Viaje por España
Vol II
Gustave Doré y Ch. Davillier
Paris 1874
El español es, en nuestra opinión, la lengua que más parecido ofrece con el francés. En el siglo xvi estaba muy extendido por Francia. Se encuentra entre nuestros autores de esta época buen número de palabras y de giros tomados de la lengua castellana. Brantóme habla de una «muy bella y honesta dama que hábloit (hablaba) un poco de español y la entendía muy bien...» Hagamos notar de pasada que el verbo hablar (hâbler) ha tomado entre los franceses un sentido peyorativo, y que (parler) es tomado igualmente por nuestros vecinos españoles en sentido despectivo. Tiene, por tanto, el mismo significado de nuestro hâbler.
«Acostumbradamente —dice también Brantóme—, la mayor parte de los franceses de hoy, al menos aquellos a quienes se ve un poco, saben hablar o entienden esta lengua...» Sería fácil multiplicar los ejemplos, pero nos contentaremos con el testimonio de Cervantes, quien asegura en su novela Persiles y Segismunda que «en Francia, ni varón ni mujer deja de aprender la lengua castellana».
Los méritos de la lengua castellana han sido a menudo celebrados, lo mismo por extranjeros que por españoles. Iriarte, autor del Poema sobre la música, ha hecho una elocuente defensa en favor del español: «Si busco —dice—, fuera de Italia, una lengua que convenga al canto, sólo encuentro el español, noble, rico, majestuoso, flexible, enérgico, armonioso. Es una lengua donde no se encuentran ni letras mudas, ni sordas, ni nasales; en la que las consonantes y las vocales están distribuidas con tanto orden, que no se descubre ninguna irregularidad. Es una lengua muy diferente de las de las naciones septentrionales, donde la multiplicidad de las consonantes duras ofusca y violenta los sonidos de la voz y del canto. Una lengua, en fin, que ofrece en sus terminaciones buen número de breves y de variados acentos. Si en algunos casos se hace sentir el acento gutural, el cantor encuentra los medios de suavizarlo, y el poeta tiene cuidado de evitar su frecuencia. Con un idioma semejante, la melodía española envidiará cada vez menos a la lengua de Florencia y de Roma; sin dejar de admirar la gracia del toscano se hará justicia a la del castellano.»
El caballero de Langle, autor de un Voyage en Espagne, en el que se muestra a menudo injusto hacia este país, no testimonia menos entusiasmo: «Es preciso oír hablar a una española, por poco que se la ame, o que uno sea amado, que sea bonita; todas las palabras que pronuncia se graban en la memoria y dejan en el oído un sonido tan dulce, tan melodioso, que uno cree oírlo, que uno cree que sigue hablando cuando ya se ha callado. ¡Oh, magia poderosa y maravillosa de la voz de una mujer! Más de cien hombres me han hablado en Madrid. Yo les he escuchado con atención, pero nada de lo que dijeron me ha quedado y un minuto después se me había olvidado por completo».
El autor del Vago italiano, el Padre Caimo, opina que el español es más abundante que el francés y más armonioso que el italiano. «Es verdad —añade— que los franceses tienen una pronunciación más suave que la de los españoles, que es un poco ruda. Los franceses deslizan las palabras y los españoles las golpean con frecuentes aspiraciones y un tono enfático... No vacilaría en dar la preferencia a la lengua española sobre todas las demás sí no fuera la italiana la más hermosa de todas las de Europa.» No hay que olvidar que el que habla es un italiano.
La lengua española, decía el cardenal Du Perron, es muy propia para las rodomontadas (fanafarronadas) y para presentar las cosas más importantes de lo que en realidad son. En un panfleto del siglo xvii, publicado bajo el título de Relación de Madrid, se hace una crítica singular de la lengua española: «Si se quitaran de ella las As y las Os, sólo quedarían bostezos y muecas».
Carlos V era más justo cuando decía que el español era la lengua de los dioses. «La encuentro muy de mi gusto —decía Madame d'Aulnoy—; es expresiva, noble y grave.» El español se ha conservado más puro de mezclas extranjeras que el italiano, y ha recibido menos galicismos, incluso en la época en que la influencia francesa era tan grande en la Corte de España. La resistencia se manifestaba entonces de un modo muy original; por ejemplo, la camarera mayor de la reina, primera mujer de Carlos II, hizo matar dos loros porque hablaban francés.
En nuestra opinión, el español es la lengua más fácil de aprender para un francés, si conoce el latín, pues a pesar del considerable número de palabras árabes que posee, es la que más se parece al latín, sin exceptuar el italiano. Un conocimiento mediano del italiano, lejos de ser útil, es más bien perjudicial, pues el parecido entre ambos idiomas es más aparente que real, lo que da lugar a frecuentes confusiones. Los españoles se muestran muy halagados cuando oyen a un extranjero hablar su idioma, y éstos se benefician con ello en más de una ocasión. El consejero Bertaut cuenta a este respecto en su Voyage en Espagne lo que le sucedió en 1659. «Encontré en el paso (de los Pirineos) a un español, que se hacía llamar gobernador de aquella región, quien me dejó entrar en el país y me dio mi billete sin pedirme el derecho de paso ni el pasaporte, que por cierto no tenía. Sin embargo, a muchos franceses les había revisado a conciencia sus ropas; pero me hizo este honor porque yo hablaba español...»
Dejemos ahora la noble y pura lengua castellana para ocuparnos un instante de la germania, lengua de los ladrones. No hay país que no tenga su argot: los ingleses le llaman Cant, Slang, Pedlar's french, Gibberish, Thieve's latin, Saint, Giles's greck, etc.; los alemanes, Rothwelsch (o italiano rojo); los italianos, gergo, Parlar furbesco; los holandeses, Diventael o Bargoens; los portugueses, Calao etc.
El argot francés presente, como lo demostraremos en seguida, curiosas analogías con el español, y se sabe que se remonta a una época muy antigua. En el siglo xvi ya tenía su diccionario, que es la continuación de la curiosa obra titulada Vie des Marcelots, Gueux et Boémiens... plus a été ajousté pn dictionnaire en langue blesquin, avec l'explication en vulgaire. Hablaban esta lengua los ladrones, mendigos, vagabundos y otras gentes de mal vivir como los Mattois, Cagoux, Gueux, Bons-compagnons, Larrons, Picoreurs, Coquillarts, Gailleurs o gayeux, Maridots, Piétres, Sabouleux, Boémiens, Saupicquets, Joncheurs, Fallots, Hubins, Francsmitoux. Bezoards, Marcandiers, Malingreux, Millards, Capons, Drilles o Narquois, Spelicans, etc.
Los barrios de París también tenían su argot, conocido con el nombre de goffe. «La reina madre —leemos en Scaligeriana— hablaba el goffe parisién tan bien como una vendedora de la plaza Maubert, y nunca se hubiera dicho que era italiana.»
Volvamos a la germanía española. En la Península se la llamaba antiguamente amancebamiento; hoy la llaman los ladrones rufianesca, pero es conocida generalmente por germanía, que viene del latín germanus, y significa asociación o cofradía. Poco más o menos es la misma palabra que hermandad, que ofrece el mismo sentido. La G. se confunde a menudo con la H en el castellano antiguo. Las palabras jerigonza, jerga o jergón son poco más o menos sinónimos, y en español se usa la proverbial locución: Hablar en jerigonza, en jerga o en jergón, para designar una lengua ininteligible. Hay, evidentemente, cierta afinidad entre estas diferentes palabras y el francés antiguo gergon, del cual proviene jargon y, por corrupción, argot.
