si mismos, llevando además el bienestar y la comodidad a sus vecinos con el sabio uso del patrimonio llamado de propios y evitando con sus bienes comunales una miseria como la actual de las clases inferiores, que con vergüenza de la humanidad y escarnio de la justicia, tienen que sufrir sociedades que presumen de más adelantadas.
Los bienes de propios atendían simultáneamente a dos fines: costear tos gastos concejiles sosteniendo la hacienda del concejo y acudir a la comodidad y servicio de los vecinos.
La hoy tan suspirada municipalización de servicios, es cosa antiquísima en nuestra tierra castellana, donde viene practicándose utilizando los bienes de propios; casas, molinos, hornos, fraguas, tejeras, neveras, abacerías, mesones, carnicerías, tabernas, mataderos, almudíes, lonjas, teínas, etc.; la abacería era el lugar donde se vendían los artículos de primera necesidad que, como la carnicería y la taberna, se subastaban por el procedimiento que llamaban a mata-candelas o a candela pagada; para la carnicería se facilitaban por el concejo pastos en terrenos acotados y para la taberna se nombraban dos catadores entre los concejales que recibían el vino en las tinajas del común, las cuales tenían una tapadera con llave que guardaban los fieles; el molino y el horno de poya o de pan cocer, también se remataban, cobrando el rematarte los derechos que en el molino se llamaban de maquila y en el horno de hornazo o poya.
A más de estos bienes, consistentes en locales y artefactos acondicionados para cumplir algún servicio público, poseían los concejos terrenos patrimoniales que se usaban para acrecentar con sus frutos la hacienda concejil y que eran utilizados unas veces por contrata o arriendo y otras por administración directa, ejecutándose en este caso las tareas necesarias al cultivo o detrás cuidados requeridos por esos bienes por el vecindario y recogiendo sus productos el erario concejil como en los tajones del concejo de tierra de Soria y en las cerradas del concejo de Barbadillo de Herreros, ,Jaramillo, Hoyuelos y otros pueblos del partido de Salas de los Infantes, en la provincia de Burgos. En otros casos el producto, en vez de pasar directamente a las cajas del concejo, se emplea en sostener algún servicio, como los prados de Barbadillo de Herreros, que sirven para los gastos del toro semental propiedad del pueblo.
Aparte de estos bienes de propios, cuyos frutos servían para la hacienda concejil, existe otro patrimonio, también de los concejos, pero destinado al aprovechamiento directo, personal y gratuito de los vecinos, constituido por los bienes comunales. Estos bienes comunales se utilizan en diversas formas por sorteo periódico entre los vecinos, como en Acinas, Pinilla de Trasmonte, Cilleruelo de Arriba y los del Valle de Tobalina, así como en Barbadillo de Herreros, todos de la provincia de Burgos, constituyendo comunidad ganadera en forma de piaras y rebaños concejiles, colmo en muchos pueblos de toda la región; por los llamados prados del concejo, cosechados por los vecinos, como los de Canicosa, Quintanar de la Sierra, Barbadillo de Herreros y otras de Burgos, y el famoso Prao-Concejo, guadañado en Tudanca (Santander), que motivó la descripción citada por Costa y admirablemente escrita por Pereda en la magnífica novela «Peñas arriba», de la escena de partición de hazas; por los sorteos anuales de monte, para brezo, árgoma, etc., como en Santander; por el aprovechamiento de ,árboles y leñas tan extendido en toda la región; Por las vitas o quiñones vitalicios en la sierra de Segovia, también citados por Costa; por los oraños (palabra que, según Costa, sobrevive al vocabulario de los arévacos) de la comarca del Haza, provincia actual de Burgos (antiguamente de la de Segovia); por los rebaños en común y otras múltiples formas que constituyen un tema más cuyo estudio es otra necesidad de la región.
