NOCHEBUENA
(Madrid, escenas y costumbres 1913)
HOY, 24 de diciembre, como todos los años, se preparan los barrios y vecinos para celebrar la Nochebuena. Unos días antes la plaza Mayor está ya llena de puestos de nacimientos con peñascos de cartón pintado y figuras de barro, donde se agolpan a mirar los chicos; puestos llenos de zambombas y tambores, y los de estacas y toldo (le lienzo y otros más lujosos, tapizados con colchas de olores, donde venden turrones de Alicante y hay pilas de cajas de mazapán de Toledo.
Los vendedores, con chaqueta de terciopelo, faja y polainas cuero negro y pañuelo anudado a la cabeza; encima, el sombrero ancho; y las mozas, con falda de campana de esta meña, moño trenzado y pegado a la nuca, cruzado por alfileres y peinetas, medias blancas de velludo y zapatos recios. Manadas de pavos y capones, que vienen de Castilla, recorren todas las calles, y en la plaza Mayor se hacen las ventas.
¿Qué madrileño no probará el rico pavo, no irá a comprar al mercado de los Mostenses o al de los maragatos el sabroso besugo? Buena besugada de Laredo y Coruña, llenos los carpanchos y cestas del mercado pidiendo comerse. El pavo, este animal de andar pretencioso, que a veces se para pavonean- (10.e lleno de orgullo y haciendo la rueda, después de haber disfrutado de la buena vida, ahora le preparan al sacrificio, ya bien cebado y con el buche lleno de nueces y garbanzos. Los vendedores, con capones y pavos atados por las patas y colgando de una cuerda al hombro, cocineras y algún padre de familia va cargado a su casa con el capón, la caja de mazapán y los besugos colgando de una cuerda. Y también los vemos en la manada, todos sumisos y algunos delgados. y míseros de cuerpo; otros, nutridos y ventrudos.
Las cocineras les cortan el cuello con el cuchillo de la cocina, que días antes ha estado en manos del afilador, y les dan una copa de aguardiente para emborracharles, les tajan el cuello, dan un fuerte alarido, y una vuelta en redondo el cuerpo sin cabeza antes de caer en los ladrillos de la cocina.
Sirve esta preparación y matanza para el bullicio y alegría de los chicos, que con el estrépito que arman con los tambores y el rum-rum de las zambombas atruenan la casa. En todas las calles del barrio los chicos de la calle organizan grupos parecidos a cuando dicen a la drea..., a la drea... Ahora éstos, más pacíficos, se contentan con meter ruido con tambores, zambombas y calderos. La Puerta del Sol parece una mascarada, cruzada por grupos de gente que baila, mujeres con el pelo suelto y la falda caída y hecha jirones, dando sartenazos, tocando almireces y panderos, y arman un gran estruendo. En los faroles se suben y los apagan. Por el Prado baja una porción de gente con hachones encendidos y cencerros al cuello y collares de bestias puestos en la cabeza. Hay quien lleva la montura y los arreos de su mula a la espalda; escaleras llevadas entre dos al hombro, con botas de vino atadas en los tramos. Entre la algarabía y chillidos, los panaderos y los cajistas no trabajan aquella noche, y en los talleres se corre la juerga y la diversión. En todos los hogares, los artesanos y los seres más infelices participan y disfrutan de esta loca alegría. Las botas de vino y las comilonas en los bancos de Recoletos, en las aceras de la calle de Alcalá, el Botánico, los sitios oscuros; todos los barrios de Madrid salen de madre. Y se apiñan los grupos, y las rondas de guitarras y cantores, mezclándose el vocerío y los cantos canallescos hasta quedarse roncos. El copeo en las tabernas no para. La misa del Gallo se celebra con gran solemnidad en la catedral de San Isidro. En San José y en San Pascual, la misa, con los tres sacerdotes con casullas de oro y seda, entre nubes de incienso, al levantar la custodia brilla como el sol, y se mezcla el órgano con las voces de los cantores, acompañados por la gente que llena la iglesia, que toca panderos, castañuelas y zambombas.
A los viejos que velan, con capa, se les ven las calvas de sus cabezas brillar, con escapularios al cuello, y tienen grandes cirios en la mano.
E:n otras iglesias se celebra con más humildad la misa del Gallo. Vemos en el altar mayor los atributos de la Pasión, hechos en madera pintada; la cabeza cortada de Pedro, que negó a Cristo, y el gallo, que cantó su pecado subido sobre la columna donde le azotaron y le escarnecieron; la corona de y el cetro de caña que colocaron en sus manos, atadas para mayor burla; los clavos que taladraron sus pies y manos, y los martillos, tenazas y otras herramientas de que se valieron para clavarle en la cruz. En medio de la columna está el lienzo de la Verónica con la Santa Faz, la escalera y la lanza que abrió su costado, y en un palo la esponja empapada en vinagre con que le dieron a beber.
Todavía se conserva en algunos pueblos la bárbara tradicion, en esta noche, de castigar a los gallos con palos y piedras. . Todos los vecinos tienen derecho a tomar parte en la pedrea; les insultan y les llaman traidores de Cristo, cuando les debían dimitir mejor de Pedro, a quien cantó el gallo su pecado, después del suplicio, y ya cadáver. Todos se alejan de él. Al otro día, todos los herejes comemos gallo barato, porque los nazarenos y creyentes tienen a pecado mortal el comer la carne del gallo traidor.
Delante de los pórticos de las iglesias se prenden hogueras, formando corros que bailan y saltan alrededor de las llamas. Las mozas y los mozos cantan los villancicos, acompañados de tamboriles, zampoñas y rabeles.
miércoles, julio 13, 2011
Nochebuena (José Gutierrez Solana. Madrid, escenas y costumbres, 1913)
El Retiro (José Gutierrez Solana. Madrid Escenas y costumbres ,1913)
EL RETIRO
(Madrid escenas y costumbres, 1913)
Este magnífico parque, llamado vulgarmente el pulmón de Madrid, es el paseo preferido de todos, por sus espesos bosques y sus paseos silenciosos y solitarios. En él hemos pasado nuestra infancia, esas tardes que nos han parecido tan cortas al concluir las pesadas horas de encierro en el colegio delante del pupitre y de la plana, escribiendo al dictado, y nos acordamos de su tristeza, de la rareza de sus paseantes, de su tierra regada y del fuerte olor de humedad que de ella se desprende.
El estanque grande es el sitio preferido por la gente de pueblo.
Los domingos, a todos los paletos que vienen a Madrid les llama la atención el barco de vapor y los de remos; la barandilla de hierro, con asientos de piedra que dan la vuelta al embarcadero, están llenos de niñeras y niños; por el paseo de coches va la gente elegante y acomodada; las filas de coches dan la vuelta al llegar a la estatua del Angel caído.
En el parterre, en el verano, cuando apenas ha salido el sol, comienzan los paseos matinales.
Las niñas saltan a la comba, y las jóvenes que quieren novio, con el pelo suelto, se quitan los sombreros y juegan a las cuatro esquinas y a la gallina ciega; luego se sientan en un banco unas cuantas amigas, con las mejillas encendidas, y agitan precipitadamente los abanicos; las mamás, sentadas en un banco, llevan allí la costura de casa.
Un coro de niñas canta:
Carrión,
Trencilla y cordón,
Cordón de Valencia.
¿Dónde vas, amor mío,
sin mi licencia?
Carrión,
Trencilla y cordón,
Cordón de la Italia.
¿Dónde vas, amor mío
sin que yo vaya?
En las frondosas alamedas y plazuelas, con gran fuente en medio, sentadas en los bancos, vemos gente gozando de la tranquilidad de aquellos deliciosos paseos, llenos de copudos y viejos árboles plagados de pájaros y ruiseñores. En el estanque de las Campanillas son muchos los que se han ahogado; o en las tapias del Retiro se han pegado un tiro en la sien, al lado de estos estanques, llenos de hierbas y juncos, en los que se crían peces y nadan patos y cisnes.
Hay fuentes raras y bonitas, como la de los Galápagos y la de la Alcachofa; en invierno, rodeada por los árboles, que se han quedado sin hojas, y los pilones de agua verde estancada, por donde asoman la cabeza las ranas, en medio de un silencio sepulcral; en la primavera, cuando están llenos de frondosidad los árboles.
La Casa de Fieras está también muy concurrida los domingos.
En ella se ven la jaula de los monos, la cebra y la jirafa. El elefante Nerón, sujeto con una argolla de una de las patas traseras, está en una cuadra de barrotes de hierro.
Cuando tocan la campana para la señal de la comida, todo el público se acerca a las jaulas. El domador, que tiene el pelo rojo y la blusa y las manos llenas de sangre como un matarife, lleva una espuerta llena de carne. Al oso negro le da una libreta de pan y un gran trozo de carne que cuelga de los hierros de la jaula. El león da fuertes bramidos que resuenan en las avenidas del Retiro.
Luego da de comer a la foca en un cubo lleno de pescados y sardinas, que tira al aire, recogiéndolos con gran tino. Sale de la piscina con la piel negra y brillante, y va engullendo los pescados enteros.
En una artesa está el cocodrilo. A la serpiente boa la saca el domador de un saco y se la enrosca por los hombros, y la da de comer conejos y pichones vivos. Se ve su cuerpo cómo te hincha cada vez que los traga.
Luego hemos dado una vuelta por el paseo ancho, donde hay filas de estatuas de piedra, a derecha e izquierda, de los antiguos reyes españoles; hemos visto pasar a un señor de porte vigoroso y cara bondadosa, con barba corta, lo mismo que el pelo blanco, y una mujer simpática y joven. El porte de ellos es el de dos burgueses; él lleva sombrero nuevo de pala y traje sencillo, de americana; ella, traje claro, elegante, y sombrero de mañana; caminan un poco separados; pero se nota en la conversación animada y en el paso decidido, que la felicidad les sonríe. La alegría fuerte y sana de dos caracteres unido'', La voz de él es clara y enérgica.
Unas niñas saltan a la comba y cantan en corro. Ellos se paran a oírlas y verlas jugar; y mientras los pájaros gorjean en los árboles, el sol radiante marca sus siluetas. Reconocemos con simpatía a Francisco Ferrer y a Soledad Villafranca.
José Gutierrez Solana
MADRID. ESCENAS Y COSTUMBRES 1913
Santander (José Gutierrez Solana. La España negra 1920)
SANTANDER
(La España negra)
HA progresado mucho. Hoy está haciendo un magnífico edificio de Correos, un Banco de España, un flamante teatro. El antiguo se quemó; era un venerable teatro, en el que cantó Tamberlik. Sus paredes, hoy arregladas, sirven para almacén. Ha hecho también un gran hotel a la moderna, con todos los adelantos, y una gran avenida con el nombre de una ilustre dama, y un palacio, estilo inglés, en la península de la Magdalena, que ha regalado a los reyes. Ha cubierto de tierra el muelle, formando un bulevar bordeado de plátanos. Ha derribado el antiguo Casino del Sardinero para construir uno más grande y más blanco, en el que unos señores, vestidos con chaquetas encarnadas y pantalones cortos, salen a tocar a la terraza.
Hay también un real tennis en la Magdalena, con premios; un real Tiro de Pichón, con premios también, donde se fusila impunemente a estas aves, mientras las damas, vestidas con trajes ligeros y vaporosos, toman el té, y unas reales carreras con muchos más premios. Pero nosotros sentimos más admiración por el viejo Santander de hace algunos años. Todavía no estaba hecha la estación del ferrocarril de Bilbao; lo que son hoy los jardinillos del muelle era entonces agua; los barcos anclaban hasta muy cerca de las casas del muelle, y en lo que hoy son paseos y hay estatuas y fuentes, veíamos en seco y varados, cuando la marea era baja, los pataches, traineras y algunos barcos de vapor. A lo lejos, alguno de alto bordo, que hacía el viaje a La Habana, a la Argentina, a Veracruz, aquellos barcos en que ponían sus ojos los que les parecía :a Montuna pequeña, los que querían medrar.
La orilla del muelle la constituía una hermosa calle de fincas altas y macizas, todas patinadas por la humedad y la lluvia, algunas venerables por su antigüedad, como la del Gobierno civil y la que hoy sirve de albergue al Banco de España; paro entre todas se destacaba la que mandó construir mi tío don Antonino, llamado el Pasiego, a su regreso de Méjico; es lana enorme y cuadrada casa de piedra sillería, desde los cimientos al tejado; en la azotea tenía un juego de bolos, que hubo que suprimir por temor a que alguna bola perdida fuera a caer sobre la cabeza de algún transeúnte.
Estas viejas casas del muelle tenían unas hermosas vistas: por un lado la bahía en toda su extensión, y por la parte posterior la plaza de la Libertad, en cuyo centro había un quiosco del música, que no tardará en ser sustituido por la estatua de loe héroes de la libertad, Daoiz y Velarde, que ya desmontada de la plaza del Pescado espera su colocación. Aquí tocaba la tienda Municipal y cantaba el Orfeón Montañés trozos escogidos de los valses de Baudofil, «Sobre las olas», los aires montañeses, trozos de ópera y zarzuela ya en desuso; en fin, toda gula música que ha oído una generación de santanderinos durante las mañanas y tardes de los días de fiesta y en las noches de verano y de ferias. Las plantas bajas de las casas del muelle la constituían en su mayoría oficinas de comerciantes que hablan hecho el dinero céntimo a céntimo y pulso a pulso, o comercios más o menos ricos; en éstos se podía tomar el pasaje para La Habana, Veracruz, Buenos Aires, y los marineros podían adquirir redes, aparejos, trajes de hule, anzuelos y toda «tase de menesteres para la pesca.
También había antiguas tiendas de comestibles, en donde MI hablaba inglés y en las que se vendía la dura galleta para los barcos, pues entonces no había los refinamientos de hacer pan en ellos. Entre éstas se distinguía la de Charles.
