Gredos en la literatura
(Luis Garcinuño González)Trasierra II época nº6, 2007
Poetas, novelistas, dramaturgos, ensayistas...y otros muchos autores afines al mundo de la Literatura han hecho de Gredos y su entorno centro de sus escritos. Todos consideran este paraje como un paraíso ardiente y exuberante, describiéndolo con un gozo inenarrable. Américo Castro comentaba la admiración que producía en los estudiantes la llegada y visita a estos lugares de la geografía hispánica. En Gredos todo es grande, todo es gloria, azul, viento, nieve, admiración, apoteosis... Gargantas, aguas plateadas que como espejos nos deslumbran desde el fondo.
Así lo cantó Ramón de Garciasol en Canciones,:
ANOCHECER FRENTE A GREDOS
"Y nos hemos callado. Algo se mueve
con lenta majestad. Tienen las cumbres
un resplandor frutal de últimas lumbres.
Viene el buey de la noche, manso. Hiere
el tránsito solemne son profundo
del agua en las gargantas regadoras.
También calla el dolor sus heridoras
preguntas manantiales. Cesa el mundo
de estar presente. Sangra por los lomos
de la sierra la sombra igualadora,
al borde de ser piedra estamos. Somos
ahogo mineral que se diluye,
hasta que suena un grillo, y la sonora
noche de Gredos del silencio fluye."
Gregorio Marañón frecuentemente en sus escritos se recrea y nos recrea cuando describe la Sierra de Gredos:
"Gredos es algo extraordinario; es la suma de todas las cosas sanas y admirables que encierra el clima de montaña, en todos sus aspectos y en todas sus altitudes. En ninguna parte del mundo se dan bajo un cielo tan maravillosamente azul, con un sol tan constante y hermoso, la dulzura de los valles templados de Arenas de San Pedro, los climas aún suaves, pero más tónicos y fuertes... y, por fin, toda la gradación de alturas, con toda la gradación de floras, que termina en las regiones, empenachadas por las nieves perpetuas..."
Sobre las rutas y el recorrido por Gredos, Ortega y Gasset dijo: "Cometería una equivocación quien pensase que lo valioso en el alpinismo es la cima de la montaña y no la ascensión."
Este recorrido permite conocer y caminar las trochas, lagunas y portillas más representativas del macizo central de la Sierra de Gredos, contemplar las impresionantes cimas y crestas que dan fama a nuestra Sierra e introducirse en la cultura de los habitantes de esta hermosa y variopinta comarca. Desde el Morezón tenemos la que probablemente sea la mejor vista del Circo de Gredos, con la laguna al fondo. Desde las ruinág del Refugio del Rey veremos Castilla La Mancha y Extremadura. El pico que más nos llama la atención hacia el este es La Mira. Resulta muy relajante sentarse junto a la fuente que hay en el Refugio del Rey y beber de su agua pura y cristalina. Blas de Otero, poeta de la protesta y el testimonio, se estremecía al contemplar la Laguna y las imponentes rocas que circundan el gran Circo de Credos y exclamaba:
"Lágrimas
de piedra, ardiendo
en la cara
del cielo."
El gran novelista y Premio Nobel de Literatura, Camilo José de Cela, trató muy espléndidamente a las gentes y a las tierras de la Sierra de Gredos, a las que dedica glosas fascinantes y de gran valor literario. Muchos de sus escritos se refiere a estas tierras en su conjunto y a sus lugares preferidos, como es el caso siguiera cuando retrata a Candeleda y sus mujeres:"Al vagabundo, en Candeleda, le dieron de comer y beber. Candeleda tiene de todo; como el Arca de Noé de los tres reinos de la naturaleza, a saber: el animal, el vegetal y el mineral. A los dos días con sus noches de trotar por Candeléda y de mirar-¡ay, Catalina! a las candeledanas, que son las mozas más bellas de todo el confin del reino..."
En Judíos, moros y cristianos: "El Tiétar es el río del sur de Ávila, de lo que algunos llaman — el vagabundo ignora por qué — el Ávila andaluza, con más propiedad hubiera podido ser bautizada con el nombre de Ávila valenciana y, con mayor aún, con el de Ávila extremeña, que es lo que es.
El río Tiétar nace en el puerto de la Venta del Cojo, en Escarabajosa, y durante casi toda su carrera, y hasta que se pierde por la llanada de Cáceres, separa — administrativamente y contra todas las leyes de la naturaleza — las tierras avileses de las toledanas y las tierras toledanas de las cacereñas. El vagabundo entiende que el río Ramacastañas parte del Valle del Tiétar; el vagabundo suele ser más amigo de las regiones naturales que de las provincias artificiales."
Eduardo Tejero, maestro y centro de este homenaje, posee una obra muy extensa. En ella, frecuentemente habla de esta tierra. En Literatura de Tradición Oral en Ávila (IGDA, 1994), tiene bellas páginas relativas a Gredos y a su entorno.En la Introducción a este magnífico y bien documentado libro, él mismo, en un gesto muy propio de su humildad, dice que quizá con excesiva audacia se ha propuesto tratar una visión de conjunto sobre los textos de tradición oral de Ávila y su provincia. Yo, que viví muy de cerca la investigación y el proceso de esta obra, única en el ámbito de la tradición abulense, sé de esa humildad, pero también de su indiscutible mérito. En uno de sus apartados, no puede por menos de ir a un "lugar común" de sus numerosas publicaciones: Arenas, el Tiétar, GREDOS... y en 149 páginas de esta obra nos dibuja con mano maestra esta "su zona" tan querida como vivencial para él, aludiendo a autores que hicieron de su poesía un bello canto a Gredos:
" El que se halle en paz con Dios
y quiere meterse en guerra,
vaya a los montes de Gredos
y lleve poca merienda." (Vergara, 1923 )
" Si quieres saber qué es bueno
y pasar la pena negra,
vete a monteses a Gredos
y lleva poca merienda."
"A la mujer que yo ronde
que no me la ronde nadie,
que soy de sierra de Gredos
y la quiero "pa" casarme."
(Copla de Priedalaves. P.Anta )
También es de Piedralaves esta Copla Pastoril, heredera del conocido texto clásico: La dama y el pastor:
"Pastor de sierra de Gredos
que duermes en la retama
si te casaras conmigo
durmieras en buena cama."
Un gran poeta, cronista y articulista, el soriano Dionisio Ridruejo, con una calidad excepcional, evoca esta Sierra y se detiene en Gredos para cantarla en sus:
SONETOS A LA PIEDRA
" Verde, amarilla, gris, blanca en la altura,
la vasta sierra hasta la luz descansa
como una ola quieta
en su espuma más brava.
Me detengo en el valle. Con raíces
entre la hierba se me queda el alma.
Pasa a mis pies un agua, un sobresalto,
encadenando al tiempo mis entrañas.
Crecen las flores. Dormiré un momento.
Árboles son el cielo; ya me ampara
la tierrrra y va la muerte con la brisa
vigilando la altura de las plantas.
Despertaré. Despertaré. Por fuera
de los pinares sube la montaña
verde, amarilla, gris, blanca en la cumbre,
eternamente enaltecida y mansa."
D. Ridruejo se retira con frecuencia a la Sierra de Gredos a medifar en la soledad sobre su idea de España. En julio de 1942 escribe una serie de poemas que titula: Serranías, notas en las que evoca a esa España que le preocupa:
"Urbión allá y, más cerca,
Malagón, Guadarrama,
Sierras de Béjar y la Estrella, hundida
hacia la tierra que nos parte el alma,
y aquí Gredos; las cuentas de la espina
¿fuerzas, dolor?- de España,
vertiendo, acaudalando — Tajo, Duero —
para el esquivo mar las frescas aguas."
En una serie de poemas breves que llevan por título Sierra de Gredos o Gredos, el poeta medita y respira la grandiosidad del paisaje y su geografía abrupta e imponente, mientras contrasta su presente disfrute de la soledad con la grave decisión que acaba de tomar quemando las naves de su aventura política en defensa de una España más auténtica:
"Puertos y puertos, valles y collados,
cumbres y cumbres, rudo movimiento
que se recoge en sencillez humana
o desvela un indómito desierto.
Y, al fin, pinares bajos, altas cimas,
y el águila en los cielos.
Ya está la soledad en toda el alma
y atrás las naves — roca a roca — ardiendo."
La misma España sedienta de espíritu y eternidad que vimos en Sonetos a la piedra es la que se revela en las escarpadas cumbres de Gredos, como se muestra en este poema:
"Poco a poco — oh maciza y sublimada—
te vas haciendo cosa de los cielos,
vago cuerpo de nubes. tu violenta fe de tierra en celo
de eternidad, se acoge
a la nada inefable del sosiego.
Veo escapar tu certidumbre recta,
dientes, cascos, pirámides, y pierdo
yo también mi entereza ante la noche,
solo, y, de tanta soledad, incierto.
Hasta que las estrellas
allá, del fondo del oscuro sueño,
despiertan otra vez en nuestros seres
la sombra firme y el honor esbelto."
Sonetos a la piedra se cierra con una bella composición, en la que el poeta, desvelando el enigma, abandona el lenguaje simbólico que había mantenido a lo largo del libro, para definir lo que es esta "España de piedra" vista en su impresionante orografía (del Pirineo hasta Tejada, Gredos, Guadarrama) y en las costas del Atlántico. Es majestad, espíritu guerrero, castillo, altura, crestería y serenidad. Y al mismo tiempo, energía, movimiento, agonía, anhelo, desnudez, libertad e inmortalidad. Es una combinación maravillosa de firmeza, estabilidad, fuerza y dinamismo, espíritu de aventura. Ésta es la impresión con la que sintetiza toda su teoría sobre España:
"Toda castillo o crestería, vuelo
pesado, movimiento endurecido,
serenidad — oh Gredos, Guadarrama —
y agonía naciente. Toda anhelo,
toda sin dominar y sin vestido,
toda libre, inmortal. Como se ama."
Y nos centramos en el gran poeta de la zona, don Miguel de Unamuno. En Por tierras de Portugal y España dice: " Cada paseo por Gredos- espinazo pétreo de Castilla- es una pequeña lección práctica de Geología. El Sistema Central es la espina dorsal que divide a la Meseta en dos. Gredos forma la parte más elevada de este sistema, que alcanza en el Pico Almanzor su máxima altitud, con 2.592 m."
El propio D. Miguel se considera a sí mismo como el "poeta mayor de Gredos" que él descubre y se apropia para soliloquios y arrebatos líricos. Gredos tiene la clave de sus versos depurados y densos, como dijo Luis Felipe Vivanco: "tan poco musicales y nada modernistas".'Gredos es un hontanar, su manantial inspirador de una poesía desnuda, hermética, metafísica y con un intenso mensaje espiritual. Fervoroso de la piel del toro, gusta de serpentear las rutas inéditas y marginadas: " España, se ha ido muchas veces, está por conocer para los españoles...Mientras viva quedará el recuerdo de mis correrías por las faldas de Gredos...Es un encanto, saliendo Béjar, divisar primero la torre de Becedas, dar vista al Tormes, al río mismo a cuya vera vivo, y verlo cuando fresco y rumoroso acaba de nacer de las aguas de las rocas y cruza bajo su primera horca caudina, el puente de Barco de Ávila, vigilado por las ruinas de un castillo...Y luego se os aparece Piedrahíta...y más adelante torcer el camino, subir al porti llo del Pico, atravesar el paradisíaco valle del Barranco e ir a descansar en Arenas de Sa Pedro, al pie de los pies de Gredos...
Más adelante, en la misma obra dice: "Columnas de mi tierra, columnas que sostenéis su cielo, quien nunca se abrazó a vosotras, cómo va a sentir la patria." En Sonetos líricos y en Andanzas y visiones españolas, sigue Unamuno cantando, emocionado, a GredoS. En de Fuerteventura a París, 1925, siente la obsesión de " la llamada del Dios de España que tiene su trono en Gredos." :
"No, no es Gredos aquella cordillera;
son nubes del confin, nubes de paso...
Gredos, que en la robusta primavera
de mi vida llenó de mi alma el vaso
con visiones de gloria, que hoy repaso
junto a este mar que canta lagotera.
¡ Aquel silencio de la innoble roca
llena de gesto de cordial denuedo!
¡ Aquel silencio de la inmensa boca
del cielo, en que ponía sello el dedo
del Almanzor! ¡En su uña el paso choca
y se rompe la sierra de remedo!"
Es muy llamativa la anécdota en que, estando en París con Blasco Ibáñez, al decirle éste, contemplando los Campos Elíseos: "¿Ha visto Ud., D. Miguel, un espectáculo más hermoso?". Él contestó: "Sí, Gredos".
La sierra abulense de Gredos es la fuente principal de donde se alimenta la corriente del Duero por su margen izquierda. Sus elevadas cumbres, de nieves casi constantes, separan las cuencas del Duero y del Tajo por allí donde nacen sus dos grandes tributarios, el Tormes y el Tiétar, como recuerda don Miguel de Unamuno en una composición de su Cancionero:
"Tiétar, Tormes, Tajo, Duero,
mellizos de las Castillas;
madre Gredos sus dos brazos
desparrama y acaricia
sobre hueso, carne parda,
que sangre y sudor hostigan."