La germanía de España no parece ser más antigua que el argot francés. En el siglo xvi, y aun antes, varios autores habían compuesto en esta lengua romances y poesías. Fueron recogidas y publicadas por primera vez en 1609 por Juan Hidalgo con el título de Romances de Germanía de varios autores con su vocabulario para declaración de sus términos y lengua. Esta obra debió tener un gran éxito, a juzgar por el número de ediciones que siguieron a la de 1609. Un poco más tarde, otro autor español. D. García, publicó un libro análogo titulado Antigüedad y Nobleza de los ladrones, que fue traducido al francés poco tiempo después y publicado en París bajo el título L'antiquité des larrons, ouvrage non moins curieux que délectable.
Hacia fines del siglo xvi y principalmente en la época de Felipe II, algunas obras, más conocidas, dan una exacta idea de la vida picaresca de la época y contienen informes muy curiosos sobre la lengua que hablaban entonces los pícaros o gentes de mal vivir: tales son La Vida y Hechos del pícaro Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán; la Vida de Lazarillo de Tormes, de Diego Hurtado de Mendoza; La Historia y la Vida del Gran Tacaño, de Quevedo. Cervantes ha colocado ciertos términos, sacados de la lengua de los ladrones, en varios lugares del Quijote pero sobre todo es en su novela Rinconete y Cortadillo donde ha demostrado su profundo conocimiento de la jerga de las diferentes variedades de ladrones. Los dos héroes de la novela picaresca, lo mismo que otros personajes como Manipodio, Chiquiznaque, la Cariharta, la Escalante y la Gananciosa son figuras de pícaros tomadas del natural. En algunos barrios de Sevilla y de Málaga, y en el Rastro de Madrid, aún se pueden encontrar hoy los originales de estos retratos.
La germanía española ya no es lo que antiguamente. La lengua de los ladrones, llena de imágenes y pintoresca, ha sufrido frecuentes modificaciones, pues la mayor parte de las expresiones se deben al capricho y a la imaginación de los individuos.
Ciertas palabras no tienen ninguna relación con el castellano; otras, por el contrario, están sacadas de esta lengua, pero parte de sus sílabas están truncadas o alteradas.
Con bastante frecuencia las palabras españolas se han conservado sin alteración, aunque con distinto significado del ordinario; y de ello resultan tropos de gran atrevimiento, singulares metáforas, como podrá juzgarse por los ejemplos que damos más abajo.
No hay que olvidar, entre los elementos que entran en la composición de la germanía de los ladrones españoles, el caló, del que ya hemos hablado, esa curiosa lengua de los gitanos de la Península. Sin embargo, aunque la germanía haya sacado un buen número de palabras del caló, no deben confundirse ambas hablas. La lengua de los gitanos, o caló, como ya hemos dicho anteriormente, es de origen indio; entre las palabras que la componen hay muchas que se pueden relacionar con el sanscrito.
En las cárceles, en los presidios y ciertos barrios de algunas grandes ciudades es donde se habla principalmente la germanía; por ejemplo, en Madrid, en El Rastro; en Cádiz, en Sevilla y en Málaga, entre los barateros y los charranes, y también entre los contrabandistas andaluces y algunos toreros. Lo mismo que Eugenio Sué en Los Misterios de París, varios autores españoles contemporáneos han introducido la germanía en sus novelas; citaremos principalmente Las Guardillas de Madrid, de Luis Corsini, obra que tiene curiosos detalles sobre los ladrones de la capital de España.
Para dar idea de las pintorescas imágenes empleadas por los ladrones españoles, empezaron por los términos que se refieren especialmente a su «oficio». Para expresar la palabra ladrón, la germanía es de una riqueza extraordinaria. Posee más de treinta palabras diferentes: el azor es el ladrón en los sitios altos; el salteador, llamado también ermitaño, es el ladrón de los caminos; el corredor combina sus robos; el boleador, roba en las ferias. Cada especialidad está designada por un nombre peculiar; el alcafarero opera en los caminos; el almiforero, sobre los caballos; el gomarrero, sobre las gallinas; el cachuchero, en el oro; el bolata y el ventoso se introducen por la ventana; el lechuza sólo trabaja de noche; el murciglero desvalija a las gentes cuando duermen; el florero roba a los jugadores; el filatero corta los bolsillos y las bolsas; el desmotado despoja a sus víctimas de los vestidos: el atalaya sirve de centinela; el bajamano es el ladrón novato; el garitero da asilo a los ladrones; el piloto les guía; el bailón es el ladrón veterano; el gollero, el buzo, el levador y el águila tienen habilidades especiales; el ratero y el ratón son los últimos de la escala.
No acabaríamos si quisiéramos completar esta enumeración. Citemos solamente, para mostrar la riqueza de la lengua de germanía española, algunas otras palabras, como caleta, caletero, lobo, rastrillero baile, bailador, bailito, brasa, palanquín, ladrillo, murcio, expresión poco halagüeña para los murcianos, chori, chor, birlo, botador, chiquiribaile, landrero, etc.
Continuemos, citando las diferentes partes del cuerpo, nuestro examen del vocabulario, lleno de imágenes de la germanía. El cuerpo es el navío o el árbol; la cabeza es el capitel; el ojo tiene varios nombres: fanal, rayo, avizor, el quemante (en el argot francés el ojo se llama reluit); las orejas son las asa o las hermanas. En cuanto a los dientes, toman el nombre de piñones, sin duda a causa de su parecido con el fruto de la piña. La lengua es la desosada y la barba el bosque.
Se comprende que las manos desempeñan un gran papel en el oficio de ladrón: son las labradoras, por excelencia; las anclas, los rastrillos. Por eso los ladrones hablando de los que han sido despojados, dicen que han sido rastrillados. Los dedos son los dátiles o las langostas, a causa del parecido que las articulaciones tienen con las del conocido crustáceo. El dedo índice y el corazón, que son los empleados por los cortabolsas se llaman las tijeras. En efecto, cuando se abren y se cierran recuerdan el movimiento de este instrumento (las tijeras en la germanía española se llaman los mordientes); el pie es el saltador.
Pasemos ahora a los vestidos. Sus nombres son también muy pintorescos. La camisa es la prima; la capa tiene varios nombres: tan pronto es la agüela, probablemente a causa de sus numerosos años de servicio, ya la nube en la que uno se envuelve; la chaqueta es la pelosa; el sombrero se llama el techo; el bolsillo, la potosía, aludiendo a las riquezas de las minas del Potosí, tan célebres en España; también se le llama el foso, a causa de su profundidad; las botas se llaman las ilustres, y a las polainas los labrados, pues ya se sabe con qué lujo de bordados y de pespuntes van adornadas, sobre todo en Andalucía; la sábana es el alba y la cama la blanda.
Mencionemos dos objetos que forman parte del traje femenino: el corse ha recibido el nombre del apretado; los borceguíes se llaman los dichosos, ingeniosa y encantadora metáfora que, ciertamente, justifica la conocida belleza del pie de las españoles.
La cárcel, y todos los objetos que se refieren a ella, deben necesariamente ocupar un lugar importante en el vocabulario de la germanía. Así, son muy numerosos sus sinónimos; ya es el banasto, o el horno, el banco, la madrastra, la angustia, la trápala, la trena, la confusión; la torre se llama la alta; los barrotes del calabozo, en los que apoya el prisionero su frente tristemente para procurar ver algo de fuera, son para él unos anteojos, y el que está tras de ellos por haber trabajado, es el anteojado; las esposas se llaman los anillos.
