jueves, julio 24, 2014

La engañifa federal (Juan manuel de Prada)

LA ENGAÑIFA FEDERAL

JUAN MANUEL DE PRADA
 

Pedro Sánchez, además de sonreír mucho, como si fuese un selfie con patas, ha recuperado la matraca del Estado federal
 
TAL vez por haber sido siempre diputado de recuelo o repesca, de los que las oligarquías políticas echan mano cuando alguno de sus dinosaurios es enviado a un retiro dorado o a un consejo de administración, en el socialista Pedro Sánchez descubrimos ese ímpetu un poco histriónico propio del futbolista suplente. Pero, como suele ocurrir con los futbolistas suplentes (que por algo lo son), Pedro Sánchez no sabe hacer otra cosa sino repetir lo que los futbolistas titulares llevan haciendo desde el principio, sólo que con mayores bríos, como un torete recién salido del chiquero; de tal modo que, tras el arreón del primer instante, delatan enseguida su juego limitado y archisabido. Pedro Sánchez, además de sonreír mucho, como si fuese un selfie con patas, ha recuperado la matraca del Estado federal, que es el mismo sonsonete que se gastaba Rubalcaba (aunque dicho por Sánchez parezca una insinuación lúbrica y dicho por Rubalcaba pareciese una cenicienta expresión de pésame), como panacea de las veleidades separatistas. Pero hasta los socialistas saben que se trata de una engañifa.
 
Sin duda, el centralismo consagrado por el liberalismo ha sido una de las más mayores calamidades de nuestra historia, por ser contrario a nuestra tradición política y vivero de los nacionalismos separatistas (que ahora, de forma irrisoria, los liberales pretenden presentar como ideologías cavernarias y premodernas, cuando son hijos predilectos y primogénitos de la misma ideología que ellos proclaman). El llamado Estado de las autonomías (luego reveladas autonosuyas) no era, en realidad, sino un intento de disimular el divorcio nacional mediante una organización territorial por completo artificiosa, al servicio de un poder político que, para hacerse fuerte (y emplear a sus innúmeros cachorros), necesitaba enviscar a unos españoles contra otros, en una demogresca que las oligarquías políticas alimentaron formando falsas «identidades», mediante el empleo goebbelsiano de la propaganda y el adoctrinamiento en las escuelas, que ha convertido a las nuevas generaciones en jenízaros del separatismo. Ahora que el modelo se prueba agotado (el expolio de las cajas de ahorros podría considerarse el hito terminal del Estado de las autonosuyas), las oligarquías empiezan a fantasear con la posibilidad de prolongar el chollo con el Estado federal, aprovechando las inercias de la demogresca; y emplean a Pedro Sánchez de liebre, a ver si el pueblo degenerado en ciudadanía dividida en negociados de izquierda y derecha pica el anzuelo.
 
A simple vista, este Estado federal que nos propone nuestro selfie con patas, como si fuese una apetitosa insinuación lúbrica, pudiera confundirse con aquella federación natural, formada por el sufragio universal de los siglos, que reconociendo las instituciones jurídicas de cada reino logró la unidad política de España. Pero aquella federación natural (en la que la nación no era un simple agregado de individuos en un momento pasajero y mudable de la Historia, sino un todo sucesivo, producido por un poderoso sentido de pertenencia) se fundaba en tres cimientos: la unidad católica, la monarquía cristiana y el reconocimiento de los fueros de cada región. El Estado federal que ahora se nos propone se funda exactamente en la disolución de tales cimientos; de ahí que no pueda hacer otra cosa sino ahondar la demogresca que ya nos trajo el Estado autonómico. A los españoles, con Estado autonómico o con Estado federal, no nos resta —Menéndez Pelayo dixit— sino volver al cantonalismo de los reinos de taifas, mientras las oligarquías políticas nos expolian. Y es que el saqueo de sus bienes materiales es el destino inexorable de los pueblos que antes se dejaron arrebatar sus bienes eternos.

miércoles, julio 23, 2014

Seguidillas de "en Ávila mis ojos" (Juan Pablo Mañueco)


 
SEGUIDILLAS DE “EN ÁVILA, MIS OJOS”
                                                                                                
 
 
 
I
 
 
En Ávila, mis ojos,
lloran por él.
Saladas por mi rostro
gotas de hiel.
 
Llévame, río Adaja,
lejos de aquí,
porque ya, dentro en Ávila
creo morir.
 
En Ávila del Río,
sonoro llanto,
siento más el vacío.
Pena mi canto.
 
Mataron a mi amigo,
garrido y alto,
a traición me fue herido.
Penas levanto.
 
Llévame, río Adaja,
lejos de aquí,
porque ya, dentro en Ávila,
siento el morir.
 
No errase espada
en Ávila del Río
si a hierro me matara
como a mi amigo.
 
 
 
 
 
II
 
 
En Ávila, mis ojos,
sendas de lágrimas
y párpados de asombro
te miran, Adaja.
 
Sollozos de mis ojos,
adentro, en Ávila,
envidian tu contorno
desde muralla.
 
En Ávila del Río,
cauce de Adaja,
me fugara contigo,
entre tus aguas.
 
Mataron a mi amigo
adentro, en Ávila;
llevárasme contigo,
bañes mis lágrimas.
 
Adaja, por postigo
salve muralla.
Navegaré contigo
fuera de Ávila.
 
No errase espada
en Ávila del Río
si a hierro me matara
como a mi amigo.
 
 
 
III
 
 
En Ávila, mis ojos,
mi bien, mi abrigo,
viendo tu vivo rostro
tú eras, amigo.
 
¿Qué haré ya, dentro en Ávila,
sin ti, amor mío,
dentro de esta muralla
que cerca el río?
 
Surta en tu zumo, Adaja,
parta contigo,
que mis ojos en Ávila
han fenecido.
 
Si ves, piadoso río,
correr mis lágrimas,
mataron a mi amigo,
dentro de Ávila.
 
No me abandones, río,
adentro de Ávila,
vamos donde  mi amigo
sobre tus aguas.
 
¡Que la espada no yerra
en Ávila del Río
si su hierro yo sienta
tanto como mi amigo!
 
 
 (c) Juan Pablo Mañueco Martínez
del libro "Castilla, este canto es tu canto" (2014)
 
 
 
 

miércoles, julio 16, 2014

martes, julio 08, 2014

Mapa de las Españas



Mapa general de España, dividido en sus actuales provincias, islas adyacentes, y reyno de Portugal.

viernes, junio 13, 2014

Ávila en bruma tras la bruma (Juan Pablo Mañueco)

 
ÁVILA EN VILO VELA TRAS LA BRUMA
                                    
  
 
 
Ávila en vilo vela tras la bruma,
que en foco cruzo y amor a cada piedra,
vuelo trae de almenas que son hiedra
y canto quieto en que mi tiempo esfuma.
 