Como un motivo recurrente volverán a mostrarse estos sentimientos hacia el final de su vida, en un breve poema titulado Agua del Tormes, que revela cuán profundamente arraigadas están las imágenes salmantinas en el corazón del poeta:
"Agua del Tormes,
nieve de Gredos,
sal de mi tierra,
sol de mi cielo,
pan de la Armuña mollar y prieto,
leche de cabra del llano escueto,
puestas de soles de rosa eterno,
sombra de encina que espeja el Puerto..."
Otra visión de este río salmantino la da Unamuno en su composición: El Tormes:
"Desde Gredos, espalda de Castilla,
rodando, Tormes, sobre la dehesa,
pasas brezando el sueño de Teresa
junto a Alba la ducal dormida villa.
De la Flecha gozándote en la orilla,
Padre Duero,
¡ sálvalos de la riada.!
A los pobres
que en tu fe los Barrios Bajos
habitaban
y que a saco has entrado
por sus casas y que pescan en tus pozas los pucheros,
los jergones de las camas!
Padre Duero,
¡ sálvalos de la riada!"
Hasta el mar de Lusitania, llega con el Duero su palabra hecha poema al seguir los pasos del Tormes amado hasta su abrazo con el Duero y a través de éste llevan al poeta a su encuentro con el pueblo hermano:
"Gredos, Gredos, Almanzor, el Tormes
Piedrahíta del Duque,
Barco de Ávila,
Torreón de Alba,
Salamanca dorada.
Soledad de Ledesma,
Fermoselle ceñudo,
mi entrañado Duero
cantando en las entrañas de Portugal y España."
Algunas consideraciones finales
Gredos está considerado como uno de los espacios más valiosos del Sistema Central. Situado al sur de Castilla-León, se presenta como una sucesión de riscos, gargantas, lagunas y circos. Gredos comprende más de 140 km. La mayor parte de la Sierra se localiza en la provincia de Ávila aunque también se extiende a las de Salamanca y Cáceres. El paisaje aparece modelado por las distintas épocas glaciares y la riqueza de su fauna y de su flora es de incalculable valor, existiendo de una y otra varias especies endémicas, como ya hemos descrito anteriormente. Junto a toda esta riqueza natural, orográfica, histórica y literaria, existe en su entorno otra no menos rica y apasionante, como es la cultural y monumental: la calzada romana del Puerto del Pico y los pueblos de Candeleda, Arenas, Mombeltrán, El Barco de Ávila, por citar algunos, son buenos ejemplos de ello. Los amantes del senderismo no podrán dejar de visitar el Circo de Gredos, a través de un impresionante camino que comienza en Hoyos del Espino hasta llegar al Prado de las Pozas. En una altitud superior a los 2.000 m que llega al alto de los Barrerones, desembocando en la Trocha Real cerca de la laguna glaciar se podrá disfrutar en toda su belleza del Almanzor.
La Sierra de Gredos, por su extraordinaria riqueza, está incluida dentro de la Red de Espacios naturales de Castilla y León. Podríamos calificar al Parque Regional de Gredos como un paraje virgen, silencioso y mágico. Desde sus agrestes cumbres descienden en ruidosas cascadas las aguas cristalinas del Ricuevas, formando estanques en grandes canchales de piedras, donde la arena penetrante y el frescor primaveral te envuelven en luz y sonidos.
Termino con las palabras de Miguel Ángel Troitiño Vinuesa, gran conocedor e investigador de esta zona: "La Sierra de Gredos es una montaña mediterránea fuertemente humanizada, donde la imbricación de lo natural y de lo social constituye una de sus singularidades, aspecto que no debería olvidarse en la gestión del Parque Regional ni en la puesta en marcha de programas de proyección socioeconómica. La imbricación entre naturaleza, sociedad y cultura configuran paisajes diversos, siendo necesario clarificar e integrar las nuevas funciones del territorio para intentar superar un viejo enfrentamiento entre protección y promoción. La lectura social del medio ambiente, entendido como territorio, es una vía de trabajo que puede contribuir a superar las limitaciones de las visiones naturalistas simplistas y permitir que el Parque Regional, desde una política de protección activa, sea un instrumento para avanzar por el camino del desarrollo sostenible."
lunes, abril 04, 2011
Gedos en la literatura
El gobierno de las comunidades de Villa y Tierra en la Edad Moderna
El gobierno de las comunidades de Villa y Tierra en la Edad Moderna. El ejemplo de la Villa y Tierra de Mombeltrán.
Gonzalo Martín García
Trasierra II Época, nº6, 2007Resumen Las Ordenanzas de 1613 reflejan la organización política y administrativa de la comunidad de villa y tierra de Mombeltrán en la Edad Moderna. Las competencias de alcaldes, regidores y oficiales hacen realidad la superioridad jurisdiccional del concejo de la villa sobre los concejo de aldeas, que acabarán por segregarse de dicha comunidad en los siglos XVII y XVIII. El modelo puede servir como referencia para el estudio de los modos de organización de otras comunidades de villa y tierra durante la Edad Moderna.
Abstract
The by-laws of 1613 reflect the political and administrative organiztion of the comunidad de villa y tierra of Monbeltran in the early modern times. Mayors' aldermen's and officers competentes show the juridictional superidrity of the town councils over the village council, wich will eVerttúldrY segregate from that comunidad in the 17k" an 18th centuries. This model can be reference to study how other communities where organized during this period.
Al comenzar la Edad Moderna todo el territorio del antiguo alfoz de Ávila había quedado organizado sobre la base de una estructura política, económica y administrativa que recibe el nombre de villa y tierra. Dicha estructura estaba basada en la existencia de una ciudad o una villa, que tenía una jurisdicción autónoma, definida en cada carta de villazgo, y un territorio perfectamente delimitado sobre el que ejercía esa jurisdicción. Los concejos de aldea que existieran con anterioridad o se crearan de nuevo en dicho territorio dependían jurídica, política y administrativamente del concejo de la villa.
En el siglo XVI el territorio de la actual provincia de Ávila estaba dividido administrativamente en las siguientes comunidades de villa y tierra: Ávila, Arévalo, Madrigal, Piedrahíta, El Mirón, El Barco, Bohoyo, Bonilla de la Sierra, Villafranca de la Sierra, Villanueva del Campillo, Vahíllo, Villatoro, Las Navas, Candeleda, Arenas, La Adrada y Mombeltrán. Ésta última estaba integrada al finalizar el siglo por una villa, Mombeltrán, y once aldeas: Serranillos, Las Cuevas, Villarejo, San Esteban, Santa Cruz, Arroyo Castaño, La Higuera, Lanzahíta, Pedro Bernardo, Gavilanes y Mijares. Situada en la vertiente meridional de la Sierra de Gredos, limitaba al norte con la ciudad y tierra de Ávila y con la villa y tierra de Piedra- hita; al este, con la villa y tierra de La Adrada; al sur, con Montesllanos y Navamorcuende; y, al oeste, con la villa y tierra de Arenas. Como todos los concejos del valle del Tiétar había experimentado a lo largo del siglo XV un intenso proceso de señorialización y pertenecía, desde el último tercio de dicho siglo, al señorío de la Casa de lburquerque.
En mayo de 1613, después de un periodo de elaboración y revisión que duró más de dos años, se aprobaron en concejo abierto y se publicaron en Mombeltrán y pueblos de su jurisdicción nuevas ordenanzas (1) para regular la vida social, política y económica de la villa y tierra. A lo largo de noventa y cuatro capítulos dichas ordenanzas desarrollan una interesante normativa sobre los oficios públicos, los abastos, la producción agrícola y artesanal, el cuidado de los ganados y los montes, el comercio, la forma de obtener la vecindad y todos los asuntos públicos que de algún modo influían en la vida de los vecinos y en sus relaciones. La información que el documento aporta sobre alcaldes, regidores, fieles y otros oficios públicos del concejo de la villa y de los concejos de las aldeas puede servir como referencia para conocer la organización política y administrativa de las comunidades de villa y tierra en el territorio abulense durante los siglos XVI y XVII, organización que se mantendrá en cada una de ellas hasta que se ponga en marcha un nuevo proceso de segregación y concesión de títulos de villazgo a lo largo de los siglos XVII y XVIII que conducirá irremisiblemente a su disolución. 1. Alcaldes y regidores del concejo de la villa
Era Mombeltrán una villa de señorío perteneciente al duque de Alburquerque. La jurisdicción del señor se ejercía en la villa y tierra a través de la presencia del corregidor, justicia mayor, nombrado por el señor, que presidía los ayuntamientos, adminiatraba justicia y representaba los intereses del duque. Pero cada corregidor no solía permanecer más de un año en la villa, se le tomaba residencia al final de su mandato, le daba posesión el propio concejo, le pagaban los vecinos de la villa y tierra, venía de fuera, apenas tenía tiempo para conocer a fondo los problemas y su actuación en defensa de los intereses del duque podía provocar la animadversión de la población. Su posición al servicio de la política ducal podía ser poco efectiva, cuando no contraproducente. Quienes siempre estaban en la villa eran los vecinos. Y eran los vecinos de la villa quienes ocupaban las magistraturas y desempeñaban los oficios concejiles. Por eso, el mejor medio que tenía el señor para intervenir en los asuntos internos de la villa y tierra era intentar controlar, en ejercicio de sus derechos jurisdiccionales, el nombramiento de alcaldes, regidores y oficiales del concejo. (2)
Pues bien, el concejo de la villa de Mombeltrán estaba formado durante la Edad Moderna por dos alcaldes ordinarios, uno perteneciente al estado de los hijosdalgo y otro al estado de los buenos hombres, y dos regidores, igualmente uno del estado de los hijosdalgo y otro del estado de los buenos hombres, que se reunían ordinariamente, a campana tañida, en las casas del consistorio bajo la presidencia del corregidor para proveer las cosas tocantes a la buena governación de la villa y tierra.
La duración del oficio era anual. En la Edad Media eran elegidos por la asamblea de vecinos, reunida a tal fin el día 29 de septiembre, festividad de San Miguel(3). En la Edad Moderna son los propios alcaldes y regidores los que eligen a sus sucesores. En ese sentido, las ordenanzas establecen que los dos alcaldes y los dos regidores deben reunirse cada año el día 15 de diciembre, en presencia del escribano del concejo, para elegir por mayoría, en votación secreta, a los alcaldes y regidores del año siguiente. Por ser villa de señorío, habían de nombrar un número doblado de oficios -cuatro alcaldes (dos por cada estado) y cuatro regidores (dos por cada estado)- para que el titular del señorío eligiera entre ellos.
Para el nombramiento de alcaldes estaban excluidos todos los que hubieran desempeñado tal oficio en los tres últimos años y para el nombramiento de regidores los que lo hubieran sido en los últimos dos. Los elegibles habían de ser vecinos de la villa, moradores en ella con casa poblada y continua morada, e quantiosos de cien mil maravedís de hacienda, e de edad lexítima, e no sean hijos familias e no puedan ser nombrados para ninguno de los dichos oficios ninguna persona que en el Ayuntamientoque haia de elegir, tuhiere padre, hijo, ssuegru, !tierno, hermano o cuñado, por si ni por los demás votos, porque no queremos que sea nombrado ninguno que est ubiere en primer grado de afinidad o consanguinidad con los que !tuvieren de nombrar o con alguno de ellos (4). La relación de los nombrados por los miembros del concejo era remitida cerrada e signada e sellada al Duque de Alburquerque, señor de la villa, para que él eligiera entre ellos y confirmara el nombramiento de los dos alcaldes y de los dos regidores, uno del estado de los hidalgos y otro del estado de los buenos hombres. A partir de ese momento los alcaldes y regidores nombrados representan al concejo, se reúnen en ayuntamiento bajo la presidencia del corregidor y son los responsables del gobierno de la comunidad.
Los alcaldes tenían la competencia específica de la administración de la justicia. Todos los días de la semana están obligados a hacer audiencia pública en la villa, con asistencia obligada de escribanos y procuradores, para conocer de las causas civiles y criminales en primera y segunda instancia y en segunda instancia en las apelaciones de causas civiles contra las sentencias de los alcaldes de los concejos de aldea. Los alguaciles nombrados al efecto tenían la fünción de hacer cumplir y ejecutar los mandamientos y sentencias judiciales.
Alcaldes y regidores tenían conjuntamente atribuciones gubernativas y administrativas, la función de proveer las cosas tocantes a la buena governación de la villa y tierra. A ellos les correspondía velar por el mantenimiento de la paz pública, la seguridad, la policía y la sanidad así como ordenar los repartos fiscales en la villa y en las aldeas y cuidar del buen funcionamiento de los abastos y de otros muchos aspectos de la vida pública de la villa. Tenían potestad para conceder solares donde construir viviendas y señalar tierras a los vecinos de la villa o de las aldeas para el cultivo de cereales, vides o lino así como delimitar los bienes de propios de los concejos de las aldeas o los terrenos de dehesas comunales de cada lugar. Era de su competencia dar licencia para cortar árboles en castañares, robledales, encinares y pinares; para hacer pegueras en los montes o para vender corteza de robles y alcornoques fuera de la jurisdicción de la villa y tierra; y también conceder a los vecinos la madera que justificaran necesitar y otorgar vecindad al forastero que cumpliera los requisitos para ellos.(5)
2. Oficiales del concejo
Para el desempeño efectivo de sus competencias de gobierno alcaldes y regidores contaban con la colaboración de diferentes oficiales que se responsabilizan del cumplimiento de funciones ramifica»: escribano, mayordomo, fieles de abastos, veedores de oficios, guardas de montes.El escribano tenía la función de dar fe de los acuerdos del concejo, realizar los poderes de repartimientos fiscales y redactar cartas y albalaes. Desempañaba el oficio uno de los escribanos públicos de número de la villa nombrado por el concejo y que cobraba por su trabajo los derechos fijados en el arancel real.