Todas las gentes de la justicia tienen, por supuesto sus nombres en la jerga de los ladrones españoles: el carcelero es llamado el banquero, y también se le llama el apasionado sin duda por el celo que despliega en guardar a los malhechores, que le han sido confiados; el fiscal criminal es conocido por el expresivo nombre de vengainjurias; el juez de instrucción, al que nuestros ladrones llaman le curieux (el curioso), ha recibido en español un nombre poco más o menos parecido: el avisado, y también se le llama el bravo; los agentes de la justicia son las fieras o las arpías; en cuanto a la misma justicia, los ladrones se inclinan ante ella, llamándola la justa, como se inclinan ante la religión, dando a la Iglesia el nombre de la Salud.
La sentencia de muerte es la tristeza y también se la designa por el término, aún más expresivo, de la noche; el verdugo al que nadie quiere ver junto a sí, ha recibido el pintoresco apodo de mal vecino. En la época en que se ahorcaba, la horca era llamada la balanza. Por una novela de Cervantes sabemos que en su tiempo los ladrones españoles le daban el nombre de finibusterre; el ahorcado se comparaba a un racimo. Hoy se ajusticia en el garrote, instrumento de suplicio que consiste en una especie de collar de hierro que se pasa alrededor del cuello. Por eso no se dice nunca poner el garrote, sino ajustar la golilla o la corbata de hierro.
En cuanto a la muerte, no podría ser mejor nombrada: es la cierta.
No debemos olvidar las armas, pues figuran forzosamente en la lengua de las gentes que hacen de la violencia y del asesinato los principales elementos de su existencia. Llaman a la espada la centella, el respeto, la filosa y, por último, la joyosa, sin duda en recuerdo del nombre de una de las espadas del Cid.
El puñal, además del nombre de filoso, toma también el de atacador, el enano, el cuadrado, el secreto; la daga se llama la estaca. La cota de mallas, en la época en que se usaba, llevaba el expresivo nombre de once mil, a causa del número de sus anillos. La pistola se llamaba el milanés, pues ya se sabe la fama que tenía la ciudad de Milán en la fabricación de las armas de fuego. La herida hecha por un arma blanca era una mojá.
Cierto número de palabras que pertenecen a la germanía presentan, como ya hemos dicho, mucha analogía con el francés:
parlar, parler (hablar)
sage, sage (astuto)
alar, aller (ir)
belitre, belitre (pícaro)
gorja, gorge (garganta)
formaje, fromage (queso)
La carretera principal, que entre nosotros se llama «le ruban de queue», es igualmente llamada la tira y también la polvorosa, magnífico epíteto referido a las carreteras de un país tan seco como España. Otra palabra que pertenece al francés antiguo es pio (el vino), del latín potus, bebida. «Este nectarico delicioso, precioso, celeste, gozoso, deífico licor al que llaman Piof...», dice Rabelais en el primer capítulo de Pantagruel. Villon ha empleado varías veces esta palabra, de la que la germanía española ha hecho piar (beber), piador (bebedor), piorno (borracho), también se dice está potado, por está bebido.
Un hecho bastante notable es la asombrosa analogía que existe entre cierto número de palabras que emplean los ladrones españoles y los franceses. Tomemos primero, por ejemplo, el sustantivo sourin o chourin y el verbo chouriner, que una novela de Eugenio Sué ha hecho populares. En germanía existe churi y churinar, que significan igualmente puñal y apuñalar. El pan, que en germanía es el arfite a artifara, en argot francés es el artie, si se refiere al pan moreno, y el artie de Meulan, si se trata del blanco. Los ladrones franceses también dan al pan el nombre de lartif . La palabra ratón (pequeño ladrón) tiene la misma significación en ambos idiomas. La centella (espada) es la flamme en el argot francés. Pillar una zorra significa emborracharse.
Citemos, aún, para terminar, algunas palabras que son iguales en la germanía y en el argot, como boya («boye», verdugo), colegio («College», prisión); sonante tiene como sinónimo en el argot francés, cassante, que significan, igualmente, nuez. Tunar, mendigar o vagabundear también se dice tuner, etc.
miércoles, junio 01, 2011
Lengua castellana (Gustave Doré, Ch. Davullier 1874
Inquisición y Plaza Mayor de Madrid (Gustavo Doré y Ch. Davillier 1874
Viaje por España
Vol II
Gustave Doré y Ch. Davillier
Paris 1874
En la época de Cervantes, la Plaza Mayor era uno de los lugares más frecuentados de la ciudad, como lo demuestra un pasaje de La ilustre fregona, donde se habla de los mendigos falsos, de los tullidos fingidos y de los rateros del Zocodover en Toledo y de la Plaza Mayor de Madrid. En el siglo xvii, sobre todo, era el teatro de las grandes fiestas de la Corte, como los Autos de Fe de la Inquisición, las corridas de toros, los carruseles, los torneos, además de las iluminaciones y fuegos artificiales de los que acabamos de hablar.
Las fiestas reales se daban en las grandes circunstancias, como en la coronación de los reyes, en su mayoría de edad o también con ocasión de sus bodas o de las de algún miembro de la familia real. Pero ninguna de estas fiestas celebradas con tanto esplendor, atraía tanta concurrencia como los Autos de Fe. Estas solemnidades del Santo Oficio eran de dos clases. Los autos particulares de fe, que tenían lugar todos los años en épocas regulares, y los autos generales de fe, que sólo se celebraban con ocasión de grandes acontecimientos.
Ya se ha dicho todo sobre la Inquisición. Desde el famoso inquisidor Torquemada, que firmó no menos de ocho mil sentencias de muerte esta institución ha tenido gran cantidad de adversarios y apologistas .
No vamos, pues, a resumir la obra del célebre Tribunal. Pero como la Plaza Mayor es el teatro de los Autos de Fe generales creemos un deber dar aquí, según un documento oficial contemporáneo y auténtico, un cuadro de la fiesta más importante de este género que haya tenido por escenario la Plaza Mayor.
En 1680 tuvo lugar aquel gran Auto de Fe con ocasión del Matrimonio de Carlos II. Madame d'Aulnoy, en su Relación del Viaje de España, da muchos detalles minuciosos sobre los preparativos del auto de fe en cuestión, al que, por lo demás, «no asistió». «El último se hizo en 1632 y se prepara uno para el matrimonio del Rey. Como no se ha hecho ninguno desde hace mucho tiempo, hacen grandes preparativos para conseguir que éste sea lo más solemne y magnífico que puedan ser ceremonias de esta clase. Uno de los consejeros de la Inquisición ha hecho ya un proyecto que me ha mostrado. He aquí lo que dice: Se alzará en la Plaza Mayor de Madrid un tablado de cincuenta pies de largo; será alzado a la altura del balcón destinado al Rey...»
Dejaremos a un lado el proyecto para llegar a la ejecución: Se cuenta con los más minuciosos detalles en un grueso volumen de cerca de quinientas páginas, que es muy raro y que lleva por título: Relación histórica del Auto general de Fe, etcétera..., por José del Olmo alcalde y familiar del Santo Oficio, etc. .
El autor comienza diciendo que la ceremonia debió de celebrarse en Toledo, residencia del Inquisidor General, pues dice que «era preciso vaciar las prisiones de esta ciudad, las de Madrid y las de muchas otras inquisiciones de una turba de criminales que la Divina Providencia había permitido descubrir en la isla de Mallorca y en sus reinos de Castilla y cuyos procesos estaban acabados».
