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lunes, octubre 24, 2016

¿ Por qué todo a Valladolid? (Alejandro Valderas, El Mundo 21 de junio de 2012)



¿Por qué todo a Valladolid?

Alejandro Valderas

(El Mundo de Castilla y León 21 de junio de 2012)

ES UNA pregunta común, en ocho
de las nueve provincias. Y debería
responderla a plena satisfacción de
los electores, quien. aspire a
proclamar a Valladolid como capital
autonómica. 


Las sedes de la Administración
autonómica radican en Valladolid
desde 1983. Esto le ha supuesto a la
ciudad 20.000 nuevos puestos de
trabajo directos (la Administración
General) y la construcción o
rehabilitación de un centenar de
grandes edificios. Sobre el tema de la
capitalidad, el Estatuto remite a las
leyes 13/1987 y 3/2001 que sólo
establecen en Valladolid la sede de
las Cortes, Presidencia de la Junta y
consejeros: en toal 300 empleos. 


En cuanto a la Administración
Institucional y al sector público
dependientes de la Junta, más de 150
entes radican en Valladolid con 2.000
empleos. Por esta supuesta
capitalidad, tiene las sedes de medio
centenar de entes de las
Administraciones Nacional y de la
Corporativa (Colegios Oficiales,
Federaciones de Deportes, etc.). 


El régimen de capitalidad español,
que ahora se reclama para Valladolid,
supone: Consejo y Consorcio nuevos;
presupuestos para servicios,
celebraciones, casco histórico y
obras; escaño en las Cortes para el
Alcalde; reserva de solares para
nuevas instituciones; etc. . 


La Junta lleva 29 años reuniendo en
Valladolid, lo que crea, lo que hereda
de Madrid y lo que «atrapa» de las
provincias. No hay voluntadpopular
tras ello, ni ley que lo autorice. Lo
único que hay detrás, es la intención
persistente de centralizar, algo
radicalmente opuesto a los principios
que dieron lugar a laEspaña de las
Autonomías: acercar la
Administración al ciudadano. 


En realidad la pregunta que
encabeza esta columna es fácil de
responder: Castilla y León se creó
para servicio de Valladolid, y lo uno
sin lo otro no se sostienen. 

jueves, noviembre 13, 2014

Valladolid, ¿esencia de Castilla ?. El caso de Villafrechós


 Nos informan de una curiosidad sobre esta localidad vallisoleta, que como sucede en otras ocasiones, en cuando profundizas un poco tiene origen leonés puro y duro.

 Localización de Villafrechós.

 
En la revista taurina ArteTaurino.es se puede leer un reportaje sobre los festejos populares de esta localidad. En la introducción del mismo, informan que esta localidad fue fundada por los Reyes Leoneses durante la Reconquista y que en documentación del Siglo XIII aparece el pueblo perteneciendo a la Diócesis de León. Como siempre, la historia es tozuda.

viernes, junio 22, 2012

¿ Por qué todo a Valladolid (Alejandro Valderas, El Mundo 21 de junio 2012)


¿Por qué todo a Valladolid?
Alejandro Valderas

(El Mundo de Castilla y León 21 de junio de 2012)

ES UNA pregunta común, en ocho
de las nueve provincias. Y debería
responderla a plena satisfacción de
los electores, quien. aspire a
proclamar a Valladolid como capital
autonómica.


Las sedes de la Administración
autonómica radican en Valladolid
desde 1983. Esto le ha supuesto a la
ciudad 20.000 nuevos puestos de
trabajo directos (la Administración
General) y la construcción o
rehabilitación de un centenar de
grandes edificios. Sobre el tema de la
capitalidad, el Estatuto remite a las
leyes 13/1987 y 3/2001 que sólo
establecen en Valladolid la sede de
las Cortes, Presidencia de la Junta y
consejeros:
en toal300 empleos.

En cuanto a la Administración
Institucional y al sector público
dependientes de la Junta, más de 150
entes radican en Valladolid con 2.000
empleos. Por esta supuesta
capitalidad, tiene las sedes de medio
centenar de entes de las
Administraciones Nacional y de la
Corporativa (Colegios Oficiales,
Federaciones de Deportes, etc.).


El régimen de capitalidad español,
que ahora se reclama para Valladolid,
supone: Consejo y Consorcio nuevos;
presupuestos para servicios,
celebraciones, casco histórico y
obras; escaño en las Cortes para el
Alcalde; reserva de solares para
nuevas instituciones; etc. .


La Junta lleva 29 años reuniendo en
Valladolid, lo que crea, lo que hereda
de Madrid y lo que «atrapa» de las
provincias. No hay voluntadpopular
tras ello, ni ley que lo autorice. Lo
único que hay detrás, es la intención
persistente de centralizar, algo
radicalmente opuesto a los principios
que dieron lugar a laEspaña de las
Autonomías: acercar la
Administración al ciudadano.


En realidad la pregunta que
encabeza esta columna es fácil de
responder: Castilla y León se creó
para servicio de Valladolid, y lo uno
sin lo otro no se sostienen.


EL MUNDO
CASTILLA Y LEÓN

lunes, diciembre 13, 2010

La Cantabria Leonesa


-La Cantabria leonesa. La Liébana, Cervera de Pisuerga, Riaño-



El autor


Jose Mª Villanueva Lázaro nace en Leon en 1922, bajo el signo de "Leo", en la casa nº 8 de la Plaza de San Marcelo. Estudia la carrera de Farmacia y obtiene la Licenciatura a los 20 años Instalado en Madrid se dedico a su gran afición, escribir, colaborando en las revistas "Acolar'', "El Europeo", "Tierras de León" y en el "Diario de León".


A la muerte de Mariano D. Berrueta concibe la idea de seguir sus huellas y escribe una trilogía sobre "La Ciudad de León". Interviene Cambien en el Congreso Internacional sobre el Camino de Santiago y actualmente es colaborador de "Pliegos de Rebotica- y de "El Faro Astorgano".


PRESENTACION


AL REINO DE LEON LE CORRESPONDEN OCHO Y MEDIA DE LAS ACTUALES PROVINCIAS


El Arte y la Historia se complementan, como se puede apreciar en este volúmen, que pretende contribuir a difundir el importante legado material de la cultura de esta región, perteneciente a tres provincias actuales, para lograr la concienciación de los naturales, para que cuiden de ella entre el inminente peligro que amenaza su irreparable pérdida.


De todas las ideas de este libro, la principal es demostrar que la provincia de Palencia pertenece al reino de León, como así también La Liébana en la actual provincia de Cantabria (Santander). Pongo especial interés en anteponer los artículos a los nombres de regiones, pueblos, montañas, etc., como sucede siempre en el habla leonesa, y así, no solamente es diferente a Castilla en la geografía e historia, sino además en sus tradiciones y lenguaje.


Con la definitiva unión de las coronas de Castilla y León a la muerte, en 1230, del rey leonés Alfonso IX, en la cabeza de su hijo Fernando III, poniendo límite este acontecimiento a la Alta y a la Baja Edad Media. Y aquí se inicia la pérdida del nombre de León y de lo leonés, ya que al ser el rey leonés y la reina castellana, por cortesía se antepone el nombre de la corona de la reina, y de ahora en adelante, los reyes se llamarán de Castilla y León, pero para las cancillerías, por simplicidad, no serán más que reyes de Castilla, de forma parecida llamamos los españoles, reyes de Inglaterra a los que son de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte.


Alfonso X el Sabio, hijo de San Fernando, dispuso la reunión de los gramáticos de las ciudades de León, Burgos y Toledo, para la redacción de un único idioma para todos los reinos de sus dos coronas de Castilla y León. Pero, desgraciadamente, se le empezó a llamar castellano, cuando en realidad era castellano-leonés.


Alfonso X también dispuso innovar el arte de escribir la historia abandonando el latín por el "castellano", por lo que los relatos épicos castellanos invadieron el campo de la historia mucho más de cuanto podía esperarse, pues no ya meras alusiones y episodios de los poemas, sino éstos en su integridad, se incorporaron reducidos a prosa. El Cid, que el obispo Pelayo de Oviedo, ni siquiera menciona, ocupa ahora, en la Primera Crónica Generad una parte del reinado de Alfonso VI muchísimo mayor que la dedicada al rey. Esto influyó en el desprestigio de los reyes leoneses y en la exaltación de los héroes castellanos, como Fernán González, El Cid, etc.


A1 ser largo el título de rey de Castilla y León, no solamente los foráneos, sino también los castellanos- leoneses, llamaban a sus reyes con sólo el primer título, como a Juan I de Castilla.


Cuando se realizó la unión con Aragón, se agudizó más la cosa, ya que se titulaban reyes de Castilla y Aragón. Y si bien es cierto que el gran condado de Barcelona (posteriormente llamado principado de Cataluña) corría una suerte pareja, por haberse casado el conde con la reina, es más sangrante lo de León, ya que Barcelona era sólo un condado, mientras que León era no solamente un reino, era el Reino-Imperio Hispánico, y Castilla había sido sólo un condado formado por León.


En la época liberal, los republicanos, para atacar a la monarquía, exaltaban exageradamente al Cid y otros personajes castellanos, achacando a los reyes de León todos los males y desgracias.


Lo anteriormente señalado y otras múltiples circunstancias, como la última guerra civil, de exaltación de las "banderas de Castilla", en Valladolid y Palencia, crearon la confusión de considerar a León como parte de Castilla, cuando la realidad es todo lo contrario. Así se dice idioma castellano al que se habla en Castilla y León, e incluso, al español se le denomina, impropiamente, como castellano, en la Constitución de 1978, aún cuando protestó de ello la Real Academia Española. El "creador" del español moderno es Miguel de Cervantes, que era leonés, y escribió en su Don Quijote tres capítulos en el leonés que se hablaba a fines del siglo XVI. Como esto de Cervantes, todo lo referente a León parece increíble, precisamente por ser la verdad, por ello lo voy diciendo en pequeñas dosis, para que no nos tomen por locos, así en este volúmen, indicó que Don Quijote derribó al "Caballero de Los Espejos", teniendo en cuenta el autor al pueblo leonés de Los Espejos, de la Tierra de La Reina; llamada así por doña Constanza que no era reina, y ni siquiera estaba enterrada en "su" sarcófago de la iglesia de Los Espejos de la Reina. Derribó a Don Quijote el "Caballero de La Blanca Luna", recordando que fue un Quijada quien derribó a Don Suero hijo del Conde de Luna.


Todo lo referente al Reino de León está de tal forma enmarañado, que me ha costado muchos años desenredar la madeja. Así en la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal, en el tomo XVII, volúmen 2°, en el capítulo "El Máximo Religioso", escrito por Luis Suárez Fernández, vemos un Mapa de las Aljamas del Reino de Castilla, en el que figura el reino de León con la Extremadura leonesa, formando parte del "Reino de Castilla" (ya no solamente Corona). Julio González en su "Reinado y Diplomas de Fernando III", en el capítulo "Tierras Repobladas", dice: "En los títulos parroquiales de Córdoba se ve la influencia toledana: en primer lugar, Santa María, y en segundo, El Salvador; después el arcángel San Miguel y los apóstoles Pedro, Andrés, Juan y Santiago; luego la Magdalena y los mártires Lorenzo y Marina...". Parece que estamos recorriendo la ciudad de León. Y si en Toledo hay esas iglesias y esos barrios, fue debido a que su conquista la realizó Alfonso VI el Leonés. Y si el escudo de Córdoba es un león rampante, se debe a su conquista por los leoneses descendientes de los mozárabes cordobeses que en los siglos IX y X, se refugiaron en León huyendo de las persecuciones de los califas.