El mayordomo era un vecino de la villa. Lo nombraban los alcaldes y regidores en el último ayuntamiento que hicieran en el mes de diciembre. En caso de empate en la votación de alcaldes y regidores desempataba el voto del corregidor, único caso en que podía intervenir éste en el nombramiento de oficiales. La persona designada debía desempeñar el oficio por dos años y era responsable de cobrar las rentas de la villa y pagar sus gastos y libranzas, en definitiva, administrar la hacienda del concejo y llevar el correspondiente libro de recibo e gasto. Estaba obligado a avalar con sus propios bienes la honradez de su gestión así como a adelantar dinero, hasta la cantidad de 34.000 maravedís, para efectuar pagos del concejo cuando fuera necesario. A cambio tenía asignado un salario de 7.000 maravedís al año y gozaba de determinadas exenciones fiscales. Es fácil deducir que sólo personas de cierto nivel económico podían cumplir las exigencias que demandaba el desempeño de dicho oficio.
El oficio de fiel de abastos tenía duración anual. Cada año, el día de San Juan, tercero día de la Pasqua de Navidad, alcaldes y regidores nombraban a dos hombres honrados vecinos de la villa para desempeñar el oficio de fieles en el ario siguiente. Eran responsables de la custodia de los pesos, las pesas, la vara y demás medidas del concejo, todas ellas de hierro o metal (6)) según establecían las ordenanzas. Estaban obligados a contrastar con ellas y, si eran conformes, sellar las pesas y pesos de los particulares, a pesar o repesar todas las mercaderías que se compraran y vendieran en la villa y a pesar los días de fiesta y martes y juebes y los demás días que mandare la Justicia, con su peso y pesas, en la plaza donde se pesara la carne y, los biernes y quaresma, adonde se pesara el pescado.
Cada año, en los primeros ocho días después de ario nuevo y, después, cada quince días, estaban obligados a bisitar las pesas, pesos, varas y medidas de la carnicería y de las tabernas y el peso de la harina y las tiendas de los rregatones y mesoneros y todos los demás oficios públicos y sellar los dichos pesos, pesas y medidas y otras cosas con los padrones de la villa. Así mismo, en el mes de enero y en el mes de julio de cada ario debían salir dichos fieles a los lugares de la Jurisdicción a visitar las carnicerías, pescaderías, tabernas, pesos y pesas y medidas para inspeccionarlos y sellar tales pesos, pesas y medidas para garantizar su exactitud en las compras y ventas que se hicieran. Los fieles estaban obligados igualmente a bisitar y hacer que los pilares y fuentes de la villa y pueblos de la tierra estuvieran limpios y llenos e impedir que se lavara en ellos trapos, berduras ni otras cosas de que los dichos pilares y fuentes rreciban inmundicias' (7).
Los fieles no podían ser nombrados otra vez hasta que no hubieran pasado dos años desde aquel en que hubieran servido dicho oficio.
Alcaldes y regidores tenían la competencia de nombrar también, en el primer ayuntamiento de cada año, a los veedores que debían velar por el buen hacer de los maestros y oficiales de los diferentes oficios artesanales, veedores de lienzos e zapateros e los demás oficios, especifican las ordenanzas (8). Y, siempre que fuera necesario, sin fecha fija, alcaldes y regidores nombraban una guarda mayor, que sea hombre honrado vecino de la villa o su tierra, y cuatro guardas menores para guardar y hacer cumplir lo establecido en las ordenanzas y aquello que el ayuntamiento mandare en los montes, términos, castañares, robledales, pastos y heredades.
De ese modo, a través de las competencias de sus magistrados —alcaldes y regidores— y de sus oficiales —veedores, guardas, fieles de abastos— la villa organiza la tierra en torno a sí y el concejo gobierna y administra de forma directa o indirecta durante los siglos XVI y XVII todo el territorio.
3. Los concejos de aldea
El desempeño de las competencias de veedores, guardas mayores y fieles, nombrados por los alcaldes y regidores del concejo de Mombeltrán, en todo el territorio refleja cómo se hace efectivo el poder político del concejo de la villa en los pueblos y términos de la tierra. Es ésa la expresión mínima. Ya hemos visto cómo los fieles de abastos, vecinos de Mombeltrán y nombrados por los alcaldes y regidores de Mombeltrán, tenían la obligación de salir dos veces al año a los pueblos de la tierra a visitar las carnicerías, pescaderías, tabernas, pesos y pesas y medidas para inspeccionarlos los pesos, pesas y medidas y corregirlos, si tenían defecto, o sellarlos, si eran acordes con los padrones del concejo. También los alcaldes y regidores del concejo de Mombeltrán visitaban los pueblos de la tierra.En efecto, según establecían las ordenanzas, cada año, en los meses de noviembre y diciembre, durante quince días, primero en los pueblos de cumbres afuera y seguidamente en los pueblos de cumbres adentro, un alcalde y un regidor del concejo de la villa, cada uno de un estado, estaban obligados a hacer pesquisa o visita general a los concejos y términos de los pueblos de la tierra. En dicha visita toman cuenta de los pecados públicos, examinan los daños, cortes e rompimientos hechos en los montes de la villa y tierra, preguntan si hay forasteros que moran en las aldeas sin obtener vecindad e inspeccionan el libro de recibo y gasto en que se anotan los ingresos y gastos del cada concejo de aldea y las entradas y salidas de los pósitos del pan y convocan el concejo de aldea para conocer y conceder, si lo juzgaban pertinente, las peticiones de suelo que presentan los vecinos para construir su casa o ensanchar su heredad. La gestión de los concejos de las aldeas está sometida, pues, a la supervisión y al control directo del concejo de la villa. Ese sometimiento se escenifica además cada año con motivo del nombramiento de los oficios públicos de los concejos de aldea, algunos de los cuales han de ir a jurar su cargo al concejo de la villa.
Los concejos de aldea estaban formados ya en el siglo XVI por un alcalde y un número indeterminado de regidores, generalmente dos. Cada ario el segundo día de pascua de Navidad en cada pueblo habían de juntarse el alcalde y los regidores de aquel ario con el alcalde y los regidores del año anterior para hacer elección entre los vecinos y moradores de cada lugar de los cargos públicos para el año siguiente: alcalde, regidores, mayordomo de concejo, depositario de pan cocido, escribano, alguacil carcelero y fieles. No podía ser nombrado alcalde, regidor ni escribano ninguna persona que tubiere oficio público como es bastecedor de qualquier cosa, mesonero, tabernero ni molinero ni executor de cartas públicas. El concejo de la villa intervenía directamente en la elección en caso de igualdad de votos, en caso de que alguno de los nombrados no tomara posesión del oficio o si alguno de dichos oficiales cesaba en el desempeño de su cargo por ausencia, accidente o fallecimiento. El alcalde, el escribano y el alguacil habían de presentarse en al ayuntamiento de Mombeltrán el día de año nuevo a jurar su oficio ante el corregidor y regimiento de la villa. Los demás oficiales habían de jurar su oficio ante el alcalde de cada pueblo.
Su jurisdicción era limitada, subordinada y dependiente. Decidían sobre los aprovechamientos de las dehesas, pinares y cotos asignados a cada lugar; cobran las penas que se generen por el imcumplimiento de las ordenanzas en sus respectivos lugares; pueden obligar a derribar los hornos de cendra y de aceite de enebro que se hagan en los montes; han de desempeñar, en general, las facultades que les atribuyen las ordenanzas y tienen que registrar sus actuaciones en el libro de cada concejo para ser inspeccionado por los alcaldes y regidores de la villa (9), En cuestiones judiciales los alcaldes podían conocer causas civiles en que se pleiteara por cuestiones de valor inferior a sesenta maravedís y ejecutar deudas y prender y tener presos a los reos hasta el tercer día, pero no más, y debían remitir el resto de las causas civiles y las causas criminales a los alcaldes ordinarios de la villa.
El ejercicio de esas competencias concejiles era el modo de hacerse realidad el dominio jurisdiccional de la villa sobre los pueblos de la tierra. Esa dependencia institucional que el sistema creaba generaba desigualdades entre los vecinos y dificultades y molestias para los moradores de las aldeas. Cuando no reticencias y sospechas. Para paliar tales molestias las propias ordenanzas establecían que cuando los alcaldes de la villa citaran a declarar en su audiencia a los pleiteantes de las aldeas facilitaran su asistencia y tuvieran en cuenta las distancias (10) y lo mismo hicieran los escribanos (11). Al mismo tiempo los concejos de aldea tendían a intervenir cada vez más, a través de procuradores nombrados al efecto, en los ayuntamientos del concejo de la villa y en el siglo XVII aparece ya perfectamente documentada la figura del Procurador General de los Pueblos, que, mediante sus iniciativas y sus intervenciones en diferentes asuntos, defiende en el concejo de la villa y fuera de él los intereses de los vecinos y concejos de los pueblos.
Para su nombramiento se reunían cada año en una de las localidades de la Tierra, avisados por un caminero, un alcalde, un regidor o un vecino cualquiera apoderado al efecto, en representación de cada concejo, para nombrar entre los vecinos de todos los lugares a dicho procurador general. La elección era aprobada y reconocida por el concejo de la villa, en cuyo ayuntamiento juraba el cargo, y los electos solían ir a presentarse ante el duque, señor de la villa y tierra. Entre los nombrados hay alcaldes, regidores, curas y vecinos de toda condición, pero especialmente escribanos. Sus funciones y competencias son difíciles de precisar. Interviene en los encabezamientos de alcabalas de cada concejo, trata todos los asuntos para los que el concejo de la villa le da poder de representación, defiende los intereses de los lugares, eleva peticiones y testimonios, hace cada año visita general de montes y, cuando la ocasión o el caso lo requieren, toma asiento en el concejo de la villa. Cada año los concejos comisionan a dos vecinos que toman cuenta al procurador del dinero gastado en el ejercicio de su función, que se paga repartiéndolo a partes iguales entre todos los vecinos de la Tierra.
Las circunstancias históricas —la evolución demográfica, el aumento de las cargas fiscales, las necesidades económicas de la monarquía y de la nobleza— provocaron a lo largo de los siglos XVII y XVIII un largo proceso de exención de los concejos de la tierra de la jurisdicción de la villa de Mombeltrán. El proceso se hace realidad en tres momentos diferentes. En el primero, iniciado en 1668 y concluido en 1679, se eximieron y adquirieron naturaleza de villazgo Pedro Barnardo, Mijares y Lanzahíta. En el segundo, entre 1693 y 1695, los pueblos de "cumbres adentro", San Esteban, Las Cuevas y Villarejo. Y un siglo después, en 1792, concluye el proceso de exención de Santa Cruz del Valle y Gavilanes. Al comenzar el siglo XIX la comunidad de villa y tierra de Mombeltrán estaba integrada por la villa de Mombeltrán y las aldeas de Serranillos, Arroyo Castaño y La Higuera.
Notas (1) El procedimiento se inicia a petición del procurador de los pueblos para revisar unas ordenanzas que se habían redactado en los años 1598 y 1599 por provisión del duque de Alburquerque. A la reunión inicial, celebrada el 2 de mayo de 1611 y presidida por el corregidor, asistieron alcaldes y regidores de Mombeltrán, Lanzahíta, San Esteban, Villarejo, Las Cuevas, Santa Cruz, La Higuera, Serranillos, el procurador de Arroyo Castaño y el Procurador General de los pueblos de toda la jurisdicción. No asistieron regidores de los lugares de Pedro Bernardo, Mijares y Gavilanes, que estuvieron representados en la junta por el procurador de los pueblos de la Tierra.Comisionaron para hacer el trabajo de revisión, con poder para quitar o añadir lo más conveniente al servicio de Dios Nuestro Señor y vien común de esta Villa e lugares de su tierra e vecinos de ella, a seis personas:dos, nombradas por el ayuntamiento de la Villa de Mombeltrán; dos, nombradas por los lugares de Cumbres Afuera (Lanzahíta, Pedro Bemardo, Mijares y Gavilanes) y otras dos nombrada por los lugares de Cumbres Adentro (Las Cuevas, Villarejo, San Esteban, Santa Cruz y Arroyo Castaño). Un mes después, el día 30 de mayo, los seis comisionados presentaron las nuevas ordenanzas. Finalmente fueron aprobadas en las casas del consistorio de Mombeltrán, en concejo abierto, el día 30 de marzo del año 1613. ARCHIVO HISTÓRICO DE CUÉLLAR, Mombeltrán, C50 L6/I2.