Se consiguió que el rey testimoniara su deseo de asistir al acto, recordándole que Felipe IV, su padre, había presenciado él mismo una fiesta de esta clase en 1632. Se escogió como fecha el 30 de junio, día de San Pablo. El Inquisidor General fue a pedir al Duque de Medinaceli que llevara el estandarte del Santo Oficio, honor que aceptó. Se formó un consejo para organizar todos sus detalles y se nombraron diversos comités, entre los cuales uno era el encargado de presidir los refrescos destinados a los diferentes miembros de la Inquisición.
Se ordenó a los diferentes tribunales de las provincias que mandaran con tiempo los criminales. Los ministros del Santo Oficio los esperaban en las puertas de Madrid y les hacían atravesar la ciudad en carrozas cerradas, a fin de que las personas no pudieran reconocerlos. Los inquisidores, oficiales y familiares de las principales ciudades vecinas fueron convocados, y por fin, estando todo en orden, el 30 de mayo fue publicada la siguiente proclama en todos los barrios de la capital:
«Se hace saber a todos los habitantes de Madrid, residencia de Su Majestad, que el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad y del reino de Toledo celebrará un acto público de fe en la Plaza Mayor de la villa, el domingo 30 de junio del presente año, y que los habitantes podrán podrán gozar de las gracias e indulgencias concedidas por los soberanos pontífices a todos los que asistan o presten ayuda a un Acto de Fe.»
El tablado se preparó en poco tiempo, gracias al celo de los obreros; un maestro carpintero llegó a ofrecer el derribo de su propia casa en el caso de que faltase madera. Se cubrió de reposteros, como los anfiteatros antiguos, toda la superficie de la plaza, diecinueve mil pies cuadrados. Varios días antes de la ceremonia, algunos grandes señores fueron recibidos como familiares del Santo Oficio, entre ellos los duques de Alburquerque, de Béjar, de Hijar, de Medinaceli, de Lemos, de Osuna, del Infantado y otros.
Mientras que se ocupaban de estos preparativos, no se descuidaban otros, los de la hoguera, pues los reos, sin duda a causa de los peligros del fuego, debían ser quemados fuera de la ciudad, cerca de la Puerta de Fuencarral. Esto se confió a algunos habitantes de Madrid alistados en la Compañía de los Soldados de la Fe. Dice José de Olmos que cumplieron su cometido con tanta caballerosidad como valor. Se dirigieron hacia la Puerta de Alcalá, donde había preparada cantidad de haces de leña por los cuidados del corregidor. Cada soldado fue tomando uno, y con esta fagina volvieron marchando hasta hacer alto en la plazoleta de Palacio. El capitán cogió uno de estos haces, lo colocó sobre una rodela e hizo que lo presentara al rey, quien por su propia mano entró a mostrárselo a la reina, y volviéndolo a sacar lo recibió el duque de Pastrana. Este lo devolvió al capitán diciendo que su Majestad quería que el primero se encendiese en su nombre.
Los soldados de la fe fueron marchando hasta el brasero, llevando cada uno un haz en la punta de su pica. El capitán llevaba en la rodela el haz recomendado de Su Majestad. La hoguera, en cuyo centro se había preparado una escalera, tenía sesenta pies de lado por siete de alto. Su custodia fue confiada a los soldados de la fe, que pusieron cuidadosamente a un lado el haz del rey.
Mientras llegaba el gran día, tuvieron lugar varias procesiones por la ciudad. Por la tarde, todos los reos fueron conducidos a la prisión del Santo Oficio. Veintitrés de ellos, designados como relajados, fueron entregados al brazo secular.
El inquisidor más antiguo les comunicaba su sentencia.
Por fin llegó el 30 de junio. Desde las cinco de la mañana estaban vestidos los reos y habían desayunado. Todo estaba dispuesto en la Plaza Mayor, y los asientos habían sido designados por el duque de Frías, mayordomo mayor. Al tiempo que el rey aparecía en su balcón, la procesión salía de la cárcel de la Inquisición. Los soldados de la fe abrían la marcha, seguidos del clero y de ciento veinte reos, acompañados cada uno por dos religiosos y marchando por el orden siguiente:
Treinta y seis efigies de relajados, muertos en la cárcel o que habían conseguido escapar. A varias de estas efigies iban atados ataúdes con los huesos de aquel que representaban.
Once culpables, admitidos en penitencia, llevaban cirios de cera amarilla, condenados sólo a la prisión o a azotes. Estos últimos llevaban una cuerda al cuello con tantos nudos como azotes recibirían.
Cincuenta y cuatro culpables convictos de haber judaizado fueron condenados a prisión perpetua o a destierro con confiscación de todos sus bienes. Llevaban Sambenitos con la Cruz de San Andrés.
Por último venían veintiún relajados, no en efigie, sino en carne y hueso, condenados al fuego, entre los cuales había «cinco mujeres y un mahometano». Doce de ellos iban amordazados y llevaban trajes y cogullas sembradas de llamas; dragones, pintados en medio de estas llamas, marcaban los herejes más empedernidos.
Tras los condenados marchaban los familiares y el Consejo Supremo de la Inquisición, el Ayuntamiento de Madrid, los Tribunales, y, por último, el Consejo de Castilla que era la primera magistratura de España.
Cerraba la marcha el señor Inquisidor General, a caballo, seguido de doce lacayos, y después de haber recorrido la procesión las principales calles de la ciudad llegó a la Plaza Mayor, que estaba obstaculizada por la multitud, y fue preciso algún tiempo para despejarla.
Por último empezó el acto de fe. El señor Inquisidor General recibió el juramento del rey, quien juró defender con todo su poder la fe católica. En seguida empezó la misa, y después del Introito, el celebrante pronunció un largo sermón.
Los relajados, por último, fueron llevados al lugar del suplicio.
La ceremonia duró hasta las nueve de la noche. Una vez que se dio la absolución a los reconciliados condenados sólo al látigo, el señor Inquisidor General levantó la sesión. «Desde las ocho de la mañana asistió el rey en el balcón, sin que el calor le destemplase, la muchedumbre le ofendiese, ni la dilación de función tan prólija le fastidiase. Su devoción y su celo fueron tan superiores a la fatiga que ni aun para comer se apartó un cuarto de hora, y habiéndose acabado el Auto, preguntó si faltaba más o si se podía volver.»
Y la muchedumbre se dispersó para volverse a reunir el martes, fecha en que tendría lugar la fustigación de los condenados reconciliados.
La Inquisición fue cada vez menos temible, hasta que se suprimió definitivamente. Una de las últimas víctimas, a la que se limitó a perseguir y encarcelar, fue el célebre Olavide.
Río Manzanares (Gustave Doré, Ch. Davillier 1874)
Vol. II
Gustave Doré y Ch. Davillier
Paris 1874
¡Pobre Manzanares! ¡De cuántas burlas, epigramas y agudezas no habrás sido objeto, lo mismo por parte de los extranjeros que por la de los españoles! No debemos asombrarnos de ello, por lo demás, pues el arroyo que riega a la capital de España tiene a veces un hilillo de agua tan delgado que podría muy bien el viajero atravesarlo a pie, sin vacilaciones, como el Xanthus de que habla Lucano:
Inscius in sicco serpentem pulvere rivum
Transierat, qui Xanthus erat...
(Había, sin saberlo, atravesado por el polvo seco el tortuoso lecho de un arroyo, que era el Xantho.)
Parece que fue un poeta andaluz, el célebre Góngora, quien rompió el fuego en uno de sus Romances burlescos:
Manzanares, Manzanares,
Vos que, en todo el Aquatísmo,
Duque sois de los arroyos
Y vizconde de los ríos...
