jueves, agosto 07, 2008

Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Ramón Carnicer (9) Agricultura castellana

Villacastín. La agricultura y la industria castellana de antaño. Los economistas y sus fantasías destructoras

Tras el madrugón consiguiente, desciendo al Azoguejo y tomo el autobús de Ávila, a las ocho. Los pueblos de Madrona, Fuentemilanos y Zarzuela del Monte no despiertan, al paso, especial interés. Sí lo tiene el espectacular contraste de un cielo encapotado -a la derecha, la parte llana- y el sol vertiendo -por la opuesta- su nueva y dorada luz sobre cerros y colinas, separados por encinares y breves barran­cas. Llovizna a ratos. Ya cerca de Villacastín, aparece el poblado de Guijasalbas, donde juguetean unos chicos y chi­cas en espera del autobús de la concentración.

Me apeo en Villacastín y voy a desayunar al Albergue. Des­pués, bajo la llovizna, recorro el pueblo. Las casas son sóli­das, de buena piedra, tallada de las enormes pellas de granito esparcidas por los contornos. Algunas de las casas se adornan con blasones, y en una de ellas se declara: «Soy de Pedro Zúñiga», testimonio de la antigua presencia vasca en estas tierras. Veo el rótulo de una fábrica de embutidos con este virtuoso nombre: «La Prudencia». No parece muy grande el establecimiento, en concordancia con el título. Lo es, en cam­bio, una de harinas, titulada, piadosamente también, de Santa Margarita. Aparte esto, el pueblo vive de la agricultu­ra, y del fondismo y refresquismo resultante de ser impor­tante cruce de carreteras, muy amenazado por la prolonga­ción de la autopista que viene de Madrid. También hay ga­nadería en Villacastín, pero en baja: de las 18.000 ovejas de antaño, quedan sólo 5.000.

La víspera de Navidad de 1808, con su tropas, Napoleón entró a pie en este pueblo. Llegaba de Madrid, dispuesto a alcanzar y batir a los ingleses de Moore, y había cruzado el Guadarrama en medio de una tempestad. Su gente andaba muy mohína y era forzoso animarla con el ejemplo. Aquí de­bió de hacer alto el general para sacudirse la nieve, bajo los pórticos municipales, formados por trece arcos, cinco de los cuales, los del centro, se adelantan a la línea de la fachada y soportan un balcón corrido. Desde los soportales, al fondo de una calleja se ve la magnífica iglesia mayor, de San Se­bastián. Incompleta en su exterior, al parecer y en parte es obra de fray Antonio de Villacastín, aparejador de Juan de Herrera, tracista, dicen, de las fachadas y torres, una de las cuales no llegó a alzarse. El interior, proyectado por Rodrigo Gil de Hontañón conforme al estilo de la catedral de Segovia, es gótico y tiene un magnífico retablo. Se trata del mejor templo del obispado, excluida la catedral. Desde estos mis­mos soportales, tal vez repararía el emperador en el decla­matorio escudo barroco de una casa de la izquierda; aunque no era momento muy a propósito para semejantes minucias, con la tropa muerta de frío, maldiciendo y acaso blasfeman­do por lo bajo, o por lo alto.

Guarecido de la llovizna bajo los pórticos, donde ahora venden fruta, hortalizas y ropa, converso con unos labrado­res. Están aguardando la hora de subir a los locales del ayun­tamiento para pagar la contribución. A juicio de uno de ellos, Lorenzo, los jóvenes de hoy no tienen la fuerza que ellos tenían a su edad, sudando siempre; no con excesivo daño, deduzco del aspecto de todos. Otro, el más viejo, de ochenta años, aclara:

-Es que ahora, entre la concentración y los tractores, se trabaja mucho menos. ¡Con las mulas y corriendo todo el término de tierra en tierra los quería yo ver!

