LA IMPRESCINDIBLE RECONSIDERACIÓN DEL PROCESO AUTONOMICO EN LEON Y CASTILLA
La articulación del Estado español en un conjunto de comunidades autónomas es una grave cuestión que afecta a la sustancia nacional, a la identidad de cada región o pueblo y a la fortaleza del Estado mismo.
Parecía elemental, por eso, por la trascendencia del asunto, que el lema se hubiera tratado con la seriedad y gravedad necesarias, con el debido estudio, reflexión y prudencia, sin apresuramiento alguno, y con participación informada y activa de las provincias interesadas.
Lejos de hacerlo así, hemos asistido a una ceremonia escasamente racional, a la distribución apriorístico del territorio nacional -por decisión de los partidos políticos hegemónicos- en espacios preconcebidos para ubicar a las comunidades autónomas: a un tratamiento autoritario y centralista de la cuestión, en base a intereses y prejuicios partidistas, y, en suma, a una acumulación de errores de tal envergadura que han llegado a comprometer gravemente la propia estabilidad del sistema democrático.
Porque, efectivamente, se ha dado lugar así, por el mimetismo y la prisa, artificiosamente y sin necesidad alguna, a uno de los más graves y crispadores problemas que tiene planteados España: el de las autonomías.
Las anteriores reflexiones cobran singular relieve en el caso de la entidad llamada
Porque, no nos cansaremos de pregonarlo, «Castilla-León» es una región artificioso, una invención centralista en la que varias provincias de Castilla la Vieja han sido agregadas, sin pedirles parecer, a las del reino de León, bajo la definición de la supuesta unidad de la «Cuenca del Duero».
Así se mezclan y confunden arbitrariamente dos regiones, la leonesa y la castellana, en una extraño amalgama que perjudica a ambos pueblos, leonés y castellano, ya que tiende a disolver la Identidad de cada uno y dificulta el despertar de su respectiva conciencia regional.
Este hecho es sumamente grave, en especial desde el punto de vista de] Interés superior de España. Ante las tendencias secesionistas que se acusan en algunas regiones de la periferia, con invocación de los factores históricos y culturales de su personalidad colectiva, valoramos como una gravísima equivocación la de no haber favorecido, sino por el contrario, impedido de hecho, el reconocimiento y desarrollo de dos Identidades populares, históricas y culturales tan importantes como las de las regiones y pueblos de León y de Castilla, precisamente por la alta e irrevocable vocación española de las mismas.
Para una articulación armónica de España, estimamos absolutamente fundamental que León y Castilla -Que son dos identidades históricas y culturales- reciban en el centro de la Península, y como piezas claves para la aglutinación institucional de la Nación española, el mismo tratamiento definitorio que, por ejemplo, Cataluña y el País Vasco. Si estas comunidades autónomas se definen sustancialmnte – conforme al artículo 143 de la Constitución- por las características históricas y culturales comunes, es necesaria la misma regla para las dos regiones históricas de León y de Castilla, que siempre contribuirán a la mejor cristalización de España, por lo que conviene y se necesita la mayor potenciación posible de su personalidad y prestigio, y no dejarlas reducidas a meras circunscripciones político-administrativos, de nueva invención y sin autenticidad alguna, manteniendo -en perjuicio de España- un desequilibrio de personalidad respecto de las comunidades periféricas y ofreciéndolos torpemente el maníqueo, supuestamente centralista y opresor, que algunos necesitan.
Es evidente que León y Castilla son dos regiones históricas, cada una con su propia Individualidad, y que tradicionalmente, a todos los efectos legales, oficiales, administrativos, culturales, etc., se ha reconocido siempre como un hecho natural la existencia de esas dos regiones, hasta que en nuestros días arbitrariamente han sido fusionadas en ese ente mestizo o híbrido de «Castilla-León».
Por otra parte, sabido es que el proceso autonómico de «Castilla-León» fracasó rotundamente en la provincia de Segovia al no ser aceptado esa iniciativa ni por la Diputación Provincia¡ ni por la inmensa mayoría de los municipios segovianos; por lo cual, y en cumplimiento del artículo 143,3 de la Constitución, tal Iniciativa no puede reiterarse hasta pasados cinco años.
Al propio tiempo, y al haber sido iniciado ese proceso autonómico por el Consejo General de Castilla y León, al amparo de la disposición transitoria primera de la Constitución, se ha debido producir automáticamente la disolución de ese organismo, por imperio de la disposición transitoria 7.8 b) de la propia Constitución, que así lo preceptúa cuando no prospera la iniciativa de un proceso autonómico; por lo que el mencionado Consejo General de Castilla y León debe reputarse como un ente constitucional y jurídicamente nulo.
Por todas esas razones, en esta hora singular de España, en nombre de las exigencias de la verdad, de la ética, de la libertad y de la Constitución, pedimos a los nuevos gobernantes -9 quienes deseamos los mayores aciertos en su empresa, en bien del pueblo español que, en tan grave asunto, antes de consumar la aprobación del Estatuto de la comunidad autónoma de «Castilla y León», que daría lugar a un ente ficticio y permanentemente contestado, se abra un paréntesis de prudencia, un tiempo de reflexión, de sosiego y estudio, de participación efectiva de las provincias interesadas, en orden a la más correcta conformación institucional de los pueblos de León y de Castilla.
Castilla nº17 octubre – noviembre 1982
jueves, abril 27, 2006
LA IMPRESCINDIBLE RECONSIDERACIÓN DEL PROCESO AUTONOMICO EN LEON Y CASTILLA ( A. Carretero . Informativo Castilla oct-nov 1982)
jueves, abril 20, 2006
LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS. LOSCAOS DE CANTABRIA, LA RIOJA Y SEGOVIA. (Anselmo Carretero. El País . 18 septiembre 1981)
LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS.
LOS CASOS DE CANTABRIA, LA RIOJA Y SEGOVIA
El irreflexivo y torpe planteamiento gubernamental de las autonomías del País Leonés, de Castilla y del País Toledano (regiones provenientes de los antiguos reinos de León, Castilla y Toledo) ha producido, según hemos visto, muchas y muy graves anomalías y contradicciones. Ante todo, es de notar que mientras, por un lado, se borra del mapa español a Castilla y se crean dos entes preautonómicos mixtos con el nombre castellano por delante (Castilla-León y CastillaLa Mancha), quedan, por otra parte, fuera de esta denominación tres provincias de radical castellana que, por no perder su propia identidad, se han negado a ingresar en el híbrido conjunto castellano-leonés: Santander, Logroño y Segovia.
No son insolidarias tendencias secesionistas, como a veces se dice, lo que mueve a estas tres castellanísimas comarcas de vieja y muy arraigada tradición a no ingresar en el heterogéneo conglomerado de Castilla-León, sino una vigorosa reacción defensiva ante el peligro de su forzada inclusión en una entidad geopolítica a la que se sienten ajenas y donde su personalidad se desvanecería en aras de un nuevo unitarismo centralista que se barrunta más intenso y omnipresente que el ayer impuesto por el Gobierno central.
La provincia de Santander -con el nombre de Cantabria- y la de Logroño -con el de la Rioja- han tramitado sus respectivas autonomías por considerar que cada una tiene personalidad (histórica, geográfica y cultural) muy distinta de la que confusamente presenta el invento de Castilla-León, cuyo nombre las ha llevado a este desorientador razonamiento: si «eso» es Castilla, claro está que nosotras no somos castellanas. Y así, aceptada la errónea premisa de la castellanidad del conglomerado castellanoleonés, Cantabria y la Rioja demandan sus correspondientes autonomías como singulares regiones uniprovinciales, dejando por su parte el monopolio de lo «castellano» a las dos nuevas y heterogéneas entidades castellano-leonesa y castellano-manchega.
EL «PEQUEÑO RINCON»
Castilla nace en el «pequeño rincón» situado entre el alto Ebro y el mar Cantábrico, donde varios pueblos vascocántabros, que antes habían luchado contra romanos y visigodos, rechazan a los musulmanes al mismo tiempo que mantienen su independencia frente al reino neogótico de León. Aquí, sobre un sustrato lingüístico eusquérico, nació también el romance castellano, que se habló -y escribió - en la Rioja y Alava antes que en las tierras castellanas del alto Duero, y mucho antes de llegar a la planicie de Valladolid y Palencia, de donde hubo de desplazar al bable propio de la región. La Montaña santanderina es, pues, la comarca más castellana de España.
Una Castilla sin la antigua «Montaña Baja de Burgos» sería tanto o más inconcebible que una Cataluña sin la Cerdaña y Pallars, o que un Aragón sin los Pirineos de Huesca. Y al contrario: cualquier región que incluya la provincia de Santander debe llevar como atributo consustancial el nombre castellano. Tampoco es imaginable una Castilla sin la Rioja; tierra de conjunción histórico-geográfica de cántabros, vascos y celtíberos, las tres estirpes de la España prerromana que, en mayor o menor proporción, constituyen el primitivo sustrato étnico de los pueblos castellanos, y patria de los más viejos símbolos y las más auténticas creaciones de la cultura castellana: San Millán de la Cogolla, patrón de Castilla; las Glosas emilianenses, primeras líneas escritas en romance castellano; Gonzalo de Berceo, primer poeta de nombre conocido de la literatura castellana; Santo Domingo de Silos, la figura más destacada de la cultura medieval de Castilla; el Fuero de Nájera...
Si Cantabria y la Rioja rechazan el complejo castellanoleonés por defender la propia autonomía, el caso de Segovia presenta, además y en primer lugar, un valor de afirmación castellana. La provincia de Segovia rechazó, por abrumadora mayoría de sus municipios, la incorporación al artificioso ente castellano-leonés porque los segovianos vieron en él un peligro para el porvenir regional de la verdadera Castilla, de la cual Segovia se siente parte intrínseca. La ciudad de Segovia, las «tierras» de su provincia se oponen a los confusos conglomerados de Castilla-León y Castilla-La Mancha porque propugnan la autonomía de una Castilla netamente castellana, con lo cual defienden a la vez, indirectamente, las autonomías del País Leonés y el País Toledano propiamente dichos.
