El panorama artístico español parece estar muerto. Su correlato social y político no luce mucho mejor. O al revés, produciendo una conclusión en absoluto halagüeña: un pueblo tan autocomplaciente y tan dócil en lo espiritual y lo material, está acabado. Es el sino al que nos enfrentamos los lectores y los ciudadanos en este país: un completo erial. Sin apenas alternativas, y en el que resulta harto improbable hallar alguna perla.
El descuido por el lenguaje, el desprecio por la complejidad, la incomprensión por los cambios más acuciantes del mundo, el temor a caer —o a ser acusado de caer— del lado de la incorrección política y, por encima de todo, la ausencia de imaginación son algunos de los grandes males que acusan a nuestra literatura. La propia etiqueta “literaria” ha desaparecido a la hora de designar a las obras. Los editores no pueden o no quieren editar obras “literarias” porque a ningún lector parece interesarle ya dicho epíteto. Sin apenas lectores, nuestros escasos escritores de talento están condenados a morir de hambre, a caer en el silencio y el abandono, a renunciar a su talento frente al cliché. Segunda conclusión desoladora: el lector ha muerto en España. Y el escritor de auténtica literatura transita por un camino que desemboca en el mismo despeñadero.
Un modelo de novelista que siempre escoge trama sobre estilo parece haber ganado la partida en la mesa de novedades. Rompiendo así el clásico modelo que pretendía “enseñar y deleitar” de una tacada. Donde el ensayo, la autobiografía y la Historia han terminado por destronar a la ficción. Y los clásicos, sometidos a un revisionismo cerril, corren el peligro de ser “cancelados”, censurados y, peor aún, retocados. El juntapalabras esculpido en suplementos culturales, con una suscripción permanente a Netflix y talleres de escritura, se limita a “contar historias”, como se ha hecho siempre, sólo que partiendo de una autosatisfecha ignorancia por toda la tradición anterior. Que, por supuesto, es gloriosa e infinitamente superior. Bella. Delicada. Sensible. Profunda.
El letraherido estándar, aquel que emborrona cuartillas digitales, es mediocre, puesto que nace despojado de una voz propia y de un estilo elocuente, arrojado en
El catecismo ideológico de una trama meramente “entretenida”
pos del catecismo ideológico o de una trama “entretenida”, vendido a manos de la “sinceridad” o de la supuesta liberación que provoca en el autor y en algún hipotético lector, eludiendo lo que en verdad hace que un libro merezca ser recordado: un hálito auténtico. La Voz. El Ser. Un Destino. Hasta la fecha, el último gran clásico de nuestras letras es Liturgia de los días, de José Antonio Martínez Climent. Una oda a la lengua, a la tierra y al viejo pueblo que antaño llamamos patria.
Bajo una apariencia epistolar, de desahogo cotidiano, Liturgia de los días pone la mira sobre las dianas más centrales de esta época crepuscular. Completando un proyecto de renovación estilística deudor de autores como Sánchez Ferlosio, Goytisolo o Benet; y retomando un locus estético que, con Castilla como epicentro, se remonta hasta Azorín y pasa por Delibes hasta llegar a nuestros días con nombres como Jiménez Lozano, Martínez Climent ha sabido añadir una voz nueva, propia dentro de las páginas de la literatura española. Maestro consumado de la descripción, como ya probara en su anterior novela, Un lugar sagrado donde cazar, en su último libro añade una reflexión profunda sobre nuestro tiempo que bebe de importantes “reaccionarios auténticos”, entre los que destacan Gómez Dávila o el mismísimo Jünger.
Lectura avalada por importantes firmas de la crítica cultural tales como Dragó (flamante Premio de las Letras 2022), Azúa, Trapiello, Cirlot o Tamarón; y preciosamente envuelta por la prestigiosa editorial KRK, su indeleble impronta se eleva hasta conformar una representación sin parangón de la figura del emboscado en España y muestra hasta qué punto Castilla puede constituir un bastión espiritual de resistencia contra la modernidad. Una obra “literaria”, condenada a perdurar en un panorama de saturación inane, que parece haber sido entregada por nuestros padres a nuestros hijos, congelando con ello el tiempo, y que por eso mismo pertenece al pueblo, a todos los pueblos, porque encarna su Voz, su Ser y su Destino. Cuesta imaginar que un hallazgo así vuelva a tener lugar en España.