Por solada ruta que suena y suma
siglos, ser soy que empiedra
huella suya en que medra
mi senda joven, que hoy la noche ahúma.
 
Hemos cumplido años, Ávila, y asuma
que quien te visitó con fuerza clara
y esbozo y trama y ofrendas en la mente
 
hoy vano es quiera seguir tu corriente.
Te sentó mejor tiempo que pasara.
Lucirás tras la niebla. Yo, en tu bruma.
 
Pero si vivo, risueño y dichoso
fue aquel joven al recorrerte brioso,
también hoy, al intuirte entre focos y tu poso.

Juan Pablo Mañueco

martes, junio 03, 2014

El oculto federalista castellano

El oculto federalista castellano

Historia de Anselmo Carretero Jiménez, el pensador socialista que definió España como "nación de naciones"; defensor de una Castilla democrática y pactista, que situaba el origen histórico del centralismo en el viejo reino de León

 10/11/2013 - 02:30h |


 
El oculto federalista castellano
Anselmo Carretero Jiménez

La Constitución de 1978 nos dice que España está compuesta por nacionalidades y regiones, sin dar nombres, ni precisar en qué consiste la diferencia entre ambos componentes. Redactada bajo una democracia frágil y apenas estrenada, bajo la angustiante presión de los sectores más reactivos y reaccionarios del Ejército –“el poder fáctico”, se le llamaba entonces-, la Constitución es como uno de esos edificios en los que asoman pilares de hormigón en la azotea: el inmueble ya está habitado, pero sus moradores, si se lo propusiesen, podrían construir un piso superior. Digámoslo claro: la Constitución española admite un cierto desarrollo plurinacional de España, sin necesidad de proceder a su reforma. Bastaría con una ley orgánica que desarrollase el artículo 2. La ley de las nacionalidades y las regiones de España.


Es interesante releer el artículo 2: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”
En este redactado están muchas de las claves de aquel momento histórico. La palabra ‘indivisible’ aparece dos veces y junto a ella surge un concepto relativamente nuevo en el lenguaje jurídico-político español: las nacionalidades. Por primera vez, el orden constitucional español reconoce sujetos integrantes de distinta naturaleza. Insisto, por primera vez.





Esa distinción no figuraba en la Constitución de la Segunda República (1931), cuyo artículo 8 decía lo siguiente: "El Estado español, dentro de los límites irreductibles de su territorio actual, estará integrado por Municipios mancomunados en provincias y por las regiones que se constituyan en régimen de autonomía". La diferenciación entre nacionalidades y regiones también estaba muy lejos de la imaginación de los redactores del audaz proyecto de Constitución federal de 1873 –nunca aprobada y abortada en 1874 por el golpe del general Pavía- donde los órganos de la Primera República quedaban definidos así en el artículo 43: “El Municipio, el Estado Regional y el Estado federal o Nación”.



Los ponentes de la Constitución de 1978. Sentados, a la izquierda Miquel Roca, a la derecha, Jordi Solé Tura.


La inclusión del término nacionalidades en la Constitución de 1978 fue iniciativa de Miquel Roca i Junyent, con el apoyo de Jordi Solé Tura. Eran los dos ponentes catalanes en la comisión constitucional. Un abogado y un profesor de Derecho con experiencia política a cuestas. Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) y el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC). El ‘compromiso histórico’ de los años setenta entre el nuevo partido de las clases medias catalanistas y el partido más activo en la Catalunya de las fábricas y los barrios. Un abogado de estirpe nacionalista nacido en el exilio y un panadero autodicacta que llegó a ser catedrático de Derecho Constitucional. Un nacionalista pragmático y un eurocomunista (antiguo redactor de Radio España Independiente en Bucarest) con la mirada puesta en la socialdemocracia. En síntesis: la huella de la Assemblea de Catalunya en la Constitución española. El PSOE y el PCE estuvieron de acuerdo. UCD lo aceptó. Alianza Popular se opuso, exclamando desde la tribuna del Congreso: “¡Nación sólo hay una!”. Y los militares reactivos consiguieron que la palabra “indisoluble” se repitiese dos veces en dos líneas, por si alguna cosa no quedaba clara.


(Al escribir estas líneas me viene a la memoria el tablón de anuncios de la 5ª Compañía del Batallón Nápoles de la Brigada de Infantería de Reserva (BRIR) del campamento Álvarez de Sotomayor, en Viator (Almería), en cuyo estadillo de efectivos figuré durante catorce meses como soldado y cabo. Años 1979-80. Un tablón de anuncios que exhibía en lugar bien visible el testamento político del general Franco. Ya se habían celebrado las primeras elecciones democráticas. La Constitución ya había sido aprobada y refrendada. Y el testamento de Franco seguía allí).





El testamento del dictador en el tablón de anuncios de las unidades militares. En ese contexto se redactó y aprobó la Constitución de 1978. Conviene no olvidarlo. Y en ese contexto, los ponentes catalanes consiguieron el consenso suficiente para que el término nacionalidades figurase, por primera vez en la historia, en el articulado de una Constitución española. No está de más recordarlo en el actual fragor sobre la cuestión catalana. También conviene recordarlo a quienes, desde Catalunya, sin mucho conocimiento de causa, denigran la transición como tiempo de flojera y rosario de claudicaciones.


Ahí están las nacionalidades. En el artículo dos. Ese pilar que asoma por la azotea es hoy objeto de diversas interpretaciones arquitectónicas. Para el sector más duro de la derecha constitucional es un elemento molesto, en mala hora concedido, que algún día habrá que eliminar. Para otros es un mero elemento decorativo al que no hay que dar mayor importancia: vale más dejarlo como está y olvidarse de él. Bastantes dirigentes y cuadros del PSOE reunidos este fin de semana en Madrid ya se han olvidado, por ejemplo, del entusiasmo con que Gregorio Peces-Barba defendió el término nacionalidades desde la tribuna del Congreso, a la hora de rechazar una enmienda contraria de Alianza Popular: “Centrándonos ya en el tema ‘nacionalidades’, tengo que decir que nosotros no participamos del catastrofismo con que se enfoca en la enmienda que combatimos y en la inteligente intervención que el señor Silva (Federico Silva Muñoz, ex ministro de Franco y fundador de AP) ha hecho para defender su posición. Primero, nosotros hemos dicho en Comisión, y lo afirmamos de nuevo aquí, que el término ‘nacionalidad’ es un término sinónimo de nación, y por eso hemos hablado de España como nación de naciones”. Otros tiempos.


