martes, mayo 29, 2007

Miscelanea abulensica 2. Guerras abulenses y paz, RES

Recuerdo aún la primera vez que allá en la adolescencia me contaron que la ciudad de Ávila había sido conquistada y reconquistada nada menos que 14 veces, lo que me dejó bizco pues uno lo que escuchaba en la escuela era que la reconquista hizo retroceder a los moros de manera constante y providencial hacia su África originaria, sin driblings, regates ni burreos, al fin y al cabo eran los malos y les tocaba perder. También eran ganas de trepar murallas con opción a descalabro, y nada menos que 14 veces, aunque las murallas de entonces eran probablemente más bajas y menos impresionantes que las actuales. Aquella noticia era parte del acervo histórico transmitido por los historiadores locales de Ávila, testigos de una memoria intemporal de las gestas gloriosas abulicas.
Veamos como nos cuenta el asunto un historiador local entusiasta;
“Casi tres siglos transcurrieron desde que el des­venturado D. Rodrigo perdió con la mayor parte de España la Ciudad de Ávila, en el año, según los da­ tos más ó menos probables, de 714, hasta que la re­cobró definitivamente el rey D. Alonso v, hacia los años 1005 ó 1006; si bien de resultas de tantas pér­didas reconquistas como en este largo tiempo se verificaron, se hallaba casi yerma; porque en penoso y largo período, siete veces la ocupó el Moro y siete veces la recuperó el Cristiano.

(Primera)

Sucedió al glorioso Pelayo, instaurador de la naciente monarquía y á su indolente y descuidado hijo Favila, su yerno D. Alfonso I el Católico, y a los treinta años, poco más ó menos, de vivir bajo la cimitarra musulmana, vio Ávila ondear triunfante en sus viejas primitivas murallas el estandarte de la Cruz porque en los del 740 al 712 la reconquistó este valeroso Príncipe, que fue el tercero de los reyes Asturias. Lástima grande es que las crónicas de España refieran tan en conjunto la serie de las quistas del esforzado Alfonso I. Cuentannos en globo que después de haber obtenido grandes victoria; Galicia y Portugal, recobrando á Lugo, Oren; Tuy, á Braga, Flavia, Viséo y Chaves, vino á Castilla y libertó á Ledesma, Salamanca, Zamora, Astorga, León, Simancas, Ávila, Segovia, Sepúlveda Osma, Saldaña y otras muchas poblaciones de Cantabria, Vizcaya y Álava, llegando vencedor hasta Bidasoa y los confines de Aragón; es decir, que llevó sus armas victoriosas desde el mar Océano occidental hasta los Pirineos, y desde el Cantábrico hasta las cumbres del Guadarrama.

(Segunda)

Pero al cumplirse los veintisiete años ó veintinueve siguientes , esto es, en el de 767, Abderraman el Beni-Omeya, fundador de un poderoso imperio muslímico en España, independiente del de los califas de Damasco, condujo sus vencedoras armas hasta León; y Ávila sucumbió segunda vez bajo tan formidable poder. Y cincuenta más se pasaron en los reinados del virtuoso Fruela I, y de los débiles é in­activos Aurelio, Silo, Mauregato y Bermudo, el Diá­cono, hasta que, triunfador el rey D. Alfonso II, el Casto, pudo recuperar nuestra Ciudad (1) por los años 818, cuando extendió sus conquistas á Sala­manca, Alva y otros pueblos de la tierra llana de Castilla.

(Tercera)
Mas la raza de los Abassidas, que habia usurpado á la de los Omniadas el califato de Damasco, no pudo llevar con paciencia la proclamacion de Abderrah­man, último vástago de su familia proscripta, para jefe del Islamismo en España, y levantóse contra su poder Yussuf Abderrahman, el Ferhí, que dominaba gran parte de la Península central, negándole la obe­diencia. Sucédele en el mando de las huestes insur­reccionadas, muerto él y dos (lo sus hijos, el tercero, llamado Cassim-bem.-Yussuf (2), y á éste es á quien las crónicas abulenses llaman Muza-Abemcacim. Al llevar á esta época, y para entender á los historia­dores de Ávila, que durante la dominación de Ab­derrahman I y de sus sucesores Hixem, Alakem i y Abderrahman if, nos hablan de un rey moro de To­ledo y Ávila declarado enemigo y súbdito rebelde de la dinastía Beni-Omeya, es necesario recordar que desde el año 766, en que comenzó la insurrección de Cassim-bem-Yussuf, hasta el 838, en que queda ron vencidas todas las insurrecciones do la España árabe central, Mérida y Toledo tuvieron siempre en alarma al Emir de Córdoba; y como la pos¡ topográfica de Toledo era un obstáculo para la extensión hacia Castilla del mando musulmán cordobés, por eso Ávila obedecía frecuentemente á los intrusos y rebeldes jefes de Toledo, los cuales, como les convenía mucho conservar por amigos á los indolentes reyes de Asturias para tener guardada! espaldas, y dedicar toda su resistencia con mayor seguridad contra el Emir de Córdoba, hacian suave su yugo á los avileses. Y la misma cond hubo de seguir aquel Hixem, el Aliki (2), rico joven toledano, á quien las crónicas avilesas llaman Habemtacin, el cual, por el sólo deseo de vengarse de vazzir Abem-Alafot-bem-Ibrahitn, logró que estallase en Toledo, en 828, una conspiración, en que perecieron arrastrados por las calles sus ministros. Y así transcurrieron tres años, sin que los generales o jefes del cordobés Abderrahman lograran ventaja en el campo, ni en la ciudad, sobre los rebeldes hasta que en 832 pudo el Omeya hacerlos caer en celada (3) en el territorio de la antigua tierra de Ávila, á orillas del Alberche, causándoles gran pérdida; pero ni aun con eso se rindió la ciudad. Renovose la insurrección de Mérida; las fuerzas corbesas hubieron de acudir allá para apagarla, como lo consiguieron; pero entre tanto duró seis años toda­vía el asedio y sitio de Toledo, hasta que en 838, reducidos ya á lo alto de la ciudad y acosados por el hambre, tuvieron que rendirse los insurrectos, ca­yendo su jefe Hixem, el Alilii, herido en manos del jefe cordobés, que le hizo cortar instantáneamente la cabeza, y colgarla de un garfio sobre la puerta de Bab-Sagra; que despues, por corrupcion del lengua­je, se llamó Visagra. Por esta causa y de esta ma­nera cesó Ávila de obedecer al reyezuelo de Toledo, recuperándola el Emir de Córdoba.

Los Avileses, pues, al abrigo de aquellas luchas árabes intestinas, disfrutaban de una tolerancia, ya que no política, al menos religiosa, y que pronto volvieron á perder, porque los oprimió fuertemente el soberbio cordobés en el año 856, en que paseó sus armas triunfantes por las tierras de Toledo y Ávila, y cuya invasión causó, ó más bien prolongó, la du­ración de la tercera (1) pérdida de nuestra Ciudad.

(Cuarta)
Mas había sucedido al buen Ordoño I su ilustre hijo Alfonso, á quien su padre, desde muy joven, asoció á su mando para el mejor gobierno del reino. Fue el tercero de este nombre, que mereció el alto título del Magno, y en el principio mismo de su rei­nado, llegando victorioso á las cumbres que parten términos entre Toledo y Castilla, tercera vez recon­quistó á Ávila. Las crónicas del país fijan este suce­so en el año 864 (2), pero debió de ser por lo menos dos años después, si es que no mandaba el ejército como jefe, pero ni aun como rey, en la opinión de que creen con más acierto, que su padre Ordoño murió hasta en el de 866. En el espacio de tres décadas volvió á respirar la Ciudad libre de la opresión de las armas agarenas, mas cayó de nuevo bajo el alfanje (1) musulmán en 896.

Pero no debía de ser bajo el del franco .y noble Abdallah, que sucesor de Almondhir desde 888 gobernó al pueblo mahometano en el emirato de Córdoba hasta el año 912, porque tenia celebrado tratado de paz con Alfonso el Magno, que hasta muerte del rey cristiano recíprocamente guarda por muchos años, conservándose en amistosas relaciones. Por consiguiente, esta nueva ocupación Ávila por fuerzas agarenas ocurrió, á no dudarlo rigor de las armas vencedoras del rebelde Caleb-k Hafsun (2), que, hijo de un pobre artesano de Ronda, después capitán de bandidos en Extremadura, heredó los odios de su padre contra la sangre de los emires cordobeses, viniendo triunfador con la toma Zaragoza y Huesca á la cabeza de diez mil cabal cargó sobre Toledo, penetró en la ciudad, hízose aclamar rey, y tomó y guarneció los castillos de la ribera del Tajo, extendiendo su intrusa dominación hasta Ávila y otras poblaciones y comarcas colindantes con Toledo.
Más de esta cuarta catástrofe salvó á nuestra Ciudad, recobrándola triunfante por años 918, D. Ordoño IIi, hijo de Alfonso el Magno hermano de D. García (que apenas ocupó el trono), por lo que ya se pudo llamar rey de Galicia y de León. Verificóse, pues, la cuarta reconquista al paso este monarca recobró á Talavera, y poco antes de la gloriosa batalla de San Estéban de Gormaz en el siguiente año de 919.
(Quinta)
Perdióse de nuevo Ávila en el año 968, cayendo bajo el formidable poder de Alhakem II, sucesor del magnífico Abderrhaman III de Córdoba, al cual las leyendas avilesas llaman Alllagib ; pero á los trece años siguientes tornó á ganarla en el reinado de Don Ramiro 111 en 981 (y ya es la quinta reconquista), el bravo (1) conde Garcí-Fernandez, hijo de Fernan­ Gonzalez.

(Sexta)

Escaso tiempo respiró tranquila la Ciudad; que á los pocos años se apoderó de ella, destruyén­dola en gran manera, y es la sexta dominación sar­racénica, el terrible Almanzor, primer ministro y re­gente del califato del joven Hixem II en el afilo 985, según unos cronistas, y según otros en el de 989.

Aún se conserva un testimonio eterno de la pre­sencia en nuestro país del gallardo, del impetuoso y constante invasor del territorio de los cristianos, del poderoso y siempre temido Almanzor. En una de las muchas incursiones, con que por espacio de 25 años devastó los campos de Castilla y de León, y quizá en la misma época en que por sexta vez pasó Ávila á poder de los Agarenos, hizo su entrada por los ás­peros montes que sirven de fortísimos estribos á la escarpada y fantástica sierra de Gredos, de cuya pin­toresca situación ya hemos hablado en el tomo pri­mero. La tradición popular refiere que excitada viva­mente su curiosidad con la vista de tan enorme pro­montorio, y queriendo halagar á su ardiente imagi­nación meridional, exaltada con los cuentos y conse­jas que se referían de la fabulosa laguna de aquella ataña, se propuso verla, y acaso contemplar desde es­ta inmensa altura los dilatados campos de Casti­lla y de León que bajo sus pies se aparecían, ya que le fuese dado tenerlos sujetos á su dominio á pesar de las poderosas falanges que acaudillaba. Lo cierto es que subió, y que con su subida legó para siempre su nombre á un pequeño rellano, que en lo alto de la cumbre y ya a la vista de la laguna se muestra, y que desde tan remota antigüedad es conocido con el título de Plaza de Almanzor
(Séptima)

A su vez poseyó muy escaso tiempo la morisma nuestra Ciudad, porque la adquirió de nuevo para armas cristianas en 992 D. Sancho, conde de Cas­a (1), en el reinado de D. Bermudo II de Leon, llamado el Gotoso, adoptando la dura precaución de internar en el país ya conquistado los niños, mujeres y ancianos, y llevando consigo cuantos hombres útiles halló para la guerra, acaeciendo tal suceso poco antes de que tan brioso y fuerte conde se rebela ­contra su padre Garci-Fernandez, que falleció en 995. Este funesto estado de completa orfandad que yaciera la población por carecer de toda defens­a, hacíala frecuentemente presa de las incursiones ­que provenían de los Moros que habitaban las sierras de Piedrahita, Talavera y Toledo. Tampoco estos podían conservarla por la debilidad de sus ar­mas y escasez de recursos: y dando noticia del des­amparo en que la Ciudad se hallaba á los de Anda­lucía, acaeció que con «su venida (1) y entrada que hicieron, la Ciudad de Ávila, que poco á poco se iba reparando, por séptima vez sucumbió y de nuevo fue des­truida.


Y así continuó por algunos años todavía has­ta que para no volverla á perder la recobró por últi­ma vez y para siempre el cristianismo bajo las armas victoriosas del gran D. Alfonso V (2), hacia los años de 1005 ó 1006; pero aun así permaneció sufriendo todavía las bruscas acometidas de continuas algaras hasta que en 1083 la puso á salvo de todo insulto D. Alonso VI, el que dos años después acabó con el reino moro toledano , porque meditando con gran acierto, que la defensa de Ávila había de ser de la mayor importancia para los sucesivos triunfos de las tres coronas ya reunidas en sus sienes, de Asturias, de León y de Castilla, decretó su provisional forti­ficación.”

(Juan Martín Carramolino. Historia de Ávila su provincia y su obispado, Madrid 1872. Tomo II, pp 140-151)

Los actuales especialistas de historia están prestos a criticar a los denominados con cierto tono de suficiencia y ninguneo “historiadores locales”, aportando más comentarios, sospechas, modelos elucubrativos o hipótesis discutibles que documentos fidedignos y serios propiamente dichos, el caso es practicar una irreverente, demoledora e iconoclasta crítica de las hazañas locales, ganas de amolar para epatar de moderno, y fastidiar un buen guión de cine al estilo de “El señor de los anillos” de R. Tolkien pero en abulica, para no hablar del peligro que supone para el fomento del turismo.

Comprobemos el tono frío, aburrido y escéptico de un historiador contemporáneo:

“CAPÍTULO IV
1. INTRODUCCIÓN

La historia de las comarcas que a partir del siglo XII integraron la diócesis abulense está por hacer en relación con el periodo altomedieval. Las vicisitudes por las que atravesaron Ávila y las gentes que habitaban en ella y en sus alrededores durante esta dilatada etapa son prácti­camente desconocidas y nos resultan todavía hoy muy difíciles de comprender. Este largo tiempo histórico, que abarca cuando menos desde las décadas iniciales del siglo VIII, en que como resultado de la invasión y de la ocupación musulmanas de la Península Ibérica desapareció el reino visigodo de Toledo, hasta los últimos años del siglo XI, momento en el cual el avance cristiano hacia el sur provocó la incorporación definitiva de nuestro territorio al reino cristiano y feudal castellano-leonés, ha sido rellenado, a falta de un número suficiente de fuentes escritas o de otras pruebas documenta­les, de modos muy diversos por los historiadores. Distintas opiniones de muchos estudiosos, reali­zadas desde ángulos teóricos y con intenciones sociales diferentes, han contribuido a echar leña al fuego, ofreciendo descripciones, a menudo disparatadas y sin fundamento y a veces contradictorias entre sí, que aclaran pocas cosas y que hoy no nos sirven para intentar una aproximación al conoci­miento de cuál sería la realidad de ese pasado.
El problema parte de la carencia de información. La ausencia de evidencias documentales es casi absoluta. Para una fase histórica tan prolongada, que dura en la práctica cuatro centurias y que se corresponde con el periodo de predominio político, militar, económico y cultural de los musulmanes dentro del solar peninsular, sólo contamos en las crónicas y en otros textos similares, incluyendo tanto los de procedencia cristiana como los de origen islámico, con menos de media docena de men­ciones, y alguna de ellas no muy fiable o de dudosa interpretación, relacionadas directamente con la ciudad de Ávila o con cualquier otro espacio que pudiera depender de ella.

En principio, por lo tanto, podría decirse que es como si todo lo abulense que existía y bullía en torno al año 700, según lo acreditan varios documentos, hubiera de pronto desaparecido del mapa o, en una hipótesis más favorable, como si todo ello hubiese perdido a la vez y de golpe cualquier tipo de interés para unos y para otros. Con relativa lógica, se ha supuesto en consecuencia que o bien el territorio se despobló completamente o bien, al difuminarse el poblamiento anterior, perdió su impor­tancia, hasta el punto de desaparecer de todas las clases de registros escritos. Por este motivo inclu­so su nombre dejaría de figurar durante varios siglos sucesivos en los relatos cronísticos.