En algunas de estas oficinas se sentaban por la tarde los señores graves con grandes levitones, hablando de política, de las oscilaciones de la Bolsa y de la entrada y salida de los barcos mercantes. La mayoría eran ingleses, que venían de Glasgow, Liverpool, Newcastle y Cardiff. Los capitanes de estos barcos tenían la cara roja y el cuello curtido por el mar; mascaban unas pastillas de un tabaco prensado muy duro y negro; era gente de mucha sangre fría y valor, que a veces se hacían a la mar en plena tormenta por haber dado su palabra de que en tal fecha se hallaría en el punto de destino. Por la noche salían a pasear por el muelle y a beber copas de aguardiente en los cafés. Los marineros cambiaban el tabaco inglés de pipa por el de cajetillas españolas, por gustarles mucho; eran de una generosidad tan grande, que al pisar tierra gastaban todos sus ahorros y daban muchas propinas; alguna vez ocurría un suceso trágico: uno de estos marineros, que se había perdido de sus compañeros y estaba borracho, iba dando traspiés por los muelles a altas horas de la noche, cuando estaban apagados los faroles, y andando a tientas buscando su lancha para ir a su barco, dándose una costalada se caía al agua y se ahogaba. En las plantas bajas de las casas del muelle había antiguos cafés: El Ancora, El Suizo, donde había reuniones de comerciantes y militares y se jugaba desaforadamente al chamelo y metían un gran ruido con las fichas, como si quisieran romper el mármol de las mesas. En estos cafés parecía prohibida la entrada a las señoras, pues no se veía más que, como cosa exótica, alguna extranjera o forastera.
Las señoras tenían su reunión en sus casas, tomaban chocolate elaborado en los conventos y hecho por las monjas a toda confianza, y luego se iban a rezar el rosario y a oír el sermón a la Catedral, a San Francisco, al convento del Prado de Viñas; otras optaban por la iglesia de los padres jesuitas; en ésta, cada padre tenía un confesonario con su nombre, para que pudieran elegir.
Hoy, el muelle se ha convertido en un hermoso paseo; sus andenes se han ensanchado, tomando terreno al mar, a su derecha; se ha construido un espacioso jardín, en el que hay un templete de música muy sólido, pues el antiguo se lo llevó el viento Sur, y en que está también la estatua de Pereda. Por la noche, este paseo toma un aspecto fantástico; se iluminan las farolas de sus andenes y, sentados desde cómodas sillas o en bancos, y al son de la música, vemos desfilar por entre ellos todas las muchachas de Santander, entre ellas algunas verdaderamente guapas, y las modistillas, muy dicharacheras y compuestas. Durante la estancia de los reyes, el Giralda o algún barco de guerra, lanza sobre las fachadas de las casas, a lo lejos del Sardinero o sobre las montañas colindantes, los potentes rayos de sus reflectores, que la iluminan con una fuerte unen de luz, y que al cesar parece quedar todo más oscuro, como la pantalla de un cinematógrafo que se fuera apagando. Por el bulevar suben tranvías eléctricos, que van al Sardinero r al paseo de Menéndez y Pelayo. Este es uno de los más importantes de Santander, arranca desde el sanatorio del doctor Madrazo y termina en Miranda, desde donde se divisa una hermosa vista: el mar en toda su extensión. hasta perderse a lo lejos, en el que se ven unas lanchas de pesca y hay un barco que parece como de juguete y que va dejando a lo lejos una estela de humo. También hay aquí un banco de piedra en forma de herradura, donde se sientan los viejos con las rayadas entre las piernas.
El paseo de la Concepción arranca un poco en cuesta; a su derecha e izquierda está lleno de simpáticos hotelitos; en sus andenes, de trecho en trecho, hay álamos y está asfaltado en toda su extensión.
En una de estas casas pasé parte de mi infancia; este paseo costaba entonces poco poblado y todavía existía la antigua Plaza de Toros, que no tardó en ser derribada para llevarla a sitio más lejano. Desde los balcones de mi casa se veía una vista admirable: la terminación del muelle y la gran explanada de Puerto Chico; se veían entrar y salir los barcos y el ruido de las sirenas llegaba claro y quejumbroso, como si lo tuviera uno al lado. Se veía la enorme animación de Puerto Chico; las mujeres, con las piernas desnudas, abrumadas por el enorme peso de los capachos llenos de plateadas sardinas, por cuyas rendijas iba escurriendo todavía agua y escamas que se les pegaban en el pelo; otras iban cargadas con bonitos azulados y con reflejos metálicos, con las agallas todavía chorreando sangre, enormes y panzudos. Luego cruzaban marineros con trajes pintorescos, las boinas, sus vestiduras de hule y sus enormes botas con suela de madera, que metían mucho ruido en el empedrado, llevando a cuestas las redes llenas de plomos y corchos y los remos de las traineras.
Al mediodía veía, desde las ventanas de casa, en el mar, grandes explanadas de arena, donde estaban las barcas tumbadas con las velas puestas a secar al sol, que arrancaba miles de puntos al agua, tan brillantes, que cegaban la vista; hombres y mujeres, con los pantalones y las faldas arremangados, cogían vericuetos y demás mariscos; cuando subía la marea se daban mucha prisa en entrar a sus botes; éstos empezaban a cabecear, y al poco tiempo estaban a flote.
Después de cenar me asomaba a la ventana: era una cosa fantástica el cielo, cómo ocultaban a la luna los nubarrones y cómo corría ella hasta verse en medio del cielo; entonces el mar relucía como un espejo y los barcos se veían negros y recortados. En las noches en que el cielo estaba muy oscuro se veían parpadear a lo lejos las luces de los barcos, y ya un poco avanzada la hora se oían voces varoniles y robustas que despertaban a los marineros para ir a la pesca; otras, una voz chillona de una mujer, que se prolongaba con un aire de angustia y que acababa por indignarse por la tardanza de su marido para bajar; luego resonaban los pasos de unas fuertes botas y las discusiones y blasfemias de un malhumorado a quien habían sorprendido en pleno sueño.
Luego volvía a oírse la voz prolongada de una mujer y la de un chico que llamaba por otro barrio, y los ladridos de algún perro, esos perros pequeños y sucios, de lanas amarillentas, con los ojos colorados como un tomate y sin pestañas, que estornudan mucho y tosen bronco, que huelen a pescado y que llevan en todos los barcos de pesca, amigos de los grumetes y fieles compañeros de los marineros.
Por algún balcón que se abría se veía una mujer en paños menores y el correr de una vela que proyectaba sombras alargadas en las paredes de las casas vecinas. Luego la luz de las ventanas se iba apagando, se hacía el silencio, que de pronto era turbado por el ruido ronco y estentóreo de una sirena, que luego se hacía más agudo y penetrante, como el de una voz sobrehumana que clamase y pidiese auxilio.
A la caída de la tarde, Puerto Chico presentaba una gran animación; era la hora en que las traineras traían el pescado, y la gente conocida de la ciudad, que volvía del paseo para ir a rezar el rosario a la iglesia de Santa Lucía, se entretenía, para hacer tiempo, viendo llegar a las barcas. Las mujeres de los pescadores se metían las faldas entre las piernas, bajaban con los pies descalzos unas escalerillas de piedra, y con un cuchillo abrían las entrañas a los pescados, y metiéndoles las manos tiraban las tripas al mar; al concluir la limpieza quedaba un gran trozo de agua al lado de las barcas teñido de sangre. Las campanas de la Almotacenia repicaban sin cesar; aquí se pesaban en grandes básculas los bonitos y los capachos de sardinas.,; muchas veces había discusiones y peleas; dos pejinas se pegaban con saña y ferocidad, se arrancaban el pelo y concluían por arañarse la cara. Estos insultos y discusiones interminables los oía con frecuencia. Enfrente de la huerta de mi casa estaba el barrio de Tetuán; a los hombres se les oía poco , pues dormían o estaban en la taberna; pero las mujeres no había día que no riñeran y discutieran con una riqueza de paIabras que para sí la quisiera la Academia de la Lengua.
KI día de los Santos Mártires, que eran los patronos de Santander, San Emeterio y San Caledonia, era de gala para todo el pueblo; pero preferentemente para los que vivíamos en el paseo de la Concepción, por estar al lado de Miranda, que era donde se celebraba la fiesta con toda alegría y animación Por la mañana había gran misa cantada en la Catedral, en la que oficiaba el obispo; dentro de la iglesia se hacía una pequeña procesión, llevando en una bandeja los relicarios da plata en que estaban encerradas las verdaderas cabezas de loa mantos Emeterio y Celedonio (1), que llegaron a Santander en un barco de piedra de no se sabe de qué lejanas tierras, pues esto todavía no se ha podido aclarar.
(1) En Calahorra también se conservan los dos relicarios de Emeterio y Celedonio, que son Patronos de este pueblo montaraz y de Rente algo aborricada.
Asistían a esta procesión el gobernador civil y el militar; el alcalde y todo el Concejo en masa, con frac y levitas algo pasadas de moda y unas chisteras enormes. Llevaban por encima del chaleco los fajines de concejal, con las armas de Santander bordadas en seda. Detrás iban, muy graves y tiesos, maceros, con sus dalmáticas de terciopelo rojo, las armas del Ayuntamiento bordadas en el pecho, sus pelucas blancas y amarillentas y unos bonetes llenos de plumas; las piernas muy delgadas y torcidas, con grandes arrugas en las medias, pues generalmente todos eran viejos, y en las manos, con guantes blancos, unas grandes y pesadas mazas de plata.
Toda esta vestimenta les daba un cierto aire porteril y penndejo de modelo de un cuadro de historia.
Los catedráticos llevaban colgado del cuello un cordón con una medalla. Daban una vuelta muy despacio alrededor de la Iglesia el obispo con unos curas que llevaban en unas andas el brazo de San Germán, que era una canilla encerrada en un frasco de plata y cristal, y las cabezas de los santos bajo palio, y otros curas que echaban alrededor grandes nubes de oloroso incienso. Detrás todo el elemento civil y los catedráticos. Y la iglesia llena de bote en bote.
Mientras tanto, las campanas de la Catedral repicaban alegremente y estallaban bombas y cohetes. Los balcones de todas las casas estaban adornados con colgaduras, con la bandera española o colchas de la cama, y en ellos asomada mucha gente. Todos los sitios inmediatos a la Catedral, así como el antiguo puente de Atarazanas, estaban llenos de animación; pero la fiesta de los Mártires, donde presentaba un aspecto más pintoresco y alegre, era a la terminación del paseo de la Concepción, en Miranda.
Era ésta una pequeña capilla rodeada de un campo, desde el que se veía el mar. Desde por la mañana temprano llegaban mujeres y viejas desde Cueto, Peña Castillo y Santander con capachos llenos de manzanas, peras, ciruelas, higos, avellanas. nueces..., y se instalaban enfrente de la ermita para vender su mercancía. Luego, a las primeras horas de la tarde, empezaba un baile muy concurrido de romeros a lo alto, a lo bajo y a lo ligero, acompañado por el tamboril y el pandero; y muchas devotas, poniéndose la falda por encima de la cabeza o un pañuelo, entraban en la ermita.
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Zuloaga (José Gutierrez Solana. La España negra 1920)
ZULOAGA
Es difícil al viajero que recorra estos pueblos españoles y que vaya con el espíritu despierto para ver y sentir que el recuerdo del gran pintor vascongado no se apodere de él.
Unas veces nos sale al paso con la creación de tipos recios y rotundos, como tallados en maderas; son esos alcaldes o caciques de los pueblos con sus capas harapientas, pardas y pesadas como mantos de reyes, y que empuñan la vara de la justicia o un cirio con sus manos membrudas, llenas de rayas en que parece haber dejado una huella a través de los años la tierra de Castilla.
El alcalde de Torquemada, la figura más recia de la pintura moderna. Otras nos asalta su recuerdo en las bárbaras capeas de los pueblos de Sepúlveda, Medina del Campo, en que las barreras están sustituidas por estacas y fuertes carros de labranza desparejados; y no tardamos de nuevo en encontrarnos en los soportales de los viejos pueblos españoles: Segovia, Ávila, Zamora; aquí volvemos a ver de nuevo las viejas capas españolas, esas capas que se confunden con el color de la tierra, tan españolas, únicas, tan distintas de las andaluzas petulantes, cortas, de embozos chillones, llenas de bordado y flamenquismo, la capa adulterada de nuestros antiguos chisperos y manolos.
Otras veces nos lleva más allá, nos traslada a Andalucía, la calle del Amor; los vendedores de flores, los sombreros pavero anchos y garbosos, las chaquetas cortas con coderas, los pantalones ceñidos y abotinados y las caras morenas y cetrinas, y sus admirables mujeres llenas de gracia y donosura; cómo ISP recogen la falda a su cuerpo y a sus muslos; con qué gracia enseñan las enaguas planchadas y bordadas viéndose las medias picarescas y sus menudos y bien calzados pies; ¡qué faldas las de estas mujeres, llenas de volantes, de telas chillonas y ligeras, rameadas de flores o de lunares, telas que no pesan y que parecen hechas para que luzcan mejor sus cuerpos ondulantes y garbosos! Y esos pañuelos de gitana que anudan a su cintura, rojos, verdes y amarillos; qué bien hacen con los rojos y reventones claveles en sus negras cabelleras y el continuo chirriar de sus inquietos abanicos.
A todas ellas las veremos más tarde en las silenciosas y apartadas rejas de sus calles, rejas conventuales pero llenas de flores, y en que a través de sus hierros, a la luz de un farol o en las noches de luna, vemos brillar una cara morena como una Dolorosa, y unos ojos negros y tristes que se clavan a nuestro paso; son estas mujeres que al día siguiente se compondrán y acicalarán unas a otras con todos sus cariños para asistir a las corridas.
Pero Zuloaga salta pronto de Andalucía; la comprende y admira, pero no la quiere; necesita de Castilla, de su amada Castilla; aquí adquiere toda su fuerza, se siente más fuerte él, y aquí nacen sus obras inmortales: El Cardenal, Las brujas de San Millón, Torerillos de pueblo, Gregorio el botero, monstruo de pesadilla, contrahecho, ridículo, espantable, con sus manos torcidas, manos de manco; una apoyándose en un enorme pellejo, y en la otra un jarro de barro, en que parece ofrecer el vino a todos los bebedores; vino de discusiones, de reyertas, de pendencias, de crímenes. La víctima de la fiesta el cielo negro y de pesadilla en que se destaca un viejo bárbaro y cansado, con la lanza mirando al suelo; nuevo Quijote sin ideales que nunca conoció un día de gloria, y triste Rocinante este viejo caballo, que produce pena y que parece ha de estar recorriendo estos viejos pueblos de España entre las rechiflas y el aplauso de un pueblo bajo y cruel.