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domingo, enero 01, 2023
La condenación de Castilla. Por Santiago González-Varas
Este artículo quiere poner de manifiesto que el nuevo régimen se basa en una idea de rechazo a Castilla. Y que hace falta un cambio de actitud. Cuando se realizó el mapa autonómico, la actitud fue de huida de lo castellano, que impregnaba todo el territorio nacional, en unos lugares más que en otros. Es característica la actitud en lugares como Santander, Andalucía, Extremadura, Logroño… (el caso era buscar ficticiamente una identidad contra Castilla), pero también en otros sitios donde, por efecto de políticas desde el siglo XVI al menos, y por el traslado poblacional, existía una impronta castellana dominante sobre lo local. Una castellanidad como sinónimo de españolidad.
Lejos de todo victimismo, el caso es que hay un problema en Castilla. Ya no se sabe, incluso, qué indica este nombre. Cierto que desde hace ya mucho tiempo se viene destacando, por Sánchez Albornoz, la Generación del 98, Gabino Alejandro Carriedo, etc. un problema de decadencia o “condenación de Castilla”. Si la población emigra y Castilla se “vacía” (como se dice ahora) pierden peso (en el conjunto del Estado) valores que simbolizan cosas importantes.
Por otra parte, los castellanos que acuden a la periferia pierden identidad rápidamente y se integran en el comecocos lingüístico. Solucionar el problema de lo castellano no es solo relevante para lo que es actualmente “parte de” dos Comunidades Autónomas. Mientras se siga potenciando esta situación, llegará un momento en que lo castellano será residual y con ello la crisis de los valores que representa significará la crisis de la propia España. La única solución para España es una Castilla fuerte. Todo cambiaría radicalmente si tuviera mayor peso dentro del Estado. Sin embargo, a nivel nacional, solo cuentan los que más provocan.
Sin embargo, ocurre lo contrario. España se ha convertido en un galimatías. Mentalmente se huye incluso inconscientemente de lo castellano. Y atravesar las dos mesetas viene a ser como atravesar un desierto con algunas casas en ruinas. El interior de España reclama una solución. Es necesario que Castilla tenga mayor peso y que no pierda su significación universal. En el siglo XVI era Castilla el territorio más próspero y poblado de España.
Al parecer, se huye de lo castellano. Todos reivindican una condición distinta. Se reinventa la historia, si hace falta. La falta de defensa de lo castellano a nivel nacional terminará con el propio Estado. La mentalidad empieza a ser derrotista en estas zonas. Mentalidad del “sálvese quien pueda y emigre usted primero”.
Este proyecto es considerado por diversos autores como Joseph Pérez, José María Maravall o Consuelo Martínez como el precedente directo de la idea de Constitución, una proto-constitución o una verdadera Carta Constitucional, aunque el concepto no se crease hasta el siglo XVIII.
Se trata de un documento desconocido, pese a su importancia, en parte debido a que Carlos I se empeñó en no dejar rastro de este hecho histórico cuya relevancia no entendió. Eso sí, aquellos que lo conocen saben que los redactores de la Constitución Americana, 267 años después lo utilizaron en los debates de la convención de Filadelfia.
Al tiempo que situamos el origen de la idea democrático-constitucional en Castilla, estamos situando el origen de esa noción a nivel internacional. Pone, la Ley Perpetua, la primera piedra en el edificio del Estado-Nación. También se ha afirmado que “es, sin duda, el documento de transición más avezado de Europa Occidental en ese momento; ni en Francia, ni en Inglaterra ni, por supuesto, en el centro y este de Europa se planteaba algo parecido”.
La Ley Perpetua de 1520 se redactó por los representantes de parte de las principales ciudades de la Castilla nuclear. Sus claves son, primero, su imposición al Monarca (su propia aprobación, no solo su contenido, era impuesta; de este modo, solo un nuevo proceso constituyente podía reformar su contenido). Segundo, se proclama la idea (desarrollada en los demás Estados europeos solo tras el siglo XIX) de separación o autonomía de las Cortes como Asamblea representativa de los estamentos y de las ciudades, a la que se dotaba de capacidad de co-gobierno con el Rey.