En definitiva, el periodo altomedieval se presenta, al igual que sucede para las zonas mas pró­ximas, salmantinas y segovianas, como una etapa de silencio y llena de brumas para la investigación. Por otra parte, se trata de una fase y un escenario que se han terminado por convertir en campo abonado para las elucubraciones de los estudiosos, cuando no en terreno propicio para el dislate y la fan­tasía. Desde antiguo, las diversas visiones ofrecidas sobre todo por la erudición local, a menudo inventando o manipulando datos y con frecuencia extrapolándolos de forma indebida, han venido a diseñar una imagen distorsionada y falsa, haciendo hincapié casi siempre en acontecimientos y situa­ciones heroicas, que de acuerdo con lo que nos dejan entrever hoy algunos testimonios se aleja bas­tante de la realidad. Pero lo mejor es repasar el proceso de elaboración de tales fantasías y tópicos por parte de la historiografia y de la erudición locales.

2. MITOS Y TOPICOS EN LA ERUDICION LOCAL

En los primeros años del siglo xvi, momento en que Ávila, como algunas otras ciudades de su empaque, comienza a recuperar y construir su memoria histórica, ni la llamada Crónica de la pobla­ción de Ávila (texto medieval que se conservaba manuscrito y que como tal se mantuvo hasta su pri­mera publicación a principios de este siglo) ni el librito de Ayora se refieren a este periodo. No hay en ellos menciones sobre la etapa altomedieval, sin duda porque se carecía de datos. Pero ya en las últimas décadas de la misma centuria la situación cambió de manera radical. Era necesario llenar los huecos documentales mediante el recurso a las tradiciones orales, cuando no a las circunstancias ima­ginadas por cada autor. Y, manos a la obra, a ello se pusieron con denuedo casi todos los eruditos que pretendían entonces historiar el pasado abulense.

Me referiré sólo a los ejemplos más significativos o que después han tenido más repercusión, hasta el punto de acabar por convertirse algunas de sus afirmaciones en auténticos lugares comunes de la historiografia local. Todas las copias conocidas del manuscrito denominado Segunda leyenda de Ávila resuelven el problema de un modo escueto y sensato. Se lee en una de sus versiones: "e otrosí se pendoló cómo este Pelayo fue el primero que comentó a converrir las Spañas, e otrosí los grandes tranzes, cuytas e menguas que los christianos, por la mala Caba, y más los que fincaron en Ávila habitándola, hasta que el rey don Alfonso el Sesto conquirió y ganó a Toledo". No hay más citas. Sin embargo, casi a la vez y con una diferencia de sólo unos cuantos años aparecieron las obras, ya clásicas, de Cianea y Ariz, donde todo se amplía, el relato cobra vida con gran lujo de detalles y donde la falta de pruebas documentales se suple con una extraordinaria imaginación, aunque sin fun­damento, por parte de ambos autores.

El primero de los citados supone a la ciudad del Adaja, no obstante las sucesivas alternativas de dominio cristiano o islámico sobre ella, que relata, y a las múltiples adversidades por las que atrave­saría durante siglos, con un poblamiento continuado con cristianos pagando tributos a los musulma­nes y con centros de culto religioso permanente en las iglesias de Santa María la Vieja y de San Segundo; incluso sostiene una cierta continuidad de la sede episcopal, datando con precisión la exis­tencia de un obispo abulense de nombre Pedro que participaría en el 825 en la supuesta batalla de Clavijo y de otro, llamado Vicencio, que firmaría el año 934 el famoso privilegio de los votos conce­didos por el conde castellano Fernán González al monasterio riojano de San Millán. Poco cabe comen­tar sobre tales fabulaciones. Sólo baste con decir que el documento de los votos, hoy muy bien cono­cido y varias veces publicado, fue falsificado dos siglos después de su datación, entre 1140 y 1143 para ser más exactos, y además que ni siquiera en su falsificación figura tal prelado. Y su afirmación de que el mismo conde castellano, en acción de gracias por la victoria cristiana en la batalla de Simancas, mandó construir una primitiva iglesia dedicada a San Salvador, donde luego y con la misma advoca­ción se levantaría la catedral abulense, no sólo es atrevida y de su propia cosecha sino indemostrable.

Pero para fabulador el benedictino Ariz. Si su monografía tiene ya el título sintomático de Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, no cabe duda de que su contenido supera, y con mucho, las inten­ciones proclamadas en su cabecera. Las dos primeras partes de su libro, según el propio autor declara, son una copia muy libre de la susodicha Segunda leyenda de Ávila, que él suele denominar "leyenda antigua" y atribuir su autoría, quizás para dar más crédito a su narración, al archiconocido falsario Pelayo, obispo de Oviedo en la primera mitad del siglo xii. Pero es tan libre la utilización que hace de la fuente básica que maneja que cambia su texto cuando le viene en gana, normalmente para introducir detalles que amplíen el relato y sirvan mejor para loar el glorioso pasado abu­lense. Por eso nada tiene de extraño que ponga fin a su libro con una página titulada "calamidades de Ávila", donde de manera breve, pero jugosa, cuenta los por­menores de las alternativas situaciones de dominio polí­tico por las que, a su entender, atravesó la zona abu­lense antes de su definitiva conquista cristiana.

Lo mejor será reproducir su texto: "Esta famosa ciudad de Ávila fue perdida como las demás de España, y en poder de moros el año de 714 en la bata­lla de Guadalete, desde quatro de setiembre hasta los onze, que duró la última batalla. Fue tornada a cobrar de poder de los moros por el rey don Alonso el Católico en el año de 735, y según otros en el año 740. Fue tornada a perder, y en poder de moros, ganándola el rey Abderramén de Córdova el año de 767 y en el año de 832 la poseya Mura Abentazín, que se alió con el reyno de Toledo, y con Ávila. Fue ganada a los moros por el rey don Alonso el Magno el año 864, y otros sienten averla ganado el rey don Ordoño Segundo de León, quando ganó a Talavera año 898. Fue perdida, y en poder del moro Abderramén el año 896. Fue tornada a ganar por el rey Ramiro Segundo de León año 910. Fue perdida por el rey don Bermudo, que la ganó Albagil Alman~or de Córdova el año 968. Fue ganada por el conde Garci Fernández de poder de Abdemelich en el año 981. Fue perdida, y en poder del moro Abigail Alman~or, el qual la des­truyó y assoló, que se tornava a poblar y reedificar el año 985. Fue ganada por el conde don Sancho, hijo del conde Garci Fernández, en el año 992, y no la pudien­do poblar, se quedó desierta y, quando el rey don Fernando el Santo visitó su reyno, llegando a Ávila, la vio despoblada, hasta que su hijo el rey don Alonso el Sexto la mandó poblar a su yerno el conde don Ramón, el qual entró en ella con los pobla­dores, que la historia ha dicho, en el año 1083. Por manera que estuvo desierta desde el año de 992 hasta el de 1081 ".

Como se verá, sus precisiones de nombres y fechas apabullan. Ojalá pudieran comprobarse. Lástima que, con el fin constante de ensalzar las gloriosas hazañas abulenses, embutiera sin la menor crítica lo que se sabía de la historia general en su historia local. Sin embargo, al margen de los deta­lles, existen dos ideas centrales y con interés en su monografía: la del cambio de manos entre cris­tianos y musulmanes durante los tres primeros siglos y la de la despoblación absoluta en el siguien­te. El propio autor benedictino precisó la cronología, añadiendo al margen y en letras de molde estas tres puntualizaciones: "Ávila de christianos 130 años, Ávila de moros 118, Ávila desierta 89 años".
Pero no paró ahí la cosa, ya que las opiniones de Ariz se difundieron y traspasaron los siglos y las fronteras, hasta ser repetidas, a veces añadiendo florituras todavía más legendarias, hasta la sacie­dad. Los testimonios son numerosos. En su catálogo de 1665 sobre los obispos abulenses, todavía inédito, Tamayo y Salazar repitió y aumentó lo referido, insistiendo además en la persistencia de la sede episcopal. Y en la misma línea se situó Méndez Silva, quien en su libro, confeccionado a modo de enciclopedia sobre muchas localidades españolas, en el breve capítulo dedicado a Ávila escribe: "Era colonia en tiempos de romanos y, estando desierta, la mandó habitar el rey Alonso Sexto al conde don Ramón año 1083 ó 1089, acabándose 1093, a cuia sazón avía 6000 vezmos, mayor parte asturianos nobles, cercándola de muros permanentes [...], cinco vezes se ganó de moros, primera Alonso el Católico año 748, segunda Alonso Tercero 864, tercera Ramiro Segundo, quarta el conde Garci Fernández 981, quinta el conde don Sancho 992".
Ya en tiempos más recientes, a mediados del siglo pasado y casi a la vez, el abate Rebours difun­dió tales datos incontrastados e improbables en francés y Martín Carramolino, no obstante su esta­tus académico, en varios de sus trabajos prohijó, siguiendo a pie juntillas, y amplió, hasta extremos insospechados, el relato de los acontecimientos inventado por el benedictino. Incluso un crítico de la talla del catedrático Vicente de la Fuente, en la serie que publicó sobre ciudades españolas, se apuntó, aunque con matices, al mismo carro, llegando a afirmar que Ávila "tuvo que sufrir todas las alterna­tivas de la guerra, viéndose a cada paso perdida y reconquistada, según el valor de los condes caste­llanos o de los caudillos moros que mandaban los ejércitos; sería demasiado molesto seguir paso a paso la historia de sus vicisitudes, hasta que en 985 la mandó arrasar el terrible Almanzor; en tal esta­do permaneció hasta que don Alfonso el vi encargó al conde don Ramón de Provenza, el año 1083, que la poblase, como lo hizo". Los mismos tópicos pasaron de unos a otros autores, siendo repeti­dos, por ejemplo, por Garcés González y por Fulgosio.

Por fin, será ya a finales del siglo xix cuando un escritor riguroso, como Ballesteros, quien conocía bien las leyendas que venían transmitiéndose desde antiguo, se atreverá a poner las cosas en su sitio (aunque sus palabras cayeron en saco roto y fueron ignoradas completamente por muchos de los eruditos locales posteriores). Este autor declaró: "si por inducción hemos tenido que ir supo­niendo, mejor que averiguando, los más importantes acontecimientos de Ávila en la Edad Antigua, no son mucho más fáciles de investigar los de esta otra edad, al menos en los comienzos de ella, a pesar de haber ya crónicas y documentos de donde pudiéramos deducirlos, si no fuesen éstos tan escasos e incompletos y, al mismo tiempo, tan poco merecedores de confianza, como escritos por los mismos interesados que intervinieron en los sucesos de aquella época".

(Historia de Ávila, Tomo II, Edad Media siglos VIII-XIII, coordinador Angel Barrios García. Institución Gran Duque de Alba, Diputación Provincial de Ávila. Ávila 2000. Cap IV, pp 195-198)


Bien documentadas o no, pero al fin y al cabo batallas sin fin que en más de una ocasión suscitaron pensamientos y comentarios en el Grande de Ávila acerca de la cuantos mandobles, hostias , descalabros y muertes se habrían producido en esa explanada, ante la Torre del Homenaje y la Puerta del Alcázar, recordado habitualmente con una cerveza o vermut en la mano. No es nada fácil entender hoy día las razones profundas del interminable batallar de entonces; al decir razones profundas se quiere decir que no lo son las explicaciones reduccionistas modernas de tipo económico, militar o geopolítico.

Las sociedades tradicionales, adjetivo nada fácil de explicitar en unas líneas, consideraban la guerra como una lucha contra el desorden, como una vía para el restablecimiento de la paz, la unidad y la armonía de los contrarios, algo bastante diferente de las modernas metas de predominio de poder político, económico y militar. Pero claro el orden en sentido tradicional emanaba de lo alto, muy distinto del capricho de un dictador tiránico, conducente a una represión brutal, o de la deliberación de un consejo humano con arreglo a unos criterios formales. La unidad no era la actual uniformidad global y borreguil sino el uno de la totalidad divina. El equilibrio no eran los contrapesos de influencias, las compensaciones frágiles o los compromisos más o menos fiables; el equilibrio se entendía como superación de los contrarios en el uno divino, principio y final , alfa y omega, manifestación y absorción a la vez.

Un moderno ciudadano agnóstico de nuestros días con incurable optimismo progresista estaría más o menos de acuerdo con aquellas estrofas de la Internacional:
“ ni en dioses , reyes , ni tribunos está el supremo salvador. Nosotros mismo mismos realizamos el esfuerzo redentor”.
Hoy día ya se tiene una ligera idea del balance cadavérico del intento de redención de la humanidad por parte del llamado socialismo real, pero parece que aún se insiste, por obcecación o por estupidez pura y simple. A tal moderno quizá le chocaría escuchar que en una sociedad tradicional se considera que fuera del Reino de Dios, se está fuera del orden , fuera de la justicia, fuera del equilibrio, fuera de la armonía o en síntesis fuera de la paz verdadera. De esta forma, se quiera o no, en este mundo se está permanentemente sumido en guerras exteriores e interiores, silenciosas en la mayor parte de las ocasiones y declaradas a veces ( sin olvidar la más reciente modalidad de preventivas), a todo tipo de niveles y de ámbitos, y desgraciadamente se desconoce cada vez más el arte de convertir esa guerra en vía para alcanzar le Reino de los Cielos, la alquimia que transforme la guerra en la paz. En un sentido tradicional la guerra es un proceso cósmico de reintegración de lo manifestado en la unidad original, y correlativo a ella la paz es la absorción de la multiplicidad en la unidad del principio divino; es decir que en un sentido tradicional la guerra persigue lo mismo que la paz aunque esto escandalice fuertemente a los oídos actuales.
Para ilustrar el sentido tradicional de la paz vienen a cuento unas palabras de Daniel Cologne:
‘La paz en el sentido cristiano y tradicional del término no es el efímero y frágil concepto de coexistencia de intereses y de apetitos diversos a que se limita que la legalización del triunfo del más fuerte. Es al contrario sinónimo de unidad primordial reencontrada y ninguna aristocracia aparte de la del espíritu podría ser su ratificación política. tal es el sentido de la palabra de Jesús: "Mi Paz os dejo, mi Paz os doy " (Juan 14,27)’.
Es decir la paz es el reino o ámbito del orden de arriba o celeste, del equilibrio, justicia o armonía de los contrarios, ámbito que en terminología taoísta se denomina Tai-Chi y en torno la cual gira toda la existencia manifestada. De acuerdo con esto la sabiduría evangélica no previene acerca de legalidades y justificaciones suficientes, sino que a manera de reto misterioso aconseja.: “ Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mat VII,33, Luc XII,31). Es dudoso que esa búsqueda colme su anhelo de encuentro en la ONU, en la Casa Blanca, en la UE o en las multitudes callejeras vociferantes.
Muy al contrario de dichas nociones tradicionales, el sentido coloquial en que modernamente se utiliza la palabra paz carece de connotaciones positivas, basta examinar el DRAE (Diccionario de la Real Academia), María Moliner o Seco y veremos como es una referencia siempre negativa y carente de contenido positivo:
- Pública tranquilidad y quietud de los estados en contraposición a la guerra.
- Sosiego y buena correspondencia de unos contra otros , en contraposición a disensiones riñas y pleitos.
- Ajuste o convenio que se concuerda entre los príncipes para dar la quietud a sus pueblos especialmente después de las guerras..
- Dejar en paz. No inquietar ni molestar.
- Hacer las paces. Acabar con una riña.
La lista de contextos en que se usa la palabra paz sería interminable, pero jamás se encontrará ni restos, ni el más ligero atisbo del sentido positivo y supremo de la paz en sentido tradicional. Nada raro pues que en estos días, incapaz el lenguaje actual de hacer referencia al contenido positivo de la paz, se esgrima una consigna exclusivamente negativa de disconformidad: “No a la guerra”; pero desafortunadamente eso solo no es equivalente a la paz sino que tan solo es algo que de una manera remota tiene que ver con la verdadera paz. El asunto no solo tiene que ver con las multitudes, también afecta a la prensa y a los medios; pocos entreven lo que hay más allá de las emociones elementales y su expresión directa, y los que lo intuyen parecen acometidos de un miedo cerval a explicitar y profundizar en la cuestión.
La guerra en una sociedad tradicional era un deber sagrado, como bien le recordaba Krisna a Arjuna en el Bhagavad-Gitâ; es un desorden que trata de reestablecer el orden (Dahrma), la paz, la armonía de los contrarios. La noción taoísta de acciones y reacciones concordantes nos recuerda que fuera del Tao originario no hay más que un conjunto de desórdenes parciales que contribuyen al orden total; así cada conquista de Ávila por los sarracenos implicaba un destino de reconquista por los cristianos cuyo fin era alcanzar el orden de la Universitas Cristiana ámbito a su vez para conquistar el Reino de los Cielos. La sociedad medieval cristiana por su parte sabía bien que “vita est militia super terram”, o el “ militia est vita homini” (Job VII,1),fragilidad recordada en el cántico “metia vita in morte summus” que nos ha llegado a través del canto gregoriano, conservado entre otros por los monjes del Monasterio de Silos, cántico que entonaban también los guerreros antes de entrar en batalla, en las batallas de antes se entiende porque los modernos misiles y bombas inteligentes ya no dan tiempo ni a entrar. Probablemente el moderno partidario profano de la paz piense que para que se va a luchar por nada si total son dos días, o, con inconsecuencia notoria aunque con pretensión piadosa, que en vez de luchar lo que había que hacer es repartir más los supuestos beneficios de la fabulosa máquina de la civilización moderna, máquina satánica que es la que produce en cadencia cada vez más acelerada los desórdenes y las guerras actuales; recuerda esta situación las secuencias de la película de los hermanos Marx en el oeste, cuando Groucho Marx desmelenado mientras echaba la madera arrancada de los vagones a la locomotora , gritaba desaforado:¡Es la guerra!.
Es por lo menos interesante meterse en el pellejo de aquellos guerreros que lucharon en las conquistas y reconquistas abulicas y escrutar los resortes últimos que los exponía al riesgo y a la muerte, dejando de lado las explicaciones académicas de que la caballería villana conseguía nuevas tierras y exención de impuestos; sería algo así como si a los rudos guerreros medievales les prometieran un caramelito: si te apuestas la vida a morir destrozado por una maza con pinchos, aplastado por un proyectil de catapulta o frito por una caldera de pez hirviente, te ofrezco a cambio una finquita y además te rebajo diez puntos del IRPF. Siendo la profundidad de este razonamiento la llave maestra de la moderna interpretación histórica, la dialéctica pedestre que pretende desvelar los arcanos del alma humana.
Si se investiga la actitud de los antiguos celtas –remotos antepasados de esos guerreros- frente a la guerra, una máxima nos da luz suficiente sobre su ánimo guerrero:

“Combatid por vuestra tierra y aceptad la muerte si es preciso: pues la muerte es una victoria y una liberación del alma".

Esto da constancia de un sentido heroico del combate, que de alguna manera deja constancia también en contrapartida de una inflación egoica y de un deslizamiento hacia la soberbia propia del guerrero de épocas tardías.

En cuanto a los godos, otra herencia ancestral a asumir, eran portadores de la tradición nórdica germánica, pletórica de componentes guerreras o de la segunda función en la terminología de G. Dumezil:

“Según esta tradición, ningún sacrificio, ningún culto eran tan gratos a Dios, ni más ricos en recompensa en el otro mundo, como aquel realizado por el guerrero que combate y muere luchando. Aún hay más: el ejército de los héroes muertos en combate debe reforzar la falange de los "héroes celestes" que luchan contra el Ragna-rök, es decir, contra el destino del "obscurecimiento de lo divino" que, según las enseñanzas, como en el caso de las clásicas (Hesíodo) pesa sobre el mundo desde las edades más remotas.

Algunos se sorprenderán al saber que las famosas Walkirias no son quienes recogen las almas de los guerreros destinados al Walhalla, sino la personificación de la parte trascendente de estos guerreros cuyo equivalente exacto son las fravashi que en la tradición irano-persa están representadas como mujeres de luz y vírgenes arrebatadas de las batallas. Personifican más o menos a fuerzas sobrenaturales en que las fuerzas humanas de los guerreros "fieles al Dios de la Luz" pueden transfigurarse y producir un efecto terrible y turbulento en las acciones sangrientas. “(J.Evola)
Hay otra componente medieval y cristiana a añadir a estos antecedentes, que frecuentemente se ha ocultado, un aspecto por así decir yang o duro del cristianismo, que no responde a la retórica de una homilía dominical contemporánea. Expongamos una pequeña antología:

"No olvidéis jamás este oráculo -decía San Bernardo- ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. Qué gloria para vosotros salir de la confrontación cubiertos de laureles. Pero qué alegría más grande la de ganar sobre el campo de batalla una corona inmortal... ¡Oh!, condición afortunada, en la que se puede afrontar la muerte sin temor, incluso desearla con impaciencia y recibirla con el corazón firme".
"Que mayor gloria que no salir del combate, sino cubierto de laureles. Que gloria mayor que ganar, sobre el campo de batalla, una corona inmortal".(San Bernardo «De laude novae militiae»).
"Dispuestos a partir hacia donde estallara una guerra, a fin de llevar el terror de sus armas para defender el honor y la justicia"...(El Papa Urbano II dirigiéndose a la comunidad supranacional de la caballería cruzada).
Pobre Juan Pablo II si se le recordase lo que sus infalibles antecesores pensaban sobre la guerra contra el infiel en oriente medio. Parece que la última y declinante tradición indoeuropea persistió en atribuir a la guerra un carácter tan heroico como brutal, oscurecida y tergiversada la jerarquía de fines y medios, destino inevitable de las civilizaciones con predominio guerrero con el paso disolvente del tiempo. Este carácter bélico desviado condicionó el estilo del catolicismo occidental medieval, castrense y belicoso, del que dan buena prueba aquellos obispos cubiertos con cota de malla y armados de hierros ofensivos abundantes; aquellos papas de familias aristocráticas guerreras, prontos a la conspiración, a la violencia, a la instigación de guerras ofensivas, a tribunales inicuos y al asesinato, aquellos cruzados homicidas – entre los que destacaron los almogávares hispanos- que sembraron el pillaje, la profanación y la muerte de monjes y cristianos ortodoxos de Bizancio, el incendio de monasterios y como culminación la masacre, el robo, y despojo sacrílego de Santa Sofía de Constantinopla entre ríos de sangre humana y excrementos de mulas. Aún se conserva en Ávila una herencia siniestra de aquel resplandor espantoso: la Cofradía del Cristo de las Batallas, que siempre nos trae a la mente aquel dicho de : “le sienta tan bien como a un Cristo dos pistolas”, ideal estético plenamente cumplido por el catolicismo occidental. muy distinto en esto del cristianismo ortodoxo bizantino que rechazó sin contemplaciones el ideal extraviado de monje soldado de un San Bernardo.
En cualquier caso y al margen de los lances guerreros y pendencieros no faltan sin embargo textos que cuando menos son poco cómodos y amigables, desde la palabra del Apocalipsis según la cual "El Señor aborrece a los tibios" hasta el Evangelio de San Mateo donde estás escrito: "Yo no he venido a traer la paz sobre la tierra, sino la espada", “quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien la pierda por amor a mi la salvará” (Mat 16,25); de San Lucas. ¿ Pensais que he venido a traer la paz a la tierra?.Os digo que no sino la disensión (Luc 12,50), pasando por la imprecación de Jeremías: "Maldito quien hace débilmente la obra del señor. Maldito quien rechaza la sangre para su espada". Siempre a expensas de una interpretación tranquilizadora apta para burgueses civilizados, asustados de la tragedia abismal que encierran esas palabras.
Sin embargo acaso la más temible y amorosa de las sentencias evangélicas es precisamente la que figura en el Evangelio de San Juan , el discípulo amado de Jesús: “ nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13). Ninguna gloria ni honor a conquistar y ningún laurel o corona a poseer, aquí se refiere a la entrega absoluta o kenosis, actitud suprema de amor y de perfección que va más allá del honor, la gloria y del triunfo guerrero. Este sentido sacrificial supera el sentido heroico del combate, siempre acompañado de un tinte egoísta rígido y soberbio, y que salvo en rarísimas excepciones deriva hacia la fuerza bruta, la audacia temeraria, la cólera súbita y la desesperación, tanto más notorio cuanto más en su ocaso se encuentran las civilizaciones. Si alguna interpretación - siempre reductora y castrante- cupiera de esta sentencia en el ámbito del polemos o guerra parece que sería a la preservación, a la custodia, a la defensa de lo esencial sagrado y no a la conquista de lo condicional y transitorio.
Todas estas componentes dieron un carácter guerrero con tintes heroicos a la Edad Media, rápidamente desvanecido antes ya del renacimiento. Así a ya en siglo XVI la visión lejana, irónica, lastimera, con toque emocional, tierno y exento de toda sacralidad produce un Don Quijote, último espectro onírico de la caballería medieval. Por un lado Don Quijote en el relato novelesco y por otro mercenarios, levas forzosas, corsarios y lansquenetes en la realidad de las guerras de religión, en las conquistas terrenales nuevas y las expansiones de poderío de siempre. Menguante la idea de orden, y de justicia, en último extremo divinas, quedó libre el campo al desorden de la tierra, del oro, de las especias, del comercio, de la piratería, de los monopolios, del absolutismo, de los imperios terrenales. La desaparición de la conquista del místico Graal llevó consigo la conquista de la carnal América, beatamente ocultado por una convencional expansión cuantitativa y sin profundidad de unos elementos doctrinales ya entonces espectrales y casi totalmente carentes de auténtico contenido espiritual en occidente.
El progreso imparable de la modernidad se encargó del resto: conversión del guerrero en funcionario militar, liquidación del último resto del sentido heroico o por lo menos romántico del combatiente y su transformación en el servicio militar obligatorio, hijo de la Revolución Francesa, aunque muchos creyeron que se trataba del no va más de la esencia patria. El cuartel escuela de virtudes militares: machismo animalesco, sadismo reglamentario y ordenancista, brutalidad soldadesca, obediencia degradante de esclavo o de cadáver, consignas sentimentales delirantes y vacuas, alcoholismo y ahora parece que en el colmo de la liberación las mujeres también se apuntan al fregado; triste degeneración del heroísmo caballeresco sacral de antaño. Ya por último y para más avance imparable, reconversión de la delincuencia y la hez social en tropas de elite (Legión Extranjera, Paracas, Marines, fuerzas especiales, voluntarios de atrocidades varias...), cuyas gestas han saturado los fastos históricos del mundo moderno bien en su versión capitalista bien en su periclitada versión socialista, y últimamente puestas a disposición del ciudadano en la pequeña pantalla doméstica.
No menos interesante es indagar que se pensaba en el otro bando de las antiguas batallas abulicas, a saber en el bando agareno de la morisma. Aquí además de las herencias ancestrales guerreras, análogas si no iguales a las del otro bando, las características de la religión islámica añadían un suplemento de violencia muy respetable. Religión airada, religión de guerra llamaba Vicente Risco al Islam, y Cansinos Asens llamaba al Corán libro guerrero. La jihâd o acción armada ofensiva, que puede comprender todo tipo de violencia, y a veces traducida con el nombre honorificiente de Guerra Santa se considera por algunos ulemas, a veces con kalashnikov en mano, el sexto pilar del Islam. No solo las suras coránicas sino también los hadiths o sentencisa de la tradición oral son muy elocuentes a este respecto, solo a manera de ejemplo se ponen algunas: “el paraíso reposa a la sombra de las espadas”, "La sangre de los Héroes está más cerca del Señor que la tinta de los sabios y las oraciones de los devotos".
Muy distinto del cristianismo occidental que tardó siglos hasta sus desvíos violentos, el Islam comenzó desde del principio con violencia desatada y a punta de sable, con una pretensión de universalismo absoluto y proselitista y con vocación imperativa de conquista de la tierra entera, y con los inevitables extravíos que el paso fatal de los tiempos acaba por conferir a las sociedades con ideología guerrera. Las etapas de conquista se concretan en tres estados a la vez espaciales y temporales: 1º Dar al-Sulh o paz momentánea propia donde los musulmanes están en minoría y lógicamente no pueden pretender imponer la sariah o ley coránica como fundamento y principio social; 2º Dar al- Harb , zona de guerra o tierra de la violencia, en donde se considera lícito prácticamente todo tipo violencia para la imposición de un poder musulmán; 3º Dar al-Islam reino del Islam o espacio donde está en vigor la sariah o ley coránica.
Desconocidas ampliamente hoy día estas etapas de dominio musulmán, no lo eran en absoluto en la Edad Media peninsular, lo que pone en tela de juicio las modernas interpretaciones ingenuas y seráficas de armoniosa y angelical convivencia de culturas en aquellos tiempos, al estilo de un José Jiménez Lozano, evidentemente ajeno a las sorpresas y desconciertos que proporciona un conocimiento un poco detallado de la islamología. Las otras religiones del Libro –cristianismo y judaísmo- no son de libre práctica en el Islam, ni ahora ni nunca, están simplemente toleradas que es algo bastante distinto, y los límites de la banda de tolerancia lejos de tener ningún tipo de garantía de mínimos, han sido muy variables y fluctuantes a lo largo de la historia y desde luego siempre bajo una pesada discriminación tributaria; no cabe aducir a este respecto progresos históricos tranquilizantes en el ámbito de la libertad religiosa en el Islam, piénsese en la actual Arabia wahabita para no ir más lejos. Los reyes cristianos medievales de las Españas conocedores de estos asuntos se constituyeron en protectores de los moros en tanto entendían perfectamente la distinción entre la práctica privada de la religión musulmana, y las pretensiones irrenunciables de dominio y de poder del Islam que naturalmente no estaban dispuestos a tolerar, clave esta última para entender un poco el sentido de la reconquista y sus interminables batallas.
Existen diversas lecturas e interpretaciones del Corán y de la tradición oral en cuanto enunciados de una lengua sagrada capaz de transmitir la revelación divina; una de las más célebres se refiere a la Pequeña Guerra Santa o guerra exterior y la Gran Guerra Santa o guerra interior; en cualquier caso la interpretación espiritual profunda pertenece al ámbito minoritario y restringido del sufismo en principio ajeno a las escuelas teológicas y jurídicas que son las que marcan la pauta de la vida social y externa del Islam. Estas últimas son las que deciden y ratifican en los tiempos decadentes que nos está tocando vivir que un suicida, con pretensiones asesinas y carniceras, es un mártir, algo perfectamente ajeno al sentido de mártir en el cristianismo; tal vez sea que a Allah cual Moloch cartaginés sediento de sangre le sea grato no solo la sangre del suicida sino también la sangre, las vísceras, sesos y huesos destrozados de las víctimas. Por el terror hacia Dios, esta podría ser la máxima de un sector creciente del moderno islamismo, o si se quiere también por el imperio del terror hacia Dios , más parecida a alguna máxima en vigor por nuestros pagos hace no mucho tiempo.
Solo a manera de curiosidad inquietante conviene saber que la inmensa mayoría de los inmigrantes islámicos en Europa consideran que este continente es Dar Al-Harb, es decir zona de violencia o de guerra donde se debe imponer el Islam. En el caso de España no solamente se considera Dar el-Harb sino que en virtud del antiguo dominio musulmán se considera Dar al-Islam y por tanto tierra a reconquistar imperativamente. Por si parecieran solo simples tipismos históricos para resaltar un cierto misterio moruno romántico y orientalizante de la península, conviene recordar que muy recientemente el gran Jeque Mohamed Sayyed Tantawi, de la Mezquita del Al Azhar en El Cairo ha declarado la guerra Santa a España (La Razón 27 de marzo 2003). Es decir que a partir de ahora cualquier españolito de a pie puede tener el inmenso honor de acabar despedazado en cualquier momento por un fedayín terrorista o suicida para mayor gloria de Allah.
Guerras y batallas de ayer y de hoy, no solo las del Grande de Ávila. El caos infernal, el desorden y las guerras, que no la sola guerra que los medios intentan pasar como la única guerra actual, aumentan cual cáncer incontrolado. La simple protesta por un episodio concreto es absolutamente insuficiente, mucho más si su único fin es la mera expresión de un estado emocional transitorio; en muchos casos no va más allá de expresar la intranquilidad para la digestión que suponen noticias e imágenes. Hoy día ya es difícil de entender que incluso el más instantáneo y bien intencionado de los armisticios en un conflicto deliberadamente seleccionado por los medios, acaso el más grave pero en modo alguno el único, si acaso puede traer una momentánea tranquilidad aparente pero en absoluto la verdadera paz. En un orden social cuya meta prioritaria es el confort económico y social, sería ingenuo exigir esfuerzos que vayan más allá de una manifestación de opinión; sería interesante a este respecto saber que parte de las multitudes manifestativas estaría dispuesta a prescindir como medida urgente de un 30%, un 40% o un 60% del consumo de productos petrolíferos en los vehículos particulares, disminuir al máximo el consumo de plásticos y derivados del petróleo, restringir la iluminación superflua tanto privada como pública y en general todo consumo energético derivado del petróleo, todo ello con el fin de hacer caer la demanda, por tanto el precio del petróleo, por tanto la financiación de la guerra, y esto no como una campaña de ahorro energético sino como un esfuerzo y un sacrificio consciente para evitar males mayores. Y también además exigir la limitación de la soberanía representativa actual de los modernos partidos políticos, e introducir el tradicional y antiguo mandato imperativo, que garantice compromisos, que controle el exceso de poder de los estados, responsables últimos de las peores confrontaciones bélicas, y no lamentar después lastimeramente que el clamor la calle no se escuche en el parlamento; hoy por hoy de las masas consumistas y políticamente correctas malgré tout, difícilmente cabe esperar sacrificios para aliviar la catástrofes; en este sentido todos somos culpables no solo los políticos encumbrados por las máquinas partidarias. Es dudoso que los líderes políticos, las multitudes, los partidos en la oposición o los extraparlamentarios de diverso pelaje traigan la verdadera paz, ni siquiera que se sacrifiquen a fondo y de verdad por aproximarse un poco a ella, esa paz tradicional está más allá de los acontecimientos y componendas mundanas exteriores, acaso algo de eso se quería decir en aquellas palabras antes mencionadas de manera incompleta:
Mi paz os dejo mi paz os doy, no como la da el mundo la da os la doy yo” (Juan 14,27)