De esta Castilla salió su obra magna El Cristo de la sangre, exangüe, enfrente de este pueblo español que tan bien lo ha comprendido. Avila, pueblo amurallado, recio, fuerte, mucha piedra, seco, con su aire frío, que corta como la hoja de un cuchillo, y en que volvemos a ver de nuevo las recias capas y sus curas con gafas, cenceños, malhumorados, atrabiliarios, como sus piedras y sus murallas.
A Zuloaga no basta esto; viajero incansable, va recorriendo los pueblos y creando sus paisajes, que unas veces son los admirables fondos de sus retratos, Toledo, Avila, Sepúlveda, Segovia, y otras veces el paisaje escueto, sin figura: La Virgen de la Peña, Motrico y tantos otros, creando y moldeando con sus manos de gigante esta España, que ha hecho ver a los cegados ojos de pintores y escritores, y a la que irá unido con su nombre inmortal.
La plaza mayor de Segovia (José Gutierrez Solana, La España negra 1920)
LA PLAZA MAYOR DE SEGOVIA
(La España negra)
ESTA famosa plaza la forman unos lienzos de casas derrengadas, todas apretadas y unidas, cuyos balcones de madera están tan curvados y hacen tantas bajadas y subidas, que parece de un momento a otro van a venirse abajo. El cielo aparece muy blanco por encima de estas casas, todas desiguales, unas anchas y rechonchas, y otras, muy estrechas y largas, que parece buscar la protección en la compañera para no derrumbarse ese cielo que parece de nevada y que hace resaltar tanto estos tejados destartalados y combados de tejas negruzcas, que destacan la mancha blanca de la argamasa como trozos de nieve, y las chimeneas primitivas de sus buhardillas. En esos días de frío que barre toda la plaza de gente aparece esta aglomeración de las casas con un color estupendo. Observamos su comercio y su vida; en sus portales anchos, encuadrados por gruesos postes de piedra a manera de soportales, descansan las fuertes vigas que sostienen a estas casas, las cuales muestran su vejez por las grandes cribas y grietas y la negrura y humedad de sus portales, que se cierran por pesadas puertas; llenas de agujeros de inutilizadas cerraduras, los carcomidos y las hendiduras de los porrazos producidos por aldabones enormes y llenos de orín.
Mirando a los balcones vemos la ropa tendida, las camisetas, camisas, pañuelos de color y medias de las mujeres, y las blusas, bragas y calcetines de los hombres; en los pisos altos hay alguna silla de enea olvidada en un balcón cerrado, y donde ha estado cosiendo al sol una mujer por la mañana; en las ventanas cuelgan, atadas de una cuerda, mantas y faldas , en los balcones hay colgadas muchas jaulas rústicas .con pájaros que han comprado en el mercado. En un piso «my alto hay un palomar, una ermita de madera con una cruz y varias campanas; un palo atado al lado, que sobresale del Mojado con un puchero por montera, sirve para espantar a los pájaros ladrones de palomas; éstas, cuando se asoman a este campanario, hacen voltear las campanas y se entretienen en- liando y saliendo por sus agujeros; también en estas ventanas qua dan a los tejados hay unas poleas con cuerdas que sirven para subir los cubos de agua por el hueco de la escalera, de 1011 pozos que hay en el portal de estas casas. En un piso bajo hay una tabla:
«MESON GRANDE,
SE SIRVEN COMIDAS CON VINO»
Este mesón ocupa un ancho portalón donde entran los carros; en las paredes del patio hay ventanas desconchadas y carcomidas por la lluvia; un piso en forma de casa adosada al muro con des ventanas tapadas por cortinillas es donde están los dormitorios, pobres de aire y de luz y muy bajos de techo. Bajo el hueco oscuro de esta casucha hay unos carros viejos, y están poniendo dos hombres herraduras a una mula; al lado de este mesón hay una carbonería; se ven los serones en el suelo cosidos y apuñalados por las largas y relucientes agujas. En medio de la calle descargan los sacos de carbón (le un carro de bueyes; son éstos de gran alzada y de cuernos muy grandes, llevan unos pesados campanos y braman de vez en cuando como toros; en Segovia se ven los bueyes más hermosos de España, que en nada se parecen a los bueyes blandos y rubios de las provincias del Norte, que son como burras de leche al lado de estos poderosos animales; los descargadores de este carro van envueltos en pesadas mantas, con gorra de pelo a la cabeza y las manos abiertas e hinchadas por el frío; entre sus fajas negras se ve el brillar de plata de las cadenas y el del acero de sus cuchillos.
Las tiendas pintorescas de esta plaza: la «Taberna de los Artistas», donde vienen los albañiles y obreros a comer; en su escaparate cuelga algún trozo de cecina y cordero en carne viva con los ojos fuera, y nada más, pues en Segovia se come poco y hay mucha hambre; en un plato se ve las calvas blanca y tristes de esqueleto de los pájaros fritos cazados a ballesta Las cordelerías; con largas trenzas de cáñamo y sogas que cuelgan del techo.
Las albarderías, con collares, albardas, cinchas, zuecos de madera que los emplean, como estribos y armazones de monturas, como muestra, para luego forrarlas de cuero o piel.
Luego vienen las tiendas de ultramarinas; en alguna el tendero es un hombre con barba, pelo largo, que parece un intelectual; envuelve el queso y el jabón con versos y sonetos escrito por él en los ratos de ocio; en este pequeño escaparate hay un cartón con unos muñecos pintados: una familia aldeana que están cogidos de la mano, el marido, la mujer y un niño pequeño; sus cabezas son tres garbanzos de los más raros y feos que han escogido de sus talegos, retocándolos con tinta, pintándoles ojos y bigote; debajo de este cartel dice:
LA FLOR DE CASTILLA, KILO 1,20
También se ve en el escaparate, entre las latas de conservas y las madejas de algodón, carretes de hilo y alpargatas, caricaturas y retratos hechos con tiras de bacalao y esas construcciones que venden en pliegos, que recortan los niños, pegándolas en un cartón por suelo; son plazas de toros, un castillo o una noria con un caballo con anteojeras para que no se maree, y también se venden unas hojas, con una orla hecha por el dueño con tinta, en las que están pegadas las cajas de las antiguas cerillas de Cascante con caricaturas, escenas españolas, «peligros de Madrid» y mujeres bañistas enseñando las nalgas. En algunos de los balcones bajos de esta plaza, donde están establecidos los fondistas y las patronas de casas de huéspedes, se ven todavía las cortinillas recogidas, estas cortinas que en verano cuelgan de los balcones y toldos de las tiendas bajo los soportales.
En estas fondas y casas de la plaza, aunque estén sus comedores y alcobas empapeladas siete veces con papeles gruesos de ramos, tienen la ventaja que por el mucho frío que hace en el invierno en Segovia, las chinches en verano, aunque estén hambrientas, saldrán sin fuerza.
En esta plaza encontraréis todo lo que os haga falta; si queréis comprar un anillo de plata para la criada, en seguida encontraréis una platería; mantas, trajes o abrigos, daréis Inmediatamente con un almacén de telas o sastrerías, y si os moréis hacer un retrato, porque os habéis casado, en esta plaza ciaréis con fotógrafos modestos de portal, pero que os sacarán muy bien, de muestras se ven en sus vitrinas toda clase de retratos, desde el obispo viejo, que se pasa en la cama todo el día, hasta el joven y boyante obispo nuevo, gran intrigante y amigo de placeres. Muchos retratos de cura; hay aquí bárbaros de la tierra que se retratan con el crucifijo en la mano, pero que piensan, más que en la religión, en las mujeres, la eriza y en jugar al dominó y al tute. Junto a los retratos de frailes y algunas monjas, de tantas iglesias y conventos que hay en Segovia, se ven los de los canónigos, con su capucha negra y el vientre adornado con muchos borlones y encajes corno de pantalones de señora. Tampoco falta el imprescindible retrato de un niño recién nacido, con su cabeza blanda y en pico, echado, desnudo, boca abajo o boca arriba, encima de un almohadón.
También hay fotografías artísticas de tipos del país, con sus trajes característicos, que ya no los sacan más que en los Juegos Florales o en alguna boda de rumba. Estas parecen preciosas figuras de madera vestidas; ¡qué bien se colocan para retratarse t; ella con su montera de terciopelo rodeada de borlas encarnadas, y al cuello muchos collares que cuelgan hasta su vientre, y sus faldas de colores llenas de franjas de terciopelo guarnecidas de abalorios, y ellos can un sombrero pavero, donde baja la punta del pañuelo que llevan atado a la cabeza hasta.el hombro, con el chaleco desabrochado, donde me ve la pechera blanquísima de la camisa, y a su cintura un ancho cinturón con el cuero, grabadas en grandes letras inscripciones, el nombre de su mujer y de él; los pantalones anchos, acuchillados, bajan unas borlas hasta el nacimiento de sus polainas con el cuero labrado como las de los contrabandistas andaluces, y en las bocamangas y el chaleco lleno de botones calados, que algunas veces suelen ser de plata y oro, afiligranados. Por debajo de la montera de ella cuelgan sus largas trenzas, con un lazo, que las cae hasta la punta de sus zapatos de hebillas y las da esto un aire más de muñeco.
Al pie de estas tiendas se ven anchas baldosas amarillas, acanaladas y resbaladizas; allí se acurrucan las mujeres con las faldas por encima de la cabeza para no quedarse heladas; tienen muchos refajos amarillos y colorados de bayeta; en el suelo se ven pucheros y escudillas de barro, y esparcidos por el suelo, encima de los sacos, granos, legumbres y la nota roja y verde de los pimientos y tomates; son los vendedores ambulantes que vemos viajar en el coche de tercera de un tren mixto; ellos, con sus alforjas, envueltos en sus capas amarillentas y con el sombrero deformado y añoso, bajo sus botas gruesas y blancas por el barro, los talegos y el peso que meten debajo del asiento; ellas, con las cestas llenas de huevos y gallinas, que llenan el vagón al amanecer con un vaho de establo; los refajos de las mujeres huelen a demonios coronados.
El segoviano es un hombre pequeño, que come poco, porque apenas gana para vivir; al sentarse a nuestro lado, en el tren, su capa dura, que ha resistido tantos años la lluvia, está tirante y sus pliegues los sentimos en las rodillas como si estuvieran tallados en madera y huele a su cuerpo; son gente sufrida y dura como la tierra.
En la plaza de Segovia se ven esos pobres envueltos en sus capas, llenas de remiendos, con el sombrero pavero agujereado y atado por debajo de sus barbas, con los pies descalzos, morados por el frío; llevan una gran cayada y se quitan muy corteses el sombrero para pedirnos una limosna; entonces vemos su cabeza de garbanzo, calva y roja, haciendo contraste con la pelambrera de su barba con mechones canosos; algunos de estos pobres son como apariciones en medio del camino o recostados en el muro de un edificio antiguo; es tan anticuado su traje, que parece que no son de este siglo.
Llego cansado otra vez a esta plaza, después de recorrer todo el pueblo; aunque son las cinco de la tarde, se ve muy poco; hace un frío tan intenso, que se nos mete en los huesos y deja las manos sin movimiento; me pongo a pasear por los soportales; veo salir del portal de un callista a un segoviano viejo y rico, con lujosas polainas negras; su pantalón y chaqueta está lleno de botones de plata; lleva un sombrero nuevo y una larga capa que se refleja al salir en el cristal de un escaparate, donde se ven las hormas de un zapatero, y se vuelve a meter en otro portal negro, donde hay un letrero de un médico, y sale al poco rato con una chica anémica cogida de la mano.
De un taller de relojería sale un aldeano de León con su trajo de maragato; lleva por encima de su gran capa las alforjas; saca de un bolsillo un pañuelo de hierbas, donde lleva metido el dinero, y se pone a palpar, maquinalmente, el bulto do los duros; mientras, muy plantado, mira frente a la plaza, como si no recordase la dirección de algún sitio que tiene que Ir a hacer sus compras.
Dos labradores salen, muy cargadas las alforjas, de una tienda de granos, y atraviesan la plaza muy de prisa con sus varas en la mano y las gorras de cuero y pelo en la cabeza.
Las hogueras empiezan a encenderse a la puerta de los soportales y brilla el fuego en las cocinas de los figones.
En esta hora aparecen, llenando la plaza, un rebaño de ovejas; en sus lanas traen pintado con rojo un número; los ludidos se prodigan melancólicos; los pastores las cuentan y entierran por grupos en los corrales de las casas.
Este rebaño es el que vi por la mañana en la llanura que el, ve bajo los arcos del Acueducto.
La catedral, que está detrás de estas casas, cuyas altas agujas y pesada mole, toda la piedra ha tomado un color amarillo, y del campanario baja a la plaza el estruendo de sus campanas llamando al rosario.
Muchas mujeres bajan de sus casas, con la silla en la mano, y al poco rato un largo cordón negro de beatas entra en la catedral.
Por encima de los aleros de algunas casas que hay junto a la catedral se ven a lo lejos los arcos del Acueducto, cuyas piedras están sueltas, sin argamasa, y llevan ya muchos siglos hin caerse. Entre la gente del pueblo hay la creencia que fué hecho por el demonio; algo de razón tienen en esto, pues no lie puede dar una construcción más descabellada y de más belleza y grandeza.
En las puertas de las: posadas se ven las pesadas diligencias a Arévalo, Sepúlveda y otros pueblos; suben por una escalera a su techo, revestido con gran encerado, por si llueve, donde atan los mozos las maletas y los pesados baúles de ruedas, que hacen crujir el techo, sintiendo los viajeros, que han ocupado por completo la diligencia, los golpetazos, y mirándose unos a otros, asustados, como si el techo los fuera a aplastar antes de emprender el viaje.