Cuando iba a hacerse la concentración parcelaria, me con­fiesa Lorenzo, él y otros muchos no la veían con buenos ojos. Ahora se han dado cuenta de sus ventajas. Pero todos se quejan del mal precio del trigo. En cuanto a la merma de los rebaños, dice uno:

-¡Qué remedio! Entre las repoblaciones y los cercados, ya no queda donde pastar. Además, nadie quiere ser pastor. Uno de los presentes, dueño de bastantes ovejas y otros ganados, lamenta las exigencias del peonaje:

-Cuatrocientas o quinientas pesetas quieren, ¿sabe us­ted? Y eso para lujo y caprichos, que no había antes, cuando todos vivíamos mejor. Ahora va una mujer a la carnicería, y si tenía intención de comprar carne corriente y ve a una vecina pedir de la mejor, ella también la pide para no que­dar por debajo.

Asienten todos, y todos se muestran sorprendidos del di­nero que corre.

-Y todavía a muchos les parece poco y van a buscar más por esos mundos.

Tras una pausa, el ganadero dice:

-Bueno, si a alguno de vosotros le va bien, puede llevarse el estiércol de mis cuadras.

-Ese te lo metes por el... -contesta uno de ellos, que sale tras el recaudador escaleras arriba, mientras los demás carcajean y se disponen a seguirlo.

El estiércol lo regalan los ganaderos, pero nadie lo quie­re. Esto me dice Lorenzo, y al preguntarle por qué, responde: -¡Toma! Porque no le echan paja y aquello es como un agua que da asco revolver.

-¿Y por qué no le echan paja?

-Porque ya no se estila en los establos modernos. Entre eso y otras cosas, la paja ya no vale la pena cogerla. No es como antes, cuando a más de usarse en las cuadras se mez­claba con salvado para hacer piensos. Hoy en día, los gana­deros ya no se molestan en preparar los piensos. Les van mejor, y es más cómodo y limpio, los piensos compuestos, que engordan más y más de prisa a los animales. Ahora, los labradores que ya no tenemos animales sacamos el grano con las cosechadoras y allá se queda la paja en las tierras. Unos la dejan sin más y otros, para que no prenda el grano que puede quedar en las espigas y trastorne el de la siem­bra, le pegan fuego.
Tras una pausa, añade:

-Donde esté el abono mineral, limpio y fácil de mover, sin incomodidades de transporte y mano de obra, que se quite el estiércol. Gracias al abono mineral cosechamos lo que nunca habíamos cosechado.

Lorenzo se va tras los otros y me quedo solo. Sigue llo­viendo, y a la espera de que acabe, mientras voy midiendo a trancos los pórticos, pienso en el mundo de nuestros labra­dores, tal vez el más cambiado en los últimos tiempos y sin duda el menos conocido. Unos lo presentan por el lado bucó­lico y otros por el dramático. Los primeros, herederos de un beatus ille a prueba de siglos, nos dan la lata con un ventu­roso mundo rural que nunca existió; los segundos agitan de vez en cuando los escenarios con unos labradores que esgri­men hoces, destrales y batederas para acabar con un tirano o para matarse entre sí por unos bienes en litigio o por una mujer. Nota común a los autores de una u otra de ambas versiones es la de ser gente de ciudad que en su salida anual de vacaciones se empeña en ver el Angelus de Millet entre na­turalezas apacibles o se sobrecoge al ver freírse hombres y mujeres bajo el implacable sol de julio en las eras de las mesetas centrales. Pues bien, ciñéndonos a una de estas me­setas, la del norte, centro de nuestro viaje, y considerando como inicio de aquel cambio la mecanización del trabajo agrícola, que ha arramblado con los Angelus de Millet y con los trillos y sus mulas, veamos cuál era la realidad anterior y cuál es la actual. Nuestras observaciones se refieren al la­brador medio dedicado a la atención de sus propias tierras, cereales en su mayor parte, sin jornaleros a su servicio. El labrador antiguo, el de antes de la mecanización del cam­po, deducidas las semanas y meses de forzosa ociosidad y di­vididos los días de trabajo de sol a sol por los componen­tes del año, salía con un promedio de cuatro a cuatro horas y media de jornada, alteradas en más o en menos en propor­ción a las dimensiones y exigencias del huerto familiar y al cuidado de su mayor o menor número de animales.

