SUPLEMENTOS
de
"LAS ESPAÑAS"
México, D. F., Septiembre de 1948
LAS ESPAÑAS
REVISTA LITERARIA BIMESTRAL
Registrada como artículo de segunda clase el 3 de Junio de 1948.
REDACCIÓN Y ADMINISTRACIÓN:Yucatán 34-A - México, D. F.
EDITORES:
Manuel Andújar, José RamónArana, José Puche Planas,Anselmo Carretero.
José Torres Valbuena.
ADMINISTRADOR
LAS NACIONALIDADES
ESPAÑOLAS
por
Luis Carretero y Nieva
Dibujos deCarlos MaritChal Juan Renáu.
Decíamos, en las palabras preliminares del SUPLEMENTO con motivo del IX aniversario de la muerte de Antonio Machado, que es nuestro propósito alterna, en esta publicación los trabajos de creación literaria con aquellos otros en que se examinen los problemas fundamentales que España tiene planteados y cuyo esclarecimiento, sereno estudio y civil debate representa para los emigrados republicanos una de las más capitales —y urgentes— responsabilidades históricas. Porque nuestro apasionado afán de ,soñar una patria acorde con su lógico destino, con su genuina naturaleza, capaz de verificar una alta concepción del hombre y de la sociedad nuestros, sobre íntegras bases de libertad y democracia de ye- cunda convivencia, no puede ya satisfacerse con vagos anhelos, sólo ron rescoldo de nostalgias, sino que exige precisiones; puntos comunes estables, de sentir y de obrar, la elaboración, por tanto, de un pensamiento nacional acrisolado en las últimas y dramáticas experiencias de nuestro pueblo, determinado por su sangre, su dolor y su entrañable ilusión.
Consideramos esta tarea, agregábamos, como rica expresiva manifestación del diálogo, es decir limpios de prejuicios, sin el impedimento de las consabidas rigideces dogmáticas, abierto el entendimiento a toda clase de razones legítimas, profundamente respetuosos con la diversidad de opiniones que en torno a las cuestiones vitales de 'nuestro país se susciten o existan. En consecuencia, la aparición de ensayos de este género en los SUPLEMENTOS no implica la identificación, total o parcial, de "LAS ESPAÑAS" con la tesis que los distintos autores sustenten, sino el reconocimiento objetivo de su valor documental intelectual, que en su momento será completado con aportaciones que proporcionen a nuestros lectores una visión más amplia y matizada de cada materia, que contribuyan ao fomentar un espíritu constructivamente crítico. ajeno a la polémica intransigente, al intercambio agresivo de argumentos irreductibles, herméticos por desgracia, aun tan, usual.
Para iniciar la serie, hemos elegido un tema de primera importancia., el de la misma y justa constitución de España. Ante él puede adoptarse esta o aquella actitud temperamental, o de principios —simpatizante de los movimientos autonómicos, federal, centralista, la que fuere— pero nadie puede desconocer el problema en carne viva, la conveniencia de hallarle una solución adecuada, definitiva. El abordarlo elusivamente, sin la debida valentía espiritual, sin generosas miras., daría lugar, llegada la grave hora de las decisiones, una vez extirpado el régimen, franquista, a un nuevo y malaventurado tejer y destejer—, a cerrar en falso una honda herida, al error reincidente de ignorar —o violentar— efectivas corrientes de opinión., generales estados de ánimo.
El análisis de Luis Carretero y Nieva "Las Nacionalidades Españolas”", al ofrecer datos originales, ideas vigorosas, un enfoque peculiar y recio de la tradición hispánica; contribuirá, con otras apreciaciones que habrán de presentarse en estas páginas; a promover una conciencia un criterio más eficaces ' en torno a una de .nuestras principales misiones colectivas en el futuro inmediato, encaminados a' forjar la perdurable grandeza de España.
A la memoria de mi hijo Ricardo Carretero
y Jiménez, ingeniero industrial segoviano,
muerto en la Defensa do Madrid el 13 de abril de 1937
ANTE todo: ¿qué es una nacionalidad? Generalmente no hay conceptos más difíciles de definir que los más caracterizados en el conocimiento común y corriente. Eso pasa con el contenido de la palabra nacionalidad. Hemos de renunciar a tomar ninguna definición de nación de las que corren por el mundo y que tanto se han repetido en España, donde se ha recurrido a aquellos principios más desacreditados, como son el de la raza y el del idioma. Y hemos tenido que renunciar a estos caracteres por motivos de los que tenemos muestras muy precisas en España, por ejemplo en el País vasco. Es indiscutible que existe una nacionalidad vasca vigorosamente definida, pero no se debe al idioma, pues en el País vasco hay dos idiomas igualmente propios; el uno peculiar y exclusivo de los vascos: el vascuence; el otro, es un idioma muy extendido por el mundo, pero que se habló por los vascos desde su nacimiento, sin obedecer a ninguna coacción, antes que por los restantes pueblos de España y en cuya elaboración los vascos tomaron parte importante. En los balbuceos de tal idioma, el llamado castellano con tantos motivos como pudiera haberse denominado romance vascongado, cuando aparecen sus primeras formas en el alto Ebro, los alaveses toman parte en su formación, aun cuando continuase el vascuence en lo recóndito del campo alavés, y lo hablan antes que los riojanos, los sorianos, los segovianos, e incluso los burgaleses del sur de la Brújula; los navarros también ayudan a este proceso de formación y en tal tiempo aparece una modalidad navarra que queda desalojada por las formas del alto Ebro. Aun en los momentos de más completa independencia del País vasco, el castellano se usa espontáneamente por los vascos y en Navarra es idioma oficial de este reino antes de serlo en Castilla. Si el vascuence es un idioma exclusivo de Vasconia el castellano también le pertenece por derecho de producción, aun cuando en cooperación con otros; no es un idioma extraño. Pero, además, ¿es que los vascos que no hablan el vascuence, que hoy son la mayoría, no son vascos? Un vasco no necesita saber vascuence para ser vasco; sería más incomprensible que desconociese el castellano si ha de recoger todo el pensamiento del pueblo vasco y sus sentimientos, en todas sus modalidades; y no, importa que el vascuence sea más antiguo, pues las naciones cambian de Idioma sin perder sus rasgos nacionales.
Cosa análoga ocurre en Galicia y en Valencia, donde el uso del castellano está más generalizado que el de la lengua regional. En cuanto a los catalanes están tan familiarizados con su lengua privativa como con el castellano. ("Los catalanes —ha dicho recientemente el señor Bosch Gimpera— somos hoy bilingües. Hablamos el catalán porque es nuestra lengua materna, nos expresamos en castellano cuando en España se plantean grandes ideales nacionales, todos comunes, como empezó a ocurrir bajo el régimen republicano").
Si no fuese por los nombres vascos de sus pueblos, y aun así, muy desfigurados, nada encontraríamos en la provincia de Huesca que nos recordase la condición eminentemente vascona de la gente del país. Y en las cinco provincias leonesas de León, Palencia, Valladolid, Zamora y Salamanca, el castellano, al propagarse por allí, como por toda España, a título de español, ha barrido tan cabalmente al idioma propio y nato del país, el leonés, del grupo del gallego, que personas incluso de mucha ilustración piensan que el castellano es el lenguaje natural y tradicional de aquella tierra; y, sin embargo, pese a la desaparición del idioma propio y al hecho erróneo y forzado de querer juntar con todo rigor a este país con Castilla, estas cinco provincias tienen entre sí una serie muy rica de condiciones comunes, que unen a las cinco y las distinguen de las otras de España. Tampoco se las puede considerar ya como parte de la nacionalidad gallega, aun cuando históricamente ha sido la más afín a ellas.
Portugal es una nación del grupo lingüístico de Galicia, pero no es precisamente parte de la nación gallega, pese a que los portugueses hablan n. idioma muy poco diferenciado del tronco original gallego, porque los puchos años de vivir independientes, de pensar y sentir de otra manera, han creado un carácter nacional distinto del gallego; por lo que hay otra rosa en la -que debemos convenir: la de que el carácter nacional es muy duradero y persistente, pero no eterno; la nación cambia, como cambia cuánto hay en el planeta, pero cambia a la vista de la historia, y con todos sus incluso la raza y el idioma.
El idioma es un producto humano, que varía profunda y frecuentemente. No es una causa de nacionalidad, sino, todo lo contrario, un producto de ella; que no define, pero que contribuye a señalar la figura de una nación.
No determina nada por sí solo, ni una nación necesita, para ser nación, de un idioma que sea producto de ella y sólo para ella. Familiar es para nosotros el ejemplo de las naciones hispanoamericanas, que hablan el mismo idioma. Caso contrario es el de Suiza, que, con tres idiomas diferentes, viene constituyendo desde hace siglos una nación sólidamente forjada.
El criterio de las razas nos lleva a la misma confusión y el ejemplo que vamos a tomar es también claro. Es sabidísimo que el pueblo del Alto Aragón es vasco, y sin embargo estos hombres, que son aragoneses con un tantico de catalanes, no sienten ningún deseo de apartarse de los demás aragoneses para vivir en comunidad con los vascos. Creernos que es un error dar demasiada importancia a la condición racial, producto de la fantasía, en muchos casos, y que, aun cuando sea cierta, no es determinante, ni mucho menos, de las cualidades de una nacionalidad. Es además un concepto, dañino y perjudicial para una convivencia humana feliz, porque puede dar lugar a criterios altamente nocivos y a ideas monstruosas, como hemos visto en Alemania, dado que tales criterios raciales usados como definidores de pueblos conducen siempre a una exageración brutal del orgullo y de la estimación propia, así como al menosprecio de los demás. Por otra parte, el concepto étnico es una cuestión de zootecnia, sujeta a las leyes de esta ciencia, y en el ajetreo de la vida moderna, creador de un fuerte medio que obra poderosamente sobre el individuo, tiene cada día, en la cuestión nacional, menos importancia.
Hablar en Europa de una raza para definir una nacionalidad actual es buscar la pureza en la confusión, cuando la población de toda Europa está tan enormemente mezclada que apenas quedan razas puras en su suelo, y sin embargo hay una gran cantidad de naciones ostensiblemente ciertas. En España, por su situación geográfica y otras circunstancias, la raza que menos alteraciones ha sufrido es probablemente la de las serranías castellanas de entre el Duero y el Ebro, donde, sin embargo, la historia nos acusa un fuerte contenido racial vasco, de cuyas gentes ha dicho Schulten, refiriéndose a las de las alturas sorianas: el castellano es ante todo y sobre todo un celtíbero.
Hay otros criterios, a nuestro juicio disparatados, pero que pese a su error se aplican todavía, sobre todo en escritores políticos, tal como el de que una nacionalidad está definida por un pueblo que ocupa el territorio de un Estado encerrado dentro de sus fronteras.
El libro de don Francisco Pi y Margall, "Las Nacionalidades", después de un estudio muy detallado de la cuestión y de una crítica concienzuda, rechaza en realidad todos los fundamentos de definición.
Por otra parte, un escritor inglés decía que en todo país hay en realidad dos naciones, a lo que agregamos: la de los que disfrutan de su patria y la de los que la padecen. Esto es muy racional y conocido: hay clases, ampliamente estudiadas, la de los opresores y la de los oprimidos, que no pueden pensar ni sentir igualmente, ni tener el mismo carácter, lo que se ve muy bien en la época feudal de la Edad media en la que la comunidad de ideal, la condición económica, las normas de convivencia y de cortesía están dentro de las clases, por lo que el noble piensa y siente como noble y merece las consideraciones de noble, lo mismo en su país que en cualquier otro feudal, mientras que el plebeyo es plebeyo, tanto en su tierra como en las restantes feudales, y se comporta como plebeyo; es decir, que los hombres de estas dos clases no pueden tener las mismas ideas colectivas ni los mismos anhelos, ni pueden apreciar ni estimar a sus propios países de la misma manera. Con esto podemos afirmar que el sentimiento de nacionalidad, para que se desarrolle y se comparta por igual, exige que dentro de la sociedad nacional no haya clases opresoras ni oprimidas: la nacionalidad como sentimiento espontáneo, que no sea resultado de una educación embaucadora, no puede medrar más que dentro de la democracia. Otra cosa es el manejo de la plebe dentro de los imperios, en los que la nacionalidad, con sus vicios y sus virtudes, está oficialmente determinada por las conveniencias de las clases dominantes y las muchedumbres no hacen más que dejarse dominar por la fuerza o alucinar por la astucia al tragarse el anzuelo de que sus desgracias vienen de los enemigos extranjeros, con lo que despiertan odios que no van contra los dominadores propios, ni contra los poderes extraños, sino contra los pueblos sometidos a ellos.