RES

Miscelanea abulensica 1. Avila gallega. RES

Con motivo de la publicación del libro ‘Ávila “gallega” ‘ de Emilio Rodríguez Almeida, (Serie Minor nº7 de la Institución Cultural Gran Duque de Alba de la Diputación Provincial de Ávila, Ávila 2002), se plantean una serie de cuestiones acerca de la verdadera ubicación de la Gallecia romana que pesar del remoto pasado considerado tienen “ au rebours” una actualidad insospechada para el moderno debate delimitador de Castilla., término confuso que puede designar prácticamente cualquier extensión que se desee, un topónimo a la carta, si es que tal cosa existe. José Antonio nos obsequia periódicamente con unos recuentos de opinión de unas combinaciones algebraicas sin repetición más bien asimilables a quinielas que no a diferenciaciones esclarecedoras.

Ya desde el primer momento advierte el autor la transcendencia del asunto y las implicaciones que puede tener en el moderno micronacionalismo, nada menos mentar los nombres de las patrias sagradas, algo bastante peor en ciertos ambientes que mencionar a la santa madre.

Así comienza con el exordio:

“Las reflexiones que a continuación voy a hacer parten de una figura histórica y se van a centrar pronto, van a tomar cuerpo y tratar de llegar a un resultado, en un campo completamente diverso: el de un territorio igualmente histórico, ligado a la figura de que partiremos. Podrá parecer, a primera vista, un proyecto tortuoso y, para alguno, incluso desproporcionado; pero no lo es, y demostrarlo no será difícil ya desde estas primeras líneas.

La pervivencia actual de definiciones geográficas nomi­nalmente idénticas a las antiguas es un hecho incontrovertible, exactamente como incontrovertible resulta que los límites ac­tuales de estos territorios no coincidan jamás con los que en­tendieron o establecieron los antiguos. Bastaría referirse, por ejemplo, al concepto Hispania y a su sólo aparentemente equivalente "España" para darse cuenta de la aporia en que vendríamos a encontrarnos si pretendiéramos retener un total paralelo para entrambas. No sólo: hoy vivimos la extraña pa­radoja política de una región autónoma, Cataluña, que habien­do recibido por primera vez de los romanos la identidad no­minal de la verdadera Hispania, pretende no tener que ver en absoluto con la España que entendemos como unidad territo­rial, étnica y política de los tiempos actuales! Se trata de una paradoja que, llevada a sus últimas consecuencias lógicas, de­bería poner al primer capítulo de la reivindicación autonómica catalana el sacrosanto derecho de impedir al resto de los pueblos de la Península el uso de la definición de `españoles': "Llámense como quieran, señores míos: neocartagineses, tar­tesios, carpetanos, lusitanos..., pero no españoles, porque la primera, primogénita Hispania = España, es la Tarraconense, y, substancialmente, la Cataluña actual!". Brindamos con mu­cho gusto (y gratuitamente) la idea al cada día más inteligen­te y lungimirante Presidente de la Generalitat: quién sabe si no le será útil en el futuro.

En otros casos, los nombres históricos antiguos han sufri­do procesos de reducción, como en el caso de la Cantabria y Asturias, o de ampliación forzada, como en el caso de un Ara­gón que, indicando primariamente la Tarraconense costera y su zona de influencia inmediata, con el tiempo pasa a deno­minar sólo una parte de ésta última (y una parte substancial­mente interna y no costera). ¿Otros casos, otros fenómenos? Si hay una región española cuya substancia territorial haya pa­sado prácticamente indemne todos los avatares de la historia ésta es la antigua Baetica. Pero si guerras y luchas, invasiones y reconquistas, califatos, reinos taifas, señoríos y repúblicas, política y administración de todas formas y colores, no consi­guieron alterar substancialmente la realidad territorial, ¿quién hubiera pensado, durante la Antigüedad clásica, que iba a tener que sacrificar su bello nombre en favor del de un pueblo inva­sor tan insignificante y efimero como el de los Vandali Silingi?

Pues bien, un fenómeno paralelo es el que afecta a Ga­llaecia-Galicia, denominaciones para las que en vano iríamos en busca de una identidad precisa a través de los diversos pe­ríodos históricos, porque el nombre, como veremos, `emigra', se desliza y desplaza paulatinamente de Sur a Norte, hasta co­agular y fijarse en su acepción territorial moderna, en el ex­tremo Noroeste peninsular, la antigua tierra de los Artabri, que, con casi absoluta seguridad, no le perteneció en sus orí­genes. La cosa no tendría nada de particular o de trágico, si no fuera por el hecho de que esta realidad no es absolutamente percibida por los arqueoetnólogos, arqueólogos e historiado­res, que substancialmente no establecen diferencia alguna, al punto que la simple hipótesis de separar ambos conceptos, analizar su devenir histórico, precisar los contornos en suce­sión diacrónica, resulta poco menos que una herejía histórica tan escandalosa como parece fuera a su tiempo la teológica de Prisciliano. Ya, ¡el Priscillianus Avilae episcopus y, para col­mo, Gallaecus, de las fuentes histórico-literarias!

En la infinita, variadísima y pasional bibliografía eclesiás­tica y, en general, historiográfica de la España antigua, que ha ido acumulándose sobre este personaje y su controverso mo­vimiento, permanece un equívoco de fondo que, a cuanto pa­rece, nadie se ha preocupado nunca de disipar: el de la su­puestamente substancial identidad entre la Galicia actual y la Gallaecia histórica. El prejuicio está tan arraigado que en él se fundan (sea para afirmar, sea para negar la `galleguidad' del personaje) muchos de los estudios de autores tan importantes y versados en el problema como Martins, Portela Valladares, Pedrazo, López Ferreiro o López Caneda, por no citar más que algunos. Se llega a centrar la misma figura del hereje (o su­puesto tal, cosa que ahora no nos interesa) en el marco de una ,,antropología céltica" o "gallega"; se apoya su doctrina en un supuesto "panteón céltico del Noroeste peninsular", especial­mente de los cultos astrales; se quiere ver en sus posiciones metafísicas o metateológicas la trasparencia casi folklorística de una antropología de la región. Y, como consecuencia ex­trema, ¡se ve a Prisciliano tan geográficamente "gallego" (en el sentido moderno del término) que se llega a querer ver en la memoria de Santiago de Compostela (siguiendo lo que al­guien propuso casi como una `boutade') no ya la tumba del Apóstol Santiago (cosa, en sí misma, opinable, naturalmente, pero por otros caminos y otras razones), sino la del hereje Prisciliano! “

(Emilio Rodríguez Almeida. Ávila “Gallega”. Serie Minor nº 7. Institución Cultural Gran Duque de Alba. Ávila 2002, pp 9-11).

Los extremos precisados por el autor son bastante conocidos e investigables tanto por la geografía conocida del imperio romano como por los textos de los geógrafos greco-latinos. Básicamente se reduce a afirmar que la primitiva denominación de la Gallecia latina se deriva de la denominación kallaikoi dada por estrabón a las tribus que habitaban desde el Miño hasta la zona sur de la cuenca del Duero, que comprende lo que se denominó Gallecia Bracarense, que en su parte más norteña y occidental comprende las actuales provincias portuguesas de : Minho, Douro, Alto Douro y Tras os Montes y su parte más oriental y meridional la actual provincia de Ávila. En la división provincial de Augusto el territorio de las tribus kallaikoi quedó incorporado a la provincia de Lusitania. La actual Galicia pertenecía entonces a las tribus ártabras, y su territorio incorporado a la Tarraconensis. Esto en principio puede ser algo fuerte para algún furibundo galleguista que ve evaporarse en la nada los supuestos orígenes ancestrales de la galleguidad de la actual Galicia, pero los hechos fueron así.

Todavía hoy cuando los minhotos - portugueses de la provincia de Minho (ValenÇa do Minho, MonÇao, Melgaco...)- van a Lisboa les reconocen un raro acento (un portugués mucho más lento y comprensible que el endemoniado portugués lisboeta) y les llaman con un cierto tonillo de suficiencia gallegos; es decir que los portugueses aún recuerdan en sus usos lingüísticos que el norte del actual Portugal pertenecía a la Gallecia Bracarense..

Siglos más tarde en la época de Diocleciano se realizó una nueva distribución provincial de la diócesis Hispaniarum en seis provincias, desgajando la Gallecia Bracarense de Lusitania e incorporándola a la nueva provincia Gallecia junto con los antiguos territorios de las tribus ártabras (conventus Lucensis) y astures (conventus Asturicensis), anteriormente pertenecientes a la Tarraconensis. En cualquier caso la capital de la nueva provincia Gallecia era Braga y no Lucus (Lugo) o Asturica Augusta (Astorga), lo que de alguna manera reflejaba el hecho de que la ubicación de los antiguos kallaikoi o gallegos era el sur, es decir la Gallecia Bracarense y no la Gallecia Lucense, es decir para aclararnos y provocar reacciones paradójicas y acaso airadas o tal vez infartos fatales: Ávila era la primigeniamente gallega y no la Coruña.

El autor plantea directamente estas cuestiones:


“1. Qué cosa es la Gallecia

EN este punto comenzamos a entrar en el tema que he­mos expuesto en nuestra introducción, porque cues­tión versada es también la del origen natal de Prisci­liano. "Gallego" es llamado por los autores antiguos, lo que ha inducido a la generalidad de los especialistas a considerarlo gallego en el sentido moderno del término. Se trata (lo hemos dicho ya) de un grave error de perspectiva. Para los antiguos, el término tenía un valor diverso ya desde los tiempos de Au­gusto. Basta leer los Hypomnemata geographicá de Estrabón, 111.3 y 111.5, partiendo del hecho de que, etnográficamente ha­blando, los pueblos al sur del Duero que fueron incorporados por Augusto a la provincia Lusitania con capital en Mérida no eran verdaderamente lusitanos: los pueblos lusitanos comen­zaban al norte del Tajo, esto es, bajo las sierras de Estrella, Ga­ta, Béjar y Gredos:
"Siguen (entiéndase `entre los pobladores de la España oc­cidental, en el marco general de los Lusitanos') los kallaikoi (lat. Gallaeci, `galaicos' o `gallegos'), que habitan en gran parte las montañas. Por haber sido dificiles de vencer, dieron su nombre al vencedor de los Lousitanoi (e. e., Décimo Junio Bruto `el Galaico', en el año 138 a. d. C.), tanto que hoy la ma­yoría de los lousitanoi se llaman kallaikoi "...
"Hasta el norte del Tajo se extiende la Lusitania, la más fuerte de las naciones iberas y la que por mayor tiempo resis­tió a los romanos. Los límites son: hacia el Sur, (desde) el Ta­jo; al Norte y Oeste, el océano; al Este los carpetanos, los vet­tones y los galaicos". (Para entender esta descripción hay que tener en cuenta la visión deformada de la Península que ` ven' los antiguos. Fig. 4 ).

Nótese que está hablando un geógrafo de la edad de Au­gusto, que conoce la realidad administrativa del momento (el ordenamiento provincial augusteo); en la cual la Lusitania se extendía del Algarve actual hasta el Duero, y en la que las ac­tuales provincias gallegas aparecían incluídas en la Hispania citerior o Tarraconensis; y en ella continuarán hasta que se re­alice la nueva división diocleciana o de la Tetrarquía, en los fi­nales del s. III. Fig. 5.
Esta nueva división revolucionará todo el panorama admi­nistrativo en modo decisivo. En la Península Ibérica se crea la Dioecesis Hispaniarum, que comprenderá las provinciae nue­vas de la Tarraconensis (capital Tarraco), Carthaginensis (ca­pital Carthago Nova), Gallaecia (capital Bracara), Lusitania (capital Emerita Augusta), Baetica (capital Corduba) e, incor­porada, la Mauritania Tingitana (capital Tingis, Tánger). ¡Se trata, por lo que afecta al territorio que ahora nos interesa, de una revolución total! Fig. 6.
(Op. Cit. Pp 37-38)

“Creo, por consiguiente, que deba considerarse fuera de cualquier duda razonable el hecho de que la Gallaecia origi­nal fuese un territorio comprendido a grandes líneas por los si­guientes extremos; el Miño al Norte, la Sierras de Estrella y de Gata al Sur, el Océano a Occidente y las Sierras de Gredos y Guadarrama en la parte oriental inferior. En estos términos, se comprende fácilmente la razón por la cual Estrabón asegura que "hoy día se llama Gallaeci a la mayoría de los Lusitani:"

Cuestión diversa y para nosotros poco comprensible es la razón que pudo mover a Augusto a ciertos `recortes' fronteri­zos (la zona Segovia-Coca, por ej., estaba originalmente, se­gún Plinio, NH., 111.28, en el conventus Cluniensis de la Ta­rraconense o Citerior, mientras, al menos por lo que afecta a Coca, con la Tetrarquía pasaron a la Gallaecia) y, en concre­to, a separar del resto de la Gallaecia original el territorio sep­tentrional con centro en Bracara. El hecho es que en tal modo creó los presupuestos para la futura confusión de los términos geográficos, pues el territorio noroccidental de la Tarraconen­sis quedó distribuido en los conventus Asturicensis, Lucensis y Bracarensis, pertenecientes a tres etnias completamente di­versas: astur, cántabra y galaica.”