Yo me voy andando a la estación, y paso por debajo del Acueducto, que vi en distintas horas; a la del mercado, cuando los traficantes ponen sus toldos y cajones al pie de sus arcos gigantescos, y de noche, cuando los serenos de la ciudad se reúnen para pasar lista, en las casas al lado del Acueducto, que son las primeras de la ciudad; estos serenos, envueltos en sus capotes, y puestos en fila, con los chuzos en ristre, parecen duendes, cuyos faroles son ojos luminosos que proyectan en el suelo y en las casas redondeles luminosos.
Cuando el tren comienza a andar por la llanura pelada, viene a mi memoria todo lo que vi en Segovia el poco tiempo que estuve; a la entrada en la ciudad, apenas comenzaba a clarear el día, cuando me desperté y miré por la ventanilla, llena de escarcha, notando que la tierra era lisa como la palma de la mano; luego la llegada a Segovia.
Sobre una loma, algo abultada, asomaban las agujas, torres y cúpulas de la catedral y la punta de unos muros, como si estuvieran sepultados en un hoyo, pero que, por su separación, me dió la impresión de un pueblo grande.
martes, junio 21, 2011
El movimiento regionalista en Castilla y León (Resumen cronológico de la preautonomía, 1980)
EL MOVIMIENTO REGIONALISTA EN CASTILLA Y LEON.
(Resumen cronológico de la preautonomía)
Jesús Díez Lobo
RESUMEN CRONOLOGICO
1896.— El farmacéutico soriano Elías Romera, publica la primera obra conocida de matiz regionalista.
1918.— Se constituye en Segovia el Centro de Estudios castellanos y segovianos.
1919.— Se crea la Universidad Popular Segoviana.
1931.— Se constituye en Burgos el Instituto de Estudios Castellanos.
1975.— El Rey Juan Carlos I reconoce en noviembre, en su primer discurso al país, las peculiaridades de las regiones.
1976.— Enero. Se constituyen la Alianza Regional de Castilla y León y el Instituto Regional Castellano-Leonés.
—Reuniónó en Tordesillas de los procuradores en Cortes para estudiar la problemática regional.
1976.— Abril. El Instituto celebra en Villalar de los Comuneros su Asamblea Constituyente con la prohibición del Gobierno Civil.
1976.—Junio. Los presidentes de las diputaciones solicitan la declaración de zona catastrófica de algunas provincias, afectadas por la sequía.
1976.— Julio. Suárez es nombrado Presidente del Gobierno. 1976.
— Septiembre. El Rey inagura la Feria Nacional de Muestras de Castilla y León.
1976.— Noviembre. El Ayuntamiento de Valladolid se opone a la renovación de los conciertos económicos con Alava y Vizcaya.
1977.— Febrero. Nace en Covarrubias la Comunidad Castellana.
1977.— Marzo. Primera huelga de campesinps en Castilla y León. Aparece ,e1 disco sobre los Comuneros de "Nuevo Mester de Juglaría".
1977.— Abril. Se celebra el "Día de Castilla y León" en Villalar de los Comuneros, en medio de un fervor popular tolerado por el Gobierno Civil.
— Es legalizado el Partido Comunista.
1977.— Junio. Elecciones Generales a Cortes.
— Nace en León el Grupo Autonómico Leonés (GAL).
— Es nombrado un Ministro para las Regiones.
1977.— Julio. El día 3 se forma la Asamblea de parlamentarios del PSOE en Castilla y León. El día 10 se crea la de UCD.
1977.— Septiembre. Las fuerzas políticas deciden formar el plenario regionalista de partidos poli cos y entidades regionalistas.
— Manifestación en Burgos por la autonomía de Castilla y León.
1977.— Octubre. Queda constituido el Plenario en Tordesillas.
— El Gobierno acuerda el restablecimiento de la Generalidad de Cataluña.
— El día 31 queda constituída en Valladolid la Asamblea de Parlamentarios de Castilla y León.
1977.— Diciembre. UCD y PSOE elaboran los borradores del proyecto preautonómico.
—Se filtra el borrador de la Constitución.
— Sánchez Terán es elegido Presidente de la Asamblea de Parlamentarios en León.
1978.— Enero. El Plenario hace público un importante manifiesto sobre la situación de la región.
— La Asamblea de Parlamentarios aprueba en Avila el borrador del proyecto preautonómico.
1978.— Marzo. Manifestaciones multitudinarias en Burgos y Valladolid en la "Jornada Preautonómica".
— El día 13 comienzan las negociaciones con el Gobierno para la concesión del Estatuto de Preautonomía.
— Nace un nuevo partido político: el PANCAL.
— Francisco de Vicente es elegido en Burgos, nuevo presidente de la Asamblea de Parlamentarios.
1978.— Abril. Doscientas mil personas se concentran en Villalar en el "Día de la región".
El 22 terminan las negociaciones con el Gobierno.
1978._ Junio. El "BOE" publica el día 30 el Decreto de Preautonomía para Castilla y León.
1978.— Julio. El 22 se constituye el Consejo General de Castilla y León y la Junta de Consejeros. Juan Manuel Real es elegido Presidente.
— 29. Es nombrado el primer "Gobierno Preautonómico".
Castilla como necesidad
Colección Biblioteca de promoción del pueblo nº 100
Varios autores
Edita zero zyx S.A. Madrid 1980
Páginas 272--274
Cantabria origen de Castilla (Miguel Ángel García Guinea 1980)
CAPITULO I
CANTABRIA, ORIGEN DE CASTILLA
MIGUEL ANGEL GARCIA GUINEA
Los recientes movimientos regionalistas que, a mi modo de ver, han exagerado en muchos casos sus propias motivaciones, están ,adquiriendo en la actual provincia de Santander unos planteamientos que rozan ya los límites de lo ridículo. La pretensión le trasformar a la Montaña en una miniregión, —buscando para ello entronques prehistóricos que nada tienen que ver con una conciencia" regionalista y, lo que es peor, pretendiendo desconocer acallar los reales fundamentos históricos del hombre actual de Cantabria—, nos está llevando a una serie de absurdos que, ayudados por el calzador de la demagogia, no dudamos que pueden, la larga, provocar una errónea disposición capaz de producir un caos mental en los desorientados ciudadanos de La Montaña.
Por ello, me interesa, recogiendo las notas que para una ambientación histórica de mi libro sobre El románico en Santander, en prensa, tengo esbozadas, exponer aquí una serie de datos clarificadores de la importancia que las montañas y valles de nuestra provincia tuvieron para la génesis y cristalización del "pequeño ricón" que originariamente fue Castilla, luego reino y corazón de ruchas de las esencias fundamentales de España.
Partamos, en principio, de una verdad indiscutible y que estimo cuy difícil, desde el punto de vista histórico, poder contradecir por muchos juegos dialécticos o de planteamiento que se hagan: los « Cuales santanderinos son un sumando más, y muy destacado, de un modo de ser, pensar y sentir que ha creado a lo largo de siglos esa aventura humana que promovió Castilla. Santander no puede renegar de Castilla porque ello equivaldría a renegar de su propia esencia y a quedarse, por tanto, sin asidero firme donde poder apoyar la razón de un pasado para la edificación de un futuro. Pretender borrar la historia de un pueblo, —historia clara y consciente que estructuró un carácter y una cultura , para acomodarse a un snobismo, por otra parte ya en otros sitios trasnochado, que llamamos "regionalismo", es si no ridículo, si al menos rechazable desde una perspectiva de seriedad y de sinceridad. Lo que seremos está en nuestras manos, pero lo que fuimos escapa a cualquier criterio acomodaticio, está ahí, permanentemente testificado por unas realidades que no pueden tergiversarse y que indeleblemente, como las marcas hechas a hierro, han quedado grabadas constituyendo lo que llamamos "cultura". Y si la cultura santanderina actual no es la castellana, ¿me pueden decir en qué anaquel hemos de clasificarla? Se puede hablar, sin sonrojarse, y esto no olvidando interferencias y relaciones inexcusables, de una cultura catalana, gallega o vasca, pero nadie se atreverá ante un público culto a considerar como independiente y propia a la cultura cántabra, desligándola de la castellana, porque salvando el paisaje, en donde tan inocentemente se apoyan ,Santander es y será —pese a toda pretendida disgregación, y aunque ésta llegara a conseguirse— una parte de un solo empeño milenario: Castilla.
No vamos nosotros —y ahora— a discutir los antecedentes de la actual provincia de Santander porque ellos, como en cualquier distrito o circunscripción europea no es difícil entroncarles, arqueológicamente, con el pasado paleolítico. Ni tampoco pretendemos hacer una valoración en orden a la persistencia o no, en algún caso, de tradiciones o reminiscencias que pudieran adscribirse a los viejos pueblos cántabros que las fuentes nos muestran como fervientes opositores al poder romano. Lo que sí podemos asegura es que los santanderinos actuales mantienen tanto de los cántabros, y en la misma medida, que lo que puedan conservar los palentinos actuales de los vacceos, los andaluces de los tartesios o los catalanes de los layetanos. Lo que romántica y poéticamente puede ser admisible no lo es, como en este caso, en el campo de las realidades.
Para toda España, Roma fue un importante catalizador, un gran rasero cultural que se impuso —feliz o desgraciadamente, tampoco esto lo vamos a discutir a la organización y esquema de los puebllos pre-romanos. Por otra parte, lo que sí está claro, es que las tribus o clanes cántabros nunca formaron una unidad política ni fueron conscientes de su personalidad distintiva que sólo es, en cierta manera, una creación de los historiadores romanos. Y hasta propios límites de estas agrupaciones que para aquellos era Cantabria no tienen correspondencia ni mucho menos, con nuestra actual provincia, desbordándola en mucho por el oeste y sur, y reduciendola por el este, de modo que para las fuentes romanas tan cántabros eran los pueblos costeros de nuestra actual provincia como los que vivían en gran parte de las cuencas del Esla, Pisuerga, y alto Ebro, hasta el que la arqueología sólo ha podido localizar asentamientos de ellos (Bernorio, Cildá, Miraveche, Celada Marlantes...) en estos grupos cántabros que podríamos llamar impropiamente "castellanos", desconociéndose así (anotemos la paradoja) quiénes eran, cómo vivían y cual era la cultura de los cántabros santanderinos ultramontanos.
Prescindiendo, pues, de todos estos antecedentes que sólo son válidos, como digo, para un sentimental deseo de remontar en el tiempo, y románticamente, nuestros entronques, vayamos a buscar el cabo inicial de nuestra actual cultura allí precisamente donde se inicia, allí donde podemos percibir que se produce y en el tiempo real en que así se apercibe.
Y este momento es aquél en que, triunfante la invasión musulmana, nuestros montes y valles santanderinos, junto a los asturianos, se van a establecer como foco de resistencia bajo un solo y unificado poder: la monarquía asturiana, de donde van a partir las iniciativas que harán extender este reino hacia el sur y más allá de los limites obligados a los que las presiones árabes le tenían reducido.
Es pues a partir del siglo VIII cuando las tierras y valles cantábricos van a tomar la iniciativa de organizar primero intramontes un reino con visión política y administrativa unificadora consciente que va a dar cohesión a estas gentes de muy diversos orígenes: indígenas, tardorromanos y visigodos, estos dos últimos 'cogidos a las montañas ante la presión musulmana.
Establecida la repoblación interior de este limitado reino, como veremos, a base de una creación progresiva de monasterios, centros de explotación agraria, vendría después la iniciativa más inprendedora de abrirse paso hacia el sur, hacia Castilla, para buscar en la meseta las tierras naturales de expansión.
Alfonso I representa en el desenvolvimiento de esta empresa titánica de la Reconquista la aportación que Cantabria, de cuya tierra desciende, ofrece en los primeros momentos. La relación miliar que se produce entre el hijo del duque de Cantabria y la hija le Pelayo, Hermesinda, significaría algo más que un matrimonio. No nos cabe duda que el duque Pedro y Pelayo tuvieron que tener una misma finalidad de defensa y, posiblemente, no es difícil que concordasen sus esfuerzos ante el ataque del enemigo común. Pero a esto las fuentes guardan un profundo silencio. Pérez de Urbel dice
textualmente del duque. Pedro de Cantabria:
"Fue indudablemente, en los últimos años del siglo VII uno de los personajes del aula regia, que abandonó en tiempos del rey Rodrigo para ocupar el puesto difícil de duque de los cántabros... Amaya era una de las plazas más importantes de su territorio... y fue en ella donde los invasores encontraron una resistencia repetida y tenaz, dirigida indudablemente por el eje militar de la región, rechazado una y otra vez en aquella peña famosa. Pedro optó por abandonar la parte más llana de su territorio, es decir, lo que tenía es lo que hoy son las provincias de Burgos y Logroño, retirándose a la montaña propiamente dicha, donde, favorecido por lo accidentado del terreno, pudo permanecer a cubierto de los golpes del invasor. Si no tuvo su Covadonga, como Pelayo, logró conservar libre aquella porción de su ducado, llamada a ser el segundo núcleo del naciente reino asturiano".
Supone después P. de Urbel, con bastante lógica, la posible relación entre Pelayo y el duque Pedro, tal como hemos apuntado quizás con demasiada concreción para las escuetas noticias de las fuentes; pero no deja de ser aceptable su montaje hipotético asentad más bien sobre el sentido común. Dice de ello textualmente:
"Nada nos dice la historia de las relaciones que hubo entre e caudillo de la independencia cantábrica y el primer rey de Asturias. Hay motivos, sin embargo, para sospechar que se ayudaban mutuamente en la empresa de la restauración comprendida acaso con más claridad por el jefe cántabro que por el asturiano. Es probable que el duque cántabro interviniese en lo últimos momentos del desastre de Covadonga, dificultando la retirada de los soldados musulmanes a través de los valles de de Liébana, que pertenecían a la provincia de su mando".
Dice a continuación que tal vez el duque Pedro:
"Influyendo en la elección de Pelayo, consiguiendo, en cambio, de él la promesa de casar su hija Enmerinda con Alfonso su primogénito..."
Nada de esto naturalmente puede documentarse; sí en cambia que el matrimonio de Alfonso con la hija de Pelayo se hizo por disposición de éste, tal como apunta el Albeldense.