No hay que culpar a ningún historiador, ya que está tan liada la madeja que para desenredarla se necesita gran paciencia, sobre todo habiendo castellanistas a ultranza, como el ya difunto fray justo Pérez de Urbel. El llamado pendón y escudo de Castilla, corresponde a dos leones y dos castillos; la llamada Corona de Castilla se corresponde a las coronas de Castilla y León, etc.


No obstante, el reino de León no ha tenido tan mala suerte como el de Toledo, que lo llamaron Castilla la Nueva, y ahora Castilla-La Mancha.


León tuvo la suerte que su representación, el león rampante fuera muy decorativo, y muy ilustrativo el decir, el león español, en contraposición al león británico. Los leones del salón del trono del palacio real de Madrid; los leones del Congreso de los Diputados, la representación de España por una matrona con un león a sus pies, etc.


Cuando España estaba dividida en reinos, el de León estaba formado por las siguientes actuales provincias: Oviedo y la mitad de Santander (la actual Cantabria), que formaban la Asturia de Oviedo y la Asturia de Santillana; La Liébana (Cantabria); León; Palencia; Valladolid; Zamora; Salamanca; y Cáceres y Badajoz, que formaban la Extremadura leonesa.


Algunos historiadores consideran a las pequeñas comunidades de Iscar, Olmedo y Peñafiel, de Valladolid, como castellanas. Pero más cierto es que cuando el rey Ramiro creó el Condado de Monzón para premiar al joven Asur Fernández, que sin ser conde había realizado verdaderas proezas, esas comarcas estaban incluidas en el nuevo condado. Para evitar la perdida de dicho territorio, astutamente Fernán González pregona el fuero de Peñafiel en el año 942; ''pero ya estaba establecido por el rey que el nuevo condado llegara a Sacramenia.


En este libro pretendemos llegar hasta los límites del reino de León en su parte noreste, y aunque Alfonso VIII de Castilla hizo lo posible para castellanizar el condado de Monzón, sobre todo en su parte oriental, no lo consiguió, ya que las costumbres y tradiciones siguen siendo leonesas.


Los asturianos de Gijón no quieren ser ovetenses; los santanderinos han querido ser Cántabros; los logroñeses riojanos. A1 reino de Pamplona y ahora a la provincia la cambiaron de nombre por el de Navarra.


Escribo este prólogo muy cerca del Puerto de San Glorio. Que se llama así a San Claudio. Este Puerto es la divisoria de Tierra de la Reina y de La Liébana, y más que separar a las dos comarcas, las une, por ser más fácil la comunicación, que con Santander. Comarca esta, extraordinariamente bella, que este libro pretende ser un resumen.


Llánaves de la Reina a 25 de julio de 1989

martes, junio 15, 2010

La cadena de agravios (Luis Carretero Nieva 1917)

La cadena de agravios


Cada una de las circunstancias de que Valladolid se sirvió para desalojar de nuestra tierra el espíritu castellano e implantar en su lugar el leonés, haciendo así posible la anexión de la región de Castilla la Vieja a la que, llamándose con el nombre de Castilla, continuaba siendo por todos conceptos. región de León, dio lugar a que Castilla la Vieja recibiese de.Valladolid otros tantos agravios. Tal vez la Intención de Valladolid no fuese la de ofender ni mortificar a Castilla la Vieja, pues su propósito se limitaba acaso a someterla a su dirección, suponiendo quizás que Castlla la Vieja podría amoldarse a la norma leonesa; pero lo cierto es que en cada uno de esos agravios ha habido un perjuicio para nuestra región de Castilla la Vieja, que se ha despertado revuelta por el dolor de las heridas. Es oportu­no recordar que todos los dominadores invocan siempre para justificarse el provecho de los dominados, y que alegan que el pesar de verse conquistado queda resarcido con los beneficios aportados por la dirección de los dominadores argumentos que los sometidos aceptan por imposición de la fuerza o por ignorancia de la astucia en las llamadas conquistas pacíficas, pero que rechazan siempre que se dan cuenta de la estratagema de los intrusos y no vienen obli­gados a acatarlos por fuerza.

Todos esos agravios que nuestra región de Castilla la Vieja ha recibido de Valladolid, no pueden ser pasados en silencio por nosotros, pues los principios de la cortesía no bastan para que prescindamos del deber de atender a los intereses de nuestra tierra castellana vieja, cosa que consideramos superior en mucho a las consideraciones corteses debidas a Valladolid. Además, en todo esto hay que hablar clarísimamente y es una candidez ocultar que Valladolid con sus actos y las restantes provincias leonesas por su solidaridad con ella, han suscitado el resentimiento de Castilla la Vieja, si bien es cierto que el enojo que indudablemente ha causa­do la conducta de Valladolid, cesará tan pronto como las pro­vincias de la región leonesa dejen de inmiscuirse en asun­tos de Castilla la Vieja. El enfado de Castilla la Vieja, es debida a que la conducta de la región leonesa constituye un ataque a la Integridad de la personalidad de nuestra región, pero cesará tan pronto como los castellanos estemos segu­ros de que los leoneses no han de ser un peligro para la emancipación de Castilla la Vieja, ni un obstáculo para que los castellanos poseamos el dominio de nuestra voluntad co­lectiva regional. Cuando cesen los ataques, las pretensiones de dominio o intrusión, cesarán los rencores. La cordiali­dad de mañana está más en las manos de los leoneses que en las nuestras.

La concentración de los ferrocarriles en Valladolid ha constituido un despojo a Castilla la Vieja; la anulación de nuestro espíritu regional es una humillación; la suposi­ción de la igualdad de pueblo constituye un acto de desfi­guración; la afirmación de homogeneidad de territorio es una falsedad; la aplicación del. nombre de Castilla una ficción, y finalmente, el hecho de tomar el silencio de Castilla fa Vieja como asentimiento a la labor vallisoletana, es apro­vecharse de un estado de postración.

La concentración de ferrocarriles en Valladolid es un despojo, porque desviando todas sus líneas para que pasa­sen por Valladolid, se ha privado de ellas a todas las zonas centrales de Castilla la Vieja y por hacer que Valladolid. tuviese acceso fácil a las ciudades de Castilla la Vieja, se ha sacrificado en provecho de Valladolid la comunicación de las ciudades de Castilla la Vieja entre si y dentro de región, hasta el punto que ninguna de nuestras seis capitales tiene línea directa a otra de ellas, resultando además que entre las líneas actuales quedan extensiones enormes de terreno sin vías férreas. Lo más notable del caso es que Valladolid pretende todavía mayores privilegios, deman­dando que las energías necesarias para dotar de ferroca­rriles a regiones como la nuestra de Castilla la Vieja, huér­fanas de ellos,-se empleen en construir el pretendido ferrocarril Valladolid-Vigo, lo que ha dado motivo para que al fijarse nuestra región en las aspiraciones de Valladolid, se haya percatado de las ambiciones de esta ciudad en otro de orden de ideas y se haya convencido de su incompatibilidad con Castilla la Vieja. Castilla la Vieja no puede tolerar se hable de ferrocarriles en España, sin que se estatablezcan primero las comunicaciones necesarias de Santan­der con Segovia y Soria, por Burgos; de Santander con Logroño y de Logroño con Soria y Burgos; es decir, sin que se construya la red de comunicaciones interiores de Castilla la Vieja, que por consecuencia de la distribución de sus líneas actuales, no está ni aun comenzada.

La anulación de nuestro espíritu regional, aprovechán­dose de las circunstancias por las que pasaba nuestra re­gión, ha sido hecha por Valladolid, porque en Valladolid se ha forjado toda esa leyenda de la igualdad de carácter entre León y Castilla la Vieja; porque desde Valladolid se ha hecho la inoculación de la manera de ser leonesa en Casti­lla la Vieja; porque desde Valladolid se ha procurado que los castellanos acepten los gustos, las costumbres, las aficiones de tos leoneses, del modo como el esclavo tiene que aceptar las costumbres, las aficiones y los usos del amo; par eso la anulación del espíritu regional castellano pura aceptar el de León, es una humillación para Castilla la Vieja.

Al hablar del pueblo castellano, los vallisoletanos le han desfigurado para asemejarle al leonés y con ello han inferido una ofensa a los castellanos viejos, pues todo el que se ve disfrazado se siente ofendido. La afirmación de que en toda la cuenca del Duero hay un pueblo único es completa­mente arbitraria y arbitrario es también afirmar que las cumbres de la cordillera ibérica separen la habitación de dos gentes distintas. El pueblo que vive en las cabeceras del valle del Duero tiene un ascendiente étnico diferente del de las llanuras del bajo de dicho río, pero procede en cam­bio del mismo tronco que los pobladores de las riberas de­rechas del Ebro. El pueblo leonés se porta siempre con una delicada sagacidad que, asemejándole a sus vecinos los gallegos y asturianos, dota a sus actos de gran valor y eficacia; el pueblo que vive en las tierras altas del valle del Duero, obra con el mismo ingenuo desenfado que las gen­tes de Aragón. El pueblo de las llanuras leonesas pronun­cia con elegante suavidad un castellano de puro abolengo latino, mientras que en las tierras de Castilla la Vieja el lenguaje, con un léxico mucho más rico, se halla nutrido de palabras procedentes tal vez de los idiomas autóctonas de España y la pronunciación carece de la llana dulzura de los leoneses, asomando en ella el tono dejoso y enérgico que llega a confundirse casi con la manera aragonesa en las riberas riojanas y en las tierras orientales de Soria. El pueblo del alto Duero, por origen, por temperamento y cos­tumbres, por gustos, es claramente baturro, si bien su ba­turrismo no alcance el vigor de Aragón y las riberas rio­janas y navarras, consignando también que va atenuándose a medida que marchamos hacia el poniente.

La afirmación de que Castilla la Vieja y León tienen un mismo territorio, es una falsedad.. No puede admitirse esa afirmación, ni aun siquiera refiriéndola al reino de León y las tierras de Castilla la Vieja, en el valle del Duero, porque es una enormidad afirmar que todos los terrenos que cons­tituyen, una cuenca hidrográfica son uniformes, porque se­parándose las cuencas por montañas dentro de una misma cuenca, han de formar las grandes interminables llanuras y los terrenos escabrosos de las faldas de las sierras; den­tro de una misma cuenca, están las tierras bajas de las libe­ras, con sus climas templados y las tierras altas de las montañas con las nieves, las lluvias y los fríos; dentro de una misma cuenca se comprenden los montañeses de vida forestal o ganadera, generalmente industriosos y los ribereños comúnmente agricultores. Esto ocurre precisamente en Castilla la Vieja. Las tierras altas de Soria tienen una semejanza que casi es identidad con el país de Cameros y con las sierras segovianas, así como con los altos de Reinosa, pero se diferencian radicalmente del país de la pro­vincia de Zamora. El caso se repite a todas horas: Reinose y Tortosa son ambas de la cuenca del Ebro, pero no tienen el menor parecido; lo mismo ocurre con Soria y Oporto en el valle del Duero y con Molina de Aragón y Lisboa en la cuenca del Tajo.

