Como táctica de algunos grupos políticos, se ha señalado la existencia en la península de cinco nacionalidades; cuatro de las cuales (Portugal, Vasconia y Cataluña) figuran en nuestra clasificación repartidas entre tres grupos de ella. Pero los patrocinadores de esta división peninsular, hecha con fines exclusivamente de partido, han inventado una cuarta nacionalidad que han denominado España, sin ningún fundamento científico y sin tener en cuenta que dentro de esa nacionalidad, tan arbitrariamente denominada por servir a intereses pasajeros y mezquinos, hay un conjunto de nacionalidades bien definidas y alguna de ellas tan diferenciada y de tan extraordinaria personalidad como Andalucía. La voz España tiene una significación geográfica, equivalente a Iberia, y alcanza a toda la península; incluso Portugal, según criterio y deseo del gran portugués y español ejemplar Oliveira Martins, de acuerdo con las conocidas palabras de Camoens sobre la condición española de los portugueses, esa "gente fortíssima de Espanha". Corresponde a una comunidad de pueblos, ninguno de los cuales es más que otro del conjunto; no hay ningún país dentro de la península a quien corresponda el adjetivo español con más derecho que a otro cualquiera de los demás; es de todos o no es de nadie. Y ni porque convenga a los nacionalistas unitaristas, ni porque convenga a los nacionalistas particularistas, ni aun porque unos y otros se pusieran de acuerdo, no hay ninguna nacionalidad peninsular que sea más española que las demás. En rigor, el adjetivo español es más adecuado para calificar a toda la península que el de ibérico% pues si lo ibérico es siempre español, no todo lo español es ibérico.
Las diferencias nacionales dentro de España han nacido de una población primitiva muy variada, que en cada época recibe invasiones de distinto género, de las diferencias de influjo de los elementos exóticos, de la mayor o menor permanencia de los peninsulares autóctonos, distintos pero con grandes rasgos comunes, de la influencia del medio geográfico y de la evolución, principalmente de la evolución económica, lo que Oliveira Martins expresa así: "Fueron las instituciones nacidas de elementos de origen exótico, romano y luego germánico, las que en España sustituyeron a la tribu, esa forma de agregación de aldeas, subsistente aún en la cabila y, entre nosotros, anterior a la ocupación romana. La adopción de una civilización extraña dio a la sociedad peninsular un aspecto distinto del que hubiera tenido si espontáneamente, hubiera desenvuelto de un modo aislado los elementos propios de su constitución etnogénica". Es muy cierta esta observación, aun cuando tengamos que aclarar que no va fundamentalmente con el País vascongado ni con Castilla, donde las instituciones no han sufrido el mismo intenso influjo extranjero que en el resto de España, de modo que por su diferencia con las demás regiones españolas, por su oposición al contenido romano y germánico del Fuero Juzgo, el caso vascongado, castellano y aragonés comunero confirma el punto de vista de Oliveira Martins.
Los pueblos del grupo que llamamos vasco-castellano se caracterizan porque en ellos sobrevive, predominando, el elemento primitivo ibérico, porque han tomado muy poco de los invasores, que, a la postre, son absorbidos por el pueblo original, como les ocurre a los celtas en las tierras altas del Duero, al oriente del Pisuerga, si es que alguna vez dominaron por completo ese país; pero no les pasa así al occidente de dicho río, en León, Galicia y Portugal. El segundo grupo, astur-galaico-leonés, y el tercero, catalán, toman muchísimo de los invasores, celtas o romanos o godos, o sea de Europa, y con ello el espíritu del invasor se sobrepone al de los pueblos primitivos; y la diferencia entre Cataluña y el grupo leonés es que al occidente persiste la influencia de la cultura goda más que en Cataluña, donde una reacción posterior crea instituciones distintas de las leonesas.
El proceso de creación de las nacionalidades que se definen en la Edad media marca una gran diferencia del grupo vasco-castellano con el leonés y con el catalán. El del grupo vasco-castellano es de conservación de una herencia prerromana, mientras que el de Asturias, Galicia, León y Portugal, de una parte, y el de Cataluña, de otra, son procesos de formación de unas nacionalidades e instituciones populares frente a dominadores extraños, esfuerzos de emancipación que crean nuevos pueblos con deseos de sacudir las instituciones feudales traídas de Europa y establecer en su lugar • una organización más en consonancia con el carácter peninsular.
Las nacionalidades del grupo vasco-castellano lo son fundamentalmente de persistencia de los elementos primitivos; su proceso es de conservación al amparo de circunstancias favorables. Las del grupo astur-galaico-leonés y las del catalán, son resultado de un proceso histórico magnífico, desarrollado en circunstancias contrarias, comenzado durante la dominación romano-goda y acentuado vigorosamente con la llegada de los árabes. Si los españoles en general deben a la venida de los moros muchos de sus mejores bienes culturales, las gentes del grupo vasco-castellano-aragonés tienen que agradecer la conservación de sus libertades primitivas a la destrucción del poder godo por los musulmanes. Galicia y Cataluña, merced a la situación creada por los agarenos, pudieron arrebatar libertades a los señores de origen europeo y permitir a las gentes dominadas como muchedumbre servidora moldearse como nacionalidad.
Ya nos encontramos con los musulmanes de España. Su llegada no es una dura conquista militar. Las clases dominantes de las monarquías medievales, descendientes y sucesoras de los godos, que se tienen a sí mismas por tales, desatan su rencor contra los musulmanes y abominan del conde don Julián a quien llaman traidor; pero el conde don Julián, como caso raro, no es godo y ninguna fidelidad tiene que guardar a estos extranjeros. De un modo u otro, con traición o sin ella, los musulmanes llegan a España y se extienden por toda la península rápidamente. Son bien recibidos, y ellos entran con benevolencia, como lo prueban las capitulaciones de Mérida y de Toledo, que cumplen, y el pueblo español no padece violencia, Los musulmanes tratan en general con respeto a los cristianos que quedan en su territorio, los mozárabes, y les dejan sus organizaciones y sus templos. Crean la portentosa civilización de Córdoba y el prestigio que adquieren en el pueblo, que toma sus usos y modales y acepta, desarrollándola con profundo carácter nacional, su refinada cultura, es tan grande, que todavía queda un recuerdo remoto de admiración entre nuestras gentes poco letradas, que cuando descubren una cosa vieja hermosa dicen que es obra de moros; y tan pacífica es la convivencia con los agarenos que para incitar al puebla contra ellos hay que acudir a la pasión religiosa, acuciándole contra el infiel, ya que no siente ningún odio contra el moro. Es interesante recordar la presencia de los moros junto a los navarros en la batalla de Roncesvalles y la circunstancia de que los dirigentes navarros eran los únicos gobernantes españoles sin vínculos con los germanos.
En Cantabria y en el País vasco, libres de godos y rebeldes a todo gobierno forastero, incluso al musulmán, van apareciendo las agrupaciones nacionales, mientras que godos de toda España, refugiados en las montañas. de Asturias y León, se reorganizan para recobrar el imperio visigodo de Toledo. En Asturias las instituciones de gobierno musulmán son muy débiles y pocas las tropas, por lo que los grupos godos ganan fácilmente los pequeños combates de Covadonga y pueden establecer su poder en Cangas de Onís y después recuperar un territorio que comprende a Oviedo. Los astures del norte de la cordillera, y los del sur, intervienen apenas en la empresa. En este nuevo reino, que nace en las montañas asturianas para pasar después a León y esparcirse por el sur, los gobernantes son antiguos magnates rudos y su designio conquistar de nuevo, es decir reconquistar, el imperio visigótico para las oligarquías eclesiástico-militares. A este nuevo reino, que nada tiene que ver con Castilla, se le llama astur-leonés, neogótico o de León pero ni la denominación de asturiano, ni la de leonés significan otra cosa que una designación geográfica. Cuando este Estado nace, apenas tiene pueblo que se crea después por la emigración de los mozárabes.
Por el lado opuesto de la península, los musulmanes habían pasado el Pirineo y llegado a Narbona, pero los condados que fueron feudatarios del imperio franco, en el norte de Cataluña, conquistan la independencia y con ella aparecen unos estados pequeños regidos también por gentes germanas.
Entre uno y otro territorio quedan una serie de comunidades primitiva., cántabras, vascas y celtíberas, que, unas veces relacionadas con los reyes neogóticos leoneses y otra con los moros, siguen con bastante independencia y con sus antiguas organizaciones populares. En el país vasco del Alto Arágón estas comunidades se ponen bajo la dirección de antiguos condes francos.
De este modo se forman una multitud de pequeños Estados, pero de dos maneras: unos pueblos, los que no han sido dominados plenamente por romanos y godos, aunque unos y otros hayan conseguido establecer para su seguridad y sus comunicaciones destacamentos militares en el territorio, siguen con sus gobiernos tradicionales; en otros son los señores godos o francos los que dominan el suelo y lo repueblan después. Dentro de cada uno de estos Estados, ya como dueños o bien como siervos, hay unas sociedades populares de distintas raíces étnicas que viviendo largo tiempo bajo condiciones geográficas, relaciones de producción y regímenes políticos que varían de un lugar a otro originan la multitud de nacionalidades que cubren el suelo español.
El grupo de nacionalidades que conserva más que ningún otro las cualidades de las gentes anteriores a la llegada de fenicios, griegos, cartagineses, romanos, godos y musulmanes es el formado por Vasconia, Castilla, Navarra y Aragón, procedentes de la conjunción, con fusiones parciales, de tres pueblos de diferente raza, cántabros, vascos y celtíberos; hoy con dos lenguas distintas, pero con una, la llamada castellana, general para todo su territorio, sin diferencias dialectales notables; que han pasado por vicisitudes muy semejantes, y sobre todo, que, por esas vicisitudes, han creado y conservado durante siglos unas organizaciones sociales y políticas de independencia de pequeñas comunidades, con constituciones internas de gran sentido democrático. Núcleo importante de este grupo es el celtíbero, común a Aragón y Castilla, y acaso a una parte del sur de Navarra, pero los pueblos cántabro y vasco penetran y se difunden por este territorio en repetidas ocasiones, lo que hace difícil señalar las fronteras de cántabros, vascos y, celtíberos. Un terreno tan típicamente celtibérico como Soria está cuajado de nombres vascos (Urbión, Garray, Baraona...), lo que ocurre también en Segovia y Burgos, y mucho más en Logroño, aunque muy poco en el país cántabro de Santander. El carácter prerromano de Castilla, así como la difusión de los vascos por su territorio en los primeros tiempos de la nacionalidad medieval han sido ya señalados por don Ramón Menéndez Pidal, de quien copiamos los siguientes párrafos: "Castilla nace sobre antigua población de cántabros, várdulos, autrígones y otros pueblos los más tarde romanizados en la Península y con menos intensidad, tanto que a algunos de ellos nunca llegó la romanidad y conservan hasta hoy la lengua ibérica. Por el contrario, el reino leonés surge sobre tierra completamente romanizada , a la que servía como eje la gran arteria que desde Cádiz, Híspalis y Emerita atravesaba de sur a norte todo el territorio de los astures". "...en León sabemos que se continúa el estado visigodo tan romanizado, mientras que en Castilla domina la población cántabra, menos romanizada". "La tierra al sur de León se repuebla principalmente, en parte con colonos gallegos y asturianos, y en partes con gentes mozárabes venidas de las regiones de ToledoI, de doria y hasta de Córdoba misma. La tierra al Sur de Castilla ti repuebla sobre todo con emigrados vascones. Ambas repoblaciones, de fondo étnico tan diferente, son caracterizadoras".