Para que en lo que sigue podamos entendernos es preciso que fijemos un concepto de la voz nacionalidad. Desechados los fundamentos de raza y de idioma y otros más endebles, la definición más aceptable que encontramos para la nación es que se trata de una comunidad estable (aunque no eterna) históricamente formada como resultado de una convivencia secular sobre un mismo suelo, comúnmente sentida y aceptada, que da origen á hábitos y modos de pensar y sentir reflejados en una comunidad de cultura, y a veces un idioma propio. El concepto determinado en esta definición no es de las cosas, sino el de la comunidad de ellas.
En consecuencia, si no nos importan demasiado las razas nos interesan, en cambio, mucho las asociaciones humanas llamadas pueblos, pues el hombre no puede dar satisfacción plena a sus estímulos individuales más que viviendo como parte de un pueblo, ni puede acomodarse apegadamente al conjunto humano más que a través del pueblo en que vive, como los pueblos no pueden articularse en la humanidad más que por medio de los otros pueblos con los que están ligados por una relación. No comprendemos, además, el entusiasmo por las virtudes innatas de las razas, que son ajenas al esfuerzo de las gentes que las componen, pero sentimos admiración por los méritos de los pueblos, que son la acumulación del trabajo de sus hombres.
Nos interesa también afirmar que las condiciones del suelo, como asiento de una forma material de vida y de una economía, y las relaciones de producción dentro de una contigüidad de territorio, son factores que influyen de manera importantísima en la formación de una nacionalidad; y de ello tenemos ejemplos en España: la personalidad nacional catalana se consolida después de que una reacción democrática ha destrozado la primitiva organización feudal de los condados francos y ha creada una clase de menestrales, y con ella, unas maneras de producir y de distribuir la riqueza, relaciones todavía de tipo feudal, pero distintas de las peculiares de la dominación franca y que no coinciden exactamente con las del resto español. En Galicia, las relaciones de producción, también de tipo feudal, distintas de las catalanas, pero semejantes a las leonesas, influyen también en la creación de una nacionalidad gallega con personalidad distinta de otras españolas. En Castilla, las relaciones de producción no son de origen feudal, aun cuando fatalmente perturbadas por el feudalismo, y contribuyen a crear una nacionalidad tan distinta de la leonesa que se separa de ésta en una guerra de independencia. El País vasco que, como Castilla, no asienta su sociedad sobre una base feudal, aun cuando inevitablemente se ve amenazado todo a lo largo de su historia por el feudalismo europeo, crea unas relaciones de producción que al dar al vasco una mayor libertad económica, cualquiera que fuese el grado de comodidad de su vida, desempeña un papel importante en la formación del carácter nacional vasco. En Andalucía se extiende el feudalismo neogótico astur-leonés pero con circunstancias geográficas y antecedentes históricos diferentes, y nace una nacionalidad muy distinta.
Para completar nuestro concepto, como la nacionalidad no la definimos ni por la raza ni por el idioma, pensamos que, una vez tomada corno entidad básica la nación, hay supernacionalidades formadas por varias nacionalidades afines y, contrariamente, hay subnacionalidades debidas a alguna modalidad particular dentro de una nacionalidad.
En España, hay tan gran número de nacionalidades distintas, de tal diversidad y tan profundo carácter propio, que dentro de la península se distinguen entre sí más que muchas nacionalidades europeas representadas, más o menos acertadamente, por los actuales Estados.
AHORA bien, ¿ Cuántas y cuáles son las nacionalidades españolas? Para responder a esta pregunta hagamos primero consideraciones sobre su origen. Este origen está en la conservación de los primitivos pueblos ibéricos, donde no fueron alterados por los influjos romanos o godos; en otros, en la mayor o menor intensidad de tales influjos; y por último en las difentes, modalidades de los pueblos y poderes germánicos supervivientes o reanacientes, según fuesen visigodos o francos, lo que da un gran número de combinaciones. Así, al caer el imperio visigodo de Toledo y formarse los reinos de la Edad media, los territorios de esas monarquías coinciden, con algunas variaciones, con los antiguos pueblos; pero, como la reconquista se hace en la mayor parte de España por las gentes romano-godas y en provecho propio, estas nacionalidades medievales adquieren entonces su carácter y los pueblos se modelan según las conveniencias de las gentes conquistadoras, es decir, según conviene a los godos de Covadonga, que no dejan de ser extranjeros por el hecho de llevar varias generaciones dominando y expoliando a los españoles.
Pasemos una ojeada sobre los pueblos conquistadores.
En primer lugar nos encontramos, con los celtas, pueblo del grupo lingüístico de los arios, que en varias oleadas se apoderan del occidente de España y que, por desalojamiento de los primitivos pobladores, son la base étnica del extremo noroeste, de la meseta leonesa del Duero medio y de Extremadura. Los celtas penetran mucho en el interior de España, pero no se puede precisar hasta dónde ni cuál es exactamente su influencia en la formación del pueblo llamado celtíbero, que muestra un fuerte carácter ibérico. En el país ocupado por los vascones, la dominación céltica no deja gran huella entre sus pobladores, y en el territorio de los cántabros los dominadores celtas acaban absorbidos por los indígenas.
En distintas épocas llegan a España fenicios, griegos y cartagineses, que se establecen principalmente en las costas y no entran profundamente en el país, limitándose a crear colonias que no perturban a los pueblos del' interior.
Los que logran dominar el suelo español, después de una prolongada y dura resistencia de sus habitantes, son los romanos, pueblo también del grupo ario, pero esa dominación no es completa ni uniforme, pues mientras en una gran extensión de España someten totalmente a la población autóctona, en otras conservando su mando por transacciones, respetando autonomías para dominar militarmente el territorio, y en otras, como el país vasco, Cantabria y las sierras interiores de Soria y Segovia, donde Numancia resiste hasta su legendario sacrificio y donde los arévacos de Segovia son todavía rebeldes a Roma mucho después de la caída de la ciudad numantina, lo único que hacen es establecer destacamentos militares y cruzar el país con sus vías. La resistencia de los arévacos y la pobreza del país, que no incita n a gastar en él grandes sacrificios, dejan en poder de los autóctonos el gobierno y la vida civil y económica; por eso dice Gómez de Somorrostro que el acueducto de Segovia, aunque obra de la cultura romana, está hecho por las comunidades indígenas.
Al terminar esta ligera reseña de los pueblos primitivos de España hasta la dominación romana, hemos de advertir que todos ellos, menos los de las cinco naciones de la Celtiberia, se caracterizan por su afán de aislamiento, por la falta de coordinación de unos con otros, lo que facilitó mucho la tarea de los invasores; pero nos interesa señalar que los pueblos celtibéricos vivían en confederación permanente entre sí y que tuvieron ligas accidentales con cántabros y vascos. Este solar celtibérico, repartido después entre Castilla y Aragón, es el solar del Fuero de Sepúlveda y en donde, probablemente antes de la conquista romana, brotaron las instituciones que se llamaron luego "universidades" o "comunidades de ciudad y tierra."
Los godos conquistan el imperio romano y, como consecuencia, España. De estos godos los llamados bárbaros del Norte, pretenden descender, y efectivamente descienden, sobre todo en espíritu, las dinastías españolas y las gentes de sangre azul. Pcrry, en su interesante libro "The Growth of of Civilisatión", dice que tales godos eran peores que Atila, que Gengis Kan y que el gran Tamerlán; don Pedro Pidal, que es hombre íntegro en cuanto a respetar la verdad de los hechos, pero que siente ardiente veneración por las dinastías españolas, tan extranjeras cuando nacieron como cuando escribía el culto asturiano, queriendo endulzar el acíbar, dice que los visigodos, o sean los godos de la rama que vino a España, eran los más suaves, los menos brutales, bien que unos y otros al tomar la cultura romana se hicieron más moderados, pues los romanos, tan expoliadores como todos los conquistadores de todas las épocas, eran gentes de mayor finura y de agudo instinto político.
Estas gentes son las que traen a España el feudalismo. El imperio que crean es para beneficio de una casta de militares y eclesiásticos godos de la que el rey es el jefe supremo, pero que actúa con una asistencia de la corte que en realidad es una vigilancia, ya que el provecho es para todos ellos, que se reparten en feudo el suelo español, y con él los hombres. Aquí tenemos lo más importante de la dominación goda, el establecimiento del feudalismo que, si no trae a España los usos brutales y vejatorios de los feudos europeos, implanta unas relaciones de producción que determinan en los siervos un cierto modo de vida, una comprensión de su colocación en el mundo, un suspiro por la libertad o una sumisión resignada, todo lo cual moldea un carácter en el pueblo. Los vascos y los cántabros resisten tenazmente al imperio visigodo y los arévacos tampoco se acomodan a ,él, por lo que unos y otros conservan su carácter y muchas de sus instituciones prerromanas, mientras que los godos se establecen sólidamente en lo que se llamó los Campos góticos, o sea en la Tierra de Campos.
La separación de razas durante la dominación visigoda es constante y de hecho no se modifica por la legislación, pues si posteriormente se permitieron los enlaces con los hispano-romanos, corno ellos decían, por espíritu de vanidad aristocrática, esos matrimonios no se celebraron más que entre los godos y los magnates que quedaron de la dominación romana. El pueblo siguió rechazado por los godos.
Desde el punto de vista étnico, conviene hacer una aclaración. En toda la península ibérica, las razas primitivas dominan sobre las invasoras; el pueblo no es latino ni godo. Salvo los celtas, que enraízan en España y forman la base étnica de algunas regiones, los invasores más numerosos son los godos, que vinieron en número de unos trescientos mil para una población española de seis u ocho millones, es decir, menos del cinco por ciento; los romanos habían sido menos y menos aún griegos, fenicios y cartagineses; y como los invasores no se renovaron por entradas posteriores, las razas invasoras que al correr de los tiempos pudieran mezclar su sangre con las autóctonas quedaron absorbidas por éstas, que prácticamente continúan las mismas.
Los árabes, los llamados árabes, que en su mayoría eran gentes bereberes, de las razas occidentales mediterráneas, también vinieron en menor número que los godos y la mayoría de los pobladores del territorio regido ,por los musulmanes eran españoles que habían adoptado las costumbres agarenas. Tan españoles de raza eran entonces los cristianos del Norte como los habitantes de. la España musulmana.
La única invasión conocida que deja huella racial intensa es la celta, que ocupó el poniente de la península y a la que pertenecen también los vacceos de la llanura leonesa. A pesar del gran número de invasiones, y a pesar de que no existen razas puras en todo el mundo europeo y mediterráneo, el español es de raza predominantemente ibérica; podrá haber adquirido una cultura de otros pueblos, pero no es de sangre romana, ni goda ni :trabe. Donde sí abunda la sangre extranjera, y apenas se encuentra española, es en las dinastías gobernantes.
En la determinación de las diferentes nacionalidades que actualmente habitan en el suelo de nuestra patria se ha dado gran importancia a los pueblos primitivos hispánicos y a su distribución en la península. Pero no hay que olvidar el enorme poder de asimilación de los forasteros que siempre han tenido todos los pueblos españoles y que ha sido comentado por varios autores. Este poder de asimilación subsiste en toda España. Incluso los ingleses, que en ninguna parte del mundo abandonan su idioma ni sus costumbres, en Andalucía hablan el español con fuerte acento andaluz, y allí, contra su resistencia reconocida, dejan de ser ingleses a la primera generación. Entre los más exaltados nacionalistas vascos y catalanes los hay con apellidos de todo el resto de España y de generaciones muy recientes, pero estos nombres son plenos vascos y plenos catalanes por esa poderosa fuerza de digestión del forastero que tienen todas las comarcas de España, como una propiedad común, cual otras muchas, a todas las nacionalidades españolas. A su vez, los descendientes de vascos, de catalanes, de leoneses, etc., se diluyen igualmente en las demás regiones españolas; y, cosa curiosa, los países y ciudades españolas que menos atraen al forastero son precisamente aquellos que más intransigentemente defienden un unitarismo español impuesto a la fuerza.