Más lejos, le trata Góngora de pozo canicular, y añade que los que entran sucios en él salen más. En un soneto que hizo a propósito de una crecida súbita del Manzanares, aún es más cruel el poeta:
Me di: ¿Cómo has menguado y has crecido?
¿Cómo ayer te vi en pena y hoy en gloria?
Y responde el mismo Manzanares:
Bebióme un asno ayer y hoy me ha meado.
Cervantes, después de haber descrito, en una de sus más conocidas novelas, la maravillosa belleza de la Gitanilla de Madrid, pregunta: «¿Cómo el humilde Manzanares pudo producir una obra semejante?» El mismo Quevedo, que era hijo de Madrid, ha tratado de manera poco respetuosa al sediento Mazanares, que riega su ciudad natal.
Madame d'Aulnoy, hablando del Manzanares, dice que no es un río, ni siquiera un arroyo, aunque a veces se hace su corriente tan cautelosa y rápida que arrastra todo lo que encuentra a su paso. «Durante el verano se pasean por él en carroza. Las aguas están tan bajas en esta estación que apenas puede uno mojarse los pies, y, sin embargo, en invierno inunda de improviso los campos vecinos. Esto proviene de que las nieves que cubren las montañas se deshielan y los torrentes de agua caen en abundancia sobre el Manzanares. Felipe II hizo construir un puente por encima de él que se le llama Puente de Segovia. Es magnífico, o por lo menos tan hermoso como el Pont Neuf, que atraviesa el Sena en París. Cuando los extranjeros le ven se ríen a carcajadas, pues encuentran que es ridículo haber hecho puente donde no hay agua. Hay quien dice, chanceándose, que se avendrían a vender el puente para comprar el agua». «Felipe II —añade otro escritor—, contentándose con haber construido el puente, ha dejado al cuidado de sus suce‑
sores el hacer el río, y ha hecho, como se dice, el tejado antes que la casa. Aquí se dice comúnmente: Este puente espera al río como los judíos al Mesías.»
Un viajero holandés, que visitó la capital de España hacia mediados del siglo xvii, decía hablando del Manzanares: «Este río es tan pequeño que es más ancho el nombre que lleva que él mismo. Su lecho es arenoso, y su caudal tan pequeño que en el mes de junio y de julio se pasean por él las carrozas. El puente o calzada es largo y ancho y ha costado yo no sé cuántos cientos de miles de ducados. Y no era tonto el que, al oír que Felipe II había hecho un gasto semejante para un río tan mezquino, dijo que sería preciso vender el puente y comprar el agua.»
Estas palabras no son más que la paráfrasis de aquellas otras atribuidas a un embajador extranjero, a quien se preguntó su opinión sobre el monumental puente del Manzanares, y contestó sencillamente: Más agua y menos puente. Fue puesto en verso por el autor del Madrid ridicule:
Diviso un magnífico puente
Por el que podrían pasar
Veinte carretillas de frente y más.
El condenado parece muy orgulloso,
Pero si siguiera mi consejo
No tendría mucho tiempo ese ceño tan altivo:
Por mi fe, que me ahorquen
Si para tener un río
No debería ser vendido el puente.
El autor del Madrid ridicule, tras de haber hablado del puente de Segovia, continúa de esta manera:
Busco aquí un río
Que se dice lleva multitud de barcos.
Y lo que encuentro es un mísero arroyo
No más ancho que una gotera:
¡Este es, pues, el Manzanares!
En Aranjuez se decía
Que el Tajo después de él solo era un pobre diablo.
Marranos , os burláis de nosotros,
Pues sin mojarse el tobillo
Se atraviesa sobre piedras.
Un gran nombre nos impone a menudo,
Y a distancia un engañoso ruido
Hace de una mosca un elefante
Y siempre algo de una nada.
En cuanto a mí, como un verdadero estornino
Había creído que este hilo de agua
Era casi un brazo de mar que atravesaba España.
Y que el Danubio y el Rhin
Famosos ríos de Alemania,
Debían besarle el escarpín.
A este mismo puente de Segovia hace alusión Góngora en uno de sus sonetos más bonitos:
Duélete de esa puente, Manzanares,
Mira que dice por ahí la gente
Que no eres río para media puente
que ella es puente para treinta mares.
El poeta dice también en otro lugar, hablando del arroyo de Madrid:
Enano de una puente
Que pudieráis ser marido,
Sí al besalla en los tres ojos,
Le llegarais al tobillo
El autor de una Relación de Madrid, impresa hacia la misma época, lanza también sus palabras contra el pobre Manzanares: «Confesaré de buena gana —dice que sólo una vez le vi con agua—, pero no debe enorgullecerse por eso: sería para atraerse los famosos elogios que Saint Amant, montando en cólera y con el vino subido a la cabeza, hizo del Tíber en su Rome Ridicule: "Lleno de fango y de amarillas aguas es el arroyo más seco de Europa".»
Este «río metafísico, que sólo existe en las canciones de los poetas», este pobre hilo de agua, se encuentra citado, ¿quién lo creería?, hasta en nuestros epigramas franceses del siglo pasado. En el Espión dévalisé, encontramos éste:
D'Arnaud de Beculard, consejero de embajada,
Sois un rimador tan mediano como insípido:
Igual que el Manzanares, de formidable nombre,
No sois más que un arroyo sobre un oscuro limo.
No se han librado los madrileños en los epigramas contra su río. Lo mismo que los Badauds, de París, y los Cockneys, de Londres, tienen también su apodo: se les llama Ballenatos o Hijos de la Ballena. Pues se cuenta que un día el Manzanares, por casualidad, llevaba agua, y que unos caballeros, al ver flotar en él algo negro y largo, pregonaron el portento y contaron por todas partes que habían visto una ballena. Ahora bien, solamente era una vieja alabarda de Maragato.
Se cuenta también —sin que queramos garantizar el hecho— que un día de gran sequía, se le ocurrió a Fernando VII darse un paseo por el lecho del Manzanares, y tuvieron que regarle antes, lo mismo que se hace en las calles, para que el polvo no moleste al rey. Esto recuerda las palabras atribuidas a Alejandro Dumas. Un día que uno de sus amigos iba a tirar el agua de su vaso exclamó: «Desgraciados, ¿qué vais a hacer? No la desperdiciéis. ¡Vamos a echarla al Manzanares!»
Es verdad que el célebre escritor asegura, en sus Impressions de voyage de París á Cádiz, que un día que fue a ver el Puente de Toledo con su hijo Alejandro buscaron en vano el Manzanares. Los madrileños no le han perdonado esta burla, lo mismo que las del asador desaparecido y del sombrero de copa arreglado por un relojero, contadas en su viaje de París a Cádiz.
En compensación, Víctor Hugo ha tomado en serio a este río ridiculizado tan a menudo le ha consagrado un verso en una de sus Orientales:
Compostela tiene su santo;
Córdoba, la de las casas antiguas,
Tiene su mezquita,
Entre cuyas maravillas
Se pierde la mirada;
Madrid tiene el Manzanares.
Un escritor italiano del siglo pasado, J. Baretti, ha defendido también al pobre río: «Un viajero francés (habría podido decir incluso varios) se ha entretenido en lanzar algunas burlas sobre la desproporción que hay entre el puente y el río que pasa por debajo. Los franceses, lo mismo que los demás, nunca dejan de criticar lo que se hace en los países del extranjero. El hecho es que el Manzanares se convierte a veces en un río considerable por el deshielo súbito de las nieves que cubren las montañas vecinas y a menudo tiene media milla de ancho en invierno. Así que Felipe II tuvo mucha razón en construir un gran puente, y los que intentan ponerle en ridículo por esta obra merecen a su vez que se les tenga por tales». El viajero italiano tiene razón. En la estación de las lluvias se convierte el Manzanares en un torrente, y a menudo se desborda. No se trata, pues, de otra cosa que de ponerse de acuerdo. Sólo es río parte del año, como dice Tirso de Molina en uno de sus epigramas:
Como Alcalá y Salamanca,
Tenéis, y no sois colegio,
Vacaciones en verano
Y curso sólo en invierno.