En este grupo de Vasconia, Castilla y Navarra y Aragón ha de recogerse un hecho que, al definir relaciones sociales y económicas, define también normas de vida, sentimientos, aspiraciones y caracteres comunes. Son pueblos que durante siglos han prolongado en cierto modo el sentido de las comunidades primitivas, en cuanto a propiedad de la tierra y de los elementos naturales de producción, que ha estorbado el arraigo del feudalismo europeo llegado a este país por Navarra, donde cuaja algo, así como en el Norte de Aragón, pero que en el País vascongado, Castilla y el Bajo Aragón, más exactamente el Aragón comunero, del fuero de Sepúlveda, apenas asoma la cabeza en algunas formas políticas, que en Castilla son obra principalmente de los potentados leoneses llegados al país como consecuencia de la unión definitiva de las coronas.
Veamos cómo estaban constituidos el pueblo y los poderes de Castilla. En cuanto al poder real, es muy claro el apartado segundo del Fuero Viejo de Castilla, que no rigió en León. El rey tiene estas facultades y tributos: justicia, moneda, fonsadera y suos yantares. Justicia es la facultad de ejercerla en última instancia, pero con arreglo al fuero de origen; el intento de violar esta justicia peculiar de cada pueblo castellano es causa de la primera protesta de Castilla, que no acepta, ni observa nunca, el Fuero Juzgo, o sea la legislación romano-goda que le quieren imponer los reyes astur-leoneses. Moneda es la facultad de acuñarla y un tributo que lleva su nombre. Fonsadera es la guerra; ir al fonsado es ir a la guerra, que el rey declara y dirige como capitán general, siempre con las limitaciones impuestas por los distintos fueros de la federación. Las tropas de cada comunidad van a la guerra con sus propios capitanes y siguen el pendón de su concejo. Y "suos yantares" quiere decir el sostenimiento de la casa y oficios del rey.
La exposición de los caracteres de la vieja Castilla y de sus instituciones es materia para un trabajo que no cabe en los límites de este "Suplemento". Sin embargo, diremos lo más esencial para el conocimiento y la evolución de la personalidad nacional de Castilla. En realidad el régimen castellano era esencialmente igual al régimen foral de los vascos, que ha sido tema de muchos estudios. En su examen aparecen dos formas: las constituciones eminentemente republicanas y las que han modificado ligeramente la forma republicana, por delegación del poder en un patrono de elección y removible. No corresponde una de estas formas exclusivamente al país vascongado, ni la otra es peculiar de Castilla; pues el régimen de patronazgo aparece en Vizcaya, mal llamada señorío, porque no es ningún señorío feudal, sino una behetría, así corno en el país castellano de las merindades de Burgos Santander; al paso que el régimen republicano es el genuino de Alava Guipuzcoa y el país castellano de Soria, Atienza, Madrid, Sepúlveda, Segovia, Cuenca, etc., que se extiende en Aragón por Calatayud, Daroca, Albarracín y Teruel.
Hay, pues, en Castilla dos zonas que marcan diferencias claras en su organización, hecha en cada una de ellas para asegurar la democracia, pero por métodos diferentes, debidos a diferentes circunstancias. Estas dos zonas son: el país comunero, o de las comunidades o universidades, llamado por los historiadores Castilla del Duero, que llega hasta el Tajo y el Júcar; y el país de los condados, las merindades y las behetrías, llamado Castilla Vieja (así, sin artículo). El país comunero se extiende por las provincias de Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Avila, Madrid, Guadalajara y Cuenca; y pudiéramos decir de él que está organizado a la guipuzcoana, pues sus instituciones son repúblicas como las hermandades de Guipuzcoa y las cofradías de Álava. Del otro podríamos decir que está constituido a la vizcaína, pues sus organizaciones tienen analogía con las de Vizcaya. Este segundo país, en el que las juntas populares tienen plena acción, aun cuando la forma republicana no sea tan pura como en las comunidades, universidades, hermandades y cofradías, ocupa terrenos de Santander, Burgos, Logroño y Soria.
En su "Historia de la Civilización ibérica", dice Oliveira Martins: "...al final del siglo XI, es tal la importancia y la fuerza de las repúblicas concejiles, que los reyes han de inclinarse ante ellas y acatar la preferencia de la autoridad de los magistrados populares sobre los merinos y funcionarios de la corona". Y después cita las siguientes palabras de otro ilustre historiador, el gallego Colmeiro: "Parecía Castilla una confederación de repúblicas trabadas por medio de un superior común, pero regidas con, suma libertad, y en las cuales el señorío feudal no mantenía a los pueblos. en penosa servidumbre". Y don Pedro Pidal, el paladín de la unidad católica, en España, escribe: "La constitución de Castilla, y aun de toda la España cristiana, era por este tiempo, digámoslo así, federal; una multitud de pequeñas repúblicas o monarquías, ya hereditarias, ya electivas, con leyes, costumbres y ritos diferentes, a cuyo frente estaba un jefe común". "En: Castilla había en efecto varias clases de gobiernos: uno era el de las Comunidades o Concejos, especie de repúblicas que se gobernaron bastante tiempo por sí mismas, que levantaban tropas, ponían pechos y administraban justicia la a sus ciudadanos". En el caso de Pidal merece que se afirme el rigor que sus palabras vacilantes pueden quitar a la verdad. La palabra federal es improcedente usarla corno imagen que forme un conocimiento aproximado, cuando significa la esencia y la forma de la vieja constitución castellana: y lo mismo hemos de decir en cuanto a que las comunidades sean una especie de repúblicas, cuando son verdaderas repúblicas.
Esta constitución es propia del país castellano, del país vasco y de la parte de Aragón regida por el fuero de Sepúlveda, o sea el Aragón comunero, pero no lo es de las restantes partes de la España cristiana, aun cuando en la comarca leonesa de Salamanca y en la catalana de Tortosa hay unas instituciones que tienen una analogía de nombre y un parecido en ciertos aspectos. Por el rey aragonés Alfonso I el Batallador que en Salamanca tuvo muchos partidarios se trató de extender al país la institución comunera, pero inmediatamente pierde sus condiciones características y no queda más que una de las muchas comunidades de tierras y pastos que hay en España, pero sin función política ni facultad de gobierno. Otro intento con el mismo resultado contrario se hace en Cáceres y Plasencia. Hay indicios de que quiso llevarse esta institución a Valladolid, donde también quebró... En Cataluña existe la Universidad de Tortosa, tal vez sobre una reminiscencia ibera, pero muy adulterada por la intrusión de un señorío eclesiástico-militar. Las comunidades se llaman sinónimamente en Castilla universidades; en Alava, cofradías, y en Guipuzcoa, hermandades.
Joaquín Costa dice que las comunidades de Castilla y Aragón son materia digna de estudio y que sigue aun por estudiar, y otro aragonés, don Vicente de la Fuente, el erudito hijo de Calatayud, el que más ha profundizado en el estudio de las repúblicas comuneras, afirma que la famosa libertad aragonesa no era verdad más que en el país de sus cuatro comunidades, o sea en el regido por las normas del fuero castellano de Sepúlveda, y que en el resto de Aragón solamente eran libres, si bien lo fuesen hasta la anarquía, unos dos mil individuos y los hermunios de algunas ciudades.
El régimen autonómico, federal y democrático de Castilla se funda en la comunidad, por encima de ella está el rey, como poder federal, y por debajo de ella el municipio. La merindad es una comunidad algo adulterada, que por estar amenazada por un feudalismo inmediato, pacta con un poderoso una función de patronato.
Mucho se habla de las comunidades de Castilla, pero las gentes no pasan de una invocación o enunciación repetida y confusa. Siguiendo a la Fuente y con lo que conocemos de ellas podemos decir que son instituciones republicanas que gobiernan un territorio, tan amplio a veces que la de Segovia media más de 15o kilómetros de norte a sur. Sus caracteres esenciales se pueden restituir así:
Disponer de un territorio extenso que sirva de asiento a una sociedad necesitada de funciones políticas mucho más amplias que las correspondientes a la vida municipal.
Tener soberanía plena sobre ese territorio con ausencia de todo poder señorial.
Ejercer el poder por emanación del pueblo.
Tener fuero y jurisdicción única y común para todo el territorio.
Tener en el territorio comunidad en la posesión y uso de las fuentes naturales de producción.
Tener autoridad sobre los municipios del territorio.
Ejercer el derecho de medianeto.
Tener ejército con pendón y capitanes propios.
Tener una ciudad como capital o sede permanente.
Todo lo dicho se comprende fácilmente y sólo falta una aclaración sobre el medianeto, que es la función de dirimir contiendas entre los municipios de la comunidad. Tal función está ya consignada en el fuero de Nájera, aun cuando Nájera no era una comunidad plena, y se ejecutaba en el puente. El fuero de Sepúlveda manda que se realice en el pueblo de Revilla Concejera, hoy Consuegra de Murera. Como puede verse son las condiciones de una república completa, aunque federada, de las que hoy se constituyen.
En cuanto a las corporaciones de gobierno hay alguna variedad de unas a otras comunidades y algunas alteraciones introducidas por los reyes comunes a León y Castilla después de la unión de las coronas. Vamos a tomar como ejemplo la de Segovia, porque, según la Fuente, era la preponderante y mejor gobernada de Castilla, porque todavía en 1936 había una junta que administraba sus bienes, reliquias del cuantioso patrimonio comunero en siglos pasados, y porque, como la de nuestro nacimiento, nos es más conocida en su funcionamiento histórico.
La comunidad de la Ciudad y Tierra de Segovia no tenía fuero escrito, 'semejantemente a como Inglaterra no tiene constitución, y, con raíces seculares en el pueblo, se regía por la costumbre. El país, administrado desde la Ciudad, se divide en sesmos, que son simples circunscripciones electorales, para designar procuradores sesmeros, que representan á la Tierra, nombre con que se designa el territorio de fuera de la Ciudad. Estos sesmeros son los que todavía en 1936, en número de uno por sesmo y bajo la presidencia del alcalde de Segovia, formaban la Junta de la Comunidad.
Los organismos eran estos: El Regimiento o Junta de regidores, electivos, que viene a desempeñar las funciones de gobierno; el Concejo de la Ciudad, llamado así por residir en ella, pero que se compone de todos los regidores reunidos con los sesmeros, elegidos a dos por sesmo, y desempeñaba las funciones de autoridad máxima, cuando no está reunido otro órgano más alto que es la Junta de cuarentales. Las atribuciones del Concejo eran tan amplias, que en 1297 escribe y promulga la carta puebla de El Espinar. Por cierto que causa estupor al culto historiador leonés don Julio Puyol, autor de un estudio sobre ella, quien, poco atento a la constitución interna de Castilla, se asombra de que un concejo pueda usar de la facultad real de poblar y dar fuero, olvidándose que ese concejo no era el órgano rector de un municipio leonés, sino de una comunidad castellana. El señor Puyol se pregunta cómo un municipio puede dar fuero a otro municipio, pero ya liemos visto que el Concejo de Segovia no es representación y gobierno de un municipio, sino de lo que hoy llamamos un estado federado, con autoridad sobre los municipios de su territorio. Lo curioso es que la ratificación de esta naturaleza y de esta autoridad puede verse en un interesante librito de que es autor el propio señor Puyol, en el que se reproduce una orden del Concejo de Segovia -que manda a todos los municipios de la Tierra que formen hermandades. Puyol, obsesionado por la idea común de que los reinos de León y Castilla al unirse las coronas fundieron los pueblos y unificaron sus constituciones, olvida que después de tal unión todavía se celebraban cortes separadas y que aun más tarde, cuando las cortes eran comunes, se legislaba separadamente para todo el reino de León, por un lado, y para Castilla con el País vascongado, por otro; que León formaba una unidad política homogéna con Asturias, Galicia y Extremadura con instituciones generales para todos esos reinos distintas de las castellanas; tanto que cuando Primo de Rivera legisló sobre el foro, impropiamente llamado gallego, lo hizo para todo el antiguo reino ; es más, tuvo que incluir dentro del vigor de su ley a los dos partidos judiciales del occidente de la actual provincia de Santander, que fueron leoneses, y excluir de la provincia de Valladolid a los de Peñafiel y Olmedo, que fueron de Castilla. Exacta permanencia milenaria de unos límites históricos. El Consejo de Segovia no abusa, como pretende Puyol, de la debilidad de la monarquía en aquellos días. Puebla El Espinar porque tiene autoridad para ello, puesto que en el país comunero de Castilla la tierra y la facultad de poblarla no es del rey sino de la comunidad.