Miquel Roca lo defendió así, en términos muy pragmáticos: “Nación de naciones es un concepto nuevo, es un concepto -se dice- que no figura en otros Estados o que no figura en otras realidades, quizá sí; pero es que, señores, ayer ya se decía que nosotros tendremos que innovar. Lo que estamos intentando es encontrar soluciones propias a los problemas propios. El ignorar que el problema de las nacionalidades ha mantenido en vilo la estabilidad democrática de las instituciones españolas, desde hace centenares de años, es un grave error”.


Y Jordi Solé Tura lo remachaba: “Se define, en consecuencia, que España es una nación de naciones, y éste es un término que no es extraño en nuestra reflexión política y teórica como han demostrado algunos historiadores. Me refiero al senador catalán Josep Benet, que ha escrito un sugestivo artículo sobre el tema, ni es un término que política y sociológicamente sea tampoco tan extraño”. (Josep Benet, historiador, militante catalanista desde los años treinta, católico, hombre del monasterio de Montserrat y amigo del PSUC. De nuevo el ‘compromiso histórico’).


‘Nación de naciones’. Susana Díaz, la nueva estrella emergente del PSOE, hoy se mordería la lengua antes de pronunciar esa expresión, temerosa de ser acusada de antiespañola por la prensa conservadora de Madrid; temerosa de perder el favor de sus electores, asustados por la crisis y muy disgustados por la corrupción y el amiguismo detectado en la administración regional andaluza, donde no ha habido alternancia política en los últimos 31 años. No es difícil imaginarse a Carme Chacón removiéndose en la silla ante la inquietante nación de naciones. La joven y tenaz candidata, antaño estudiosa del fenómeno de Québec, siempre atenta a la oscilación de los humores en Madrid, sabe cuáles son las palabras que conviene y no conviene pronunciar. ¿Nación de naciones? A ver quién va al programa de Ana Rosa Quintana con ese lenguaje. Aquellos fueron los tiempos de la Política en sí misma. Hoy se impone el Postureo (dícese del arte de adoptar en cada momento la pose o actitud adecuada).


La nación de naciones, sin embargo, es una expresión de genuino sello socialista. Un sello anterior al congreso de Suresnes de 1974, en el que cómo recordábamos en semanas anteriores, el tándem formado por Felipe González y Alfonso Guerra llegó a defender “el derecho de autodeterminación de las nacionalidades” (Cuando el PSOE decía: ¡Autodeterminación!)


Señoras y señores, con todos ustedes, Anselmo Carretero Jiménez (Segovia, 1908- Ciudad de México, 2002), autor de la reflexión más compleja efectuada desde las filas socialistas sobre la pluralidad territorial española. Un hombre poco conocido por el gran público, pero con una impronta nada desdeñable en la España de los años setenta y ochenta. En parte, inventor del ‘café para todos’. Ahora veremos por qué.





Anselmo Carretero Jiménez, ingeniero industrial de formación, oceanógrafo, apasionado de la historia de España –y muy en particular de la de Castilla-, militante socialista desde joven, estudiante en Alemania y México, director general de Pesca con República, combatiente en la Guerra Civil y exiliado en México desde el final de la misma, desarrolló la teoría de España como nación de naciones.


Muy influido por su padre, el historiador castellanista Luis Carretero Nieva, Anselmo Carretero nadaba contra corriente e impugnaba uno de los grandes axiomas españoles: la férrea identificación de Castilla con el centralismo. Sostenía que el origen más profundo de la España centralista no está en Castilla, sino en el reino de León, sucesor directo del antiguo reino de Asturias. El imperialismo centralizador que tanto entusiasma a muchos españoles –especialmente a los cuerpos funcionariales del Estado-, tendría su origen genético en el viejo reino leonés y en su epicentro espiritual y religioso, Covadonga. No hay que buscarlo –sostenía Carretero- en los municipios de Castilla que en el siglo XVI tuvieron el coraje de rebelarse contra la corte imperial de Carlos I, recién llegada de Flandes (El 7 de noviembre de 1519, hace ahora cerca de quinientos años, el Cuerpo de Regidores de Toledo se dirigía a las demás ciudades castellanas expresando su malestar por la subida de impuestos y el acaparamiento de cargos por parte de los flamencos. Así empezaba la revuelta Comunera, aplastada finalmente por la alianza del Rey con el clero y la alta nobleza).


Carretero afirmaba que España estaba compuesta por cuatro pueblos monárquicos de influencia gótica (León, Asturias, Galicia y Extremadura) y otros pueblos de vieja tradición democratista o pactista, proclives al federalismo: Castilla, País Vasco, Navarra y toda la Corona de Aragón. Afirmaba que Castilla fue democrática, municipalista y federal en sus orígenes, y que lo demostró incluyendo a los vascos mediante pactos libres. Sometida por las monarquías absolutistas de los Austrias y los Borbones, acabaría convirtiéndose en mito de la España centralizadora. Metáfora de la España doliente, orgullosa y con el ego destrozado de finales del siglo XIX (generación del 98). Baluarte de José Ortega y Gasset. Estandarte del fascismo español (Falange Española y las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista). La España del trigo del general Franco. Arquetipo dominador y a la vez víctima del creciente centralismo de la ciudad de Madrid. Madrid versus Castilla, una idea que aún subsiste en algunos círculos castellanos.