El empleo que los vallisoletanos han dado a la palabra Castilla, ha sido una argucia que lea redundado también en perjuicio de nuestra región. Como esa palabra se ha tomar do en varias acepciones y como los catalanes la emplean para denominar a la España no catalana, resulta que Va­lladolid, valiéndose de tales equívocos, ha tomado varias veces la representación de Castilla y a titulo ilegítimo de provincia castellana, ha obtenido mercedes en compensa­ción a las conseguidas por otras regiones españolas, lle­vándose de ese modo lo que en una equitativa distribución hubiera correspondido a una provincia de Castilla la Vieja; esto, a más de constituir un usufructo indebido, implica una ofensa a la dignidad de una región tan poco respetada, que cualquier ciudad se sirve de ella tan arbitrariamente.

Y nos vemos obligados además a protestar de otro agravio que las provincias leonesas han inferido a la región de Castilla la Vieja y que ha consistido en abusar de la in­ferioridad de ésta, del estada de atonía en que se encontraba, de la disgregación de sus provincias, de la anulación de relaciones entre las comarcas de Castilla la Vieja y de la desaparición del concepto de la región para afirmar la unidad espiritual y efectiva de Castilla la Vieja y León, considerando el silencio de los castellanos como el sancio­namiento de esta unificación, a cuyo fin, si en Castilla la Vieja alentaba por casualidad algún resto de vida indepen­diente, pronto se ahogaba atrayendo hacia otra parte las energías necesarias para sostenerla. Las provincias leone­sas habían conseguido que toda España considerase como desaparecidas a las antiguas regiones de Castilla la Vieja y León y constituida en su lugar otra integrada por ambas que tenía su centro en la tierra de Campos. El poderío de los vallisoletanos consiguió que toda Espada y muy princi­palmente las opiniones de Madrid y Barcelona, considera­sen a Valladolid como verbo del pensamiento de Castilla, habiendo logrado también que despreciasen las aspiracio­nes de Castilla la Vieja, iniciadas y defendidas por la acción autónoma del país que fue el antiguo reino, considerando que sus seis provincias constituían parte de una región de­bidamente representada y no tenían autoridad para hablar en nombre de una agrupación ya desaparecida, creyendo tam­bién que nuestro silencio significaba aprobación de estos hechos.

Todos estos manejos tendían a presentar como una sola las dos regiones, persiguiendo en el fondo una cuestión económica de intereses, pretendiendo beneficiar a los de Valladolid en primer término y a los de la región de León en segundo lugar, sin preocuparse de los demás. No es de extrañar que todo el afán de los anexionistas vallisoletanos se concentrase en demostrar la coincidencia de los intere­ses de Castilla la Vieja con los de León, imponiendo los leoneses a los castellanos e infiriendo con ella otro agravio a nuestra región.

Todo el sistema económico de la región leonesa, se fundamenta en la producción agrícola, principalmente en la cerealista, habiendo sido esta producción cerealista el pre­texto que se ha tomado para proclamar la identidad de in­tereses entre Castilla la Vieja y León. Ciertamente que Castilla la Vieja cuenta actualmente con una no desprecia­ble cantidad de grano cosechado; pero hay que alegar que la producción de cereales ni es suficiente para atender a la creación de una positiva riqueza en la región de Castilla la Vieja, ni tiene la importancia que en las comarcas leonesas, ni se aviene a las condiciones agronómicas naturales de nuestra tierra. Valladolid sabe muy bien que en el orden de producción cereal posee una indiscutible supremacía sobre toda España, y piensa muy acertadamente que cuan­to mayor sea la importancia del circulo cerealista español, mayores serán también la autoridad que adquiera y los emolumentos que pueda disfrutar. No tenemos por qué estudiar, pues no nos importa el que la región de León sea, como parece, país e propósito para el cultivo preferente de ­los cereales, bastándonos con saber que hoy es una región eminentemente triguera; pera si debemos de insistir en que en Castilla la Vieja los intereses trigueros no tienen impor­tancia natural, sino que su desarrollo obedece a imposición de las circunstancias y que las condiciones en que se des­arrolla la producción de cereales, las que determinan las leyes de su economía, son distintas en Castilla la Vieja y en León, de tal modo, que aun considerando como atendi­ble en Castilla la Vieja lo que se refiere a cuestiones trigue­ras, ni alcanzan la superioridad que en León tienen sobre otras intereses regionales, ni admiten las mismas solucio­nes, ni requieren iguales atenciones y preferencias que en la región leonesa, porque tampoco tienen estas cuestiones en nuestro país las mismas necesidades que en el de León.

En tres formas principales se presenta la producción del campo: la ganadería, el cultivo, forestal y el llamado agri­cultura por antonomasia, que nuestros campesinos llaman ton mucho acierto labranza. La riqueza agraria de un país es el conjunto de la creada en estas tres formas, es decir, que no se reduce solamente al cultivo triguero, ni aun si­quiera lo que se llama la labranza, de la que los cereales son sólo una parte, siendo por consiguiente un error hacer sinónimas las palabras agricultura y cultivo de cereales, como alguien pretende en nuestra tierra, con tal fanatismo, con tal desprecio, que hay quienes sólo consideran regiones agrícolas a las que cultivan los cereales, considerando que las demás no merecen este título, lo que constituye una obcecación tanto más lamentable cuanto que es preciso confesar que es la agricultura cerealista la más mísera y pobre de todos las agriculturas, al menos dentro de España.

La agricultura cerealista tan mísera que sólo puede sub­sistir en las circunstancias que se dan en España al amparo un régimen protector, es en Castilla la Vieja una impósición, un destino que se ha dado al campo, obligado por una serie de desastres. administrativos, técnicos y sociales que han destruido las aptitudes ganaderas del país y destrozado su patrimonio forestal; pero las facultades natura les del territorio serán siempre las ganaderas y forestales y cuanto no sea restituirle a su apropiada situación, será ir contra la naturaleza. Consecuencia de ello es que a pesar de todos los esfuerzos y. en contra de todas las creencias venerables, de las seis provincias de Castilla la Vieja, tan sólo una, la de Burgos, puede ponerse al lado de las trigue­ras de España; es decir, que las cuestiones trigueras, a más de ser creación artificiosa en nuestra región, son de interés particular de varias comarcas, pero no de carácter general.

Por añadidura, el proceso de la producción triguera en Castilla la Vieja, es diferente que en el reino de León, dentro del cual puede considerarse uniforme. Las regiones de Casulla la Vieja y León tienen diferente carácter agrario por ser distintos la naturaleza del suelo, la altura sobre el nivel del mar, la topografía, las temperaturas y el régimen de las lluvias; las regiones de Castilla la Vieja- y l León se encuentran en distinto grado de adelanto y cultura agrario; el problema de los riegos tan esencial en agricultura requie­re soluciones diferentes en Castilla la Vieja, y en León tanto por ser distintas las necesidades de la vegetación, como por ser otras las fuentes abastecedoras del agua, como por tratarse de una topografía distinta que ha de originar obras también distintas, como que en Castilla la Vieja los grandes canales no son posibles, pues ni hay grandes ríos con que alimentarles, ni amplias extensiones de terreno despejado y apto para la producción agrícola.,Las cosechas de trigo, la mismo en cuantía que en calidad no siguen en Castilla la Vieja las mismas normas que en León, y esto hace que sus consecuencias en el orden económico tampoco. coincidan.

Valladolid no solo ha perjudicado a Castilla la Vieja al inducirla a anteponer los intereses de la labranza sobre otros más adaptables al país castellano, sino que le ha per­judicado también, porque quiere además someter a la agri­cultura castellana a la misma dirección que la leonesa, siendo el resultado de que, cuanto se hace en agricultura, beneficia a los labradores leoneses y es ineficaz cuando no perjudicial para los castellanos. Entre otras consecuencias perniciosas para Castilla la Vieja, figuran dos: el despojo que Valladolid nos ha hecho de la que debiera ser institu­ción para el fomento de la agricultura de Castilla la Vieja, la Granja regional y el obligar a que la economía agraria, la que pudiéramos llamar política, economía agraria de la región, esté sometida a una dirección inadecuada.

No es de este lugar decir si a la región le conviene tener una Granja agrícola para toda ella, o al corno parece más lógico, dadas las diversidades comarcales, sería preferible la creación de pequeños establecimientos a propósito para cada comarca. Lo que sí tenemos que afirmar, es que la Granja de Valladolid, situada en un país idéntico al de la de Palencia, será tal vez utilísima para la agricultura leo­nesa, pero es ineficaz para la de Castillo la Vieja, La Gran­ja de Valladolid, situada en las zonas de los cereales y de la vid, podrá servir sí acaso para ciertas partes de Castilla la Vieja, linderas por occidente con la región de León; pero no pueden ser eficaces para el país que constituye el núcleo central de la región de Castilla la Vieja, tan distinguida por sus condiciones forestales y ganaderas. Una institución de experiencia agrícola, a. propósito para las necesidades de nuestro país, de no fraccionarse en otras dispersas por nuestras comarcas, debe situarse en las estribaciones de loa cordilleras, tipo dominante del terreno regional, en puntos donde pudiéndose sembrar cereales sea factible, sin embargo sostener prados, criar ganadas y cultivar raíces y tubérculos en las condiciones que caracterizan a la mayoría de nuestro territorio, en el que apenas existe la zona agro­nómica de la vid, y en cambio, aparece la de los prados por todos lados.

La dirección de las provincias leonesas no conviene a las necesidades agrícolas de Castilla la Vieja. Esto es una consecuencia de la heterogeneidad ya demostrada en la materia, que ha hecho que todo cuanto se ha trabajado con­juntamente en ambas regiones haya beneficiado a León, pero no a Castilla la Vieja.

Estas regiones han de sustentar Ideales agrarios dife­rentes, adecuados a sus respectivas condiciones. El ideal leonés está ya determinado; consiste en el incremento de su producción triguera, supeditando a ella todos los demás cultivos en cuanto permita la alternativa de cosecha acon­sejada por la ciencia moderna. El ideal castellano no está tan bien conocido como el leonés. Desde luego, puede afir­marse que en este ideal que se busca, ha de tomar una parte muy principal la producción ganadera, basada en la mejora de las razas locales. Afortunadamente, la atención de Castilla la Vieja se va fijando en este punto, y la labor meritísima de la provincia de Santander, maestra que debe ser de Castilla en ganadería, va teniendo imitadores. La provincia de Santander dio el ejemplo con sus razas vacu­nas paniega, tudanca y campurriana, y la de Ávila la se­cunda tratando de mejorar la raza barqueña, con lo que El Barco de Ávila demuestra conocer la verdadera orientación que ha de darse al país castellano. Por lo que hace a Se­govia, ya ha comenzado su trabajo de mejorar la raza bo­vina serrana, haciendo de ella una especialidad para el país.
Desde Santander a Ávila, con excepción de las riberas vlticolas de la Rioja y de algunas zonas cerealistas de nuestras fronteras occidentales, el país de Castilla la Vieja tiene un ideal agrícola caracterizado por la siguiente común condición: la agricultura exige una asociación a la ganade­ría mas íntima que en otros países, con predominio de esta última, compenetración que ha de llegar en muchos puntos de la región, hasta el extremo de consumir los productos del cultivo en la alimentación del ganado.