La Junta de Cuarentales se compone de todos los regidores, juntos con todos los sesmeros y con unos diputados elegidos por los sesmos que se llaman cuarentales porque sumados a los anteriores completan el número de cuarenta.
Hay gran funcionario electivo, cuyas funciones no entramos a detallar, que se llama Procurador general de la Tierra;
La elección es por vecinos con casa abierta, lo que los vascos llaman por voto fogeral y los catalanes per focs, en los pueblos. En la Ciudad, que es una población eminentemente industrial y sin agricultura, cada vecino vota dentro de su gremio, aunque no tenga casa abierta, lo que hace más universal el sufragio; pero además había cuatro grupos por razón de nacimiento o linaje: el linaje de Díaz Sanz y el de Fernán García de la Torre, donde estaban los segovianos de ascendencia originaria en el país, cualquiera que fuese su condición económica, pues la política era una sola; la "nación de los montañeses" (originarios de Burgos y Santander) y la "nación de los vizcaínos" (por la enorme cantidad de Segovianos que (descendían del país vasco). Esta nación de los vizcaínos, que era la preponderante entre el pueblo, se reunía en el atrio de la iglesia de la Trinidad y se distinguía por ser la propulsora del segovianismo, la cultivadora de las costumbres locales, la animadora de todas las fiestas, la primera en protestar por cualquier contrafuero. Un pelaire de esta nación de los vizcaínos es el que capitanea las asonadas iniciales del alzamiento de los "popular,. más comúnmente llamado de los "comuneros". Pero, además, en una relación de personas que representan en un acto a los linajes de Díaz Sanz y Fernán García de la Torre nos encontramos también con muchos nombres vascongados.
En las repúblicas comuneras todos los ciudadanos eran iguales, sin distingos de riqueza, linaje o creencia según el precepto del Fuero de Sepúlveda que dice que todas las casas "también del rico como del alto, como del pobre como del bajo, todas hayan un fuero"; y el que manda: "si algunos ricos- ornes, condes o podestades, caballeros o infanzones de mío regno o dotro, vinieren a poblar Sepúlveda, tales caloñas hayan cual los otros pobladores"; y otro: "que cualquiera que viniere de creencia, quier sea cristiano, moro o judío, venga seguramientre". Una restricción conocida es que (en Sepúlveda) para ser alcalde o juez se había de ser caballero, entendiendo por tal al que mantenía caballo de silla de un modo efectivo, que no era condición de honor de casta o linaje, por lo que el hijo de caballero que no tenía caballo no era tal, y el ciudadano que lo adquiriese caballero era.
En varias comunidades y en varios momentos aparece un señor, señor de la villa dice el Fuero de Sepúlveda. La misión de este funcionario ha sido estudiada y definida como un delegado del rey para el cuidado de los asuntos concernientes a las escasas facultades reales, pues ni aún en la fonsadera o guerra tenía función, ya que las tropas comuneras, aun cuando bajo el mando supremo del rey, van mandadas por los capitanes nombrados por el concejo de la comunidad y siguen el pendón concejil. En ninguno de los muchos acuerdos que se conservan de las juntas de concejos comuneros se ve rastro de intervención del señor, ni para proponer, ni para aprobar, ni para vetar, ni para nada; ni se le cita a juntas, ni acude, ni da órdenes a nadie. Tampoco los señores vascos, como por ejemplo el de Vizcaya, eran, ni mucho menos, señores feudales.
Paral evitar la creación de personajes poderosos, o de predicamentos personales que pudieran amenazar el buen funcionamiento de la democracia, los documentos emanados del Concejo de la Comunidad de Segovia no llevan la firma de ningún alto funcionario o personaje, sino que para conservar e1 prestigio del concejo como tal, sin vinculación con persona alguna, van firmados por tres testigos vecinos de la Tierra, que no de la Ciudad, quienes según usanza dan fe de que el concejo se ha reunido y acordado lo que en el documento se contiene; norma muy democrática, de perspicaz precaución frente a la posible creación de oligarquías, que el concejo observa escrupulosamente, incluso en las órdenes que se transmiten a los municipios del territorio.
El suelo es propio de la Comunidad y común para todos sus vecinos, aun cuando existe también la propiedad privada, y hay también bienes propios de los municipios, por cesión de la Comunidad para sustentación de su vida económica, como se ve en las cartas pueblas de El Espinar, en que la Comunidad de Segovia al crear el municipio le cede gratuitamente pinares, y como en el caso de la dehesa de Valdechinchón, cedida también por la Comunidad gratuitamente al , municipio de Chinchón a petición de sus vecinos. Aguas, bosques y pastos pertenecen a la Comunidad, así como el subsuelo ("salinas, venas de plata e de fierro e de cualquiere metallo"). Ciertas industrias, como caleras, tejares, etc., son propiedad de los concejos municipales. Anejo a la propiedad del suelo, es el derecho de la Comunidad a poblar. Estas dos condiciones excluyen la presencia de todo señorío extraño al propio pueblo.
Las comunidades no se crean por ningún acuerdo de cortes, ni por pragmáticas reales: los condes de Castilla las encuentran ya formadas cuando ensanchan el condado. Según algunos autores son anteriores a la llegada de los romanos a España; según nuestra modesta opinión son instituciones de origen celtibérico.
Su aparición, al constituirse el condado, no es un proceso de creación, sino de reconstrucción, y su plenitud se alcanza a medida que va corriéndome hacia el país menos romanizado. El fuero de Logroño contiene libertades pero no apunta en él la idea de la comunidad; en el de Nájera ya asoma una dle las funciones típicas de la comunidad: el medianeto o facultad de poner paz entre las aldeas del territorio; en el de Miranda aparece la autonomía judicial, pues exime a Miranda de los merinos de Castilla y Alava; en el de Burgos, las aldeas ya están agregadas a la ciudad, ya hay un territorio sobre el que formar un estado autónomo; por fin, en el fuero de Sepúlveda, en el contenido político que no está contaminado de los in flujos francos que por mediación de Navarra llegan hasta Sepúlveda, tenemos ya la constitución de una de aquellas repúblicas que, en Castilla y en Aragón, se llamaron comunidades o universidades.
Tenemos en el país vasco-castellano-aragonés dos fueros generales muy interesantes que alcanzan gran extensión. El de Logroño, que es un fuero municipal para pueblos que pertenecen a una comunidad autónoma constituida de cualquier modo; y el de Sepúlveda, que es una constitución territorial en que se asientan las bases de gobierno general y las de formación de los municipios del territorio. El primero se encuentra en pueblos como Santo Domingo de la Calzada, Briones, Peñacerrada, Medina de Pomar, Frías, Santa Gadea, Salvatierra, Orduña, Vitoria, Tolosa, Arciniega, Lasarte, Azpeitia, Elgoibar, Castro Urdiales, Laredo, etc. El segundo lo recibe Teruel de manos de Alfonso II de Aragón, en toda su integridad; los de Calatayud, Daroca y Cuenca son el fuero de Sepúlveda con muy ligeras variaciones de redacción ; la Comunidad de Segovia se rige por normas consuetudinarias coincidentes con el fuero sepulvedano.
Las cortes no aparecen en Castilla hasta tarde, después de las de Aragón y León, pues como la autoridad y casi todas las funciones públicas están en manos de las comunidades, no hay apenas en el reino cuestiones de interés general. Cuando nacen, con Alfonso VIII, son eminentemente populares; el rey convoca solamente a las ciudades y a los enviados de cada ciudad, pues no hay un clero ni una nobleza que intervengan en el gobierno; aquél no solamente no interviene sino que los clérigos, según costumbre generalizada, no ocupaban puestos en los concejos de Castilla, e incluso hay documentos reales que sancionan esta costumbre. Según el Fuero de Sepúlveda tampoco pueden ser abogados en los pleitos. En esto se encuentra nueva coincidencia entre Castilla y el País vascongado, pues los clérigos tampoco podían ser procuradores en las Juntas guipuzcoanas. El carácter laico del fuero sepulvedano está claramente manifiesto en este otro precepto que prohíbe "que ninguno non haya poder de vender ni de dar a los cogullados raíz, ni a los que dejan el mundo".
Verán los catalanes que nos lean que no son estas las leyes que, tildadas de castellanas, llevó a Cataluña la monarquía española cuando dictó el Decret de Nova Planta.
Una observación interesante para quienes discuten los perjuicios que las autonomías pueden acarrear a la cordialidad entre pueblos: aun cuando las comunidades tenían ejércitos estables y numerosos, con capitanes propios, y aun cuando no escaseaban los conflictos entre ellas, jamás acudieron a las armas, al contrario de lo que ocurría con los señores feudales poseedores de mesnadas.
En el país del norte de Castilla —Castilla Vieja— poblado por cántabros, la constitución en su origen es en comunidades parecidas a las celtíberas, pero los azares de la Edad media y su mayor proximidad a los focos de feudalismo hicieron que los cántabros modificaran su organización por necesidades de defensa, de lo que nació la behetría, por la cual los habitante', de un poblado tomaban un defensor con honores de señor, pero con la facultades estipuladas y con la seguridad para el pueblo de que, podía destituirlo y cambiarlo cuando quisiese, hasta "tres veces en un día" como reza la frase ritual que se ha hecho clásica. Las behetrías se reunían en un conjunto denominado merindad, donde actuaba un merino o juez nombrado por el rey. Como se ve, salvo estas diferencias debidas a la presencia cercana del feudalismo y a la necesidad de protegerse contra él, la constitución política de todas las nacionalidades de este grupo se cimenta, a lo largo de la historia, en los mismos principios.
Las comunidades han sido atacadas de varios modos: Por división en otras más pequeñas; por segregación de aldeas o municipios de su jurisdicción; por donaciones en señorío a obispos, monasterios o nobles, cuando no a funcionarios ennoblecidos, caso este muy frecuente por despojo por la realeza de las facultades de elección y nombramiento que correspondían al pueblo; y, finalmente, por incitación al nacimiento de oligarquías entre sus propios ciudadanos, como en el caso de la Comunidad de Ávila que se repobló con muchos nobles leoneses provenientes de Asturias y de la comarca salmantina de Bracamonte, los cuales crearon unas oligarquías que terminaron por ahogar a la democracia comunera, convirtiendo a Ávila en Ávila de los Caballeros.