El valor que atribuye Bosch Gimpera a los pueblos españoles primitivos y a su distribución en la formación de las diferentes nacionalidades españolas es tan grande que, al referirse al influjo de las demarcaciones romanas en la determinación de estas nacionalidades y su reparto sobre el terreno, dice: "Se ha insistido a menudo en que las divisiones romanas pesaron en la tradición posterior y contribuyeron a dar el marco por el que se extendieron los pueblos medievales que aspiraron a tener los antiguos límites romanos. Lo que hay de permanente en algunos límites depende de la naturaleza de la población anterior prerromana y de la adaptación de las demarcaciones a dichos límites étnicos anteriores. En zonas en que los límites romanos alteraron el límite natural, surgieron territorios que fueron motivos de conflictos".
Ciertamente que se ha repetido mucho, y no sin cierto dejo de alabanza, la trascendencia de las demarcaciones establecidas por Roma en España, su resistencia a través de los tiempos, el poder que han tenido de manifestarse después de invasiones y dominaciones posteriores, hasta el punto de servir de norma y base al aparecer las nacionalidades españolas con la caída del imperio visigodo, y la ratificación que muestra la solidez de este hecho por la razón de que hoy mismo persisten, pese a los intentos de unificación.
En la duración secular de esta supuesta creación romana, se ha querido ver una prueba del gran poderío de Roma, de su perspicacia para advertir el porvenir, su agudeza para penetrar en las realidades y su autoridad y prestigio para mandar. Pero no es así, y de tales alabanzas no queda más que la adulación que la humanidad regala todavía a quien dispone de la fuerza, o el mismo asombro que han despertado en gentes de humanismo incompleto aquellos dictadores que han tomado el mundo de circo sangriento en que ensayar sus monstruosos e irrealizables designios, decorados siempre con unos adornos de cultura, para disfrazar de deseos generosos lo que no son sino apetitos egoístas. La permanencia de las divisiones establecidas.
En tiempos de la romanización no es creación romana, sino, sencillamente, la preponderancia de una condición del país que Roma acata, acomodándose a ella. Los dominadores de un país extraño, vario en su constitución interna tienen siempre un interés grande de llegar a la unificación, que simplifica la tarea de dominio, haciéndola más fácil y firme; y como la dominación romana fue la más intensa de las extranjeras que ha sufrido España, ya que la gótica no fué en cierto modo más que una continuación o segundo período de la romana, es explicable que la acción de Roma haya sido estimada como fundamental y más notable en sus frutos. Pero, insistimos, no fueron las condiciones de colonizadores y de gobernantes de los romanos las que dieron capacidad de conservación a su división de España, .sino la continuación de la condición íntima del español y de las condiciones geográficas naturales; por eso viene muy bien la penetrante observación de Bosch-Gimpera de que cuando la demarcación romana quedó en desacuerdo con el hecho natural, se demostró la incongruencia por conflictos nacidos en la zona discordante.
En España puede comprobarse claramente la influencia de la geografía en la historia, y lo vemos observando lo que ocurre en regiones de aparente semejanza o de supuesta identidad; probándonos además que, en este discurso, hay que dar más importancia al influjo del medio que a la herencia racial. Dos grandes divisiones sobresalen en la ordenación de los pueblos primitivos españoles; los que sufren una celtización y los que quedan libres de este influjo. En los pueblos influidos por la invasión celta está comprendida la cuenca del Duero; pues bien, en esta cuenca hay dos países muy distintos que, con cortas diferencias de límites, correspondían, bajo la dominación romana, el occidental al convento jurídico asturicense, y el oriental al convento jurídico cluniacense. Los romanos incluyeron en el convento jurídico de Clunia, o sea, lo que fue luego la Castilla del Duero, cuando saltó las divisorias del Ebro, a pueblos de los vacceos, entre ellos Pallantia (Palencia), que de acuerdo con la distribución prerromana de los pueblos españoles correspondían al convento jurídico de Astúrica, núcleo del reino de León. Los tiempos y las conductas muestran unas condiciones naturales permanentes del Duero medio, o sea del país leonés, muy semejantes por lo que se refiere a la organización económica y social a Galicia y Portugal, con los cuales había de formar más tarde un reino de León, caracterizado por lenguajes afines e instituciones iguales, pero diferentes, de las de Castilla y el País vascongado, esto es de los pueblos del convento jurídico de Clunia. Pero hay más todavía, al correr de los tiempos, la, tierras del Duero alto, que formaron parte del convento jurídico cluniacense y más tarde la Castilla comunera, después de la invasión celta vuelven a su condición ibera, miran hacia el Ebro y de espaldas al Atlántico, y por este dominio de un ascendiente ibero sobre una tierra dominada por los celtas, es por lo que se designan con el nombre, no sabemos hasta qué punto exacto, de Celtiberia; mientras que Pallantia y toda la Tierra de Campos conserva la influencia céltica, como todos los países que pertenecieron a la corona de León.
Con ello tenemos una prueba de que la geografía influye en la historia, no solamente por la situación de territorios, sino por las formas económicas que produce, en este caso ganadería de pastoreo y aprovechamiento forestal con pequeños retazos de agricultura (Castilla) contra agricultura y ganadería fundamentalmente estantes (León). Las condiciones geográfico- económicas no se clasifican tan simplemente como lo quieren hacer los que ponen los límites en las sierras que dividen las cuencas de los ríos. Observemos que la cordillera central no ha dividido, hasta la creación de las actuales provincias según modelo francés, la jurisdicción de los organismo.. regionales de gobierno; las montañas separan dominaciones militares e imperiales, pero pocas veces separan pueblos, por lo que dice Jiménez Soler: "A lo largo de las cordilleras y a ambos lados de las mismas habitan los mismos pueblos"; lo que también observa Pi y Margall en "Las Nacionalidades", y lo vemos no sólo en Castilla sino también en el País vascongado.
El iberismo remonta las alturas que hay entre Castilla y Aragón, pero no llega a los llanos del Pisuerga y encierra en sí todas las tierras de la región serrana central, repartida hoy entre Castilla y Aragón, que fue país de pastores. Coincidiendo con esto, las instituciones castellanas comuneras del fuero de Sepúlveda, que saltan las divisorias del Duero, del Ebro, del Tajo y del Júcar hasta casi llegar a tocar a Cataluña en Mosqueruela, no llegan a las riberas del Pisuerga. Estas llanuras cierran el paso a todo lo castellano, salvo al nombre y al idioma a título de lengua general española. Vemos que la geografía influye en la historia de dos maneras: directamente e indirectamente, disponiendo el suelo para una u otras formas y relaciones de. producción. Así al comparar las llanuras de Campos, "base geográfica del reino de León" según la expresión de Oliveira Martins, con la Mancha y con Castilla observamos que las instituciones típicamente leonesas, entre ellas el Fuero Juzgo, tan enérgicamente rechazadas por Castilla y el País vascongado, se repiten y extienden por las llanuras manchegas al sur de Toledo, con lo que este país pone un alto a las instituciones castellanas, a pesar de estar adscrito a Castilla por la conquista.
El influjo de la geografía en la historia y constitución de Castilla no se comprende si no rectificamos un error muy generalizado, el de suponer que Castilla está constituida por las llanuras centrales y que la mayor parte de su territorio es llana; por lo que tenemos que afirmar fuertemente que Castilla no está constituida por las tierras medias, núcleos de las mesetas,
sino por las montañas de Cantabria y por los "bordes de las mesetas", según decía Jiménez Soler, o por las "tierras marginales de' las mesetas", según dice Bosch-Gimpera, o por la "región serrana central", según Luis de Hoyos Sainz; lo que da un carácter económico, de género de vida y relaciones de producción, acentuado en su unidad por la circunstancia de que la mayor parte de las tierras llanas que por vecindad y convivencia no pueden separarse de las sierras castellanas no han sido de economía basada en el cultivo agrícola, sino de pastoreo o forestal, lo que las separa de las llanuras colindantes que pueden verse en las tierras de Campos y la Mancha; tal es, por ejemplo, el caso del territorio de la antigua Comunidad de la Villa y Tierra de Cuellar. No olvidemos que los límites entre regiones, tanto naturales como políticas, incluso los que separan nacionalidades, no pueden trazarse por una línea, sino que suelen ser fajas de confusión imposibles de separar tajantemente por una frontera.
Los territorios mal colocados, sacados de su grupo nacional para agregarlos a otro inadecuado, muestran tendencia obstinada a conservar las cualidades de su nacionalidad original. Así, las tierras del norte de Huelva, pertenecientes por conquista al reino de León, y que incluso recibieron la influencia lingüística del bable leonés, al encontrarse sueltas con los tiempos vuelven a sus cualidades primitivas de iletas y olbisinias, es decir, a su fondo ibérico en la modalidad andaluza. La tendencia es poderosísima aún en el caso de que la colocación artificiosa sea halagüeña y lisonjeramente aceptada, como ocurre con las provincias de Palencia y Valladolid, de la misma cualidad leonesa que las de León, Zamora y Salamanca, que a pesar de intentar confundirse con las de Castilla, ocultando su tradición leonesa, conservan completamente el carácter propio leonés.
En el panorama que presentan los pueblos de España de los tiempos primitivos, después de sus modificaciones en vísperas de las conquistas y colonizaciones históricas, vemos en líneas generales tres grandes grupos: los primitivos peninsulares preibéricos y precélticos, iberos y tartesios, y un territorio peninsular muy amplio correspondiente al trozo en que la celtización fué más intensa. Las diferencias de los pueblos de España son en origen 1.ik tales, pero su conservación o su modificación se deben principalmente a condiciones naturales y al influjo que estas condiciones ejercen sobre la economía y organización social. Un ejemplo de ello ya lo hemos señalado
en los pueblos comprendidos en las conquistas célticas más consolidadas, al ver que el territorio de esas conquistas en el occidente: Galicia, Portugal y tierras del reino de León en el Duero (inseparablemente la Tierra de Campos) se comparta de modo distinto al del país del alto Duero, que luego había de constituir la Castilla celtíbera. Una cualidad que contribuye a la conservación de los pueblos diferenciados es la que ve el señor Bosch‑Gimpera según la cual los pueblos peninsulares tienen la facultad de absorber rápidamente al forastero, incluso al conquistador; pero esto tal vez no sea rigurosamente cierto ; es decir, que no se cumpla cuando el invasor tiene empeño en conservar su linaje para no compartir el mando y el beneficio económico; este es el caso de los conquistadores romanos y godos que se colocaron en condiciones económicas distintas de las que reservaron para el pueblo nativo.
Salvo rectificaciones evidentes de límites, los pueblos de la España primitiva coinciden con las diferencias territoriales de naturaleza geográfica y conservan sus peculiaridades, o muchas de ellas, a través de las invasiones, de modo que las agrupaciones formadas con ellas subsisten a lo largo de los siglos, se desenvuelven con mayor libertad en la Edad media y llegan hasta el día. Para confirmación, ciertas discordancias son enseñadoras: el país comunero de Aragón tiene al formarse la nacionalidad y durante siglos igual constitución que Castilla y diferente de la restante aragonesa; pues bien, ese territorio estaba unido con los hoy castellanos en la confederación de pueblos encabezada por los arévacos. En la conservación de los pueblos primitivos se encuentran poderosos motivos de determinación de las nacionalidades hispánicas formadas libremente a la caída del imperio visigodo; y si hay algún punto importante oscuro o dudoso es el del influjo que las conquistas célticas hayan tenido en tal determinación, porque los distintos autores no están de acuerdo y los criterios son dudosos en cuanto a su certidumbre. Así, ofrece duda la intensidad que pueda haber adquirido la conquista céltica en las tierras del alto Duero, al oriente del Pisuerga, esto es, en Castilla; tierras que después de algún tiempo vuelven a su modo de ser anterior, ibérico, lo que hace pensar que la celtización no fue muy profunda; duda que se acentúa cuando al examinar los hechos que inducen a pensar en un influjo céltico, vemos cómo se toman en cuenta, para afirmar el celtismo, motivos lingüísticos, cual la abundancia de nombres célticos en el país, y en cambio se prescinde de otro hecho también lingüístico: el número mucho mayor de nombres geográficos vascongados en el mismo suelo.
Según los tratadistas de prehistoria, dos culturas distinguen a los pueblos de España antes de la conquista céltica, con lo que se forman dos grupos, que posteriormente se convierten en tres con la invasión céltica; y como esos grupos contienen en conjunto más de sesenta pueblos, de aquí que tengamos en España una porción de personalidades nacionales.