(Op. Cit. P 48)

“1. La diócesis Hispaniarum

En el año 285, tras el traumático período sucesivo a Va­leriano y Galieno (época `de los Treinta Tiranos'), su­be al imperio Diocleciano, el gran reorganizador. Sus reformas cambiarán de la cabeza a los pies el `gigante de ar­cilla' en que se iba transformando el Imperio romano, permi­tiéndole sobrevivirse a sí mismo y re-adquirir una solidez tal que ni siquiera los continuos cambios dinásticos y las fre­cuentísimas conjuras de palacio le habrían afectado. Es una re­forma que toca todos los aspectos del poder público, desde la moneda y los precios hasta el ejército, desde la administración territorial provincial hasta las jerarquías de la corte imperial. No habrá un solo aspecto de la vida pública y de la sociedad romana que no se vea afectado por esta radical transforma­ción.
En la administración territorial del inmenso imperio la re­forma se concretiza en dos aspectos. Por una parte, las pro­vincias multiplican su número; por otra, éstas son agrupadas en 12 territorios administrativos mayores llamados `diócesis' (dioecesis, StockTrn5, `administración', `gobierno'). Uno de ellos es la dioecesis Hispaniarum, dividida en cinco provincias peninsulares (Tarraconenses, Carthaginensis, Baetica, Lusitania y Gallaecia) y una africana (Mauritania Tingitana, Marruecos). No se nos alcanza, naturalmente, la serie de razo­nes en que se basa la definición de las fronteras exactas de ca­da provincia en un ámbito tan drásticamente renovado, pero es probabilísimo que las viejas reivindicaciones territoriales étni­cas sean, si no una exigencia, ciertamente un reclamo válido en muchos casos; y creo que el caso de la nueva provincia de Gallaecia no sea único.
2.- HIDACIO DE LIMIA Y SU CHRONICON.
La nueva situación compensa idealmente esa especie de `injusticia' consumada por la división augustea, que había de­limitado el ámbito territorial un tiempo poseído por los Ga­llaeci, en cuanto se les atribuye de nuevo todo el territorio ori­ginal entre las sierras de la Estrella-Gata-Gredos y el Miño y, ad abundantiam, el de los tres conventus septentrionales árta­bro-galaicos y asturicense, un tiempo atribuidos a la Tarraco­nense, es decir, el bracarense, el lucense y el astur, como ha­bía hecho ya Caracalla. Y si los testimonios directos del pri­mer momento (de Diocleciano a Teodosio) no son explícitos, a partir de Teodosio no nos quedan dudas, gracias a la obra analística del cronista Hidacio de Limia (HYDATIVS LE­MICVS, Continuatio Chronicorum Hieronymianorum, en Migne, Patrologia Latina LI, 873-891), una obra que, dividi­da por olimpiadas, comprende desde el año 379 en que Teo­dosio inicia su imperio hasta el 463, siendo cónsules Flavius Caecina Basilius (en Occidente) y Vvianus (en Oriente) y em­perador en Occidente Libius Severus.
Hidacio dice en su introducción ser nativo de la provincia Gallaecia, Lemica civitate (`de la provincia de Gallaecia y de la ciudad de Lemia'). Puesto que Lemia es identificable con el topónimo actual Limia (río gallego que desemboca en el Océano al Sur del Miño), es posible que la Lemica civitas sea Fo­rum Limicorum (Nocelo da Pena, Orense). Según algunos, la Lemica civitas sería Viana o cualquiera otra de las ciudades portuguesas vecinas a Braga (las muchas e insistentes notas de Hidacio relativas a Bracara concretan, si fuera necesario, que su ciudad natal se encontraba en el viejo conventus de esta ciu­dad); su precisión de que está escribiendo sus notas intra ex­tremas universi orbis Gallaeciam es una pura percepción de la extrema occidentalidad de la provincia y no, como los ga­lleguistas extremos piensan, de la identidad de los conceptos Gallaecia-Galicia actual.”

(Op. Cit. Pp 53-55)

Y ya puestos en plan galaico-cantábrico ¿ quién carayo eran los vetones?; a juzgar por la utilización reciente del adjetivo por parte de algunos parece como si se hiciera referencia a la más rancia castellanidad o incluso paleocastellanidad, a veces combinado en el doblete carpetovetónico, adjetivo que parece aludir algo así como a reciedumbre mesetaria, a España profunda de Solana y Regoyos.

Modernamente en todas las autonomías han surgido partidarios de retrotraer las esencias nacionales o micronacionales a los más inverosímiles fósiles y catacumbas de la prehistoria, lo que al parecer les procura sólidos anclajes genéticos, cimientos de una micronación perdurable y desafiante de las avatares y mudanzas del tiempo. Nada pues de fundamentos en la civilización medieval cristiana que conformó una noción de persona y de orden social de la que aún en parte (cada vez menos) tiramos. Hay que zambullirse en el neolítico a la búsqueda de sólidos fundamentos de delirio. “Blut und boden”, sangre y tierra que decían los nacionalsocialistas de allá o los sabinianos de acá. Aún mejor si se pudiera llegar al Paleozoico inferior.

Hete aquí que los arcaicos anclajes deparan sorpresas cual máscaras de carnaval o mosqueos de travestis, los recios vetones eran ni más ni menos tribus kallaikoi, o para ser más claros eran gallegos. Como lo oyen ustedes, y con esto dejamos la palabra al autor:



“3. El papel de Ávila en el periodo suevo.


Las ciudades `galaicas' más aludidas o citadas por Hida­cio son, naturalmente, las de la zona bracarense, donde vive y escribe: Bracara, Lucus (Augusti), Aquae Flaviae, la civitas Auriensis (Orense). Asturica aparece varias veces, sea por su objetiva importancia de ex-capital administrativa de conven­tus, sea porque se encuentra en la línea de penetración y de co­municación con la Tarraconense y la Galfa. De ciudades 'in­ternas' y poblaciones de la Gallaecia pobre e históricamente ignobilis como los Brigetini de Zamora, de los Vaccaei delmedio Duero, de Segovia, Cauca o Salmantica, no encontra­mos mención alguna. De Ávila-Abula, excepción rarísima, oí­mos hablar sólo gracias a Prisciliano: ¡a no ser por él y su in­trigante historia, probablemente nunca hubiéramos sabido que se trataba de una zona de la provincia Gallaecia... !
Es no sólo posible, sino muy probable, que Ávila haya ju­gado algún papel en luchas de esta naturaleza y duración; es más que probable que ella sea uno de los castella residua a plagis barbarorum que se someten a la servitus (probable­mente vasallaje sin ocupación directa) de los bárbaros ya en el 411. La pobreza misma de su territorio debió constituir una es­pecie de salvoconducto para evitar los males y las vejaciones atroces de otras ciudades más codiciadas por los contendien­tes. Seguramente fue una de las ciudades y castella tutiora (plazas fuertes) que en el 430 resisten a las razias de Ermeri­co el Suevo por las medias partes Galleciae (se recuerde que, al contrario, cuando Hidacio quiere referirse a la zona de la Bracarense, la llamada Gallicia in extremitate Oceani occi­dua, `la Galicia extrema y más occidental, junto al Océano'; o, refiriéndose al lugar en que vive y escribe, extrema univer­si orbis Gallecia, `en Gallecia, extremo rincón del mundo'; cuando habla de la primera, está refiriéndose a la realidad ad­ministrativa y jurídica de la provincia; cuando alude a la se­gunda, está hablando del horizonte inmediato, fisico, que tie­ne a la vista).
Hasta ahora, ni la documentación escrita ni los testimonios arqueológicos han evidenciado en Ávila un solo reflejo de la situación que Hidacio describe entre el 383 y el 468 (véase, sin embargo, el cap. 8). Es un capítulo que está aún por escri­bir. En fin, una consideración marginal que se deduce de todos los avatares históricos que afectan a la Gallaecia: si bien Es­trabón no lo precise, es evidente que los Vettones del territorio originario de Ávila-Salamanca pertenecían a la más amplia et­nia de los Gallaeci; y es por ello que con la administración romana no solamente siguen el destino del pueblo, sino que pier­den paulatinamente su propia entidad y su nombre `menor' en favor del general y mayor (cfr. infra, cap. 7).”

(Op. Cit. Pp 63-64)


“CapítuloVIIi ¿y qué es `Vettonia'?

1. Vettonia, en su contexto

En todo nuestro razonar sobre la Gallaecia antigua he­mos dejado de lado hasta ahora un aspecto apenas ci­tado de paso más arriba: el hecho de que la etnia de los Vettones o Véttones sea una etnia afin a la galaica, si no del mismo tronco. El primer dato de carácter geográfico que pro­porciona Estrabón (H. G., 111.3.1) es que "su territorio es, con el de los Vacceos y los Lusitanos, atravesado por el Tagus (Ta­jo) ". El segundo, en 111.3.3, es que "los Lusitanos confinan a Oriente (recuérdese que la visión de España en Estrabón apa­rece deformada, hasta decir que el Tajo desemboca en el Océ­ano `al Sur', confundiéndolo con el Anas o Guadiana) con los Carpetanos, Véttones, Vacceos y Galaicos".

En 111.4.20, Estrabón afronta el tema de la división territo­rial augustea en esta forma:
"Ahora se han distribuido las provincias entre el Pueblo y el Senado romanos por una parte y el Príncipe (el emperador) por la otra. La Bética es del Pueblo (provincia senatoria) y a ella se envía un pretor asistido por un questor y un legado... El resto de Iberia se ha atribuido al César que envía a ella en su representación a dos legados, uno `pretorio' y otro `consular' (dos diversas proveniencias sociales). El pretorio, asistido a su vez por un legado, administra la justicia a los Lusitanos, es de­cir, a la provincia comprendida entre los cursos del Baetis y el Durius (Guadalquivir-Duero) hasta su desembocadura. El res­to (de Iberia, esto es, la Provincia Carthaginensis) queda bajo la autoridad del `legado consular' con fuerzas considerables: cerca de tres legiones y otros tantos legados de legión. De ellos, uno, con dos legiones, vigila la zona del Durius al nor­te, una zona que antes se decía `lusitana' y ahora `gallega"(es evidente que se refiere a los conventus Bracarense, Lucense y Astur).

Por lo que hace a la Galicia actual, Estrabón es preciso, subrayando en dos lugares diversos (sobre todo en 111.3.5) que "los Ártabros son últimos que habitan cerca del cabo Nérion (Finisterre), donde se unen los lados occidental y septentrional de Iberia".

Es en 111.3.5 donde Estrabón precisa mejor su pensamien­to relativo al territorio galaico como distinto del lusitano y del ártabro: "Unas treinta tribus habitan la zona entre el Ta­gus y el país ártabro..." Se trata del famoso paso en que el ge­ógrafo afronta la descripción de estas `tribus de montaña', `tri­bus de bandidos, insociables e inhumanas' que con gran difi­cultad han sido reducidas por los romanos a la vida civil. Y no hay duda alguna de que está hablando, sobre todo del pueblo vettón, el verdadero nervio y espina dorsal de la resistencia lusitana. Y vale la pena recordar la anécdota que él mismo na­rra en 111.4.16, a propósito de las costumbres `espartanas' de estos pueblos: "Los vettones, que fueron los primeros en com­partir con los romanos la vida de campamento, viendo que los centuriones, mientras estaban de guardia, iban y venían como si anduvieran de paseo, los creyeron locos y querían llevarlos a sus tiendas (para curarlos), porque no podían concebir otra forma de vida que la de combatir o estar en perfecto reposo".

(Op. Cit. Pp 69-70)

Son muy ilustradoras estas líneas para tanto necio que trata de buscar antecesores ilustres para las naderías de su identidad regional o micronacional. Recuerdan aquellos hidalgüelos de antaño incapaces de andar por la vida sin referencias a ilustres antepasados que confirmaran su dignidad estamental de muerto de hambre con pedigree. Más vale no buscar demasiados orígenes porque como dice la sentencia despiadada y cruel: ” nunca digas de esta agua no beberé y este cura no es mi padre”.

En cualquier caso conviene mencionar de pasada al menos que ‘Vettonia’ es también un restaurante situado en la carretera de Ávila a Cebreros dentro del complejo Naturávila , en el que además de aceptable condumio se pueden degustar en temporada boletus, macrolepiota procera y otras setas deliciosas que hacen muy aconsejable alguna visita en otoño (no llevo comisión, ¡palabra!).

Parece así cuanto menos dudosa aquella aserción tan antinominalista de Borges que afirmaba que toda palabra contiene lo que es esa palabra. La actual Galicia no contiene lo que fue la Galicia de los orígenes y desde luego no contiene Ávila. Todo para no hablar de Castilla, porque entonces la cosa es la berza. En cualquier caso si hay paralelismos: la Galicia Bracarense era la originaria Galicia de la era augusta, a la que pertenecía Ávila, y los que vivían entonces en la actual Galicia eran tarraconenses; posteriormente en la época diocleciana eran gallegos tanto los bracarenses o gallegos originarios (incluidos abulicas) como los ártabros del Conventus Lucensis, y finalmente acabó siendo Galicia solo los ártabros, es decir precisamente los que no eran gallegos originarios. Espacios el antiguo y el moderno separados por el río Miño.

El itinerario histórico de Castilla presenta analogías sorprendentes, el primer territorio al que se llamó Castilla fue el pequeño rincón del poema de Fernán Gonzalez, entonces diferenciado en lengua, jurisdicción y costumbres de otros reinos peninsulares, particularmente con el reino leonés del cual se desgajó en rapto independentista. Posteriores metamorfosis de condado a reino mantuvieron las características originarias aunque en algunos casos ya con mixturas alógenas que las arbitrarias herencias reales imponían a sus retoños, así el famoso baile de los territorios entre en Cea y Pisuerga, que originariamente leoneses, pasaron en ocasiones a Castilla por disposición testamentaria, sin que su lengua, ni su usos jurídicos se convirtieran en castellanos. En aquellos tiempos naturalmente las disposiciones testamentarias de los reyes era algo bastante serio y no se lo saltaba un gitano.

Al final de las intermitencias señaladas, final también de la Castilla originaria y diversa de su medio entorno, vino lo que alborozadamente describen muchos intérpretes de la historia como la unificación, que encima se realizó en la persona de un santo rey canonizado, algo así como si hubiera sido la unificación de falangistas y requetés en la época de Franco. En realidad se trató de una unión personal de distintos reinos que durante siglos aún mantuvieron cortes separadas, legislaciones separadas, monedas separadas y lenguas distintas, aunque se siga vendiendo la moto de que todo pasó a ser Castilla, por el hecho de que al abreviar la retahíla de reinos se simplificaba con el nombre del cabeza de serie como diría el Marca . La reducción es tanto más chocante cuanto la propia nomenclatura de las nombre reales seguía la serie leonesa de los reyes y no la castellana. Naturalmente que en aquellos tiempos se tenía más claro que ahora lo que era y lo que no era Castilla, y desde luego no se confundía corona de Castilla con el reino de Castilla, pero ya estaban puestas las raíces de la sorprendente polisemia posterior del nombre, ya se utilizaba convencionalmente el nombre para llamar Castilla a lo que no era Castilla y castellano a lo que no era castellano.

En la época de los Reyes Católicos se bautizó al reino de Toledo, con el nombre Castilla la Nueva y a Andalucía con el nombre de Castilla la Novísima , no tanto porque las consideraran Castilla como hacen algunos modernos intérpretes sino precisamente porque se reconocía algo distinto y diferente de la Castilla originaria. Un poco después se bautizó como Nueva Castilla al virreinato del Perú, Nueva España al virreinato de México, Nueva Granada al la actual Colombia, Nueva Andalucía al sur de Venezuela, Nuevo León y Nueva Galicia a territorios mejicanos, Nuevo Toledo a un territorio venezolano. Entonces se entendían bien los adjetivos: lo nuevo no era lo mismo que lo antiguo; felices tiempos de diversidad ajena al estándar uniforme.

¿ Y de la lengua qué? Dirá alguno retador y unificante .Antes que hoy el inglés se extendió bastante el castellano ,en el otoño de la Edad Media, como lengua común de comunicación por la península ibérica, el término griego de la época helenística es koiné, así que la lengua castellana vino a ser un poco la koiné ibérica, lo que no quiere decir que los que hablaran esa koiné fueran castellanos. Tampoco hoy un hindú que hable inglés aunque halla olvidado o tal vez nunca halla conocido la lengua de sus ancestros, no se convierte por eso en inglés. Es una temeridad pretender usar lo común para caracterizar lo diferente.

Son conocidos los eventos posteriores: unificación de los reinos peninsulares, en nomenclatura abreviada: corona de Castilla y corona de Aragón, por cierto una federación de reinos; dinastías extranjeras, régimen liberal centralista con desaparición de los viejos reinos –entre ellos el reino de Castilla- y aparición de la provincia como delimitación territorial. Aún se conservaba entonces, al menos a nivel escolar, el recuerdo territorial del antiguo Reino de León y de la antigua Castilla la Vieja, que en vano se buscará en los escolares de hoy día. Así como en el caso de Galicia la denominación se mantuvo aunque aplicada a un territorio distinto del originario, en el caso de Castilla se ha perdido prácticamente hasta la memoria de lo que fue Castilla. O peor aún el único recuerdo que queda es la identificación culpable e Castilla con la singladura belicosa y opresora de España, como por tipifican los ejemplos de Portugal o Cataluña en el siglo XVII, por ejemplo se dice con frecuencia que Portugal se liberó no de la férula patrimonial de los Habsburgo sino de Castilla, idem en el caso de Cataluña, tanto más chocante cuanto que apenas había castellanos en los ejércitos invasores.