(2) MARTÍN GARCÍA, G., Mombeltrán en su historia (siglo XIII-siglo XIX), Ávila, 1997, p.178.
(3) MARTÍN GARCÍA, G.,op.cit., p. 90.
(4) ARCHIVO HISTÓRICO DE CUÉLLAR, Mombeltrán, C50 L6/12, Ordenanzas..., capítulo I: Del horden que se ha de tener para la elección de alcaldes y rexidores de cada año.
(5) Idem, Capítulo XX: De la vecindad de los forasteros. (6) «Tenía el concejo de la villa un quartillo e medio azumbre de cobre, un peso de balanza e una quartilla de madera barreteada de hierro, una media fanega también barreteada, con un rasero,otro peso mayor de balanzas con dos pesas de hierro cada una de a libra, otra media fanega de madera herrada, un marco de vara herrado, media arroba de cobre, medio celemín de madera, un quartillo de madera herrado, un quartillo e medio quartillo en dos piezas de latón”. MARTÍN GARCÍA, G.,op. cit., p. 181.
( 7) Idem, Capítulo LXXVI: De lo que han de hacer los fieles.
(8) Idem, Capítulo IV: Del nombramiento de los veedores de los oficios de Villa y Tierra.
(9) Idem, Capítulo XLI: Que los alcaldes de los lugares hagan cargar las dichas penas en el libro de su concejopara dar quentas de ellas.
(10) Idem, Capítulo VIII: Quándo y Dónde se a de Juzgar.
(11) Idem Capítulo XCIIII: De los derechos de los Escribanos Públicos.
jueves, marzo 17, 2011
jueves, febrero 24, 2011
Ante el sepulcro del Cardenal Cisneros en Alcalá de Henares (Eugenio Noel, España nervio a nervio 1924)
ANTE EL SEPULCRO DE CISNEROS EN ALCALÁ DE HENARES
Un buen paseo el de esta mañana río adelante frente a los collados del Gebel Zulema y entrando audazmente en los bosquecillos de las fincas que han acotado casi toda la orilla derecha del Henares. ¿En qué pensar por estos sitios si no es en Cervantes? El 18 de diciembre de 1580 él mismo firmaba un documento en el que declara ser natural de Alcalá. Toda su vida aventurera pasa por nuestra imaginación: su estancia en Italia, su existencia de soldado, la tragedia de Argel, sus amarguras de Madrid, Lisboa, Esquivias; su comisaría de abastos; su asendereado trajín de mercader pobre; su empleo como agente ejecutivo de la Real Hacienda; su prisión en las cárceles de Castro del Río y Sevilla; su peregrinación por aquellas posadas, en las que no había otra luz que «la que daba una lámpara que colgada en medio del portal ardía», y en cuyas camas de cuatro mal lisas tablas tenía por cobertores las enjalmas de los machos y sábanas hechas de cuero de adarga y mantas de angeo tundido, y por colchón, uno lleno de bodoques...
Por las rondas llegamos al parque de O'Donnell y el Chorrillo. Los alemanes internados del Camerón toman el sol a grandes zancadas o miran melancólicos los hermosos cipreses del cementerio. No sabemos por qué esos cipreses nos han traído a la memoria la Universidad y el pálido y grave semblante de Cisneros. El alma, un poco preocupada, se abandona, no obstante, al recuerdo de esta figura recia que fue allá en la adolescencia pasada en el Seminario, tema de tantas meditaciones. Y lentamente, por San Bernardo, por San Felipe, descubrimos la plaza de los Santos Niños y entramos en la Magistral, la bella iglesia tantos años en restauración.
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Sobre el sepulcro de Cisneros los operarios han coloratIn haquetas y gorras. Toda la vastísima iglesia es ocupada por enorme andamiaje, y hace frío en ella. Sentado en la gradería del altar mayor, contemplo la obra de Bartolomé Ordóñez y pienso en el que descansa en humilde caja de muerto bajo esa fábrica orgullosa de piedra. Dentro de pocos días vendrán, con el aparato acostumbrado en estos casos, los celebrantes del centenario y habrá discursos, muchos discursos, los famosos discursos hispánicos, hueros de profunda exégesis, plagados de lugares comunes, copia matemática de lo que se ha venido escribiendo sobre Cisneros durante siglos, sin que por casualidad se le haya ocurrido a ninguno otra cosa que documentarse en los libros en que todos los antepasados se documentaron. ¡Ah! El que más, sin duda alguna que hablará de Prescott y aliviará de hechos el Archetypo de virtudes y espejo de prelados, no sin aprovechar la ocasión para hablar de la política de nuestras días y echar de menos en ellos un Cisneros... el Cisneros del auto de fe de Bib-Rambla.
Los centenarios entre nosotros son así: un homenaje ciego, alabanza a todo trapo, agresión y mordacidad contra los quo no opinen como nosotros. El De rebus gestis de Gómez de Castro y una exhumación del discurso 12 del tomo IV del Teatro crítico de nuestro imprescindible Feijoo: he aquí lo que destellará en los cercanos días del centenario. Lafuente a todo pasto; eso tampoco faltará, como no faltará una descripción del reinado de los Reyes Católicos, con alusiones al testamento Doña Isabel, leído en los Anales y Discursos varios, de Galíndez de Carvajal y de Dormer. Pero al verdadero Cisneros ¿cuándo le conoceremos?... ¿Cuándo poseeremos acerca del hosco y genialísimo arzobispo de Toledo un libro ibérico que responda al concepto científico de certeza, que nos libre de la investigaciones históricas detallistas, de las orientaciones individualistas, de las influencias filosóficas que construyen estáticamente los hechos? ¿Será posible algún día que un español que ofrezca ese libro sin sistematizaciones ideológicas, un más allá sobre Lamprecht, sobre el mismo Kurt Breysig, sobre las basa étnico-geográficas que diera Lager con tan admirable acierto a su Historia de la literatura alemana? No es posible que nos contentemos hoy en rebuscar en Lucio Marineo Sículo y Pedro Mártir de Anglería, como indica poco cuidado que se le recomienden al pueblo los dos volúmenes sobre. Cisneros de Mersollier y aun los libros de Brandier y el gran Hefele, con no haberlos superiores a ellos.
Aquí, delante de esos restos del gran Cardenal, se odian más que nunca las nubes de retórica y los aspavientos que acostumbramos los españoles a idealizar o discutir nuestras figuras históricas. ¿Qué mayor homenaje al franciscano inmortal que conocerle tal cual fue? ¿Y qué mayor escarnio para un país que derramar, al cabo de tantos años, sobre la tumba del fundador de tantos colegios, flores de fanatismo, en vez de ideas claras de comprensión? Aunque parezca mentira, no sabemos todavía cómo fue Cisneros; es decir, sabemos poco más o menos lo que los niños aprenden en sus primeras letras. Fléchier, Balbín de Unquera, Brieva, cuantos han escrito de él, no nos satisfacen. El doctor Richter, en su libro acerca de la terminología filosófica de Spinoza, nos ha demostrado qué difícil es acertar con la significación justa que debieron tener pala los filósofos los conceptos que usaron, y al mismo tiempo la necesidad en que estamos de fijarlos. Pues si en los filósofos es necesario ese estudio formidable, ¿qué no sucede en el caso de los genios de la acción? Como siempre, simplistas hasta el tuétano, temerosos de que la crítica nos cambie nuestro ídolo, preferimos y preferiremos la apologética a chorro libre, aunque nuestras ideas se acumulen en monstruosas homeomerías. Eso es muy nuestro; cuando nuestro ídolo no es aceptado en toda su deificación, parece que se le restan méritos, y antes de sentir en ello, abrumamos al icono, al kustari, de alabanzas y heroísmos con una humildad rusa. Uno de los mejores estudiantes modernos decía al que esto escribe, con cáustica frase: Nuestros compatriotas están en eso de criterio científico al cero absoluto, a la temperatura del helio líquido o a la del horno eléctrico.» Lo triste no es que sea verdad; lo triste es que se molestan cuando se les dice. Por grande que sea una probabilidad, afirma la ciencia actual, no es nunca una certeza. Nunca es bastante en la investigación. Ante el sepulcro del Cardenal se echa de menos su figura, sin duda gigantesca, pero inexplorada; tan poco cierta en su conjunto como esa efigie yacente que colocaron en la tumba cuatro años después de su muerte. ¿Cómo fue ese fraile de facie obducta, según las Epístolas de Pedro Mártir, armígero y aun desasosegado, en sentir de Hurtado de Mendoza? Podemos imaginarle a capricho de nuestra fantasía ibera; la ignorancia y la haraganería mentales del país nos han dado ese permiso, triste permiso, que ahora aquí, delante del túmulo, de nada sirve. Es decir, sí sirve; para avergonzarnos, Sólo mintiendo, sólo siendo un idólatra furibundo o un detractor contumaz podríamos imaginarnos la interesante silueta de uno de los hombres más enérgicos que ha creado la meseta española. Nos queda otro recurso: acudir a los extranjeros y leer en francés la novela de Jean Bertheroy.
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Y, sin embargo, pocas figuras habrá en la vida de los pueblos tan interesantes como la de Cisneros; tan digna de tener en inteligencia una forma concreta. Su tiempo fue el más importante período de nuestra Historia; su genio, una síntesis prodigiosa de rasgos nuestros, muy nuestros. Entre don Alonso de Carrillo y el gran cardenal Mendoza, Cisneros es él, y nada más que él. Parece imposible que un alma pueda poseer carácter más definido e interesante que esos dos prelados ibéricos; Cisneros es un más allá de los dos. No es sabio, y lo parece; no es santo, y merece serlo. Fue un sabio y santo a su modo. Hacía imprimir libros, que repartía luego en los conventos de monjas, «para que no estuviesen ociosas y quemaba a millares en Granada los libros de los moros. Cisneros es un hombre de Estado hecho en el yermo de la Salceda y sus procedimientos son los de un abad de las antiguas Lauras, en las que los monjes se contaban por millares. En efecto para entender al Cardenal-Regente es preciso leer la recopilación de las Reglas de los monjes de Oriente y Occidente, de San Benito de Anianom, o el libro de Veingarthem. Cuanto de él se refiere, bueno o malo, falso o verdadero, tiene el interés enorme de hacernos suponer un alma ibérica formidable. Su manera de convertir a los alfaquíes, xeques y demás morería en morisco, es profundamente ibérica, diga lo que quiera en su Quincuagenas Gonzalo de Oviedo. Las ediciones monumentales de la Biblia complutense, de las obras de Aristóteles y del Tostado, que fueron encomendadas a otros, le han dado a fama extraordinaria. No estaría mal que se le imitara en nuestro tiempo. Prelado el más rico de la cristiandad, empleaba su renta diocesana de 80.000 ducados en abrir escolanías. Toda su vida parece ser un alarde de energías, en las que hasta las espirituales se transforman en acción, cueste lo que cueste. La bella leyenda de la calle del Sacramento, que tan simpático le ha hecho al pueblo, debe encubrir episodios admirables. ¿Y qué más admirable que un fraile franciscano al frente de la nación más poderosa del mundo?... La más poderosa y la más difícil de manejar, ayer como hoy...
Eugenio Noel
España nervio a nervio (1924)
Colección Austral. Espasa Calpe. Madrid 1963
Pp. 229-232
miércoles, febrero 23, 2011
Madrid: una calle (Eugenio Noel, España nervio a nervio, 1924)
MADRID: UNA CALLE
Muy temprano he tomado el admirable libro Studien uber Hysterie, de Sygmund Freud, y las Neurosis de angustia, de su discípulo Heckel, y me dispongo a reflexionar sobre estas modernísimas cuestiones. Hace calor y el balcón está abierto. En mi mesa de trabajo y en pequeños facistoles tengo a la vista otros dos magníficos libros: de ese asombroso pensador austriaco Freud, Las raíces de la fantasía; otro, del enorme Jung, Der Julsall der Psychosse. ¿Quién ha encontrado pensamientos más grandes sobre los sueños, sobre las angustias e instintos sexuales? También hay por allí un libro del doctor Krueger, a quien la Asociación Ibero-Americana ha otorgado el premio Cervantes, de mil marcos: Estudio sobre la historia fonética de los dialectos españoles en Occidente; un libro del economista Trietch, Alemania, hechos y guarismos, y una hermosa monografía de Fernández Pacheco, Pinturas prehistóricas y dólmenes de la
region de Alburquerque.
Es preciso leer, documentarse, ser útil a nuestro pobre país. De pronto, en la calle la voz cascada de un viejo tartajoso dice vecindario que «anoche soñaba él y que unos lobitos le comían...» El imbécil tiento flamenco es lúgubre y odioso cantado por la rota y desmayada voz del anciano. Desde unas ventanas le arrojan monedas y risas, y el abuelo canta una y otra vez ese infame absurdo. Las gentes le burlan y le azuzan; él canta y responde con soeces insultos a los agravios que recibe. Es necesario interrumpir el estudio, porque los torpes vocablos la necia cantilena distraen el espíritu.