LUIS CARRETERO NIEVA
El regionalismo castellano
Segovia 1917
Pp. 193-203

lunes, junio 14, 2010

La campaña vallisoletana (Luis Carretero Nieva 1917)

La campaña vallisoletana

Aun sin tener en cuenta relaciones históricas, Valladolid es hoy día, de una manera innegable, por razones de tem­peramento del pueblo, de ideales, de aspiraciones, de inte­reses económicos, de comunicación constante, de homoge­neidad de territorio, una provincia leonesa. Por el prestigio
que tiene entre todas las ciudades del antiguo reino de León, por su grandísima --capacidad intelectual, económica y política, por su heroicidad ejemplar en la defensa del país leonés, por el dominio y autoridad que respetan todas las comarcas de la región y por el acierto con que presenta cuantos asuntos interesan al pueblo que vive en el territorio del extinguido reino de León, Valladolid posee efectiva e indiscutlbiemente la capitalidad, la jefatura de la región de León presente. Además, la región de León tiene su fisonomía,sus intereses, sus aspiraciones e ideales propios, que nosotros no nos incumbe estudiar, defender, ni atacar y de los que tan sólo protestamos en cuanto que se trate de hacer ver que por el hecho de ser adecuados al reino de León corresponda que Castilla la Vieja los acepte como adecuados, también a ella.

Valladolid procede siempre como excelente capital del reino de León, pero siente deseos de ensanchar el campo .de su poder. Arregostado por los honores que disfrutó siendo capital de Espafia, no se resigna a ser una de tantas ciudades españolas y halagado por el titulo que le da el vulgo de Antesala de la Corte, quiere disfrutar, en el grado mayor que pueda, de las preeminencias de que gozan las ciudades cabezas de los países y quisiera seguir a Madrid como su lugarteniente en una zona española, siendo la ca­pital de, una buena parte de España, concentrado en las orillas del Pisuerga el gobierno de esa zona que Valladolid hubiera querido formar agrupando el mayor número de co­marcas; pero se ha encontrado con que Galicia y Asturias tienen demasiado definida su personalidad y sus aspiraciones para someterse a una tutela extraña y ha tropezado can que Madrid era un obstáculo para Castilla la Nueva y Ex­tremadura y aun para Segovia y Ávila; se ha persuadida da que Zaragoza tiene mucho influjo sobre Logroño, sobre Soria y basta sobre una gran zona de Burgos; de modo que Valladolid sólo podría aspirar a dominar sobre el reino de León, que no bastaba a su ambición y previa una labor de anexión sobre -parte de la cuenca alta del Duero y la provincia de Santander.

Valladolid comprendió que con un poco de audacia y sagacidad podría llevar a cabo esa labor de anexión, pero como a todo el que tiene algo muy interesante que ocultar, le llegó un momento en que le faltó la paciencia necesaria para persistir en el disimulo y descubrió el juego, con lo que dio lugar a una protesta ruidosa, provocada por la in­dignación que los propósitos de Valladolid produjeron en las provincias de la histórica región de Castilla la Vieja; sin embargo, en el largo plazo que Valladolid pudo apro­vechar ante el descuido de Castilla la Vieja, adelantó bas­tante terreno en la tarea de destrucción del carácter genui­namente castellano, preparatorio de la empresa propuesta de anexión a León, pudiendo trabajar apoyado por un con­junto de circunstancias favorables a sus ambiciones. El plan que se propuso Valladolid para aniquilar el espíritu castellano viejo, fue sencillamente el de desalojarle, intro­duciendo en su lugar el espíritu leonés en Castilla la Vieja, arrancando ramas que al separarse del tronco se marchitaron e injertando otras para que viviesen en el lugar de las primeras.

Las circunstancias que han facilitado a Valladolid el desarrollo de su plan anexionista, han sido: la concentración en Valladolid de las comunicaciones ferroviarias hasta convertirle en clave de las mismas; la anulación del espíri­tu regional castellano viejo; la suposición de igualdad de pueblo en Castilla la Vieja y León; la apariencia de homo­geneidad de territorio entre ambas regiones; el equívoco a que se presta la palabra «Castilla» en sus significados geográfico e histórico; la pretendida coincidencia de intereses entre Castilla la Vieja y León y, finalmente, el silencio de Castilla la Vieja durante varios años, que se ha tomado. :como aprobación tácita de la campaña vallisoletana.

La red ferroviaria castellana vieja parece hecha con el deliberado propósito de destruir su vida interna y someter al país a la dependencia de poblaciones limítrofes. Cuatro capitales castellanas tienen comunicación directa con Va­lladolid, pero todas esas cuatro necesitan dar un gran rodeo para comunicarse entre sí. Otra ciudad de la región está, enlazada con Bilbao y Zaragoza con gran ventaja para ella, pero no tiene vía férrea para ninguna otra de Castilla la Vieja y deja en el mayor aislamiento a la mayor zona de su provincia, a pesar de ser país que ha contado con los servicios de poderosos políticos nacidos en su suelo. Los ferrocarriles que hoy sirven a Segovia, Ávila, Burgos y Logroño, pasan por esas ciudades porque son camino para otras a cuyo beneficio fueron construidos, pero no fue el Interés de esas provincias castellanas el que promovió la creación de esos ferrocarriles; así es que tales líneas pasan por aquellas zonas de esas provincias que encuentran en su derrota, pero no penetran en ellas más que lo que determi­nan las exigencias de su trayectoria. El ferrocarril de Cas­tejón a Bilbao, siguiendo a la orilla dei Ebro, pasa a lo largo de la provincia de Logroño por su misma linde, pero deja apartada de las comunicaciones a casi toda la provin­cia; otro tanto ocurre en Ávila con el ferrocarril de Madrid a Irún, que pasando la provincia de Ávila por su frontera oriental, deja abandonada la mayor porción de su territo­rio; el ferrocarril que desde Collado-Villalba va a Medina del Campo atraviesa la provincia de Segovia, acercándose a las zonas servidas por la línea de Ávila, pero dejando en el olvido a la mayor extensión de la provincia de Sego­via y, por añadidura, apartándose de su camino que debie­ra dirigirse a Burgas, con lo que sería útil para la provincia segoviana. El ferrocarril del Norte cruza la provincia de Burgos porque no tiene más remedio, pero se le desvió Innecesariamente para que pasase por Valladolid, sirviendo a esta ciudad con perjuicio de muchas comarcas. El ferrocarril del Duero, que atraviesa la provincia de Burgós por su parte sur se ha hecho para servir los intereses de loa productores de trigo que acuden al mercado de Valladolid. Resulta que Castilla la Vieja posee aquellos ferrocarriles, que han tenido necesidad de atravesar por su territorio para servir a otras regiones y muy principalmente para comodi­dad y provecho de Valladolid.

Claro es que esta situación de las comunicaciones, este aislamiento que se estableció entre las provincias de Casti­lla la Vieja y esta perturbación constante que Valladolid pudo ejercer, valiéndose de las excelentes vías de que dis­ponía para llegar a todas partes de Castilla la Vieja, para infiltrar en todo momento en el territorio castellano aquellas ideas que convenían a su plan de dominación, acabaron por destruir el concepto que los castellanos viejos tenían de su tierra y de su raza, desapareciendo aquellas pocas o muchas ideas que, en unión de otras sucesivamente des­arrolladas, pudieron dar origen a un idearlo regional de Castilla la Vieja, de haber tenido nuestra región la indepen­dencia de criterio necesaria para conocer por sí misma su situación y trazarse, también por si misma, la norma de conducta necesaria para una eficaz labor de renacimiento, lo que supone además la existencia de un principio de ca­pacitación por el solo hecho de intentar reconstituirse. Pero por desgracia, Castilla la Vieja era terreno propicio para desarrollarse toda ciase de extrañas hierbas que en semilla llegasen a su suelo, por carecer de una vegetación propia suficiente a absorber todos sus jugos. Castilla la Vieja aceptaba toda cultura, todo sistema de ideales que viniese desde fuera por carecer de otros propios y genuinos de ­ella formados en su mismo suelo, por sus mismos hombres y sancionados por sus mismas experiencias. El espíritu de un pueblo se forma por una serie de sentimientos y de ideas, sentimientos desarrollados en la masa de ciudadanos y sancionados y aquilatados por obra del. arte, principalmente por ese arte, obra de autor anónimo que se llama popular, y en cuanto a las ideas, forzosamente tienen que salir de un conjunto de personas pensadoras, dotadas de una preparación estudiosa.

En todo ser humano y en todas las colectividades que forme, se necesita un conocimiento de sí y del medio en que vive para dirigir sus actos. Necesita, pues, un conjunto de ideales que le Inciten a vivir y una serie de conocimientos que le sirvan de instrumento para realizarlos. Estos co­nocimientos han cíe referirse al ideal, al individuo o colectividad y al medio en que han de desarrollarse, constituyendo una cultura propia, la que, unida a otro conjunto de sentimientos y costumbres también propias, ha de originar un principio de civilización.

Castilla la Vieja poseía ese arte propio, que es reflejo de los sentimientos del pueblo y posee también un conjunto .de costumbres genuinas que son igualmente expresión de su carácter; pero tanto el arte popular como sus costum­bres típicas han - sido poco atendidos, perdiéndose una parte de aquél y olvidándose muchas de éstas. El arte po­pular se manifiesta principalmente en las canciones, por ser la música la forma artística más accesible al pueblo y la ri­queza musical de Castilla la Vieja ha estado mucho tiempo olvidada y casi lo está hoy, habiendo ocurrido igualmente con las costumbres. Es decir, que el carácter castellano ha estado amortiguado, aletargado durante muchos años y en ese tiempo le ha sido fácil a Valladolid sustituirle por el leonés.

Claro es que esta sustitución, este reemplazo intentado del espíritu castellano por el leonés, no hubiera sido posi­ble pretenderle si existiese una cultura castellana, ni será posible tampoco que la sustitución se haga como haya in­tención y lugar de crear esa necesaria cultura castellana que estudie el país y sus problemas en todos sus aspectos, evitando que en nuestra región se trasplante una cultura leonesa que no puede dar frutos sazonados pava nuestras paladares.

A todo esto hubo alguien que, exagerando la teoría de que los pueblos se dividen según las fronteras natural, a pesar de las innumerables pruebas que hay en contrario, proclamó la identidad de los pueblos leonés y castellano viejo, sustentando el mismo criterio que expone Macías Picavea en su libro El Problema Nacional, páginas 111 a 118, dando por sentado que los hombres de la meseta leonesa tienen el mismo temperamento, la misma proce­dencia étnica y los mismos caracteres físicos que los cas­tellanos y pretendiendo que la consideración de las varia­ciones dialectales vengan en apoyo de su teoría, sostenien­do en contra de lo que cualquiera puede comprobar por si mismo, que el castellano viejo, castiza tronco de la filología ibérica, se habla can igual pureza y con idéntica gravedad se pronuncia en toda la cuenca del Duero, hecho a todas luces falso, así como falsas son las semejanzas que los vallisoletanos atribuyen a los pueblos leonés y caste­llano viejo. Estas semejanzas que los vallisoletanos sos­tienen existir, proceden de que se ha prescindido del verdadero carácter físico y moral de los castellanos, porque no se ha estudiado su tipo, ni su temperamento, ni sus cos­tumbres, ni sus aficiones y se ha admitido a priori y sin razón ninguna, coma lo hacia Picavea, que su manera de hablar no coincide con la de los leoneses. Valladolid ha tenido gran empeño en propagar esas ideas; pues si pudie­se convencer a los castellanos de que el pueblo leonés y el castellano son uno sólo, ciertamente que seria Valladolid la ciudad más indicada para dirigir a ambos.