Nombre comodín, impreciso y deslizante o metonímico donde los halla, Castilla es más que nada un sinónimo de meseta reseca, fundamentalmente llana y retrógrada, cuyos territorios paradigmáticos (Tierra de Campos, Campos Charros, Campo de Montiel.......), están en general fuera de los límites de la Castilla de los orígenes forales. Sin singularidad reseñable alguna y más bien apta para superficiales descripciones meteorológicas. Aunque naturalmente esta moderna insignificancia, en el más pleno sentido de expresión, ha tenido también sus bardos llaneros: Unamuno, Ortega y Gasset, Julio Senador y demás.

En estas condiciones llegó la división autonómica en que la parte más importante del “pequeño rincón” (Cantabria, Rioja) dejo nominalmente de ser Castilla, una antigua tierra castellana si no como corte si como villa -Madrid- dejó de ser oficialmente Castilla, y el resto quedo en extrañas e imprecisas mixturas: Castilla y León, con una y inclusiva de unión de conjuntos pero sin especificar lo que es Castilla ni lo que es León, es decir los conjuntos a unir; y ya para rematar la guinda Castilla-La Mancha, mucho más enigmático por ese guión que lo mismo puede ser un menos, que una yuxtaposición territorial al estilo “belle époque” tal como Austria-Hungría o Alsacia-Lorena, o tal vez una denominación imperativa un tanto teutónica y prusiana al estilo de Nordrhein-Westfallen , Baden-Würtemberg o Schleswig-Holstein, que adolece al igual que en la vecina autonomía del norte de la imprecisa delimitación de los términos a ambos lados del guión; probablemente porque de lo que se trataba no era tanto de delimitar territorios históricos como de imponer una disciplina ordenancista: ¡a formar por orden alfabético!, Castilla-La Mancha.

Así pues Castilla enigma existencial: separación de territorio originarios, indefinición de los subconjuntos parciales y yuxtaposición con territorios alógenos; he aquí lo que devino el “pequeño rincón”; comparado con esto la Galicia metamorfoseada es una maravilla de precisión definitoria.

Poco o nada hay que rascar investigando el territorio o continente, salvo dolores de cabeza y pesadillas recurrentes en las que a manera de ectoplasma espiritista León, antiguo antagonista de Castilla, se convierte por arte mediúmnico orteguiano o unamunesco en la esencia inmaculada de los castellano y otras condensaciones oníricas más propias de delirium tremens que de eventos históricos reales.

Acaso el contenido pudiera ser menos camaleónico y engañoso proporcionar alguna luz. Pero todo parece indicar que nos movemos en el terreno de las vanas ilusiones, el contenido son nada menos que los pueblos varios que habitan y han habitado ese puzzle geográfico impreciso a que hace referencia vaga el nombre de Castilla. En cualquier caso esta ha sido la apuesta de muchos: retrotraerse a las brumas arcanas de la prehistoria y el origen prístino y genuino; así unos nos dicen que al margen de su efímera y casual pertenencia a Castilla (más de 10 siglos) ellos son fundamentalmente cántabros o berones, otros desconfiados de la historia que fue testigo de vecindades comprometedoras, cargan la suerte en la etnografía y la cultura de cisastures y transastures , como si la historia no fuera cultura o como si la etnografía no estuviera transida hasta los tuétanos de geografía e historia.

¿Castilla?, ¿León?, ¿Toledo?, ¡hombre de Dios no venga usted con esas antiguallas!. Lo sólido , lo científico, lo verdaderamente firme es asentarse en la sangre y tierra, en la “blut und boden” de cántabros, berones, vacceos, vetones y demás tribus como bien nos enseñó Sabino, Chamberlain y Gobineau. Ya de entrada las definiciones usuales de pueblo encierran en si una petición de principio: el territorio geográfico. En este sentido nada significa en sentido riguroso hablar de pueblo castellano si no está previamente delimitado lo que es Castilla, lo que no precisamente el caso en el tiempo presente. Claro está que se puede salir por el registro emocional de considerar pueblo como dice el DRAE en una de sus posibles acepciones como la gente común y humilde de una población, o como dice María Moliner al conjunto de personas que viven modestamente de su trabajo generalmente corporal (Pascasio).

Esta pretendido asentarse en las constantes ancestrales y ahistóricas del pueblo es una vieja aspiración romántica que procede de las brumas enervantes y oníricas norte y centroeuropeas, de las que fueron destacados portavoces Fichte y Herder, con algún sarpullido maligno posterior en el síndrome nacionalsocialista. Por nuestros lares una de los exponentes más destacados fue el gallego Vicente Risco, más leído y escribido que Sabino Arana, aunque fundamentalmente análogo en lo esencial. Sus opiniones, verdadera antología del género volkisch, merece la pena reproducirlas por lo orientadoras e ilustrativas que resultan al respecto; así nos dice acerca de la etnografía lo siguiente:

“ Determina el alma de un pueblo en sus formas culturales características (enxebre), es lo que llamamos interpretación fisionómica de la historia. En realidad este concepto le viene a la historia de la etnografía y de ahí la importancia capital que hoy tiene esta ciencia”.

Respecto a lo que es cultura popular -folk lore en su sentido originario- afirma:

“Entendemos por cultura popular el conjunto de aquellas creencias , conocimientos, ritos, usos sociales, métodos de trabajo y producciones útiles, literarias y artísticas que un pueblo determinado posee en común, y que no se aprenden en la escuela ni en los libros , sino que lo recibe una generación de otra por tradición, cualquiera que sea la camada, clase o estrato social en que se encuentran”.

Por si fuera preciso apostillarlo estas afirmaciones se hicieron teniendo como referencia primaria al pueblo gallego, al que el autor idealiza como una comunidad intereses espirituales y materiales, con vínculos de habla, historia, tradiciones , coincidencias psicológicas –psicología del pueblo (las siete clases de gallegos)- , y geografía, sin olvidar algún coqueteo con las características raciales. Muy al contrario que en el caso castellano, se parte de una delimitación previa del pueblo gallego convencionalmente admitida de manera universal y que destaca en primer lugar por un “acentazo do carayo”. Cuanta desazón entre los gallegos –el primero de todos Xosé Manuel Beiras- entre la admisión de Vicente Risco como patriarca y pionero de la galleguidad esencial y su rechazo como reaccionario peligrosos.

Es impresionante el oscuro potaje de la moderna antropología de la que la etnografía es una destacada rama; inmenso batiburrillo de datos reducidos a phisys o naturaleza que menos aclaran cuanto más intentan explicar. En pleno acuerdo con la noción griega de phisys se incluye la psique como parte de ella, y así el propio V. Risco , que seguramente no leyó a su ilustre contemporáneo Don Ramón del Valle Inclán, se atreve a caracterizar psicológicamente al pueblo gallego de la siguiente forma:

Sereidade de xuicio
Dureza pro traballo
Cachaza para sufrir as penas
Boa airanza natural
Prudencia.

Estas caracterizaciones emocionales e interesadas, como nos recuerda Caro Baroja, están descritas para todos los pueblos. En este orden de cosas se podría intentar caracterizar al pueblo castellano como pueblo de hombres valientes y mujeres hermosas, descripción psicológica tan ejemplar como inútil, pues los variados biotipos humanos (Kretschmer, Jung, ...) escapan a cualquier adscripción popular o geográfica que intente atraparlos en sus contornos.

Falta a la antropología moderna el verdadero nexo vertical o tradición metafísica o espiritual que finalmente de su verdadero sentido cualitativo y ordenado de todos los materiales disponibles cuya mero aumento cuantitativo jamás conseguirá. Claro que por los métodos empleados y por la mentalidad de la inmensa mayoría de sus cultivadores esto es casi imposible, la sola idea de salirse del surco académico espanta. Hay razones para suponer que muchos de las antiguas tribus a las que el nuevo impulso romántico, para no emplear palabras más fuertes, de los micronacionalismos emergentes trata de erigir en fundamento vital de su andadura, son pueblos indoeuropeos celtas o celtizados. Relataba a este respecto Christian J. Guyenbarc’h bretón y una de las máximas eminencias en Francia, Europa y el mundo entero en lenguas y cultura céltica y a la vez enormemente crítico con las limitaciones académicas de la antropología, nos contaba ,digo, varias cosas:

1º La tradición celta es una tradición muerta desde hace más quince siglos. Al hablar de tradición se refiere a la conexión vertical o metafísica de que antes hablábamos y no a la mera transmisión de aspectos físicos exteriores cuyo último y auténtico significado solo se puede aprehender en esa verticalidad.

2º Los escasos textos que se refieren a la tradición celta en el sentido más auténtico, vg. el druidismo, nos son perfectamente extraños y tan solo reciben alguna luz con remotas analogías con sociedades indoeuropeas perfectamente ajenas hoy día a la mentalidad occidental. En el caso comentado las druidas como casta sacerdotal solo pueden encontrar cierta analogía con la casta brahamánica hindú.

3º La última lengua que conservó restos de la antigua tradición céltica es el irlandés medieval. Guyenbarc’h nos refiere que los especialistas en irlandés medieval en todo el mundo se pueden contar con los dedos de las manos,: dos en Francia y en España ¡ninguno!.

Mientras tanto para ir tirando con la sabiduría tribal, bien conocida y firme en nuestros pagos, se puede arrobar al personal con éxtasis de sabiduría transcendente como que celtíbero se refiere a las tribus celtas del Ebro y que la marca de cigarros celtas cortos es una franquicia cuyo origen se remonta a Vercingetorix.

De los iberos se sabe aun menos, es decir que incluso lo poco que se conoce y algo de lo que se intuye es todavía más oscuro y digno de ocultarse.

Por otra parte los firmes cimientos del volkgeist o espíritu del pueblo tribal , da igual cántabro, que vetón que cisastur, corresponden a civilizaciones agrícolas y pastoriles perfectamente ajenas a la moderna civilización urbana. Por si algún cisastur o pelendón moderno no se ha enterado todavía nos recordaba Alfredo Hernández en El Mundo de Castilla y León del 9 de Marzo de 2003, que en la autonomía de Castilla y León el número de pueblos y aldeas despoblados total o casi totalmente va en cadencia vertiginosa, por el momento más de 400 pueblos de la autonomía tienen menos de 2 habitantes y la cosa va a más. Por tanto ahondemos en el paleolítico rupestre y cazador para encontrar una base firme ante el caos que se avecina.

Guste o no guste la única referencia real de la actual organización política occidental es la civilización cristiana medieval, aunque en muchas ocasiones sea una referencia “ a contario” o por contraste. Incluso la herencia griega está fuertemente condicionada en su interpretación histórica por la patrística greco-ortodoxa y por la escolástica occidental.

En su fundamento último los reinos cristianos peninsulares medievales no eran sociedades tribales, independientemente del substrato que aportara la ya desvaída cultura tribal del bajo Imperio Romano. Se trataba de sociedades estamentales bastante dinámicas tanto en lo geográfico como en la población, en las que la lógica de la guerra y repoblación llevaba consigo una mezcla de gentes cuyo nexo de unión no era precisamente las regularidades y analogías etnográficas. En ese sentido Edad Media no era políticamente correcta, ni tampoco Castilla lógicamente; en su atraso acientífico digno de conmiseración el fundamento de la sociedad era entonces la condición de cristianos de sus miembros, partícipes del cuerpo místico de la Iglesia, más allá del espacio y del tiempo. El dato importante en la Edad Media era la sociedad cristiana, la Universitas Cristiana, no León, ni Castilla, ni Lombardía, ni Borgoña, lo importante era la unidad interna y no las diversidades externas, que no se traban de sofocar . Hasta hace algunos años aún se oía en los púlpitos de las iglesias, es decir oíamos los que tenemos ya añitos y canas, hablar del pueblo de Dios. Ese pueblo cristiano o pueblo de Dios, es el pueblo unánime o jana en sánscrito, más allá de las caracterizaciones naturales de antropología moderna, y que por supuesto no figura en los actuales diccionarios ni en las disciplinas académicas como definición o caracterización de pueblo; sería precisa una antropología espiritual más profunda y radical que la transitada por José Jiménez Lozano

La noción vertical o metafísica de jana, es lo que explica la noción de Baratta o constelación de pueblos hindúes, diversos en sus razas, lenguas y costumbres pero únicos en su concepción metafísica y cosmovisón. Algo análogo se podía decir de la Hélade antigua, conscientes de su identidad espiritual pese a su divergencia lingüística, artística o política, que les llevaba incluso a la guerra sin menoscabo alguno de la identidad helena de los contendientes. Algo similar eran los pueblos peninsulares en la Edad Media un microcosmos dentro de la Universitas Cristiana, que no precisaba de código penal, impuestos y policía para mantener la unión invisible en la divergencia visible.

No se puede ocultar sin embargo que la división estamental tripartita del estado medieval es una componente cuyo origen es muy anterior al cristianismo, como de manera exhaustiva y ejemplar ha estudiado Georges Dumezil; es una herencia ancestral indoeuropea en que se suman de manera convergente el aporte, celta, romano y germano. Es en este aspecto secundario de la densidad estamental donde había diferencias entre los diversos reinos de la cristiandad; así por ejemplo el peso estamental era diferente en el Reino de León y en la primera Castilla, heredero especial el primero de la tradición guerrera germanico visgótica, conservó una fuerza enorme el estamento guerrero-nobiliario de la segunda función que con el tiempo copó por parentesco también el estamento sacerdotal o clerical de la primera función.

La primitiva Castilla fue una estado medieval estamental con un carácter excepcional en la Europa del tiempo en virtud, por decirlo así, de su retraso con relación a los tiempos que corrían. Una menor impronta guerrera visigótica que los otros reinos peninsulares, se tradujo en una menor preponderancia del estamento guerrero y sobre todo, perdonen la osadía herético-cismática, el fundamento cristiano altomedieval, distinto en muchos aspectos del actual, todavía con parecidos y reminiscencias al cristianismo primitivo y al cristianismo ortodoxo bizantino; la representación de Cristo era la Iglesia y el pueblo cristiano, aún no se habían producido las anomalías doctrinales de considerar al Obispo de Roma como Vicario, ni la acaparamiento de los obispados por la nobleza guerrera, no se había llegado a la burocratización y militarización de la iglesia occidental, derivada entre otras cosas del rápido declive del Sacro Imperio Romano-Germánico, y la ocupación del obispado de Roma por familias nobles guerreras de origen franco, y las posteriores secuelas de luchas entre el Emperador y el Papa. El pueblo cristiano aún contaba, y aún se consideraba que por él hablaba la voz del espíritu. El delicado equilibrio del Imperio de Bizancio desapareció pronto en occidente, suponiendo que alguna vez hubiera llegado a existir incluso con Carlomagno. Desde épocas muy tempranas el estamento guerrero-nobiliario tomó las riendas de la gigantesca inversión de valores en occidente. La manera en que se efectuó este proceso en el ámbito que nos concierne se ha llamado en alguna ocasión la leonesización de Castilla (Menéndez Pidal ): aumento de la marea señorial, feudalización a la occidental de la iglesia castellana, desaparición progresiva de autonomías forales y judiciales, supresión progresiva de las autoridades comunitarias por funcionarios reales, despojos progresivos de las propiedades comunitarias, absolutismo rampante, el fiel cristiano reducido paulatinamente de templo del espíritu, microtheos e imago Dei a sujeto pasivo de magia y mecánica sacramental institucionalizada y burocratizada. Leonesizada Castilla se hizo moderna de acuerdo a los parámetros del tiempo, o de otra manera dejó de ser Castilla. Los campeones de una Castilla moderna y actual no saben propiamente de lo que hablan ni lo que dicen, o si lo saben confunden desvergonzadamente.