No olvidemos que las nacionalidades son agrupaciones muy estables y duraderas, pero que no son eternas y están en cambio continuo, como todo cuanto hay en el Universo; y, si bien tienen su origen y su personalidad diferenciados, desde tiempos remotísimos, por esa condición cambiable, sobre
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Su esencia prehistórica hay que admitir otro contenido que es fruto de los tiempos y vicisitudes posteriores.
Examinando el panorama de los pueblos españoles, vemos tal variedad de nacionalidades que hay que acudir a la clasificación para entenderlas, v con ellas podemos formar los siete grupos que estudiaremos a continuación, dejando a un lado la cuestión racial, que, a más de siempre confusa, no se debe tomar como base de criterio por tener la desgraciada virtud de azuzar sentimientos de soberbia y rencor, muy convenientes para las gentes guerreras y de ambiciones imperialistas pero inadecuados para estimular a los hombres a que se consideren y estimen como pertenecientes a una gran familia universal; hemos de fijarnos, en cambio, en aquellas condiciones de los pueblos que es necesario conocer para determinar el modo de llevarlos hacia el progreso humano y a la pacífica elevación individual y colectiva.
Fundándonos en los primitivos pueblos de España, en la geografía y la Condición económica, y en el desarrollo histórico de la personalidad de cada una, podemos llegar a la siguiente clasificación de las nacionalidades españolas:
GRUPO PRIMERO: VASCO-CASTELLANO.
Comprende las nacionalidades de Vasconia, Castilla, Navarra y Aragón.
GRUPO SEGUNDO: ASTUR-LEONES O GALLEGO.
Comprende estas cuatro: Asturias, León, Galicia y Portugal,
GRUPO TERCERO: CATALAN.
Este grupo no incluye en realidad mas que a Cataluña.
GRUPO CUARTO: ANDALUZ
Lo forma únicamente Andalucía.
GRUPO QUINTO: DE LAS EXTREMADURAS, DERIVADO DEL LEONES.
Pertenecen a él la Extremadura, la Mancha y Murcia.
,GRUPO SEXTO: DERIVADO DEL CATALAN.
Hay que contar en él a Valencia y las Islas Baleares.
GRUPO SEPTIMO: NACIDO DEL IMPERIO ESPAÑOL.
Lo forman solamente las Islas Canarias.
lunes, junio 13, 2011
Las nacionalidades españolas I (Luis Carretero Nieva , Mexico 1948)
miércoles, junio 01, 2011
Lengua castellana (Gustave Doré, Ch. Davullier 1874
Viaje por España
Vol II
Gustave Doré y Ch. Davillier
Paris 1874
El español es, en nuestra opinión, la lengua que más parecido ofrece con el francés. En el siglo xvi estaba muy extendido por Francia. Se encuentra entre nuestros autores de esta época buen número de palabras y de giros tomados de la lengua castellana. Brantóme habla de una «muy bella y honesta dama que hábloit (hablaba) un poco de español y la entendía muy bien...» Hagamos notar de pasada que el verbo hablar (hâbler) ha tomado entre los franceses un sentido peyorativo, y que (parler) es tomado igualmente por nuestros vecinos españoles en sentido despectivo. Tiene, por tanto, el mismo significado de nuestro hâbler.
«Acostumbradamente —dice también Brantóme—, la mayor parte de los franceses de hoy, al menos aquellos a quienes se ve un poco, saben hablar o entienden esta lengua...» Sería fácil multiplicar los ejemplos, pero nos contentaremos con el testimonio de Cervantes, quien asegura en su novela Persiles y Segismunda que «en Francia, ni varón ni mujer deja de aprender la lengua castellana».
Los méritos de la lengua castellana han sido a menudo celebrados, lo mismo por extranjeros que por españoles. Iriarte, autor del Poema sobre la música, ha hecho una elocuente defensa en favor del español: «Si busco —dice—, fuera de Italia, una lengua que convenga al canto, sólo encuentro el español, noble, rico, majestuoso, flexible, enérgico, armonioso. Es una lengua donde no se encuentran ni letras mudas, ni sordas, ni nasales; en la que las consonantes y las vocales están distribuidas con tanto orden, que no se descubre ninguna irregularidad. Es una lengua muy diferente de las de las naciones septentrionales, donde la multiplicidad de las consonantes duras ofusca y violenta los sonidos de la voz y del canto. Una lengua, en fin, que ofrece en sus terminaciones buen número de breves y de variados acentos. Si en algunos casos se hace sentir el acento gutural, el cantor encuentra los medios de suavizarlo, y el poeta tiene cuidado de evitar su frecuencia. Con un idioma semejante, la melodía española envidiará cada vez menos a la lengua de Florencia y de Roma; sin dejar de admirar la gracia del toscano se hará justicia a la del castellano.»
El caballero de Langle, autor de un Voyage en Espagne, en el que se muestra a menudo injusto hacia este país, no testimonia menos entusiasmo: «Es preciso oír hablar a una española, por poco que se la ame, o que uno sea amado, que sea bonita; todas las palabras que pronuncia se graban en la memoria y dejan en el oído un sonido tan dulce, tan melodioso, que uno cree oírlo, que uno cree que sigue hablando cuando ya se ha callado. ¡Oh, magia poderosa y maravillosa de la voz de una mujer! Más de cien hombres me han hablado en Madrid. Yo les he escuchado con atención, pero nada de lo que dijeron me ha quedado y un minuto después se me había olvidado por completo».
El autor del Vago italiano, el Padre Caimo, opina que el español es más abundante que el francés y más armonioso que el italiano. «Es verdad —añade— que los franceses tienen una pronunciación más suave que la de los españoles, que es un poco ruda. Los franceses deslizan las palabras y los españoles las golpean con frecuentes aspiraciones y un tono enfático... No vacilaría en dar la preferencia a la lengua española sobre todas las demás sí no fuera la italiana la más hermosa de todas las de Europa.» No hay que olvidar que el que habla es un italiano.
La lengua española, decía el cardenal Du Perron, es muy propia para las rodomontadas (fanafarronadas) y para presentar las cosas más importantes de lo que en realidad son. En un panfleto del siglo xvii, publicado bajo el título de Relación de Madrid, se hace una crítica singular de la lengua española: «Si se quitaran de ella las As y las Os, sólo quedarían bostezos y muecas».
Carlos V era más justo cuando decía que el español era la lengua de los dioses. «La encuentro muy de mi gusto —decía Madame d'Aulnoy—; es expresiva, noble y grave.» El español se ha conservado más puro de mezclas extranjeras que el italiano, y ha recibido menos galicismos, incluso en la época en que la influencia francesa era tan grande en la Corte de España. La resistencia se manifestaba entonces de un modo muy original; por ejemplo, la camarera mayor de la reina, primera mujer de Carlos II, hizo matar dos loros porque hablaban francés.
En nuestra opinión, el español es la lengua más fácil de aprender para un francés, si conoce el latín, pues a pesar del considerable número de palabras árabes que posee, es la que más se parece al latín, sin exceptuar el italiano. Un conocimiento mediano del italiano, lejos de ser útil, es más bien perjudicial, pues el parecido entre ambos idiomas es más aparente que real, lo que da lugar a frecuentes confusiones. Los españoles se muestran muy halagados cuando oyen a un extranjero hablar su idioma, y éstos se benefician con ello en más de una ocasión. El consejero Bertaut cuenta a este respecto en su Voyage en Espagne lo que le sucedió en 1659. «Encontré en el paso (de los Pirineos) a un español, que se hacía llamar gobernador de aquella región, quien me dejó entrar en el país y me dio mi billete sin pedirme el derecho de paso ni el pasaporte, que por cierto no tenía. Sin embargo, a muchos franceses les había revisado a conciencia sus ropas; pero me hizo este honor porque yo hablaba español...»
Dejemos ahora la noble y pura lengua castellana para ocuparnos un instante de la germania, lengua de los ladrones. No hay país que no tenga su argot: los ingleses le llaman Cant, Slang, Pedlar's french, Gibberish, Thieve's latin, Saint, Giles's greck, etc.; los alemanes, Rothwelsch (o italiano rojo); los italianos, gergo, Parlar furbesco; los holandeses, Diventael o Bargoens; los portugueses, Calao etc.
El argot francés presente, como lo demostraremos en seguida, curiosas analogías con el español, y se sabe que se remonta a una época muy antigua. En el siglo xvi ya tenía su diccionario, que es la continuación de la curiosa obra titulada Vie des Marcelots, Gueux et Boémiens... plus a été ajousté pn dictionnaire en langue blesquin, avec l'explication en vulgaire. Hablaban esta lengua los ladrones, mendigos, vagabundos y otras gentes de mal vivir como los Mattois, Cagoux, Gueux, Bons-compagnons, Larrons, Picoreurs, Coquillarts, Gailleurs o gayeux, Maridots, Piétres, Sabouleux, Boémiens, Saupicquets, Joncheurs, Fallots, Hubins, Francsmitoux. Bezoards, Marcandiers, Malingreux, Millards, Capons, Drilles o Narquois, Spelicans, etc.
Los barrios de París también tenían su argot, conocido con el nombre de goffe. «La reina madre —leemos en Scaligeriana— hablaba el goffe parisién tan bien como una vendedora de la plaza Maubert, y nunca se hubiera dicho que era italiana.»
Volvamos a la germanía española. En la Península se la llamaba antiguamente amancebamiento; hoy la llaman los ladrones rufianesca, pero es conocida generalmente por germanía, que viene del latín germanus, y significa asociación o cofradía. Poco más o menos es la misma palabra que hermandad, que ofrece el mismo sentido. La G. se confunde a menudo con la H en el castellano antiguo. Las palabras jerigonza, jerga o jergón son poco más o menos sinónimos, y en español se usa la proverbial locución: Hablar en jerigonza, en jerga o en jergón, para designar una lengua ininteligible. Hay, evidentemente, cierta afinidad entre estas diferentes palabras y el francés antiguo gergon, del cual proviene jargon y, por corrupción, argot.
La germanía de España no parece ser más antigua que el argot francés. En el siglo xvi, y aun antes, varios autores habían compuesto en esta lengua romances y poesías. Fueron recogidas y publicadas por primera vez en 1609 por Juan Hidalgo con el título de Romances de Germanía de varios autores con su vocabulario para declaración de sus términos y lengua. Esta obra debió tener un gran éxito, a juzgar por el número de ediciones que siguieron a la de 1609. Un poco más tarde, otro autor español. D. García, publicó un libro análogo titulado Antigüedad y Nobleza de los ladrones, que fue traducido al francés poco tiempo después y publicado en París bajo el título L'antiquité des larrons, ouvrage non moins curieux que délectable.
Hacia fines del siglo xvi y principalmente en la época de Felipe II, algunas obras, más conocidas, dan una exacta idea de la vida picaresca de la época y contienen informes muy curiosos sobre la lengua que hablaban entonces los pícaros o gentes de mal vivir: tales son La Vida y Hechos del pícaro Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán; la Vida de Lazarillo de Tormes, de Diego Hurtado de Mendoza; La Historia y la Vida del Gran Tacaño, de Quevedo. Cervantes ha colocado ciertos términos, sacados de la lengua de los ladrones, en varios lugares del Quijote pero sobre todo es en su novela Rinconete y Cortadillo donde ha demostrado su profundo conocimiento de la jerga de las diferentes variedades de ladrones. Los dos héroes de la novela picaresca, lo mismo que otros personajes como Manipodio, Chiquiznaque, la Cariharta, la Escalante y la Gananciosa son figuras de pícaros tomadas del natural. En algunos barrios de Sevilla y de Málaga, y en el Rastro de Madrid, aún se pueden encontrar hoy los originales de estos retratos.
La germanía española ya no es lo que antiguamente. La lengua de los ladrones, llena de imágenes y pintoresca, ha sufrido frecuentes modificaciones, pues la mayor parte de las expresiones se deben al capricho y a la imaginación de los individuos.
Ciertas palabras no tienen ninguna relación con el castellano; otras, por el contrario, están sacadas de esta lengua, pero parte de sus sílabas están truncadas o alteradas.
Con bastante frecuencia las palabras españolas se han conservado sin alteración, aunque con distinto significado del ordinario; y de ello resultan tropos de gran atrevimiento, singulares metáforas, como podrá juzgarse por los ejemplos que damos más abajo.
No hay que olvidar, entre los elementos que entran en la composición de la germanía de los ladrones españoles, el caló, del que ya hemos hablado, esa curiosa lengua de los gitanos de la Península. Sin embargo, aunque la germanía haya sacado un buen número de palabras del caló, no deben confundirse ambas hablas. La lengua de los gitanos, o caló, como ya hemos dicho anteriormente, es de origen indio; entre las palabras que la componen hay muchas que se pueden relacionar con el sanscrito.