Alfonso I, el rey asturiano de origen cántabro, uniría en él herencia de Pelayo y la de su padre el duque Pedro de Cantabria; espacio geográfico de su reino sería al principio solamente los valles y montañas con vertientes de aguas al mar, es decir: Asturias ( primitivas y las orientales, llamadas después de Santillana), Liéba y Trasmiera en el antiguo solar de Cantabria. La Cantabri cismontana —norte de Burgos, norte de Palencia y sur d Santander—, aunque le pertenecía por derecho no pudo en comienzo atenderla por estar bajo el control musulmán como consecuencia los intereses de Tarik y Muza sobre Amaya.
Tan pronto, sin embargo, la unidad árabe comienza resquebrajarse con motivo de las insurrecciones bereberes y las luchas internas, a partir de 741, Alfonso I aprovecha la ocasión par intentar incorporar al incipiente reino asturiano las tierras mejore de la vieja Cantabria, es decir las foramontanas, así como las semejantes al sur de los montes de Asturias. La crónica de Alfonso III especifica claramente las actividades conquistadoras y develadoras del rey asturiano por los campos de la meseta y de Galicia, llegando más allá del río Duero. Que el territorio foramontano más próximo a los límites del pequeño reino de Asturias estaba ocupado por los musulmanes lo prueba el que entre las ciudades que somete aparezcan Saldaña, Amaya, Astorga, León y sobre todo Mave, la más septentrional, indicio de que el núcleo del reino asturiano estaba en los montes cuyas aguas vierten al Cantábrico.
La llamativa movilidad de los ejércitos de Alfonso I y su hermano Fruela por las comarcas de Castilla, León y Galicia, no podían concordar con las reducidas limitaciones de los cuerpos armados de los asturianos que, como sabemos, se ven obligados a abandonar las ciudades conquistadas llevándose intrarnontes a los cristianos y matando a los pobladores árabes. Según el Albeldense "la tierra hasta el Duero la convirtió en un yermo". Basándose en este texto, Herculano sugirió la hipótesis del desierto estratégico desde el Duero a los montes Catábricos que ha venido manteniéndose por los estudiosos y defendido muy conscientemente por Sánchez Albornoz a pesar de la opinión contraria de Menéndez Pidal y de otros investigadores como Mayer, Sampaio, Davy, Viñas, Vigil y Barbero, etcetera.
I.as rápidas campañas exterminadoras de Alfonso I y su hermano Fruela, los cántabros al servicio de la naciente monarquía asturiana, incorporan ciertamente gran cantidad de meseteños dentro de la más segura zona ultromontana. Asturias y Cantabria de montes al mar recibrían con ello una inyección no sólo de numerario humano sino Ir cultura y organización.
"Los inmigrantes godos —dice S. Albornoz— llevaron al Norte sus tradiciones jurídicas de origen germánico... tradiciones que a partir del siglo IX aparecen en zonas septentrionales nunca antes gotizadas... Las llevaron consigo a sus nuevas sedes y las conservaron en ellas liberadas del peso de la romanizante acción del Estado... No podría explicarse de otro modo la aparición de instituciones de derecho privado, penal y procesal de estirpe germánica en Asturias, Cantabria, Vardulia e incluso en Vasconia."
Estas gentes que la política de Alfonso I establece al otro lado de montañas van a ser colocadas, conforme enumera la crónica de Alfonso III y de Oeste a Este, en Asturias, (que sería tanto el núcleo propio asturiano como su prolongación en las Asturias de
Santillana), Primorias (territorio que se viene asimilando a la zona focal de los comienzos de la Reconquista, es decir las proximidades de Cangas de Onís), Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza y Vardulia (la primitiva Castilla), así como en la zona marítima de Galicia . Repuebla así el rey, su reino, "ad patriam", con todos los emigrantes procedentes de la Meseta, y van entonces a adquirir las actuales tierras santanderinas una importancia generatriz que nunca tuvieron, pues de ellas, en años sucesivos, surgirá un movimiento contrario, hacia los campos llanos de Castilla, en esa reversión que conocemos como empresa foramontana.
De hecho, esta enumeración de circunstancias repobladas, es una determinación de las regiones que comprendía el reino de Alfonso I. No aparece Cantabria porque ésta (Amaya, Mave) estaba perdida política y administrativamente para Alfonso I. Aquí se va oscureciendo su nombre de región amplia; por el contrario, como el reino asturiano puede minimizar más las parcelas, van apareciendo regiones naturales más concretas que perdurarán posteriormente. La extensión de este reino parece bastante conocida: Galicia en su parte marítima; Asturias; lo que era la vieja Cantabria intramontana; y Álava, Vizcaya, Ayala y Orduña. Martínez Díez supone que estas cuatro últimas comarcas, donde no hubo o no consta repoblación, pertenecían también al reino de Asturias y fueron, según dice Lacarra "como una avanzada del reino asturiano", siendo en los pasos del Ebro "donde se realiza la defensa del reino asturiano en el siglo IX".
Nuestra actual provincia de Santander densificaría enormemente su población con la inclusión por toda ella de grupos de emigrantes La creación de una fuerza numérica de hombres cristianos, visigodos o hispano-romanos, venía a ser una necesidad imperiosa para el reino recién creado. El "populantur" de la crónica significaría, además, no sólo el hecho de "repoblar", sino el de repoblar organizando. Las montañas santanderinas de Liébana, Asturias de Santillana Trasmiera, acogerían gran número de meseteños y, sin duda, por esto mozárabes venidos de la tierra llana, —foramontanos—, transmisores de una cultura a un nivel de grado elevado, tal como fue alcanzada por los visigodos del siglo VII, los valles y montañas de la vieja Cantabria despertarían a un nuevo sentir que explica su vitalidad y su empuje. En estos momentos, y en años posteriores, se protegería la creación de monasterios con monjes traídos de las ciudades desvastadas, creando así focos, intramontes, de cultura y repoblación. Muchos de ellos traerían consigo las reliquias de lo santos más venerados con lo que la cristianización de los indígenas iría rápidamente consiguiéndose. Si nos atenemos a la antigüedad reconocida de alguno de estos monasterios parece que los más primitivos se crearon en las montañas de Liébana, ya a partir de esta actividad de Alfonso I, y durante el siglo VIII, como veremos, mientras que en el resto de la provincia las citas más antiguas no parecen asegurar agrupaciones religiosas hasta los siglos IX y X, si bien la carencia de datos no es tampoco razón suficiente para negar su inicial instalación como consecuencia de las campañas del rey cántabro y astur y de su hermano. Cosa natural, por otra parte, que Liébana, territorio magníficamente defendido, oculto y próximo además al núcleo aúlico del reino, fuese la más beneficiada en esta repoblación, y a donde pudieron llegar, como es lógico, los grupos más cristianizados de la comarca de Astorga, cosa que parece manifestarse en el monasterio de San Martín de Turieno, a donde, aunque posteriormente, fueron llevados las reliquias del obispo asturicense Santo Toribio.
La arqueología, en otro sentido, viene colaborando, año tras año,en la comprobación de la existencia de una bastante densa población durante la alta Edad Media en las montañas cantábricas. Numerosas necrópolis de lajas aparecen continuamente en las proximidades de la mayor parte de las iglesias o ermitas de Cantabria, y aunque no conocemos a ciencia cierta el siglo o los siglos a que pertenecen, es indudable que aseguran del VIII al X una demografía elevada.
Quizás durante el propio reinado de Alfonso I, y sobre todo en la zona oriental de su reino, se intentó repoblar hacia la meseta, al otro lado del Ebro, ensayando los primeros tanteos hacia las explotaciones de los campos de trigo. Así vemos que en 759, dos años solamente después de la muerte del rey, y en el reinado de su hijo Fruela, se funda el monasterio de San Miguel de Pedroso, en la provincia de Burgos, cerca de Belorado. No sabemos si este deseo de avance hacia el sur se produce en toda la línea de frontera y, por tanto, si en tiempos de Fruela intentan asomarse hacia los campos transitivos de las tierras antiguamente cántabras del alto Ebro y Pisuerga. Más bien creemos que no, pues las excavaciones de Cildá, que es la acrópolis de Mave, parecen testimoniar que, al menos la muralla, está en ruinas ya en el siglo VIII. ¿La arruinó y destrozó Alfonso I según hacen referencia las fuentes?. Es lo más probable .Luego volvió la vida, pero esta ya no se sirve de la muralla.
Cildá se vuelve a ocupar en tiempos de Ordoño I, como veremos, quizás en el momento en que, en 860, repuebla Amaya, o tal vez algún año antes. La existencia de pobladores en los siglos IX y X en Cildá está claramente comprobada por las excavaciones, pero no es la zona e la muralla, ya entonces inservible.
No creemos, pues, que la salida "a la otra parte" de los montes de nuestra provincia fuese un hecho organizado en tiempos de Fruela ni en el de sus sucesores, Aurelio, Silo y Mauregato, y Bermudo I,(757-791).
Fruela tuvo que "vivir a la defensiva a lo largo de unas fronteras extraordinariamente dilatadas", y en un momento de fuerza árabe bajo Abderramán I por lo que bastante hizo con conservar sus tierras, asomarse al Ebro, resistir las sublevaciones de gallegos y vascones, e intentar repoblar parte de Galicia. Aurelio vivió pacíficamente mediante una paz con los musulmanes, sin que ,pretendiese mover sus ejércitos en busca de nuevas tierras acuciado como estuvo internamente, además, por una rebelión de siervos. Si1o, su sucesor en el trono, prosiguió en la política de paz con los árabes y hubo de vencer serios levantamientos de los gallegos a los que derrotó en la batalla del Monte Cupeiro. Mauregato, igualmente, no tuvo problemas especiales con los islamitas, pero Bermudo, el rey diácono que le sucede, sufrió el interés combativo del nuevo emir Hixem I, a quien la fortaleza conseguida por el reino asturiano con la paz de estos años comenzaba a inquietar, por lo que dirigió unas campañas contra la avanzada de Álava y Castilla, ocasionando que el pacífico Bermudo abdicase del trono en favor de Alfonso II el Casto. De todas formas es posible, lo mismo que sucedió con San Miguel de Pedroso, que gentes aventuradas se atreviesen a intentar la repoblación fuera de montes, pero la verdadera organización repobladora cismontana no parece que comenzó hasta el reinado de Alfonso II.
Podemos un poco suponer, a pesar del esquematismo de las fuentes, lo que sucedía en Cantabria en estos años que van desde la muerte de Alfonso I hasta la llegada al solio regio de Asturias de su homónimo Alfonso II. La masa de repobladores traídos por el rey cántabro se repartirían por los numerosos valles del interior en donde hubieron de establecerse un cierto número de monasterios que irían adquiriendo, conforme el asentamiento de los nuevos pobladores se afianzaba, importancia especial y destacado valor como focos de influencia. Sin duda que desde el mismo momento de la huída de los visigodos estos monasterios habían ido jalonando centros organizativos, pero la nueva aportación de gentes reunidas como consecuencia de la política de Alfonso I hace pensar en un afianzamiento de los existentes y en la creación de otros que pronto iban a evidenciar la nueva sangre culta de aquellos grupos procedentes de la meseta.
El caso conocido del Monje Beato de Liébana, que vive en uno de estos monasterios durante el reinado de Mauregato y Alfonso II, prueba hasta qué punto estos centros religiosos de Cantabria podían competir en sabiduría y decisión con el propio y central obispado de Toledo. Beato trabajaba en una biblioteca donde —como dice Sánchez Albornoz— "dispuso de una serie de textos" que "es muy dudoso que en el lejano y cerrado valle de la Liébana existieran antes de la invasión islámica", lo que exige que fuesen trasladados de otros monasterios más cultos —quizá los leoneses— al producirse la invasión islámica o la repoblación de Alfonso I.
La vitalidad, pues de los monasterios montañeses queda bien probada con la presencia y el trabajo de Beato, que en el escondido rincón de Liébana no estaba ajeno a los problemas religioso suscitados en la época y que sabe acometerlos con indudable erudición y no menos impulsos. La tranquilidad que proporcionó la paz con los árabes influiría sin duda en el desenvolvimiento de nuestros cenobios durante la segunda mitad del siglo VIII y re percutiría también, y en general, sobre la vida de los núcleos humanos a su amparo acogidos. Los numerosos monasterios que aparecen documentados en los comienzos del siglo siguientes son clara demostración de que gran número de ellos hubieron de surgir con bastante anterioridad. El de San Salvador de Villeña o Bellenna y el de Santa María de Cosgaya, que se citan, como apuntamos en en 796, pero cuya vida debió de comenzar bastantes años antes, parece que dan la nota de cómo serían estas incipientes agrupaciones de monjes, muchas veces dúplices, en pequeño número y bajo la dirección de un abad. El de Cosgaya era regido en esa fecha por Pruellus que gobernaba una sociedad de 4 ó 5 "fratres" y otras tantas a 'sorores"; el de Villeña, sólo masculino, contaba al parecer, con sólo cinco religiosos. Las posesiones y la organización de estos monasterios se presenta ya bastante desarrollada: límite de terrenos,precios en especies con valor reducido a dinero, constancia de que los monasterios contaban con libros litúrgicos: antifonarios, de oraciones y "commicum" (lecciones litúrgicas), utilización de especies monetales en oro (libras) o en plata (sueldos), etc.
El de Aguas Cálidas, que se constituye en el año 790, en las proximidades del manantial de La Hermida, en el pueblo de Las Caldas, y mediante un pacto del abad Álvaro con religiosos varones y mujeres, manifiesta una composición numérica un poco más amplia que el de Cosgaya: seis varones y doce hembras. Esta comunidad dúplice, instaurada con un pacto, indica que estos monasterios lebaniegos, no dejaban de seguir la tradición visigoda. Sánchez Albornoz describe muy bien el hecho de la fundación de estos cenobios en los primeros momentos de la Reconquista, descripción que puede aplicarse en todo a lo que debió de ser tal acontecimiento en nuestras montañas de Liébana:
"Un presbítero, un abad, un hombre temeroso de Dios o una mujer piadosa levantaban en su heredad una iglesia en honor de su santo, constituían junto a ella un claustro, atraían a sí algunos 'gasalianes' o compañeros, dotaban al cenobio con sus bienes y la nueva comunidad religiosa iniciaba una nueva vida de oración y trabajo."