Carretero era, por tanto, un federalista castellanista. Verdaderamente, una rara avis. Es interesante seguir sus teorías, muy bien explicadas en el libro del politólogo Daniel Guerra Sesma, Socialismo español y federalismo (1873-1976), de reciente aparición. Anselmo Carretero reprochaba a los nacionalistas periféricos, sobre todo a los catalanes, haber engrandecido el mito de la Castilla centralista, opresiva e imperial con el contra relato catalanista, inicialmente orientado a combatir el pensamiento depresivo de la generación del 98 en un momento decisivo para el despegue industrial de Catalunya. Sin mencionarlo, Carretero señalaba a Joan Maragall.
España, afirmaba el socialista segoviano, es nación de naciones. Es nación, no una mera superestructura plurinacional como intentó ser Yugoslavia. Una nación con vocación de tal, a su vez compuesta por naciones. Todo lo que no sea Catalunya, País Vasco o Galicia, no es ‘Castilla’, decía, contradiciendo la línea estatutista de la Segunda República, que dio prioridad a catalanes, vascos y gallegos. La nación española no sólo es una nación de ciudadanos, es también una nación de pueblos. Esa era su idea. Una nación-mosaico, cuya única solución razonable es la convivencia federal. Un federalismo nacional: diversidad legítima, unidad necesaria.
Carretero reprochaba al PSOE haber vivido demasiado pendiente de las mitificaciones españolistas y no haber prestado suficiente atención a los sentimientos nacionales de los catalanes. De haberlo hecho –sostenía- la federación catalana del PSOE no se habría diluido en el PSUC (adherido en 1936 a la Internacional Comunista), con las notables consecuencias que ese tránsito tuvo en la política española, como veíamos la semana pasada (El drama del PSOE en Catalunya). Evidentemente no era ese el pensamiento dominante en su partido. Otro heterodoxo del PSOE, Luis Araquistáin, lo veía de otra manera: “El juego imprudente a las nacionalidades es siempre peligroso en un país como España, perennemente socavado por la anarquía racial, y pudiera muy bien conducirnos a otra atomización cantonalista como la de 1873, que destruyó la primera República”.
Aunque su nombre nunca figuró en el cuadro de los principales dirigentes del PSOE, Anselmo Carretero tuvo una influencia real en la transición. Algunos jóvenes dirigentes socialistas de 1977 habían leído su obra –Las nacionalidades españolas (1952), La integración nacional de las Españas (1956), Los pueblos de España (1980)- y en cierta medida la asimilaron. Las tesis de Carretero influyeron en el comportamiento del PSOE andaluz a la hora de exigir la incorporación de Andalucía a las autonomías de primera en el decisivo referéndum de febrero de 1980, que significó el ocaso de la UCD de Adolfo Suárez. Hombres como José Rodríguez de la Borbolla y Ramón Vargas-Machuca habían leído a Carretero. Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta de Andalucía entre 1984 y 1990, sostiene que la iniciativa de romper el techo autonómico estuvo directamente inspirada por el pensamiento federalista de Carretero. Y añade que el movimiento fue urdido exclusivamente por los dirigentes regionales del PSOE; los cuadros que se habían quedado en Andalucía sin dar el salto a la política española. González y Guerra, radicados en Madrid, se lo encontraron de frente y lo autorizaron, en la medida que era un buen jaque a UCD.
Rodríguez de la Borbolla, un hombre honesto cuya presidencia ha dejado buen recuerdo en Andalucía, sostiene con ahínco que la posición del PSOE en el referéndum de 1980 no fue meramente táctica; había un poso detrás. La presión de las élites locales y el deseo de no ser menos acabó generando en Andalucía una corriente autonomista de carácter popular. Incluso en Almería, la provincia más reticente. Doy fe de ello.


Podríamos decir que Anselmo Carretero defendía un café para todos de mejor calidad que el actual y bien etiquetado. Cuando vio la división autonómica que proponía UCD se llevó las manos a la cabeza: ¡Castilla y León, juntas, eso va contra la historia!


Si nos fijamos bien, la sutil distinción que la Constitución establece en el citado artículo 2 entre regiones y nacionalidades no es muy carreterista. Ahí ganó la partida el catalanismo clásico y el influjo del austro-marxismo en el PSUC.


Resulta del todo pertinente recordar hoy la huella de Anselmo Carretero en la aproximación del PSOE a las ideas federalistas. Una aproximación tardía y dificultosa, que siempre ha oscilado entre la audacia, el tacticismo y la impostura. Y no menos interesante es el lenguaje claro de ese castellano federalista. Un lenguaje que hoy sería rechazado abruptamente por el ala más carpetovetónica del partido (Bono, Ibarra, Leguina…) y asustaría a los candidatos y candidatas del socialismo mediático. Señal inequívoca de que el Partido Popular, triunfante, está imponiendo su marco mental y su lenguaje. El PP, heredero de esa Alianza Popular que no quería el término nacionalidades en la Constitución.


Puestos a recordar el castellanismo democrático y federalizante, hay que dar fe de otro personaje singular, hoy casi olvidado. Agapito Marazuela, abnegado reconstructor del folclore castellano; musicólogo, dulzainero, autor del Cancionero de Castilla la Vieja, militante comunista, preso durante varios años en las cárceles de Franco (Madrid, Burgos, Ocaña y Vitoria) e invitado especial en una de las más celebradas novelas de Manuel Vázquez Montalbán, Asesinato en el Comité Central.


(Para calibrar bien la obra de Carretero hay que regresar a su concepto de nación. El ensayista castellano concedía una especial relevancia a la voluntad colectiva, en la línea de Ernest Renan: “la nación es un plebiscito diario”. Bajo esta perspectiva, no es nada seguro que España presente hoy un mapa uniforme. El deseo de autonomía comienza a ser muy desigual. Al cierre de esta edición -como se decía antes-, llega a mis manos un opúsculo editado en 1977 por Ediciones Albia de Bilbao, con el ideario de Felipe González y Alfonso Guerra en el umbral de la democracia. Transcribo un fragmento. “El federalismo respeta la diversidad y crea un marco igualitario para cubrir las necesidades de los pueblos que integran el Estado español. No se trataría siquiera de imponer la autonomía a regiones o zonas cuya conciencia aún no las exija; ni tampoco de imponerlas en el mismo grado a las que la poseen de forma también diversa”).

lunes, abril 21, 2014

viernes, marzo 14, 2014

Madrid : El reformismo ilustrado


EL REFORMISMO ILUSTRADO.

Política y economía

José CEPEDA ADAN José CEPEDA GOMEZ

 

Madrid en el siglo XVIII. Dicho así, sin más, nos llevaría a formamos una imagen unitaria y total de nuestra ciudad desde los días iniciales de Felipe V hasta los últimos y azarosos de Carlos IV, transformada profundamente por los aires de la reforma y muy distinta en el fondo y en la forma de la vieja capital de los Austrias; esta imagen no sería del todo exacta, y no tanto por el resultado como por el ritmo con que se efectuaron los cambios. Si nos paramos a observar atentamente el paso de estos más cien años de la vida de Madrid, comprobamos que hay una larga etapa de preparación, de arranque, el reinado del primer Barbón, de 1700 a 1746 -el más largo, por cierto, de la historia española-, en la que se cruzan en muchos planos de su realidad lo antiguo y lo moderno, resistiéndose lo primero a desaparecer y peleando el segundo por abrirse paso. Sería un Madrid aún "muy siglo XVII" con algunos perifollos dieciochescos, Sigue luego una plataforma central, los trece años de Fernando VI, de 1746 a 1759, más apagada, menos vistosa, más gris, como el reinado mismo, pero muy importante por la recuperación económica que en ella se produce y que servirá de impulso para la auténtica política reformista de los dos últimos reinados, de 1759 a 1808, toda ella inquieta, tocada por la fiebre de los cambios, llena de ensayos, proyectos y realidades, drante la cual tomará, ahora sí, un contenido y un aspecto nuevo la historia y la fisonomía de ese Madrid que entraba en el siglo XIX.