Los intereses y las necesidades comunes de una comarca, y muy principalmente los forestales y ganaderos, exigieron la creación de un organismo comarcal y, como dice muy bien el clarísimo Joaquín Casta, «.....hubieron de constituirse Comunidades de tres, de siete, de veinte, de hasta 140 y 160 pueblos, coro honores, ya de provincia, como la comunidad de Teruel, como la de Ávila, como la de Segovia, can su patrimonio de tierras y bosques, su administración, sus ordenanzas, sus juntas, sus tribunales, y de las cuales quedan aun no pocas en funciones, lo mismo que en la Edad media, materia digna de estudio y que sigue aún por estudiar».
Tenemos delante la más gloriosa de las instituciones de Castilla la Vieja, las Comunidades de Tierra gemelas de las aragonesas, tanto por su desarrollo y preponderancia, como por su carácter ganadero, pero diferentes de las similares trasplantadas al reino de León, en el que solamente fue notable la Comunidad de Salamanca, porque en el país leonés no llegaron a adquirir estas comunidades el desarrollo y preponderancia de Aragón y Castilla, donde florecían respectivamente las poderosas de Calatayud, Daroca, Teruel, Alcañiz, etc., y las no menos pujantes de Soria, Segovia, Ávila, Sepúlveda, etc. El país de León era eminentemente agrícola y es condición de la agricultura, la fijeza en el lugar, la unión a la tierra cultivada que provee al agricultor de lo necesario para su subsistencia, sin que tenga que acudir, como la ganadería, a buscar pastos en tierras vecinas, y sin precisar, por consiguiente, de establecer cambio alguno para procurar el abasto de alimentos, de modo que respondiendo a estas condiciones las instituciones leonesas, se desenvuelven en servicios comunales estrictamente concejiles asentados sobre la base de utilización en común de las tierras de un pueblo, limitadas a su vecindario, sin comunidad con los otros pueblos comarcanos. Sirvan de ejemplo de este carácter agrario de las, instituciones leonesas, las de la tierra de Sayago (Zamora), las de Fuentes de Oñoro y Villarino de Aires ( Salamanca), y las de Llabanes, Valdemora, Villafer y Vega de Espinareda, en la propia provincia de León.
Los comunes , comunidades, universidades o concejos mayores constituían el gobierno de una ciudad o una villa y un cierto número de aldeas que formaban, lo que se llamaba alfoz, alhoz, almocaz, tierra, ejido, universidad o comunidad del nombre de la villa o ciudad cabeza de la tierra. De un lugar a otro variaba con el fuero la composición de la corporación que regía cada alfoz o tierra, siendo una cosa frecuente que las aldeas interviniesen en la administración comunal por un representante o sesmero por cada sexmo u ochavo en que se hallaba dividido el alfoz. La composición más general de uno de estos concejos mayores : los Alcaldes, o los procuradores síndicos, provistos por los lumineros de las parroquias o los mayordomos de las cofradías, el Mayordomo ,el juez forero, elegido cada año por distinta parroquia o colación y el Escribano, Secretario o Fiel de fechos. El fundamento del sistema de provisión de cargos era el sufragio, con la igualdad más completa, acudiéndose en muy contados casos a la insaculación. Existía un cabildo de Jurados o procuradores del común, que asistían a concejo con voz pero sin voto y constituían una especie de cuerpo fiscal; dos de los jurados elegidos por el concejo, habían de ser Mayordomos del tesoro o de cámara. En la Comunidad de Segovia tenían representación en el siglo XIV los Linajes, con seis Regidores; los hombres buenos pecheros, con dos; y los pueblos del alfoz, es decir, de le Tierra; con tres Síndicos generales de la Tierra. Existía en Segovia un libro que se llamaba Libro verde de la Ciudad, compuesto en 1611 por el regidor Verástegui, que era un resumen de las costumbres, preeminencias y jurisdicción, según el cual los representantes de la Tierra eran en esa época dos, elegidos por los pueblos reunidos en la Ciudad la víspera de la Trinidad. Posteriormente la representación de la Tierra fué ampliada hasta un representante por sexmo.