Tercero, está igualmente subyacente un modelo político basado en la fortaleza de las ciudades que a veces se compara con el modelo italiano del momento (se entiende así la amplia autonomía municipal a favor de Concejos elegidos por los propios vecinos). Cuarto, se proclama la independencia de los jueces y se postula un sistema de garantías judiciales a favor de la libertad y los derechos de los ciudadanos. Quinto, se postula el principio de mérito y capacidad para la provisión de puestos en la Administración y se establecen controles en el desempeño de estos oficios, con abolición de las prebendas. Sexto, se establece la supresión definitiva de los impuestos extraordinarios y se obligaba a la moderación del gasto por parte del monarca.
El protagonismo de la Ley Perpetua, igual que las revueltas de los comuneros a los que sirve de base, está en la burguesía y clases medias (abogados, médicos, etc. con una media de alfabetismo muy elevada para la época). Su ocaso (o en definitiva la derrota en 1521 en Villalar) significó la frustración del desarrollo industrial y el comercio de Castilla, territorio más poblado en su época dentro de la península Ibérica y uno de los más desarrollados de Europa, con un comercio especialmente floreciente. La feria de Medina marcaba el precio de los principales productos de consumo en Occidente, a modo del Wall Street de la época. Todas estas expectativas de crecimiento económico, latentes en la Ley Perpetua, quedaron frustradas. Este movimiento perseguía un orden económico en beneficio del desarrollo material del reino, de su producción y su comercio.
Otra idea de fondo, para comprender bien este texto, es el rechazo que suscitó en los distintos territorios españoles y en especial en Castilla, el hecho de que los cargos políticos se encomendaran a regidores de Flandes y otros lugares.
Destacable -de la Ley Perpetua- fue esa combinación entre un afán de progreso renacentista y la expresión de la tradición castellana. Está pesando la herencia de los grandes intelectuales de los tiempos inmediatamente precedentes (Alonso de Madrigal, nacido en Madrigal de las Altas Torres hacia 1410, etc.) pero en general están pesando las relaciones democráticas entre el pueblo y los reyes y una idea de municipalismo, como hechos singulares suscitados por la reconquista. La conexión con las Cortes de Cádiz es clara.
Este hecho, la Ley perpetua, abre la historia a una interpretación propia, profundamente democrática, cuando es claro que es aquella una expresión viva de formas democráticas genuinamente desarrolladas durante los siglos precedentes. Tomando dicha ley como eje, habría una tradición popular-democrática, en la raíz misma del mundo hispánico, que se manifiesta mediante este hecho y que se recupera con las Cortes de Cádiz de 1812. En el medio de este período histórico se incrustarían, pues, los absolutismos foráneos, de los Habsburgo y de los Borbones. En dicho período de principios del siglo XIX, las Juntas Provinciales, también las había locales y regionales, catalizan una resistencia popular. En septiembre de 1808 las Juntas Provinciales instituyen una Junta Central Suprema como órgano soberano de la nación formada por 24 vocales delegados de las Juntas Provinciales (queriendo, por cierto, también ahuyentar así cualquier asomo de federalismo, centralizando la resistencia contra el ocupante francés). La Junta de Sevilla afirma incluso que las Juntas Provinciales y la Central Suprema forman una república que tienen en depósito la monarquía.
No entramos en los típicos debates acerca de si “era mejor” Carlos I, o la Ley Perpetua. En el fondo contrastan dos modelos cuyo desenlace no es fácil adivinar. El primero, regio, centralizador, fortalece la idea de Estado. El segundo se apoya más en la suma de Comunidades, a modo (posiblemente) de la Italia o la Alemania de la época. Lo que sí es cierto es que Castilla quedó marcada a partir del ocaso de esta Ley perpetua y de sus promotores: contrastando con el enorme progreso comercial de Castilla antes de Carlos I, a partir de entonces el desarrollo económico se hizo en Flandes y Alemania, los palacios en Italia…
No queda claro qué consecuencias finales se habrían producido de haber vencido la Ley Perpetua. Todos estos debates quedan fuera del objeto de este ensayo cuyo propósito es otro, esto es, simplemente, exponer la definición de la democracia española tomando como base sus referentes democráticos. Sin duda la ley Perpetua es uno de ellos. Debemos realizar en todo caso pensamientos constructivos, sin caer en un extremo (la ignorancia de la Ley Perpetua como elemento democrático) o en el contrario (denostar la obra internacional del Emperador Carlos I). Para ampliar informaciones puede acudirse a mi reciente libro “El arraigo de la democracia española”, editorial Dykinson Madrid diciembre 2022.