Apenas se ha marchado, aparecen dos pescaderas, una por cada boca de la calle. Hasta los sordos se enterad de que las sardinas y el bonito vienen hoy de balde y coleando. Sus gritos espantables, agudos, fuera de toda lógica, entran en el gabinete, en los oídos, en el cerebro, y destrozan la atención, la inteligencia y las ganas de vivir. Después, como todos los días, riñen. Se han jurado anularse una a la otra, y la bronca es forrmidable. Todos los días sucede, y se espera eso con alegría; ventanas y balcones se pueblan de vecinos, y la escena es Inolvidable, digna de una página de Sotileza. Aún no se han extinguido sus gritos y vociferaciones, cuando, salido de la tierra, surge un lastimero canto de angustia; es un golfo que vende no sé qué chucherías para burlar el asilo, y entrevera con sus ofrecimientos de baratijas peticiones de socorro hechas con voz patibularia, con una salmodia quejumbrosa de santero de pueblo, de postulante de las benditas ánimas del Purgatorio. Comiéndole los pasos llega una vieja famosa, que invariablemente hace su aparición con estas palabras: «Gracias a Dios que he llegado donde está la caridad...»; pero esas palabras son lanzadas a los tejados con alaridos imposibles, una a una, sílaba e sílaba, como si además de pedir se sintiera odio a todo lo que descansa, a todo el que trabaja detrás de las paredes de las ilesas. Pasito a paso, la vieja anda la calle, y las estrofas horribles se ensartan unas en otras como en rosario tenebroso. Cuando dobla el ángulo de la calle, el alma se siente aliviada de un peso enorme. Mas en aquel momento he ahí la voz del verdulero madrileño neto, castizo, majo y estúpido. «¡Aquí está el tío, que mañana no vengo!...», grita. Y a esta necedad rugida pavorosamente siguen infinidad de ocurrencias, que son reídas por las criadas y comadres y celebradas también en alta voz, con lo que el verdulero se crece y el lío es de órdago.
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¿Para qué cerrar el balcón? Se oye lo mismo, se oye más parece que vocean y piden más fuerte al enterarse de que el balcón está cerrado. Ahora es un guitarro y una voz varonil entera, que canta la jota como en una lifara o francachela aragonesa, no sé si mejor o peor que el célebre Royo del Rabat no sé si la jota del fantástico moro valenciano Sidi-Aben-Jot la que oyera Bretón a la Delmás en Fuentes de Ebro. Lo quo si sé es que el tal baturro tarda dos horas en recorrer la calle, y su voz llena el ámbito, abruma, aturde, enloquece. Pero al menos ese mendigo tiene voz de hombre.
¿De qué voz es la de ese tío de la guitarra, una guitarra que tiene una campanilla en la punta? El buen hombre, que Dios confunda, canta o mía o berrea, baila y toca, todo ello como lo haría un loco escapado de un manicomio. Y por si esta locura no es bastante, ahí están unas docenas de chicos que le escarnecen y emperran. Aún no está ese fantoche en medio de la calle, cuando en la esquina aparece otro pordiosero cojo que canta bulerías y hace bailar a dos niños lamentables. Grupo tenemos, y grupo que ríe a carcajadas las necesidades del postinero niño, necedades que recuerdan aquel periódico madrileño del 1820 que se titulaba así: Voces de un mudito o jocoserías de un ciudadano que, habiendo perdido el uso de la palabra 1814, herido de un aire pestífero calentón, vuelve a recuperarla con la resurrección de la Constitución.
No ha terminado este histrión, cuando desembocan en la calle infernal dos de esos voceadores únicos, de los que echan caperuzas o guindas a la Tarasca y que venden a dúo nada menos que polvos matapulgas, chinches, correderas y demás parásitos. Hay que oírles vocear para creerlo. El uno chilla espantosamente; el otro ahueca la voz hasta hacerla profundamente horrenda, y los dos, cada uno por su lado, en inagotable verborrea, recomiendan sus cajas, cuyos polvos son... «¡un reclamo —dicen ellos— y una propaganda de, la casa Thomas!... En seguidita entra en la calle el tío de las naranjas, un mozo que echa las naranjas en las cestas de las compradoras gritando cada vez más alto: «¡dos, ocho, y dos más, y seis más, y doce más; este tío se ha vuelto loco, vecinas!...» Quizá no lo esté él; pero oírle es volverse loco sin remedio. Y después de este energúmeno, aquí tenemos al carrero que vende sus verduras aullando un estupendo «; tía María!...», frase que repite millares de veces en fabordones absurdos; y a un trapero wagneriano, mejor dicho, stravinkyano, que se anuncia con un extraordinario lujo de disonancias rarísimas y extravagantes, escalas pentáfonas y hasta planos armónicos de Schoemberg o del diablo; y hasta una señora que da cacharros por trapos y los paga a quince céntimos el kilo; y a uno que compone paraguas, sombrillas, fueIles y artesones; y a un chico que vende lotes de kilo y medio de pepinos de Leganés; y a un campesino que expende ristras de ajos rojos de Pedroñeras o tempraneros de Chinchón; y un melonero de Villaconejos; y a la cangrejera «de mar y de río vivos»...
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Pobres libros, pobres estudios! Imposible trabajar. Ahí está la de las «moras, moritas, moras», con su dejo árabe y misterioso, reliquia tal vez de lejanos siglos. Y no extinguido aún su canto melancólico y oriental, que recuerda el dicho de Hanslik, de que el cambio de dos notas puede convertir una cadencia llena de distinción en una cadencia vulgar, he aquí a la ciega del acordeón con su señora madre, las que toman dulce asiento en cómoda silla de tijera y comienzan..., sin acabar nunca, el nunca bastante bien alabado «gitanillo»... Sin acabar nunca he dicho; Guyau, en su libro Génesis de la idea de tiempo, no ha contado con esta clase española de pordioseros que acaparan el tiempo de los demás y lo hacen con tal satisfacción, que más parece espíritu de sacrificio y prenda de su orgullo españolísimo, ese orgullo personal que Martín Hume nos ha echado en cara no poder fundir, en alguna causa común, con el del prójimo. Y nunca se marcharán de allí madre e hija si no las arrojan un grupo de mendigos, machos y hembras, que en coro abracadabrante soliviantan la vecindad con las estrofas del «Mimosa, mimosa» y el «Agua que no has de beber...». La aparición y divulgarización de estas coplas callejeras es uno de los fenómenos más curiosos de Madrid. Es un día cuando un pilluelo atraviesa la calle silbando y balbuceando la canción; pronto la cantan y silban los demás chicos, salmódiala malamente un pordiosero cualquiera, la tocan los organillos, la repiten cien veces las criadas, la oye uno tararear en todas partes, se cuela de rondón en todos los repertorios de los pedigüeños, vagabundos y miserables, y un día cualquiera siente uno que, sin quererlo ni desearlo, se acuesta o se levanta sabiéndose de memoria la dichosa canción, la odiada canción. Después de eso tormento es terrible: todos los días, a todas las horas, en todas partes, esa canción nos sigue, nos apesadumbra, se mete en todos los escondrijos de la conciencia y del cerebro, nos prendemos muchas veces recordándola, la oímos a nuestros amigos, no hay ya quien no la sepa, la explote o la grite... Por eso al oírla en la calle los ojos se enturbian, los labios se enfurecen, dan ganas de salir al balcón y apostrofar a los que viven de repetir millones de veces esas funestas y cargantes melodías. Las letras de los libros desaparecen a medida que en la calle cantan; esos labios misteriosos que hay en nuestro cerebro se burlan de la conciencia repitiendo las estrofas memas, la música imbécil... Desde Kapila y Patandjali hasta Boustroux y Cohem no hay filósofo que no se haya ocupado eso; pero ¡oh Fustel de Coulanges, que nos has revelado ciudad antigua! ¡Oh Starke, que nos has revelado la familia primitiva! ¡Oh Spencer, que nos has revelado la moral de los diversos pueblos! ¡Oh Letourneau, que nos has revelado la psicología étnica! ¡Oh Gidins, oh Atkinson, Lubbock y demás ¿En qué país antiguo o moderno, y en qué ciudad se ha martirizado a los que trabajan con la explotación de esas canciones, de esos gritos, de esos voceamientos en tonos indescriptibles, capaces de revolucionar toda la filología comparada de un Saice, toda la penetración ibérica de un Oliveira Martins?...
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Pasan tranquilos, inexorables, absurdos, tres mancebos chuIones, organilleros retirados o personajes escapados de una novela castiza, con las caras de apaches de Picasso, o de presidiarios de Van Gogh, o de caídos de Solana. Estos sujetos vocean escandalosamente periódicos nada populares, y los vocean andando despacio, deteniéndose con misterio y pronunciando las palabras con tremenda y sugeridora fuerza: magna testatur voce per vias. Los balcones se llenan de gente. ¿Qué pasa? Y los tres ululan estas frases siniestras: «¡El Tal, con el extraordinario del misterio de la mujer asesinada en las tapias del Pardo... !» Es preciso oírles en esas frases las palabras «extraordinario» y «asesinada»; no es posible llegar más allá en la médula del escalofrío, de lo imprevisto, de lo salvajemente espantoso. Cuando les compran un número no dejan por ello de vocear, ni miran siquiera al comprador, serios, solemnes, como si al dar el número dieran algo de ellos mismos... Son lo que son ; los primeros voceadores de periódicos del mundo, y... ¡ olé !... ¡Pobres estudios, pobres libros! Esa mujer, que no fue asesinada jamás en las sugeridoras tapias del Pardo; ese periódico, que no es extraordinario, rompe una vez más la severidad del esfuerzo mental; la pluma se detiene sobre las cuartillas, horrorizadas; las tímidas ideas se esconden apresuradamente en trama inextricable de los axones de las neuronas hasta que se el vocerío. Pasa el vocerío y... viene el afilador, el buen y sufrido gallego, con su rueda arreada con todo, con su pasta de esmeril, el vivo y el nogal, su pizarra plana para asentar el filo, y sobre todo con esta sola condición acústica: que se oigan sus castraderas en los pisos más altos. El dios Pan no conoció sea tablilla de boj con doce agujeros de profundidad variable y que produce el sonido más penetrante y turbador que pudiera Imaginarse. Y detrás del sufrido capador de gatos, he aquí el comp00000ner tinajas, artesones y barreños»; al «de Jarama vivitos»; al de las «esteras y pleita fina»; al tío de las sartenes, al tío de la vajilla o lote de cacerolas de porcelana; a la ciega que aúlla: «No hay prenda mejor que la vista», y describe despacio y realista «lo que es haber visto y no ver...» Y como si esto no bastase, ahí está el hombre de las toallas: «¡Hay que ver la toalla que voy a dar por dos reales!» Y el cojo y manco de los alfileres, que vende diciendo: «¡Por Dios, señoras!»... y al que los chiquillos le increpan así: «Para la querida, ¿eh?» En el barandal de un balcón un niño llora sin consuelo, le han encerrado, y su llanto dura horas y horas. Los chicos de la calle insultan a la centenaria que vive en ella, y a pedradas la rompen el pucherito de comida de casa de la Marta, con el que vive todo el día. El piano del bar no cesa; incansable e inagotable toca el pasodoble del Gallo, el vals de La viuda alegre, Gigantes y cabezudos, Marina... La mujer del solar llama a grandes voces a sus hijos durante horas seguidas. Las niñas juegan al corro. Los niños cantan lo que todos los pordioseros cantaron antes. Un desbravador o chalán prueba en la calle los caballos. Y en una casa de huéspedes que hay enfrente, un tenor presunto berrea sin descanso el «murio disesperato» de Tosca.