Segovia ha propugnado, en primer lugar, la autonomía de Castilla, y sólo cuando la decisión gubernamental niega de hecho la posibilidad de una Castilla autónoma, Segovia, ante el dilema de la incorporación forzosa al ente preautonómico castellano-leonés o la autonomía uniprovincial que la Constitución ofrece, recurre a esta última.
EL CASO DE SEGOVIA
De la maraña autonómica en tomo a Castilla en que con increíble ligereza nos metieron en mala hora algunos políticos y cierta clase intelectual ducha en el uso del mimetismo y la demagogia, y del caso singular de la autonomía de Segovia, se ha ocupado recientemente en estas mismas columnas Pedro Altares, en un artículo rebosante de inteligencia, de noble sensibilidad y de respeto por el pueblo segoviano que hoy está dando una lección de cordura, firmeza y dignidad a quienes, en teoría, deberían ser sus informadores y guías en estas difíciles cuestiones. Artículo que merece ser releído con atención.
El caso de Segovia pone dolorosamente de manifiesto algunos de los gravísimos peligros que indefectiblemente acompañan a «procesos tan delicados -y a veces sumamente complejos- como los autonómicos»: las precipitaciones y la demagogia, sobre los cuales llamó reiteradamente la atención -en los años 1978 a 1980- el secretario general del PSOE con advertencias no escuchadas ni siquiera en las filas del propio partido.
Lamentable resulta -al decir de diarios y revistas - observar la pobre conciencia política que, en general, manifiestan los españoles en una etapa de la historia nacional de tan gran trascendencia como la que hoy atraviesa España. La decepción, el pesimismo, la apatía y el desinterés por el bien común dominan por doquier a donde el observador dirija la mirada. Prueba espectacular de ello dio en diciembre un acontecimiento de tanta significación política como el referéndum sobre la autonomía de Galicia, aprobada sólo por un 19% del electorado, con el agravante de que la proporción de «noes» llegó al 80%, lo que sociológicamente -comentan las mismas fuentes informativas - expresa un altísimo grado de escepticismo y displicencia populares. Y es importante no olvidar que tan pobres resultados en pro del estatuto gallego fueron obtenidos con todo el apoyo de la propaganda desarrollada tanto por el Gobierno como por los principales partidos políticos.
Pero -y esto parece más alarmante- cuando la provincia de Segovia, consciente de su castellanía y de los derechos que la Constitución le reconoce para la defensa de su identidad, se opone -por abrumadora mayoría de los ayuntamientos y de la Diputación Provincial, de la opinión publica y de los grupos intelectuales más conscientes y conocedores del país- a formar parte de una heterogéneo entidad castellano-leonesa de reciente y arbitraria invención, dando muestra de mejor conocimiento del problema que el Gobierno y los dirigentes políticos, de viva conciencia ciudadana y de lealtad a la patria chica, entonces.. el Gobierno y los dirigentes políticos se disgustan, y en vez' de apoyar. la en sus derechos y legítimas aspiraciones a un estatuto de autonomía análogo a los de Cantabria o la Rioja, reaccionan negativamente pretendiendo forzar su incorporación a ese híbrido ente regional que el pueblo rechaza.
En estos momentos el Gobierno y la dirección central de la UCD están empeñados en meter a toda costa la provincia de Segovia en el saco autonómico castellano-leonés contra la voluntad de los segovianos, retorciendo incluso el espíritu de la Constitución para negar derechos y aspiraciones colectivas que ella misma protege.
LOS COMPLEJOS «ENTES PREAUTONOMICOS»
Se acusa a los segovianos de fomentar el cantonalismo, lo que -ya lo hemos visto- es absolutamente falso, y de dejarse manipular por caciques locales, porque entre los muchos ciudadanos que en Segovia propugnan la autonomía de Castilla propiamente dicha -y dentro de ella el respeto a la personalidad de su provincia- figuran la mayor parte de los Parlamentario segovianos de la UCD, bien sea por su cariño a la tierra, -que en principio no hay razones para negar-, bien porque han encontrado en este asunto una bella bandera que enarbolar.
Martín Villa, que el año pasado ultimó el ingreso de la provincia de León, hasta entonces defensora de la autonomía regional leonesa, en el discutido ente preautonómico castellano-leonés -lo que provocó una espontánea manifestaci6n de protesta de miles de leoneses-, no parece dispuesto a aceptar la «rebeldía» de Segovia. En cuanto a los dirigentes de los partidos políticos de la oposición que hasta ahora, con más o menos agrado, han apoyado la política autonómica castellano-leonesa, convendría recordarles las prudentes y oportunas advertencias de Felipe González sobre los peligros de proceder a la ligera en asuntos tan graves y de tan delicada naturaleza como las autonomías regionales.
El mayor y más inminente peligro que hoy amenaza a Castilla como pueblo con personalidad propia en el conjunto nacional de España está, sin duda, en los complejos entes preautonómicos de Castilla-León y Castilla-La Mancha. La consolidación de estas confusas nuevas regiones implicaría, con el tiempo, la pérdida de la propia condición de las provincias castellanas en ellas integradas, ante el predominio demográfico, económico y político de los territorios leoneses y toledano-manchegos, respectivamente. Y, al contrario: la persistencia de Cantabria, la Rioja y Segovia como entidades con autonomía uniprovincial, haría de ellas -consciente o inconscientemente- reservas y baluartes castellanos necesarios para emprender, en momento y condiciones oportunas, el rescate conjunto de una nueva y verdadera Castilla, sin la cual no es concebible un auténtico y cabal todo español.
ANSELMO CARRETERO
«El País», 18 septiembre 1981
lunes, abril 10, 2006
LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS.EMBROLLOS EN TORNO A CASTILLA (Anselmo Carretero. El País 1981)
LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS.
EMBROLLOS EN TORNO A CASTILLA
Conocidas con claridad las razones fundamentales de los estatutos de autonomía (gobierno y administración del país más democráticos y eficientes; respeto a la personalidad y a la cultura de los diversos pueblos de España), procede ver cómo, en función de ellas, se están desarrollando los procesos autonómicos.
En doce de los quince pueblos, nacionalidades o regiones históricas (use el lector el término que más le agrade, pues el nombre resulta indiferente) que componen España (Galicia, Asturias, el País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, las Islas Baleares, Valencia, Extremadura, Murcia, Andalucía y las Islas Canarias) se ha tomado, en principio, como base indiscutida el respeto a las entidades históricas, cuyos límites territoriales - con algunas rectificaciones menores- corresponden a las actuales provincias.
En ningún caso este principio básico ha creado dificultades o problemas intrínsecamente nacionales o regionales. En el País Vasco, al contrario: el estatuto de autonomía ha servido para dar carta de naturaleza constitucional a una nueva entidad política que nunca antes (hasta el estatuto republicano de 1936) tuvo realidad histórica. Esta correspondió separadamente a Guipúzcoa, Vizcaya y Alava, pequeños estados independientes, generalmente aliados a Castilla, que, por separado y en diferentes fechas, se unieron pacíficamente a la corona castellana. Nunca existió un estado o entidad histórico-política que abarcara todo el País Vasco. La idea general de que los reyes castellanos juraban en Guernica los fueros del País Vasco es errónea. Nunca hubo tales fueros, y los que allí se juraban eran los propios de Vizcaya. El estatuto de 1936 y ahora el derivado de la Constitución de 1978, son los verdaderos creadores legales de esta nueva entidad, de viejísimas raíces, llamada País Vasco o Euscadi, de la que el siglo XVIII fueron precursores los Caballeritos de Azcoitia, fundadores de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, cuyo mote era Irurak-Bat, que quiere decir: las tres hacen una (Guipúzcoa, Vizcaya y Alava).
En el caso de Navarra, el respeto a la entidad histórica (antiguo reino) ha sido absoluto; y se ha reconocido al pueblo navarro el indiscutible derecho de decidir su incorporación al País Vasco.
PAISES LEONES Y TOLEDANO
Muy diferente ha sido, por desgracia, lo ocurrido en Castilla, el País Leonés -antiguo reino de León- y el País Toledanos -tierras no castellanas del antiguo o reino de Toledo-. En una maniobra de prestidigitación política, tendente a esquivar en la confusión los aspectos más difíciles del problema general de las autonomías, el Gobierno (entonces presidido por Adolfo Suárez) creó precipitadamente en el papel nuevos entes preautonómicos (dominados por la UCD), ocasionando con ello «problemas ficticios» cuya gravedad se ha ido manifestando después.
Así (a espaldas de los pueblos, sumidos en el desconocimiento de su propio ser y en enervante apatía política tras cuarenta años de oscurantismo dictatorial) se decidió eliminar a Castilla (!) del mapa nacional de España, dividiéndola en dos pedazos: uno, que sería incorporado al antiguo reino de León para formar el híbrido llamado Castilla-León, y otro, que quedaría unido al País Toledano para componer Castilla-La Mancha. La sola denominación de estas nuevas entidades pone de manifiesto que Castilla ha sido partida en dos, y sus trozos, unidos a sus vecinas leonesa y toledana.
Pero el patriotismo, aunque sea regional o comarcal, no se impone ni se suprime por decreto ni por la fuerza bruta. (Esta es una de las tremendas lecciones históricas que a todos los españoles nos ha enseñado el franquismo). Ni es posible jugar impunemente desde el gobierno a suprimir, trocear, componer o inventar regiones como si se tratara de un puzzle geográfico.
Si el respeto a los límites tradicionales de todas las demás nacionalidades o regiones históricas encontró general. asentimiento, la arbitraria eliminación de Castilla del mapa de los pueblos de España, y la atribución de sus restos a países vecinos, ha producido disgusto y honda amargura en muchos ciudadanos de las comarcas afectadas.
El hecho resulta moralmente más reprobable si se tiene en cuenta que se está procediendo sin la consciente aprobación de los pueblos de estas regiones y con abuso del estado de ignorancia y confusión sobre tan graves cuestiones en que la prolongada dictadura les ha dejado.