La historia del pueblo castellano es en esencia durante siglos la de las vicisitudes de sus comunidades populares, que los castellanos defienden contra los reyes, los nobles y la Iglesia. Los ataques a las repúblicas comuneras, descarados o encubiertos, son mayores por parte de la monarquía después de la unión de las coronas de León y Castilla, mientras que los gobernantes a quienes deben apoyo han sido condes o reyes privados de Castilla y el País vascongado. Imposible sería exponer dentro de los límites de este trabajo una historia de las luchas de las repúblicas comuneras contra sus poderosos enemigos; por lo que nos limitaremos a mencionar algunos episodios notables.
Fernando III, el período rey del poderío definitivo de la unión de lascoronas, afirma su propósito de poner coto a los abusos de la legislación foral. Para el monarca es un abuso que castellanos y vascos se rijan porunas leyes que le impiden la absorción del poder. Pero va demasiado lejos,despertando la resistencia de Castilla, y al final de su vida, y a requerimiento de Segovia, en 1250, hace esta confesión: "et yo bien conozco et esverdad que cuando yo era niño aparté las aldeas de las villas en algunos lugares. Et a la sazón que yo esto fiz non paré en tanto mientes". Esto de apartar las aldeas de las villas podrá parecer a algunos cosa sin importancia, pero la tiene tan grande que es nada menos que destrozar los estado, republicanos que se llamaban Comunidades de Villa y Tierra.
No solamente se declara el propósito de destruir la organización del Estado Castellano, para reemplazarla por la del neogótico astur-leonés, es que se escriben el Septenario de Fernando III y las Partidas de Alfonso el Sabio, verdaderos tratados de monarquía unitaria y teocrática, trabajo académico de diestros maestros y de hombres muy sabios, pero concepción del Estado, de sus instituciones, del poder y de la función real totalmente contrarios al Estado, instituciones, poder y función real primitivos de Castilla. No se trata de difundir por los reinos las ideas y constituciones de Castilla, como quieren hacer creer los que hablan de una supuesta hegemonía castellana, sino de destrozarlas en la misma Castilla. ¡Singular hegemonía ésta! Más penetrante es el señor Bosch-Gimpera cuando dice que "Castilla queda ofuscada y en adelante, aunque siga hablándose de Castilla v esta se con el tiempo se convierta de nombre en el país hegemónico, se trata de una Castilla que sigue la herencia leonesa", pues --aclara en otro lugar — "la monarquía leonesa-castellana se organiza con predominio de la leonesa, de tradición visigoda, y no de acuerdo con la primitiva tradición castellan, más democrática y popular, representada por Fernán González y el Cid".
La resistencia de los castellanos es tan grande que Alfonso el Sabio no logra su propósito. Sin embargo, no desaprovecha medio ni ocasión para destruir la democracia comunera: En 1256, contra fuero y costumbre, da privilegios a los nobles segovianos, para crear dentro de la Comunidad una oligarquía nobiliaria. En 1259, siempre a costa de la Comunidad, da privilegios a la Catedral y al Cabildo. Y en 1287 toma para si el sesmo de Manzanares, disputado a la Comunidad de Segovia por la de Madrid.
Alfonso XI vuelve a la agresión contra el estado foral castellano, decidido a implantar definitivamente el criterio neogótico; pero, pese al Ordenamiento de Alcalá, no lo consigue, ya que si logra dar vida a las Partidas en Castilla es después de los fueros y de la costumbre. Este monarca no ceja en su empeño de corroer las instituciones populares castellanas y es muy natural que apuntase a las más ejemplares, como eran las de Segovia. No modifica nada constitucional ni suprime atribuciones, pero acude a un artilugio: el de nombrar por sí los funcionarios principales, cuales regidores y alcaldes, tomando el eterno pretexto (le todos los totalitarios del poder: el de evitar discordias y conservar el orden; y esto precisamente en la comunidad que tenía la mejor reputación de austera, fuerte y bien gobernada. A la vez que pretende minarla con la argucia elegida, quiere cimentar una oligarquía aristocrática, por lo que escoge los personajes entre los linajes de Díaz Sanz y de Fernán García de la Torre, cuando ni tales linajes ni nadie tenían prerrogativas en aquella organización popular.
Pero al rey le fallan los propósitos gracias al arraigo que entre los segovianos tiene su comunidad, a su ingenio y a que allí no había una aristocracia poderosa. La comunidad acuerda, al correr de los tiempos, aumenta, a cuarenta —los cuarentales— el número de los apoderados con voto en su gobernación, con lo que los dieciséis de nombramiento real quedan en minoría. Por otra parte, estos regidores y alcaldes de merced, como así se les llama, se dan cuenta de la firmeza del pueblo y no se apartan de la norma democrática.
Isabel I es, para la Comunidad de Segovia, la promesa de una inmediata confederación con Aragón y es la satisfacción de una política con ese Estado que es tradicional en la Castilla celtibérica. Sin poner mientes en derechos sucesorios, que importan a la dinastía pero no le importan al pueblo, atendiendo solamente a su criterio político, esa razón montada, la Comunidad de Segovia proclama reina de Castilla a Isabel en 13 de diciembre de 1475. Al día siguiente presta la nueva reina su juramento foral; mujer de mucha castidad y de talento, de altas miras en muchos menesteres, y de moral incongruente en otras ocasiones y conductas, ningún respeto guarda a lo jurado, y así, muy pocos años después, toma 1,200 ciudadanos segovianos de los sesmos de Casarrubio y Valdemoro para convertirlos en vasallos de los Marqueses de Moya, sus favoritos.
Con Isabel acaba la monarquía astur-leonesa para que nazca otra mayor, la monarquía española, con carácter de imperio y con herencia de todo el ideal de la llamada, tan acertadamente, reconquista; monarquía que no solamente hereda los designios de sus antecesores sino que los acrecienta. Esta monarquía nada toma de los ideales políticos y sociales del viejo Estado castellano, ni de las instituciones adecuadas a la realización de tales ideales; por el contrario, Castilla recibe de ella repetidas acometidas encaminadas a destruir su naturaleza íntima. Y si, repetimos, después de estos ataques obstinadamente continuados, ninguna de las cualidades substanciales de Castilla pasa a los restantes países de la monarquía, salvo la lengua, ¿dónde está la tan cacareada hegemonía de Castilla?
Antes de avanzar más en el desarrollo de las vicisitudes por las que ha atravesado la nacionalidad castellana, observemos algunas dificultades que nos pueden estorbar en nuestra marcha. La más importante la vamos a encontrar en la historia clásica, y más todavía en los historiadores. La estimación de la condición social que ocupan les convida a considerarse ligados a las clases poderosas, creencia que les hace pensar, como obligación patriótica, en la necesidad de colocar la dirección del país en las manos de las aristocracias tradicionales, lo que exige que tales aristocracias aparezcan como connaturales con el país, y por tanto que la monarquía re nacida en Covadonga sea aceptada como directora de una empresa del pueblo español en pretensión de su independencia. Quieren también hacer ver que el Estado español, creado por los godos se nutre de substancia española, y atiende al servicio del pueblo y de las aspiraciones nacionales. Así, para defender la supuesta condición hispana de las dinastías neogóticas, acuden a la argucia de acusar a la Casa de Austria de extranjera y creadora del absolutismo y de la intransigencia religiosa. Pero la Casa de Austria no es más extranjera que sus antecesoras; no había ideado la monarquía absoluta, que ya estaba concebida en las Partidas, y que se había tratado de consolidar por los reyes, desde Alfonso XI hasta Isabel I; ni entabló la lucha contra las instituciones forales, ya perseguidas de antiguo; ni estableció la inquisición, que ya había instaurado Isabel la Católica; ni fué ella la que entremetió al clero en la gobernación del país, pues ya estaba dentro desde la venida de los clunicenses. Lo que sí es cierto es que nuestra democracia es española y que su destrucción nos ha venido de Europa.
Claro es que, para hacer ver este acomodo de la monarquía al país estorba el recuerdo de la democracia de Castilla; y para anular este recuerdo y que no deje rastro es muy útil contar una tradición falsa; así, unos por errores que les han imbuido y otros porque la mentira se acomoda a sus conveniencias políticas, han logrado meter en la conciencia popular dos grandes embustes: El de que, al quedar en una sola cabeza las coronas de León y Castilla se habían fundido los dos Estados y los dos pueblos; y el de que Castilla había tomado sobre sí la tarea de crear el Estado español y la nación española; lo que quiere decir, ya que la corona es común a los Estados de León y Castilla, que los reyes comunes habían tirado por la borda la tradición y los criterios políticos de la monarquía neogótica para aceptar la tradición política, la constitución interna, las condiciones económicas y los criterios sociales del pueblo castellano.
La falsificación ha llegado al extremo de colocar el centro nervioso del pensamiento y la voluntad castellanos en la Tierra de Campos, los Campos Góticos, país no castellano que conserva la tradición leonesa y que no ha tomado de Castilla más que la lengua y el nombre, impropiamente aplicado y generalmente aceptado; donde viven unos grupos caciquiles que sustentan el ideal del unitarismo imperial, mismo que Castilla repudió al hacerse independiente, y que se consideran los definidores de España y creen que sus criterios tienen que ser aceptados y obedecidos por todos los españoles. Estas oligarquías están dirigidas por unos hombres que han sido motejados de torpes y burdos, pero que, por el contrario, han demostrado tal destreza política que, unas veces so pretexto de los estatutos regionales y otras con el achaque de la reforma agraria, pusieron a la república en más de un aprieto e indujeron a un distinguidísimo republicano a componer un discurro, tan nutrido y adornado de bellezas literarias, como desquiciado en materia política e incongruente con la historia de Castilla.
A todo esto la confusión anda a la orden del día en los libros de historia. No distinguen una comunidad de un municipio; revuelven el concepto de concejo, órgano rector, con el municipio y con la comunidad, cosas regidas; una institución que es privativa de León o de Castilla la hacen común a ambos países. En tal estado de cosas, la historia de Castilla está por escribir, pero puede escribirse, pues afortunadamente hay en los archivos una documentación muy rica y enseñadora que se puede estudiar para reconstruir hechos e instituciones. El examen tan sólo de unos cuantos documentos, segovianos en su mayor parte, y su cotejo con hechos conocidos nos ha llevado a una visión de Castilla tan en desacuerdo con los clásicos.
Veamos cómo Castilla sigue fiel a su fe democrática y a su ideal autonómico y cómo los sostiene a través de los tiempos. En el alzamiento que generalmente se llama con impropiedad de los' "comuneros de Castilla" y que algunos autores llaman de los "populares" tenernos buenas pruebas. Para unos, este alzamiento es una aspiración nacionalista; para otros, es un movimiento social; para el de más allá, un estallido de contienda entre nobles. Todo este enredo es el resultado de confundir países, pueblos e instituciones.
Ferrer del Río escribe un párrafo que copiamos porque nos lleva de la mano a comprender este lío: "Sin que redundara en provecho de ellas (se refiere a las comunidades) hubo además trastornos en Galicia. Badajoz y Cáceres se agitan también por aquel tiempo : mas como el elemento popular estaba poco desarrollado en Extremadura, su levantamiento vino a ser una lucha de nobles entre nobles; lo mismo que en Andalucía, donde Ubeda, Jaén, Baeza y Sevilla fueron teatro de sangrientas escenas promovidas por los bandos de Carvajales y Benavides, de Ponces de León y Guzmanes. Ningún apoyo directo sacaron las ciudades castellanas de la convulsión de las poblaciones extremeñas y andaluzas; tampoco salió de ellas robustecido el poder del trono, porque en los disturbios de los magnates no se trataba de obedecer, sino de quién había de mandar, y así la autoridad real perdía y el pueblo no ganaba. Y es cierto que, predominante la dependencia feudal entre los andaluces y extremeños, alzados los castellanos en defensa de sus fueros municipales, pudo decir exactamente un contemporáneo de aquellas turbaciones que desde Guipuzcoa hasta Sevilla no se encontraba población donde fuera acatada la voz de Carlos V".