Eugenio Noel
España nervio a nervio (1924)
Colección Austral. Espasa Calpe. Madrid 1963
Pp. 184-189
martes, febrero 22, 2011
San Saturio en Soria (Eugenio Noel, España nervio a nervio, 1924)
SAN SATURIO EN SORIA
Pocos sitios tan interesantes como el cenobio de San Saturio en Soria. Aun después de la impresión producida en el alma por el claustro de la Colegiata de San Pedro y los arcos de San Juan de Duero, la visión de esta especie de anachoristyrion del monte Athos queda profundamente grabada en el recuerdo. A la izquierda del Duero, sobre elevadísimo sistema de riscos escarpes, la piedad de varios siglos —esa piedad de leyenda dorada a lo Vorágine, a lo Simeón Metaphrasto, a lo Juan Moscho— ha ido levantando en el aire y empotrando en los salientes y concavidades de las rocas un edificio singular. Consiste el célebre eremitorio en una serie de construcciones de ladrillo, piedra y yeso apoyadas en la montaña sagrada —una minúscula Hagión Oros—: Las paredes que dan al río son de un encanto indecible, de una curiosísima y sugeridora trama griega o maronita, o de lauras de San Sabas en el torrente del Cedrón; estampas del Serval, páginas de L'Afrique chrétienna, de Lecrercq; de Harnach en Das Mönchtum. Pero en esas paredes altas verticales al río no hay koinosbios, no hay vida común monacal, no existen esas balconadas o miríadas de ventanas que distinguen los monasterios inmensos orientales, donde «el que trabaja reza», según la bella frase de Benito de Nursia; son aquellos paredones recias mamposterías castellanas que siguen las grutas internas que habitara San Saturio, con pocos boquetes al exterior, aunque ese paisaje sea, como el del Duero por aquellos sitios, de una aspereza y rigidez de regla de San Basilio. He aquí lo que un alma estudiosa puede profundizar en la ermita soriana: la diferencia entre el fiero individualismo de nuestros anacoretas y la vida en común de los cenobitas da otras partes. La vida de San Saturio es una vida enteramente, nuestra; la historia de un santero, de un campesino iluminado que nada quiere con nadie y al que todos veneran porque necesitan de sus intercesiones. Él va pidiendo de puerta en puerta, y todos le piden a él. Le dan panes, y él da oraciones; si, al ir a la ciudad en busca del pan, el río viene crecido, Saturio pasa a pie enjuto sobre las aguas furiosas del río; toda su taumaturgia será parecida a ese prodigio, será algo necesario, una maravilla de la voluntad. Todo el interior de la célebre ermita responde a ese criterio de santidad ibérica, desde la sala capitular de la Hermandad de los Heros hasta la gruta profunda y realmente macabra que durante tantos años conservara los huesos del ermitaño. Hemos pasado varios días en esos edificios sombríos estudiándolos y, poniendo aparte los convencionales cuidados de los que hoy viven de enseñar la laura; todo allí es nuestro, ibérico: las habitaciones donde se tiraron a veces los obispos en ejercicios espirituales, las cocinas de los santeros actuales, las escaleras subterráneas, los pasadizos, antros, recovecos y capillitas. No hay un mueble que desentone de nuestro carácter ni una ventana que no esté Orientada magníficamente. Rejas, cuadros, mesas, bancos, sin que nadie se haya puesto de acuerdo en conservar su recio modo de ser, sin que ello sea una de esas «casas del Greco» o de otro tal, tienen un carácter inconfundible. No son cosas de épocas; son cosas de siempre, de esas cosas nuestras que participarán eternamente de nuestro modo de ser contemplativo, sobrio y huraño. Escribimos aquí varias tardes en nuestro libro de santos Sobre oro bizantino, creyendo que el lugar se prestaría a reconstrucciones y estilos viejos, y no fue así. Estos sitios son lugares nihilistas, de quietismo priscilianista o de molinos, con tinieblas vivas y alejamiento total de la vida, no porque ella conturbe espiritualidades difusas, sino porque lo mejor de lo mejor es no pensar en cosa alguna. Estas cartujas individuales son de una extraña singularización en la historia monástica. Parece en realidad que el que aquí se sepulta lo hace por vivir alejado de todo, hasta de Dios mismo. Al poco tiempo de permanecer en estas cavernas molesta enormemente oír hablar, y la misma palabra interior calla azorada. No es miedo, ni edificación espiritual, ni soledad inefable; es, sencillamente, que no se siente ansiedad alguna de hablar o de oír. «¿No sirves para nada? —dice un proverbio de la gente griega—. Hazte pappas.» Nuestros ermitaños, y más que ninguno los convertidos en santos y en patrones de ciudades, podrían añadir a ese irónico adagio vulgar excelentes páginas de alma de raza. La prueba de todo está en que la veneración de las generaciones entiende las cosas tan soberanamente bien, que si el santo resucitase no echaría de menos las desnudas paredes de la gruta donde vivió, y con gusto acogería las edificaciones nuevas, los utensilios y mobiliarios. Esta clase de renunciaciones cae de una manera excelente en las almas ibéricas; todas harían lo mismo a serles posible. Hasta la facultad de hacer milagros se comprende como fácil cosa. ¿Qué puede maravillar a un espíritu que no se asombra de su propia existencia y que reza para que los demás ganen el más allá cuanto antes sea factible? Indudablemente hay en eremitorios como este de San Saturio nuevos modos de ver nuestra originalísima visión religiosa, nuestra vida afectiva, nuestro, realismo sentimental, nunca más fieramente acusado que cuando alguno los nuestros se siente con vocación de hacerse solitario. Entonces, como ahora puede comprobarse aquí, es cuando proyectamos sobre las cosas esa especialísima manera de ser que las hace más ásperas, rígidas, secas, que ellas son en sí. Valen bien la pena santuarios como éstos. Siempre que se miren con nuevas actuaciones al visitarlos y no como peregrinos de un sentimiento helado en dogma.
Eugenio Noel
España nervio a nervio (1924)
Colección Austral. Espasa Calpe. Madrid 1963
Pp. 134-136
lunes, febrero 21, 2011
Día de mercado en Barco de Ávila (Eugenio Noel, España nervio a nervio 1924)
Hoy lunes es día de mercado en Barco de Ávila. ¡Y- que tenía yo ganas de conocer al tío Pitacio y al viejo de los cejiles!... Aquél lleva sobre los hombros más de ochenta años, que hayan conseguido encorvarle las espaldas, de huesos duros como los cuernos de la cabra hispánica que ramonea los brezos de los canchales y roquedas del cuchillar del Güetre. Y de éste del viejo de los cenojiles, ¿qué he de escribir sino que viéndole en carne y hueso no parece que le queden ya dos onzas de uno y de lo otro? Sin embargo, bastante le importa a él venir del mismísimo Ameal de Pablo o encaramarse hasta el boquete de la Portilla de la Ventana. Con sus piernas torcidas sus chichas magras de sebo ahilado y ese andar bobo de viejo macho potroso, capaz es de desafiar a un pastor del Treme y apostarse un buen compango a que pasa del puerto de Tornavacas y se planta bonitamente en el mismo Plasencia. De la cabeza ya no hay que hablar; los pelos clarean en ella como los cañizos en la monda de un calvijar, como las gamonas a por el callejón de los Lobos en la sierra de Gredos.
¿Y hambre? ¿Quién come más, Pitado o él? Ninguno ha conocido la más ruin maldad de barriga, y sólo Pitado ha padecido acedía; pero eso hace muchos años, en los chozos, cuando con las marujas del arroyo se colaban ortigones y engorda-lobos, cuando entre las achicorias y cardillos se escapaba alguna hierba aceda. Y eso que hay que ver cómo está a veces el unto de la oveja modorra o la res muerta del lobado. Pero ¿qué habrá que no cure el agua de los chortales y de las cavas, el agua mansa del canchal encerrada entre rodales de enebros y bines? Mejor lo cura el trago de clarete, en sentir de Pitacio, y no haya por eso cuestión, que él bien recuerda lo majamente La sabe el vino en la cuartilla de cobre o en el jarro de los para redores. Pero eso ya lo veré a la hora de la comida, porque comeremos, cuando caiga la tarde, en una venta cerca del puente romano, no lejos de la ermita del Cristo, un Cristo de historia, más feo que el Cristo de San Juan de Barbalos. ¿No se la historia de ese Cristo? Pues sucede que cuantas veces se le han llevado ha vuelto él solo a la ermita. No lo dudo un Instante. ¡Es tan hermoso el panorama que se ve desde ella!... No es por eso por lo que vuelve el Cristo; pero... ¡cualquiera escribe por lo que vuelve!..
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Voy por las pintorescas rutas de Barco de Ávila entre tío Pitado y el viejo de los cenojiles y no me canso de admirar a los dos. ¡Cuántas cosas saben y qué buenos son! En la casa de Carlos V los dos abuelos beben de firme a la salud del emperador, cuya casa es hoy mesón simpatiquísimo, de jugosa traza castellana. ¿Quién no conoce al viejo de los cenojiles? Todos le saludan y charlan con él picarescamente, con esa libertina satisfacción con que se habla a los viejos en Castilla y con la familiaridad e ironía que les permite el traje excepcional que lleva. Porque este abuelo de nervios de acero es un cromo vivo y no viene al mercado si no es vestido con el traje antiquísimo de los campesinos del país. Hasta en Londres han exhibido los audaces exploradores de la sierra su imagen arcaica, tan atrás en los mismos recuerdos, que los más viejos, al verle, desorientados, ríen. Pitacio le encuentra grotesco. Esas borlas arzobispales que cuelgan del tarteño, los blanquísimos y calados deales, el contraste brusco del color del calzón de estezao y el color de Id chaquetilla, la faja, los carranques, los cenojiles, los cintajos que le cuelgan por todos lados en la ropa, los enormes botones, todo eso es lejano ya. Aquí mismo, entre los serranos y gentes que vinieron al mercado, hay tipos provinciales de severa silueta vestidos de negro, con sus polainas, faja, sombrero y traje negros. Pocas borlas, pocos cenojiles...; la raza ya no está para eso. La raza, sí; pero este abuelo amigo, ¿qué tiene que ver con la gente de hoy? Allá en las faldas de la sierra, donde vive, viste siempre así. En el tojo de los tozales, en las cantaleras cantizales, en las trochas, neveros, turberas, nebredas, en los oteruelos cubiertos de piornos y gayubas, a la sombra de las bardas de los corrales, este viejo viste con esos colores rojos con esos trapos llamativos, acairelados, que tanto ama. No es mendigo, no pide, tiene dinero; él viste así porque... Se he preguntado, y no sabe por qué. La buena gente le cree algo mochales, algo «ido», como ellos dicen. Mas el caso es que cuando quieren retratar a un serrano típico le buscan a él, él viene andando, andando, desde su pueblo, con las piezas bordadas envueltas en un papel, bien dentro de los alzapones de la atacadera para que no se pierdan o manchen; luego, en Barco, se las pone cuidadosamente. ¡Ah, eso no se sabe en Londres! Allí vieron su imagen al pie de estas divinas sierras; pero su alma, el alma de raza que conserva en su pecho, el amor fier de esos viejos trapos, eso no se fotografía.
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Pitacio me señala unos mozos bravucones: son de Villarejo de Salvanés. Debía ir por allí cuando las capeas. Se ponen a la salida del toril, en dos filas, los mozos armados de pinchos y rejones, y el toro no llega nunca a los últimos, por lo que los mozos se pelean por no estar en los últimos puestos.
Contemplo detenidamente a estos machos iberos de gesto sinvergonzón y modales de pingüino. Parecen asustados, y una nonada los separa de la procacidad más agresiva. Su recia cara cabileña tiene, sin embargo, ese nosequé de la gente de nuestra raza, amasada con simpatía y nobleza de irresistible atracción.
Han venido al mercado serranos y campesinos de centenares de pueblos y majadas, de esos pueblos que tienen nombres serios, de caminos de ganados, de extremaduras y pastizales, de reses y saronas, de santos cuyas advocaciones costaría trabajo hallar en cualquiera de los cuatro Martirologios.
Por todas las calles pasan estas familias, seguidas de reatas de buenas bestias, menos cargadas que lo que pueda suponerse y en número desmesurado. Son animales muy bien cuidados,porque estos mohedinos trashumantes y mesteños poseen los pastos mejores que pudieran desear para sus bichos.
Ellas, las mujeres, lo son todo. Si él, el macho, quiere alguna moneda, habrá de pedírsela a su hembra, acto que exige un valor inconcebible. ¿Será por miedo o por espíritu de sobriedad por lo que estos hombres gastan lo menos posible, lo absolutamente indispensable? Por las dos cosas. En los almacenes,' ellas compran y ellas pagan; los hombres lo ganaron antes y su misión terminó ahí. En la plaza, mientras ellas compran y venden, ellos forman grupos, en los que se habla poco, muy poco. Es muy avaro de sus palabras el campesino, el ribereño, el guarramés. El serrano habla menos aún. El pastor ha perdido el uso de la palabra en las galianas, en los cabanilos, en los cordeles, en las adradas, en las cañadas, en los puertos...
Lo que inmuta en este mercado es el silencio de todos. Nadie llama a nadie. Ahí están cerca de sus mercancías, de sus sacos, de sus paños, inmóviles como vendedores moriscos. Sus grandes ojos pardos, tan grandes que observados de lejos parecen negros, miran al probable cliente con fijeza indiferente. Parece más bien que observan, que han venido al Barco para saciar una curiosidad. Les han hecho así las montañas, las escabrosidades de los gargantones, de los cuchillares, de los asperones; la quietud glacial de las lagunas cimeras, las escarpaduras, las cresterías, los cabezos, los despeñaderos, los guijos enormes desgarrados de los ventisqueros y de las cumbres gnéisicas.
He ahí esa mujer que lleva tanto tiempo sobando y desdoblando el paño fino de Béjar, el veludillo, la bayeta, el castor, el paño grueso de Garrobillas; ¿qué le importa al vendedor, que la contempla como si nada le fuera en ello? De vez en cuando, preguntado por el precio, responde secamente; la compradora no se molesta por ello.
No es una postura indolente la que tienen, es una postura extática. No vocean el género, no tratan de animar o traer a los compradores. Si han de venir, ya vendrán, y en paz. Si la torta, o el trigo, o el farinato, o el calambueche han de venderse, se venderán, ya pasarán delante de esas cosas los que las necesiten.
—Esos pastores son del Tremedal —me dice Pitacio—; el año pasado la nieve cubrió el pueblo y vinieron a pedir auxilio. Pero la mayor parte del año se quedan solas las mujeres y el cura; los hombres se van con los ganados.
Y el abuelo Pitacio envidia de corazón la suerte de ese cura.