Los principales fines de las comunidades eran, el aprovechamiento en común de los terrenos propiedad de esta Institución, principalmente en el sostenimiento de la ganadería, facilitando también tierras a los labradores por diferentes medios, corno las premisa, llamadas en Aragón escalios, la utilización de las maderas y levas de los bosques comunales, la conservación de las murallas de la Ciudad, la construcción y reparación de puentes y caminos y otras muchas obras, de tal importancia, que una de ellas puede servirnos de ejemplo y es, la reconstrucción del famosísimo acueducto de Segovia, que tenía treinta y seis arcos arruinados, que fueron reedificados en los años de 1484 a 1489 por la Comunidad de su Ciudad y Tierra.
De todos modos y de acuerdo con las condiciones del país, el primero de los servicios prestados por las comunidales a sus habitantes era en Castilla la Vieja el de la faceria o mancomunIdad de pastos; pero a más de esto atendían a las necesidades y gastos de la justicia, a la vigilancia de las pesas y medidas, a la inspección de las industrias y comercios, a la enseñanza de oficios, al socorro de los labradores por las alhóndigas y pósitos, y finalmente, a la seguridad de los ciudadanos.
Para estos menesteres tenían las comunidades sus dependientes, entre los que figuraban los fieles almotacenes, - que cuidaban del peso y las monedas; los alamines, inspectores de la calidad, precio y peso de las mercancías, especialmente los comestibles; los fieles veedores, encargados del reconocimiento de las labores de los gremios y las oficinas de bastimentos, muestra de un intervencionismo del estado que hoy reclaman muchos; los alhondigueros o encargados de la alhóndiga; los guardas montaneros, encargados de hacer cumplir las ordenanzas que , regualaban el disfrute en común de los bienes.
Tal predicamento adquirieron en Castilla la Vieja las comunidades, que reclutaban milicias y con ellas acudían a la defensa de la Patria. Hacia los años de 1138 y 1139 aparecen las milicias concejiles o comuneras de Ávila, Segovia y otras ciudades y villas, que sirvieron a Alfonso VIl de León y II de Castilla en sus guerras ton los moros. En época de Alfonso III de Castilla, llamado el de las Navas, octavo Alfonso de la cronología de los reyes de León, las comunidades acudieron con sus milicias a ,la batalla de las Navas de Tolosa, acaudilladas por la bandera o pendón de la comunidad o villa cabecera, siendo muchas las comunidades que se citan entre las que enviaron sus milicias a aquella batalla. La Ley XII, título XIV, parte Il de las Partidas que habla de las señas, banderas o estandartes que habían de llevar las huestes, dice: «0trosí las pueden traer concejos de comunidades o de villas; é por esta razón los pueblos se han acabdillar por ellos; porque non han otro cabdillo»,Pujames las comunidades en Castilla y aspirando cada día a mayor fuerza y preponderancia, fácil les fue formar liga o hermandad con otras, ya con el fin de perseguir los malhechores, ya con el de guardar las fronteras, o bien contra otras comunidades o ligas sobre términos y pueblas Aparece por consiguiente el tercer grada de corporaciones de la constitución política de Castilla en las ligas o .hermandades, acerca de las que dice Lecea (La Comunidad y Tierra de Segovia pag. 107): « Estas ligas o confederaciones llegaron a constituir un verdadero poder público independiente de la autoridad real , con ordenanzas, alcaldes, juicios y sentencias, hasta que por sus extralimitaciones hubieron de ser disueltas por el conquistador de Sevilla y por su hijo, el sabio Rey, autor de las Partidas»
Pero si aquellas primeras hermandades desaparecieron, no ocurrió lo trismo con otras que ge formaron nuevamente desde los años de 1282 a 1465 y que se conocieron por Hermandades generales de Castilla, de las que se ocupa elogiándolas entusiásticamente Martínez Marina en su Teoría de las Cortes, pues las tales Hermandades eran, entre otras cosas, verdaderas asambleas representativas a más de ligas de las comunidades y concejos contra el poder real, pidiendo respeto y garantía para las bienes y derechos de aquellas instituciones comuneras, o por mejor decir, de aquellos poderes locales y comarcales, determinando, en sus asambleas cómo «habían de facer para saber como pasaban las cosas e los fechos en las comarcas e que cada uno dellos trayese lo que pasare en su comarca», y ordenando que «los alcaldes de aquella hermandad, hicieran pregonar cada uno en sus comarcas aquellas resoluciones para que fuesen conocidas». Otra prueba terminante del gran poder y de la independencia que lograron estas hermandades, es el hecho de que la Hermandad de la marina, formada por la ciudad de Santander y las villas de Castro, Laredo y Santoña, ajustara una tregua de veinte años coro Eduardo III de Inglaterra, sin Intervención del rey de Castilla.