Los que en principio debieron haber sido normales procesos autonómicos de tres viejas e insignes entidades histórico-geográficas (antiguos reinos de León, Castilla y Toledo), y trascurrido --como en el resto de España- por sus cauces naturales, fueron manipulados con tal irresponsabilidad y torpeza que todo se salió de madre, provocando la caótica proliferación de nuevas regiones: unas, por artificiosa creación gubernamental, y otras, como reacción defensiva de auténticas comunidades históricas que, ante el peligro de forzosa inclusión en ficticios entes regionales, que no son ni sientes suyos, prefieren acogerse a las autonomías uniprovinciales previstas en la Constitución.
REGIONES A CONTRAPELO
Lejos, pues, de facilitar la solución del problema general de las autonomías, estas desafortunadas fusiones, a contrapelo de la geografía y la historia, han provocado indirectamente el brote de nuevos anhelos autonómicos, en apariencia insolidarios (la Montaña Cantábrica, la Rioja, Segovia, la provincia de León ... ), que no hubieran surgido si las auténticas regiones históricas de León, Castilla y Toledo hubiesen recibido sus propios estatutos y, dentro de ellas, respetando la identidad de sus comarcas tradicionales. Tal es la verdadera causa de lo que, con excesiva ligereza, suele tildarse de loco afán cantonalista de los castellanos.
Se declara una y otra vez que las autonomás contribuirán eficazmente a preservar la identidad de todas las nacionalidades o regiones de España y al desarrollo de sus respectivas culturas, pero la realidad es, en este caso, que tales híbridos conglomerados llevarían a la aniquilación de Castilla y al profundo deterioro de la personalidad de los países leonés y toledano.
Tampoco reforzaría la democracia por acercamiento del gobierno a la base popular. La vasta entidad castellanoleonesa que se pretende establecer no dejaría los gobiernos de León y de Castilla, respectivamente, en manos de los leoneses y de los castellanos, y aun amenaza resultar en un nuevo centralismo (económico, político y cultural), con sede en Valladolid, menos soportable, por más concentrado, para las provincias auténticamente castellanas, que el hasta ahora ejercido sobre toda España desde Madrid. En realidad, este gran conglomerado es triste hijuela de la idea de la gran Castilla imperial impuesta doctrinalmente por la Falange vallisoletana e imbuida en la mente de millones de españoles por la enseñanza y la propaganda del aparato dictatorial.
Concepción histórica que se abrió camino a través de las mistificaciones en torno a Castilla, fraguadas a mediados del siglo XIX por las oligarquías reaccionarias y magnificadas después por la generación del 98, que llegaron a identificar a Castilla con León (aquélla nació precisamente de la oposición de castellanos y vascos al trono neogótico) y a otorgar carta de nobleza literaria al falso tópico de «la inmensa llanura de Castilla la Vieja», disparate histórico y geográfico e incongruencia racional, pues la vieja Castilla tuvo necesariamente su cuna en un baluarte montañoso, que hizo posible la defensa de su independencia frente a los ejércitos musulmanes y a las no menos aguerridas tropas de la corona de León: la Montaña cantábrica, cuna de Castilla y del romance castellano.
LA ELIMINACION DE CASTILLA
Las decepciones, amarguras y protestas por la eliminación de Castilla del mapa político de España, así como las demandas por la autonomía propia del País Leonés, de Castilla y del País Toledano, iniciadas hoy en grupos minoritarios conocedores de su región y su pasado, y entregados generosamente a la causa comunitaria, irán probablemente en aumento a medida que estos pueblos, mejor informados y libres de tutelas dictatoriales, recobren la memoria histórica, base de la conciencia colectiva que mantiene la voluntad nacional.
Mientras la mayoría de los pueblos de España preparan, con más o menos bríos, un renacer de su personalidad al amparo de los estatutos de autonomía, tres regiones de brillante historia atraviesan una difícil etapa de trascendencia decisiva para su porvenir. En el caso de Castilla está en juego la existencia misma de esta vieja nacionalidad de tan traído y llevado nombre, hasta ayer mismo exaltada hiperbólicamente por los escritores de la generación del 98 y sus continuadores, y hoy a punto de ser eliminada, sin pena ni gloria, entre confusos arreglos políticos de menguada concepción.
En León se necesita mantener la personalidad regional del famoso antiguo reino que tan relevante papel desempeñó en los siglos fundacionales de la nación española y que hoy se pretende disolver en un heterogéneo conjunto de improvisada creación. Con Castilla y con León es menester preservar también la identidad y la autonomía del antiguo reino de Toledo, cuya vasta llanura manchega hizo famosa nuestro inmortal hidalgo y loco justiciero.
TIEMPO PARA RECTIFICAR
El desastre aún no ha sido consumado, y todavía es tiempo de rectificar y tomar el buen camino: el seguido por los demás pueblos de España en sus procesos autonómicos; el mismo que (sin fusiones, secesiones ni confusiones) debe llevar a la autonomía regional del País Leonés, de Castilla y del país Toledano. Y dentro de Castilla será preciso fortalecer el autogobierno de sus diversas provincias, que generalmente se han formado en torno a comarcas de vieja tradición (la Montaña cantábrica, las tierras de Burgos, la Rioja, las tierras de Soria, Segovia y Avila, Madrid, Guadalajara y Cuenca). Si Cataluña y Galicia consideran conveniente establecer una nueva división comarcal de su territorio de arriba abajo, Castilla, al contrario, debe concebirse de abajo arriba, como una mancomunación de todas sus provincias, de manera análoga a como el País Vasco se ha constituido por la unión de los viejos estados de Guipúzcoa, Vizcaya y Alava. «Parecía Castilla en la Edad Media», dice un historiador gallego, «una confederación de repúblicas trabadas por medio de un superior común». Idea que, adaptada al siglo XXI y a la complejidad del moderno estado democrático, puede resultar hoy aún más válida de lo que lo fue para las comunidades de ciudad (o villa) y tierra de la vieja tradición castellana.
Castilla -y con ella el claro porvenir de España- requiere sobre todo, antes de que el error resulte difícilmente reparable, rescatar su personalidad y ocupar el lugar que en el mapa de las regiones autónomas le corresponde como miembro perfectamente definido del conjunto nacional de los pueblos hispanos.
ANSELMO CARRETERO
El País, 17 septiembre 1981
viernes, abril 07, 2006
LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS. RAZÓN DE LOS ESTATUTOS. (Anselmo Carretero ,El País 1981)
LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS.
RAZON DE LOS ESTATUTOS
Desde los años cincuenta, dijimos y repetimos con insistencia que la peor herencia que Franco dejaría a España sería el problema de las nacionalidades, porque las cuatro décadas de su dictadura lo habían enconado gravemente. Lo ocurrido después, es cosa de todos los españoles sabida por vivida. Hoy resulta lugar común en nuestro país lamentar el embrollo de las autonomías, con justificada razón, pues las improvisaciones y los trapicheos políticos, de que algunas de nuestras más viejas e ilustres regiones han sido víctimas, a partir de 1978 han enmarañado el asunto con manifiesta torpeza.
Aunque sea brevísimamente, trataremos aquí de examinar la cuestión desde su misma base. ¿Por qué y para qué son en España necesarias las autonomías de sus diversas regiones históricas? Un rápido análisis nos muestra que dos grandes razones lo exigen ineludiblemente: una, de validez general y naturaleza política; otra, específicamente española y radicalmente nacional.
El estado descentralizado y las autonomías regionales son formas de gobierno y administración pública en principio más democráticas y eficaces que el centralismo estatal, porque acercan el poder al pueblo y hacen la gestión del interés común más asequible a los ciudadanos. El regionalismo - y más aún el federalismo- implica una concepción del estado superior al unitarismo centralista que tantos daños ha causado a España. La concentración de los poderes públicos en un solo gobierno, con sede en la capital, ejercido con rígido criterio unitario e insaciable afán de absorción, llegó en el Estado español durante el franquismo a extremos nunca antes alcanzados, causando todo género de estragos (políticos, económicos, culturales ... ), especialmente en las regiones menos atendidas (el caso de la provincia de Soria es uno de los más impresionantes). Nada tiene, pues, de extraño que se ha a extendido entre los españoles un ampIio sentimiento anticentralista y que en 1978 se considerara necesario introducir en la nueva Constitución las bases de una España de las autonomías.
Otra, profundísima razón - concretamente española y más que de índole política de condición nacional- que en España impone, dentro del marco constitucional vigente, la necesidad de las autonomías regionales es la naturaleza misma de la nación española. Porque España no es una nación homogénea, como lo son otras muchas naciones, sino una entidad nacional muy compleja y varia, una comunidad o familia de pueblos a ninguno de los cuales conviene el gentilicio español más ni menos que a cualquiera de los restantes: conjunto que ya en la Edad Media recibió el nombre plural de las Españas, y que hace tiempo definimos como una nación de naciones, concepto al que se acerca el art. 2 de la Constitución, según el cual la nación española está integrada por diversas nacionalidades y regiones.
NACIONALIDADES O REGIONES HISTORICAS
Galicia, Asturias, León, Castilla la Vieja, el País Vasco (Alava, Vizcaya y Guipúzcoa como unidades histórico-políticas independientes), Navarra, Aragón, Cataluña, Extremadura, Castilla la Nueva (antiguo reino de Toledo), las islas Baleares, Valencia*, Murcia, Andalucía y las Islas Canarias –a parte de Portugal, desprendida del antiguo reino de León en el siglo XII y hoy estado independiente- son las quince nacionalidades o regiones históricas que, a partir de la llamada Reconquista y con mayor o menor relevancia, ocupan el territorio y la escena histórica de España. Todas ellas auténticas creaciones de la historia nacional - la más antigua del siglo VIII, la más reciente del XV-, no artificiosos inventos del Estado español, como de algunas a la ligera se ha dicho, y todas igualmente españolas, cualesquiera que sean su asiento geográfico y su particular cultura.