Después de la observación que hay que hacer a Ferrer del Río, como a muchos historiadores y tratadistas políticos, de confundir las cuestiones al tomar por municipales a todos los fueros castellanos, hay que extender a todo el reino leonés su observación sobre Extremadura y Andalucía, que no son otra cosa más que la prolongación por el sur de España de este reino leonés, en su organización social y política y con sus órganos adecuados qua son los tradicionales del reino neogótico. Por eso, y porque en el viejo reino leonés, naturalmente que con Asturias, Galicia y las tierras de entre Pisuerga y Cea, el elemento popular tenía también poca importancia, aunque más que en Andalucía, las cosas, con muy poca diferencia, se desarrollan como en el Sur. En León es una contienda entre Guzmanes y Lunas; en Zamora, salvo que el obispo siente la causa con fervor, es también una rencilla del Obispado con la casa de Alba de Aliste; en Valladolid, es entre el Conde de Benavente, Girón y el Almirante; Palencia, incluso los vecinos de la ciudad, lucha con los imperiales y contra los populares porque su señor, el obispo, es partidario del emperador, y con el emperador van los vasallos del de Benavente, del de Alba de Aliste, etc.; de tal modo que el ejército vendedor en Villalar estaba compuesto en su parte más importante de vasallos de los señoríos leoneses, sin la costumbre ni el gusto consiguiente por el ejercicio de las libertades de las constituciones castellanas y vascongadas. Únicamente en Salamanca y en Medina del Campo el movimiento es democrático, tal vez por influjo de la Universidad en aquélla y por la condición mercantil de Medina.
Pero en Castilla y el País vasco la rebelión es claramente contra el imperio, francamente por la democracia y la autonomía. Las diferencias dentro de Castilla y el País vasco son solamente de táctica y la única ciudad que disiente es Burgos; pero Burgos quiere la autoridad para sí, rechazando los poderes extranjeros, y es autonomista, ya que pretende la restauración del gobierno de su tierra por ella misma repudiando los poderes centrales y de 'señores. La petición de Burgos es que se devuelvan a su concejo los castillos dados a señores y que se le restituyan los territorios de la jurisdicción de Lara que se le habían arrebatado. En suma, quiere reconstituir su estado propio, pero su táctica es la de pactar con el emperador que accede a las peticiones burgalesas, ante cuyo triunfo Burgos escribe a las demás ciudades que ya no tiene objeto el alzamiento.
Donde el movimiento alcanza una madurez política y social definida es en Toledo, Madrid y Segovia, donde, además, el principio de solidaridad recibe todo el valor que necesita en aquellos momentos incluso imponiéndose " a ciertas ambiciones particulares, tanto que Madrid y Segovia presentan peticiones incompatibles, pues una y otra comunidad exigen para sí el sesmo de Manzanares, que conservaba en su poder el Marqués de Santillana, pero esta petición no es obstáculo para una colaboración muy estrecha en cuanto a la gran aspiración nacional. En los momentos en que comienzan los Sucesos de Segovia, están reunidos 'en El Espinar Juan Bravo, el capitánsegoviano, Juan de Padilla, el toledano, y Juan de Zapata, el madrileño, yallí definen clara y atrevidamente su ideal nacional, que alarma al cardenalAdrlano, quien dice a Carlos V poco más o menos (pues recordamos dememoria): Los nobles se van apaciguando y puede restaurarse la autoridadde vuestra majestad. Lo peor del caso es que la Comunidad de Toledo, deacuerdo con la de Madrid y con la de Segovia, han decidido no reconocera los representantes de vuestra majestad, ni al propio emperador, pues dicenque Castilla no necesita ni de emperadores ni de imperios y que paragobernarse le basta con sus repúblicas tradicionales como lo está haciendo Italia.
Estos capitanes saben que nada tienen qué hacer ni con la reina Juana, ni con el cardenal Adriano, ni con el Conde de Benavente, y saben que muy poco tienen que esperar de los populares del viejo reino de León, salvo de Medina del Campo, población mercantil, municipio sin comunidad de territorio, pero que tiene mucho trato y mucho de común con las repúblicas hanseáticas y un prurito de independencia que se expresa con el lema de su escudo "Ni al rey oficio, ni al Papa beneficio". Juan de Zapata no va a, Villalar, pues opina que el contactó con oligarquías imperiales, o con comarcas de gran fidelidad monárquica es menos conveniente que encastillarse en su república madrileña.
Fuerte, muy fuerte, es el movimiento en Alava y Guipuzcoa. Las tropas alavesas del Conde de Salvatierra son las más disciplinadas de todos los ejércitos comuneros, pero el movimiento es más definido en sus fines políticos y en su raíz popular en Guipuzcoa, dirigido por los gamboinos y determinado con claridad en las actas de Tolosa.
En resumen: el movimiento es democrático y nacional en Castilla y el País vasco; es una aspiración de abrirse paso del incipiente capitalismo mercantil en Medina del Campo; es un estallido de ambiciones y rencillas entre nobles en el resto del país alzado.
En relación con esto podemos hacer dos observaciones referentes al País vasco. Una, que el primer movimiento nacionalista en esas tierras esel de los comuneros alaveses y guipuzcoanos. Otra, que las discordias entreoñacinos y gamboinos no son, como dicen algunos, por espíritu de banderíapor causas baladíes, sino que son episodios de la gran lucha universal y eternaentre la dominación y la libertad de los pueblos. Vayan algunas pruebas, osi se quiere, ensayos de pruebas. En la guerra de las Comunidades, los gamboinos son los comuneros, los defensores de la idea de libertad, del derechopopular y de la autonomía para realizarlos. Los oñacinos están con los poderesaristocráticos y con los reyes. Iñigo López de Recalde, que es oñacino, seeduca en Arévalo en la corte de Isabel la Católica, modesta, más bien pobre, casi miserable, pero de ampulosa pretensión de grandeza y ambiciones. Y López de Recalde afirma su apego a la majestad real cayendo herido en el sitio de Pamplona al servir voluntariamente al rey regente de Castilla Fernando de Aragón, pues es sabido que Isabel no logró hacer la unidad de España. Tenemos datos de que en tiempos muy anteriores a estos los gamboinos ya se habían manifestado como populares.
martes, junio 14, 2011
Las nacionalidades españolas II (Luis Carretero Nieva , Mexico 1948)
lunes, junio 13, 2011
Las nacionalidades españolas I (Luis Carretero Nieva , Mexico 1948)
SUPLEMENTOS
de
"LAS ESPAÑAS"
México, D. F., Septiembre de 1948
LAS ESPAÑAS
REVISTA LITERARIA BIMESTRAL
Registrada como artículo de segunda clase el 3 de Junio de 1948.
REDACCIÓN Y ADMINISTRACIÓN:Yucatán 34-A - México, D. F.
EDITORES:
Manuel Andújar, José RamónArana, José Puche Planas,Anselmo Carretero.
José Torres Valbuena.
ADMINISTRADOR
LAS NACIONALIDADES
ESPAÑOLAS
por
Luis Carretero y Nieva
Dibujos deCarlos MaritChal Juan Renáu.
Decíamos, en las palabras preliminares del SUPLEMENTO con motivo del IX aniversario de la muerte de Antonio Machado, que es nuestro propósito alterna, en esta publicación los trabajos de creación literaria con aquellos otros en que se examinen los problemas fundamentales que España tiene planteados y cuyo esclarecimiento, sereno estudio y civil debate representa para los emigrados republicanos una de las más capitales —y urgentes— responsabilidades históricas. Porque nuestro apasionado afán de ,soñar una patria acorde con su lógico destino, con su genuina naturaleza, capaz de verificar una alta concepción del hombre y de la sociedad nuestros, sobre íntegras bases de libertad y democracia de ye- cunda convivencia, no puede ya satisfacerse con vagos anhelos, sólo ron rescoldo de nostalgias, sino que exige precisiones; puntos comunes estables, de sentir y de obrar, la elaboración, por tanto, de un pensamiento nacional acrisolado en las últimas y dramáticas experiencias de nuestro pueblo, determinado por su sangre, su dolor y su entrañable ilusión.
Consideramos esta tarea, agregábamos, como rica expresiva manifestación del diálogo, es decir limpios de prejuicios, sin el impedimento de las consabidas rigideces dogmáticas, abierto el entendimiento a toda clase de razones legítimas, profundamente respetuosos con la diversidad de opiniones que en torno a las cuestiones vitales de 'nuestro país se susciten o existan. En consecuencia, la aparición de ensayos de este género en los SUPLEMENTOS no implica la identificación, total o parcial, de "LAS ESPAÑAS" con la tesis que los distintos autores sustenten, sino el reconocimiento objetivo de su valor documental intelectual, que en su momento será completado con aportaciones que proporcionen a nuestros lectores una visión más amplia y matizada de cada materia, que contribuyan ao fomentar un espíritu constructivamente crítico. ajeno a la polémica intransigente, al intercambio agresivo de argumentos irreductibles, herméticos por desgracia, aun tan, usual.
Para iniciar la serie, hemos elegido un tema de primera importancia., el de la misma y justa constitución de España. Ante él puede adoptarse esta o aquella actitud temperamental, o de principios —simpatizante de los movimientos autonómicos, federal, centralista, la que fuere— pero nadie puede desconocer el problema en carne viva, la conveniencia de hallarle una solución adecuada, definitiva. El abordarlo elusivamente, sin la debida valentía espiritual, sin generosas miras., daría lugar, llegada la grave hora de las decisiones, una vez extirpado el régimen, franquista, a un nuevo y malaventurado tejer y destejer—, a cerrar en falso una honda herida, al error reincidente de ignorar —o violentar— efectivas corrientes de opinión., generales estados de ánimo.
El análisis de Luis Carretero y Nieva "Las Nacionalidades Españolas”", al ofrecer datos originales, ideas vigorosas, un enfoque peculiar y recio de la tradición hispánica; contribuirá, con otras apreciaciones que habrán de presentarse en estas páginas; a promover una conciencia un criterio más eficaces ' en torno a una de .nuestras principales misiones colectivas en el futuro inmediato, encaminados a' forjar la perdurable grandeza de España.