Claro es que toda esta libérrima independencia de los poderes locales, comarcases y de federación de comarcas, necesitaba de un organismo que les ligase entre sí conservando la integridad del país, dirimiendo las cuestiones que pudiesen suscitarse entre varios concejos, varias comunidades o entre el concejo y las ciases sociales que le integraban o aun entre el concejo y el individuo y garantizase al mismo tiempo la seguridad de la nación contra otros poderes nacionales extraños.
Esta era la misión del poder real en Castilla y para su desempeño disponía de cuatro facultades: la de administrar justicia constituyendo tribunal de apelación y nombrando los merinos o funcionarios judiciales en ciudades y villas; la dirección de la guerra que se sostenía con el concurso de las milicias comuneras y con la contribución de la fonsadera; la de atender a los gastos generales de la Nación con tributos como el de la martiniega, las caloñas y lamañería, que percibía la real hacienda, y la facultad o derechod e aposentamiento y mantenimiento del rey y su comitiva ó iban de jornada por el impuesto del conducho,llamado también los yantares. Las relaciones entre el reyy cada villa, ciudad o comunidad, venían reguladas por losrespectivos fueros, que al trismo mismo eran pequeñas constituciones locales. Los más notables de los fueros de Castilla la Vieja fueron el de Sepúlveda, el de Nájera, y el de Logroño. El de Logroño se extendió a unagran parte del país y por él se rigieron también con carácter generallas Provincias Vascongadas y la mayor parte de actuales de Burgos, Logroño y Santander. Resulta que los famosos fueros vascos son una muestra de las instituciones castellanas, o de una parte de ellas.
Complemente de la organización política de Castilla, fueron las Cortes . Instituciones que nacieran en España mucho antes de ser implantada en los restantes países europeos, En 1169, Alfonso III de Castilla (VIII según la sucesión leonesa), cita a Cortes en Burgos a «la muchedumbre de las cibdades e enbiados de cada cibdad». Hay que confesar, sin embargo, que los reinos de León y Aragón precedieron al de Castilla en la Institución de las Cortes, que en León fueron celebradas por primera vez, con asistencia del estado llano, en 1088 y en Aragón en 1134, pero en contra hay que decir también que las Hermandades de Castilla venían haciendo las veces de Asambleas e interviniendo en la gobernación con tanta eficacia corno las Cortes, a cuyos efectos se adelantaron.
Romera describe así las Cortes de Castilla: «Las Cortes eran convocadas por derecho tradicional al principio de cada reinado, para recibir al nuevo rnonarca juramento de defender y conservar los fueros y libertades del reino, jurándole al propio tiempo los brazos o estamentos de prelados, nbles y procuradores (representantes de los »Concejos) fidelidad y acatamiento al nuevo soberano. También nombraban las Cortes los tutores del rey cuando no los hubiese testamentarios: tenían el derecho de dirigir quejas al rey y el peculiarisimo de conceder y notar las servicios y tributas e inspeccionar las cuentas del reino, es decir, que gobernaban y ejercían la soberanía en unión de la Corona. El presidente de las Cortes era el del Consejo de Castilla, que en unión de los procuradores acudía a la cámara del rey a escuchar la proposición real antes de comenzar las Cortes. Los procuradores hablaban por el orden establecido para las ciudades que representaban. Las peticiones que merecían conformidad del monarca se enviaban a las ciudades en despachos especiales llamados Cuadernos de Cortes. También se reunían Cortes en los »fechos grandes y arduos del Estado. Las Cortes nombraban una comisión de tres diputados residentes en la Corte que llamaban Diputación de los reinos y subsistía de Cortes a Cortes. Los gastos de los procuradores se pagaban por los fondos comunales. La decadencia de las Cortes en Castilla fue simultánea de la de los concejos y comunidades, obedeciendo a las mismas causas».