Son esos pastores hombres muy fuertes, reservados y noblotes. Su figura, pintoresca para el hombre de la ciudad, es, para quien siente más adentro las cosas, todo el nervio de una gran raza que se pierde inestudiada e incomprendida. Esas caras bajo el ala desteñida del tarteño recuerdan los rostros de nuestras máscaras ibéricas. No todas, claro está; hay en esos rostro. serranos tristes señales de degeneración y miseria; algunos tienen bocio; muchos parecen restos de hombres de hierro; todos son figuras contrahechas y rotas, como las que los hombres de los tiempos mesolíticos nos han dejado en sus pinturas rupestres.
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—A ése le sucedió —me cuenta el abuelo— una cosa que fu muy «soná». Un día los vecinos de su pueblo oyeron que gritaba la sobrina. Subieron como pudieron a casa del cura y lo tuvieron que quitar a palos de encima de...; pero a palos: tenían que pinchar con los dientes de las horcas en salva sea la parte para que... En fin, ya comprendo...
Mucha gracia me hace este sucedido; he ahí un buen sacerdote ibérico, a quien no desagradaría el viejo culto nuestro del dios Endobélico de Évora. Y se comprende que la carne se rebele; estas lugareñas, hijas de la chata recia del Arcipreste de Hita son mujeres muy hermosas, de una belleza picante y rolliza con la falda muy corta, como las mujeres de Pinohermoso y Oliva. Además... las sienta tan bien ese sombrerito de paja tan cuco, tan parecido al famoso gorro de los Frigios...
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Un encanto para los ojos las escenas del mercado. En otro sitios el interés consiste en la charla y trámite de las transacciones. Pero aquí estamos a mil nueve metros sobre el nivel de mar, y el pico del Almanzor arroja una sombra de hielo sobre la ciudad. Lo que distrae y embelesa son estas caras únicas, estos trajes que detienen en seco vuestro paso delante de ellos, hasta que os miran esas caras con la misma extrañeza que vosotros a ellas y concluís por reíros sorprendidos como niños.
Bravamente se defiende el céntimo en las compras. Hasta sacar el dinero de las profundidades de la faltriquera, allá bajo séptima falda, cuántas miradas, cuánto cálculo, qué sombrías meditaciones. La bella cara se frunce dentro del sombrero de paja, y con el género en la mano, sin decir palabra,medita largamente. El marido, al lado, mira y calla, sin saber dónde colocar las manos.
En los bodegones, oscuros establecimientos de comidas, los serranos, sentados en larguísimas mesas sucias, matan el hambre con los guisos más raros, los cochifritos y las chanfainas más increíbles del mundo. Y sin hablar, siempre sin hablar. ;Si apenas el vino abre aquellos labios! ¿Hablar, hablar?... ¿Y de qué? ¿De las famosas judías de la ribera? ¿De las bellezas de esa sierra de Gredos, ahí a dos pasos, cuya vista desde el Tormosmo, desde el arco de las murallas, es uno de los espectáculos más bellos del universo? Oir, oyen. Por la ciudad han oído que esas montañas pueden ser una mina de oro. Hay que atraer forasteros, que vengan por aquí cuando visiten la sierra, los famosos picos, en vez de irse por Hoyos del Espino. Pero todo eso no les importa mucho.
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Los toros están fuera de las murallas, y desde donde están los toros se ve el panorama de las montañas. Barco de Ávila está dentro de ellas, y pocos pueblos podrán enorgullecerse de su posición como Barco de Ávila. Los ojos se clavan en los picos del célebre circo de Gredos, y subyugados por la grandeza de la perspectiva, miran incrédulos tanta majestad, poesía tanta... Altas, muy altas, aquellas montañas nevadas parecen, por lo inaccesibles, una ilusión de los sentidos. Luego, a fuerza de mirarlas, se las juzga altas siempre, muy altas, pero muy cerca. La sensación es tan profunda, que priva de todo juicio. Sólo mintiendo puede decirse qué se siente contemplando desde las dehesas aquellas divinas cimas. Sucede entonces lo que a los serranos. El alma se queda muda y sólo tiene energía bastante para ver. Son montañas altas, que se suceden escalonadas hasta la cima del Almanzor, y el aire pone entre ellas toda su incomparable gama de matices azules, de clarísimas aguas de piedras preciosas. ¿Qué importa que nos digan al oído que aquello es el Almanzor, y aquello el Ameal de Pablo, y Cuchiliar de las Navajas aquello otro, y Mogota del Cervunal lo de más allá, lo de más acá los Hermanitos y el Risco de la Ventana, y la Cuerda de los Galicharones y la Serrota?... De poco sirve saber cómo se llama tanta belleza. Eso hay que sentirlo, verlo, contemplarlo, sacarlo fieramente del estúpido nominalismo que embrutece nuestros conocimientos y seca la fuente de le felicidad. El alma quiere subir: he ahí lo que siente el alma ante las montañas como Gredos, subir hasta allí, hasta el piel más alto, a ver si desde allí aclaramos un poco nuestros turbios destinos, nuestras rudas ideas de luchadores por la vida.
No sé quién nos trae a realidad: es una voz amiga que lamenta ibéricamente, en tono de trisagio franciscano.
—Barco de Ávila — dice— podría enriquecerse a costa esas montañas; pero ¿quién es capaz de instaurar aquí los procedimientos suizos?
—No hay energía —afirma un señor.
Pitacio y el viejo de los cenojiles miran las montañas y callan. Son hijos de ellas y las aman, sin comprender otra cosa más, ni el amor que por ellas sienten. Y como ellos, los serranos todos.
—No hay energía, no hay energía —vuelve a decir el señor que habló antes—; estos campesinos, estos serranos están incrustados en sus montañas; son incapaces de sentir su belleza las temen y las necesitan.., pero no tienen redaños para explotarlas.
Al llegar a la Plaza Mayor sentimos un barullo inmenso. donde todo era antes quietud es ahora huracán de gritos, polvo, de carreras y de voces. Un guardia civil saca, entre muchedumbre excitada, agarrado cada uno de un brazo, a mozo que escribe en los periódicos y a un cura...
Parece ser que el cura se ha subido encima del mozo y ha pateado sin piedad porque el pobre escribidor había dicho en letras de imprenta que el talento del cura no era «com para llegar a obispo».
Y he aquí cómo estas montañas han desmentido la falta energía de sus hijos.
Eugenio Noel
España nervio a nervio (1924)
Colección Austral . Espasa Calpe Madrid 1963
pp.84,90
viernes, febrero 18, 2011
El águila sobre Numancia (Eugenio Noel, España nervio a nervio, 1924)
EL ÁGUILA SOBRE NUMANCIA
¡Oh bellísima frase de Virgilio: Spirantia mollius aera...! Las águilas, ha dicho el pastor, vuelan solas. Y esa ave es un águila. Durante mucho tiempo su gran mancha negra voló lenta sobre el cauce del Tera; luego, planeando con la majestad de un velívolo moderno, cruzó, en altura inaccesible a otro pájaro que a ella, el pueblecito de Garray. Ahora está sobre nosotros, a pocos metros, en estas laderas del cerro de Muela, el más sugeridor de los alcores españoles.
Embelesado la miro. Es negra, de un negro de nada, y no tiene, como la myrsaeta calzada del Guadarrama, las patas cubiertas de pluma, ni el copete de cerdas en el pico. Un rayo de sol amarillea en su cabeza y en el borde de las alas.
Como si sintiera el deseo del alma, el águila no se va, y lenta, tan lenta, gira varias veces en torno del monolito erigido en honor de los numantinos. Coincidencia deliciosa, que transporta al corazón muy lejos: ¡esta águila volando sobre las ruinas sagradas!
Viene de pico Frentas, la proa altísima de la paramera triásica anclada a la vista de Soria; el pastor sabe que viene de allí. Sabe que no es una rapaz perdicera de las del vuelo terrero, ni un águila albeante, ladrona de lebratos: es águila serrana, de las que anidan en rocas y no en árboles, como los buitres pelones, de las que luchan con los mismos guardianes cuando la paridera.
Sea lo que quiera, su visión es adorable, y al verla tan cercana se olvidan los tiempos ibéricos que el sagrado lugar despertó en el amor de la raza. La bellísima ave, más bella así en la realidad de este día de sol que en las estilizaciones líricas, que en las heráldicas, llena el alma toda. ¡Oh, que no se vaya, que no se marche, aunque haya venido al olor de, la carroña de alguna bestia abandonada! Esas alas inmensas, que veo tan cerca, inspiran al corazón una fuerza radiante, comunican energía sana. Su masa poderosa, negra, de contornos de oro; sus plumas enormes, que parecen de bronce, no debieran alejarse de los ojos jamás…
Pero ella se va...; pronto es un punto nada más en el panorama estupendo, en el telón de montes claros que corre desde la nieve de la Cebollera a la nieve del Mons Chaumus, donde los romanos de Graco derrotaron a nuestros inaferrables nómadas. Cuesta trabajo olvidar la silueta de la rapaz soberbia, hacerse a la idea de no verla otra vez sino a través de las fría palabras de un Willonghbi Verner... Allá en el viento, cuando ya era alta, parecía escapada del astil de una enseña de legión romana. Cuesta ahora trabajo traer a la memoria los libros que nos hablan de este cerro ibérico después de haber visto viva esa águila sobre la ciudad desenterrada por Saavedra y Schulten.
¿Cómo verá ella estas excavaciones y piedras, estas calles venerandas? Otras águilas contemplaron la ciudad altiva e indomable en todo su esplendor racial, esa ciudad carbonizada, que hoy reaparece, bajo la ciudad latina, movida por la mano sabia de Mélida. Vendrían esas águilas, como ésta ha venido, desde las ramificaciones del Idúbeda, desde los aledaños de las viejas sierras, que entonces tendrían esos nombres raros leídos en la Geografía antigua, de Forbiger, en los geógrafos latinos, de Riese, en los geógrafos griegos, de Mueller... y sorprenderían las hazañas numantinas, los gestos de aquellos héroes cuyas palabras, transcritas por Veleyo, son todavía medula de nuestro genio; cuyos actos, admiración de Plutarco, aun hoy, que todo palidece en el poniente de nuestra inercia, son gloria regia.
No hay preocupación más excelsa que saber cómo ha sido la raza que habitó el país donde nacimos. Estas piedras redondas, pulidas y meladas como tobas de arroyuelo serrano; estos solares diminutos, delineados en la llambria del altozano, como esperando el genio de un Adler o un Eustache que las reconstruya en ideales líneas evocadoras; estas callejuelas tan científicamente desenfiladas del cierzo duro de la meseta... ¡qué caricia son para un español!... La curiosidad viajera calla azorada, se inerva ante la ciudad que reaparece; la imaginación misma no se atreve a soñar. Hoy no se sueña sobre las ruinas, un modo de profanarlas; no se las llena de sombras estúpidamente vagas; estas ciudades sobre las que aún vuelan las águilas sólo necesitan de nosotros él homenaje de la verdad.
¿Cómo fueron los hombres que las habitaron? Y saberlo; no soñarlo. Saberlo como Schliemann supo lo que era Troya en los aluviones de Hissarlik; como Tsountas, Evans, Mélida, Siret, Cerralbo, Simancas, saben estas cosas, descubriéndolas por excavaciones pacientes, más allá de la capa romana, más allá de la capa de ceniza en que se calcinaron los huesos de Lencon, Ambon, Litenon, Megara y Retógenes...
¿Volverá el águila negra? Ella sobre las ruinas era como una aparición fascinadora. De aquí fueron los hombres que llevaron a Aníbal por la vía Domita del puerto de Perthus, hombres de sierra, hombres que fueron como esa águila es. Riepert y Mommssen hoy, como ayer Tito Livio y Silio Itálico, nos hablan de estas cosas. Días aquellos de Mela, de Amiano Marcelino, de Dion Cassio y Orosio, de Ptolomeo y Solino... Aquí chocaron dos civilizaciones, una que era como la síntesis de las epopeyas orientales, otra que tal vez... tal vez..., ¿por qué no?, era el reflejo de aquella Atlántida ibera de que Platón, en el Critias, y Dionisio de Mileto cuentan grandes périplos... Aquí se extinguió probablemente el genio ibero para refractarse en mil direcciones distintas. Y es aquí donde, a través de la epopeya de sangre y de renunciación, pensamos en el ideal de acertar con nuestros orígenes raciales.
Nada semejante al placer y al asombro de los hallazgos en las ruinas sepultadas celosamente por los sedimentos. Ellos no mienten; no son teorías: son hechos fósiles; no son lirismos cantados con un labrys de rapsoda, sino reconstrucción viva. Hay que contribuir con estas revelaciones al esclarecimiento del libro tercero de la Geografía de Estrabón. Hay que vencer la miserable fatalidad que ha querido privar a los españoles del conocimiento exacto de su pasado. Porque nada sabemos de él, porque no hemos podido siquiera descifrar el alfabeto ibérico. Todo, todo, menos estas excavaciones, sueños son.