A la memoria de mi hijo Ricardo Carretero
y Jiménez, ingeniero industrial segoviano,
muerto en la Defensa do Madrid el 13 de abril de 1937
ANTE todo: ¿qué es una nacionalidad? Generalmente no hay conceptos más difíciles de definir que los más caracterizados en el conocimiento común y corriente. Eso pasa con el contenido de la palabra nacionalidad. Hemos de renunciar a tomar ninguna definición de nación de las que corren por el mundo y que tanto se han repetido en España, donde se ha recurrido a aquellos principios más desacreditados, como son el de la raza y el del idioma. Y hemos tenido que renunciar a estos caracteres por motivos de los que tenemos muestras muy precisas en España, por ejemplo en el País vasco. Es indiscutible que existe una nacionalidad vasca vigorosamente definida, pero no se debe al idioma, pues en el País vasco hay dos idiomas igualmente propios; el uno peculiar y exclusivo de los vascos: el vascuence; el otro, es un idioma muy extendido por el mundo, pero que se habló por los vascos desde su nacimiento, sin obedecer a ninguna coacción, antes que por los restantes pueblos de España y en cuya elaboración los vascos tomaron parte importante. En los balbuceos de tal idioma, el llamado castellano con tantos motivos como pudiera haberse denominado romance vascongado, cuando aparecen sus primeras formas en el alto Ebro, los alaveses toman parte en su formación, aun cuando continuase el vascuence en lo recóndito del campo alavés, y lo hablan antes que los riojanos, los sorianos, los segovianos, e incluso los burgaleses del sur de la Brújula; los navarros también ayudan a este proceso de formación y en tal tiempo aparece una modalidad navarra que queda desalojada por las formas del alto Ebro. Aun en los momentos de más completa independencia del País vasco, el castellano se usa espontáneamente por los vascos y en Navarra es idioma oficial de este reino antes de serlo en Castilla. Si el vascuence es un idioma exclusivo de Vasconia el castellano también le pertenece por derecho de producción, aun cuando en cooperación con otros; no es un idioma extraño. Pero, además, ¿es que los vascos que no hablan el vascuence, que hoy son la mayoría, no son vascos? Un vasco no necesita saber vascuence para ser vasco; sería más incomprensible que desconociese el castellano si ha de recoger todo el pensamiento del pueblo vasco y sus sentimientos, en todas sus modalidades; y no, importa que el vascuence sea más antiguo, pues las naciones cambian de Idioma sin perder sus rasgos nacionales.
Cosa análoga ocurre en Galicia y en Valencia, donde el uso del castellano está más generalizado que el de la lengua regional. En cuanto a los catalanes están tan familiarizados con su lengua privativa como con el castellano. ("Los catalanes —ha dicho recientemente el señor Bosch Gimpera— somos hoy bilingües. Hablamos el catalán porque es nuestra lengua materna, nos expresamos en castellano cuando en España se plantean grandes ideales nacionales, todos comunes, como empezó a ocurrir bajo el régimen republicano").
Si no fuese por los nombres vascos de sus pueblos, y aun así, muy desfigurados, nada encontraríamos en la provincia de Huesca que nos recordase la condición eminentemente vascona de la gente del país. Y en las cinco provincias leonesas de León, Palencia, Valladolid, Zamora y Salamanca, el castellano, al propagarse por allí, como por toda España, a título de español, ha barrido tan cabalmente al idioma propio y nato del país, el leonés, del grupo del gallego, que personas incluso de mucha ilustración piensan que el castellano es el lenguaje natural y tradicional de aquella tierra; y, sin embargo, pese a la desaparición del idioma propio y al hecho erróneo y forzado de querer juntar con todo rigor a este país con Castilla, estas cinco provincias tienen entre sí una serie muy rica de condiciones comunes, que unen a las cinco y las distinguen de las otras de España. Tampoco se las puede considerar ya como parte de la nacionalidad gallega, aun cuando históricamente ha sido la más afín a ellas.
Portugal es una nación del grupo lingüístico de Galicia, pero no es precisamente parte de la nación gallega, pese a que los portugueses hablan n. idioma muy poco diferenciado del tronco original gallego, porque los puchos años de vivir independientes, de pensar y sentir de otra manera, han creado un carácter nacional distinto del gallego; por lo que hay otra rosa en la -que debemos convenir: la de que el carácter nacional es muy duradero y persistente, pero no eterno; la nación cambia, como cambia cuánto hay en el planeta, pero cambia a la vista de la historia, y con todos sus incluso la raza y el idioma.
El idioma es un producto humano, que varía profunda y frecuentemente. No es una causa de nacionalidad, sino, todo lo contrario, un producto de ella; que no define, pero que contribuye a señalar la figura de una nación.
No determina nada por sí solo, ni una nación necesita, para ser nación, de un idioma que sea producto de ella y sólo para ella. Familiar es para nosotros el ejemplo de las naciones hispanoamericanas, que hablan el mismo idioma. Caso contrario es el de Suiza, que, con tres idiomas diferentes, viene constituyendo desde hace siglos una nación sólidamente forjada.
El criterio de las razas nos lleva a la misma confusión y el ejemplo que vamos a tomar es también claro. Es sabidísimo que el pueblo del Alto Aragón es vasco, y sin embargo estos hombres, que son aragoneses con un tantico de catalanes, no sienten ningún deseo de apartarse de los demás aragoneses para vivir en comunidad con los vascos. Creernos que es un error dar demasiada importancia a la condición racial, producto de la fantasía, en muchos casos, y que, aun cuando sea cierta, no es determinante, ni mucho menos, de las cualidades de una nacionalidad. Es además un concepto, dañino y perjudicial para una convivencia humana feliz, porque puede dar lugar a criterios altamente nocivos y a ideas monstruosas, como hemos visto en Alemania, dado que tales criterios raciales usados como definidores de pueblos conducen siempre a una exageración brutal del orgullo y de la estimación propia, así como al menosprecio de los demás. Por otra parte, el concepto étnico es una cuestión de zootecnia, sujeta a las leyes de esta ciencia, y en el ajetreo de la vida moderna, creador de un fuerte medio que obra poderosamente sobre el individuo, tiene cada día, en la cuestión nacional, menos importancia.
Hablar en Europa de una raza para definir una nacionalidad actual es buscar la pureza en la confusión, cuando la población de toda Europa está tan enormemente mezclada que apenas quedan razas puras en su suelo, y sin embargo hay una gran cantidad de naciones ostensiblemente ciertas. En España, por su situación geográfica y otras circunstancias, la raza que menos alteraciones ha sufrido es probablemente la de las serranías castellanas de entre el Duero y el Ebro, donde, sin embargo, la historia nos acusa un fuerte contenido racial vasco, de cuyas gentes ha dicho Schulten, refiriéndose a las de las alturas sorianas: el castellano es ante todo y sobre todo un celtíbero.
Hay otros criterios, a nuestro juicio disparatados, pero que pese a su error se aplican todavía, sobre todo en escritores políticos, tal como el de que una nacionalidad está definida por un pueblo que ocupa el territorio de un Estado encerrado dentro de sus fronteras.
El libro de don Francisco Pi y Margall, "Las Nacionalidades", después de un estudio muy detallado de la cuestión y de una crítica concienzuda, rechaza en realidad todos los fundamentos de definición.
Por otra parte, un escritor inglés decía que en todo país hay en realidad dos naciones, a lo que agregamos: la de los que disfrutan de su patria y la de los que la padecen. Esto es muy racional y conocido: hay clases, ampliamente estudiadas, la de los opresores y la de los oprimidos, que no pueden pensar ni sentir igualmente, ni tener el mismo carácter, lo que se ve muy bien en la época feudal de la Edad media en la que la comunidad de ideal, la condición económica, las normas de convivencia y de cortesía están dentro de las clases, por lo que el noble piensa y siente como noble y merece las consideraciones de noble, lo mismo en su país que en cualquier otro feudal, mientras que el plebeyo es plebeyo, tanto en su tierra como en las restantes feudales, y se comporta como plebeyo; es decir, que los hombres de estas dos clases no pueden tener las mismas ideas colectivas ni los mismos anhelos, ni pueden apreciar ni estimar a sus propios países de la misma manera. Con esto podemos afirmar que el sentimiento de nacionalidad, para que se desarrolle y se comparta por igual, exige que dentro de la sociedad nacional no haya clases opresoras ni oprimidas: la nacionalidad como sentimiento espontáneo, que no sea resultado de una educación embaucadora, no puede medrar más que dentro de la democracia. Otra cosa es el manejo de la plebe dentro de los imperios, en los que la nacionalidad, con sus vicios y sus virtudes, está oficialmente determinada por las conveniencias de las clases dominantes y las muchedumbres no hacen más que dejarse dominar por la fuerza o alucinar por la astucia al tragarse el anzuelo de que sus desgracias vienen de los enemigos extranjeros, con lo que despiertan odios que no van contra los dominadores propios, ni contra los poderes extraños, sino contra los pueblos sometidos a ellos.
Para que en lo que sigue podamos entendernos es preciso que fijemos un concepto de la voz nacionalidad. Desechados los fundamentos de raza y de idioma y otros más endebles, la definición más aceptable que encontramos para la nación es que se trata de una comunidad estable (aunque no eterna) históricamente formada como resultado de una convivencia secular sobre un mismo suelo, comúnmente sentida y aceptada, que da origen á hábitos y modos de pensar y sentir reflejados en una comunidad de cultura, y a veces un idioma propio. El concepto determinado en esta definición no es de las cosas, sino el de la comunidad de ellas.
En consecuencia, si no nos importan demasiado las razas nos interesan, en cambio, mucho las asociaciones humanas llamadas pueblos, pues el hombre no puede dar satisfacción plena a sus estímulos individuales más que viviendo como parte de un pueblo, ni puede acomodarse apegadamente al conjunto humano más que a través del pueblo en que vive, como los pueblos no pueden articularse en la humanidad más que por medio de los otros pueblos con los que están ligados por una relación. No comprendemos, además, el entusiasmo por las virtudes innatas de las razas, que son ajenas al esfuerzo de las gentes que las componen, pero sentimos admiración por los méritos de los pueblos, que son la acumulación del trabajo de sus hombres.
Nos interesa también afirmar que las condiciones del suelo, como asiento de una forma material de vida y de una economía, y las relaciones de producción dentro de una contigüidad de territorio, son factores que influyen de manera importantísima en la formación de una nacionalidad; y de ello tenemos ejemplos en España: la personalidad nacional catalana se consolida después de que una reacción democrática ha destrozado la primitiva organización feudal de los condados francos y ha creada una clase de menestrales, y con ella, unas maneras de producir y de distribuir la riqueza, relaciones todavía de tipo feudal, pero distintas de las peculiares de la dominación franca y que no coinciden exactamente con las del resto español. En Galicia, las relaciones de producción, también de tipo feudal, distintas de las catalanas, pero semejantes a las leonesas, influyen también en la creación de una nacionalidad gallega con personalidad distinta de otras españolas. En Castilla, las relaciones de producción no son de origen feudal, aun cuando fatalmente perturbadas por el feudalismo, y contribuyen a crear una nacionalidad tan distinta de la leonesa que se separa de ésta en una guerra de independencia. El País vasco que, como Castilla, no asienta su sociedad sobre una base feudal, aun cuando inevitablemente se ve amenazado todo a lo largo de su historia por el feudalismo europeo, crea unas relaciones de producción que al dar al vasco una mayor libertad económica, cualquiera que fuese el grado de comodidad de su vida, desempeña un papel importante en la formación del carácter nacional vasco. En Andalucía se extiende el feudalismo neogótico astur-leonés pero con circunstancias geográficas y antecedentes históricos diferentes, y nace una nacionalidad muy distinta.
Para completar nuestro concepto, como la nacionalidad no la definimos ni por la raza ni por el idioma, pensamos que, una vez tomada corno entidad básica la nación, hay supernacionalidades formadas por varias nacionalidades afines y, contrariamente, hay subnacionalidades debidas a alguna modalidad particular dentro de una nacionalidad.
En España, hay tan gran número de nacionalidades distintas, de tal diversidad y tan profundo carácter propio, que dentro de la península se distinguen entre sí más que muchas nacionalidades europeas representadas, más o menos acertadamente, por los actuales Estados.