Es interesante señalar que Liébana ofrece, desde el siglo VIII, la creación pactual de los monasterios dúplices. Lo hemos visto en Santa María de Cosgaya, cuyo pacto se supone; en Aguas Cálidas, en 790, y lo veremos en el siglo IX en el monasterio de San Pedro y San Pablo de Nauroba (en Naroba, junto al río Quiviesa, en Vega de Liébana), y en el X en el de Piasca.
Fuera de Liébana, ni el Cartulario de Santillana del Mar, ni el de Santa María del Puerto, permiten constatar la existencia de monasterios durante el siglo VIII. Con seguridad que existieron pero su documentación conservada no ofrece ningún testimonio donde apoyarnos.
Al iniciarse el reinado de Alfonso II (791) la paz existente en las montañas cantábricas se va a ver conmovida por la continua inquietud que representa el saber que los ejércitos y fuerzas musulmanas atacaban de nuevo en las fronteras. “El momento para sus súbditos (de Alfonso II) —dice S. Albornoz- era gravísimo; las tropas de Al-Andalus penetraron dos veces hasta lo más sagrado de la tierra asturiana, el joven rey tuvo que huir en más de una ocasión para no caer en cautiverio". Las gentes de los montes santanderinos, los monasterios y la vida, en general, de nuestras comarcas se conmovería el año 795 cuando las tropas de Hixem, al mando de Abd-el-Karim, entraban en Oviedo, la capital de heroico reino asturiano. La conquista fue sólo momentánea, pues el vencedor abandonó las tierras asturianas y un nuevo respiro de salvación corrió por nuestras montañas ante el peligro felizmente conjurado. Con la muerte de Hixem y la subida al Gobierno de los islamitas españoles del nuevo emir Alhaquen, el ejército musulmán, en el 796, ataca esta vez por los límites de la región de Castilla. La inquietud de nuestros montañeses se va a convertir ahora en verdadera preocupación, pues los ejércitos de Ab-el-karim llegaron hasta la misma costa montañesa. Así lo presume S. Albornoz al interpretar los textos árabes, ya que, según éstos, los muslines "tuvieron que franquear una serie de canales donde la marea se dejaba sentir, que los enemigos habían preparado para que les sirviese de defensa, detrás de los cuales habían situado a sus familias, animales y bienes". Sánchez Albornoz supone que tal vez se trate de la ría de Limpias, que ciertamente es la más larga y la más capaz de aprovecharse como defensa momentánea. Pudieron así los árabes —es simple sospecha alcanzar la costa a través de la calzada de Castro Urdiales, llegar costeando hasta la bahía de Santoña, en cuyas orilla occidentales los montañeses se habían guarnecido; pero esta defensa vino a resultar inútil pues la caballería musulmana aprovechando la baja marea consiguió atravesar la ría y hacer prisioneros a hombres y mujeres llevándose consigo enorme botín.
Y si bien estas "razzias" eran pasajeras, el desequilibrio que habrían de provocar en la vida normal de nuestros montañeses forzosamente tuvo que ser grande. Quizás solamente Liébana, la región escondida, difícil, alta y llena de bosques, fue la única que, hasta cierto punto, pudo sentirse más tranquila. Y en este mismo año los ejércitos árabes asolaban nuestras costas orientales, en Liébana, —la perentoria necesidad de vivir acucia a una normalidad aparente—, los monasterios de San Salvador de Villena y Santa María de Cosgaya realizaban sus actos corrientes de vida: contratos, ventas, etc.. como si nada estuviese ocurriendo en el reino.
Alfonso II, sin duda por acercamiento al foco más poderoso de la Cristiandad, en busca de apoyo, y porque se le hacía difícil asomarse con tranquilidad y fuerza a las llanuras de Castilla —dada la situación de Córdoba , amplió las relaciones con Carlomagno al que envió embajadas en 795 y 797. Pero la situación en Córdoba iba a variar al siguiente año. Luchas civiles ensombrecen la tranquilidad de la capital andaluza y Alfonso II, atento a aprovechar las ocasiones organiza la acometida cristiana más audaz desde que el reino de Asturias tuvo origen: la toma y saqueo de Lisboa. Es de suponer la alegría y el alivio de nuestros núcleos montañeses al conocerse el éxito de su rey. Sin duda esa campaña significaba la demostración de un poderío del que habían dudado en los amargos años anteriores. El mismo Carlomagno —son siempre estas las consecuencias de las victorias reconocería, sin duda, la nueva fuerza que surgía patente en el norte de España al recibir, en otoño de 798, los presentes elegidos del botín de Lisboa que le enviaba el rey de Asturias. Desde entonces las embajadas fueron recíprocas. "Con frecuencia -dice S. Albornorz- marcharon legados y misivas desde Asturias a Francia, también con frecuencia llegaron viajeros enviados de Francia hasta Asturias". Por los caminos de la costa, abiertos al tránsito, cruzaría Jonás, enviado de Carlomagno. En alguno de nuestros monasterios descansarían, después de largas jornadas de camino, éste y otros personajes que, enlazando los dos reinos, traerían a Asturias los aires de Europa, y llevarían a Europa noticias de la situación de la lucha un el poder del Islam. Estas gentes viajeras del otro lado de los Pirineos, que no sólo serían clérigos, sino canteros, comerciantes, peregrinos, irían transmitiendo y dejando— por nuestros núcleos humanos de Cantabria "sueldos de plata carolingios, el sistema de instrucción usado en las iglesias francas por entonces y además mercaderías, instituciones y costumbres". El propio Beato de Liébana, por intermedio de un monje, posiblemente lebaniego, se ,puso en contacto epistolar con el gran Alcuino. Cantabria en estos males años del siglo VIII había abierto también las puertas a Europa.
El siglo IX se abre con una reacción organizada del emir Alhaquen, atacando en 801, por la zona fronteriza de Álava, el limes" astur. El triunfo correspondió una vez más a las tropas de Alfonso II. En años sucesivos —803, 805— volvieron los cordobeses atacar al reino cristiano, sin éxito. El 805 llegaban los ejércitos de Alhaquen hasta el Pisuerga. Sánchez Albornoz habla, recogiendo sin duda las fuentes, del fracaso musulmán "en las hoces del Pisuerga". No conocemos nosotros más hoces del Pisuerga que el paso hoy llamado de La Horadada, en las proximidades de Mave, donde el río se abre entre verticales acantilados de caliza, pues después ya va a correr por terreno llano atravesando los campos de Palencia. ¿Fué en este lugar donde, aprovechando el terreno escarpado pudo el ejército cristiano detener el paso de los cordobeses hacia Cantabria?. La sugerencia es sólo esto, sugerencia, sin posibilidad cierta de comprobación. ¿Intentaría el ejército de Alhaquen seguir la calzada pie de Pisoraca (Herrera de Pisuerga) llevaba por Cildá (Mave) y Aguilar de Campóo, hasta Juliobriga y Portus Blendius?
A partir de este año volvieron a silenciarse los impulsos árabes. Alfonso II, y su reino en general, disfrutan de una larga paz de años que contribuiría a la fortaleza interior del territorio. Dentro de las montañas cantábricas numerosos monasterios son de nuevo fundados o van ampliando su prepotencia, pues los cartularios comienzan en el primer cuarto del siglo IX a hacer mención de diferentes cenobios repartidos ya no sólo por la zona de Liébana sino por las Asturias de Santillana y Trasmiera. Posiblemente 1. organización del reino provoca una mayor libertad de movimientos de los grupos humanos montañeses que van diversificando, con otros, los primeros núcleos establecidos en lugares menos ricos peri más defendidos y ocultos. Al mismo tiempo que esta extensión por los valles va produciéndose se apercibe el intento de salir fuera de lo montes, es decir, de repoblar en las tierras limítrofes de la meseta. La desaparición de las brumas del miedo provoca también el deseo de evadirse de las auténticas brumas naturales de la costa. Hacia el sur está el sol, los campos de trigo (esos que siempre los cántabros envidiaron a los vacceos), y las tierras queridas que hubieron de abandonar en aquellos momentos críticos de la rápida acometividad de los árabes. Todavía los coletazos de Córdoba se dejan sentir, sobra todo en Álava y Bardulia; así el ataque del 816 o de 823 que tan sólo fueron auténticas aceifas sin éxito alguno de conquista. Pero a partí del 825 Abderramán no deja tranquila las fronteras del reino asturiano que ha de estar siempre alerta, en todos sus frentes, ante la posible acometida que, casi siempre durante el verano, llegaba más menos sorpresivamente. La aceifa que parece más se acercó a nuestro solar montañés fue la que, dirigida por Faray ibn Masarra, tocaba posiblemente, y en diciembre de 825, la zona cántabra del Val de Olea, al menos según el parecer de S. Albornoz, y recogiendo citas d Ibn-al-Atir e Ibn'Idari. Es posible, según el ilustre historiador, que la fortaleza tomada por los árabes, citada Al-Kulai'a por Ib Hayyan y Al-K'al'a según Ibn al-Atir fuese el Monte Cildá que lo documentos medievales citan como ciudad de Oliva (civitas Olivas) pero Cildá cae bastante lejos del Valle Olea montañés y, por otra par te, me parece muy problemática la asimilación de nombres como para permitir tal suposición. Desgraciadamente la reducida locura de las fuentes nos tiene acostumbrados— y con razón, pues la Historia pide la intervención complementaria de los esfuerzos del historiado a fabricar continuamente teorías y supuestos. Pero así como mucho de ellos pueden firmemente sostenerse, no como hechos reales sin como juicios científicamente basados, éste del asalto al monte Cildá en 825 creo que no tiene una suficiente armadura que pueda mantener el intento. Quizás, si la fortaleza conquistad fuese en el valle de Olea, se refiera al castro de Castillo del Haya donde nuestras excavaciones han atestiguado cerámicas y cruces del siglo IX.
Durante el resto del reinado de Alfonso II hubo primero un período de paz derivado de "la precisión en que se halló Abdrramán de combatir cerca de diez años dentro de sus estados" período que va más o menos del 825 al 838, y en el cual el rey asturiano, y el mismo reino todo, vivió un momento de tranquilidad y desenvolvimiento y que ya veremos, en líneas posteriores, de qué manera afectó a las tierras cantábricas. Acabadas las condiciones internas que habían paralizado al emir cordobés, éste volvió a atacar las fronteras del siempre expectante reino alfonsí. En 838, una razia trabe, que llega hasta el lugar de Sotoscueva, en la vertiente sur de nuestras montañas, tuvo que alarmar, sin duda, a los poblados y monasterios ultramontanos de la actual provincia santanderina. No estaba lejos ni olvidada, aquella acción del 825 que llenó de espanto a los habitantes de los valles de la Montaña, cuando los pies de los toldados musulmanes llegaron a marcarse en la arena de nuestras layas. Sin duda llegarían voces de emisarios con la nueva de que las ropas del infiel se acercaban al verde solar cantábrico, y conmoverían el ánimo nunca decaído de quienes fueron testigos o recordaban aquellos trágicos momentos de antaño. Pero, felizmente, los ejércitos mandados por Said, hermano del emir, no traspasaron nuestros puertos y todo volvió a la calma. ¡Terrible hubiera sido que nuestros valles hubiesen sufrido lo que un año después hubo de soportar la tierra alaves!. Las fuentes árabes dicen que "las cabezas de los enemigos muertos formaban montones tan altos como colinas, al punto de que los jinetes no podían verse de un lado a otro de los mismos". ¡Malos tiempos estos para la tranquilidad del rey Alfonso y para sus súbditos!. La muerte del rey acaecería ya poco después, posiblemente en el 842 se extinguía el monarca asturiano después de dejar bien asegurada la pervivencia de un núcleo de gentes que, endurecidas en las luchas casi continuas contra los empeños árabes, habían adquirido suficiente resistencia y espíritu para aspirar a algo más que a verse comprimidos entre el mar y la montaña. Alfonso II, rey de asturianos y cántabros, preparó el camino que apuntaba al sur, la meseta, y ésta comenzó en adelante a ser aspiración de conquista sueño de "tierra prometida".
Tan pronto se había iniciado el siglo IX, y debido a los empeños organizativos y expansivos del rey asturiano, ya hemos indicado que la repoblación ultramontana adquiere en Cantabria un auge estacado. La existencia de monasterios, quizás fundados en el siglo anterior, comienza a tener constancia documental, indicio de la
consolidación de una estructuras cada vez más firmes. Otros
cenobios inician ahora su vida en un intento decidido por fortalecer zonas desiertas. Las noticias van siendo cada vez más concretas.
En los primeros años del siglo IX, posiblemente, nos consta que ya en el valle del Pisueña, en la baja montaña santanderina, se construía otro monasterio dúplice, el de San Vicente de Fístoles. El abad Sisnando y la abadesa Gudrigia, con otros monjes y monjas, ganaban con su propio trabajo —"scalidamus de nostris manus"— ,los terrenos yermos de sus alrededores. En 811, cedían ellos mismos todo lo que habían construido trabajado al propio monasterio de San Vicente, lo que indica que su actividad en este valle del Pisueña hubo de comenzar antes. La localización de este monasterio de Fístoles se viene suponiendo en el actual pueblo de Esles, en el valle de Cayón y, ciertamente, parece el lugar más seguro de ubicarse Cuando en 816 el conde Gundesindo enriquece a este monasterio con una valiosa donación, las propiedades de San Vicente de Fístoles llegan hasta el mar. La serie de villas y monasterios que se le ofrece prueban que la población ultramontana de nuestra provincia no e escasa. La proximidad de muchos monasterios y poblados como Arce, Velo, Oruña, indica que sobre todo los valles y la costa debía de estar suficientemente habitados. Sabemos que la villa de Arce tenía los monasterios de Santa María y de San Pedro y San Pablo; la de Velo (junto a Arce) el de San Julián: en Oruña, el monasterio de Santa Eulalia; en Liencres, el también de Santa Eulalia; en Mortera el de San Julián; en Val de Bayón o Cayón, la iglesia de Santa María de Pangorres; en Sobarzo, el monasterio de San Martín; en Cabárceno, el de San Vicente; en Penagos, el de Santa Eulalia y la iglesia de San Jorge; el Liérganes, el de San Martín; en Rucandio, la iglesia de Santa María. Todos estos monasterios e iglesias, a más d algunas villas —como Bóo, Tuler (?), Letezana (Bezana) (?) la Encin (?) Auterus (Tolero), Saucum (?), Paites (?)— fueron concedidas San Vicente de Fístoles por el citado conde Gundesindo, de quien nos ocuparemos algo más adelante cuando tratemos de conocer afán expansivo de la repoblación en estos años iniciales del siglo IX en terrenos foramontanos.