Hoy en día, con la economía de movimientos proporcio­nada por la concentración de parcelas, remplazados los ani­males de trabajo por el tractor, que acelera las labores, sus­tituido el abono orgánico por el mineral, suplido el horno doméstico por la panadería comercial y mecánica, vendidos o arrendados los huertos familiares a cultivadores especia­lizados y dejada la cría y venta de cerdos y animales meno­res a granjas y carnicerías, que en tiendas y, en el caso de las aldeas menores, en furgonetas ofrecen a diario sus pro­ductos, conforme hacen también los panaderos y los pesca­deros, la vida de los labradores transcurre con una jornada media de una a dos horas de trabajo. Este labrador, quejoso, con justicia, de la enorme diferencia entre lo cobrado por sus producciones y lo exigido por los tenderos al consumidor -pasado el escalón de los intermediarios-, reducida su jor­nada de trabajo a la mitad, duplicada su producción, con médicos y medicamentos gratis, con unos subsidios de vejez de apariencia precaria pero considerables en el mundo ru­ral, libre de la sujeción impuesta por el cuidado de los ani­males y harto de ver la televisión, muy a menudo decide cerrar su casa y, dejando en ella el tractor, compra un piso en la villa o ciudad próxima (Almazán, Burgo de Osma, Aran­da de Duero, Miranda de Ebro, Vitoria, Peñafiel, Segovia, etc.), y en los días de siembra, excava, recolección y demás faenas se traslada a la aldea, a menudo en su propio coche, para retornar de nuevo a la villa o ciudad, donde puede echar una partida en un bar, ir al cine o a lo que se ofrezca y asistir a los toros y fiestas cuando las hay. Los pueblos abandonados y solitarios, a menudo lo están sólo en aparien­cia. Han pasado a ser lugar de trabajo de una gente cuya vivienda estable se halla en otro lado.

Hace un siglo, antes del comienzo de la gran industriali­zación, y desde aquel punto hacia atrás (de ello dan fe Ma­doz, viajeros como Ponz y Jovellanos y tratadistas modernos, entre otros Solomon a propósito del siglo xvi), los pueblos tenían en mayor o menor grado sus industrias básicas: mo­linos, tenerías, una fábrica de gorras o sombreros, otra de enjalmas, un taller de aperos, unos telares, etc. Entonces, la muy soportable y en nada depauperadora jornada media de cuatro a cuatro horas y media la completaban los labra­dores, sobre todo en las largas épocas del año en que el campo no requería su atención, y más aún los jornaleros, con un quehacer en alguna de aquellas industrias, lo cual les agenciaba un jornal en dinero o una participación en los géneros elaborados. Y lo que la agricultura o la industria local no daba lo hallaban en los mercados o ferias de la ciu­dad o la villa próxima, donde al vender lo sobrante de su labor o mercar lo preciso, entraban en contacto con el mundo y sus novedades. Dinero circulaba poco, y maldita la falta que hacía, como no la hacían, por consiguiente, las preocu­pantes sanguijuelas, los lebreles y las mantis religiosa de la llamada liquidez, es decir, los bancos y cajas de ahorros.