AHORA bien, ¿ Cuántas y cuáles son las nacionalidades españolas? Para responder a esta pregunta hagamos primero consideraciones sobre su origen. Este origen está en la conservación de los primitivos pueblos ibéricos, donde no fueron alterados por los influjos romanos o godos; en otros, en la mayor o menor intensidad de tales influjos; y por último en las difentes, modalidades de los pueblos y poderes germánicos supervivientes o reanacientes, según fuesen visigodos o francos, lo que da un gran número de combinaciones. Así, al caer el imperio visigodo de Toledo y formarse los reinos de la Edad media, los territorios de esas monarquías coinciden, con algunas variaciones, con los antiguos pueblos; pero, como la reconquista se hace en la mayor parte de España por las gentes romano-godas y en provecho propio, estas nacionalidades medievales adquieren entonces su carácter y los pueblos se modelan según las conveniencias de las gentes conquistadoras, es decir, según conviene a los godos de Covadonga, que no dejan de ser extranjeros por el hecho de llevar varias generaciones dominando y expoliando a los españoles.
Pasemos una ojeada sobre los pueblos conquistadores.
En primer lugar nos encontramos, con los celtas, pueblo del grupo lingüístico de los arios, que en varias oleadas se apoderan del occidente de España y que, por desalojamiento de los primitivos pobladores, son la base étnica del extremo noroeste, de la meseta leonesa del Duero medio y de Extremadura. Los celtas penetran mucho en el interior de España, pero no se puede precisar hasta dónde ni cuál es exactamente su influencia en la formación del pueblo llamado celtíbero, que muestra un fuerte carácter ibérico. En el país ocupado por los vascones, la dominación céltica no deja gran huella entre sus pobladores, y en el territorio de los cántabros los dominadores celtas acaban absorbidos por los indígenas.
En distintas épocas llegan a España fenicios, griegos y cartagineses, que se establecen principalmente en las costas y no entran profundamente en el país, limitándose a crear colonias que no perturban a los pueblos del' interior.
Los que logran dominar el suelo español, después de una prolongada y dura resistencia de sus habitantes, son los romanos, pueblo también del grupo ario, pero esa dominación no es completa ni uniforme, pues mientras en una gran extensión de España someten totalmente a la población autóctona, en otras conservando su mando por transacciones, respetando autonomías para dominar militarmente el territorio, y en otras, como el país vasco, Cantabria y las sierras interiores de Soria y Segovia, donde Numancia resiste hasta su legendario sacrificio y donde los arévacos de Segovia son todavía rebeldes a Roma mucho después de la caída de la ciudad numantina, lo único que hacen es establecer destacamentos militares y cruzar el país con sus vías. La resistencia de los arévacos y la pobreza del país, que no incita n a gastar en él grandes sacrificios, dejan en poder de los autóctonos el gobierno y la vida civil y económica; por eso dice Gómez de Somorrostro que el acueducto de Segovia, aunque obra de la cultura romana, está hecho por las comunidades indígenas.
Al terminar esta ligera reseña de los pueblos primitivos de España hasta la dominación romana, hemos de advertir que todos ellos, menos los de las cinco naciones de la Celtiberia, se caracterizan por su afán de aislamiento, por la falta de coordinación de unos con otros, lo que facilitó mucho la tarea de los invasores; pero nos interesa señalar que los pueblos celtibéricos vivían en confederación permanente entre sí y que tuvieron ligas accidentales con cántabros y vascos. Este solar celtibérico, repartido después entre Castilla y Aragón, es el solar del Fuero de Sepúlveda y en donde, probablemente antes de la conquista romana, brotaron las instituciones que se llamaron luego "universidades" o "comunidades de ciudad y tierra."
Los godos conquistan el imperio romano y, como consecuencia, España. De estos godos los llamados bárbaros del Norte, pretenden descender, y efectivamente descienden, sobre todo en espíritu, las dinastías españolas y las gentes de sangre azul. Pcrry, en su interesante libro "The Growth of of Civilisatión", dice que tales godos eran peores que Atila, que Gengis Kan y que el gran Tamerlán; don Pedro Pidal, que es hombre íntegro en cuanto a respetar la verdad de los hechos, pero que siente ardiente veneración por las dinastías españolas, tan extranjeras cuando nacieron como cuando escribía el culto asturiano, queriendo endulzar el acíbar, dice que los visigodos, o sean los godos de la rama que vino a España, eran los más suaves, los menos brutales, bien que unos y otros al tomar la cultura romana se hicieron más moderados, pues los romanos, tan expoliadores como todos los conquistadores de todas las épocas, eran gentes de mayor finura y de agudo instinto político.
Estas gentes son las que traen a España el feudalismo. El imperio que crean es para beneficio de una casta de militares y eclesiásticos godos de la que el rey es el jefe supremo, pero que actúa con una asistencia de la corte que en realidad es una vigilancia, ya que el provecho es para todos ellos, que se reparten en feudo el suelo español, y con él los hombres. Aquí tenemos lo más importante de la dominación goda, el establecimiento del feudalismo que, si no trae a España los usos brutales y vejatorios de los feudos europeos, implanta unas relaciones de producción que determinan en los siervos un cierto modo de vida, una comprensión de su colocación en el mundo, un suspiro por la libertad o una sumisión resignada, todo lo cual moldea un carácter en el pueblo. Los vascos y los cántabros resisten tenazmente al imperio visigodo y los arévacos tampoco se acomodan a ,él, por lo que unos y otros conservan su carácter y muchas de sus instituciones prerromanas, mientras que los godos se establecen sólidamente en lo que se llamó los Campos góticos, o sea en la Tierra de Campos.
La separación de razas durante la dominación visigoda es constante y de hecho no se modifica por la legislación, pues si posteriormente se permitieron los enlaces con los hispano-romanos, corno ellos decían, por espíritu de vanidad aristocrática, esos matrimonios no se celebraron más que entre los godos y los magnates que quedaron de la dominación romana. El pueblo siguió rechazado por los godos.
Desde el punto de vista étnico, conviene hacer una aclaración. En toda la península ibérica, las razas primitivas dominan sobre las invasoras; el pueblo no es latino ni godo. Salvo los celtas, que enraízan en España y forman la base étnica de algunas regiones, los invasores más numerosos son los godos, que vinieron en número de unos trescientos mil para una población española de seis u ocho millones, es decir, menos del cinco por ciento; los romanos habían sido menos y menos aún griegos, fenicios y cartagineses; y como los invasores no se renovaron por entradas posteriores, las razas invasoras que al correr de los tiempos pudieran mezclar su sangre con las autóctonas quedaron absorbidas por éstas, que prácticamente continúan las mismas.
Los árabes, los llamados árabes, que en su mayoría eran gentes bereberes, de las razas occidentales mediterráneas, también vinieron en menor número que los godos y la mayoría de los pobladores del territorio regido ,por los musulmanes eran españoles que habían adoptado las costumbres agarenas. Tan españoles de raza eran entonces los cristianos del Norte como los habitantes de. la España musulmana.
La única invasión conocida que deja huella racial intensa es la celta, que ocupó el poniente de la península y a la que pertenecen también los vacceos de la llanura leonesa. A pesar del gran número de invasiones, y a pesar de que no existen razas puras en todo el mundo europeo y mediterráneo, el español es de raza predominantemente ibérica; podrá haber adquirido una cultura de otros pueblos, pero no es de sangre romana, ni goda ni :trabe. Donde sí abunda la sangre extranjera, y apenas se encuentra española, es en las dinastías gobernantes.
En la determinación de las diferentes nacionalidades que actualmente habitan en el suelo de nuestra patria se ha dado gran importancia a los pueblos primitivos hispánicos y a su distribución en la península. Pero no hay que olvidar el enorme poder de asimilación de los forasteros que siempre han tenido todos los pueblos españoles y que ha sido comentado por varios autores. Este poder de asimilación subsiste en toda España. Incluso los ingleses, que en ninguna parte del mundo abandonan su idioma ni sus costumbres, en Andalucía hablan el español con fuerte acento andaluz, y allí, contra su resistencia reconocida, dejan de ser ingleses a la primera generación. Entre los más exaltados nacionalistas vascos y catalanes los hay con apellidos de todo el resto de España y de generaciones muy recientes, pero estos nombres son plenos vascos y plenos catalanes por esa poderosa fuerza de digestión del forastero que tienen todas las comarcas de España, como una propiedad común, cual otras muchas, a todas las nacionalidades españolas. A su vez, los descendientes de vascos, de catalanes, de leoneses, etc., se diluyen igualmente en las demás regiones españolas; y, cosa curiosa, los países y ciudades españolas que menos atraen al forastero son precisamente aquellos que más intransigentemente defienden un unitarismo español impuesto a la fuerza.
El valor que atribuye Bosch Gimpera a los pueblos españoles primitivos y a su distribución en la formación de las diferentes nacionalidades españolas es tan grande que, al referirse al influjo de las demarcaciones romanas en la determinación de estas nacionalidades y su reparto sobre el terreno, dice: "Se ha insistido a menudo en que las divisiones romanas pesaron en la tradición posterior y contribuyeron a dar el marco por el que se extendieron los pueblos medievales que aspiraron a tener los antiguos límites romanos. Lo que hay de permanente en algunos límites depende de la naturaleza de la población anterior prerromana y de la adaptación de las demarcaciones a dichos límites étnicos anteriores. En zonas en que los límites romanos alteraron el límite natural, surgieron territorios que fueron motivos de conflictos".
Ciertamente que se ha repetido mucho, y no sin cierto dejo de alabanza, la trascendencia de las demarcaciones establecidas por Roma en España, su resistencia a través de los tiempos, el poder que han tenido de manifestarse después de invasiones y dominaciones posteriores, hasta el punto de servir de norma y base al aparecer las nacionalidades españolas con la caída del imperio visigodo, y la ratificación que muestra la solidez de este hecho por la razón de que hoy mismo persisten, pese a los intentos de unificación.
En la duración secular de esta supuesta creación romana, se ha querido ver una prueba del gran poderío de Roma, de su perspicacia para advertir el porvenir, su agudeza para penetrar en las realidades y su autoridad y prestigio para mandar. Pero no es así, y de tales alabanzas no queda más que la adulación que la humanidad regala todavía a quien dispone de la fuerza, o el mismo asombro que han despertado en gentes de humanismo incompleto aquellos dictadores que han tomado el mundo de circo sangriento en que ensayar sus monstruosos e irrealizables designios, decorados siempre con unos adornos de cultura, para disfrazar de deseos generosos lo que no son sino apetitos egoístas. La permanencia de las divisiones establecidas.
En tiempos de la romanización no es creación romana, sino, sencillamente, la preponderancia de una condición del país que Roma acata, acomodándose a ella. Los dominadores de un país extraño, vario en su constitución interna tienen siempre un interés grande de llegar a la unificación, que simplifica la tarea de dominio, haciéndola más fácil y firme; y como la dominación romana fue la más intensa de las extranjeras que ha sufrido España, ya que la gótica no fué en cierto modo más que una continuación o segundo período de la romana, es explicable que la acción de Roma haya sido estimada como fundamental y más notable en sus frutos. Pero, insistimos, no fueron las condiciones de colonizadores y de gobernantes de los romanos las que dieron capacidad de conservación a su división de España, .sino la continuación de la condición íntima del español y de las condiciones geográficas naturales; por eso viene muy bien la penetrante observación de Bosch-Gimpera de que cuando la demarcación romana quedó en desacuerdo con el hecho natural, se demostró la incongruencia por conflictos nacidos en la zona discordante.