Tan manifiesta es la personalidad propia de cada uno de estos diversos pueblos, que fácilmente se perciben en ellos mayores diferencias que las a primera vista observables entre otros que hoy constituyen naciones independientes (entre un gallego y un valenciano. o entre un vasco y un andaluz, por ejemplo, se advierte de inmediato mayor contraste que entre un sueco y un noruego, o entre un argentino y un uruguayo). Diversidad tal que, no obstante todas las presiones uniformizadoras (políticas, administrativas y culturales) ejercidas sobre los españoles por el centralismo estatal, éstos se mantienen fieles, a través de los siglos, a sus respectivos gentilicios regionales (asturianos, vascos, andaluces, catalanes, extremeños ... ), firme y entrañablemente arraigados en la conciencia nacional. Esta pluralidad histórica y natural, considerada por algunos como grave mal de la nación que es preciso extirpar, constituye para quienes concebimos a España en su cabal integridad uno de sus más ricos tesoros espirituales, digno del mayor respeto y de amorosa protección.
Por otra parte, la permanente convivencia en el suelo de la Península; la multimilenaria historia conjunta; la lucha por la independencia frente a invasores extranjeros, frecuentemente integrados a la larga en el conjunto español; la participación en empresas comunes, venturosas unas, infaustas otras.... han creado al correr de los siglos una conciencia, unos sentimientos y una voluntad comunitaria entre todos los pueblos de España que, por encima de sus diferencias, constituyen la base histórica y el principal fundamento humano de la nación española. Porque las naciones son criaturas que la historia pare tras lenta y complicada gestación. Y su base y su razón última están en la conciencia que de pertenecer a ellas tienen los individuos que las componen; conciencia colectiva que se mantiene sobre todo de la memoria histórica.
TRADICIONES OPUESTAS
Desde la Edad Media se han encontrado en España dos tradiciones opuestas. Una pluralista y federativo. con tres ramas diferentes: la vieja Castílla, propiamente dicha, y sus vecinas y aliadas, las comunidades vascongadas (Alava, Vizcaya y Guipúzcoa), a ella voluntariamente unidas; los países de la corona catalano-aragonesa (Cataluña, Aragón, Valencia y las islas Baleares), y Navarra, que se unió a la corona de León y Castílla en el siglo XV, conservando su condición de reino por si. Esta tradición, de muy viejas raíces, se manifiesta en el siglo XIX en dos campos políticos opuestos: el carlismo foral y el republicanismo federal.
.Otra concepción de España, unitarista y centralizadora, es la heredada del imperio visigodo, que, a través de la monarquía neogótica nacida en Covadonga, se extiende ampliamente por el suelo peninsular, pasa al imperio español, y tiene una anacrónico y fugaz rebrote seudoimperial en la primera etapa del fracofalangismo. La nación española viene así enredada, desde hace siglos, en una permanente contradicción entre la naturaleza plural y varia del país y sus comunidades históricas, y el régimen centralista y homogeneizador que las oligarquías dominantes han tratado de imponerle.
Grave daño a nuestra tradición pluralista autóctono fue la introducción en España de la idea francesa del Estado nacional, originada en el absolutismo borbónico y desarrollada, con otra filosofía política, por el jacobinismo republicano y el imperio napoleónico. Una nación: un estado, una lengua, una sola ley, una sola bandera, un Gobierno centralizado. Deslumbrados por el brillo de la Revolución Francesa, nuestros progresistas del siglo XIX creyeron, en general, que todos los pueblos del mundo debían seguir el modelo nacional parisino. Error que muy caro hemos pagado. La división de España en provincias, a imitación de los departamentos franceses, establecida por un simple real decreto de 1833, alteró arbitrariamente en algunas regiones los límites tradicionales de las viejas comunidades, para crear nuevas entidades administrativas, sembrando así el germen de conflictos que hoy vienen a complicar más la confusión provocada por nuevos proyectos regionales concebidos con excesiva ligereza.
VINCULACION A LA IDEA FEDERAL
España necesita una idea de la nación acorde con su propia naturaleza, imposible de hallar en modelos extranjeros incongruentes con nuestra historia y nuestra realidad nacional, que conciba la integración de la patria como unión de sus diversos pueblos en el respeto a la personalidad y el Gobierno interno de cada uno de ellos; y una concepción federal del Estado, porque el federalismo es el régimen político que mejor armoniza la unión con la diversidad; la solidaridad del conjunto con la particularidad de los elementos que lo componen. Nuestro país está intrínsecamente vinculado a la idea federal por la naturaleza misma de la nación española. Si hay alguna nación en el mundo - hemos dicho en otro lugar- que por su naturaleza, su geografía, su historia y su cultura, requiera un estado democrático de estructura federal firmemente trabada, ninguno más que España.
La Constitución de 1978, que define a España como integrada por diversas nacionalidades y regiones, y reconoce a todas ellas el derecho a la propia autonomía, aunque no esté basada en una concepción federal del estado, contiene los principios necesarios para una buena solución del gran problema de nuestra complejidad nacional. De acuerdo con ella, los estatutos de autonomía son los instrumentos jurídicos que las nacionalidades o regiones históricas de España necesitan para la protección de su particular identidad.
Extender y consolidar el Gobierno democrático en todos los ámbitos del país. Respetar la personalidad de todos los pueblos hispanos y ayudar al desarrollo de sus respectivas culturas afirmando, a la vez, la integridad del conjunto español. Tales son las razones fundamentales de los estatutos que la Constitución de 1978 acertadamente establece. La primera se articula en torno a elementos objetivos (geográficos, económicos, legales ... ); la segunda, se basa en valores humanos no mensurables (memoria histórica, conciencia y voluntad colectiva de muchedumbres humanas ... ). En la apreciación de aquélla, conviene tener en cuenta la opinión de los expertos; en el enfoque de ésta, puede ser desastroso el consejo de tecnócratas carentes de adecuada sensibilidad.
*Para evitar confusiones entre la ciudad, la provincia y la región pluriprovincial del mismo nombre, los valencianos han decidido llamar a ésta País Valenciano, ejemplo válido para el antiguo reino de León y para el territorio no castellano del antiguo reino de Toledo, confusamente llamado Castilla la Nueva.
ANSELMO CARRETERO
«El País», 16 septiembre 1981
Anselmo Carretero, autor, entre otros libros, de Las nacionalidades españolas y La Personalida de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos, es tal vez el único tratadista que ha estudiado el fenómeno regional español en su conjunto con rigor desde una cuidadosa investigación histórica, sustrato imprescindible para toda construcción autonómica consistente. Anselmo Carretero ha vivido largos años de exilio en Méjico. Sus obras, editadas por primera vez en España en estos últimos años, han suscitado enorme interés.
(Nota redactada por «El País»).
martes, abril 04, 2006
Sentirse y ser
TRIBUNA
Carlos Arnanz Ruiz
Las recientes declaraciones del alcalde de Segovia aparecidas en EL ADELANTADO DE SEGOVIA de una parte y las réplicas y contrarreplicas de destacados dirigentes políticos de uno y otro signo, de la otra, me dan pie para, con todos los respetos, proponer a los lectores las siguientes reflexiones.
Dice nuestro alcalde que no se siente castellanoleonés y que se siente segoviano y español. Prosigue alegando que este sentimiento no lo ha vivido ni en su familia, ni en el colegio ni en la universidad o el ambiente social de esta ciudad. Más adelante se lamenta de que Valladolid (PP) nos quite más de lo que nos da y silencia las estimables inversiones que Madrid (PSOE) desvía para León, Zamora y Salamanca, con lo que Segovia queda fuera de la magnanimidad de unos y otros. Pero a mi juicio, no es cuestión de magnanimidad. Podríamos vivir incluso con un nivel de vida superior al de Suiza y siempre llevaríamos desventaja con respecto a otras comunidades, españolas o no, de ignorar lo que somos y andar a la greña con los sentimientos.
¿Qué somos y qué nos sentimos? La confusión que pesa sobre Castilla, lejos de aclararse, es cada vez más grande. Cualquiera que se acerque a un tema relacionado con este país, deberá tener en cuenta la idea que de él tiene su autor en según qué circunstancias; idea, por lo general equivocada. Así, por ejemplo, veamos algunas falsas concepciones de Castilla que tomo de un libro de Anselmo Carretero:
a) Suele llamarse Castilla la Vieja al conjunto de las provincias de Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila.
b) En algunos mapas se añaden a la anterior demarcación las provincias leonesas de Valladolid y Palencia.
c) A veces se llama Castilla la Vieja al conjunto anteriormente citado más León, Zamora y Salamanca.
d) Se suele llamar Castilla la Nueva a Madrid, Toledo, Cuidad Real, Cuenca y Guadalajara.
e) Es frecuente oír la expresión ambas Castillas para designar las seis provincias de Castilla la Vieja y las cinco de Castilla la Nueva. (a+d)
f) Con mayor latitud se incluye en ambas Castillas el conjunto de las dieciséis provincias castellanas, leonesas y manchegas.
g) Tras los Reyes Católicos al conjunto de Galicia, Asturias, León, Extremadura, Castilla, El País Vasco, Toledo y la Mancha, Andalucía y Murcia e incluso las Canarias.
h) Algunos nacionalistas catalanes, vascos y gallegos han dado en llamar castellanos a todos los españoles de lengua castellana.
Por último puntualiza que Castilla a secas está constituida por las provincias de Santander Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Ávila, Madrid, Guadalajara y Cuenca, con algunas variaciones en sus límites.
Esta Castilla a secas está fragmentada en la actualidad en, al menos, cinco partes: la provincia de Madrid convertida en comunidad del mismo nombre; Cantabria en lo que era Santander; La Rioja en lo que fue Logroño; Castilla y León con las provincias castellanas de Burgos, Soria, Segovia y Ávila mas las leonesas León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia; y finalmente Castilla-La Mancha con las provincias castellanas de Guadalajara y Cuenca más las manchegas de Toledo y Ciudad Real.
Tal embrollo que no se reduce a lo meramente descrito en estas líneas, es lógico que suscite sentimientos muy diversos y más o menos fundados o infundados. Propicia que cada ciudadano se sienta de una cosa, de otra o de nada. Nuestro alcalde salta, pues, del sentimiento segoviano al español porque el castellanoleonés es una entelequia y el castellano está notablemente disminuido. Pero ojo, una cosa es sentirse -me puedo sentir de la Casa de Alba aunque nunca heredaría- y otra muy distinta ser: se es lo que se es, de donde se ha nacido y eso sí es inamovible.