En las cárceles, en los presidios y ciertos barrios de algunas grandes ciudades es donde se habla principalmente la germanía; por ejemplo, en Madrid, en El Rastro; en Cádiz, en Sevilla y en Málaga, entre los barateros y los charranes, y también entre los contrabandistas andaluces y algunos toreros. Lo mismo que Eugenio Sué en Los Misterios de París, varios autores españoles contemporáneos han introducido la germanía en sus novelas; citaremos principalmente Las Guardillas de Madrid, de Luis Corsini, obra que tiene curiosos detalles sobre los ladrones de la capital de España.
Para dar idea de las pintorescas imágenes empleadas por los ladrones españoles, empezaron por los términos que se refieren especialmente a su «oficio». Para expresar la palabra ladrón, la germanía es de una riqueza extraordinaria. Posee más de treinta palabras diferentes: el azor es el ladrón en los sitios altos; el salteador, llamado también ermitaño, es el ladrón de los caminos; el corredor combina sus robos; el boleador, roba en las ferias. Cada especialidad está designada por un nombre peculiar; el alcafarero opera en los caminos; el almiforero, sobre los caballos; el gomarrero, sobre las gallinas; el cachuchero, en el oro; el bolata y el ventoso se introducen por la ventana; el lechuza sólo trabaja de noche; el murciglero desvalija a las gentes cuando duermen; el florero roba a los jugadores; el filatero corta los bolsillos y las bolsas; el desmotado despoja a sus víctimas de los vestidos: el atalaya sirve de centinela; el bajamano es el ladrón novato; el garitero da asilo a los ladrones; el piloto les guía; el bailón es el ladrón veterano; el gollero, el buzo, el levador y el águila tienen habilidades especiales; el ratero y el ratón son los últimos de la escala.
No acabaríamos si quisiéramos completar esta enumeración. Citemos solamente, para mostrar la riqueza de la lengua de germanía española, algunas otras palabras, como caleta, caletero, lobo, rastrillero baile, bailador, bailito, brasa, palanquín, ladrillo, murcio, expresión poco halagüeña para los murcianos, chori, chor, birlo, botador, chiquiribaile, landrero, etc.
Continuemos, citando las diferentes partes del cuerpo, nuestro examen del vocabulario, lleno de imágenes de la germanía. El cuerpo es el navío o el árbol; la cabeza es el capitel; el ojo tiene varios nombres: fanal, rayo, avizor, el quemante (en el argot francés el ojo se llama reluit); las orejas son las asa o las hermanas. En cuanto a los dientes, toman el nombre de piñones, sin duda a causa de su parecido con el fruto de la piña. La lengua es la desosada y la barba el bosque.
Se comprende que las manos desempeñan un gran papel en el oficio de ladrón: son las labradoras, por excelencia; las anclas, los rastrillos. Por eso los ladrones hablando de los que han sido despojados, dicen que han sido rastrillados. Los dedos son los dátiles o las langostas, a causa del parecido que las articulaciones tienen con las del conocido crustáceo. El dedo índice y el corazón, que son los empleados por los cortabolsas se llaman las tijeras. En efecto, cuando se abren y se cierran recuerdan el movimiento de este instrumento (las tijeras en la germanía española se llaman los mordientes); el pie es el saltador.
Pasemos ahora a los vestidos. Sus nombres son también muy pintorescos. La camisa es la prima; la capa tiene varios nombres: tan pronto es la agüela, probablemente a causa de sus numerosos años de servicio, ya la nube en la que uno se envuelve; la chaqueta es la pelosa; el sombrero se llama el techo; el bolsillo, la potosía, aludiendo a las riquezas de las minas del Potosí, tan célebres en España; también se le llama el foso, a causa de su profundidad; las botas se llaman las ilustres, y a las polainas los labrados, pues ya se sabe con qué lujo de bordados y de pespuntes van adornadas, sobre todo en Andalucía; la sábana es el alba y la cama la blanda.
Mencionemos dos objetos que forman parte del traje femenino: el corse ha recibido el nombre del apretado; los borceguíes se llaman los dichosos, ingeniosa y encantadora metáfora que, ciertamente, justifica la conocida belleza del pie de las españoles.
La cárcel, y todos los objetos que se refieren a ella, deben necesariamente ocupar un lugar importante en el vocabulario de la germanía. Así, son muy numerosos sus sinónimos; ya es el banasto, o el horno, el banco, la madrastra, la angustia, la trápala, la trena, la confusión; la torre se llama la alta; los barrotes del calabozo, en los que apoya el prisionero su frente tristemente para procurar ver algo de fuera, son para él unos anteojos, y el que está tras de ellos por haber trabajado, es el anteojado; las esposas se llaman los anillos.
Todas las gentes de la justicia tienen, por supuesto sus nombres en la jerga de los ladrones españoles: el carcelero es llamado el banquero, y también se le llama el apasionado sin duda por el celo que despliega en guardar a los malhechores, que le han sido confiados; el fiscal criminal es conocido por el expresivo nombre de vengainjurias; el juez de instrucción, al que nuestros ladrones llaman le curieux (el curioso), ha recibido en español un nombre poco más o menos parecido: el avisado, y también se le llama el bravo; los agentes de la justicia son las fieras o las arpías; en cuanto a la misma justicia, los ladrones se inclinan ante ella, llamándola la justa, como se inclinan ante la religión, dando a la Iglesia el nombre de la Salud.
La sentencia de muerte es la tristeza y también se la designa por el término, aún más expresivo, de la noche; el verdugo al que nadie quiere ver junto a sí, ha recibido el pintoresco apodo de mal vecino. En la época en que se ahorcaba, la horca era llamada la balanza. Por una novela de Cervantes sabemos que en su tiempo los ladrones españoles le daban el nombre de finibusterre; el ahorcado se comparaba a un racimo. Hoy se ajusticia en el garrote, instrumento de suplicio que consiste en una especie de collar de hierro que se pasa alrededor del cuello. Por eso no se dice nunca poner el garrote, sino ajustar la golilla o la corbata de hierro.
En cuanto a la muerte, no podría ser mejor nombrada: es la cierta.
No debemos olvidar las armas, pues figuran forzosamente en la lengua de las gentes que hacen de la violencia y del asesinato los principales elementos de su existencia. Llaman a la espada la centella, el respeto, la filosa y, por último, la joyosa, sin duda en recuerdo del nombre de una de las espadas del Cid.
El puñal, además del nombre de filoso, toma también el de atacador, el enano, el cuadrado, el secreto; la daga se llama la estaca. La cota de mallas, en la época en que se usaba, llevaba el expresivo nombre de once mil, a causa del número de sus anillos. La pistola se llamaba el milanés, pues ya se sabe la fama que tenía la ciudad de Milán en la fabricación de las armas de fuego. La herida hecha por un arma blanca era una mojá.
Cierto número de palabras que pertenecen a la germanía presentan, como ya hemos dicho, mucha analogía con el francés:
parlar, parler (hablar)
sage, sage (astuto)
alar, aller (ir)
belitre, belitre (pícaro)
gorja, gorge (garganta)
formaje, fromage (queso)
La carretera principal, que entre nosotros se llama «le ruban de queue», es igualmente llamada la tira y también la polvorosa, magnífico epíteto referido a las carreteras de un país tan seco como España. Otra palabra que pertenece al francés antiguo es pio (el vino), del latín potus, bebida. «Este nectarico delicioso, precioso, celeste, gozoso, deífico licor al que llaman Piof...», dice Rabelais en el primer capítulo de Pantagruel. Villon ha empleado varías veces esta palabra, de la que la germanía española ha hecho piar (beber), piador (bebedor), piorno (borracho), también se dice está potado, por está bebido.
Un hecho bastante notable es la asombrosa analogía que existe entre cierto número de palabras que emplean los ladrones españoles y los franceses. Tomemos primero, por ejemplo, el sustantivo sourin o chourin y el verbo chouriner, que una novela de Eugenio Sué ha hecho populares. En germanía existe churi y churinar, que significan igualmente puñal y apuñalar. El pan, que en germanía es el arfite a artifara, en argot francés es el artie, si se refiere al pan moreno, y el artie de Meulan, si se trata del blanco. Los ladrones franceses también dan al pan el nombre de lartif . La palabra ratón (pequeño ladrón) tiene la misma significación en ambos idiomas. La centella (espada) es la flamme en el argot francés. Pillar una zorra significa emborracharse.
Citemos, aún, para terminar, algunas palabras que son iguales en la germanía y en el argot, como boya («boye», verdugo), colegio («College», prisión); sonante tiene como sinónimo en el argot francés, cassante, que significan, igualmente, nuez. Tunar, mendigar o vagabundear también se dice tuner, etc.
Inquisición y Plaza Mayor de Madrid (Gustavo Doré y Ch. Davillier 1874
Viaje por España
Vol II
Gustave Doré y Ch. Davillier
Paris 1874
En la época de Cervantes, la Plaza Mayor era uno de los lugares más frecuentados de la ciudad, como lo demuestra un pasaje de La ilustre fregona, donde se habla de los mendigos falsos, de los tullidos fingidos y de los rateros del Zocodover en Toledo y de la Plaza Mayor de Madrid. En el siglo xvii, sobre todo, era el teatro de las grandes fiestas de la Corte, como los Autos de Fe de la Inquisición, las corridas de toros, los carruseles, los torneos, además de las iluminaciones y fuegos artificiales de los que acabamos de hablar.
Las fiestas reales se daban en las grandes circunstancias, como en la coronación de los reyes, en su mayoría de edad o también con ocasión de sus bodas o de las de algún miembro de la familia real. Pero ninguna de estas fiestas celebradas con tanto esplendor, atraía tanta concurrencia como los Autos de Fe. Estas solemnidades del Santo Oficio eran de dos clases. Los autos particulares de fe, que tenían lugar todos los años en épocas regulares, y los autos generales de fe, que sólo se celebraban con ocasión de grandes acontecimientos.
Ya se ha dicho todo sobre la Inquisición. Desde el famoso inquisidor Torquemada, que firmó no menos de ocho mil sentencias de muerte esta institución ha tenido gran cantidad de adversarios y apologistas .
No vamos, pues, a resumir la obra del célebre Tribunal. Pero como la Plaza Mayor es el teatro de los Autos de Fe generales creemos un deber dar aquí, según un documento oficial contemporáneo y auténtico, un cuadro de la fiesta más importante de este género que haya tenido por escenario la Plaza Mayor.
En 1680 tuvo lugar aquel gran Auto de Fe con ocasión del Matrimonio de Carlos II. Madame d'Aulnoy, en su Relación del Viaje de España, da muchos detalles minuciosos sobre los preparativos del auto de fe en cuestión, al que, por lo demás, «no asistió». «El último se hizo en 1632 y se prepara uno para el matrimonio del Rey. Como no se ha hecho ninguno desde hace mucho tiempo, hacen grandes preparativos para conseguir que éste sea lo más solemne y magnífico que puedan ser ceremonias de esta clase. Uno de los consejeros de la Inquisición ha hecho ya un proyecto que me ha mostrado. He aquí lo que dice: Se alzará en la Plaza Mayor de Madrid un tablado de cincuenta pies de largo; será alzado a la altura del balcón destinado al Rey...»
Dejaremos a un lado el proyecto para llegar a la ejecución: Se cuenta con los más minuciosos detalles en un grueso volumen de cerca de quinientas páginas, que es muy raro y que lleva por título: Relación histórica del Auto general de Fe, etcétera..., por José del Olmo alcalde y familiar del Santo Oficio, etc. .
El autor comienza diciendo que la ceremonia debió de celebrarse en Toledo, residencia del Inquisidor General, pues dice que «era preciso vaciar las prisiones de esta ciudad, las de Madrid y las de muchas otras inquisiciones de una turba de criminales que la Divina Providencia había permitido descubrir en la isla de Mallorca y en sus reinos de Castilla y cuyos procesos estaban acabados».
Se consiguió que el rey testimoniara su deseo de asistir al acto, recordándole que Felipe IV, su padre, había presenciado él mismo una fiesta de esta clase en 1632. Se escogió como fecha el 30 de junio, día de San Pablo. El Inquisidor General fue a pedir al Duque de Medinaceli que llevara el estandarte del Santo Oficio, honor que aceptó. Se formó un consejo para organizar todos sus detalles y se nombraron diversos comités, entre los cuales uno era el encargado de presidir los refrescos destinados a los diferentes miembros de la Inquisición.