De los documentos de Fístoles se deduce, como apunta P. de Urbel, la existencia de una familia notable en la parte central de la "Montaña", emparentada entre sí, con figuras como un obispo Quintila , un conde Gundesindo y los fundadores de monasterio. Parece indudable que la labor repobladora se lleva cabo merced a la colaboración político-religiosa; estas dos fuerzas la vemos muchas veces íntimamente ligadas a esta empresa. Primero es la constitución de un monasterio en lugar yermo como una necesidad de ir ganando terrenos incultos ante una población en crecimiento Luego suele añadirse la ayuda material de un gran propietario —e este caso el conde, más tarde fue el rey— que seguramente, había sido el promotor de la creación del nuevo monasterio. San Vicente y San Cristóbal de Fístoles debió de iniciar con fuerza su andadura. En 82 el obispo Quintila, que parece tenía posesiones comunes con conde, contribuye con la parte que le correspondía en aquellas. El propio conde Gundesindo debió de considerar muy suya la fundación del nuevo cenobio dúplice cuando expresa en el propio documento de cesión que deseaba ser sepultado en San Vicente ("ubi corpus meum tomulare desidero"). Parece que S. Vicente de Fístoles nace, pues, por la participación y deseo de una familia, siguiendo aquella costumbre visigoda de los monasterios familiares.
Es muy probable, aunque no nos haya llegado su constancia, que este monasterio de San Vicente de Fístoles se estableciese según norma corriente entonces del pacto monástico. Liébana seguía fundando conforme a esta tradicional estipulación. Así, en 818 (28 de febrero) se creaba el monasterio de San Pedro y San Pablo de Nauroba mediante un pacto entre cinco mujeres y siete hombres con abad Argilego. El lugar elegido estaba a pocos quilómetros de la Villa actual de Potes, al sur, junto al río Quiviesa, hoy Venta de Naroba, y sería uno más de estos monasterios de carácter particular que iban puntuando desde el siglo anterior la geografía de la marca. El pacto establece la sumisión de los firmantes a la autoridad del abad y también la fidelidad de todos los componentes a las reglas del monasterio, así como las garantías de aquellos frente a actuación inconsiderada del abad. El abad Argilego aporta al monasterio todo su patrimonio —"omnia quicquid ganabi vel ganare potuero"—, tanto de bienes muebles como inmuebles que tenía en Colunga, en Vernejo y el monasterio de San Julián de Periedo. El abad de San Pedro de Naroba tenía posesiones en los alrededores Cabezón de la Sal, y sus entregas al monasterio prueban esta proopiedad dispersa que desde su creación van teniendo los cenobios montañeses. Se ve que dentro del reino astur-cántabro existía una libertad de movimiento, que no se reduce a regiones delimitadas. Los propios documentos (ya veremos el de San Pedro y San Román de Toporías) ya señalan esta amplitud de acción en cualquier lugar del reino que testimonia una gran visión política de unidad.
Lo mismo que el documento de Fístoles, éste de Naroba nos atestigua que ya en los comienzos del S. IX la repoblación había saltado la línea divisoria del macizo Cantábrico, fuera de montes. En inclusión que se hace en el documento de una "traditio" de Arias, al monasterio se incorporan ya posesiones en Cervera de Río Pisuerga, Arbejal y Resoba que concretamente señala “foris monte". Pero de esta expansión y de otras tendentes a la meseta y partiendo de nuestros valles montañeses ya hablaremos después en el apartado respondiente.
Siguiendo con nuestra repoblación "intramontes" nos sale al paso en 836 la fundación, en 18 de enero, de un monasterio familiar el valle de Soba, en un lugar, Asía, que dio nombre a los puertos Montañosos de La Asía o Sía. Su carácter familiar está claramente determinado pues son sus fundadores el presbítero Kardellus y su padre Valerio, y su advocación consta como San Pedro, San Pablo y San Andrés. Del testamento de Kardellus se deduce que los fundadores lo levantaron en tierras de su propiedad y crearon iglesias, casas, huertos, pinares; las tierras incultas las transformaron en cultivables y los montes los hicieron prados. Toda esta enumeración de actividades parece estar describiendo lo que era una auténtica repoblación y una puesta en vida de terrenos antes abandonados a la propia naturaleza. Este monasterio debió de permanecer independiente hasta que en 1011, el conde Sancho y su mujer Urraca, al fundar el de Oña le incorporan a éste. También sabemos por este documento de 836 que ya en la costa había sido fundado un cenobio que iba a tener posteriormente gran influencia en la zona oriental de nuestra provincia, el de Santa María del Puerto, en Santoña. Entre los confirmantes de la escritura del presbítero Kardellus figura el primer abad conocido de Puerto, un tal Zezius, que al firmar en primer término puede quizás indicarnos que ya este monasterio portuense comienza a ser conocido y que has pudo tener algo que ver en la fundación del de San Andrés de Asía
En esta primera mitad del siglo IX, pues, estamos viendo cómo actividad repobladora no se detiene en todo el territorio de la actual provincia santanderina. Nuevos monasterios están surgiendo constantemente y aunque la documentación en este aspecto es muy limitada creemos que la mayor parte de los que por primera vez serán citados en el siglo siguiente habían surgido casi con seguridad en los primeros cincuenta años del siglo noveno. Desde Liébana hasta Asón, la vida se apercibe movida y organizada. Parece obvio pensar que al reino cristiano de Alfonso II continuarían llegando emigrantes mozárabes que huyen de las tierras ocupadas por los árabes. Ello tendría que obligar a la roturación de terrenos y a la explotación máximo de las tierras y prados. No podemos saber la densidad población existente en estos momentos, pero dada la proximidad los núcleos urbanos que muchas veces transparentan las citas documentales, hay que pensar que la mayor parte de los centros habitados en la actualidad tienen su origen en estos primeros siglos repobladores. Liébana ofrece continuamente nuevas advocaciones monasteriales: en 826 nos consta que, además de Santa María de Cosgaya y San Salvador de Villeña, ya existentes a finales del VIII, de San Pedro y San Pablo de Naroba, ya tenía vida el monasterio San Esteban de Mieses o Mesaina, en las proximidades de Potes y era regido por un abad de nombre conocido: Lavi. Dos años después - 828— consta que existía organizado el de San Martín de Turieno origen del futuro Santo Toribio de Liébana—, en donde igualmente aparece gobernándolo un abad Eterio. En 829 un nuevo monasterio va a ser constatado en las fuentes, el de Osina, cuya localización sido discutida. Argaiz lo situaba en Cosgaya, pero Jusué, quizás más acertado, lo coloca en la Hermida.
Una efervescencia de vida de los valles ultramontanos Cantabria, tal como la atestiguan los documentos, no podría comprimirse sólo a las vertientes que lanzan aguas al mar. Como antes apuntábamos, existía al sur una "tierra prometida", que podía contemplarse desde las cumbres, soleada y rica, a la que siempre los acogidos de la meseta o sus hijos veían como algo que les pertenecía que era preciso y urgente reconquistar. El pan acuciaba y aunque muchas tierras, hasta de la propia costa, sembrarían cereales, el clima no podría en muchas ocasiones darles la sazón suficiente y necesaria Razones, pues, de variado tipo impulsan a los cristianos de primera mitad del siglo IX, y quizás algunos años antes, a lanzarse a una política y a una acción repobladora ya directa y continua, hacia las tierras luminosas de los viejos campos góticos. Si tal vez con Alfonso I ésta ya pudo iniciarse pasando ampliamente la línea del Ebro, con la fundación de San Miguel de Pedroso, en la zona de Oca, junto al río Tirón, en 759, la salida fuera de montes representa ya una acción que parece concertada. Algunas escrituras de los comienzos del siglo IX que se nos han conservado en sus textos, señalan normalmente posesiones y bienes al otro lado de las montañas que, ,posiblemente, ya estaban habitadas años antes de su constancia documental. Las gentes de la Montaña es claro que se ponen en movimiento para poblar las cuencas altas de los ríos Pisuerga y Ebro sus primeros afluentes. La situación, además, permite un respiro más amplio y una mayor seguridad en el establecimiento de nuevos monasterios y pueblos. A partir del año 805 las acometidas árabes se debilitan, en tanto que los cristianos astur-cántabros se ven fortalecidos con la política de su rey Alfonso II, y aún cuando conocemos, como hemos visto, aceifas musulmanas que llegan hasta las mismas fronteras y las atraviesan hasta el mar, la fortaleza del reino asturiano parece que no puede temer acciones definitivas de sus enemigos que se ven minados por sublevaciones internas. La densidad de población en el interior de las montañas sería también la razón para provocar la salida fuera de montes que lograría así la ampliación del reino.
Pérez del Urbel ha recogido en el capítulo "Los primeros repobladores", el V de su conocido y ya clásico libro "Historia del condado de Castilla", los testimonios documentales más significativos de estos asentimientos organizados al otro lado de los montes, hacia lo que son los campos de la Castilla Norteña. Nosotros no nos vamos a detener detalladamente en estas empresas por realizarse en terrenos ya fuera de nuestra provincia, pero sí .mencionaremos al menos aquéllos que documentalmente consta se originan por gentes que parten de los montes de Santander.
Sabemos que el primer escape de repoblación, saliendo sin duda de nuestro límites de la actual provincia, se origina en las cuencas de los primeros afluentes del Ebro, en la zona oriental del reino asturiano, territorios de Mena, Losa, etc., la antigua Bardulia que más tarde será el núcleo originario de Castilla. Por aquí atacaban frecuentemente los musulmanes y fue siempre una de las vías la del Ebro- de penetración hacia el Norte. La geografía es agitada, montañosa, con abundantes masas de bosque y, por tanto, apta para la defensa. Altas y escarpadas colinas - auténticos castillos naturales— permiten otear el panorama. La cuenca del Ebro es, al mismo tiempo, una aspiración. Es una lástima que la documentación sea tan raquítica y sólo nos pueda hacer suponer —con algunos ,reducidos ejemplos— lo que debió significar el anhelo de escape fuera de montes. La fundación de San Miguel de Pedroso, en 759, quo acabamos de indicar, es un testimonio de que ya desde Alfonso I la política de expansión cismontana es un hecho por esta región oriental del reino. No nos cabe duda que estos primeros repoblador bajan de nuestras cumbres cántabras orientales (montañas de Pas, Soba y Ramales), pero desconocemos la permanencia de estas incipientes repoblaciones y también qué ocurría en ellas cuando los cuerpos de ejército árabes atravesaban circunstancialmente su territorio. Es de suponer que estos iniciales focos de presura y habitación tuvieran muchas veces que rehacer sus aventuradas avanzadas y comenzar otra vez de nuevo; otros, quizás más escondidos o apartados de las rutas normales de penetración abandonarían momentáneamente sus expuestos reductos retornarían otra vez a su vida normal cuando la tormenta pagana hubiese concluido.
En lo que sabemos, y tampoco parece presumible aventurar mucho más de lo que los documentos nos pueden hacer sospechar, el movimiento repoblador originado a partir de las cumbres de occidente de nuestra provincia (montañas de Liébana y Reinosa) tuvo en principio menor importancia y quizás es algo más tardía. Una razón que pueda explicar esta diferencia pudiera esta precisamente en la diversidad del paisaje a repoblar en uno y otro punto. Mientras el Este es una zona muy accidentada, con pequeños valles, montañas más verdes, etc., el Oeste tiene, muy próximas a la misma ladera de los montes limítrofes, las planicies meseteñas y aún el reducido ámbito de transición nunca alcanza el aspecto cerrado de los valles orientales. La repoblación, pues, en las tierras del Este parece menos aventurada que aquella que pudiera hacerse en territorio llano y abierto meseteño donde la defensa, la huída y la ocultación se hacían casi imposibles.Pero en general, aunque haya existido repoblación anterior reinado de Alfonso II, ya hemos dicho que cuando ésta se patentiza abierta y documentalmente, con actuaciones ya no aisladas sin sucesivas, es precisamente durante el gobierno del rey Casto. El primer año del comienzo del siglo, el año 800, consta que al sur de los montes de Ordunte, en territorio de Mena, se fundaban el monasterios de San Esteban de Burceña y de San Emeterio Celedonio de Taranco, por el Abad Vitulo y su hermano el presbítero Ervigio, hijos de un matrimonio Lobato y Muniadona— que año antes habían iniciado la vitalización y cristianización de estos valle foramontanos. Ellos siguen la empresa, extendiéndose hacia el oeste hacia tierras de Espinosa, donde aprovechando las ruinas de un vieja villa romana —Area Patriniani— levantan otra iglesia dedicada a San Martín. No parece aventurado suponer que en la repoblación sobre todo de este último monasterio participasen montañeses de la sierras de Pas y de Soba. Tal vez el presbítero Eugenio y otra personas más que en 807 incorporan a Taranco otras iglesias muy próximas a Area Patriniani, procediesen de tierras intramontes de la Cantabria montañesa. Sin embargo es muy difícil señalar el origen procedencia de los repobladores si los documentos, cosa que no es normal, no lo dicen. El mismo Cortázar apunta que gran parte de los que pueblan en Mena y Oca parecen más de procedencia leonesa que vascona y el documento de 871 del monasterio de Acosta lo atestigua uy concretamente ("que de Legione venerunt ibi"). Pero esta ya es a fecha relativamente avanzada, sin embargo, para que pueda servirnos de orientación sobre la procedencia de los primeros pobladores de finales del VIII y comienzos del IX. Como los meros documentos referentes a repoblación —exceptuando S. Miguel de Pedroso— aparecen haciendo referencia a puntos muy próximos a la línea de montes, lo más normal parece suponer que son movimientos producidos como consecuencia de salidas de grupos del interior de las montañas, por lo que, aunque estos primeros pobladores no fueran originariamente cántabros, sino visigodos o mozárabes acogidos al asubio de nuestras defensas naturales, de hecho, y realmente, la primera política repobladora tendría como origen geográfico los valles de nuestra provincia.