Pero los tiempos cambiaron, y aparecieron los sacerdotes de una nueva religión, los economistas, con unos dogmas más oscuros y apremiantes que los de todas las religiones, vigentes o caducas. Uno de los dogmas de la economía era la concentración de las industrias en Barcelona y Bilbao como lugares más a propósito y, más tímidamente, en otras partes (ahora, Madrid), con lo cual las industrias rurales desapa­recieron para dar paso a los más largos y miserables años, más de un siglo, vividos por los agricultores de la meseta, forzados al ocio de media jornada e imposibilitados de completarla y agenciarse así un suplemento para proveerse de lo que no podían producir; su única esperanza a tal fin era la aparición de unos ingenieros trazando una carretera, un ferrocarril o, más tarde, un salto de agua. Mientras tanto, en torno a las fábricas de las grandes urbes, surgió un prole­tariado mísero, procedente primero de las tierras de jornal intermitente, propiedad de los latifundistas meridionales. Con la industria concentrada, multiplicó sus fuerzas el co­mercio, siempre loado por los economistas, alcahuetes, acólitos e incensadores del capitalismo como motor de su cien­cia. A tenor del desarrollo de la industria y el comercio, se fue produciendo un aumento continuo de los llamados por esos economistas sector secundario (la mano de obra indus­trial) y sector terciario o de servicios, es decir: banqueros (manipuladores de fondos que harían llorar de nostalgia a los más desalmados prestamistas hebreos de la Edad Me­dia), oficinistas y agentes de todo lo agenciable, viajantes de las manufacturas elaboradas, representantes y comisio­nistas de todo lo habido y por haber, barcos, trenes, camiones y ahora aeroplanos para transportar desde la periferia al resto de la península aquellas manufacturas; y más tien­das, y luego gigantescos almacenes y una máquina propa­gandística diabólica, y ventas a plazos, con nuevo circuito por los bancos mediante letras aceptadas que han acabado por hacer de la sedentaria profesión de notario una de las más dinámicas del mundo actual, tanto que, al no poder dar abasto a la ingente tarea del protesto en fecha fija de las letras impagadas, han sido autorizados a invertir el proce­so, o sea, protestar la letra y comunicarlo después, mediante tercera persona, al interesado. Forzosamente, uno ha de re­cordar que cuando en Soto en Cameros, pongo por caso, un labrador quería hacerse una capa, le bastaba con acercarse a los telares de un convecino y mercarle las cinco o seis varas precisas, sin intermediación de toda esa cadena de «servicios» con que los economistas de hoy calibran el pro­greso, en visión muy dispar de la de los revolucionarios de hace unos decenios, que iniciaban su acción al grito de «!Mue­ra la burocracia!».

Pues bien, aquella concentración industrial tan loada y dogmatizada ha dado lugar a estos hechos: primero, la ocio­sidad forzosa y el mortal aburrimiento de, un 25 % de la po­blación nacional, la del sector bautizado por los economistas como primario o agrícola y despreciado por los propios eco­nomistas al no producir más que el 12 % de la renta nacio­nal; segundo, la putrefacción de los centros industriales, con la consiguiente neurosis y degeneración vital de sus pobla­dores, sujetos a continua tensión en un medio insano, cen­tros a los que acuden sin cesar, atraídos por el señuelo de la televisión, la propaganda y los espectáculos multitudina­rios, las últimas generaciones de jóvenes provinciales y ru­rales decididos a no aburrirse más en las ciudades o villas adonde se han trasladado sus padres o en las aldeas donde continúan viviendo.