Otra Institución, otro organismo nació paralelo y hermanado con los concejos; los gremios de artesanas, menestrales y mercaderes, a quienes dieron calor y vida, pues así corno los comunes eran la agregación obligada de todo el vecindario, sin distinción de clases y oficios, el gremio era la asociación forzosa de todos Ios individuos de cada oficio, regimentados por sus ordenanzas. En España fueron los gremios instrumento fecundísimo socialmente considerados; pero el exclusivismo, el monopolio de los tiempos en que nacieron, la excesiva reglamentación hasta imponer tasa en los precios de las mercaderías, les perjudicó bastante. Los gremios fueron auxiliar poderoso de la reconquista, pues las mesnadas concejiles iban reglamentadas r gremios. Tenían estos su Cofradía y muchos su casa y capilla, y a la vez que asociaciones para el progreso de las artes e industrias, eran sociedades mutuas y hasta cooperativas de producción, y consumo que llegaron a disponer de grandes capitales, La institución altamente democrática de los gremios, coma compuesta del estada llano, tuvo por objeto robustecerlo; así que, reconociendo casi el mismo origen que los concejos, son instituciones que marchan paralelas, auxiliándose y defendiéndose mutuamente en su desenvolvimiento histórico- político, llegando los jurados de los gremios a formar parte de los concejos. Los gremios fueron un organismo que desapareció por la ola devastadora que, confundiendo el progreso can la mera imitación extranjera acepta toda lo extraño, sin detenerse a contemplar si es novedad perfeccionadora. Mucho haría en beneficio de nuestra historia quien recogiese las ordenanzas de nuestros gremios, tanto para conocer el desarrollo de nuestra industria; corno para apreciar la manera de ser de nuestras costumbres y de nuestro fondo social. Instituciones análogas a los gremios eran las Cofradías de mareantes y Cofradías de pescadores, compuestas en los pueblos de la costa por las gentes de mar.
Hay otra institución castellana de gloriosísimo pasado, que demuestra además cuál era la Importancia de Castilla en aspecto comercial y es una prueba terminante de que nuestro país debe de considerarse en la historia como potencia marítima mercante de primer orden al mismo tiempo que quedará convencido, quien estas cosas estudie, de la grandísima compenetración existente entre las ciudades interiores y los puertos de la región, principalmente los de Santander, Santoña y Laredo. El órgano que ponía en movimiento toda la riqueza de Castilla la Vieja residía en Burgos, viniendo a ser esta ciudad, más que la cabeza, el corazón del reino, propulsor de su sistema circulatorio que llevaba sus arterias hasta los puertos castellanos del Cantábrico, hasta los centros manufactureros de Segovia y hasta las florecientes cabañas ganaderas de las Sierras sorianas, testimoniando que entre las diversas comarcas de Castilla, marítimas, agricultoras, ganaderas o fabriles, había alguna trabazón más firme que la debida, al solo hecho de formar políticamente una nación. Esta función, de regular la circulación y cambio, era desempeñada por el Inolvidable Consulado de Burgos. Institución de fomento comercial y de carácter principalmente marítimo, primera que se reconoció y sancionó oficialmente en España, con anterioridad a los celebrados consulados de Barcelona, Bilbao, etc. Los reyes católicos concedieron en 1494 jurisdicción comercial al consulado de Burgos, pero el funcionamiento del consulado había sido reconocido anteriormente por Juan II en Soria (1447); en 1579 había el consulado entregado 30.400 ducados a Enrique II y en 1443 había pactado con el Hansa Teutónica, concediéndose recíprocas ventajas hanseáticos y castellanos para el comercio, navegavión e industria de entrambos países. En 1453, el consulado de Burgos y el concejo de Santander firmaban una escritura de concordia sobre derechos de transporte de mercancías. Fue el consulado de Burgos un verdadero tribunal y cámara de