La homogeneidad de territorio acompañada de la igual­dad de clima creando un mismo medio que obre sobre la raza y engendrando unos mismos productos gire influyan de la misma manera sobre los nombres, es otro de los argumentos que colocan a una comarca en la clasificación natural de un país. De aquí el afán de los vallisoletanos de presentar como uno sólo por su semejanza el territorio leo­nés y el castellano, porque siendo un país el conjunto de territorio y de pueblo, si se demuestra al mismo tiempo la igualdad de dos pueblos y de los dos territorios que ocu­pa, queda probado que esos territorios y esos pueblos constituyen un solo país. Con el territorio castellano han hecho tos vallisoletanos lo misma que con el pueblo; no se han ocupado de estudiarle, no les ha importado conocerle, pues les bastaba saber que nadie se cuidaba de investigar cual era la verdadera naturaleza del territorio de Castilla la Vieja; les bastaba saber que esa naturaleza era cosa igno­rada para propagar por todas partes, hasta por la propia Castilla la Vieja, que su territorio era el mismo de la región leonesa, teniendo suficiente con tomar los caracteres del territorio leonés y afirmar que también lo eran de Castilla -la Vieja, pues nadie se cuidaba de comprobarlo ni de rectificarlo.

Y hay otra circunstancia que ha sido habilísimamente utilizada por los vallisoletanos: es el equívoco a que se presta la palabra «Castilla» por los varios significados que puedan atribuírsele según el desarrollo de la organización territorial de España. No hay que olvidarse nunca de que Castilla es la palabra que nació para ser nombre de una nación engendrada en el seno del reino de León y emancipada después de su poder tiránico. No hay que olvidar que Castilla se agregó nuevamente al reino leonés y que volvió a separarse de él varias veces. No hay que olvidar que Cas­tilla es palabra que sirvió para designar a un conjunto- de naciones agregadas, una de las que era Castilla, pero cometiendo la impropiedad de aplicar al todo el nombre de una parte. No hay que olvidar que con el nombre Castilla y el adjetivo Nueva, se designó al que fue reino de Toledo creado por las conquistas castellanas y leonesas para so­meterle al mismo cetro que regía los varios estados integrantes de aquélla agregación. No hay que olvidar que al país primitivo de Castilla, hubo que agregarle el adjetivo Vieja para distinguirle del reino de Toledo. No hay que olvidar que la agregación castellano-leonesa se agregó a su vez con la confederación catalano-aragonesa y que se vol­vió a cometer el error de llamar con el nombre de una parte al todo; así es que los catalanes llaman Castilla al conjunto de todos los demás estados que se agregaron con el cata­lán. Claro es que todo este maremagnum procede de haber dado o la palabra Castilla significados inconvenientes. En virtud de ese error se dice, por ejemplo, que Valladolid fue Capital de Castilla, cuando no hubo tal cosa; pues Valladolid no fue capital de Castilla, sino de la agregación de estados formada por Castilla, León, Galicia, etc., como lo fueron - igualmente Toledo, Sevilla, Madrid y otras ciudades.

Claro es que de todos los argumentos, de todas las consideraciones expuestas, ninguna convidaba a una acción común que sumase en uno sólo los dos pueblos castellano y leonés como una coincidencia de intereses, coincidencia que podía proceder de dos orígenes: de que los pueblos de Castilla la Vieja y León por ser iguales y asentados sobre el mismo territorio, tuviesen idénticos intereses o de que tanto pueblo como territorio de una y otra región, aun sien­do distintos, tuviesen condiciones que se completasen esti­mulando la asociación. Este fundamento del complemento de cualidades y condiciones no cuadraba al pensamiento vallisoletano y no se acogió a este argumento, pues para ellos es cuestión trascendental la identidad absoluta de su región y la nuestra.

Este tema de la coincidencia de intereses, ha sido preci­samente el que ha despertado la atención de Castilla la Vieja , el que le ha inducido a estudiar por si misma sus problemas, el que ha traído la ocasión de que Castilla vea por sus propios ojos y se convenza firmemente de que sus intere­ses ni coinciden con los de León, ni se completan, sino que recíprocamente se oponen muchas veces. Este terna, después de vistas las diferencias, es precisamente el que ha sembrado el recelo en Castilla la Vieja y el que ha hecho que se convenza de que debe de alarmarse ante toda tenta­tiva vallisoletana y de que está obligada a permanecer siem­pre en guardia contra nuevas estratagemas.

La campaña de Valladolid transcurrió en medio del silen­cio de Castilla la Vieja, sin que ninguna protesta se levan­tase contra ella, pero también sin que en ningún caso hiciesen las provincias castellanas viejas acto ninguno que sancionase lo hecho por Valladolid. Todo se hacía dentro del reino de León. A las provincias leonesas se consultaba por los organismos vallisoletanos cuando a éstos les con­venía; en tierra leonesa se desarrollaban las propagandas, y las provincias leonesas apoyaban de diferentes maneras lo ejecutado por Valladolid. El silencio de Castilla la Vieja se tomó como aprobación a esta conducta y se creyó que las provincias leonesas eran el centro de la vida castellana y que si las provincias castellanas no intervenían en estas campañas, se debía a que habían delegado de una manera tácita en las leonesas todo lo referente a cuestiones regio­nales, pero que Castilla la Vieja se hacía solidaria de las provincias leonesas, cuando en realidad, lo que ocurría, es que de parte de Castilla la Vieja había para toda diligencia de Valladolid y demás provincias leonesas, una indiferen­cia extrema, que toda su gestión era recibida con la insen­sibilidad de una cosa que nada tenía que ver con Castilla y si no se protestó antes de todas esas campañas, fue porque nadie en Castilla se creyó obligado ni autorizado para llenar la representación de la región, porque la noción de la misma se había perdido; nadie se acordaba dentro de nues­tro territorio, de que las seis provincias de Castilla la Vieja pudieran tener entre sí lazos de relación que les ligasen, siendo preciso que se continuase la campaña emprendida por Valladolid, que siguiese esta ciudad usando la representación usurpada de Castilla la Vieja en provecho de los intereses leoneses, para que Castilla la Vieja se estimulase y decidiese restaurar el concepto de su personalidad y re­cobrar el dominio de la misma.

LUIS CARRETERO NIEVA
El regionalismo castellano
Segovia 1917
Pp. 183-193

viernes, junio 11, 2010

El "castellanismo" leonés (Luis Carretero Nieva 1917)

El '”castellanismo” leonés


Nos vemos obligados en el curso de nuestro el curso de nuestro estudio sobre la cuestión regional en nuestra tierra castellana, a analizar ese regionalismo que con tantos pujos se desarrolla fuera del solar de Castilla la vieja. Nos referimos al regionalismo del antiguo reino de León, incubado en Valladolid al calor de los intereses de aquella ciudad, capital intelectual de la región que Castilla la Vieja tiene por vecina, y vamos a decir dos palabras sobre el carácter de ese movimiento, pues aunque como castellanos reconozcamos y proclamemos que no tenemos con Palencia, Zamora y demás provincias leonesas ninguna relación más íntima que la que podamos tener con cualquier otra de las de España, debemos de fijarnos, sin embargo, en una condición especialíslma de ese regionalisrno de que hablamos, condición que es lo único que de él puede interesarnos.

Nos referimos al desprecio que los leoneses en general, y muy especialmente entre ellos los valllaoletanos, hacen del nombre de su región, a la que jamás llaman León, sino Castilla la Vieja y más frecuentemente Castilla. Tan general es emplear la palabra Castilla para referirse impropia. y exclusivamente a la región de León, que muy pocas horas antes de escribir estas cuartillas, me decía con sorpresa, un gallego en Montefurado: «Es usted castellano y no conoce el vino de Toro», Y en otra ocasión, en un paseo a un pueblecito Inmediato a Valladolid, que si mal no recuerdo se llama Renedo, uno de mis acompañantes, que era palentino, residente en Valladolid, conocedor de mi condición de segoviano y sabedor de que venía de visitar parte de la provincia de Burgos, me preguntaba: «¿No había estado usted nunca en un pueblo de Castilla?» Los valiisoletanos, palentinos, zamoranos, los leoneses, en una palabra, cuando dicen Castilla, se refieren siempre al reino de León, y en fuerza de tanto repetirlo, han conseguido que así lo en­tienda el vulgo en España.

En Valladolid domina un verdadero afán por alardear de castellanos y un prurito desmesurado por demostrar que es dicha ciudad el heraldo de las aspiraciones de Castilla. No hay un periódico que no se. precie de castellano, ni se hace una empresa industrial, agrícola, bancaria, que no ponga en su razón social el nombre de Castilla. Se diría, al contemplar este espectáculo, que Valladolid se ha separado de su región leonesa y se ha sumado a la de Castilla la Vieja Nada más lejos de la verdad que esta afirmación, la hermosa ciudad de la orilla del Pisuerga, es lo que lo que no tiene más remedio que ser; el cerebro de la región leonesa, el paladín de sus deseos, el asiento de su progreso. Del mismo modo que Valladolid no tiene nada de común con Castilla la Vieja, el regionalismo que allí se fragua carece del menor ápice de «castellanismo», es «leonesismo y no puede ser otra cosa. Nadie puede desear el provecho de la casa ajena más que el de la propia y es sagrado empeño. en cada cual ocuparse de lo que le interesa.

Loa leoneses han arrinconado el nombre de su región para usar el de Castilla, pero esto no significa que se hayan olvidado de aquélla, ni que hayan perdido su con concepto, ni que las dos regiones se hayan sumado, lo que equivaldría para Castilla la Vieja entregarse a su mayor enemigo. A pesar del mal uso de la palabra Castilla, no hay en el reino de León ese desconocimiento de la región que existe en la nuestra de Castilla la Vieja. Por el contrario, en el país ele León persiste un espíritu de unión regio­nal, una preterición de cuanto no es leonés, un afán de exclusivismo (sobre todo en Valladolid) tan desarrollado como lo sea el que más de las regiones españolas.

Un vallisoletano, cuando habla de su región, aunque ponga en sus labios la palabra Castilla, tiene su pensamiento fijo en la tierra de Campos, en Salamanca o en Zamora, en Saldaña, Sahagún, Benavente o Ledesma; en una palabra, en las comarcas que componen lo que fue reino de León, considerando como paisanos suyos a los nacidos en ellas y pensando en su interior que la región de León es una realidad del presente, aun cuando por una impropiedad en el empleo de las palabras exprese otra cosa. El leonés sabe muy bien que su país es la tierra de las in­mensas llanuras y se cree que Castilla la Vieja debe de ser algo semejante, ignorando que en esta última región ocupan los terrenos quebrados las tres cuartas partes de su super­ficie. El vallisoletano desconoce tanto a Castilla la Vieja como estima a su región leonesa, que lleva siempre grabada en su cerebro, que siente profundamente.

Pero hay más. León, Palencia, Valladolid, Zamora y Salamanca, son provincias. hermanas que se las entienden a las mil maravillas. Situadas unas cerca de otras, están en constante comercio de ideas e intereses; análogas en su carácter, en su topografía, en sus producciones y en sus costumbres, tiene la unidad suficiente y sobrada para ser consideradas corno un país único, y como ese país ocupa el territorio que llevaba el nombre de reino de León y co­mo sus pobladores son los nietos de los viejos leoneses, hay que, reconocer que la región de León subsiste dentro de España, a pesar de toda clase de nuevas divisiones que se pretendan implantar y de todo género de confusiones geográficas que se trate de propagar.