Se ordenó a los diferentes tribunales de las provincias que mandaran con tiempo los criminales. Los ministros del Santo Oficio los esperaban en las puertas de Madrid y les hacían atravesar la ciudad en carrozas cerradas, a fin de que las personas no pudieran reconocerlos. Los inquisidores, oficiales y familiares de las principales ciudades vecinas fueron convocados, y por fin, estando todo en orden, el 30 de mayo fue publicada la siguiente proclama en todos los barrios de la capital:
«Se hace saber a todos los habitantes de Madrid, residencia de Su Majestad, que el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad y del reino de Toledo celebrará un acto público de fe en la Plaza Mayor de la villa, el domingo 30 de junio del presente año, y que los habitantes podrán podrán gozar de las gracias e indulgencias concedidas por los soberanos pontífices a todos los que asistan o presten ayuda a un Acto de Fe.»
El tablado se preparó en poco tiempo, gracias al celo de los obreros; un maestro carpintero llegó a ofrecer el derribo de su propia casa en el caso de que faltase madera. Se cubrió de reposteros, como los anfiteatros antiguos, toda la superficie de la plaza, diecinueve mil pies cuadrados. Varios días antes de la ceremonia, algunos grandes señores fueron recibidos como familiares del Santo Oficio, entre ellos los duques de Alburquerque, de Béjar, de Hijar, de Medinaceli, de Lemos, de Osuna, del Infantado y otros.
Mientras que se ocupaban de estos preparativos, no se descuidaban otros, los de la hoguera, pues los reos, sin duda a causa de los peligros del fuego, debían ser quemados fuera de la ciudad, cerca de la Puerta de Fuencarral. Esto se confió a algunos habitantes de Madrid alistados en la Compañía de los Soldados de la Fe. Dice José de Olmos que cumplieron su cometido con tanta caballerosidad como valor. Se dirigieron hacia la Puerta de Alcalá, donde había preparada cantidad de haces de leña por los cuidados del corregidor. Cada soldado fue tomando uno, y con esta fagina volvieron marchando hasta hacer alto en la plazoleta de Palacio. El capitán cogió uno de estos haces, lo colocó sobre una rodela e hizo que lo presentara al rey, quien por su propia mano entró a mostrárselo a la reina, y volviéndolo a sacar lo recibió el duque de Pastrana. Este lo devolvió al capitán diciendo que su Majestad quería que el primero se encendiese en su nombre.
Los soldados de la fe fueron marchando hasta el brasero, llevando cada uno un haz en la punta de su pica. El capitán llevaba en la rodela el haz recomendado de Su Majestad. La hoguera, en cuyo centro se había preparado una escalera, tenía sesenta pies de lado por siete de alto. Su custodia fue confiada a los soldados de la fe, que pusieron cuidadosamente a un lado el haz del rey.
Mientras llegaba el gran día, tuvieron lugar varias procesiones por la ciudad. Por la tarde, todos los reos fueron conducidos a la prisión del Santo Oficio. Veintitrés de ellos, designados como relajados, fueron entregados al brazo secular.
El inquisidor más antiguo les comunicaba su sentencia.
Por fin llegó el 30 de junio. Desde las cinco de la mañana estaban vestidos los reos y habían desayunado. Todo estaba dispuesto en la Plaza Mayor, y los asientos habían sido designados por el duque de Frías, mayordomo mayor. Al tiempo que el rey aparecía en su balcón, la procesión salía de la cárcel de la Inquisición. Los soldados de la fe abrían la marcha, seguidos del clero y de ciento veinte reos, acompañados cada uno por dos religiosos y marchando por el orden siguiente:
Treinta y seis efigies de relajados, muertos en la cárcel o que habían conseguido escapar. A varias de estas efigies iban atados ataúdes con los huesos de aquel que representaban.
Once culpables, admitidos en penitencia, llevaban cirios de cera amarilla, condenados sólo a la prisión o a azotes. Estos últimos llevaban una cuerda al cuello con tantos nudos como azotes recibirían.
Cincuenta y cuatro culpables convictos de haber judaizado fueron condenados a prisión perpetua o a destierro con confiscación de todos sus bienes. Llevaban Sambenitos con la Cruz de San Andrés.
Por último venían veintiún relajados, no en efigie, sino en carne y hueso, condenados al fuego, entre los cuales había «cinco mujeres y un mahometano». Doce de ellos iban amordazados y llevaban trajes y cogullas sembradas de llamas; dragones, pintados en medio de estas llamas, marcaban los herejes más empedernidos.
Tras los condenados marchaban los familiares y el Consejo Supremo de la Inquisición, el Ayuntamiento de Madrid, los Tribunales, y, por último, el Consejo de Castilla que era la primera magistratura de España.
Cerraba la marcha el señor Inquisidor General, a caballo, seguido de doce lacayos, y después de haber recorrido la procesión las principales calles de la ciudad llegó a la Plaza Mayor, que estaba obstaculizada por la multitud, y fue preciso algún tiempo para despejarla.
Por último empezó el acto de fe. El señor Inquisidor General recibió el juramento del rey, quien juró defender con todo su poder la fe católica. En seguida empezó la misa, y después del Introito, el celebrante pronunció un largo sermón.
Los relajados, por último, fueron llevados al lugar del suplicio.
La ceremonia duró hasta las nueve de la noche. Una vez que se dio la absolución a los reconciliados condenados sólo al látigo, el señor Inquisidor General levantó la sesión. «Desde las ocho de la mañana asistió el rey en el balcón, sin que el calor le destemplase, la muchedumbre le ofendiese, ni la dilación de función tan prólija le fastidiase. Su devoción y su celo fueron tan superiores a la fatiga que ni aun para comer se apartó un cuarto de hora, y habiéndose acabado el Auto, preguntó si faltaba más o si se podía volver.»
Y la muchedumbre se dispersó para volverse a reunir el martes, fecha en que tendría lugar la fustigación de los condenados reconciliados.
La Inquisición fue cada vez menos temible, hasta que se suprimió definitivamente. Una de las últimas víctimas, a la que se limitó a perseguir y encarcelar, fue el célebre Olavide.
Río Manzanares (Gustave Doré, Ch. Davillier 1874)
Vol. II
Gustave Doré y Ch. Davillier
Paris 1874
¡Pobre Manzanares! ¡De cuántas burlas, epigramas y agudezas no habrás sido objeto, lo mismo por parte de los extranjeros que por la de los españoles! No debemos asombrarnos de ello, por lo demás, pues el arroyo que riega a la capital de España tiene a veces un hilillo de agua tan delgado que podría muy bien el viajero atravesarlo a pie, sin vacilaciones, como el Xanthus de que habla Lucano:
Inscius in sicco serpentem pulvere rivum
Transierat, qui Xanthus erat...
(Había, sin saberlo, atravesado por el polvo seco el tortuoso lecho de un arroyo, que era el Xantho.)
Parece que fue un poeta andaluz, el célebre Góngora, quien rompió el fuego en uno de sus Romances burlescos:
Manzanares, Manzanares,
Vos que, en todo el Aquatísmo,
Duque sois de los arroyos
Y vizconde de los ríos...
Más lejos, le trata Góngora de pozo canicular, y añade que los que entran sucios en él salen más. En un soneto que hizo a propósito de una crecida súbita del Manzanares, aún es más cruel el poeta:
Me di: ¿Cómo has menguado y has crecido?
¿Cómo ayer te vi en pena y hoy en gloria?
Y responde el mismo Manzanares:
Bebióme un asno ayer y hoy me ha meado.
Cervantes, después de haber descrito, en una de sus más conocidas novelas, la maravillosa belleza de la Gitanilla de Madrid, pregunta: «¿Cómo el humilde Manzanares pudo producir una obra semejante?» El mismo Quevedo, que era hijo de Madrid, ha tratado de manera poco respetuosa al sediento Mazanares, que riega su ciudad natal.
Madame d'Aulnoy, hablando del Manzanares, dice que no es un río, ni siquiera un arroyo, aunque a veces se hace su corriente tan cautelosa y rápida que arrastra todo lo que encuentra a su paso. «Durante el verano se pasean por él en carroza. Las aguas están tan bajas en esta estación que apenas puede uno mojarse los pies, y, sin embargo, en invierno inunda de improviso los campos vecinos. Esto proviene de que las nieves que cubren las montañas se deshielan y los torrentes de agua caen en abundancia sobre el Manzanares. Felipe II hizo construir un puente por encima de él que se le llama Puente de Segovia. Es magnífico, o por lo menos tan hermoso como el Pont Neuf, que atraviesa el Sena en París. Cuando los extranjeros le ven se ríen a carcajadas, pues encuentran que es ridículo haber hecho puente donde no hay agua. Hay quien dice, chanceándose, que se avendrían a vender el puente para comprar el agua». «Felipe II —añade otro escritor—, contentándose con haber construido el puente, ha dejado al cuidado de sus suce‑
sores el hacer el río, y ha hecho, como se dice, el tejado antes que la casa. Aquí se dice comúnmente: Este puente espera al río como los judíos al Mesías.»
Un viajero holandés, que visitó la capital de España hacia mediados del siglo xvii, decía hablando del Manzanares: «Este río es tan pequeño que es más ancho el nombre que lleva que él mismo. Su lecho es arenoso, y su caudal tan pequeño que en el mes de junio y de julio se pasean por él las carrozas. El puente o calzada es largo y ancho y ha costado yo no sé cuántos cientos de miles de ducados. Y no era tonto el que, al oír que Felipe II había hecho un gasto semejante para un río tan mezquino, dijo que sería preciso vender el puente y comprar el agua.»
Estas palabras no son más que la paráfrasis de aquellas otras atribuidas a un embajador extranjero, a quien se preguntó su opinión sobre el monumental puente del Manzanares, y contestó sencillamente: Más agua y menos puente. Fue puesto en verso por el autor del Madrid ridicule:
Diviso un magnífico puente
Por el que podrían pasar
Veinte carretillas de frente y más.
El condenado parece muy orgulloso,
Pero si siguiera mi consejo
No tendría mucho tiempo ese ceño tan altivo:
Por mi fe, que me ahorquen
Si para tener un río
No debería ser vendido el puente.
El autor del Madrid ridicule, tras de haber hablado del puente de Segovia, continúa de esta manera:
Busco aquí un río
Que se dice lleva multitud de barcos.
Y lo que encuentro es un mísero arroyo
No más ancho que una gotera:
¡Este es, pues, el Manzanares!
En Aranjuez se decía
Que el Tajo después de él solo era un pobre diablo.
Marranos , os burláis de nosotros,
Pues sin mojarse el tobillo
Se atraviesa sobre piedras.
Un gran nombre nos impone a menudo,
Y a distancia un engañoso ruido
Hace de una mosca un elefante
Y siempre algo de una nada.
En cuanto a mí, como un verdadero estornino
Había creído que este hilo de agua
Era casi un brazo de mar que atravesaba España.
Y que el Danubio y el Rhin
Famosos ríos de Alemania,
Debían besarle el escarpín.
A este mismo puente de Segovia hace alusión Góngora en uno de sus sonetos más bonitos:
Duélete de esa puente, Manzanares,
Mira que dice por ahí la gente
Que no eres río para media puente
que ella es puente para treinta mares.
El poeta dice también en otro lugar, hablando del arroyo de Madrid:
Enano de una puente
Que pudieráis ser marido,
Sí al besalla en los tres ojos,
Le llegarais al tobillo
El autor de una Relación de Madrid, impresa hacia la misma época, lanza también sus palabras contra el pobre Manzanares: «Confesaré de buena gana —dice que sólo una vez le vi con agua—, pero no debe enorgullecerse por eso: sería para atraerse los famosos elogios que Saint Amant, montando en cólera y con el vino subido a la cabeza, hizo del Tíber en su Rome Ridicule: "Lleno de fango y de amarillas aguas es el arroyo más seco de Europa".»
Este «río metafísico, que sólo existe en las canciones de los poetas», este pobre hilo de agua, se encuentra citado, ¿quién lo creería?, hasta en nuestros epigramas franceses del siglo pasado. En el Espión dévalisé, encontramos éste:
D'Arnaud de Beculard, consejero de embajada,
Sois un rimador tan mediano como insípido:
Igual que el Manzanares, de formidable nombre,
No sois más que un arroyo sobre un oscuro limo.