Y mientras en otras regiones sus habitantes adquieren una cada vez mayor conciencia regional o nacional que tanto monta porque es pura semántica, los castellanos andamos sumidos en la que Bosch Gimpera llamara una tremenda "ofuscación" que motiva el que nos perdamos en vanas disquisiciones de si somos o no somos o si nos sentimos o no galgos o podencos.
jueves, marzo 30, 2006
LA DISOLUCION DE DOS INSIGNES REGIONES (A. Carretero Diario 16 abril 1979)
LA DISOLUCION DE DOS INSIGNES REGIONES
Se dice tópicamente que en Castilla surgió Ia rebelión de las comunidades y, a la vez, que de todos los reinos de España, Castilla era la más susceptible de adaptación a las concepciones de la monarquía absoluta e imperial que Carlos V importaba de Alemania. También es lugar común la afirmación de que a partir de Villalar la defensa del Imperialismo español y las luchas contra la Reforma impusieron a España y "especialmente a Castilla", una sucesión de guerras agotadoras y que "la mentalidad imperial de los castellanos" sería muy útil a Carlos y a su hijo Felipe en estas luchas.
De nuevo el error y la mistificación envuelven el conocimiento y el análisis de los hechos históricos; porque todos los países de los reinos de León y de Castilla, ésta y el País Vasco fueron siempre, por origen y desarrollo, los más reacios a la idea del absolutismo imperial, con la que también eran incompatibles, por su régimen constitucional y su historia, los pueblos de la corona catalano-aragonesa..
Contra la opinión interesada en presentar aquella vasta rebelión como una lucha por mantener la tradición medieval a favor de los privilegios feudales y opuesta a la idea del Estado moderno propugnada por Carlos V - opinión ampliamente divulgada durante la larga etapa dictatorial recién clausurado -, los modernos investigadores han puesto de manifiesto las tendencias progresistas de los comuneros, contrarias al poder absoluto del emperador, La mayoría de los alzados no trataba de regresar al medievo, sino de establecer un Gobierno constitucional. Eran pues, los "populares” o "comuneros" quienes aspiraban a un Estado moderno, adelantándose a los ingleses en el camino hacia un régimen de gobierno por el pueblo..
Por un Estado Moderno
En aquella revolución se pone ya claramente de manifiesto por parte de los "comuneros" más consecuentes un sentimiento nacional español, que lejos de caracterizarlos de "retrógrados", como han tratado de hacerlo la historiografía franco-falangista, era un paso precursor hacia el moderno Estado nacional.
En cuanto a la sucesión de guerras agotadoras que la defensa del Imperio español y las luchas contra la Reforma impusieron a España, no recayeron más sobre las espaldas, la sangre y las haciendas de los castellanos que sobre los restantes pueblos de las coronas unidas de León y de Castilla (gallegos, andaluces, leoneses, murcianos... ).
Es, pues, causa de graves errores atribuir confusamente a las "comunidades de Castilla" acontecimientos históricos que se desarrollaron en todo el ámbito geográfico de los países de los reinos de León y de Castilla. El toledano Juan de Padilla, el segoviano Juan bravo y el salmantino Francisco Maldonado, ejecutados en Villalar, figuran justamente en los anales de nuestra historia como mártires de una causa que los pueblos todos de España siempre recordarán; pero no es justo olvidar aquellos otros comuneros que, en diversos lugares de la Península, dieron también sus vidas en la misma lucha, ni los muchos que, excluídos rencorosamente del "perdón del emperador", sufrieron cruel prisión, salieron al destierro o quedaron en la miseria por haberse incautado de todos sus bienes el fisco real. Recordemos, por ejemplo, que poco antes de Villalar cayó en Vitoria la cabeza de Gonzalo de Barahona, y que en 1524 murió en la prisión de Burgos y fue enterrado con los grilletes que llevaba en los pies, Pedro López de Ayala, capitanes ambos de los "comuneros" alaveses.
Solidaridad
El recuerdo de la revolución de las "comunidades de Castilla" ha servido de pretexto para torpes comentarios, que nada favorecen la solidaridad nacional entre los pueblos de España. Así se habla del "egoísmo" de Navarra y de los países de la corona catalano-aragonesa al dejar solos a los "castellanos" en su lucha contra el emperador; olvidando que la conciencia de una gran Nación española estaba aún lejos de ser general (13). Navarra y los países de la corona de Aragón no consideraban como asuntos propios los pleitos que los otros reinos de España tuvieran con el monarca; como estos reinos tampoco se solidarizaron con los aragoneses, catalanes, valencianos y mallorquines cuando en los dos siglos siguientes lucharon en defensa de sus libertades. Los autores de tales comentarios pasan además por alto que los súbditos de las coronas de Navarra y Aragón mal podían sentirse obligados a solidaridad con los alzados de los reinos de León y de Castilla cuando muchas partes de estos se mantenían en el campo del emperador. Olvidan a la vez acontecimientos como las "germanías" de Valencia y Mallorca, contemporáneas de las "comunidades" y no menos dignas de recordación que éstas; e ignoran tal vez los alborotos que se produjeron en Zaragoza cuando el pueblo impidió que los nobles aragoneses enviaran tropas en ayuda de los imperiales, proclamando que Aragón no debía ayudar a quienes querían quitar sus libertades a Castilla.
La genérica atribución del nombre castellano a la "guerra de las comunidades" y el hecho de que muchos de sus episodios ocurrieran en tierras leonesas; León, Zamora, Toro, Salamanca y especialmente la actual provincia de Valladolid (la misma ciudad, Medina, Tordesillas, Torrelobatón y Villalar) (14) Son dos de los apoyos histórico-geográficos de esa visión de Castilla, centrada en la Tierra de Campos, donde la "generación del 98" creyó encontrar las esencias de lo español.
Aceptada por la burguesía agraria de la cuenca media del Duero, potenciada políticamente por el falangismo y divulgada desde 1939 por la enseñanza y la propaganda oficial, esta distorsionada visión amenaza disolver en un híbrido conglomerado castellano-leonés dos de las más antiguas e insignes regiones históricas o nacionalidades de España en el Momento en que las restantes hermanas (15) inician un prometedor renacimiento de la propia personalidad,
(15) Hay también en proyecto otra híbrida región castellauano-manchega, que aglomerar la la región de Toledo y La Mancha (antiguo reino de Toledo o Castilla, la Nueva) con tierras vecinas de Castilla y de Murcia.
(13) En realidad se manifiesta por primera vez con todo vigor cuando la invasión napoleónica, en 1808.
(14) No porque fueran más "comuneras" que el resto de las comarcas alzadas, sino porque precisamente allí estaban los poderes de la corona y los personajes que la representaban; la reina Juana, en Tordesillas, y los delegados del emperador en Valladolid.
Algunos comentaristas consideran grave error de los comuneros el haber llevado la lucha al campo enemigo, en lugar de haberse hecho fuertes en sus baluartes de Toledo. Segovia y Madrid, política y militarmente más sólidos que la llanura de Campos.,
Ciudad de México 1979
Anselmo Carretero Jimenez
Diario16 abril 1979
martes, marzo 28, 2006
REVOLUCION ANTISEÑORIAL (Ansemo Carretero Diario16 abril 1979)
REVOLUCION ANTISEÑORIAL
El gran poder señorial era la característica socioeconómica predominante en la mayoría de los países de la corona castellano-leonesa, tanto en los del viejo tronco de León (Galicia, Asturias, León y Extremadura) como en los de La Mancha, Andalucía y Murcia; pero no en Castilla propiamente dicha, donde las viejas instituciones democráticas y comuneras luchaban a la defensiva contra los continuos ataques del poder real y de las grandes jerarquías de la Iglesia y las oligarquías cortesanas aliadas al trono; ataques que se habían intensificado durante el reinado de Isabel I. Los vascos defendían también celosamente sus instituciones forales. En algunos lugares, como Burgos y Medina del Campo, trataba de afianzarse una incipiente burguesía mercantil.
Contra lo que suele afirmar la historiografía cortesana, los Reyes Católicos no "combatieron a la nobleza para proteger al pueblo". Su propósito era, sobre toda otra cosa, afirmar y extender el poder de la Corona; ayudando a los nobles que a él se plegaban y combatiendo a los que se le oponían. En Castilla, donde no había existido una poderosa aristocracia, los Reyes Católicos la fomentaron para contrarrestar el poder de las instituciones populares y medrar a costa del patrimonio comunero. La secesión de los pueblos del sexmo de Valdemoro y parte del de Casarubios (Chinchón, Villaconejos, Valdelaguna, Seseña, Ciempozuelos, San Martín de la Vega, Brunete, Quijorna... entre otros, todos ellos de la Comunidad de la Ciudad y Tierra de Segovia, hoy de las provincias de Madrid y Toledo), con brutal ofensa de la justicia y quebrantamiento de lo jurado, para entregarlos en vasallaje a los marqueses de Moya, por ella ennoblecidos en pago de su decisiva participación en el golpe de Estado que la elevó al trono (7), puede señalar, como hito memorable, el comienzo del absolutismo real en Castilla (8).
Como remate de las Cortes de Santiago y antes de salir para el extranjero, el rey nombró regente durante el tiempo de su ausencia a Adriano de Utrecht, designación que colmó el disgusto popular., En muchos lugares estallaron motines contra los procuradores que, cediendo a la coacción o al soborno y contrariando el mandato recibido, habían aprobado el subsidio real. En Segovia, el pueblo castigó con la muerte la traición del procurador Rodrigo de Tordesilla y linchó a dos recaudadores de impuestos.. Se produjeron levantamientos en otras ciudades. A finales de julio quedó constituida en Avila la Junta General o Junta Santa (porque su causa era la del pueblo y la justicia y, por tanto, de Dios), que sería la máxima autoridad común de lo que ya se había convertido en un amplio alzamiento contra la autoridad real.