A pesar de sus frecuentes vacaciones, no siempre está seco el río de Madrid durante el verano. También tiene sus náyades, que en realidad son simples lavanderas, robustas hijas de Galicia, con las que a menudo se encuentra uno cuando suben o bajan por la Cuesta de la Vega, llevando un enorme paquete de ropa blanca en equilibrio sobre la cabeza y otro bajo cada brazo. Estas lavanderas cavan en la arena unos hoyos, que ellas llaman lavaderos, en los que retienen todo lo más que pueden las avaras ondas del pequeño curso de agua. «Entonces —dice Bretón de los Herreros— no se encuentra menos agotado el desgraciado arroyo que el tesoro público, y como si los ardores del sol no le secaran lo bastante, se le hacen además crueles sangrías para algo que se llama por antifrase baños; de manera que los lavaderos están de tal modo empobrecidos y agotados que maravilla el ver se consiga lavar ropa en ellos.» Estas lavanderas ocupan en una gran longitud, desde el puente de Toledo hasta el de la Casa de Campo, el curso del Manzanares, que se divide en varios regueros y se encuentra metamorfoseado en agua de jabón. El lecho del río sustenta a muchas chozas de cañas, destinadas a defender a las lavanderas de los rayos del sol. También se ven largas filas de pértigas, dispuestas paralelamente, y en las cuales se secan los paños menores de Madrid, de manera que se podría decir del Manzanares lo mismo que se dice del Paillon de Niza, que es un río en cuyo lecho se puede secar la ropa.
Los baños que acabamos de mencionar consisten, como los lavaderos, en un hoyo que se cava lo más profundo posible y que se cubre con una tiendecilla de lona. Esto se practicaba del mismo modo en el siglo XVII. Madame d'Aulnoy, después de haber descrito los atractivos que ofrecía en verano el Manzanares, por el que más de mil carrozas se paseaban durante parte de la noche, y donde se podía cenar al son de los instrumentos, dice que también había personas que se bañaban en él. «Pero —añade— de una manera muy desagradable. La embajadora de Dinamarca se baña desde hace unos días. Un poco antes que ella llegue cavan sus gentes un gran hoyo en la arena, que se llena de agua. La embajadora se mete dentro. He aquí un baño, como podéis ver, muy divertido, pero es el único que permite el río.»
Las caricaturas españolas no perdonan a los bañistas de Madrid. Tenemos ante nosotros un grabado de dos cuartos en el que están representados hombres mujeres y niños, con sus ropas en la mano, dirigiéndose en procesión hacia el río fantástico, en el que esperan zambullirse. Otra caricatura popular representa el lugar del baño: uno trata de zambullirse, otro de nadar, mientras que el menos ambicioso se contenta con un simple baño de pies. Debajo del grabado se lee:
Todos estos que aquí ves
Y más que bajan a pares
No vienen al Manzanares
Más que a lavarse los pies.
No debernos olvidarnos citar el nacimiento de un río tan célebre. El Manzanares nace en el Puerto de Navacerrada, en la raya de la provincia de Madrid con la de Segovia, y recibe luego algunos afluentes que no aumentan su caudal, pues la mayor parte del agua es absorbida por su lecho arenoso; y después de un curso de una decena de leguas va a verterse al Jarama, no lejos de Vaciamadrid, lo que ha hecho decir a un poeta español que el pobre río recibe:
Los abrazos del Jarama
Minotauro cristalino.
Los médicos y la medicina (Gustave Doré, Ch.Davillier, 1874)
Viaje por España
Vol. II
Gustave Doré y Ch. Davillier
Paris 1874
Parece que Sigüenza fue antiguamente una de esas pequeñas ciudades objeto de bromas y a menudo puestas en ridículo por los autores, como lo es hoy entre nosotros Carpentras, Pont-á-Mousson o Quimper-Corentin. Cervantes nos presenta al cura de Argamasilla condenando al fuego los libros de caballería del ingenioso hidalgo de la Mancha, como hombre docto y graduado por Sigüenza. Podría pensarse, según este párrafo, que la Universidad de Sigüenza era puramente imaginaria, pero nada de eso: su antigüedad se remontaba incluso al año 1441. Aún existía a finales del siglo pasado, si damos crédito al Padre Caimo, autor del Vago italiano, quien asistió a una tesis pública de medicina y anatomía en la que se trataba de la cuestión de saber «qué utilidad o qué perjuicio le reportaría al hombre tener un dedo de más o un dedo de menos».
Poco tiempo después de nuestra llegada a Sigüenza, habiéndose indispuesto súbitamente uno de los nuestros, creímos prudente recurrir a las luces de un médico de la ciudad. Nos indicaron a don Narciso Pastor, quien, después de una consulta tranquilizadora, nos envió a casa del boticario, don José Molinero, con una receta en regla. No sabemos si el doctor Narciso Pastor habría estudiado en la famosa Universidad de Sigüenza. Nos pareció un hombre instruido y sensato, y su método no tenía nada de común con el del doctor Sangrado. Así que la enfermedad desapareció como por encanto.
Los médicos y la medicina no difieren en España, al menos en las ciudades, de los de otros países. En el campo no siempre ocurre lo mismo. Hay muchos sitios donde la mayoría de las veces sólo puede recurrirse al barbero o a algunos curanderos, charlatanes que no conocen otra cosa que la sangría, las sanguijuelas y algunos específicos como el ungüento de la madre Tecla, el bálsamo del cura de Tembleque, la conserva del padre Bermúdez, y otras composiciones que tal vez se remonten a los tiempos de Avicena. Los españoles de antaño, lo mismo que los orientales, sentían una gran repulsión por la cirugía. Era una profanación tocar un cadáver y una impiedad mutilar la obra de Dios. Sabido es que la Inquisición pidió a Felipe II fuera quemado en Madrid, por haber disecado un cadáver, el célebre André Vésale, creador de la anatomía moderna.
Todo el mundo sabe que el barbero español rara vez limita su talento a su ordinaria profesión. Es a menudo comadrón, sacamuelas y a veces toma el título de Profesor aprobado de cirugía. La mayoría de las veces se ve en su vitrina un bote con sanguijuelas extremeñas de superior calidad, y encima de su tienda un cuadro que representa un brazo o un pie del que mana un hilillo de sangre, pues también es sangrador.
Hace mucho tiempo que está muy extendido el uso de la sangría en España. .Se la hacen fuera del lecho, hasta que sus fuerzas se lo permiten, dice un viajero del siglo xvii, y cuando usan de ella por precaución, se hacen sacar sangre dos días consecutivos del brazo derecho y del izquierdo, diciendo que es preciso igualar la sangre.» Madame d'Aulnoy asegura que en su tiempo se sangraban los pies más a menudo que el brazo. Cuando las damas se hacen sacar sangre, se les daba frecuentemente, con esta ocasión, un vestuario completo. ¡Y se ponen hasta nueve o diez faldas, una sobre otra, lo que no deja de ser un gasto de cierta importancia!
La sangría en el pie todavía existe hoy, como lo atestigua esta copla popular que un novio canta a su novia:
Me han dicho que estás malita
y que te sangran mañana.
A ti te sangran del pie
y a mí me sangran del alma.