En España puede comprobarse claramente la influencia de la geografía en la historia, y lo vemos observando lo que ocurre en regiones de aparente semejanza o de supuesta identidad; probándonos además que, en este discurso, hay que dar más importancia al influjo del medio que a la herencia racial. Dos grandes divisiones sobresalen en la ordenación de los pueblos primitivos españoles; los que sufren una celtización y los que quedan libres de este influjo. En los pueblos influidos por la invasión celta está comprendida la cuenca del Duero; pues bien, en esta cuenca hay dos países muy distintos que, con cortas diferencias de límites, correspondían, bajo la dominación romana, el occidental al convento jurídico asturicense, y el oriental al convento jurídico cluniacense. Los romanos incluyeron en el convento jurídico de Clunia, o sea, lo que fue luego la Castilla del Duero, cuando saltó las divisorias del Ebro, a pueblos de los vacceos, entre ellos Pallantia (Palencia), que de acuerdo con la distribución prerromana de los pueblos españoles correspondían al convento jurídico de Astúrica, núcleo del reino de León. Los tiempos y las conductas muestran unas condiciones naturales permanentes del Duero medio, o sea del país leonés, muy semejantes por lo que se refiere a la organización económica y social a Galicia y Portugal, con los cuales había de formar más tarde un reino de León, caracterizado por lenguajes afines e instituciones iguales, pero diferentes, de las de Castilla y el País vascongado, esto es de los pueblos del convento jurídico de Clunia. Pero hay más todavía, al correr de los tiempos, la, tierras del Duero alto, que formaron parte del convento jurídico cluniacense y más tarde la Castilla comunera, después de la invasión celta vuelven a su condición ibera, miran hacia el Ebro y de espaldas al Atlántico, y por este dominio de un ascendiente ibero sobre una tierra dominada por los celtas, es por lo que se designan con el nombre, no sabemos hasta qué punto exacto, de Celtiberia; mientras que Pallantia y toda la Tierra de Campos conserva la influencia céltica, como todos los países que pertenecieron a la corona de León.
Con ello tenemos una prueba de que la geografía influye en la historia, no solamente por la situación de territorios, sino por las formas económicas que produce, en este caso ganadería de pastoreo y aprovechamiento forestal con pequeños retazos de agricultura (Castilla) contra agricultura y ganadería fundamentalmente estantes (León). Las condiciones geográfico- económicas no se clasifican tan simplemente como lo quieren hacer los que ponen los límites en las sierras que dividen las cuencas de los ríos. Observemos que la cordillera central no ha dividido, hasta la creación de las actuales provincias según modelo francés, la jurisdicción de los organismo.. regionales de gobierno; las montañas separan dominaciones militares e imperiales, pero pocas veces separan pueblos, por lo que dice Jiménez Soler: "A lo largo de las cordilleras y a ambos lados de las mismas habitan los mismos pueblos"; lo que también observa Pi y Margall en "Las Nacionalidades", y lo vemos no sólo en Castilla sino también en el País vascongado.
El iberismo remonta las alturas que hay entre Castilla y Aragón, pero no llega a los llanos del Pisuerga y encierra en sí todas las tierras de la región serrana central, repartida hoy entre Castilla y Aragón, que fue país de pastores. Coincidiendo con esto, las instituciones castellanas comuneras del fuero de Sepúlveda, que saltan las divisorias del Duero, del Ebro, del Tajo y del Júcar hasta casi llegar a tocar a Cataluña en Mosqueruela, no llegan a las riberas del Pisuerga. Estas llanuras cierran el paso a todo lo castellano, salvo al nombre y al idioma a título de lengua general española. Vemos que la geografía influye en la historia de dos maneras: directamente e indirectamente, disponiendo el suelo para una u otras formas y relaciones de. producción. Así al comparar las llanuras de Campos, "base geográfica del reino de León" según la expresión de Oliveira Martins, con la Mancha y con Castilla observamos que las instituciones típicamente leonesas, entre ellas el Fuero Juzgo, tan enérgicamente rechazadas por Castilla y el País vascongado, se repiten y extienden por las llanuras manchegas al sur de Toledo, con lo que este país pone un alto a las instituciones castellanas, a pesar de estar adscrito a Castilla por la conquista.
El influjo de la geografía en la historia y constitución de Castilla no se comprende si no rectificamos un error muy generalizado, el de suponer que Castilla está constituida por las llanuras centrales y que la mayor parte de su territorio es llana; por lo que tenemos que afirmar fuertemente que Castilla no está constituida por las tierras medias, núcleos de las mesetas,
sino por las montañas de Cantabria y por los "bordes de las mesetas", según decía Jiménez Soler, o por las "tierras marginales de' las mesetas", según dice Bosch-Gimpera, o por la "región serrana central", según Luis de Hoyos Sainz; lo que da un carácter económico, de género de vida y relaciones de producción, acentuado en su unidad por la circunstancia de que la mayor parte de las tierras llanas que por vecindad y convivencia no pueden separarse de las sierras castellanas no han sido de economía basada en el cultivo agrícola, sino de pastoreo o forestal, lo que las separa de las llanuras colindantes que pueden verse en las tierras de Campos y la Mancha; tal es, por ejemplo, el caso del territorio de la antigua Comunidad de la Villa y Tierra de Cuellar. No olvidemos que los límites entre regiones, tanto naturales como políticas, incluso los que separan nacionalidades, no pueden trazarse por una línea, sino que suelen ser fajas de confusión imposibles de separar tajantemente por una frontera.
Los territorios mal colocados, sacados de su grupo nacional para agregarlos a otro inadecuado, muestran tendencia obstinada a conservar las cualidades de su nacionalidad original. Así, las tierras del norte de Huelva, pertenecientes por conquista al reino de León, y que incluso recibieron la influencia lingüística del bable leonés, al encontrarse sueltas con los tiempos vuelven a sus cualidades primitivas de iletas y olbisinias, es decir, a su fondo ibérico en la modalidad andaluza. La tendencia es poderosísima aún en el caso de que la colocación artificiosa sea halagüeña y lisonjeramente aceptada, como ocurre con las provincias de Palencia y Valladolid, de la misma cualidad leonesa que las de León, Zamora y Salamanca, que a pesar de intentar confundirse con las de Castilla, ocultando su tradición leonesa, conservan completamente el carácter propio leonés.
En el panorama que presentan los pueblos de España de los tiempos primitivos, después de sus modificaciones en vísperas de las conquistas y colonizaciones históricas, vemos en líneas generales tres grandes grupos: los primitivos peninsulares preibéricos y precélticos, iberos y tartesios, y un territorio peninsular muy amplio correspondiente al trozo en que la celtización fué más intensa. Las diferencias de los pueblos de España son en origen 1.ik tales, pero su conservación o su modificación se deben principalmente a condiciones naturales y al influjo que estas condiciones ejercen sobre la economía y organización social. Un ejemplo de ello ya lo hemos señalado
en los pueblos comprendidos en las conquistas célticas más consolidadas, al ver que el territorio de esas conquistas en el occidente: Galicia, Portugal y tierras del reino de León en el Duero (inseparablemente la Tierra de Campos) se comparta de modo distinto al del país del alto Duero, que luego había de constituir la Castilla celtíbera. Una cualidad que contribuye a la conservación de los pueblos diferenciados es la que ve el señor Bosch‑Gimpera según la cual los pueblos peninsulares tienen la facultad de absorber rápidamente al forastero, incluso al conquistador; pero esto tal vez no sea rigurosamente cierto ; es decir, que no se cumpla cuando el invasor tiene empeño en conservar su linaje para no compartir el mando y el beneficio económico; este es el caso de los conquistadores romanos y godos que se colocaron en condiciones económicas distintas de las que reservaron para el pueblo nativo.
Salvo rectificaciones evidentes de límites, los pueblos de la España primitiva coinciden con las diferencias territoriales de naturaleza geográfica y conservan sus peculiaridades, o muchas de ellas, a través de las invasiones, de modo que las agrupaciones formadas con ellas subsisten a lo largo de los siglos, se desenvuelven con mayor libertad en la Edad media y llegan hasta el día. Para confirmación, ciertas discordancias son enseñadoras: el país comunero de Aragón tiene al formarse la nacionalidad y durante siglos igual constitución que Castilla y diferente de la restante aragonesa; pues bien, ese territorio estaba unido con los hoy castellanos en la confederación de pueblos encabezada por los arévacos. En la conservación de los pueblos primitivos se encuentran poderosos motivos de determinación de las nacionalidades hispánicas formadas libremente a la caída del imperio visigodo; y si hay algún punto importante oscuro o dudoso es el del influjo que las conquistas célticas hayan tenido en tal determinación, porque los distintos autores no están de acuerdo y los criterios son dudosos en cuanto a su certidumbre. Así, ofrece duda la intensidad que pueda haber adquirido la conquista céltica en las tierras del alto Duero, al oriente del Pisuerga, esto es, en Castilla; tierras que después de algún tiempo vuelven a su modo de ser anterior, ibérico, lo que hace pensar que la celtización no fue muy profunda; duda que se acentúa cuando al examinar los hechos que inducen a pensar en un influjo céltico, vemos cómo se toman en cuenta, para afirmar el celtismo, motivos lingüísticos, cual la abundancia de nombres célticos en el país, y en cambio se prescinde de otro hecho también lingüístico: el número mucho mayor de nombres geográficos vascongados en el mismo suelo.
Según los tratadistas de prehistoria, dos culturas distinguen a los pueblos de España antes de la conquista céltica, con lo que se forman dos grupos, que posteriormente se convierten en tres con la invasión céltica; y como esos grupos contienen en conjunto más de sesenta pueblos, de aquí que tengamos en España una porción de personalidades nacionales.
No olvidemos que las nacionalidades son agrupaciones muy estables y duraderas, pero que no son eternas y están en cambio continuo, como todo cuanto hay en el Universo; y, si bien tienen su origen y su personalidad diferenciados, desde tiempos remotísimos, por esa condición cambiable, sobre
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Su esencia prehistórica hay que admitir otro contenido que es fruto de los tiempos y vicisitudes posteriores.
Examinando el panorama de los pueblos españoles, vemos tal variedad de nacionalidades que hay que acudir a la clasificación para entenderlas, v con ellas podemos formar los siete grupos que estudiaremos a continuación, dejando a un lado la cuestión racial, que, a más de siempre confusa, no se debe tomar como base de criterio por tener la desgraciada virtud de azuzar sentimientos de soberbia y rencor, muy convenientes para las gentes guerreras y de ambiciones imperialistas pero inadecuados para estimular a los hombres a que se consideren y estimen como pertenecientes a una gran familia universal; hemos de fijarnos, en cambio, en aquellas condiciones de los pueblos que es necesario conocer para determinar el modo de llevarlos hacia el progreso humano y a la pacífica elevación individual y colectiva.
Fundándonos en los primitivos pueblos de España, en la geografía y la Condición económica, y en el desarrollo histórico de la personalidad de cada una, podemos llegar a la siguiente clasificación de las nacionalidades españolas:
GRUPO PRIMERO: VASCO-CASTELLANO.
Comprende las nacionalidades de Vasconia, Castilla, Navarra y Aragón.
GRUPO SEGUNDO: ASTUR-LEONES O GALLEGO.
Comprende estas cuatro: Asturias, León, Galicia y Portugal,
GRUPO TERCERO: CATALAN.
Este grupo no incluye en realidad mas que a Cataluña.
GRUPO CUARTO: ANDALUZ
Lo forma únicamente Andalucía.
GRUPO QUINTO: DE LAS EXTREMADURAS, DERIVADO DEL LEONES.
Pertenecen a él la Extremadura, la Mancha y Murcia.
,GRUPO SEXTO: DERIVADO DEL CATALAN.
Hay que contar en él a Valencia y las Islas Baleares.
GRUPO SEPTIMO: NACIDO DEL IMPERIO ESPAÑOL.
Lo forman solamente las Islas Canarias.