 

Incluso los grandes acontecimientos políticos que tuvieron a la capital como centro muestran esa diferencia de tono, tanto en su desarrollo como en su contenido y valoración. La Guerra de Sucesión a la Corona de España tiene todavía mucho de conflicto del siglo XVII, aunque su final en Utrecht y Rastadt suponga de hecho la vertebración inicial y básica del orden internacional en el siglo XVIII. Por su parte, el mofín de Madrid de marzo de 1766 representa el primer gran hecho de masas de nuestra historia moderna, con todo lo que supone de preparación, propaganda y movilización de multitudes contra el omnímodo poder real al que habla "de tú a tú" y

292

              

llega a asustar de veras. Pensemos que en la cercana lejanía de julio de 1789 estarán los sucesos de París.

Y sin embargo, de estos dos tiempos apreciables en el Madrid del setecientos, es preciso destacar un hecho incontrovertible: a todo lo largo del siglo XVIII los acontecimientos decisivos, y de todo orden, de la historia nacional tuvieron por protagonista a la villa del Manzanares, como expresión del centralismo impuesto por la nueva Monarquía, y esto desde los primeros instantes. En la Guerra de Sucesión, el 24 de agosto de 1702, al recalar en Cádiz el duque de Darmstadt, al servicio del Archiduque Carlos de Austria, exclamaría a manera de plan de combate: "juré entrar por Cataluña a Madrid, ahora pasaré por Madrid a Cataluña". La conquista, retención o pérdida de Madrid marca la línea de ascendencia o caída de Felipe V o Carlos de Austria. Será en esta guerra civil cuando, por primera vez en la historia de España, nuestra ciudad se convierta en determinante del triunfo; porque es la capital de la Monarquía, la del poder, y quién la posea se hará dueño de ese centro efectivo y simbólico. Y esta significación de objetivo estratégico de las luchas políticas no la perderá jamás a largo de los siglos siguientes.

……….

295

Mucho tenían que hacer los regidores de la capital en estos años inmediatos a la conlusión de la guerra ya que durante ésta se había convertido en refugio de los que buscaban amparo o la ocasión de fáciles negocios, aumentándose con tal aglomeración las penalidades habituales. La miseria era grande y según el embajador francés los soldados vagaban por Madrid pidiendo limosna y los conventos tuvieron que embargar la plata para dar de comer y atender a los mendigos que solicitaban su sopa de pobres. Realmente hasta después de 1717 la economía del reino, y con ella la de la capital, no levantó cabeza. Más no eran solo pordioseros los que llegaban a Madrid por aquellos años : también los había "aprovechados". Si contra los desgraciados de la fortuna la Sala de Alcaldes de Casa y Corte ordena al empadronamiento de "los muchos vagamundos y ladrones y gente de mal vivir que han venido a la Corte, de que nace gran inquietud pública y poca seguridad de las casas y Vecinos", ya en 1703 se promulgaba una Real Orden la que se decía: "Habiéndome dado noticia que después de mi vuelta a la Corte entrado en ella muchos tratantes y oficiales (. .. ) He mandado y mando que ninguna persona en adelante de cualquier Nación que sea(. .. )pueda en Madrid ejercitarse en ningún trato, comercio, oficio o arte, sin haberse incluido e incorporado al gremio que corresponde''. Muchos años después, en 1741, el Procurador Personero de la Villa, al referirse al aumento de tiendas que se ha producido, reflexiona de la siguiente manera: "Admira el número inmenso de tiendas de todos géneros que de veinte años a esta parte se han abierto y establecido en esta Corte y que se ven derramadas por todas sus calles (... )Esta clase de tenderos o comerciantes( ... )son por la mayor parte otros tantos labradores jornaleros o artesanos que(. .. ) han desamparado sus pueblos, labranzas, trabajos y oficios, en perjuicio común del Estado(. .. )no hay medio ni arbitrio que no busquen para conservarse y mantenerse a costa del público ... "

……….

297

De entre esta multitud de gentes venidas a la capital, y que no cesa a todo lo largo del siglo, destacan en modo especial los religiosos, que acaban por constituirse un grupo característico de la sociedad madrileña con su reflejo en la literatura costumbrista. Acudían de todas partes, sin saber a qué y generalmente fuera de la disciplina de sus superiores, lo que preocupaba a las autoridades que, inútilmente, intentan poner remedio a esta invasión. Así, en 1739 se decreta por la Cámara de Castilla "que ningún eclesiástico pueda venir a la Corte sin el Real permiso". Todo inútil , pues seguirían llegando, instalándose algunos en las puertas de la ciudad para llamar la atención de los viajeros. Una de las primeras medidas tomadas por el Conde de Aranda en su nuevo cargo de Gobernador del Consejo de Castilla durante las semanas posteriores a los motines de primavera de 1766 fue, precisamente, la de expulsar de la Corte a todo religioso que no pudiese justificar su estancia en Madrid.

……….

298

Desde muy pronto se empieza a legislar sobre el funcionamiento y administración del régimen local, médula de la vida comunitaria que no podía olvidar el reformismo del siglo, por lo que lo incluirá con especial atención en su programa de ordenamiento de la Nación. En lo que se refiere al Concejo, era presidido por el Corregidor y tenía entre treinta y seis y cuarenta y cinco regidores (7), que habían de ser "limpios de sangre, no desempeñar oficios infamantes o vergonzosos, capaces, de vida y costumbres sanas", condiciones a las que se añadió en 1715 la de ser hábiles, como anuncio de la política de eficacia que se exigiría a todas las instituciones a lo largo del siglo. Aparte de los diversos cargos de mayordomos, abogados, procuradores, etc, cada año se nombraban dos alcaldes, uno de Hijosdalgos y otro de Hombresbuenos, más dos fieles ejecutores, alarifes para los edificios de la villa y un fontanero para el reparo de las fuentes. La gestión municipal se desarrollaba a través de comisiones, que llegaban a cincuenta y dos en 1746, año de la muerte de Felipe V, algunas de ellas muy peculiares como la de Autos y Fiestas del Corpus, Obreria y Guardarropa, Verbenas, Camino del Pardo, Traslado de toros, Nieve y cera, Corrales de Comedias, Pésamen y Enhorabuenas.