El águila viene con frecuencia a esta vieja Nenaeto, de la que siempre se alejan las tormentas, los torbiscos y los algarazos. El pastor lo dice, y es verdad; el cerro inmortal se ve libre, gracias a su situación, de las nubes malas que las montañas se envían unas a otras sin atreverse con él. Plinio, en su Historia Natural, dice que pasaba otro tanto enredor de la estatua de Minerva en Nea y en el templo de Venus de la isla de Pafos. Gusta el pecho aspirar desde la Muela santa el aire vasto de la perspectiva, lanzar a ella su deseo y sentir que un día hubo en el sagrado mamelón soriano raza fuerte cuyo espíritu es todavía ejemplo. El concepto del mundo, antiguo ha variado totalmente, los descubrimientos arqueológicos de Nínive han hecho derivar los conocimientos a aplicaciones nuevas, y sólo queda para el alma el amor a la verdad, el criterio de estudiar las rosas que, avara, guarda la tierra misma...
El águila viene con frecuencia aquí. Y es encantador haberla encontrado un día que visitamos este sitio, uno de los pocos que todavía merecen en España el adjetivo de venerables.
Eugenio Noel
España nervio a nervio.
Colección Austral. Espasa Calpe . Maderid 1963
pp.43-45
jueves, febrero 17, 2011
¿Burgalesismo? Comunicado de las Juventudes de CIBUCV
JUVENTUDES DE BURGOS
En los últimos meses, la obsesión de los diferentes partidos políticos por ver quien parece más burgalés de cara a los electores, esta dando lugar a situaciones extrañas además de un cierto toque tragicómico, como ejemplo:
Desde el PCAL (antigua Tierra Comunera también llamado PCAS), se enherbola el Burgalesismo como algo fundamental en su programa, atacando descaradamente al gobierno de la GRAN PUCELA, cuando no lo olvidemos y esto es lo cómico (Que dirán desde Valladolid y Toledo el resto de afiliados), es la mano que les da de comer, y que como su propio nombre indica PARTIDO DE CASTILLA Y LEON, el engendro que oprime a los burgaleses y por tanto a la Castilla Vetula, los burgaleses jamás olvidaremos lo que estos señores hicieron a nuestra tierra desde las Cortes PUCELANAS, nuestra Diputación y el ILMO. Ayto. De BURGOS, dejarnos 4 años sumidos en la vergüenza y el desgobierno.
Mas llamativa es la actitud de UPyD, partido Neo-Nacionalista-Izquierdista, que confunde a los burgaleses con un discurso también de marcado carácter burgalés, rechazando cualquier intromisión o ingerencia PUCELANA en los asuntos de la CAPUT CASTELLAE, cuando es un partido escindido del PSOE, de carácter ultranacionalista, que no cree en el sistema autonómico y por tanto jamás moverá un dedo frente al gobierno PUCELANO en defensa de la CASTELLA VETULA o de la CAPUT CASTELLAE, dirigido por un magnate empresarial, mezclado con sindicalistas, un discurso poco creíble o mejor dicho nada digerible por el burgalés de a pie.
Tras esto, ya que queda por decir tanto del PP y el PSOE. Cuando pongan su maquinaria en marcha, para volver a someter al noble pueblo de esta nuestra tierra, bajo las garras despiadadas del los verdaderos amos y señores de la GRAN PUCELA (VILLANUEVA y en especial LEON DE LA RIVA), mientras, tanto Vigara como Juanca esperando un buen retiro, pero en especial Juanvi, Lacalle y Escribano luchando por las migajas y sobras del espolio, y decidir quien se convierte en nuevo, Emperador PUCELANO o en el VALÍS de la muy fiel ciudad de BURGOS.
En las Juventudes de Ciudadanos de Burgos, estamos artos de la discriminación y expolio al que se somete a la Castilla Vetula (BURGOS), por extensión hacemos la misma reclamación a favor de la Extremadura Castellana (SORIA), puesto que la falta de infraestructuras y comunicaciones que sumen a nuestros pueblos en un total aislamiento, haciendo peligrar el desarrollo económico y social de nuestras provincias, solo como ejemplo ver los mapas de infraestructuras de los últimos 30 años en los dos territorios, junto con los de la distribución poblacional en el mismo periodo de tiempo.
Del saqueo PUCELANO, tanto en población, industria, servicios y cultura, como ejemplo el P. Tecnológico, el Hospital privado, la Ciudad de la Justicia, las comunicaciones directas al norte en LINEA RECTA, Oncología, Banco de Sangre, 12000 volúmenes históricos de Burgos, Colegio de Notarios….
Tantos son los agravios que desde los Jóvenes de CiBu pedimos, la defensa de los castellanos de esta comunidad, marginados, discriminados y expoliados, da pena ver que solo salen beneficiadas las provincias de la antigua región Leonesa, PUCELA, PALENCIA, LEON, SALAMANCA y en menor medida ZAMORA.
En honor de los títulos que nuestros mayores nos legaron en el pasado y en defensa de los ciudadanos de BURGOS y SORIA, lo único que queda de la Castilla Primigenia (el resto formo nuevas comunidades), pedimos como CAPUT CASTELLAE, el derecho de PRIMA VOCE.
Más allá de lo que nuestro partido proponga en su programa.
Que todos a los cargos electos de las Provincias de BURGOS y SORIA, que se sienten impotentes, al ver la deriva a la que PUCELA somete a nuestros territorios, y expresen en todos los pueblos, villas o ciudades y por extensión diputaciones, su malestar.
Mediante la declaración de personæ non gratæ a:
1. Francisco Javier León de la Riva, alcalde de PUCELA, por la humillación constante a nuestro pueblo, su marcado carácter machista, y la falta de respeto a todos los ciudadanos de los 8 territorios de esta autonomía.
2. Tomás Villanueva Rodríguez, el VALIDO de Juanvi, y verdadero cerebro de la GRAN PUCELA.
3. Juan Vicente Herrera Campo, por permitir el abuso continuado a la tierra que le vio nacer.
Sobre libros o grabaciones de segunda mano...
Periódicamente recibimos corréos preguntándonos dónde conseguir un libro o grabación editados hace muchos años. Para todas estas personas no podemos hacer otra cosa que remitirles a las tiendas de segunda mano, tanto físicas como en la red, especialemte estas últimas, dónde con un poco de paciencia estamos seguros que lograran encontrar lo que deséan. Esta búsqueda no es nuestra taréa ni nuestra función. Gracias por su comprensión
El Consejo de Redacción.
La Olma de Pedraza (Eugenio Noel, España nervio a nervio 1924)
LA OLMA DE PEDRAZA
Turégano, Coca, Sepúlveda, Cuéllar y Pedraza. ¡He ahí cinco villas recias de fiero abolengo castellano, cinco pueblos peanas de castillos que fueron formidables y hoy, en ruinas ya, en escombros, como Castilla, son evocación de grandes días fastos! ¡Oh, más que todos divino castillo de Coca, joya de arte! Yo muchas veces, con los dos Zuloaga, he meditado en ti, dentro de tus murallas, incomparable señorial fortaleza de los Fonseca; he leído ante tus restos el libro de Diego López: La carpintería de lo blanco y tratado de alarifes...
Pedraza, página viva de la más hermosa novela que han escrito los hombres: de la Historia. Si, viniendo de Sepúlveda, buscáis en el horizonte la villa antiquísima, la veréis entre dos cerros. Una hondonada de exuberante vegetación, y en la única puerta de aquella muralla que aun hoy guarda al pueblo de Dios sabe qué codicias. La subida es áspera, difícil; pero el alma se extasía contemplando la severa silueta del castillo, orientado, como todos los castillos, en un magnífico sitio. Hay que detenerse muchas veces para recibir íntegra la impresión de fuerza de aquel baluarte, de un modo soberano enfilado en la altura sobre los depósitos cretáceos sedimentados al pie de la cordillera, dominando inaccesible para los enemigos la cañada y la villa con ese aire de las torres castellanas, que no se parece al de las otras torres.
Ya en el pueblo son delicia de los ojos aquellas casas vetustas, vestigios romanos, huellas románicas, góticos recuerdos, ventanales abiertos en los ángulos de los edificios, piedras moldeadas por el Renacimiento, solares hidalgos, panerones y alhóndigas con su aspecto de casas fuertes, sus hierros forjados a brazo, balaustres y saledizos interesantes, escudos que hablan de rancias empresas afortunadas.
Cuando, en los días de fiesta, entra por esa única puerta abierta en la muralla la cabalgata de los serranos —ellas con su refajo corto amarillo, o rojo de franjas o esquirpas negras, sus cintillos y arracadas, sus manteos o briales, que nada envidian a los viejos de jafe, a los paños broslados, a las torreinas de bulto; ellos con sus albarcas y zahones, su tez curtida y morena, a la algara de las mozas, en sus sillas ginetas o bridonas de largas estriberas, el pañuelo atado a la cabeza bajo el tarteño, quién sabe si recuerdo del almófar o de la cofia de lino en que envolvían los guerreros sus cabellos, quién sabe si eso de más lejos, del kufiléh de los almohades...— parece que la ciudad vuelve al tiempo de los Velasco y que las arcadas y columnatas de la plaza recobran el esplendor pretérito...
Son buena gente esos campesinos. Vienen de Navarra, de Aldealuenga, de Gallegos, Matalabuena, Prádena y Arcones; gene toda nieta de pelaires y de comuneros, que se rebeló con terquedad castellana a cambiar de costumbres y de trajes y a cuya aparición la villa salta siglos atrás a la edad de la pequeña iglesia de Nuestra Señora del Carrascal, corno si la visión de aquellas ancestrales reliquias suntuarias la devolviera a ella.
El castillo gigante de los condestables vela. En una de sus torres, tal vez en esa única torre que hoy se yergue entera y desde la que hemos visto la bermeja tierra segoviana, Francisco I dejó en rehenes sus dos hijos, que fueron luego reyes de Francia. Cuatro años estuvieron allí, y el castillo, orgulloso, corno si fuera consciente de su pasada gloria, dice altanerías que el artista sabe interpretar, que caen sobre la villa como menudas hojas invisibles de un árbol de estirpe despojado.
—Ese hombre es de Orejana —dice, señalándonos un labriego.
Y ese nombre es una revelación. ¿No nació allí Aureliana, la madre de aquel emperador romano, todo él ibero hasta los huesos, Trajano el enorme? Trajano, afirman, nació aquí, en Pedraza. En la cercana cueva de la Griega han encontrado huellas de otros tiempos... Pero Pedraza tiene dentro de sus murallas algo que vale más que Trajano el enorme. Y ese algo es... un árbol.
Y ese árbol es como el castillo: rudo, inmenso, viejo e inmortal.
¿Quién le plantó allí en el ángulo de la plaza? ¿Quién le dejó crecer hasta que con su ramaje diera él solo sombra al mercado de los lunes? Podéis creer que los hijos de Francisco I; podéis sin inconveniente imaginaros que fuera Trajano mismo. Es tan viejo, que asombra; tan fuerte, que pasma. Muchos hombres, abiertos los brazos en rueda de rondelo, no pueden abarcar su tronco. Sus brazos gigantes se abren a colosal altura en tres grandes grupos de ramas, a la manera de la hoja del trébol. Las viejas casas de las cercanías podrían guarecerse en ellas sin tocarlas, como las chozas de los africanos bajo los árboles descomunales de que hablan los viajeros. Y no es un cedro del Líbano, ni una Sequoia de California, ni un eucalipto de Ausralia: es una cima.
Cerca de ella hay un templo, el templo románico de San Juan, rodeado de un pórtico alto con grandes bolas por adorno. Aquel templo tiene en la fachada una inscripción muy bella: Esta casa es casa de oración.» Las raíces de la olma crecieron bajo el templo románico. Y un día cualquiera, las losas del pavimento se desunieron, las raíces quebraron las lajas, y ellas nismas, hinchadas y libres, serpentearon por la iglesia.
La olma generosa, al sobreviviese, ha derramado en el espacio lo que arrancó en las entrañas de la tierra, y si destroza el suelo de la iglesia vetustísima, extiende su velario imponente sobre la plaza. Su vejez es simbólica. Cuándo Pedraza no exista, sin duda la olma seguirá tendiendo sus ramas sobre el vasto sepulcro. Hoy reina sobre la villa; y el castillo, con sus viejas leyendas y fulgurantes historias, no vale lo que ella vale. La savia corre entre las fibras como agua en las vetas serranas, y esa savia es, como el agua de la sierra, fresca y franca vida. Más afortunada que los álamos castellanos, rendidos al hachazo vil, la olma de Pedraza crecerá aún más, y, como Castilla, será más bella a medida que vaya siendo más vieja.
Ante la olma os preguntáis: ¿Qué limo tiene esta tierra que hace así germinar tal árbol? ¿Es que el genio castellano se reveló todo entero en él, o fue que quien lo plantó poseía en el corazón el secreto de la eternidad? Cuando a Pedraza otras ciudades le nieguen su Trajano, recabando para ellas el orgullo de haberle engendrado, Pedraza podrá afirmar, señalando su alma: La tierra que produjo tal árbol bien pudo engendrar tal emperador.
Eugenio Noel
España nervio a nervio (1924)
Colección Austral. Espasa Calpe. Madrid 1963
pp. 23-26