No se han librado los madrileños en los epigramas contra su río. Lo mismo que los Badauds, de París, y los Cockneys, de Londres, tienen también su apodo: se les llama Ballenatos o Hijos de la Ballena. Pues se cuenta que un día el Manzanares, por casualidad, llevaba agua, y que unos caballeros, al ver flotar en él algo negro y largo, pregonaron el portento y contaron por todas partes que habían visto una ballena. Ahora bien, solamente era una vieja alabarda de Maragato.
Se cuenta también —sin que queramos garantizar el hecho— que un día de gran sequía, se le ocurrió a Fernando VII darse un paseo por el lecho del Manzanares, y tuvieron que regarle antes, lo mismo que se hace en las calles, para que el polvo no moleste al rey. Esto recuerda las palabras atribuidas a Alejandro Dumas. Un día que uno de sus amigos iba a tirar el agua de su vaso exclamó: «Desgraciados, ¿qué vais a hacer? No la desperdiciéis. ¡Vamos a echarla al Manzanares!»
Es verdad que el célebre escritor asegura, en sus Impressions de voyage de París á Cádiz, que un día que fue a ver el Puente de Toledo con su hijo Alejandro buscaron en vano el Manzanares. Los madrileños no le han perdonado esta burla, lo mismo que las del asador desaparecido y del sombrero de copa arreglado por un relojero, contadas en su viaje de París a Cádiz.
En compensación, Víctor Hugo ha tomado en serio a este río ridiculizado tan a menudo le ha consagrado un verso en una de sus Orientales:
Compostela tiene su santo;
Córdoba, la de las casas antiguas,
Tiene su mezquita,
Entre cuyas maravillas
Se pierde la mirada;
Madrid tiene el Manzanares.
Un escritor italiano del siglo pasado, J. Baretti, ha defendido también al pobre río: «Un viajero francés (habría podido decir incluso varios) se ha entretenido en lanzar algunas burlas sobre la desproporción que hay entre el puente y el río que pasa por debajo. Los franceses, lo mismo que los demás, nunca dejan de criticar lo que se hace en los países del extranjero. El hecho es que el Manzanares se convierte a veces en un río considerable por el deshielo súbito de las nieves que cubren las montañas vecinas y a menudo tiene media milla de ancho en invierno. Así que Felipe II tuvo mucha razón en construir un gran puente, y los que intentan ponerle en ridículo por esta obra merecen a su vez que se les tenga por tales». El viajero italiano tiene razón. En la estación de las lluvias se convierte el Manzanares en un torrente, y a menudo se desborda. No se trata, pues, de otra cosa que de ponerse de acuerdo. Sólo es río parte del año, como dice Tirso de Molina en uno de sus epigramas:
Como Alcalá y Salamanca,
Tenéis, y no sois colegio,
Vacaciones en verano
Y curso sólo en invierno.
A pesar de sus frecuentes vacaciones, no siempre está seco el río de Madrid durante el verano. También tiene sus náyades, que en realidad son simples lavanderas, robustas hijas de Galicia, con las que a menudo se encuentra uno cuando suben o bajan por la Cuesta de la Vega, llevando un enorme paquete de ropa blanca en equilibrio sobre la cabeza y otro bajo cada brazo. Estas lavanderas cavan en la arena unos hoyos, que ellas llaman lavaderos, en los que retienen todo lo más que pueden las avaras ondas del pequeño curso de agua. «Entonces —dice Bretón de los Herreros— no se encuentra menos agotado el desgraciado arroyo que el tesoro público, y como si los ardores del sol no le secaran lo bastante, se le hacen además crueles sangrías para algo que se llama por antifrase baños; de manera que los lavaderos están de tal modo empobrecidos y agotados que maravilla el ver se consiga lavar ropa en ellos.» Estas lavanderas ocupan en una gran longitud, desde el puente de Toledo hasta el de la Casa de Campo, el curso del Manzanares, que se divide en varios regueros y se encuentra metamorfoseado en agua de jabón. El lecho del río sustenta a muchas chozas de cañas, destinadas a defender a las lavanderas de los rayos del sol. También se ven largas filas de pértigas, dispuestas paralelamente, y en las cuales se secan los paños menores de Madrid, de manera que se podría decir del Manzanares lo mismo que se dice del Paillon de Niza, que es un río en cuyo lecho se puede secar la ropa.
Los baños que acabamos de mencionar consisten, como los lavaderos, en un hoyo que se cava lo más profundo posible y que se cubre con una tiendecilla de lona. Esto se practicaba del mismo modo en el siglo XVII. Madame d'Aulnoy, después de haber descrito los atractivos que ofrecía en verano el Manzanares, por el que más de mil carrozas se paseaban durante parte de la noche, y donde se podía cenar al son de los instrumentos, dice que también había personas que se bañaban en él. «Pero —añade— de una manera muy desagradable. La embajadora de Dinamarca se baña desde hace unos días. Un poco antes que ella llegue cavan sus gentes un gran hoyo en la arena, que se llena de agua. La embajadora se mete dentro. He aquí un baño, como podéis ver, muy divertido, pero es el único que permite el río.»
Las caricaturas españolas no perdonan a los bañistas de Madrid. Tenemos ante nosotros un grabado de dos cuartos en el que están representados hombres mujeres y niños, con sus ropas en la mano, dirigiéndose en procesión hacia el río fantástico, en el que esperan zambullirse. Otra caricatura popular representa el lugar del baño: uno trata de zambullirse, otro de nadar, mientras que el menos ambicioso se contenta con un simple baño de pies. Debajo del grabado se lee:
Todos estos que aquí ves
Y más que bajan a pares
No vienen al Manzanares
Más que a lavarse los pies.
No debernos olvidarnos citar el nacimiento de un río tan célebre. El Manzanares nace en el Puerto de Navacerrada, en la raya de la provincia de Madrid con la de Segovia, y recibe luego algunos afluentes que no aumentan su caudal, pues la mayor parte del agua es absorbida por su lecho arenoso; y después de un curso de una decena de leguas va a verterse al Jarama, no lejos de Vaciamadrid, lo que ha hecho decir a un poeta español que el pobre río recibe:
Los abrazos del Jarama
Minotauro cristalino.
Los médicos y la medicina (Gustave Doré, Ch.Davillier, 1874)
Viaje por España
Vol. II
Gustave Doré y Ch. Davillier
Paris 1874
Parece que Sigüenza fue antiguamente una de esas pequeñas ciudades objeto de bromas y a menudo puestas en ridículo por los autores, como lo es hoy entre nosotros Carpentras, Pont-á-Mousson o Quimper-Corentin. Cervantes nos presenta al cura de Argamasilla condenando al fuego los libros de caballería del ingenioso hidalgo de la Mancha, como hombre docto y graduado por Sigüenza. Podría pensarse, según este párrafo, que la Universidad de Sigüenza era puramente imaginaria, pero nada de eso: su antigüedad se remontaba incluso al año 1441. Aún existía a finales del siglo pasado, si damos crédito al Padre Caimo, autor del Vago italiano, quien asistió a una tesis pública de medicina y anatomía en la que se trataba de la cuestión de saber «qué utilidad o qué perjuicio le reportaría al hombre tener un dedo de más o un dedo de menos».
Poco tiempo después de nuestra llegada a Sigüenza, habiéndose indispuesto súbitamente uno de los nuestros, creímos prudente recurrir a las luces de un médico de la ciudad. Nos indicaron a don Narciso Pastor, quien, después de una consulta tranquilizadora, nos envió a casa del boticario, don José Molinero, con una receta en regla. No sabemos si el doctor Narciso Pastor habría estudiado en la famosa Universidad de Sigüenza. Nos pareció un hombre instruido y sensato, y su método no tenía nada de común con el del doctor Sangrado. Así que la enfermedad desapareció como por encanto.
Los médicos y la medicina no difieren en España, al menos en las ciudades, de los de otros países. En el campo no siempre ocurre lo mismo. Hay muchos sitios donde la mayoría de las veces sólo puede recurrirse al barbero o a algunos curanderos, charlatanes que no conocen otra cosa que la sangría, las sanguijuelas y algunos específicos como el ungüento de la madre Tecla, el bálsamo del cura de Tembleque, la conserva del padre Bermúdez, y otras composiciones que tal vez se remonten a los tiempos de Avicena. Los españoles de antaño, lo mismo que los orientales, sentían una gran repulsión por la cirugía. Era una profanación tocar un cadáver y una impiedad mutilar la obra de Dios. Sabido es que la Inquisición pidió a Felipe II fuera quemado en Madrid, por haber disecado un cadáver, el célebre André Vésale, creador de la anatomía moderna.
Todo el mundo sabe que el barbero español rara vez limita su talento a su ordinaria profesión. Es a menudo comadrón, sacamuelas y a veces toma el título de Profesor aprobado de cirugía. La mayoría de las veces se ve en su vitrina un bote con sanguijuelas extremeñas de superior calidad, y encima de su tienda un cuadro que representa un brazo o un pie del que mana un hilillo de sangre, pues también es sangrador.
Hace mucho tiempo que está muy extendido el uso de la sangría en España. .Se la hacen fuera del lecho, hasta que sus fuerzas se lo permiten, dice un viajero del siglo xvii, y cuando usan de ella por precaución, se hacen sacar sangre dos días consecutivos del brazo derecho y del izquierdo, diciendo que es preciso igualar la sangre.» Madame d'Aulnoy asegura que en su tiempo se sangraban los pies más a menudo que el brazo. Cuando las damas se hacen sacar sangre, se les daba frecuentemente, con esta ocasión, un vestuario completo. ¡Y se ponen hasta nueve o diez faldas, una sobre otra, lo que no deja de ser un gasto de cierta importancia!
La sangría en el pie todavía existe hoy, como lo atestigua esta copla popular que un novio canta a su novia:
Me han dicho que estás malita
y que te sangran mañana.
A ti te sangran del pie
y a mí me sangran del alma.
Las bromas de Moliére contra los médicos no son nada al lado de las que se encuentran en los refranes españoles: Dios te guarde, dice la Filosofía vulgar de Juan de Mallara, de párrafo de legista, de l'et caetéra de escribano y de recipe de médico. Y también:
Dios es el que sana
y el médico se lleva la plata.
Citemos otras coplas, donde se ven muy malparados los médicos:
Médicos y cirujanos
no van a misa mayor,
porque les dicen los difuntos:
¡Ahí pasa el que me mató!
El que quiera vivir mucho
ha de huir lo que más pueda
de médicos, boticarios,
pepinos, melones y hembras.
Quien a médicos no cata,
o escapa, o Dios le mata;
quien a ellos se ha entregado,
un verdugo y bien pagado.
Los médicos más famosos eran antaño los de Salamanca y Valencia, pero estos últimos tampoco se han librado de la sátira:
Médicos de Valencia:
Lenguas haldas y poca ciencia.
Citemos aún otro curioso refrán español: Médico viejo, cirujano joven y boticario cojo, esto último sin duda, para que nunca salga de su tienda.
Digamos, para terminar, que España, por lo que se refiere a la medicina y a los médicos, difiere muy poco de los demás países, al menos en las grandes ciudades. Los partidarios del sistema de Hahnemann siempre encontrarán aquí un cierto número de médicos homeópatas. Los hospitales están muy bien organizados por lo general y nos han asegurado que el servicio médico no deja nada que desear.
En cuanto a los campesinos, sólo recurren al médico en último extremo. Tomar el pulso, dicen a menudo, es pronosticar la losa. Aparte los barberos, curanderos y otros charlatanes de los que acabamos de hablar, no conocen otras obras de medicina que las del género del Médico de sí mismo (recopilaciones populares donde las recetas, en coplillas, van acompañadas de un primitivo grabado), del Médico en casa o del Médico de los pobres. Se encuentran allí remedios para toda clase de enfermedades o de accidentes. Algunos son muy extraños, pero siempre inofensivos; por ejemplo, ajo asado para las enfermedades de los dientes; cebolla y pez para las picaduras. El remedio soberano es el aceite, que cura las quemaduras, los callos, los sabañones, las picaduras de insectos y otros males además, lo que está de completo acuerdo con un antiguo dicho que leemos en una recopilación de refranes impresa en el siglo xv:
Azeyte de oliva
todo mal quita.