Las bromas de Moliére contra los médicos no son nada al lado de las que se encuentran en los refranes españoles: Dios te guarde, dice la Filosofía vulgar de Juan de Mallara, de párrafo de legista, de l'et caetéra de escribano y de recipe de médico. Y también:
Dios es el que sana
y el médico se lleva la plata.
Citemos otras coplas, donde se ven muy malparados los médicos:
Médicos y cirujanos
no van a misa mayor,
porque les dicen los difuntos:
¡Ahí pasa el que me mató!
El que quiera vivir mucho
ha de huir lo que más pueda
de médicos, boticarios,
pepinos, melones y hembras.
Quien a médicos no cata,
o escapa, o Dios le mata;
quien a ellos se ha entregado,
un verdugo y bien pagado.
Los médicos más famosos eran antaño los de Salamanca y Valencia, pero estos últimos tampoco se han librado de la sátira:
Médicos de Valencia:
Lenguas haldas y poca ciencia.
Citemos aún otro curioso refrán español: Médico viejo, cirujano joven y boticario cojo, esto último sin duda, para que nunca salga de su tienda.
Digamos, para terminar, que España, por lo que se refiere a la medicina y a los médicos, difiere muy poco de los demás países, al menos en las grandes ciudades. Los partidarios del sistema de Hahnemann siempre encontrarán aquí un cierto número de médicos homeópatas. Los hospitales están muy bien organizados por lo general y nos han asegurado que el servicio médico no deja nada que desear.
En cuanto a los campesinos, sólo recurren al médico en último extremo. Tomar el pulso, dicen a menudo, es pronosticar la losa. Aparte los barberos, curanderos y otros charlatanes de los que acabamos de hablar, no conocen otras obras de medicina que las del género del Médico de sí mismo (recopilaciones populares donde las recetas, en coplillas, van acompañadas de un primitivo grabado), del Médico en casa o del Médico de los pobres. Se encuentran allí remedios para toda clase de enfermedades o de accidentes. Algunos son muy extraños, pero siempre inofensivos; por ejemplo, ajo asado para las enfermedades de los dientes; cebolla y pez para las picaduras. El remedio soberano es el aceite, que cura las quemaduras, los callos, los sabañones, las picaduras de insectos y otros males además, lo que está de completo acuerdo con un antiguo dicho que leemos en una recopilación de refranes impresa en el siglo xv:
Azeyte de oliva
todo mal quita.
El viejo orgullo castellano (Gustave Doré, Ch. Davillier, 1874)
Viaje por España
Vol. II
Gustave Doré y el Barón Ch. Davillier
Paris 1874
CAPÍTULO XXXII
CASTILLA LA VIEJA
¡Estamos ya en Castilla la Vieja! ¡Castilla! ¡Cuántas cosas encierra esta palabra! ¿No es acaso el símbolo del viejo honor español y no hace pensar en ese orgullo castellano que desde hace tanto tiempo ha llegado a ser proverbial? El mayordomo de Carlos V, Quijada, decía que los soldados castellanos eran los mejores soldados del mundo. En efecto, las tropas españolas hacían temblar a la Europa del siglo xvi, v sus éxitos eran tales como para excitar el amor propio nacional.
Dice una décima popular:
Es el Castellano Viejo
Hombre de buen corazón
Y de muy sana intención
Para dar un buen consejo;
No es de gran despejo;
Es algo lerdo y mohino,
Y el fruto más peregrino
Que su sencillez encierra
Es sólo el que da su tierra:
El pan, pan y el vino, vino.
Acabamos de mencionar el orgullo castellano. Hace ya mucho tiempo que es proverbial entre nosotros como lo demuestra buen número de libros y de caricaturas que aparecieron en Francia, principalmente en los comienzos del siglo xvii. Una de ellas representa a un Rodomont (Fanfarrón ) de Castilla y lleva como leyenda estos cuatro versos:
Este castellano cree sobrepasar
El mérito a todos los conquistadores
Y la tierra parece pequeña para
Contener sus errantes planes.
En otro grabado vemos a Don Haraman de Chico con la espada desenvainada y el gesto arrogante, el bigote al ojo, como se dice en España. Se dirige a un pajecillo que le acompaña, señalándole unos soldados que se divisan en la lejanía:
Mira al final de mi dedo aquella muchedumbre de gentes de armas.
Voy a lanzarme sobre ellos como un león.
Y si no se convierten en duros yunques,
Derribaré sólo con la punta de mis plumas
Más que derribó Rhodomont con cien cuchilladas.
He aquí otro grabado representando al Rodomont español: lleva al costado una larga tizona, el sombrero sobre la oreja, bigotes retorcidos, y su cabeza sale de una ancha gorguera, cual la cabeza de San Juan Bautista en la bandeja:
De muy allá de los montes
Vengo para ver a los Rodomontes,
Que se jactan por todas partes de valientes;
Mas creyendo que no tendrán valor
De verme sin morirse de miedo
Me presento en esta figura.
Estos rodomont, antepasados de los llamados hoy jaques, valentones o perdonavidas, siempre están representados con formidables bigotes, de los llamados en España bigotes a la borgoñona, sin duda porque los borgoñones introdujeron esta moda. Los bigotes desempeñaban un gran papel en el atuendo de un español del siglo XVI, y sin duda data de esta época la expresión proverbial, tener bigotes, para designar a un hombre firme e inquebrantable. Quevedo habla, en una de sus obras, de un curioso instrumento de aseo, muy usado en su tiempo, llamado bigoteras. Estas bigoteras consistían en una especie de estuche o de vaina de piel destinada a envolver los bigotes para preservarlos de todo contacto durante el sueño, y en el cual se metían antes de ir a la cama. Cien años más tarde aún existía esta costumbre, y durante la noche se ataban las bigoteras a las orejas por medio de pequeñas cintas.
Los habitantes de Aragón no eran menos famosos antaño que los de Castilla por su orgullo. Aarsen de Sommerdyck, hablando del carácter de los aragoneses, dice: «éstos tienen sin duda tanto orgullo como los castellanos, y se creen que valen más que ellos y que los de todas las demás regiones de España...» Y cita algunas anécdotas para apoyar su afirmación. He aquí la de un aragonés que quería arrancar las muelas a todos los franceses en Cataluña: «Me han contado
que un joven gentilhombre deseaba ir a combatir a Cataluña, y se divertía, antes de la partida, paseándose más de un mes por Zaragoza, ya en un caballo, ya en otro, y cuando encontraba a alguien que alababa sus caballos, su destreza o sus armas, él le preguntaba: Con éstas y este brazo, ¿no se sacarán las muelas a los gavachos? Cuando llegó a Cataluña encontró ocasión de demostrar su valor, pero tuvo la desgracia de recibir un golpe en el brazo y después otro en una pierna. Ahora le llaman el Sacador de muelas.»