comercio y tuvo a su cargo las ramas de los seguros marítimas y fletes de naves, todo ello con perfecta autonomía y haciendo valer sus derechos y prerrogativas ante toda clase de poderes. De la Importancia que adquirió, es una muestra la capitulación de Madrid, en la que Francisco I de Francia reconoció que la flota de la institución burgalesa había sufrido en la guerra danñs por 300.000 ducados. Las naves del consulado eran reputadas por tan excelentes, que el rey las pedía para viajar en ellas. Tal predicamento alcanzó la institución del consulado, que el rey de Francia dispuso «que los edictos y requisitorias del tribunal de Burgos tuvieran fuerza de obligar en Francia». El consulado se cuidaba además de procurar la conservación de caminos y de hacer distribuir y mandar el correo, así como de determinar en qué puertos y en qué naves habían de cargarse las mercaderías. La Institución decayó y en tiempo de Carlos III fue restablecida, pero más bien con carácter de lonja de contratación, principalmente de lanas. En 1775 se estableció en Santander un consulado, dependiente del de Burgos, que obtuvo su independencia en 1785, cumpliéndose la inexorable ley que sancionamos los castellanos de hoy y que lleva la hegemonía comercial a las orillas del mar. Sobre el consulado de Burgos ha escrito una valiosa obra D. Eloy García de Quevedo.
El Honrado Concejo de la Mesta de León, Castilla y Granada, como indica su título, abarcaba en su jurisdicción a todos estos reinos y por tratarse de una institución que no era primitiva de Castilla, ya que también entraban en ella países ajenos a nuestro antiguo estado, la hemos dejado para lo último. No se sabe a ciencia cierta cuándo nació la mesta, pero debió de tener gérmenes muy antiguos, aunque no hay noticias ciertas de su existencia hasta los tiempos de Fernando III. Alfonso XI dispuso que los ganados quedasen bajo la protección del rey, constituyendo su agregación un rebaño que se conoció con el nombre de Real Cañada, es decir, que esta institución nació cuando Castilla estaba agregada a otros reinos y con la cooperación de varios de ellos; por eso dijimos que no era privativa de Castilla. Sin embargo, hay que presumir que en su gestación tomase nuestra antigua nación una parte muy importante, si se tiene en cuenta que la riqueza ganadera era la base de la economía castellana.
Es de creer que en su principio no fuese la mesta otra cosa más que la agremiación de los ganaderos en términos semejantes a las demás oficios o profesiones, pero distinguiéndose de los demás gremios, porque desde el principia esta agremiación ganadera tuvo que extenderse fuera de los límites del municipio o comunidad por imposición del carácter de la industria pecuaria. La ganadería reposaba en España sobre el principia de utilización de las pastos espontáneos, variables de comarca a comarca, según su clima con las épocas del año, donde se impuso la trashumación o sea el traslado de las reses desde el lugar en que se agotaban los pastas a aquellos otros en que par las variaciones estacionarias les correspondía tenerlos en abundancia; así es que la asociación y el cambio reciproco de pastaderos convenía a regiones que tuviesen distintos turnos en la lozanía de sus hierbas. Por eso la mesta estaba integrada par países muy distintos en su naturaleza, pues la variedad favorecía a su objeto.
El concejo de la mesta celebraba juntas, tomaba acuerdos y nombraba alcaldes encargados de su ejecución. Tenía atribuciones gubernativas y judiciales en lo referente a ganadería, constituyendo un verdadero estado dentro del Estado; es decir, que disfrutaba de privilegios que resultaban deprimentes para los demás elementos de la sociedad nacional y sumamente onerosos para la agricultura. Su preponderancia era el dominio de los intereses de los más, pero tan desmesuradamente, que su subsistencia se hizo intolerable y acabó por desaparecer.
Luis Carretero Nieva
El regionalismo castellano
Segovia 1917
Pp. 83-99