Pero hay más todavía. En la región de León hay un pensamiento que podemos llamar regional, por ser general y propio de ella, pensamiento que se ha manifestado repe­tidos veces. constituyendo una fuerza de gran poder en la dirección de los asuntos nacionales, intereses trigueros, por ejemplo. Ese pensamiento es consecuencia del conoci­miento exactísimo que los leoneses tienen de cómo debe desarrollarse su región, porque la tienen estudiada a fon­do, porque han constituido en Valladolid un núcleo intelectual que ha sabido darla una orientación con tal arte, que los propios catalanes, tan aptos para estas lides, no tienen más remedio que reconocer su pericia. Gracias a esta habilidad han llegado a ser los árbitros en varias cuestiones y ejercen sobre las provincias del interior de España un pre­dominio igual al que atribuyen a Cataluña sobre toda la Nación. Es indiscutible que tales ventajas las han logrado, merced a la inteligente labor hecha para despertar el espíritu de regional en el reino de León, o sea el espíritu de colectividad en sus provincias.

Los ideales de región llevan siempre aparejados sentimientos del pasado y aspiraciones del presente; intereses actuales, imposiciones de la lucha por la vida y la necesidad de asociarse con los que corren la misma suerte, son circunstancias que, unidas a una comunidad en el recuerdo de pasadas vicisitudes, cuyas consecuencias se sufren por igual, determinan ese cambio de afectos entre los coterráneos. No hemos de negar que hay en las regiones históri­cas algo arcaico, incompatible con el espíritu moderno que ni se puede ni hay por qué conservar, y que el culto a la tradición por la tradición misma, la soberbia del nombre, el orgullo de los blasones y el odio al terruño ajeno, perte­necen a este orden de cosas; y por esto nos extraña más, que siendo el nombre de una región elemento de su historia y su amor exacerbado quimera que satisface a la propia vanidad, haya quien busque estímulos a estas pasiones en fastos ajenos, teniendo en los propios fuego sobrado para caldearlas.

Por lo que se refiere a los vallisoletanos y a otros de los leoneses, la cosa queda reducida a una cuestión de amor propio y otra de ambición. Si la región de León en vez de llevar el nombre de una ciudad de brillante pasado, pero de más modestos recursos que Valladolid, se llamase de otro distinto a él, se acogerían, sin duda alguna, los vallisoletanos, porque entonces no sufrirían en su amor propio. La cuestión de ambición estriba en que Valladolid, por su importancia, que no discutimos, quiere desempeñar el mismo papel que Zaragoza, Valencia, Sevilla y otra ciudades españolas, capitaneando un grupo de provincias, disponiendo de ellas para engrandecerse, y con objeto de que el grupo sea mayor, para beneficiarse más, pretende reunir a León con Castilla la Vieja, sin tener en cuenta ni preocuparse de las aspiraciones de esta última, pero procurando falsear su carácter e impidiendo se desconozca su verdadera naturaleza.

El regionalismo viviente de las llanuras del Duero, del que Valladolid ha sido heraldo, tiene por objeto el engran­decimiento del pueblo que los vallisoletanos llaman castellano y que definen por una red de afectos, de simpatías, de Intereses y de aspiraciones que unen entre sí a un con junto de hombres, enlazando a la vez los territorios que esos hombres habitan, demostrando que hay una simpatía fundada en afinidades de temperamento o de raza y que ­hay una comunidad de territorio basada en semejanzas, o mejor todavía, en identidades geográficas. Hemos seguido con interés, durante algún tiempo esas relaciones, y hemos observado que la atención de Valladolid estaba en todo mo­mento pendiente de la vida de Palencia, León, Salamanca y Zamora; hemos visto que esa red de relaciones de que ha­blábamos cubría todo el territorio del antiguo reino de León, y que para nada sé extendía al territorio de las provincias de Castilla la Vieja, demostrando que los vallisoletanos, tan deseosos de organizar un grupo regional, no se preocu­pan de saber cuáles puedan ser las ideas, aspiraciones, necesidades, etc, las tierras de Soria, Segovia, Logro­ño, Ávila, etc., es decir, que sus actos demuestran de modo indudable que los vallisoletanos están intima y profunda­mente convencidos de que las provincias de su grupo son Salamanca, Zamora, León y Palencia, y saben también que Segovia, Soria, Logroño, Ávila, etc., forman grupo aparte; para los vallisoletanos estas provincias ya no son caste­llanas, para ellos las provincias castellanas son las que formaron el antiguo reino de León, es decir, que llaman Castilla a lo que es León y castellano a lo que es leonés.

Hay en Valladolid un periódico magistralmente hecho, pero que con una grandísima impropiedad se llama El Norte de Castilla. A pesar de su titulo, el periódico de que habla­mos, nada tiene de castellano, ni podría tenerlo, siendo co­mo es vallisoletano; en cambio, nadie puede negar al notabilísimo periódico de Valladolid que sea la más fiel expresión del pensamiento leonés, porque interpreta admirablemente los ideales de la región leonesa, porque circula precisamente por toda esa región de León, porque presta extraordinario interés a todos los asuntos de Valladolid y de
las otras cuatro provincias leonesas, y hemos podido con­vencernos de que su gran perspicacia y su acendrarlo patriotismo leonés, le hacen incurrir en el defecto de conside­rar a Castilla la Vieja como país asimilable a León; pero nos hemos convencido también de que todos sus entusiasmos son para la región leonesa y que el país de Castilla la Vieja no le interesa en lo más mínimo, y que la genuina manera de ser de la región castellana vieja, es cosa que ni conoce ni cree merecedora de su estudio y atención, es decir, que en el fondo considera a Castilla la Vieja cono cosa desdeñable y completamente extraña a León.

Hemos prestado, durante una larga temporada, atención diaria al gran periódico de la ciudad del guerrero leonés conde Ansúrez, hemos visitado su casa, en la que hemos sido recibidos con esa delicada amabilidad que tanto honra a la gente de la vecina región leonesa y a sus afines los gallegos y asturianos y que tanto debernos de envidiar los castellanos; hemos recogido de labios de sus redactores juicios acertadísimos acerca de problemas leoneses; hemos escuchado de ellos mismos la afirmación de que las provincias del alto valle del Duero son ya cosa distinta a su tierra. Hemos visto diariamente cómo desde Valladolid se­guían paso a pasa la vida de Salamanca, de Zamora, de León y de Palencia, con el interés que despiertan las cosas de uno mismo; hemos visto que consideran a esas provin­cias como parte integrante del país a que ellos pertenecen y hemos visto también que de las seis provincias de Casti­lla la Vieja, sólo a una dedican atención diaria; a la de Burgos. Quien quiera convencerse de que la región de León existe actualmente, quien quiera ver cuáles son sus grandísimas energías vitales, quien quiera persuadirse del gran conocimiento que los leoneses han adquirido de su carácter, sus intereses y de la norma que han de seguir para engrandecerse, no tiene más que visitar la redacción del diario vallisoletano, que es el más autorizado órgano de la opinión regional leonesa, diga lo que quiera su titulo. Por­que eso de que sólo una provincia castellana vieja merezca su diaria atención y de que esa provincia sea precisamente la de la capital de nuestra región, la cámara de condes y reyes ¿no puede ser una estratagema? Porque absorbiendo y anulando la capital de nuestra región, sometiéndola a ser feudataria en ideas de la tierra leonesa ¿no se tiene mucho adelantado para destruir las ansias vitales de Castilla la Vieja y consumar su asimilación a León?

¿Existe o no existe la región leonesa corno entidad del presente? ¿Pertenece o no a ella Valladolid en cuerpo y en espíritu? ¿No es, por ventura, Valladolid el cerebro y el corazón, la capital efectiva de la actual región leonesa?

LUIS CARRETERO NIEVA
El regionalismo castellano
Segovia 1917
Pp. 177-183

jueves, junio 10, 2010

La hegemonía leonesa (Luis Carretero Nieva 1917)

La hegemonía leonesa

Dejamos sentado en el precedente articulo que la región de Castilla la Vieja había ido poco a poco perdiendo con­sistencia, desmembrándose después, separándose unas de otras sus provincias gasta el extremo de que, en algunas de ellas, sus habitantes no se ocupan para nada de Castilla la Vieja, ni tienen un recuerdo para el resto de la región, como ocurre con la provincia de Logroño, o hablan sólo de una unión sentimental como en Santander, provincia esta última formada por segregación del territorio burgalés, al que antaño perteneciera, país que guarda entre los regazos de sus montañas las más viejas tradiciones, ese casticismo que magistralmente libara con su pluma el insigne Pereda. Al paso que Castilla la Vieja languidecía, León se vigori­zaba, estudiaba sus problemas regionales, analizaba sus intereses y estrechando la unión entre sus provincias, for­maba un conjunto poderoso que, bajo la dirección de Va­lladolid, recababa y obtenía favores de los gobiernos, siendo de notar que jamás se presentaba esta región con su nombre propio ante los poderes ni ante el resto de la nación, sino que tomaba el nombre de Castilla para el logro de sus aspiraciones.

Pidiendo siempre para Castilla la Vieja, los leoneses ob­tenían cuanto querían para su región; así cuando a Castilla la Vieja no la quedaba ni siquiera el nombre que tenían se­cuestrado los leoneses, Valladolid conseguía hacerse núcleo de concentración de la cuenca del Duero y lograba que las líneas férreas de media España concurriesen en su provin­cia, con grave perjuicio de todo el norte y noroeste de la nación, que se vieron obligados a prescindir de los cami­nos directos, ya que todos rodean para pasar por Valladolid.

Con todo esto, la desunión entre las provincias de Cas­tilla la Vieja aumentaba, ya que, mientras se veían unidas por ferrocarril con Valladolid, carecían y siguen carecien­do de vías interiores; Castilla la Vieja se encontró pacífica­mente conquistada por León y sujeta a su dirección y su dominio.

Tal fue la atonía de los castellanos viejos, que no se apercibieron de esta poco airosa situación, tanto, que hoy mismo, ante el problema del ferrocarril, que pudiéramos llamar Central de Castilla la Vieja, o sea el que ha de enlazar a Segovia con Burgos, la capital de la región, y con Santander, su puerto, no se han dado cuenta de que han abandonado sus intereses al arbitrio de manos extrañas, ni han comprendido que si en alguna ocasión pueden coincidir los de León con los de Castilla la Vieja, esto no es razón para que dichos países se unan a perpetuidad, y en ningún caso puede justificar esa sumisión inconsciente de Castilla la Vieja, ni esa cesión de su personalidad.