El movimiento de las comunidades comenzó a transformarse en una revolución antiseñorial cuando los representantes del pueblo llano impusieron su hegemonía en la Junta de Avila (9). En agosto, Antonio de Fonseca, capitán general de los Ejércitos imperiales, ordena arrasar con fuego Medina del Campo, uno de los centros mercantiles más importantes de los reinos de León y de Castilla, cuyos habitantes se habían negado a entregarle la artillería allí guardada y que él requería para aplastar la sublevación de Segovia. La noticia de este incendió provocó la solidaridad y la cólera de otras ciudades y villas, que acataron la autoridad de la Junta. Sin embargo, muchas otras partes de estos reinos permanecieron leales al emperador. la mayoría de los nobles y los vasallos de los grandes señoríos se incorporaron a los Ejércitos imperiales.
Las discusiones y los choques de intereses encontrados que se produjeron en la Junta de Avila ponen de manifiesto la heterogeneidad política y social del movimiento comunero.
La lucha por la dirección de la Junta entre los moderados que representaban los intereses de la nobleza y de las oligarquías urbanas del país, que hasta entonces se habían opuesto al emperador y sus protegidos extranjeros, y los radicales procedentes de las bases populares provocaron vacilaciones, abandonos de bando que a la larga determinaron la derrota final de la revolución comunera en el campo de Villalar el 23 de abril de 1521 (10).
La revolución, generalmente llamada de "las Comunidades de Castilla", ha sido y sigue siendo causa de muchas confusiones en la historia castellana. Según unos autores aquello fue una explosión nacionalista; según otros, un movimiento social; muchos la presentan como un estallido de contiendas entre señores feudales y de éstos con la corona.. Y de todo hubo realmente en aquellas hondas alteraciones. El embrollo proviene en gran parte de confundir países, pueblos, instituciones y antecedentes históricos, como si Galicia, Asturias, León, Extremadura, Castilla, el País Vasco, Toledo, Andalucía y Murcia fueran un todo homogéneo.
Ferrer del Río ya percibió la complejidad de aquel levantamiento: "Sin que redundara en provecho de ellas -dice refiriéndose a las comunidades alzadas-, hubo además trastornos en Galicia. Badajoz y Cádiz se agitaron también en aquel tiempo; más como el elemento popular estaba poco desarrollado en Extremadura, su levantamiento vino a ser una lucha entre nobles; lo mismo que en Andalucía, donde Ubeda, Jaén, Baeza y Sevilla fueron teatro de sangrientas escenas promovidas por los bandos de Carvajales y de Benavides, de Ponce de León y de Guzmanes (11l). Ningún apoyo directo sacaron las ciudades castellanas de la convulsión de las poblaciones extremeñas y andaluzas; tampoco salió de ellas robustecido el poder del trono, porque en los disturbios de los magnates no se trataba de obedecer, sino de quien había de mandar. Y es cierto que, predominando la independencia feudal entre los andaluces y extremeños, alzados los castellanos en defensa de sus fueros municipales, pudo decir exactamente un contemporáneo de aquellas turbaciones "que desde Guipúzcoa hasta Sevilla no se encontraba población donde fuese acatada la voz de Carlos V."
Párrafo escrito en 1850 que aún tiene gran interés y sobre el cual conviene hacer algunas precisiones. Ferrer del Río -como en general todos los historiadores, con la excepción de algunos hijos de tierra comunera- confunde las comunidades de ciudad o villa y tierra con los municipios, instituciones que el preciso distinguir en la historia castellana. Sus agudas observaciones sobre Andalucía y Extremadura son extensibles a todos los países de la corona de León, pues las estructuras sociopolíticas andaluzas y extremeñas son prolongación por el sur de la Península de las genéricamente leonesas; y lo mismo se puede decir de las toledanomanchegas y las murcianas. Por ello, porque el elemento popular tenía poca fuerza en León, aunque más que en Andalucía, Extremadura, La Mancha y Murcia -y más también que en Asturias y Galicia-, los grandes señores fueron principales protagonistas en las tierras leonesas. En León, la lucha fue en gran parte una contienda entre Guzmanes y Lunas; en Zamora, donde el obispo, por móviles personales tomó bando con ardor, se manifestaron las rencillas entre éste y la casa de Alba de Liste; en Valladolid, ciudad con abundante clase media funcionarios, comerciantes, renteros y artesanos- que participó muy activamente en la lucha, brotaron también rivalidades entre el conde de Benavente, Girón y el Almirante; en Palencia terminó imponiéndose el poder señorial del obispo (12). . . En Salamanca y Medina del Campo es donde, dentro del reino de León, el movimiento presentó carácter ampliamente democrático: En aquella probablemente por herencia de la vieja comunidad y por influjo intelectual de la Universidad; por su condición de importante centro mercantil en Medina, municipio sin comunidad con otros, que tuvo trato comercial con el extranjero y algunas semejanzas con las ciudades hanseáticas, lo que le dio un espíritu de independencia burguesa que se refleja en el lema de su escudo: "Ni el rey oficio, ni el Papa beneficio".
En Toledo el alzamiento tuvo el carácter de una frontal rebelión contra el absolutismo imperial, que se manifiesta en una carta del cardenal Adriano de Utrecht a Carlos V en la que le informa que los de Toledo se afirman pertinazmente por gobernarse en libertad. En Segovia, donde aún quedaban vivas muchas raíces democráticas auténticamente comuneras, la rebelión fue amplísimamente popular y la solidaridad alcanzó niveles no igualados en ningún otro lugar; en ella participaron tanto la Ciudad como los pueblos de la Tierra. Otro tanto ocurrió en la Comunidad de la Villa de Madrid y su Tierra. También secundaron el movimiento las merindades de Castilla Vieja, en las montañas de Burgos (hoy provincia de Santander). Hubo luchas en Guipúzcoa, donde la mayor parte de las ciudades se enfrentaron al corregidor nombrado por el Consejo Real. En Alava el conde de Salvatierra, jefe de los comuneros alaveses, fue nombrado por la Junta capitán general del Norte de España.
(7) A los "condes de Chinchón" pasó después la herencia de este presatorio atropello, famoso en la historia segoviana.
(8) Manuel González Herrero: "Segovia: Pueblo, Ciudad y Tierra" (Segovia, 1971). Esta interesante monografía es la mejor historia hasta la fecha publicada sobre una auténtica comunidad castellana.
(9) Aunque fueron elegidos presidentes el caballero toledano Pedro de la Vega y el deán de Avila, existía en medio de la reunión un pequeño banco donde se sentaba un tal Peñuelas, pelaire de la ciudad, que con una vara en la mano indicaba al orador que podía usar la palabra, lo que muy a mal tomaron los señores principales allí presentes
(10) Año de la conquista de México-Tenochtitlán por las tropas de Cortés y sus aliados tlaxceltecas.
(11) Es de notar la estirpe leonesa de todos estos apellidos
(1 2) El obispado de Palencia, como el abadengo de Sahagún de Campos, fue uno de los poderosos señoríos eclesiásticos de la región leonesa. El obispo palentino ganó a la ciudad el pleito sobre la prerrogativa del voto en Cortes.
Anselmo Carretero Jimenez
Diario16 abril 1979
viernes, marzo 24, 2006
El Ayuntamiento estudiará una distinción para honrar a González Herrero
S.A. - Segovia
El pleno municipal aprobó anoche una moción, presentada de forma conjunta por todos los grupos, para que la Comisión de Gobierno Interior estudie aquellas distinciones para honrar la memoria del abogado y escritor recientemente fallecido, Manuel González Herrero.
El alcalde, Pedro Arahuetes, intervino para recordar que han sido numerosas las voces que se han alzado para pedir un acto de reconocimiento de la ciudad en favor de Manuel González Herrero; subrayando que todos los grupos se han unido para estudiar la mejor distinción.
En el preámbulo de la moción, firmada por los tres portavoces de los grupos, se afirma que Manuel González Herrero “representa el alma de la esencia segoviana. A través de la palabra y de la historia, junto a sus fieles amigos, hizo resurgir una cultura castellana, durante siglos adormecida y silenciada”.
Asimismo, los grupos municipales subrayan en la moción que González Herrero durante toda su vida supo penetrar en todos los rincones de la tierra y de los sentimiento segovianos” y “durante decenios sirvió a miles de segovianos a resolver sus entuertos, buscando siempre el entendimiento”.
“La ciudad de Segovia y su tierra —reza el texto de la moción— desean que la memoria de Manuel González Herrero perdure en el tiempo, para que sirva de testigo en el encuentro de Segovia con la que él nos hizo soñar”.
El abogado e historiador Manuel González Herrero, antiguo decano del Colegio de Abogados de Segovia y ex director de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, institución de la que era académico de número, falleció en la madrugada del 14 de febrero en el Hospital General de Segovia, cuando contaba 82 años de edad.Nacido el 12 de noviembre de 1923, González Herrero fue nombrado Hijo Predilecto de la provincia de Segovia por la Diputación Provincial en mayo de 2004.
A la muerte de don Manuel González Herrero
TRIBUNA
Moisés Olmos
Ha muerto don Manuel (González Herrero) ¡qué pena!. Me viene a la boca el verso de un poema que, ya enfermo le dediqué: …/Hombres hay que no debieran morir y les hay que no debieran haber nacido/. (Expresión literaria).
Don Manuel ha honrado a Segovia, como a pocos les ha sido dado hacer siempre que me fue dado oírle lo celebre. ¡Qué elocuencia!, ¡qué elegancia!, ¡cuánta emoción en su verbo…!
Estuvo en la presentación de “Canto al abuelo”, al final me abrazó y me dijo: “Jodío, casi me hacer llorar en la vivencia de tu abuela”.
A su gran capacidad intelectual debe el no haber sido víctima de los rencores de la fuerza con menos motivos las han alimentado muchos.
Lo último que le oí decir un día que uno de mis artículo en El Adelantado, le llevó a llamarme por teléfono, me dijo: “Yo no sé qué piensan estas izquierdas que nos gobiernan. Nunca hemos vivido mejor y nunca hasta ahora los gobiernos democráticos españoles han durado tanto”.