El eje de toda esta maquinaria eran los Corregidores, algunos de los cuales se destacaron en su mandato tanto en el reinado de Felipe V como en el de sus hijos. De 1700 a 1746 se suceden siete corregidores siendo el más importante de entre ellos don Francisco Salcedo y Aguirre, marqués de Vadillo, que dirigió los destinos de Madrid entre 1715 y 1729 Y con cuyo patrocinio se inicia la etapa de remozamiento de la capital con la construcción de nuevas mansiones y el plan de embellecimiento de las orillas del Manzanares. Él fue el gran protector del arquitecto Pedro de Ribera La gestión de este corregidor, uno de los primeros ilustrados encariñados con Madrid, coincide con un período de recuperación económica (desde 1719), lo que le permite impulsar las obras públicas de esta villa así como al castizo arquitecto colaborador realizar el mejoramiento urbano con sus palacios, fuentes y cuarteles, y que explica por otra parte, muchas de las empresas exteriores del reinado -  el "revisionismo de Utrecht"- que se inician ahora. Ya se sueña con una ciudad mejor, y a sumarse a esta idea viene a contribuir la publicación en ese mismo año de 1719 de las Ordenanzas de Madrid, del arquitecto maestro mayor, Teodoro Ardemans, con las que pretende no sólo corregir las muchas imperfecciones de la villa, sino dibujar futuros horizontes y ampliaciones.

En el Madrid de Fernando VI destaca una nueva -y fugaz- institución: el Gobierno Político y Militar. Una de las primeras medidas del nuevo rey consistió en nombrar a D. Antonio Pedro Nolasco de Lanzós, Conde de Maceda y de Taboada. Gobernador Político y Militar de la corte, "con todas las facultades, jurisdiziones y preeminencias que hasta aora han usado y devido usar los Corregidores, y con el

(7) LOZANO HERNANDO, María Encarnación: "Regidores de Madrid. 1700-1750", Anales del Instituto de Estudios Madrileños, Tomo XVI (1979), p.281 Y ss.

299

aumento de todo el mando político, económico, gubernativo, y militar de Madrid, con todas las autoridades, distinziones, y jurisdiziones correspondientes ... " (8). Entre octubre de 1746 y octubre de 1747 el conde de Maceda, que además de continuar disfrutando de su salario de Teniente General habría de recibir la altísima cifra de 120.000 reales de vellón anuales por su nuevo cargo (lo que le convertía en un funcionario mejor pagado que Ensenada o Carvajal, Secretarios del Despacho), tuvo unas amplísimas competencias: Sustituyó al Gobernador del Consejo de Castilla como Presidennte de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte a la vez que adquiria todas las atribuciones jurisdiccionales que poseía esa sala; Presidía el Ayuntamiento (el nuevo cargo subsumía el de Corregidor); Controlaba las rentas de Madrid como "Superindente Administrador General y Juez Privativo de las Sisas Reales y Municipales"; Dirigía el Abastecimiento al pasar al Gobierno Político y Militar las atribuciones que hasta entonces tenía la Junta de Abastos; Supervisaba los asuntos de "policía urbana" de los doce cuarteles en que se dividió Madrid en ese 1746: Antón Martín, La Merced, La Villa, Plaza Mayor, San Sebastián, Alcalá, Santa Bárbara, Barquillo, Maravillas, Santo Domingo, Palacio y Afligidos, y era también nombrado Protector de la Junta de Fuentes a la vez que asumió la jurisdicción relativa a Hospitales, Teatros y Real Hospicio; Adquirió el "privativo conocimiento y la jurisdicción" de todos los asuntos y pleitos de su territorio; Tenía delegada por el Rey, en fin, la máxima autoridad militar y los comisarios ordenadores, intendentes, proveedores, abastecedores, tenientes  generales, mariscales de campo, cabos y demás militares debían acatar cuantas órdenes dictase este Gobernador. Era ayudado en tan ingente tarea por un Teniente Gobernador y una Secretaria. En la práctica, y bien sea por la inmediata reacción contra este nuevo cargo suscitada en instituciones que veían cómo perdían parte de sus  atribuciones (como es el caso del Consejo de Castilla, la Sala de Alcaldes de Casa  y Corte, o el Ayuntamiento), bien sea por la escasa capacidad del Conde de Maceda, poco a poco se le fueron menguando los poderes. Finalmente abandonó el cargo en octubre de 1747 y el rey resolvió "no nombrar gobernador sino es corregidor como antes ''. Aunque Carvajal, el Secretario de Estado, se referia a estos hechos lamentándose de que "Maceda aya dejado tanto fastidio del govierno porque combendria que hubiese gobernador" lo cierto es que tal acumulación de competencias estorbaba a demasiadas instituciones y personas; de aquí lo efímero de este poco conocido cargo.

Con un salto en el tiempo, pero no en la importancia para Madrid, debe recordarse lagestión de don Antonio de Armona, corregidor de la villa en tiempos de Carlos III de quien gozó no sólo de la más absoluta confianza, sino de la sincera amistad deI Monarca quien, como se sabe, nada gustoso de los cambios, cuando un día el cansado corregidor solicita el relevo, hubo de contestarle: "Mira, más viejo estoy yo que tú y voy trabajando; Dios nos ha de ayudar; tú ya estás mejor, cuidas de Madrid

(18) FERNANDEZ HIDALGO, Ana María: "Una medida innovadora en el Madrid de Fernando VI: el rnador Político y Militar (1746-1747)", Cuadernos de Investigación Histórica, n° 11, (1987), p.I72.

300

y hasta ahora nadie se queja de ti". Por cierto que este hombre que dirigió gobierno de la corte en fechas muy difíciles -1765- y en ocasiones tuvo que tomar medidas drásticas ante situaciones conflictivas, gozó del aprecio popular por el cuidado que mostró hacia las clases populares como demuestra el apoyo a la Junta de Caridad y el enfrentamiento con los panaderos madrileños por cuestiones de abastecimiento.

……..

302

Cuando leíamos arriba el relato del marqués de la Torrecilla sobre el incendio del Alcázar se deslizaba un párrafo que nos introducía, indirectamente, en la intrahistoria de los bajos fondos madrileños de la época. Es aquél en que nos dice que "las puertas principales de Palacio no las quisieron abrir, por temor al saco ", Es evidente que entre aquellas multitudes de gentes venidas al olor de la Corte había muchos hampones que, incluso, reinaban a sus anchas en los alrededores de la villa, principalmente hacia la zona sur, en el olivar de Atocha. Sus fechorías eran una obsesión para las autoridades que se veían incapaces de combatirlas con los simples alguaciles de Casa y Corte, por lo que en 1730 se crea la Brigada de Carabineros para vigilar los alrededores de Madrid, auxiliar a los regidores en casos de muerte y perseguir el contrabando, medida que se completa en 1732 con la organización del Cuerpo de Inválidos, con cuatro compañías a las que estuvo confiado hasta 1804 el orden público en Madrid.