Se trata, al parecer, lo hemos visto con Lobato y Muniadona, de familias pudientes que, sin duda acompañados de sus siervos, inician los pasos convenientes para volver a la tierra de donde procedían ellos o sus abuelos o padres. Pero con ellos —de origen romano, visigodo o mozárabe— llevarían gentes cántabras, vasconas o asturianas unidos en la aspiración de conocer mejores tierras de cultivo y espacios más amplios. Que en los comienzos del IX corrientes repobladoras ya habían cruzado las cumbres santanderinas llegando en parte la repoblación hasta casi los bordes mismos de la meseta, y qué estos repobladores son gentes que todavía viven intramontes demostrando así, sin ningún género de duda o suposición, que son montañeses, es algo que está documentalmente comprobado. Tanto en Liébana, como en Reiosa y Pas nos constan personajes que favorecen las fundaciones ultra montanas pero que, al propio tiempo, son propietarios ya de tierras y poblados hacia los campos llanos.
Veíamos así, en líneas anteriores, cuando nos referíamos a la fundación de San Pedro de Naroba, el año 818, que entre los que hacen "traditio" al monasterio figura un tal Arias que se entrega con sus bienes tanto los que tiene en Liébana como los que posee "foris
monte", citando entre estos el lugar de Zerbaria (Cervera del Río Pisuerga), Erbeliare (Arbejal) y Resouba (Resoba), todos puntos próximos a esta primera villa palentina ya fuera del límite de ubres. Hay nombres también de monjes que llevan como apellido
locativo de Cervera, y un Adefonso que ofrece toda su heredad "dentro de Liébana como "foris monte". 'Hay que suponer, pues, que ya a finales del siglo VIII, al menos, estas comarcas del norte de Palencia recibirían las primeras corrientes de repoblación y estos núcleos poblados están en directa relación con Liébana, de la que con seguridad proceden.
Por los mismos años, 816, ya vimos igualmente que entre las donaciones que el conde Gundesindo, —tal vez el gobernador de zona en esa época concede el reciente creado monasterio de S Vicente de Fístoles, figuran, además de una serie de villas monasterios ultramontanos, otras 'foras monte, in Castella", que nomina Sotoscueva, Cornejo, Botares, etc., es decir al otro lado los montes de Soba. Todo ello nueva prueba de que en los inicios d siglo IX se estaba repoblando la alta cuenca de los primeros afluentes del Ebro por gentes originarias o residentes intramontes. El interés del conde Gundesindo por enterrarse en San Vicente de Fístoles prueba su enraizamiento en los valles de Pas y Miera.
Dos años antes, en 814, se había producido un movimiento emigratorio que las fuentes señalan escueta pero claramente "Exierunt foras montani de Malacoria et venerunt ad Castella “. Quizás pueda referirse ello un poco al hecho general de repoblación de fuera de montes que, sin duda, hacia estos comienzos de siglo tiene su mayor actividad. Pero la señalización tan tajante de año nos inclina a pensar que se trata de la constancia concreta de grupo de repobladores que salen de Malacoria y pueblan en Castilla. Sus localizaciones han sido diversas, pero lo más probable es suponer la identificación de Malacoria con Mazcuerras (próxima Cabezón de la Sal) y hacer salir de aquí el movimiento repoblador que tuvo que atravesar el valle de Campóo, por la calzada que entraba en Cabuérniga, y extenderse por Valdeolea y Valderredible.
Tal vez la cabeza directora de esta empresa fuese el conde Núñez que Pérez de U rbel cree que gobernaba Liébana y Campóo tiempos de Alfonso II y a quien, con su esposa Argilo, vemos repoblar documentalmente en 824 el lugar de Brañosera, al otro las de los montes de Campóo, junto a la misma calzada que por el collado de Somanoz atravesaba Campóo y por Sejos se adentraba Cabuérniga. La carta puebla de Brañosera, "la más antigua carta esta índole que encontramos en España" tiene un interés especial. conde lleva consigo a repoblar a una serie de personajes que cita con todas sus familias (“atque universa sua genealogía"). Corroborándose así el carácter de agrupaciones familiares que ordenada y preconcebidamente se trasladan materialmente a la nueva tierra elegida. El coto ofrecido para la repoblación y asentamiento aún hoy podemos delimitarle claramente en sus términos. Lo mismo que los monjes de Arca Patriniani, la repoblación se hace cerca de una ciudad antigua ("civitatem antiguam") y vecina a una calzada que en este caso concreta el documento la frecuentan asturianos y cornecanos", prueba que en esta época ya se nominaban asturianos a los ultramontanos de nuestros valles montañeses, y es perfectamente determinada la comarca o "territorio" de Cabuérniga (Kaornuega, cornecanos). El hecho de que por esta vía o calzada (cuyos restos aun se conservan) especifique la carta "qua discurrunt asturianos et cornecanos" es prueba fehaciente de que había un tránsito de gentes del interior de nuestros valles santanderinos hacia lo que es hoy el norte de la provincia de Palencia y que la población pues, al menos hasta Cervera de Pisuerga, era ya un hecho posiblemente desde los años finales del siglo VIII. El análisis detenido de las fuentes parece que cada vez va determinando con más seguridad, qué focos repobladores se habían establecido desde antiguo en los pliegues montañosos que des de las altas cumbres de la cordillera cantábrica van perfilando la transición de paisaje hacia la meseta, e incluso nos atreveríamos a puntar que cuando Alfonso I se lleva consigo a las gentes de la meseta, las cabeceras de las cuencas de los ríos Esla, Pisuerga y Ebro, al norte de León, de Mave y de Amaya—, no son abandonadas talmente por los cristianos. La misma repoblación de Brañosera, en lugar tan inhóspito tal como señala la carta, "inter ossibus et renationes", no es explicable sin antes haber poblado lugares más fáciles de vivir y no por ello peor defendidos, lugares sin duda con los que, por parte de asturianos y cornecanos, existiría una demostrada relación e intercambio a través de la calzada que salvaba las líneas divisorias de aguas, y que con casi seguridad no se despoblaron nunca totalmente.
Lo que ahora, en tiempos de Alfonso II, se produce en estas tierras foramontanas del norte de Palencia, sur de Santander y norte Burgos, no es, a mi entender, una repoblación "ab initio", es decir sobre un territorio desierto, sino una corriente emigratoria que sale los valles de aguas al mar en un momento de mayor seguridad del
reino y cuando, posiblemente, al aumento demográfico de esta zona hacía difícil la vida de muchos grupos humanos en una geografía no muy apropiada para cultivos de primera necesidad.
Decíamos en líneas precedentes que el movimiento organizado de población "fuera de montes", que habíamos visto iniciarse desde el interior de nuestros valles montañeses y que tiene constancia documental en la carta de Brañosera continuó, sin duda, profundizando hacia el sur. Estos grupos humanos que ahora se desarramaban por vertientes y cuencas de hacia la Meseta, necesitaban una línea avanzada de defensa que pudiese controlar y cerrar las vías de penetración más usuales del Ebro y Pisuerga por donde, aprovechando las calzadas romanas, las aceifas musulmanas podían más fácilmente inquietar a los aventurados repobladores. De aquí que, a mediados del siglo IX, el rey Ordoño I comprenda que ha llegado el momento y la necesidad de adelantar las líneas defensivas la los campos llanos al sur de toda la línea montañosa de su reino dominar la calzada principal que iba de este a oeste por Iruña, Segisamo, León y Astorga. La conquista de las viejas ciudades, cuyo recuerdo aún pervivía como nostalgia del "pasado perdido", es posiblemente otro de los fines políticos de Ordoño. Tuy, Astorgá, León y Amaya a ser repoblados en su reinado. La crónica de Sebastián lo dice así textualmente: "Civitates desertas, ex quipus Adefónsus maior caldeos eiecerat, iste repopulavit, id est, Tude Astoricam, Legionem et Amagiam Patriciam". La repoblación de Amaya, que es la que más afecta al movimiento repoblador salido d nuestras montañas, parece tuvo lugar el año 860 por acción directa del conde Rodrigo, de Castilla, y por orden del rey Ordoño ("per mandatum domini Ordoni regis"). Si atendemos a la redacción Rotense de la Crónica de Alfonso III, Amaya fue fortificada con Murallas y de nuevo la fortaleza cántabra, abandonada desde acción emigratoria de Alfonso I, vuelve a ser efectiva para la defensa de los repoblamientos que en estos momentos se extienden por nuestros valles de Valdeprado, Olea y Valderredible.
En este momento habrá que suponer se realiza la construcción las iglesias rupestres que se extienden por estos valles, en las cuenca altas del Ebro y Pisuerga. El tipo de construcción de ellas: arcos medio punto, pilastras cuadrangulares o rectangulares, altura veces considerable (Presillas de Bricia), etc., nos llevan, más que a tendencias visigodas, a recuerdos asturianos. Por otra parte excavación en el exterior de una de ellas (Presillas), realizada por nosotros, ofreció cerámicas de la alta Edad Media. Sin duda estos iniciales grupos repobladores, asentados en las proximidades de las vías de penetración de las razias árabes, construyen sus iglesias pequeños monasterios perforando la arenisca que aflora en estratos naturales. Así estas reducidas capillas o cenobios gozaban de un mimetismo con el paisaje que las hacía difícilmente localizables por enemigo, que tal vez pasase cerca de ellas sin apercibirlas. Por otra parte su destrucción por incendio o derribo era prácticamente imposible por lo que, pasado el peligro musulmán, volvían a ponerlas inmediatamente al servicio del culto.
El siglo X, comienza como una continuidad de los anteriores, en los documentos apenas se aprecia ninguna variación significativa todo parece seguir un ritmo de vida muy semejante. Algo, si embargo, podemos apercibir, y en bloque, que nos permite señalar un cierto nuevo sentido en el ámbito político de nuestras tierra montañesas. En primer lugar, la absoluta tranquilidad que los valle ultramontanos van a disfrutar en relación con las posibles intromisiones árabes. La línea defensiva, como sabemos, ha avanzado hacia el sur y es ya imposible que se repitan aceifas, come aquellas del 867, que llegaban hasta las propias fuentes del Ebro. El miedo ha desaparecido y nuestros pueblos y monasterios son ya rincones de paz continuada. Pero con ésta, el nerviosismo y vitalidad se aplacan, sobre todo la vitalidad política. El núcleo neurálgico, activo y decisorio, pasa al otro lado de los montes, a Castilla joven y despierta. Es aquí, ahora, donde se cuecen novedades y donde existe una contínua aspiración de grandeza y libertad. La Montaña vive bajo una cierta apatía directiva y ha dejado de ser la inspiradora de la época repobladora. De nuevo vuelve a repetirse la situación, en cierto sentido, que veíamos en los momentos en que Cantabria iba a ser atacada por los romanos: la prepotencia de las tierras foramontanas sobre las ultramontanas. El viejo solar de los cántabros meridionales, los más densos y los más cultos, los extendidos por las cuencas altas del Ebro y Pisuerga (Cildá, Amaya, Monte Bernorio), va a revivir otra vez, mientras los del interior, ya más pacíficos, parecen perder gran parte de sus impulsos. A pesar de ello no deja de repoblarse intramontes, pues, en tiempos de Alfonso II, posiblemente, dos presbíteros, Recemiro y Betelu, hacían presuras (' fecimus presuras") y fundaban la iglesia de San Pedro y San Román de Toporías, "in patria Cabezone". Por la escritura que esto testifica podemos comprobar que estas "presuras"
Se hacen por orden expresa el rey —"pro iussione Adefonsi regis" y le quienes recibían esta concesión podían, a su vez, conceder licencia, a otros, para poblar en sus cotos, pues el presbítero Osonio, que había llegado a Toporías desde Liébana constituye a esta población con licencia —"dedisti mihi licentia"— de Recemiro.
Los diplomas y escrituras de nuestros cartularios guardan un casi absoluto silencio sobre quienes eran los condes que gobernaban nuestros valles interiores (Liébana, Asturias de Santillana, Trasmiera) por delegación de los reyes asturianos y leoneses Alfonso I I muere en 910, García (910-914), Ordoño II(914-924) y Fruela II
(924-925).
Ya en los comienzos del X, y debido a los progresos de Castilla, hemos de creer en una línea de tendencias derivadas, quizás, de las relaciones directas de los condes de Castilla con las Asturias de Santillana, Trasmiera y Campóo, de donde sin duda proceden las cabezas directoras de la repoblación castellana, y de aquellas otras concomitancias entre Liébana y la repoblación leonesa. Creo que debe existir una razón que explique por qué el ámbito de Castilla se tiende enseguida a todas las comarcas montañesas, excepto a Liébana, y pienso que ella ha de ser el de que siempre los condes castellanos sentían como solar de sus antepasados los valles y las montañas de nuestra provincia. No creemos pueda soslayarse el que conde Gonzalo Fernández, de Castilla, llamase "abuelo", en 912 a Nuño Núñez, otorgante de los fueros de Brañosera en el 824; ni
podemos pensar una invención sin base alguna la leyenda de hacer la infancia del gran conde Fernán González muy cerca del mar santanderino, en las proximidades de Laredo; ni desconocer que los condes de Castilla tienen propiedades en nuestros valles, indicio de un arraigo secular así comprobado.
Pero los tiempos ya no estaban para el predominio de Cantabria, obligada por una especie de destino inevitable a caer en el área de influencia de aquel centro neurálgico donde se estaba ya creando una poderosa levadura de independencia, Castilla, que ella misma había construido y organizado.
Cantabria, que se había vaciado por dar nacimiento a una empresa histórica de mayores logros, se hace parte, en adelante, esta misma unidad de cultura y de pensamiento que, iniciada en ella, estaba abocada a superiores proyecciones.
Si Cantabria creó a Castilla se unió después a ella, como primer generador sumando, para crear una historia única que las hizo para siempre inseparables.
Castilla como necesidad
Colección Biblioteca de promoción del pueblo nº 100
Varios autores
Edita zero zyx S.A. Madrid 1980
Páginas 25-48