¡Adiós! amigo Manolo. He enterrado a dos hermanos y siempre he dicho que con ellos algo mío enterraba. Contigo, no siéndolo, igualmente, algo mío entierro. Ya no podrás leerme. Siempre me dijiste que “leías todo lo mío”.
Descansa en la gran paz que mereces.
Hasta luego, tocayo... (Con mi agradecido recuerdo y mi admiración por Manuel González Herrero, un “grande” de Segovia)
TRIBUNA
MANUEL FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ
Aunque notaba cómo la pérdida de tu querida esposa minaba tu ánimo y tu físico, que no tu vitalidad intelectual tan bien entrenada de libros, conferencias, colaboraciones en diversos medios, presentaciones de libros y otros eventos culturales, nunca supe que marcharías tan pronto a ese “atardecer de la vida en que nos examinarán del amor”, tribunal de la auténtica Justicia, en la que creías, y de la que aquí fuiste tan destacado administrador. Pues ya lo ves, Manolo, cómo el Cielo hace justicia, que aquí han comprobado tus hijos el cariño, aprecio y admiración que toda Segovia, esta tierra y estas gentes, paisaje y paisanaje por los que tanto trabajaste, te tienen, y sobre todo, ahora junto a Julia, disfrutas el premio de tu paso por este valle ejerciendo tu hombría de bien y tu papel de cristiano creyente y consecuente.
Manolo, tocayo, como gustabas saludarme, agradezco muchas cosas, la primera el obsequio de tu amistad, después, y todo por esta amigable relación, haber confiado los primeros años de educación de tus hijos, en el que yo siempre llamo “mi” Colegio “Villalpando”, haberme asesorado muy eficazmente en consultas de juzgados, favor que te intenté reconocer ayudándote en peritajes de firmas, como “experto en caligrafía”, que tantas he visto; y quedan otras dos facetas en las que una yo no he cumplido “todavía”, y la otra que tú no llegaste a poder cumplir.
Te tomaste la molestia, con tu tiempo de veinticuatro horas diarias ocupadas, de leer mi libro “Segovia desde mi ventana”, en línea de salida para su publicación, particular paseo por esta Segovia que tú tan bien conocías y tanto amabas y defendías, y me dedicaste párrafos tan bonitos como:” ...la de escritor sensible, en definitiva un poeta, que siente y transmite el pálpito, la emoción, la vibración profunda de los seres y de las cosas del ayer, del hoy y -se presiente- del mañana. Son la sensibilidad, la emoción y el entusiasmo los hilos impalpables, pero sólidos y efectivos que forman la urdimbre, el tejido, el hilo conductor de este libro”. Me queda el pesar de que tal vez por algo de indolencia no se haya publicado ya, siendo como era mi deseo, y pienso que hasta te habría agradado, tú quien me lo hubieses presentado, y eso que pierdo, pues en tus numerosas presentaciones se agolpaba un público más ávido de tu entusiasmo y apacible verbo que por el nuevo libro. Tu prólogo junto al informe de D. Luis Felipe de Peñalosa y Contreras, que avaló así, entre otros favorables consejos: “El volumen, que deberá ir encuadernado con el decoro conveniente, que resultaría muy adecuado para obsequiar a personalidades que visiten nuestra ciudad e igualmente como propaganda de las bellezas de las mismas”, serán mi mejor aval.
El regalo que no pudiste cumplir fue el panegírico a Aniceto Marinas, otro singular artista y prohombre segoviano, al que cada Domingo de Pascua la Cofradía de “Ntrª. Srª. de La Soledad al Pie de la Cruz y el Stº. Cristo en su Última palabra”, recuerda en su rincón de los Jardinillos de San Roque, pues nos diste palabra de que este año serías tú quien recordase las virtudes del insigne escultor y sensible imaginero y sobre todo hombre honesto y cristiano cabal, que nos dejó las dos singulares imágenes de nuestra devoción en San Millán, parroquia que también elegiste para darnos el último adiós en este valle.
Hasta luego, tocayo.
Descansa en la luz eterna.
jueves, marzo 23, 2006
El alcalde de Segovia afirma que se siente segoviano pero no castellanoleonés
Arahuetes cree que la falta de inversiones por parte de la Junta en Segovia no contribuye a generar un sentimiento en la ciudadanía de identificación con la Comunidad Autónoma
El Adelantado - Segovia
El alcalde, Pedro Arahuetes, ha vuelto a sorprender con sus declaraciones. Si hace unos días descalificó duramente al PP, por lo que tuvo que pedir disculpas, ayer tuvo un nuevo arranque de sinceridad y aseguró, en sintonía con lo manifestado en un programa de una televisión local, que “personalmente, yo no me siento castellanoleonés”.
Arahuetes aclaró a esta Redacción que se trata de una opinión personal, ajena al cargo que ocupa, como el ser o no simpatizante de un equipo de fútbol. “Al igual que puedo ser del Real Madrid o del Barcelona y eso no tiene nada que ver con el cargo que desempeño (..) yo no me siento castellanoleonés, porque es un sentimiento que no lo he vivido, ni en mi familia, ni en el colegio, la universidad o el ambiente social de esta ciudad”, dijo Arahuetes, para señalar que “me siento segoviano y español, pero no castellanoleonés, porque no lo siento”.
El alcalde, el principal artífice de la recuperación para los actos oficiales del “Himno a Segovia”, de Carlos Martín y Luis Martín García Marcos, manifestó que, a su juicio, un porcentaje elevado de segovianos tampoco se siente castellanoleonés, aunque “es una creencia, no tengo datos estadísticos”.
Arahuetes apuntó que la actitud de la Junta de Castilla y León hacia Segovia no contribuye a generar un sentimiento de identificación por parte de los segovianos. “Valladolid nos quita más que nos da, lo estamos viendo, todos los proyectos, todas las inversiones van a Valladolid, a Segovia no llega absolutamente nada”, subrayó Arahuetes quien indicó, dejando entrever un trato desigual o discriminación hacia Segovia, el hecho de que ningún organismo público de la Junta tenga su sede en la capital segoviana o que la administración regional haya propiciado la construcción de palacios de exposiciones y congresos en todas las capitales de la región menos en Segovia.
“Nos han circunscrito a una Comunidad Autónoma, territorialmente estamos aquí y desde el punto de vista administrativo tenemos que convivir con la Junta, Valladolid y el resto de ciudades que componen la Comunidad Autónoma (...) personalmente no me siento castellanoleonés y como alcalde de Segovia intentaré que las relaciones con la Junta sean las mejores posibles para conseguir el mayor número de inversiones”.
Tras reconocer como un “hecho indiscutible” que Segovia ha vivido de cara a Madrid, el alcalde señaló que “me gustaría sentirme castellanoleonés y que Castilla y León hiciera más inversiones, el sentimiento en esta ciudad está fracasando porque no vemos que la Junta tenga un protagonismo importante a nivel económico o social, no vemos que haya actitudes”.
martes, marzo 21, 2006
IN MEMORIAM
TRIBUNA
Manuel Pajón de la Cruz
En la noche triste y sombría de la madrugada del martes 14 de febrero de 2006, nacía una nueva estrella. Al mismo tiempo expiraba en el Hospital General de Segovia don Manuel González Herrero.
Cumplida ya su andadura terrenal, renacía a un nuevo plano de conciencia. Despojado de sus ropajes de barro y agua, ya ligero de equipaje ocupaba el lugar que le corresponde en nuestro firmamento segoviano.
Su vida, a fuer de ser sencilla, es irrepetible, casi imposible de imitar. Como todos los grandes hombres, durante su existencia, se dedicó a cultivar apenas tres o cuatro principios: amor a la justicia, defensa del más débil, pasión por la verdad. Pero lo ha hecho con tanta constancia, con tanto tesón y ahínco, que poco a poco, amén de brillar por ellos, su personalidad se ha visto nimbada de un gran ramillete de cualidades: coherencia, serenidad, valentía, honestidad, compasión, alegría, cordialidad de la cuerda del corazón.
Sus acciones, sin que él lo pretendiera, se convertían en sillares que indefectiblemente aumentaban el tamaño del pedestal de su leyenda.
Siempre hay, en cada generación, algunos hombres, muy pocos, que por su grandeza y generosidad justifican la existencia de los demás. Don Manuel es uno de ellos.
Su legado es tan enorme que es patrimonio no solo de quienes le conocimos, ni de quienes le conocerán a través de sus escritos, sino de toda la Humanidad.
Hay hombres como él, que tienen tanta fuerza y brillan con tanta intensidad, que si estás en su sintonía, aunque no estés en su presencia, te traspasan y te conmueven.
Andando los años, manteniéndose firme en sus convicciones, poco a poco, apenas sin darnos cuenta, este hombre inteligente se ha convertido en un hombre sabio. Si al principio sus acciones eran regidas por su finísima inteligencia, más tarde eran dictadas por su enorme corazón.
Era tanta su entrega y tan grande su capacidad, que todo lo que emprendía lo hacía de manera superlativa. Y no es extraño que su amor, y no olvidemos que amor es respeto, abarcaba, no solo la devoción que sentía por su esposa doña Julia, o el cariño por sus hijos: Manuel, Joaquín, Julia, Juan Pablo. Y por su fiel escudero Feliciano, sino que además lo extendía a su profesión, a sus compañeros de Leyes, y de la Academia de Historia y Arte de San Quince, y sobre todo a los pueblos y villas de su amadísima Comunidad.
Uno se intimida y piensa que un hombre de letras, versado en leyes, y de estudios profundos, tiene que ser necesariamente grave y solemne.
En nuestro caso nada más lejos de la realidad. El contacto con don Manuel, tan cercano y de tan fina ironía, resultaba estimulante y divertido. Para mí esos instantes eran mágicos e irrepetibles.
Este hombre universal aprendió muy bien lo que decían las primeras páginas del libro de su vida: saber vivir.
Por eso ahora, al morir casi sin hacer ruido. Como dice su hijo Joaquín, casi pidiendo perdón por las molestias. Nos ha dicho mucho. Sin decir nada.