Con todo esto puede decirse que a partir del asentamiento de la nueva dinastía en España las calles madrileñas se llenan de uniformes de los más variados colores: guardias de corps con sus pelucas empolvadas y sus coletas rizadas y engrasadas con manteca de cerdo; soldados suizos del regimiento que tenía sus cuarteles hacia la Puerta de Toledo, desde donde bajaban a las cercanías del Manzanares para trasegar sin medida el buen vino español; los miembros de ese nuevo Cuerpo de Inválidos que vigilaban los lugares de más concurrencia. Las calles se coloreaban aún más de casacas cuando el monarca pasaba por ellas para dirigirse al Buen Retiro, a una iglesia o a la Plaza Mayor a presidir algún espectáculo. El cortejo adquiría una gran vistosidad con la carroza real precedida por la guardia montada en yeguas blancas adornadas con grandes penachos y ricos arreos y, cerrando la carrera, otro escuadrón de la guardia con cabalgaduras negras o pardas. Junto a la ventanilla de la carroza cabalgaba un oficial con el estandarte real. Esta profusión de militares dio origen, sobre todo en las últimas décadas del siglo, a críticas acerca de sus ocupaciones y diversiones.

…….

303

Las viandas para los mercados madrileños entraban principalmente por las puertas de Alcalá, Atocha y Toledo, puesto que la base de suministro de la capital era La Mancha. Otros productos llegaban por las de Segovia y Fuencarral. Todo lo concerniente al abastecimiento estaba regido por la Junta de Abastos y el Peso y Repeso Real cuyo funcionamiento y avatares ha estudiado Ascensión Burgoa (13). Hasta 1743, en que se produce una crisis en el abastecimiento de carne a la capital, el que

(13) "Apuntes sobre los organismos rectores del abastecimiento de Madrid (1743-1766)", en Estudios Históricos. Homenaje a los profesores José María Jover Zamora y Vicente Palacio Atard, Madrid, Departamento de Historia Contemporánea, Facultad de Geografía e Historia, Universidad Complutense, 1990, tomo Il, pp. 39-58.

los mercados madrileños estuvieran bien aprovisionados competía al Corregidor y Ayuntamiento puesto que, por su engorrosidad, el Consejo de Castilla insistía en deseo de no intervenir, aún cuando estaba representado por el Juez protector de Abastos. La Junta tenía la responsabilidad de cubrir las necesidades básicas de carne, pan,pescado, tocino, aceite, carbón, jabón y velas. La Sala de Alcaldes de Casa y Corre establecía los Aranceles de Precios y Posturas. Que este servicio de abastecer el estómago de los madrileños era siempre dificultoso y se arbitraban fórmulas para mejorarlo, lo prueba el cambio que se produce nada más llegar al trono Fernando VI con la creación, como arriba veíamos, del Gobernador Político y Militar de Madrid, al que se encomendaba, como una de las más importantes de entre sus muchas funciones, la de atender al "cuidado y manejo de los Abastos de Madrid, con todas las jurisdicciones, autoridades y extensiones que el rey, mi Padre y señor, depositó  y confirió a esa Junta". Como vimos, este nuevo cargo sólo duró un año, vencido su titular, el Conde de Maceda, por todo un frente de oposición de todos los sectores tradicionales.

Fracasado el ensayo, se instituye de nuevo la Junta de Abastos que continuará con sus características a lo largo de los reinados de Fernando VI y Carlos III. Para asegurar que no faltasen los artículos básicos, se acudía al sistema de subasta de los productos que eran contratados por los obligados -precedente de los abastecedores y asentadores- que, mediante un pago concertado, habían de tener el monopolio de la mercancía subastada durante un tiempo fijo. Luego, estos contratistas establecían los puestos de venta de sus productos que, por otra parte, eran vigilados en su calidad y precios por los funcionarios del Peso y Repeso. Sabemos de algún obligado del pescado "seco y remojado" que llegó a tener a su servicio cuarenta y ocho mujeres encargadas de la venta al por menor.

Precisamente fue en tomo a la gestión de esta Junta de Abastos donde se originó la situación más grave y conflictiva de la historia de Madrid en el siglo XVIII, el Motín de marzo de 1766, popularmente llamado de Esquilache o de las capas  y sombreros, que hoy sabemos tenía unos contenidos mucho más profundos que la simple queja por el cambio de vestimenta y tocado. Sobre la gestión de la junta influían, como es obvio, directísima e inmediatamente las fluctuaciones imprevisible de la producción agrícola en el Antiguo Régimen; así, desde los primeros años del reinado de Carlos III se notaron en los mercados madrileños los efectos negativos de una serie de causas naturales y políticas. Una sequía asoladora se abate sobre España desde el año 1760 por lo que, a pesar de las ventajas de que gozaba la Corte, la Junta se ve obligada a subir el precio del pan y otros artículos en 1761, 1763 Y 1765, situación que se agrava con la Pragmática dictada en julio de 1765 por la que se establecía el comercio libre de granos y se abolía la tasa, lo que enloqueció aún más los precios. Por ello, ndependientemente de esas otras razones que puedan existir y que veremos después, reparemos en que una de las peticiones más insistentemente reclamadas por los madrileños amotinados en marzo de 1766 es la bajada de lo precios de los alimentos, así como también es de notar que una de las primeras concesiones hechas por el asustado Carlos III sea la de ordenar que "se quite la Junta de Abastos (. .. ) mandando que el pan se venda a ocho cuartos; la libra de tocino a dieciséis; la de aceite y jabón a catorce (. .. ) con lo que se verifica la baja de cuatro cuartos en libra".

Si ya de antes, esta cuestión de proveer los mercados madrileños era preocupante los gobernantes, tras el motín se hace acuciante y primordial porque comprueban que incide gravemente en la marcha política de la Monarquía. Había, pues, que analizar las causas de las dificultades en el "ramo de abastos" -así se decía en la época- de la capital, para tomar luego las medidas adecuadas y reorganizar y controlar de alguna manera el funcionamiento de los municipios. En primer lugar, se hace notar que el entorno de Madrid no es suficiente para el abastecimiento adecuado, a lo que se añade el mal estado de los caminos con el consiguiente encarecimiento de los productos por la dificultad del transporte de mercancías. Claro es que, junto a estos inconvenientes naturales, se señalan asimismo las corruptelas de los intermediarios y la red intrincada y contradictoria de normas que dificultaba la fluidez del tráfico, a la vez que pesaban gravemente sobre la economía del ayuntamiento. Resultado del análisis es la puesta en práctica de dos resoluciones: una de carácter nacional, la creación de los Diputados del Común y los Síndicos Personeros del Común en los municipios para vigilar en nombre del pueblo la marcha de los asuntos que concernían a todos los vecinos y especialmente el capítulo referido a los abastos y mercados; y otra, concreta para Madrid, la sustitución de la Junta por una Comisión encargada de los Abastos, y la declaración taxativa del papel fundamental de los obligados "que es el medio que se reconoce más conveniente" para el buen funcionamiento del servicio. En consecuencia, la importancia que iban cobrando estos contratistas les hace crecerse en sus exigencias especialmente en lo que toca a su reconocimiento social, llegando a conseguir que "sin embargo de ser tales obligados, no se les pueda embarazar el tiempo de la obligación, ni para en adelante, el que pudiese tener coche, silla-volante, no obstante cualesquiera órdenes que haya en contrario"

…..