El viejo orgullo castellano (Gustave Doré, Ch. Davillier, 1874)
Viaje por España
Vol. II
Gustave Doré y el Barón Ch. Davillier
Paris 1874
CAPÍTULO XXXII
CASTILLA LA VIEJA
¡Estamos ya en Castilla la Vieja! ¡Castilla! ¡Cuántas cosas encierra esta palabra! ¿No es acaso el símbolo del viejo honor español y no hace pensar en ese orgullo castellano que desde hace tanto tiempo ha llegado a ser proverbial? El mayordomo de Carlos V, Quijada, decía que los soldados castellanos eran los mejores soldados del mundo. En efecto, las tropas españolas hacían temblar a la Europa del siglo xvi, v sus éxitos eran tales como para excitar el amor propio nacional.
Dice una décima popular:
Es el Castellano Viejo
Hombre de buen corazón
Y de muy sana intención
Para dar un buen consejo;
No es de gran despejo;
Es algo lerdo y mohino,
Y el fruto más peregrino
Que su sencillez encierra
Es sólo el que da su tierra:
El pan, pan y el vino, vino.
Acabamos de mencionar el orgullo castellano. Hace ya mucho tiempo que es proverbial entre nosotros como lo demuestra buen número de libros y de caricaturas que aparecieron en Francia, principalmente en los comienzos del siglo xvii. Una de ellas representa a un Rodomont (Fanfarrón ) de Castilla y lleva como leyenda estos cuatro versos:
Este castellano cree sobrepasar
El mérito a todos los conquistadores
Y la tierra parece pequeña para
Contener sus errantes planes.
En otro grabado vemos a Don Haraman de Chico con la espada desenvainada y el gesto arrogante, el bigote al ojo, como se dice en España. Se dirige a un pajecillo que le acompaña, señalándole unos soldados que se divisan en la lejanía:
Mira al final de mi dedo aquella muchedumbre de gentes de armas.
Voy a lanzarme sobre ellos como un león.
Y si no se convierten en duros yunques,
Derribaré sólo con la punta de mis plumas
Más que derribó Rhodomont con cien cuchilladas.
He aquí otro grabado representando al Rodomont español: lleva al costado una larga tizona, el sombrero sobre la oreja, bigotes retorcidos, y su cabeza sale de una ancha gorguera, cual la cabeza de San Juan Bautista en la bandeja:
De muy allá de los montes
Vengo para ver a los Rodomontes,
Que se jactan por todas partes de valientes;
Mas creyendo que no tendrán valor
De verme sin morirse de miedo
Me presento en esta figura.
Estos rodomont, antepasados de los llamados hoy jaques, valentones o perdonavidas, siempre están representados con formidables bigotes, de los llamados en España bigotes a la borgoñona, sin duda porque los borgoñones introdujeron esta moda. Los bigotes desempeñaban un gran papel en el atuendo de un español del siglo XVI, y sin duda data de esta época la expresión proverbial, tener bigotes, para designar a un hombre firme e inquebrantable. Quevedo habla, en una de sus obras, de un curioso instrumento de aseo, muy usado en su tiempo, llamado bigoteras. Estas bigoteras consistían en una especie de estuche o de vaina de piel destinada a envolver los bigotes para preservarlos de todo contacto durante el sueño, y en el cual se metían antes de ir a la cama. Cien años más tarde aún existía esta costumbre, y durante la noche se ataban las bigoteras a las orejas por medio de pequeñas cintas.
Los habitantes de Aragón no eran menos famosos antaño que los de Castilla por su orgullo. Aarsen de Sommerdyck, hablando del carácter de los aragoneses, dice: «éstos tienen sin duda tanto orgullo como los castellanos, y se creen que valen más que ellos y que los de todas las demás regiones de España...» Y cita algunas anécdotas para apoyar su afirmación. He aquí la de un aragonés que quería arrancar las muelas a todos los franceses en Cataluña: «Me han contado
que un joven gentilhombre deseaba ir a combatir a Cataluña, y se divertía, antes de la partida, paseándose más de un mes por Zaragoza, ya en un caballo, ya en otro, y cuando encontraba a alguien que alababa sus caballos, su destreza o sus armas, él le preguntaba: Con éstas y este brazo, ¿no se sacarán las muelas a los gavachos? Cuando llegó a Cataluña encontró ocasión de demostrar su valor, pero tuvo la desgracia de recibir un golpe en el brazo y después otro en una pierna. Ahora le llaman el Sacador de muelas.»
El mismo viajero habla de otra rodomontada que le contó un habitante de Zaragoza, llamado Miranda, quien «recibía con todos los ordinarios las gacetas de París y otras noticias escritas a mano. Se dice que, cuando el sitio de Arrás, llegó una orden de Madrid al magistrado de Zaragoza, de que se hicieran los preparativos para celebrar una gran fiesta por la futura conquista de una ciudad de tal importancia. Como no se tenía ninguna duda de que se tomaría, se pusieron a trabajar en los tablados de una corrida de toros. Apenas se habían levantado la mitad de ellos cuando supo Miranda por una carta particular que Arrás había recibido socorros. No atreviéndose a publicar una noticia tan mala, veía con admiración continuar las obras, no pudiendo creer que el Virrey y los principales de la ciudad no hubieran recibido la noticia lo mismo que él; se estaban preparando a cantar el triunfo antes de la victoria. Algunos días después, y como todo estuviera preparado para la fiesta, recibió el Virrey una carta de Madrid, diciendo que el sitio de Arrás no había tenido éxito. Entonces mandó llamar al gobernador y al magistrado de Zaragoza y les enseñó lo que acababa de recibir. Se quedaron muy sorprendidos. Y para enterarse mejor, mandaron llamar a Miranda al instante, quien les confesó que además de que uno de sus corresponsales en París se lo había escrito hacía más de ocho días, acaba de recibir con las gacetas un impreso que aclaraba los detalles. Uno de aquellos señores montó en cólera contra él, e incluso quiso maltratarle, porque sabiendo una noticia tan mala no se la había dado a conocer, evitando así un gasto inútil y que el pueblo se burlase de ellos. Le amenazaron con que le harían pagar los cuatro o cinco mil francos que había costado aquello a la ciudad. El Virrey, más moderado, aplacó la cólera de aquel hombre y despidió a Miranda sin que se hayan vuelto a hablar. Sin embargo, el pueblo vio derribar los tablados levantados para la fiesta, con más tristeza por verse privados de esta diversión que no haberse tomado Arrás.»
Varias obras satíricas impresas en Francia hacia principios del siglo xvii demuestran que en esta época existía entre nosotros una cierta prevención contra nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos. Podemos citar, como uno de los significativos entre los libros de esta clase, un pequeño volumen, en francés y en español, titulado «Rodomontadas españolas colegiadas de los comentarios de los muy espantables, terribles e invencibles capitales matamoros, cocodrilos y rayabroqueles» .
Esta obra está inspirada evidentemente por el mismo sentimiento de rivalidad nacional que los grabados satíricos que acabamos de citar. Nos limitaremos a hablar de otras dos de la misma clase. uno se titula: Emblémes sur les actions, perfections et moeurs da segnor Espagnol, traducido del castellano ", y el otro: Antipathie des Francais et des Espagnols, por el doctor Ch. García '.
En otra parte se trata también al español de coquefredouille: encontramos esta palabra en Madame Deshouliéres, y su sentido se nos escapa, aunque tal vez tenga alguna analogía con coque-cigrue (ave imaginaria).
Un viajero inglés, que recorrió España en 1772, habla del «odio nacional, que es recíproco —dice— entre españoles y franceses. En España se llama gavachos a los franceses, despreciativamente. He visto a veces a los niños y a las mujeres del pueblo correr tras mi criado Bautista, persiguiéndole con este epíteto». Montesquieu recuerda también, en sus Lettres persanes, esta antipatía entre los dos pueblos vecinos, cuando hace escribir a uno de sus personajes: «Recorro desde hace seis meses España y Portugal y vivo entre gentes que despreciando a todos los demás, tan sólo a los franceses les hacen el honor de odiarlos.».
¿Es esta antipatía tan real como tantas veces se ha dicho? No lo creemos, o al menos pensamos que se la ha exagerado mucho. Es verdad que ha aumentado a causa de la guerra de la Independencia, como la llaman con justicia los españoles. Pero ha pasado ya medio siglo desde aquellos funestos acontecimientos, cuyo recuerdo se va borrando, sobre todo en la parte culta e inteligente de la nación. Así que puede uno asegurar que, gracias sobre todo al ferrocarril, las relaciones entre los dos países son hoy más frecuentes y amistosas que nunca.
Por lo demás, también hay que reconocer que incluso entre los castellanos y los habitantes de ciertas provincias de España reina, si no una antipatía, por lo menos un cierto antagonismo. Nos ha sorprendido este verso:
Els Castillans sont uns bruts.
Lo leímos últimamente en un pequeño diario de Barcelona, La Escoba, publicado en catalán. Es cierto que los habitantes de Cataluña son más trabajadores, más industriosos, y consecuentemente más ricos que sus vecinos de Castilla; y no se puede decir de ellos que sean «invencibles enemigos del trabajo», palabras que Montesquieu aplica a todos los españoles en general.
El orgullo castellano es proverbial desde hace mucho tiempo. No hay apenas obra antigua sobre España en donde no se mencione. Incluso algunas veces las burlas sobre este asunto van un poco lejos. Esto puede aplicarse a un panfleto muy violento, impreso en Holanda hacia fines del siglo xvii, con el título de Relación de Madrid. El autor cree que no hay pícaro que no se estime hidalgo como el Rey, y que incluso los cocheros, llevan espada. Y llega a decir que los españoles están cubiertos de determinados insectos, piojos, que se estiman aquí tan caballeros e hidalgos como el resto de los españoles, y gustan de las buenas compañías y ocupan los rangos más altos y los más visibles entre la nobleza.
¿Será preciso citar las palabras que se atribuyen a cierto predicador español? En un sermón que daba sobre las tentaciones de Jesucristo decía que cuando el diablo le transportó sobre una alta montaña desde donde se divisaba toda la tierra, los Pirineos, por suerte para el Hijo de Dios, le ocultaban España. De otro modo habría sucumbido a la tentación.
También se conoce el refrán popular: Si Dios no fuese Dios, sería rey de las Españas, y el rey de Francia, su cocinero.
Los mismos escritores del país reconocen ciertas exageraciones del orgullo nacional. Uno de ellos, el coronel Cadalso, consagra a este asunto un capítulo de sus Cartas Marruecas: «Nobleza hereditaria es la vanidad que yo fundo en que ochocientos años antes de mi nacimiento muriese uno que se llamó como yo me llamo y fue hombre de provecho, aunque yo sea inútil para todo.»
El mismo autor cuenta una curiosa anécdota sobre el orgullo de sus compatriotas: «Pocos días ha pregunté si estaba el coche pronto, pues mi amigo Muño estaba malo, y yo quería visitarle. Me dijeron que no. Al cabo de media hora hice igual pregunta, y tuve igual respuesta. Pasada otra media hora pregunté, me respondieron lo propio. De allí a poco me dijeron que el coche estaba puesto, pero que el cochero estaba ocupado. Indagué la ocupación al bajar las escaleras, y él mismo me desengañó, saliéndome al encuentro y diciéndome: Aunque soy cochero, soy noble. Han venido unos vasallos míos y me han querido besar la mano para llevar este contento a sus casas; con que por eso me he detenido, pero ya despaché. ¿A dónde vamos? Y al decir esto montó en la mula y arrimó el coche.»
¿Podremos creer esta anécdota sobre Carlos V, que leemos en un libro antiguo? «Habiendo recibido Francisco I una carta del Emperador con sus pomposos títulos: Carlos, por la gracia de Dios, elegido emperador de los romanos, rey de España, de Castilla, de León, de Navarra, de Jerusalén, de Nápoles, etc., respondió no tomando más título que el de FranÇois, seigneur de Gentilly, que es un pueblecito cercano a París, burlándose de esta manera de aquellas rodomontadas españolas.»
Por otra parte, hay que reconocer que el sentimiento de orgullo en los españoles, por muy exagerado que pueda juzgársele, tiene bajo algún aspecto su razón de ser. Nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos tienen derecho a hablar con entusiasmo de las glorias de su país, que fue el más poderoso de la tierra en el siglo xvi, época en que conquistaron el Nuevo Mundo, y en que las armas de Espada ocupaban buena parte de Europa. Así que no debe nadie asombrarse de la susceptibilidad de los españoles, respecto a ciertos autores extranjeros que han hablado de su país. Permítasenos decir algunas palabras sobre este asunto.