En la época de mi viaje leí en una revista provincial un artículo cuyo autor deploraba que en aquella provincia el sector primario supusiera el 48'1 % de la población ocupa­da, con aumento de la cifra correspondiente a cuatro años antes, del 45'6 %, datos suministrados por el estudio de una entidad bancaria (*). Ante ello, el autor del artículo se des­garraba el jersey, la camisa y la camiseta recordando este gran dogma de los economistas: si la población dedicada al sector primario en una comunidad excede del tercio de la mano de obra total, esa comunidad ha de clasificarse entre las subdesarrolladas. Días más tarde estuve en una aldea de la desdichada provincia y vi lo siguiente. Contaba la aldea con setenta familias (ocurría esto en setiembre de 1973) de­cididas a no marcharse de allí y a no contribuir como escla­vos urbanos al desarrollo nacional. A tal fin, estas familias, secundando la iniciativa del presidente de su junta vecinal, se embarcaron, mediante dedicación gratuita de su tiempo li­bre, aportación económica de todos ellos y alguna ayuda ofi­cial, al arreglo de los caminos que enlazaban con las carre­teras y las aldeas colindantes, a la pavimentación total del pueblo, a la concentración de manantiales en un gran depó­sito subterráneo, de donde derivaron los canales y conduc­ciones de agua a sus casas, a la obra de alcantarillado y de­sagües pertinentes y a la ordenación del alumbrado público. Habían iniciado ya la construcción de una piscina y un par­que de juegos para los chicos y estaban a la espera del telé­fono, tiempo atrás pedido. Mientras tanto, todos renovaban sus casas, trece de las setenta familias tenían en uso cuarto de baño y otras treinta o cuarenta tenían encargados sus elementos. Disponían de dos coches de alquiler y trece de propiedad particular, y una porción de vecinos estudiaba el reglamento de circulación y esperaba examinarse; había unas cuantas motocicletas y muchas más bicicletas. Hacían bue­nas fiestas patronales y gastronómicas, organizaban confe­rencias agrarias y estimulaban la plantación de árboles fru­tales. Todos ellos tenían televisión o radio, a las que se agarraban en lo más crudo del invierno, no en el resto del año. Iban bien vestidos y calzados, disfrutaban de un aire impoluto, pues los coches y motos sólo eran utilizados para trasladarse a otros lugares. Se alimentaban con los sanos productos de sus huertos y establos y los restantes los ofre­cían a diario en sus furgonetas los vendedores ambulantes forasteros. Y había en el pueblo una porción elevada de es­tudiantes de bachillerato y de escuelas profesionales, con algún graduado universitario. A todo esto, la fuente de in­gresos básica de la aldea era la misma de tiempos inmemo­riales, la resultante del cultivo de la vid, regulada ahora por una cooperativa comarcal. En resumen, y salvo los gradua­dos del sector terciario, con dos o tres metidos en el secun­dario de una fábrica de cementos situada a tres o cuatro quilómetros, todos seguían fieles al sector primario.

Volviendo a lo relatado por los labradores de Villacas­tín, al término de mi viaje conversé con un ingeniero agró­nomo, el cual me dijo respecto de la paja:

-Esa dilapidación, casi general en las comarcas cereale­ras mecanizadas, clama al cielo. Aparte la utilización antigua para cama y alimento del ganado y para otras cosas en mayor o menor decadencia como techumbres de chozas y alpendes, colchones, adornos diversos y sombreros, podría ser hoy de grandísima utilidad para obtener papel basto y cartón, de tanto consumo en la moderna industria del embalaje. En cuanto a su quema sobre las propias tierras de labor, la utilidad de sus cenizas queda anulada, con creces, por la destrucción de una serie de microorganismos necesarios o útiles en el proceso del cultivo.

-Y esa aplicación exclusiva de abonos minerales ¿qué efectos producirá a la larga?

-A la larga, y no demasiado larga si nos atenemos a las características de las tierras peninsulares y a las de la me­seta en particular, la desertización. Deslumbrados por los actuales rendimientos, los labradores se han pasado de la engorrosa fertilización a base de estiércol a la más cómoda, limpia y fácil de los abonos minerales, olvidando, o mejor, ignorando que con ellos la tierra va perdiendo lo que la hace fértil, es decir, el humus o materia orgánica. El con­tenido en humus ha de mantenerse entre ciertos límites, por debajo de los cuales la fertilidad decrece sin remedio. En otros países, y en contadísimos lugares de España, donde por escasez de animales se ha presentado el problema, se recurre al uso de estiércol artificial, hecho con montones de paja, abonos minerales y agua en los que se provoca una fermentación o descomposición. También se practica en aque­llos países el abonado en verde, consistente en sembrar una leguminosa y, poco antes de su floración, enterrarla con una labor de arado, a fin de que se vaya descomponiendo lenta­mente en la tierra, aumentando así la reserva de humus.

(*) ¿Por qué milagroso procedimiento se elaboran las estadísticas, manejadas después litúrgicamente por los economistas y proyectistas del desarrollo?

Ramón Carnicer. Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Pp 486-494

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