319

No menos prevención existía contra otro grupo de personas de distinta condición social visitantes también del Madrid de Carlos III: estudiantes, abates, como ya se llamaba a la gente de la iglesia, romeros o peregrinos que no se sabía de dónde venían ni dónde iban. Había que vigilarlos también cuidadosamente. No era infrecuente tampoco toparse entre esta abigarrada multitud flotante a algún alemán huido de las colonizaciones de Sierra Morena camino de regreso a su tierra o encubiertos como buhoneros. A estas medidas se añadieron las órdenes de mayor celo al Cuerpo de Inválidos para que sus unidades de salvaguardias del público extremasen la vigilancia los domicilios particulares cuyos dueños tenían que proporcionarles una habitación cercana  al portal con cama con cama, luz y silla. Como retenes se establecieron dos puestos, en la Puerta del Sol y otro en el cuartel de Santo Domingo. A estos guardianes se unió la Milicia Urbana, compañía de cuatrocientos cincuenta hombres, procedentes de los gremios, para hacer sus rondas de día y de noche. Desde las once en invierno y las doce en verano, recorrían las calles de sus distritos, cuidando sobre todo los conventillos o lugares donde se refugiaban las gentes de mal vivir.

Pero quizá sea la Real Cédula de 6 de octubre de 1768, que creaba los Alcaldes

Barrio, la muestra más significativa de esta creciente preocupación sentida por las autoridades de Carlos III ante un pueblo que ha provocado la mayor convulsión sufrida por la Monarquía en los últimos siglos. Propuesta por el conde de Aranda al rey  "dividía la población de Madrid en ocho Cuarteles, señalando un Alcalde de y Corte y ocho Alcaldes de Barrio para cada uno ", Los sesenta y ocho nuevos cargos tendrán unas atribuciones muy amplias y su "fin no es otro que controlar con mano dura el orden público, tan seriamente amenazado con el motín" (23): "Matricularán todos los vecinos, y los entrantes y salientes; celando la policía, el alumbrado, limpieza de las calles y de las fuentes; atenderán la quietud y orden público, y tendrán  jurisdicción pedánea para hacer sumarias en casos prontos, dando cuenta incontinenti al Alcalde de Cuartel; se encargarán de la recolección de pobres para dirigirlos al Hospicio, y de los niños abandonados, para que se pongan a aprender oficio o a servir". Disponían de una lista de las calles de su barrio y habían de llevar

(23) AGUILAR PIÑAL, Francisco: Los Alcaldes de Barrio, Madrid, Ayuntamiento-Instituto de Estudios Madrleños , 1978, pág. 13. Vid. también CUESTA PASCUAL, Pilar: Los Alcaldes de Barrio en el Madrid  de Calos III y Carlos IV, Memoria de Licenciatura, Fac. Geografía e Historia de la Universidad Complutense 1981; y MARTINEZ RUIZ, Enrique: La seguridad pública en el Madrid de la Ilustración, Madrid, Ministerio del Interior, 1988.

320

un pormenorizado y diario control de residentes y transeúntes, para lo que debían rondar por su demarcación muy frecuentemente, extremando su cuidado en tabernas y locales de comidas. Recogerían de las calles a vagos y mendigos ---conceptos éstos difíciles de distinguir por los gobernantes ilustrados- y vigilarían, además, que los comerciantes no adulterasen las pesas ni los precios, sabedoras las autoridades por la reciente experiencia de la estrecha relación entre carestía y tensión social. Desde ahora -y con alteraciones en el número de barrios, pero manteniendo sus extensísimas atribuciones- estos Alcaldes vigilarán las calles de la capital, convirtiéndose en "responsables de la tranquilidad y de perseguir los delitos que se cometan en (el barrio), con amplia jurisdicción criminal, como la tiene cualquier alcalde ordinario en su pueblo".

Mas no acaban aquí las innovaciones en materia de orden público puestas enmarcha en ese Madrid de las décadas finales del Antiguo Régimen que, por otro lado se embellece con nuevos edificios y monumentos nuevos, muchos de ellos símbolos hoy de nuestra capital, cuya historia y descripción encontrará el lector en otro capítulo de esta obra; en 1782 se crea el cargo de Superintendente de Policía de Madrid, que pasará a depender de la Secretaría de Estado. Efímera vida la suya: enfrentado a otras instituciones -y en particular con la Sala de Alcaldes de Casa y Corte- esta hechura de Floridablanca caerá, como su propio valedor, en 1792. Por último, las noches madrileñas, de siempre tenebrosas, serían vigiladas desde 1798 por los serenos, institución nacida en Valencia, pero que con el tiempo llegaría a alcanzar, también valor de símbolo castizo del Madrid nocturno, con su farol en la tripa y el chuzo con el que golpeaba las losas de las aceras para anunciar su llegada al trasnochador que le esperaba en el portal.

En esos momentos finales del siglo XVIII, los cortesanos de Carlos IV – los políticos y un sector de la nobleza y el ejército- dan muestras evidentes del cuarteamiento de la Monarquía Absoluta (muy gravemente afectada por la crisis económica que se deriva de la guerra sostenida contra los ingleses en ambas orillas del Atlántico y que corta el cordón umbilical que unía a la Península con las colonias americanas y participan en complots palaciegos, ya sea a favor del príncipe de Asturias, futuro Fernando VII, ya sea en apoyo del todopoderoso Godoy. Mientras, los hombres y las mujeres del pueblo, habitantes de ese Madrid goyesco, asistirán a corridas de toros, saraos, procesiones y otras diversiones, con una aparente despreocupación ante los grandes cambios sociales y políticos que están produciéndose en el mundo que les había tocado vivir y con los que, pocos años más tarde, en la primavera de 1808 habrán de enfrentarse tan brutal como heroicamente.

 

Historia de Madrid, Antonio Fernández García (Director), Editorial Complutense, Madrid 1993