No hay que olvidar que los leoneses están dotados de admirables dotes de comerciantes, como lo prueban tos maragatos, los cervatos y los propios vallisoletanos. Nadie puede ponerse ante ellos, en punto a habilidad, para defen­der sus intereses, en cuya materia su superioridad es indis­cutible. Así se explica, que Valladolid haya monopolizado la representación de los productores de trigo de España, habiendo provincias como Burgos, Sevilla, Jaén, Toledo, Badajoz y Granada, que en años normales producen más que ella. Valladolid y Barcelona son poblaciones que se llevan a medias la palma en el arte de conseguir cuantos favores apetecen, diferenciándose en que Barcelona se aprovecha del nombre de los suyos, del de los catalanes, y Valladolid se escuda con el de sus vecinos, con el de los castellanos. La estratagema sigue, y se da el caso de que los vallisoletanos presentan, como conveniente a Castilla, un proyecto, cuyas ventajas son para la región leonesa, cual es el ferrocarril Valladolid-Vigo, que es un interés leonés (1) y gallego y trabajan en contra del de Segovia a Burgos, que es un interés netamente castellano. Nos parece muy natural que los de la vecina región defiendan lo que les conviene, pero lo que no tiene explicación es que en la propia Caput Caslellae, un periódico tan discreto cual es Diario de Burgos, al relacionar hace pocos días este asunto con la mancomunidad castellana, encontrase en ello dificul­tades para la constitución de este organismo que, de hacer­se, debe de ser entre provincias exclusivamente castellanas, para defender intereses de Castilla, y, por tanto, sin que tenga que preocuparse de las conveniencias de Valladolid, que le son ajenas, y que, por consiguiente, no deben de influir para que Castilla la Vieja siga la marcha que crea conveniente.

La pasividad con que Castilla la Vieja ha acogido la intromisión en sus negocios de la región leonesa, ha dado siempre el mismo resultado, como no podía menos de su­ceder, si se tiene en cuenta la idoneidad de los leoneses y sus aspiraciones que ya en el ario de 1650 hicieron decir al P. Gracian en su famoso libro El Criticón, refriéndose a Valladolid: y está muy a lo de campos. Mientras en Cas­tilla la Vieja no hay ni una sola granja agrícola sostenida por el Estado, en la región de León hay dos; las de Palen­cia y Valladolid, si bien esta última se llama, para escarnio de los castellanos, de Castilla la Vieja. Palencia y Vallado­lid se pusieron de acuerdo, como siempre, para disfrutar el momio, y Palencia no tuvo inconveniente en llamarse leo­nesa para conseguir la granja. Con los canales ocurre lo mismo, existiendo uno que debiera llamarse de Campos y se llama de Castilla, pero que sólo toca a ésta en una parte, ridículamente pequeña, de la provincia de Burgos, mientras sus dos ramas corren por las tierras leonesas de las siem­pre protegidas Palencia y Valladolid. Debemos de hacer igual observación respecto a determinados ferrocarriles se­cundarios que también llaman de Castilla y que atraviesan comarcas leonesas en las afortunadas provincias de Palen­cia y Valladolid.

En otra ocasión, se dijo que, para favorecer a Castilla, los derechos arancelarios del trigo habían de modificarse con el precio alcanzado en los mercados castellanos, para lo cual se consideraron cinco de ellos como reguladores. Pues bien, de esos cinco mercados, uno tan sólo, el de Burgos, se eligió en Castilla, y los otros se situaron en la región de León, que fijé la favorecida, sin que entre ellos dejasen de figurar los de Palencia y Valladolid.

Muy digna de respeto es la prosperidad de la región leonesa, pero nosotros, los castellanos, debemos de ocu­parnos algo más de la propia; recabar nuestra independencia, tratar de ponernos en condiciones de hacer progresar nuestra país, estudiarle para conocerle y engrandecerle ante los ojos de los españoles, destruyendo prejuicios y errores, marchando por nosotros mismos y licenciando para siem­pre a los lazarillos. Sí en alguna ocasión nos conviene aliarnos con alguna región, hacerlo, sea la que sea, pero para asuntos determinados y concretos. Lo que no puede hacerse es ceder a nadie voluntariamente, ni permitir que nos arrebaten nuestra personalidad, nuestro nombre y nuestra vida,

(1) De León, región, no provincia.

LUIS CARRETERO NIEVA
El regionalismo castellano
Segovia 1917
Pp. 173-176

viernes, febrero 22, 2008

La personalidad actual de Castilla. Ignacio Carral (Diario de Burgos 1931)

LA PERSONALIDAD ACTUAL DE CASTILLA.

Ignacio Carral



Así, pues, aunque parezca absurdo decirlo, es completamente cierto que España necesita reanudar su historia, rota y desviada por varios siglos de monarquía centralista. Esto no quiere decir, natu­ralmente, que vayamos ahora a dar un salto atrás para colocarnos en plena Edad Media. Pero sí expresa la obligación de ligar el momen­to actual con los múltiples momentos en que nuestra nación fue perdiendo sus instituciones peculiares, procurando situar éstas en el punto hipotético de evolución que las habría correspondido, de no haber sido rotas o falseadas por los reyes.

A nosotros, los castellanos, la primera tarea que se nos presenta es la de restituir nuestra región, que ha perdido hasta el nombre. Hay un libro que todos los castellanos deberían leer y meditar des­pacio; se llama "La Cuestión Regional de Castilla la Vieja", que fue publicado en 1918 por un ilustre segoviano, don Luis Carretero. En este libro hay capítulos que de buena gana copiaría enteros si el carácter periodístico de estos trabajos no me pusiera inexorables límites de extensión. (5)

Insiste especialmente el señor Carretero en la suplantación que las provincias leonesas, con Valladolid a la cabeza, hacen del nom­bre de Castilla; "a consecuencia de la confusión de nombres -dice­- los intereses castellanos confunden también y están postergados y sometidos a los de Valladolid, Tierra de Campos y el resto de la región leonesa". "Pidiendo siempre para Castilla la Vieja, los leo­neses obtuvieron siempre cuanto querían para su región; así cuand­o a Castilla la Vieja no la quedaba ni siquiera el nombre, que tení­an secuestrado los leoneses, Valladolid conseguía hacerse núcleo de concentración de la cuenca del Duero y lograba que las líneas férre­as de media España concurriesen en su provincia con grave perjui­cio de todo el Norte y Noroeste de la nación, que se vieron obliga­dos a prescindir de los caminos directos, ya que todos rodean para pasar por Valladolid". "En Valladolid reina un verdadero afán por alardear de castellanos y un prurito desmesurado por demostrar que dicha ciudad es el heraldo de las aspiraciones de Castilla. No hay un periódico que no se precie de castellano, ni se hace una empre­sa industrial, agrícola o agraria que no ponga en su razón social el nombre de Castilla. Se dirá al contemplar este espectáculo que Valladolid se ha separado de su región leonesa y se ha sumado a la de Castilla la Vieja. Nada más lejos de la verdad que esta afirma­ción, pues la hermosa ciudad de la orilla del Pisuerga es lo que no tiene más remedio que ser: el cerebro de la región leonesa, el pala­dín de sus deseos, el asiento de su progreso".

Creo que con los párrafos copiados basta para ver con cuánta cla­rividencia el señor Carretero denuncia la injusticia de que Castilla ha sido víctima en el régimen centralista. Lo que sorprende es que el señor Carretero, después de descubrir tan certeramente el daño, caiga, en otro concepto no menos peligroso: el de hablar de "Casti­lla la Vieja" como unidad regional. Esto es bastante grave porque implica el concepto de limitar nuestra región a la barrera de la cor­dillera central, lo cual ha sido precisamente la causa de que Casti­lla y León se hayan mirado como regiones situadas entre dos mis­mas cordilleras, como siendo prolongación una de otra.

Pero una cordillera puede ser una magnífica muralla guerrera, como fue contra los invasores moros, y ésta es la única razón de que la cordillera central fuera el límite primitivo del territorio castella­no, no es nunca una muralla racial. Los pueblos cuando se estable­cen en una vertiente montañosa sienten irresistiblemente el deseo de establecerse también en la vertiente opuesta, sobre todo -como hace notar Reparaz- cuando estas cordilleras están trazadas en el sentido de los paralelos terrestres, y al otro lado se ha de encontrar una producción distinta.

En el caso de Castilla la Vieja sólo se llamó tal a la antigua Bar­dulia, en donde los reyes de León fundaron sus castillos contra los moros en los primeros tiempos de la conquista. El territorio de más allá del Duero, que llegó a extenderse hasta el Tajo a un lado y otro de la sierra, se llamó la Extremadura castellana, distinta de la Extre­madura leonesa, que se extendió después desde Salamanca por el territorio de la Extremadura actual.

Pero tampoco creo que el señor Carretero pretendiera hacer demasiado hincapié en lo que pueda significar estrictamente esta denominación de Castilla la Vieja. Más bien parece que lo que ha querido delimitar con ese nombre ha sido la confusión habitual entre Castilla y la Mancha. (6)

Porque el nombre de Castilla la Nueva no quiere decir más que los territorios de la meseta que se habían ido añadiendo por sucesi­vas conquistas al reino de Castilla y debió referirse a los llanos' manchegos. En la Mancha comienza la llanura al igual que en la región leonesa, y varían, por tanto, la producción, los cultivos, la vida, los intereses y el espíritu de los castellanos, que viven en terreno francamente serrano en las tres cuartas partes de su superfi­cie, e interrumpido constantemente por lomas, colinas y valles en las comarcas que más se aproximan a la llanura.

¡Es curioso el destino de Castilla de haber sido constantemente falsificada por la boca de los demás españoles! Se ha acusado de imperialismo a la región de España que menos sintió nunca este anhelo, como lo demuestra su maravillosa democracia interna y su ningún afecto hacia los reyes imperialistas; se ha acusado de cen­tralista a la región que aun dentro de sus límites se negaba en el siglo XI -cuando ya León y Cataluña empezaban a territorializar su derecho- a generalizar sus costumbres jurídicas y se resiste a ello hasta el Fuero Real del siglo XIII; se ha acusado de tradicionalista y conservadora a una región que precisamente representó, frente al principio de autoridad leonés, la atención a las innovaciones de los tiempos y a las necesidades de los pueblos, creadas por el medio y las circunstancias, y precisamente el triunfo del idioma castellano consiste en haber sido francamente renovador frente a la tendencia conservadora y arcaizante de los demás idiomas peninsulares; se ha tachado de pobre a una región que - sin ser una maravilla de rique­zas- posee excelentísimos recursos naturales: se ha juzgado como sombría una región de cielo despejado la mayor parte del año y de una diáfana luminosidad que despiertan el fervor de los pintores que cruzan por ella y a ella vienen constantemente.

Y, por último, se ha abusado hasta la saciedad del tópico de la "llanura monótona y uniforme" al hablar de una región de terreno quebrado, ocupado casi en su totalidad por ingentes montañas que a veces alcanzan 2.500 metros sobre el nivel del mar y 1.500 sobre el nivel de ciudades situadas a pocos kilómetros, una región que preci­samente acaba en el lugar mismo en que la llanura comienza a defi­nirse de modo franco; en la región leonesa y en la región manchega.

No debemos, sin embargo, culpar a los demás de esta última apreciación, porque hemos sido muchas veces los castellanos mis­mos los que hemos contribuido a propagarla, debido seguramente a una ilusión un poco infantil, pero muy natural; y es la de que al con­templar nuestro paisaje lo hacemos lógicamente con preferencia hacia su parte más abierta. Y entonces vemos la llanura o la inicia­ción de la llanura en las tierras próximas a ella. En este sentido nuestro paisaje es un paisaje de llanura; pero esto no quiere decir, como puede suponerse, que habitemos por ello la llanura.