El mismo viajero habla de otra rodomontada que le contó un habitante de Zaragoza, llamado Miranda, quien «recibía con todos los ordinarios las gacetas de París y otras noticias escritas a mano. Se dice que, cuando el sitio de Arrás, llegó una orden de Madrid al magistrado de Zaragoza, de que se hicieran los preparativos para celebrar una gran fiesta por la futura conquista de una ciudad de tal importancia. Como no se tenía ninguna duda de que se tomaría, se pusieron a trabajar en los tablados de una corrida de toros. Apenas se habían levantado la mitad de ellos cuando supo Miranda por una carta particular que Arrás había recibido socorros. No atreviéndose a publicar una noticia tan mala, veía con admiración continuar las obras, no pudiendo creer que el Virrey y los principales de la ciudad no hubieran recibido la noticia lo mismo que él; se estaban preparando a cantar el triunfo antes de la victoria. Algunos días después, y como todo estuviera preparado para la fiesta, recibió el Virrey una carta de Madrid, diciendo que el sitio de Arrás no había tenido éxito. Entonces mandó llamar al gobernador y al magistrado de Zaragoza y les enseñó lo que acababa de recibir. Se quedaron muy sorprendidos. Y para enterarse mejor, mandaron llamar a Miranda al instante, quien les confesó que además de que uno de sus corresponsales en París se lo había escrito hacía más de ocho días, acaba de recibir con las gacetas un impreso que aclaraba los detalles. Uno de aquellos señores montó en cólera contra él, e incluso quiso maltratarle, porque sabiendo una noticia tan mala no se la había dado a conocer, evitando así un gasto inútil y que el pueblo se burlase de ellos. Le amenazaron con que le harían pagar los cuatro o cinco mil francos que había costado aquello a la ciudad. El Virrey, más moderado, aplacó la cólera de aquel hombre y despidió a Miranda sin que se hayan vuelto a hablar. Sin embargo, el pueblo vio derribar los tablados levantados para la fiesta, con más tristeza por verse privados de esta diversión que no haberse tomado Arrás.»
Varias obras satíricas impresas en Francia hacia principios del siglo xvii demuestran que en esta época existía entre nosotros una cierta prevención contra nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos. Podemos citar, como uno de los significativos entre los libros de esta clase, un pequeño volumen, en francés y en español, titulado «Rodomontadas españolas colegiadas de los comentarios de los muy espantables, terribles e invencibles capitales matamoros, cocodrilos y rayabroqueles» .
Esta obra está inspirada evidentemente por el mismo sentimiento de rivalidad nacional que los grabados satíricos que acabamos de citar. Nos limitaremos a hablar de otras dos de la misma clase. uno se titula: Emblémes sur les actions, perfections et moeurs da segnor Espagnol, traducido del castellano ", y el otro: Antipathie des Francais et des Espagnols, por el doctor Ch. García '.
En otra parte se trata también al español de coquefredouille: encontramos esta palabra en Madame Deshouliéres, y su sentido se nos escapa, aunque tal vez tenga alguna analogía con coque-cigrue (ave imaginaria).
Un viajero inglés, que recorrió España en 1772, habla del «odio nacional, que es recíproco —dice— entre españoles y franceses. En España se llama gavachos a los franceses, despreciativamente. He visto a veces a los niños y a las mujeres del pueblo correr tras mi criado Bautista, persiguiéndole con este epíteto». Montesquieu recuerda también, en sus Lettres persanes, esta antipatía entre los dos pueblos vecinos, cuando hace escribir a uno de sus personajes: «Recorro desde hace seis meses España y Portugal y vivo entre gentes que despreciando a todos los demás, tan sólo a los franceses les hacen el honor de odiarlos.».
¿Es esta antipatía tan real como tantas veces se ha dicho? No lo creemos, o al menos pensamos que se la ha exagerado mucho. Es verdad que ha aumentado a causa de la guerra de la Independencia, como la llaman con justicia los españoles. Pero ha pasado ya medio siglo desde aquellos funestos acontecimientos, cuyo recuerdo se va borrando, sobre todo en la parte culta e inteligente de la nación. Así que puede uno asegurar que, gracias sobre todo al ferrocarril, las relaciones entre los dos países son hoy más frecuentes y amistosas que nunca.
Por lo demás, también hay que reconocer que incluso entre los castellanos y los habitantes de ciertas provincias de España reina, si no una antipatía, por lo menos un cierto antagonismo. Nos ha sorprendido este verso:
Els Castillans sont uns bruts.
Lo leímos últimamente en un pequeño diario de Barcelona, La Escoba, publicado en catalán. Es cierto que los habitantes de Cataluña son más trabajadores, más industriosos, y consecuentemente más ricos que sus vecinos de Castilla; y no se puede decir de ellos que sean «invencibles enemigos del trabajo», palabras que Montesquieu aplica a todos los españoles en general.
El orgullo castellano es proverbial desde hace mucho tiempo. No hay apenas obra antigua sobre España en donde no se mencione. Incluso algunas veces las burlas sobre este asunto van un poco lejos. Esto puede aplicarse a un panfleto muy violento, impreso en Holanda hacia fines del siglo xvii, con el título de Relación de Madrid. El autor cree que no hay pícaro que no se estime hidalgo como el Rey, y que incluso los cocheros, llevan espada. Y llega a decir que los españoles están cubiertos de determinados insectos, piojos, que se estiman aquí tan caballeros e hidalgos como el resto de los españoles, y gustan de las buenas compañías y ocupan los rangos más altos y los más visibles entre la nobleza.
¿Será preciso citar las palabras que se atribuyen a cierto predicador español? En un sermón que daba sobre las tentaciones de Jesucristo decía que cuando el diablo le transportó sobre una alta montaña desde donde se divisaba toda la tierra, los Pirineos, por suerte para el Hijo de Dios, le ocultaban España. De otro modo habría sucumbido a la tentación.
También se conoce el refrán popular: Si Dios no fuese Dios, sería rey de las Españas, y el rey de Francia, su cocinero.
Los mismos escritores del país reconocen ciertas exageraciones del orgullo nacional. Uno de ellos, el coronel Cadalso, consagra a este asunto un capítulo de sus Cartas Marruecas: «Nobleza hereditaria es la vanidad que yo fundo en que ochocientos años antes de mi nacimiento muriese uno que se llamó como yo me llamo y fue hombre de provecho, aunque yo sea inútil para todo.»
El mismo autor cuenta una curiosa anécdota sobre el orgullo de sus compatriotas: «Pocos días ha pregunté si estaba el coche pronto, pues mi amigo Muño estaba malo, y yo quería visitarle. Me dijeron que no. Al cabo de media hora hice igual pregunta, y tuve igual respuesta. Pasada otra media hora pregunté, me respondieron lo propio. De allí a poco me dijeron que el coche estaba puesto, pero que el cochero estaba ocupado. Indagué la ocupación al bajar las escaleras, y él mismo me desengañó, saliéndome al encuentro y diciéndome: Aunque soy cochero, soy noble. Han venido unos vasallos míos y me han querido besar la mano para llevar este contento a sus casas; con que por eso me he detenido, pero ya despaché. ¿A dónde vamos? Y al decir esto montó en la mula y arrimó el coche.»
¿Podremos creer esta anécdota sobre Carlos V, que leemos en un libro antiguo? «Habiendo recibido Francisco I una carta del Emperador con sus pomposos títulos: Carlos, por la gracia de Dios, elegido emperador de los romanos, rey de España, de Castilla, de León, de Navarra, de Jerusalén, de Nápoles, etc., respondió no tomando más título que el de FranÇois, seigneur de Gentilly, que es un pueblecito cercano a París, burlándose de esta manera de aquellas rodomontadas españolas.»
Por otra parte, hay que reconocer que el sentimiento de orgullo en los españoles, por muy exagerado que pueda juzgársele, tiene bajo algún aspecto su razón de ser. Nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos tienen derecho a hablar con entusiasmo de las glorias de su país, que fue el más poderoso de la tierra en el siglo xvi, época en que conquistaron el Nuevo Mundo, y en que las armas de Espada ocupaban buena parte de Europa. Así que no debe nadie asombrarse de la susceptibilidad de los españoles, respecto a ciertos autores extranjeros que han hablado de su país. Permítasenos decir algunas palabras sobre este asunto.