Se oye, con demasiada insistencia a veces, como se puede recuperar el posible contenido original de lo castellano, con el espejismo presente de lo que está ocurriendo en territorios geográficos vecinos en el tiempo y en el espacio: vascos, catalanes, gallegos,.....; se fuerzan las analogías: se intenta que sea un hecho diferencial una lengua común, se postulan identidades etnográficas para extensos espacios como estrategia alternativa a polos de poder periféricos, olvidando que las aparentes identidades etnográficas son un residuo empobrecido de un despojo secular de pueblos de tierras tanto castellanas como no castellanas; en algunos casos con una imitativa claramente simiesca, se propone una micronación fieramente independiente, olvidando que el estado y la nación moderna son el origen de la uniformidad universal, primer ensayo triunfante de la globalización total y de la liquidación de los particularismos y de las libertades tras las declaraciones formales de igualdad en abstracto. Más nación ha sido siempre acompañada de más poder y más violencia interna y externa, no de más libertad; la historia reciente ejemplifica de manera pavorosa el aserto, siempre cuidadosamente ocultado por la propaganda. La nación moderna, el temible Leviatán, es un corolario de violencia enunciado con variantes por muchos pensadores desde Maquiavelo y Hobbes hasta Carl Smitt , la reyerta y la confrontación de los nuestros contra los otros, de los amigos contra el enemigo.

Otra modalidad al acecho es el fundamentalismo tribal que ya vimos prepara sorpresas morrocotudas a sus adeptos: vetones berroqueños eterno fundamento de la raza – ahora escriben algunos el término wettones con amaneramiento celtizante y feminoide- resultan al final gallegos. No se puede dejar de mencionar la escasamente tentadora oferta de algunos partidos nacionalistas que simplifican los problemas en consignas, las dudas en eslóganes vulgares y la labor profunda en activismo emocional, con los vivas y mueran de rigor, símbolos dudosos si no erróneos, exigencia de un extenso lebensraum o espacio vital para el pueblo imaginario que dicen defender, búsqueda indisimulada del poder y si pudieran de un nuevo Leviatán estatal del que apoderase a la manera que vemos en latitudes muy cercanas.

Seguramente que es una buena cosa delimitar geográficamente lo que fue en su origen peculiarmente castellano y lo que no lo es, y digo en los orígenes porque modernamente el adjetivo castellano es totalmente polisémico y viene en significar lo que se quiera, es decir absolutamente nada. El problema viene a continuación de haber dilucidado académicamente el tema con más o menos acierto; la primera tentación en los tiempos que vivimos es rediseñar fronteras y proponer un nuevo centro de poder o capitalidad, evidentemente nos movemos en terreno de la phisys y lo pragmático, no es fácil salir de ahí; ya todo directa o indirectamente se mide en términos de acumulación de poder bien sea económico, político, técnico o coercitivo. En este terreno ya hay muchas ofertas más o menos ilusorias y engañosas, como siempre en la política, y es difícil que nunca se encuentre un acuerdo por ese camino.

Si no se quiere agotarse en una estéril e ineficiente lucha con los delirios y pesadillas adjuntos, convendría admitir de principio que en el ámbito de lo que con más o menos propiedad se puede considerar castellano no existe en absoluta la sensación de nacionalidad postergada; independientemente del hecho de que el prestigio de lo español y la propia posibilidad de supervivencia de España se encuentran hoy día bajo mínimos el personal se considera de nacionalidad española; decepcionante y vulgar acaso pero real como la vida misma.

Si hubiera que sintetizar con lenguaje actual algunas potencialidades del viejo legado castellano, acaso se podría decir:

Biodiversidad. El mundo actual se encuentra amenazado por la desaparición de la vida física y cultural. Mantener y legar las diferencias actuales y si es posible enriquecer la diversidad cultural es luchar a favor de la vida. No va a favor de este principio propugnar la unificación reductora lo leonés y lo manchego con lo castellano por aquello de que son muy parecidas ( a veces).

Pertenencias múltiples. No es ningún menoscabo ser de una comunidad local que a su vez esté incluido en otra más grande, las condiciones de pertenencia son , o deberían ser, distintas. El castellano actual desconoce mayoritariamente que su condición de castellano no es idéntica a su condición de español, entre otras cosas porque se refieren a ámbitos distintos, pero de ninguna manera excluyentes o contradictorios. Algo similar cabe decir con relación a lo europeo o al propio mundo.


Comunión. Lo que verdaderamente une pertenece a un ámbito interno difícil de expresar en palabras sin caer en una retórica ritual, y desde luego más difícil cada día en una sociedad profana, cuyos males no desaparecerán con una advocación confesional. En su manifestación externa esta unidad puede dar lugar al consejo (deliberativo o decisorio) en que la libertad de fondo reconocida se refleja en la hermandad de hecho de los miembros de la comunidad. Está pendiente todavía la libertad de consejo de abajo -municipio o pedanía-, su transformación de último apéndice de la administración en comunidad originaria de verdad, con libertad de iniciativa, de refrendo, de participación directa o con compromisarios. Un estado o aprendiz de estado con su correspondiente acumulación de poder y capital concentrativa de poder no es una comunidad originaria y sus decisiones son mucho más imposiciones que consejos surgidos de la sabiduría del común.

Proximidad. Agrupación de dimensiones humanas, el prójmo es el próximo no un miembro genérico de un conjunto. Así por ejemplo la provincia castellana heredera más o menos fiel según los casos de las antiguas comunidades es previa a Castilla. Hoy que se habla con horror de las pervivencias provincianas ancestrales, conviene recordar sin comunidades primarias y próximas no cabe hablar de Castilla en sentido originario

Presencia intermedia. La tamización de la voluntad popular mediante las opciones partidarias, la delegación de poderes en un representante soberano irresponsable y de ubicación lejana son el camino allanador de la uniformidad que acaban con las particularidades de las comunidades sea de vecinos, de profesionales, de artesanos, o de ciudadanos en un sentido más amplio (comunidades familiares, vecinales, provinciales, asociaciones, colegios, mutuas..). La distancia elimina el sentido de comunidad, la empatía y confianza social. Esta confianza es la que permite la colegiación de las decisiones y la rotación de cargos ( las siete veces al día de las behetrías de mar a mar) y su reducción en lo posible a cargos cuasi honoríficos. Esta función de presencia de los cuerpos intermedios es una delimitación entre el poder político y el poder social, es decir el presupuesto necesario de la restitución de la soberanía social, que poco tiene que ver con los alevines de estado que son las actuales autonomías. La dimensión múltiple de lo comunitario permite concebir una resistencia frente a la situación desvalidez del ciudadano inerme frente la estado potentísimo, cuyo ideal de poder cómodamente arrollador, confesado o no , es siempre una societas sin socii.

Federación o pacto. Del pacto interior vitalmente mantenido por la comunidad y su consejo, puede surgir el pacto exterior o federación con las comunidades próximas más o menos afines. De una uniformidad extensa impuesta , vg. de la Castilla Total o la Gran Castilla, que no es un pacto interno sino un delirio político surgido de la confusión histórica asociada a la palabra Castilla, no surgirá nunca un verdadero pacto o federación exterior. De por si la nación o estado moderno es cimiento menos adecuado para edificar una federación y menos cuando se trata de viejos pueblos europeos con culturas diferenciadas.

Subsidiaridad. Las instancias sociales y políticas de abajo son las que voluntariamente ceden por acuerdo o pacto competencias a las instancias intermedias y superiores, sin que nunca una instancia secundaria tenga competencias propias de una instancia primaria. Lo primario antes que lo secundario, el hombre –ciudadano, vecino, colega, familiar- antes que el partido (incluso antes que el partido de fútbol, si los forofos futboleros dedicaran la misma pasión y entrega a su familia, a su profesión, o a su entorno social que dedican al fútbol, otro gallo nos cantara)). Justamente al revés de lo que ocurre ahora. Hay que recordar a los neocastellanista que Castilla en su origen era una instancia secundaria con relación a las comunidades que la componían. La delirada micronación fieramente independiente es preferible no mencionarla por el momento. Una compensación del fuerte poder estatal y de las cada vez más poderosas corporaciones transnacionales (verdaderos árbitros de los estados) sería más probable en la medida que se aplicara a fondo este principio.

Actualización de potencialidades. Las libertades formales se diluyen generalmente en la irresponsabilidad de la representación soberana, que recae normalmente en máquinas de poder partidarias, mucho más difícil de prosperar dado el caso con el tradicional mandato imperativo que hace responsable ante los elegidos y sus consejos y con la vieja institución del pase foral, verdadera actualización del derecho de resistencia. La educación convencional genera expectativas ilusorias y frustrantes de promoción competitiva en la sociedad de los tres tercios ( un tercio con trabajo relativamente decente, un tercio con trabajo ocasional, un tercio excluido del trabajo o con trabajo en la economía sumergida y criminal). La educación comunitaria en conocimiento y sabiduría de la comunidad que nos da y permite la vida, que hoy día no realizan las instituciones educativas y probablemente no realice nunca afondo ningún aparato institucional; es la posibilidad abierta a los que quieren mantener viva la vieja herencia castellana: biodiversidad cultural, etnografía, historia, sabiduría popular, transmisión a niños y adolescentes, arte popular, narrativa, música, danza, parques naturales, entornos populares a punto de desaparecer, monumentos a punto de arruinarse, destrozos ambientales en aumento, campos abandonados a la espera de agricultura alternativa, sociedades sin ánimo de lucro pro preservación cultura vernácula, recomposición de la ayuda a los ancianos en una sociedad con pérdida acelerada de valores familiares......Además en todos estos campos es donde se puede ensayar y profundizar la comunidad, el consejo, la rotación de cargos, la colegialidad de las decisiones, el pacto o federación, las pertenencias múltiples y la subsidiaridad. Todo este ámbito social y cultural es precisamente lo que Jeremy Rifkin llama el tercer sector (7% población activa en EE.UU.), y de su desarrollo, recursos y apoyos depende de que no se desarrolle en la era del fin del trabajo un cuarto sector de economía sumergida, criminal y mafiosa como en Rusia y países del este y más con una inmigración ilegal, descontrolada y galopante como la ahora existente.

La lista no está cerrada y se invita a otros a corregirla, ampliarla, enriquecerla y mejorarla; con lo anterior cabe intentar el desarrollo de una herencia castellana no limitada a la gaitilla, la morcilla y la rosquilla de feria, a exhibir una banderita o pendón, a gritar con histeria de menopáusica vivas o mueran, a extasiarse ante la extensión geográfica de la región (¡ que ancha es Castilla!), o a la obediencia y admiración microcéfala a un líder.

Como conclusión final una frase de Mahatma Ghandi:

“No quiero que tapien las puertas y ventanas de mi casa. Quiero que las culturas de todo el mundo se pasen por mi casa con la mayor libertad posible, pero no que me saquen a mi”.

RES

sábado, mayo 26, 2007

Madrid, el sur de Segovia (En torno a la región centro propuesta por Félix Ortiz)

Joaquín González

"Segovia debe mirar a Madrid, que representa para nosotros lo cotidiano, la continuación natural de nuestra historia, el gran mercado para la economía de nuestra provincia y el potencial cultural y universitario, tan cercano, del que tenemos la tangible posibilidad de beneficiarnos y con el que es preciso conectar cada día más estrechamente". Con estas palabras afirmaba en 1983 Manuel González Herrero la natural vocación madrileña de Segovia. Apenas un cuarto de siglo más tarde, Félix Ortiz, en un interesante artículo publicado en estas páginas, viene a proponer la creación de una región centro; una federación, diría yo, con los territorios allende sierra, hoy en la provincia de Madrid.

Tiene razón Ortiz, Segovia mira al Sur, busca la luz del mediodía, y recuerda los tiempos en que aquellas tierras fueron segovianas. Y Madrid debe mucho a Segovia, desde su conquista en 1083 por los capitanes Día Sanz de Quesada y Fernán García de la Torre, reinando Alfonso VI, para incorporarla de manera definitiva al reino de Castilla. Fue un 9 de noviembre, festividad de nuestra Señora de la Almudena, cuando las milicias segovianas escalaron la muralla por la puerta de Guadalajara, que los árabes decían de Alberga; y resistiendo el empuje de los moros, forzaron la puerta para dar entrada al ejército cristiano. Y el estandarte rojo carmesí, con el escudo de Segovia, acueducto de plata en campo azul celeste, ondeó en lo alto de la fortaleza.

En los dos siglos que siguieron a la proeza, haciendo gala de su energía y espíritu indómito, se derramaron los segovianos por la vertiente meridional de la sierra. Consumaron así el sentido histórico del pueblo de Segovia, la culminación de la epopeya que nació con la repoblación de la Extremadura de Castilla, y que se prolongará por las cuencas del Lozoya y Guadarrama, el Tajo y el Jarama, hasta llegar a la cabecera del Júcar y las serranías ibéricas. Es la aventura de transierra o allendesierra, esplendor y gloria de un grupo de hombres y mujeres en verdad extraordinario.

De esta manera Segovia contribuyó destacadamente a forjar la Castilla del Sur, a transmitir al otro lado de la sierra las formas de vida, las instituciones y el derecho, la lengua, las tradiciones culturales y la manera de ser de Castilla. Segovia se convierte en la transición entre ambas mesetas, puente o bisagra entre Castilla de la Vieja y la nueva Castilla del Sur.

Madrid es en gran medida segoviana, como lo atestiguan los escudos de los pueblos que un día fueron de nuestra comunidad, de donde le fueron arrebatados en nombre de la razón y un mal entendido progresismo, tan dañino para nuestra tierra. Hoy llevan esos pueblos con toda justicia el título de fidelidad a la tierra, al que da su nombre Manuel González Herrero. Los homenajea nuestro Centro en Madrid, que sabiamente preside ese gran segoviano que es Antonio Horcajo.

Nos une a Madrid la sierra, nuestra sierra, imponente macizo de roca gneis cubierto de formidables bosques de pino silvestre, escoltados por los robledales y las matas que lo ciñen. Es la sierra de Guadarrama, cuya vertiente norte da vida a Segovia, mientras su faz templada alimenta los valles del mediodía. La sierra, con su elegante y serena belleza, no es frontera sino vínculo, centro de un universo armónico y lleno de sentido. Nos separa el llano de lo que no somos, los "campus gothorum", las tierras de León, región vecina tan distinta de nosotros, como nos enseña Anselmo Carretero. El Guadarrama, la vieja dama carpetana, nos acerca a lo que sí somos, a nosotros mismos; es el verdadero corazón de Segovia.

Imagina Félix Ortiz una región centro y su propuesta tiene tanto de futuro cuanto que seamos capaces de recuperar, superando falaces e interesados planteamientos economocistas, el sentido de la historia, lo que fuimos y seguimos siendo. Nos permite rememorar la antigua provincia de Segovia, integrada por los territorios de las comunidades de Aza, Fuentidueña, Fresno de Cantespino, Riaza, Peñaranda, Maderuelo, Ayllón, Sepúlveda, Cuéllar, Íscar, Coca, Pedraza y Segovia. Y esta última, desbordando la sierra -como lo hacía la comunidad de Ayllón- en sus sexmos de Valdelozoya, Manzanares, Casarrubios, Valdemoro y Tajuña, se llegaba en su territorio histórico hasta el mismo Tajo. Un importante territorio de 8.949 kilómetros cuadrados, con tres enclaves: el condado de Chinchón, entre Madrid y Toledo; el partido de Peñaranda, entre Burgos y Soria; y la villa de Castrejón y su término, en Valladolid.

Esta realidad territorial segoviana quedó deshecha como consecuencia de malhadadas decisiones, obra de la nueva planta provincial decretada el 17 de abril de 1810 por el gobierno del impuesto José Bonaparte. Inspirada en el Estado jacobino, la República "única e indivisible", arrasó con las divisiones producto de la historia y la realidad social. España pasó a dividirse en 38 prefecturas y 111 subprefecturas. Y Segovia fue desmembrada, arrojados sus pedazos ya a Valladolid ya a Soria.

En 1833 se implantó la actual división administrativa, en plena regencia de María Cristina, siendo ministro de Fomento Cea Bermúdez. Es su autor el afrancesado Javier de Burgos, que consumó en gran parte, en lo que afecta a Segovia, el atentado bonapartiano, tanto en su extensión como en el trazado de sus fronteras. Pierde nuestra provincia dos mil kilómetros cuadrados, es decir el 18 por ciento de su anterior superficie; y en particular, todos los territorios situados allende sierra.