Otra cosa muy importante es preciso hacer constar sobre Casti­lla, que contribuye a impedir con todas las otras que pueda ser con­templada su verdadera realidad actual: la división en provincias. Si a todas las regiones españolas causó daños esta absurda y arbitraria acotación del mapa de España, que debió dejar muy contento al lite­rato Martínez de la Rosa, a ninguna la ha hecho tanto daño como a Castilla. Porque dejó trituradas sus comarcas, algunas de las cuales llegaron a perder la noción de su propia personalidad. A esta tritu­ración contribuyó, no poco, la manía de que ya he hablado de tomar por frontera la cordillera central, como si fuera la tapia de una finca, y romper así todo el sentido de las comarcas que estaban acaballa­das en ellas.

Por eso, la primera cosa que debe hacer Castilla es pedir la desar­ticulación de sus provincias, reconstituir cuidadosamente sus comarcas, y luego...
Esto es precisamente, este luego, del que quiero tratar en mi pró­ximo y último artículo.

Ignacio Carral

("Diario de Burgos", 24 mayo 193 1.)



(5) ¡Qué conveniente sería que algún mecenas castellano o algún organismo regio­nal acometiera el gesto de reconocer el nombre de Castilla y el de su autor que puso tan noble empeño en defenderle!

(6) Hay sobre todo dos nombres idénticos y dos significaciones diferentes y con­tradictorias: La "Castilla Política Estado" y la "Castilla Gentil". Cada una se ads­cribe al concepto que representa.

lunes, septiembre 24, 2007

Casi unas memorias. Dionisio Ridruejo.Ed Península . Barcelona 2007

3. DE VALLADOLID A SALAMANCA

. Entre Valladolid y Segovia hay menos de 100 kilómetros, completamente llanos hasta Santa María de Nie­va, donde la meseta sube un escalón que se define como una larga costa de ladera rápida con las torrecillas del telégrafo de lumbres, que nunca llegó a inaugurarse, en lo alto. El paisaje que se otea des­de ese relieve sigue, infinitamente, hacia el suroeste. Es el que suele llamarse «mar de tierra»; un paisaje de mieses con trozos de estepa y manchas de pinares pequeños que no se distinguen a veces de la sombra que dan las nubes cuando pasan, diseminadas, por el gran esplendor.

Es a esta Castilla a la que corresponden los tópicos acuñados por algunos prosistas y poetas del 98-Unamuno, el grande-y por sus continuadores, desde Ortega o Pérez de Ayala hasta Senador o don Federico Mendizábal. Es un espacio enorme, con algunas curvaturas de nava y algunos relieves de serrijón, donde no resulta exagerada la imagen heráldica del chopo y el galgo que el filósofo de «andar y ver» remata con aquel donaire: «¿Curvas? ¡Señora; en Castilla no hay cur­vas!». En los días a que se refieren mis recuerdos se repetía mucho, so­bre todo, el párrafo de José Antonio Primo de Rivera que sintetizaba con fortuna los extremos de aquellas páginas castellanistas: «La tierra absoluta y el cielo absoluto». En unas páginas, descriptivas también, recuerdo cómo ese espacio abierto y plano, rodeado, sin que casi lo piensen sus habitantes, por las montañas cántabras, leonesas, ibéri­cas y carpetovetónicas, es un país muy unitario desde el tiempo de los vaceos, que luego atrajo a los visigodos y, entre los siglos xili y xvi (desde Fernando el Santo hasta los comuneros), sustrajo a Burgos y a León, en forma difusa, la capitalidad castellana. Aquí, en efecto, se tradujeron al habla de los castellanos montañeses, algo vasconizados, los ideales o invenciones del reino de Asturias. Por eso suelo llamar a estas llanuras Castillaleón-en una sola palabra-para señalar bien su diferencia con la Castilla vieja y montaraz en la que yo tengo mis raíces y que sólo tuvo, como León, orlas asomadas al llano hasta que ambas se perdieron juntas en sus espejismos. A medio camino entre Segovia y Valladolid queda Olmedo, con Medina al lado. Olmedo y Arévalo eran, según el decir del medioevo tardío, las llaves de Casti­lla. Y al pasar ante el pinarillo de Olmedo y ver en la villa restos del muro, es inevitable acordarse de los caballeros que las coplas de «Ay,panadera» dejan tan en camisa. La Valladolid falangista había asumi­do en la guerra, ya lo recordamos, la guía del castellanismo llanero, centralista y hegemónico, tan distinto del castellanismo viejo de los montañeses (Santander o Burgos, Soria o Segovia) que podían rei­vindicar la Castilla recogida y «suya», municipal, condal o real, tal como la explican el federalista Carretero Nieva y su hijo Anselmo, a quien acabo de abrazar en México. Por eso no es de extrañar que las pretensiones de aquélla levantaran algunos recelos, quizá atávicos, en los grupos segovianos, recelos que, sin duda, quedaron pronto justi­ficados cuando se puso en claro que Madrid-el Madrid maldecido por Onésimo Redondo-quedaría por bastante tiempo fuera de mano.

Porque el falangismo vallisoletano, de fuerte raíz local, no era, en efecto, la misma cosa que el madrileño. Había nacido de otro modo. Onésimo Redondo había fundado sus juntas de Actuación Hispáni­ca mucho antes de nacer FE y casi al tiempo que nacían las JONS de Ledesma Ramos y Aparicio, a las que aquéllas se unieron pronto. La unión de ambas con Falange y la aceptación de la jefatura de José An­tonio Primo de Rivera no se había hecho sin dificultades y había co­nocido diversas crisis, una de ellas grave, al apartarse Ledesma del movimiento arrastrando tras sí a algunos nacionalistas vallisoleta­nos, entre los que figuraba el joven más inteligente e influyente del jonsismo castellanista: Martínez de Bedoya. La ausencia física y ya presuntivamente irreparable de José Antonio había centuplicado los efectos de la segregación temporal de Madrid. Onésimo Redondo manifestó en sus primeros pasos una voluntad de recoger el mando supremo que a nadie se le había pasado desapercibida, y quizá sin su muerte fortuita en Labajos no se hubiera constituido nunca aquella Junta provisional colegiada que, presidida por el montañés Hedilla, quedaría elegida por los restos del disperso Consejo Nacional de an­teguerra, reunido el mes de septiembre en el mismo Valladolid. El sistema espontáneo de las organizaciones territoriales de que ante­riormente hablé no se modificó gran cosa por ello y, como en segui­da veremos, condujo a las tensiones que, por lo que tocaba a Vallado­lid, me pondrían a mí en la situación que estoy rememorando.

Pero no saltemos aún a ese asunto. El movimiento que venía es­forzándose por otorgar a Valladolid la capitalidad fáctica de Casti­lla no lo inventaron los falangistas, jonsistas o nacionalistas de las Juntas Hispánicas de Onésimo Redondo. Todo movimiento que quiere destruir y suceder a otro anterior, debe asumirlo en cierta medida. Y lo que los falangistas debían asumir era no poco de lo que-a impulsos del regeneracionismo-los liberales habían pues­to muchos años atrás en los campos góticos cerealistas: un podero­so movimiento de intereses que trataba de quitarle importancia a Madrid y oponerse competitivamente a la periferia industrial. El hombre clave de ese movimiento había sido don Santiago Alba, al que, con acierto, ha llamado su biógrafo García Venero «un políti­co de razón». Esto es, un político que transcribía en su partido unos bien definidos intereses económicos sectoriales. En este sentido, quienes estudien en el futuro el falangismo vallisoletano no podrán dejar de lado el hecho de que éste era una variante, más radical y, por supuesto, antiliberal y tradicionalista, del agrarismo castellano­leonés. El diario de Alba se titulaba, muy expresivamente, El Norte de Castilla. Y de no llamarse así es muy posible que se hubiera lla­mado Castilla el que fundó Redondo con el nombre de Libertad, palabra que no aludía a su fondo político pero sí, quizá, al espíritu reivindicativo local de la Castilla agraria, levantada en Valladolid por el Cambó castellano, que acaso con un poco más de autentici­dad regionalista, en sustitución del centralismo castellano-leonés, no hubiera llevado al choque, más frecuentemente que al pacto, a trigueros y tejedores.

Dionisio Ridruejo. Casi unas memorias . Ed Península Barcelona 2007. Páginas 167-170

6. VIAJES DE GUERRA

No voy a entretenerme ahora en el pormenor de mis viajes juveniles, siempre limitados. Mi casa de El Burgo de Osma se mantuvo abierta hasta 1933 y, con raras excepciones, pasé allí todos mis veranos desde que empezó, en 1922, la época de mis internados. El primero, en Sego­via, fue bastante libre y me unió afectivamente a la ciudad que ha sido una de las más decisivas en mi vida, pues volvería a ella, por libre elec­ción, en la primera de las fechas que acabo de anotar. Los otros, en Va­lladolid y en Chamartín de la Rosa, fueron verdaderos confinamien­tos, aunque no faltaron paseos por las afueras, casi siempre en severa y antipática formación. Desde El Escorial-donde viví interno y ex­terno -y desde Segovia recorrí bastante terreno, pero siempre dentro de la meseta y, en especial, de la meseta alta y del Guadarrama. Este es­pacio suele producir grandes entusiasmos y grandes aversiones. He visto llorar a un inglés desde las murallas de Pedraza y todos hemos leído lo que un vasco, un andaluz y un valenciano han escrito sobre las Castillas, ya se trate de la montañosa-que es, en su mayor parte, la Vieja-o de la llana, que es ya medio leonesa o se extiende por el an­tiguo reino de Toledo. Se trata de un paisaje dificil, cuyas sugerencias no se dan con facilidad como no sea la más obvia de su gran extensión de tierra y cielo. En realidad es, como todos, un paisaje que sólo se dis­fruta cuando se le vive en todas sus mudanzas naturales y se le ha ido incorporando como biografía. Pero por causar una gran impresión de conjunto-buena o mala, exaltante o desoladora-, fácilmente es­conde sus detalles. Quizá por eso, el habituarse a él da una cierta sen­sibilidad de rebote; quiero decir que ayuda a intensificar las impresiones que producen otros paisajes más dulces, más caligráficos o más variados. Aun más; yo diría que estos paisajes de mi juventud pueden conmover mucho pero sujetan poco. No me parece que haya muchas ni muy buenas páginas descriptivas de su tierra escritas por castella­nos nativos (propondré, entre otras, la gran excepción de Luis Felipe Vivanco), y, por otra parte, no suele ser corriente que los castellanos sientan añoranza cuando se van. Lo que no quiere decir que no se lle­ven su paisaje con ellos (lo que el paisaje ha hecho de ellos), pues des­de el romanticismo conocemos bien la relación entre la fisonomía de la tierra y los estados de ánimo humanos que, por acumulación, dan carácter. En todo caso, quien vio a Castilla como una luz que detalla fue Azorín, que ya traía la lección aprendida desde Monóvar. Y quien vio Castilla como una expresión fisonómica, como una metáfora del monoteísmo, fue Unamuno, que venía de Bilbao. Páginas equivalen­tes a las que-cada uno a su modo-han dedicado Pla al Ampurdán, Juan Ramón a Huelva, Baroja al País Vasco, y el mismo Blasco a la huerta valenciana o Pereda a la Montaña, no se han dado aquí más que raramente. Pero no quiero divagar. En mi caso, Castilla ha sido muy emocionante como escuela para comprender la expresión de la tierra y me parece que lo que vi en ella durante 2o años ha estado siempre detrás (como piedra de toque o pieza de contraste) de lo que he visto después. Pero ha correspondido a ese después mi capacidad para ver en detalle y en concreto.

Dionisio Ridruejo. Casi unas memorias . Ed Península Barcelona 2007. Páginas 302-303