Segovia mira al Sur y se ve en Madrid, como su gran logro, su natural prolongación, su referencia cultural y económica. Diáspora de nuestra tierra, Madrid es la otra Segovia, a la que volvemos una y otra vez. Tiene razón Félix Ortiz, el futuro de Segovia comporta el liberarnos del híbrido de Castilla y León, horizontal y douriforme, contrario al espíritu vertical castellano, que busca el Sur, con el ariete de los segovianos.

El proyecto de Ortiz se alimenta de no pocos elementos del movimiento regionalista segoviano, que vislumbra el resurgir de nuestra identidad, frente a la imposición y el desafuero, sin incurrir en los extremos tan perniciosos del nacionalismo, de radical incompatibilidad con la ideología liberal.

Algo se remueve en el interior de la conciencia segoviana, que parece resuelta a sacudirse el yugo partitocrático, a dejar de ser el disputado voto del Señor Cayo, para reclamar el derecho a decidir y construir su futuro. Y así, del hartazgo de la clase política se llega al resurgir de la conciencia regional segoviana, impulsado por el amor a la tierra y el sentido de la dignidad, que nos hace rebelarnos frente a la injusticia que se cometió con Segovia. No podemos olvidar que se nos incorporó a Castilla y León de manera profundamente injusta y antidemocrática, por imposición estatal, en contra de nuestra voluntad. Esto es a lo que llamo, en recuerdo a la gesta de nuestra fallida autonomía provincial, el espíritu del 31 de julio. Quizás haya llegado el momento de comenzar a dar forma a la protesta.

miércoles, mayo 23, 2007

La posible emancipación de Segovia por Luis Ortiz

La separación de Segovia de Castilla León y su posible incorporación a Madrid parece muy difícil, por no decir imposible, en términos jurídicos. Si se decidiera ir por esta vía, sería necesario, una argumentación técnico-jurídica extraordinariamente complicada y con pocas posibilidades de prosperar. Porque, en términos políticos, ello supondría la más que probable disolución de Castilla León, por la posible actitud refleja de León y Salamanca, cuando menos y el posible replanteamiento del mapa autonómico español. Semejante horizonte de inestabilidad que, sin duda no cabe excluir, no beneficiaría la actitud de moderación que ASI quiere representar.

La primera dificultad para la secesión de CyL y la incorporación a Madrid de la Provincia de Segovia resulta que el Estatuto de CyL, que prevé la posibilidad de incorporación de nuevos territorios a su Comunidad, NO prevé la secesión de ninguno de los que abarca, y el Estatuto de Madrid NO prevé la alteración de su territorio. En consecuencia, se requeriría un complicado proceso de modificación estatutaria en una y otra Comunidad. En ambos casos, propuesta autonómica, aprobación de la Asamblea en Madrid y de las Cortes en Castilla, por mayoría cualificada, y aprobación mediante Ley orgánica por las Cortes Generales.

Si la aprobación castellana resultaría difícil, la madrileña no lo sería menos, entre otras razones, porque supondría convertir a Madrid en Comunidad pluriprovincial, con la reaparición de la Diputación Provincial de Madrid como instancia competitiva con la Autonomía y mayorías políticas eventualmente diferentes.

La segunda dificultad consiste en que el caso segoviano es ya cosa juzgada y sentencia da por el Tribunal Constitucional (STC 100/1984, de 8 de noviembre, siendo Ponente el Magistrado don Francisco Tomás y Valiente). (Ver textos íntegros de Jesús Leguina Villa del libro "El Acceso forzoso a la Autonomía Política", pgs. 184 y siguientes).

Tal vez no faltasen buenas razones a Segovia y, desde luego, como algunas otras sentencias de dicho Tribunal, la citada no es precisamente un modelo, pero resulta poco acertado y realista replantear hoy la cuestión (¿pero... y pasado mañana?).

Como alternativa, no fácil, pero más practicable, que puede abrir horizontes de futuro si se maneja con prudencia, podría contemplarse la posibilidad de convenios de cooperación entre CyL y Madrid, relativos a Segovia, previa autorización de las Cortes Generales. Ello es posible sobre la base del art. 145,2 CE y hay al respecto previsiones en los Estatutos de CYL y de Madrid.

De cualquier forma, Alternativa Segoviana Independiente (ASI) podría impulsar este proceso si, llegado el caso, los segovianos expresaran mayoritariamente, de nuevo, su deseo de abandonar la Comunidad Autónoma de CyL, reabriendo un ya casi olvidado proceso en el que cualquier observador puede advertir que hubo algunas lagunas, hoy, inexplicables.

Por otro lado, como ya hemos expresado en otros documentos publicados, es nuestra voluntad, agotar todas las posibilidades de cooperación con Madrid, por el mejor futuro de Segovia y de todos los segovianos.

El futuro de Segovia está... ¿con Madrid? por Luis Ortiz

Hace más de un cuarto de siglo, Segovia planteó su exclusión, o no inclusión, en Castilla y León. Esta es la breve historia de aquella fallida aspiración, cuando se comienzan a oír, en la actualidad, nuevos ecos y voces en ese sentido. Es cierto, o podría serlo, que abandonar la Autonomía que la tiene poco menos que relegada a una estéril atadura convencional, no es tarea fácil ni factible sin remover los cimientos del ordenamiento estatutario, debido a la complicación técnico-jurídica que su secesión de CyL, y posible incorporación a Madrid, supondría.

Según datos y textos recogidos del libro "El acceso forzoso a la autonomía política" de Jesús Leguina Villa, en 1978, por Real Decreto-Ley 20/1978 de 13 de junio, se creó el Consejo General de CyL que incluía Segovia, junto a otras diez provincias, en el régimen preautonómico castellano-leonés. La integración de las provincias quedaba condicionada al acuerdo positivo de los parlamentarios de cada una de ellas. Acuerdo que debía ser adoptado por mayoría cualificada de dos tercios, según disposición transitoria del citado Real Decreto.

Santander (luego Cantabria) y Logroño (luego Rioja) rehusaron su incorporación, pero Segovia se integró en el mismo. A los pocos meses, octubre de 1979, los parlamentarios segovianos decidieron suspender la integración e iniciar un proceso similar al de las otras dos provincias que se autoexcluyeron. Pero el Consejo General inició el proceso autonómico de CyL incluyendo Segovia.

La Diputación segoviana, en abril de 1980, se opuso a esa iniciativa por acuerdo mayoritario de sus propios municipios. Pero esto no paralizó el proceso autonómico global y, fracasado el intento segoviano de permanecer como provincia autónoma de derecho común, los parlamentarios y diputados segovianos quedaron excluidos de los trámites de elaboración del proyecto del estatuto de autonomía que ya no contemplaba la inclusión de Segovia y quedaba reducido a la integración de ocho provincias en el territorio de la futura Comunidad autónoma.

La provincia de Segovia quedó formalmente desligada y en libertad de elegir alguna de las alternativas constitucionalmente posibles: permanecer en régimen de centralización, repetir la iniciativa frustrada hacía cinco años, o impulsar un proceso de autonomía política uniprovincial.

El 31 de julio de 1981 se dan dos hechos contradictorios. Por un lado UCD, en el gobierno, y el PSOE firman los "Acuerdos Autonómicos" que contemplan la incorporación de Segovia a CyL y, por otro lado, la Diputación segoviana inicia un proceso estatutario de autonomía propia, aduciendo su condición de provincia con entidad regional histórica, a juicio de la Corporación Local.

La iniciativa segoviana encuentra el respaldo mayoritario de sus municipios (87,7%) y de su población (56,69%) que cumple los requisitos del artículo 143.2 de la Constitución. No obstante, el Ayuntamiento de Cuellar revoca su anterior decisión y se opone a la autonomía uniprovincial. La impugnación a ese cambio de postura no fue sentenciada a tiempo.

Sin embargo, el proyecto de Ley Orgánica remitida por el Gobierno al Congreso, en enero de 1983, encontró el apoyo parlamentario de las dos cámaras y se decide la incorporación de Segovia "al proceso de Castilla-León, actualmente en curso".

El Grupo Popular del Senado presentó recurso de inconstitucionalidad contra las leyes orgánicas 4/1983 de 25 de febrero que aprobaba el Estatuto de autonomía de CyL, incorporando Segovia, y la 5/1983, de 1 de marzo, por la que se aplicaba el artículo 144,c), de la Constitución a la provincia de Segovia. La Respuesta del Tribunal Constitucional fue negativa por STC 100/1984, de 8 de noviembre, siendo ponente el Magistrado don Francisco Tomás y Valiente.

Se ha escrito mucho sobre el acierto y calidad de la citada sentencia del alto tribunal, pero fue acatada y Segovia quedó incorporada a CyL como novena provincia de la Comunidad autónoma.

viernes, mayo 11, 2007

CIBU presenta sus candidatos a las Cortes y al Ayto

Ciudadanos de Burgos presenta a Gregorio Sancho como candidato a las Cortes regionales por este partido de vocación municipal. Hace cinco meses que nació esta formación local, sin intención de presentar lista al Gobierno de Castilla y León. Sin embargo, el apoyo que han recibido y la unión de muchas personas al partido han provocado que CIBU presente una lista que concurrirá a las elecciones regionales.



El objetivo fundamental es conseguir el traspaso de competencias de la Junta de Castilla y León a la Diputación de Burgos, con el fin de controlar mejor el destino de los impuestos y mejorar su distribución. De momento, la Administración no se ha acercado a los administrados, según afirma Lesmes Peña, candidato a la alcaldía de Burgos.
CIBU presenta unas listas, tanto municipales como autonómicas, formadas por ciudadanos muy heterogéneos, de diversas profesiones, edades e incluso, de distintos países. En las Cortes regionales se toman las principales decisiones para Burgos y su provincia. Por ello, desde Ciudadanos de Burgos consideran que es existencial que estén también presentes en las Cortes. De esta forma, "la voz de los burgaleses se oirá en las Cortes", señala Gregorio Sancho, candidato a las Cortes regionales.

jueves, mayo 10, 2007

“Ciudadanos de Burgos” denuncia el intento de obstaculización de un homenaje al nacimiento de Castilla

Burgos, 28 de abril de 2007/. Ciudadanos de Burgos (CIBU) denuncia que el Ayuntamiento de Burgos ha intentado obstaculizar su acto de homenaje al nacimiento de Castilla, exigiendo la contratación de un seguro de 150.000€ para la quema de 3 folios en la orilla del río Arlanzón. Con este acto simbólico, CIBU pretendía rememorar la protesta que en su día hicieron los burgaleses contra el dominio leonés. “Quisimos rememorar la quema del Fuero Juzgo, tal y como hicieron nuestros antepasados para liberarse de la legislación que les encadenaba a León, simbolizada hoy contra la Comunidad Autónoma de Castilla y León, pero el Ayuntamiento nos puso unos condicionantes que pretendían la anulación del acto”, dice Lesmes Peña, presidente de CIBU.

Con la firme intención de, pese a las trabas del gobierno municipal, conmemorar el nacimiento de Castilla y protestar contra la Autonomía de Castilla y León, la Junta Directiva de CIBU tomó la decisión de reducir el homenaje a una ofrenda floral ante el Arco de Fernán González en recuerdo al primer Conde de Castilla, acto que no precisaba de “fianza económica” alguna.

Según Lesmes, “el esplendor regio leonés y el empuje imperial castellano, ganados a pulso en la palestra de la historia, son pasto ahora mismo del enorme aparato provincialista centralista, absorbente e insolidario en que se ha convertido Valladolid”.

viernes, mayo 04, 2007

Presentan en Burgos un nuevo partido que en su ideario no descarta un referéndum sobre la segregación de la provincia

Ciudadanos a palo seco

Con un primer compromiso, «no pretendemos gobernar, tampoco cobrar», se presentó ayer en sociedad la formación Ciudadanos de Burgos, una «plataforma ciudadana» reconvertida en partido político al comprobar sus miembros el poco eco que tenían sus reivindicaciones.

Su presidente, Lesmes Peña, de 73 años, rechazó que esta nueva formación tenga una ideología definida y afirmó que, en caso de lograr representación en el Ayuntamiento de Burgos, apoyarían a cualquier partido que garantice sus peticiones. «Somos ciudadanos a palo seco», aseguró Lesmes Peña.

Entre los objetivos básicos que se plantea la formación -a cuya presentación acudieron una veintena de simpatizantes- está el traspaso de competencias de la Junta de Castilla y León a la Diputación, el aumento «inmediato» de la plantilla y servicios de la Guardia Civil y la «atención prioritaria» a las infraestructuras de Burgos.

Decepción con la región

Pero el más llamativo es el último punto de su ideario, en el que afirman que «a más largo plazo, no renunciamos a la petición de un referéndum en la provincia de Burgos sobre nuestra permanencia o no, en esta comunidad autónoma». Sobre este asunto, Lesmes Peña aseguró que han llevado a cabo encuestas que les dicen que «hay una gran decepción con la comunidad autónoma».

Sobre la coincidencia de su nombre con el del partido que recientemente logró tres escaños al Parlamento de Cataluña, Peña quiso puntualizar que no van «a rebufo» de la formación catalana. «El proyecto nació a primeros de año», añade el presidente de Ciudadanos de Burgos quien, por cierto, tuvo que lidiar antes de la presentación pública de su partido con los primeros disidentes, dos ex miembros que mostraron su desacuerdo con el acto.

Según Peña, una reacción al no haber conseguido «la ubicación que les hubiera gustado en el partido».

jueves, mayo 03, 2007

El Centro Segoviano en Madrid recordará a González Herrero

El próximo 14 de febrero se fallará un premio en memoria del abogado y escritor, además de celebrarse un acto de homenaje e inaugurarse una exposición sobre su vida y obra

A.S.R. - Segovia

El próximo miércoles, 14 de febrero, se cumplirá un año del fallecimiento del abogado e historiador segoviano Manuel González Herrero y el Centro Segoviano en Madrid ha querido recordar su figura en esa fecha, con la organización de varios actos, incluyendo un acto en su memoria y la inauguración de una exposición.

Según adelantó ayer a este periódico el presidente del Centro Segoviano, Antonio Horcajo, los actos previstos se iniciarán a las siete de la tarde del día 14 con la reunión del jurado que fallará el primer Premio Manuel González Herrero a la fidelidad a la tierra, presidido por uno de los hijos del abogado, Juan Pablo, e integrado por diversas personalidades de la sociedad segoviana.

Según dijo Horcajo, el premio, destinado a reconocer a aquellas personas, empresas o instituciones que destaquen por su fidelidad a Segovia, “la fidelidad que don Manuel mostró hacia su tierra”, se entregará junto al resto de los Premios Tierra, ya que a partir de ahora quedará integrado en las convocatorias anuales de estos galardones, fallándose junto al resto de los premios en años venideros.

Una vez fallado el premio, el Centro Segoviano acogerá un acto en memoria de Manuel González Herrero, que comenzará con el anuncio del ganador del galardón y contará con la participación del historiador Antonio Linage, del propio Antonio Horcajo y de otro de los hijos de González Herrero, Joaquín, que estrenará una pieza para dulzaina, dedicada a su padre y titulada “Oración castellana”. Están previstas asimismo unas palabras del alcalde de Segovia, Pedro Arahuetes.

Finalmente, se procederá a la inauguración de una exposición sobre la vida y la obra de Manuel González Herrero, quien fuera decano del Colegio de Abogados y director de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, que podrá verse en Madrid hasta el día 3 de marzo. No obstante Antonio Horcajo no descarta la posibilidad de que posteriormente se exhiba en la capital segoviana.

Manuel González Herrero, fallecido en la madrugada del 14 de febrero de 2006 en el Hospital General de Segovia, cuando contaba 82 años de edad, nació el 12 de noviembre de 1923. Nombrado Hijo Predilecto de la provincia de Segovia por la Diputación Provincial en mayo de 2004, era doctor en Derecho, tras licenciarse en la Universidad Central de Madrid. Al margen de su tarea profesional, González Herrero destacó como historiador e investigador de las tierras y las gentes de Segovia, dejando una veintena de libros y cientos de artículos y conferencias.