El PP pide que una calle reciba el nombre de Manuel González Herrero

Juan Manuel Martínez propone realizar un homenaje póstumo al historiador y abogado
María Coco - Segovia
“Es un homenaje más que merecido para una persona que ha hecho mucho por Segovia”. Con estas palabras el concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento, Juan Manuel Martínez, indicó ayer que el grupo popular propone que una calle de la capital reciba el nombre de Manuel González Herrero.
A través de la página web www.segovia.ciudadanos.net, el edil popular lanzó la propuesta el pasado miércoles, solo un día después de la muerte del que durante 25 años fuera decano del Colegio de Abogados de Segovia y del también ex director de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. “Me alegra ver que otros segovianos también se han sumado a la iniciativa”, explicó ayer el popular que indicó que confía en que se produzca el consenso necesario entre todos los grupos políticos para rendir un homenaje al Manuel González Herrero. “El Ayuntamiento está en deuda con su figura”, consideró tras recordar el homenaje que recibió hace unos meses en la Diputación Provincial.
A su juicio, la calle podría situarse en las nuevas zonas de expansión de Segovia: “Es un homenaje póstumo, igual que la propuesta en internet cuyo objetivo —reconoció— es que la gente muestre y exteriorice sus sensaciones tras la pérdida de esta personalidad”.
El abogado e historiador falleció en la madrugada del pasado martes, 14 de febrero.
LA PRIMERA REVOLUCION MODERNA EN ESPAÑA. (Ansemo Carretero, Diario 16 abril 1979)
LA PRIMERA REVOLUCION MODERNA EN ESPAÑA
Formar comunidad es, en lenguaje llano, agruparse para una acción en común, y alzarse en comunidad, levantarse colectivamente, como lo hicieron las comunidades que se formaron en los comienzos del reinado de Carlos I en muchos lugares de los reinos de León y de Castilla para oponerse a los propósitos y modos de gobierno del nuevo rey y sus cortesanos extranjeros.
Fue aquella revolución un fenómeno sumamente complejo en el que concurrieron muy diversos y aún contradictorios factores., En él se produjeron a la vez generosos actos patrióticos y revolucionarios y acciones guiadas por móviles egoístas o impulsos reaccionarios; de tal manera que no sólo hubo oposición entre "comuneros" o "populares" y "realistas" o "imperiales", sino también antagonismos y contradicciones de intereses e ideales dentro de un mismo campo. De todos modos, este movimiento puede interpretarse en conjunto -de acuerdo con J.A ' Maravall J.I. Gutiérrez Nieto y Joseph Pérez, sus más recientes investigadores- como la primera revolución moderna de España, y aún de Europa, y constituye uno de los capítulos más nobles y hermosos de nuestra historia nacional.
La "revolución de las comunidades" afectó en general, aunque de muy diversa manera, al conjunto de los países de los reinos de León y de Castilla, en todos ellos hubo realistas y partidarios de la insurrección; aquéllos predominaron en las zonas de mayor arraigo feudal, éstos en las de mayor tradición democrática y comunera. No fue, pues, un alzamiento propiamente comunero ni exclusivamente castellano.
Veamos algunos de sus aspectos: Las Cortes de los reinos de León y de Castilla se reunieron en Valladolid en febrero de 1518 para el juramento de don Carlos, lo que ya suscitó acaloradas discusiones, pues los procuradores de muchas ciudades exigieron que el rey jurase antes de ser jurado.
Los votos de las ciudades
En 1520 el rey convoca a Cortes en Santiago de Compostela. Surgen protestas en Valladolid, Salamanca y Toledo. Reunidas las Cortes en la ciudad del Apóstol se les niega la entrada a los procuradores de Salamanca y se abstienen de presentarse los de Toledo. Siete ciudades se niegan rotundamente a otorgar el servicio solicitado por el rey si antes no son escuchadas sus peticiones; en vista de lo cual el monarca suspende las reuniones en Santiago y las reanuda en La Coruña, donde por fin consigue el servicio pedido con el voto contrario hasta el final de los procuradores de Córdoba, Madrid, Murcia y Toro, el dividido de Jaén (uno de cuyos procuradores se adhirió al criterio real y el otro al de la oposición) y las ausencias de los de Toledo y Salamanca.
Es de recordar que las ciudades con voto en las Cortes de los reinos de León y de Castilla eran entonces: León, Burgos, Toledo, Sevilla, Córdoba, Jaén, Granada (todas ellas cabeza de reino), Zamora, Toro, Salamanca, Soria, Segovia, Avila y Cuenca; y las villas: Valladolid, Madrid y Guadalajara. Dieciocho en total. Siete de ellas castellanas (5), cinco leonesas, cuatro andaluzas, una toledana y una murciana.
Los antiguos reinos de Asturias y Galicia - dice Colmeiro - llegaron a formar un solo cuerpo con el de León. Por esta perfecta asimilación de los tres reinos unidos, las ciudades y villas de Asturias y Galicia estaban representadas en las Cortes por los procuradores de la ciudad de León. Después, de manera inexplicable, la ciudad de Zamora se alzó con el privilegio de hablar por el reino de Galicia, y así lo hizo en las Cortes de Santiago y La Coruña de 1520 (6).
Origen leonés de las Cortes
Bueno también es recordar (o bueno sería aprender, puesto que la mayoría de los españoles lo ignoran) que las tan mentadas "Cortes de Castilla" no fueron por su origen castellanas, sino leonesas; razón por la cual la Real Academia de la Historia, en los grandes volúmenes que ha publicado sobre ellas, las llama “Cortes de los antiguos Reinos de León y de Castilla" (en plural, con doble preposición y conjunción copulativa, y el nombre de León por delante).
Si en León hubo verdaderas Cortes (con asistencia del estado llano) desde 1188, las primeras de que se tiene noticia cierta en Castilla son las reunidas por Fernando III en Sevilla en 1250. Las Cortes de León se reunían separadamente de las de Castilla; después se hicieron comunes, aunque algunas veces se reunían Cortes particulares y con frecuencia legislaban aparte para cada reino.
La vieja Castilla, la anterior a la unión de las coronas, no tuvo, pues, Cortes; ni sintió la necesidad de ellas. Esto, que puede sorprender a muchos, es una realidad histórica. Los pueblos castellanos - como los vascos -, organizados en comunidades autónomas unidas por el vínculo de una corona común con facultades limitadas, no tuvieron interés alguno en crear nuevos órganos de gobierno con intervención del poder real; pusieron, al contrario, gran empeño en mantener sus viejas instituciones comuneras. De nuevo nos encontramos con la necesidad de no confundir el desarrollo histórico de los pueblos del tronco astur-leonés con los del vasco-castellano.
La insurrección "comunera" comienza como una protesta contra el rey y sus cortesanos extranjeros, pero a medida que se extiende, se radicaliza y transforma en un alzamiento nacional y una revolución antiseñorial que divide al país en dos grandes campos: el realista, formado por los magnates y las oligarquías privilegiadas aliadas al trono; y el popular, compuesto por burgueses, artesanos, nobleza empobrecida, bajo clero, jornaleros y labradores; en este campo militan los municipios y las comunidades de ciudad o villa y tierra sublevadas.
(5) Los procuradores de las "ciudades" o "villas" castellanas lo eran en realidad de los concejos de las respectivas comunidades de ciudad o villa y tierra.
(6) La costumbre de achacar a Castilla todos los entuertos del pasado español y de confundir a ésta con la corona de León ha hecho que los escritores galleguistas presenten con frecuencia como ejemplo de sojuzgamiento de su pueblo por "Castilla" esta usurpación del voto gallego por los procuradores zamoranos; pero el error y el abuso quien una vez lo padece es Castilla. Al contrario del moderno embrollo "castellano-leonés" -que hoy amenaza liquidar la personalidad de Castilla-, la historia nos enseña la antigua identidad sociopolítica galaico-lenones. Gallegos son llamados todos los leoneses -incluidos los de Campos- en la literatura épica y en la historiografía castellana, mientras los geógrafos e historiadores árabes describen a León y a Zamora como las ciudades más importantes de la Galicia medíoeval, y presentan a Castilla y Alava corno un conjunto aparte.
Anselmo Carretero y Jimenez
Diario16 Abril 1979
viernes, marzo 17, 2006
La semilla de dos figuras irrepetibles

NUESTRA OPINIÓN
En sus “Diálogos”, Platón aseguraba que “cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo”. Esta frase del filósofo griego bien puede servir de consuelo a una provincia que esta semana ha perdido a dos de sus más ilustres convecinos como fueron el abogado y escritor Manuel González Herrero y el empresario Tomás Pascual.
En los últimos días, políticos, literatos, intelectuales, empresarios y personalidades de todos los estamentos sociales han prodigado elogios emocionados hacia ambos, significando con ello su arraigo en la sociedad que un día les vio nacer y de la que en ningún momento de su dilatada y exitosa trayectoria renegaron ni abjuraron.
Don Manuel hacía gala de su segovianismo y quiso elevar a la categoría de región a una provincia que consideraba que por historia y tradición debía ocupar lugar de privilegio en el mapa autonómico nacional. No dejó de escribir sobre su amada Segovia y en las estanterías quedan un buen número de ejemplos de su erudición sobre la provincia que ahora se convierten en legado impagable para las futuras generaciones.
En el ámbito profesional, en cualquier rincón de esta provincia, el nombre de este abogado amigo del diálogo, dominador de la oratoria y la retórica era sinónimo de garantía de éxito en cualquier proceso judicial, e incluso en las causas difícilmente menos defendibles, González Herrero ponía toda su sabiduría de experto penalista para bucear en los vericuetos legales que consiguieran reducir o acortar el perjuicio para su defendido.
Pero si González Herrero defendió e hizo valer el nombre de Segovia desde su despacho, Tomás Pascual lo hizo a través de la creación de un imperio empresarial que hoy emplea a más de 5.000 personas en toda España, surgido desde el trabajo, el esfuerzo y el tesón de un hombre que siempre mostró su agradecimiento a una provincia en la que mantiene una importante presencia. Su espíritu emprendedor, combinado con la campechanía de los castellanos viejos, hicieron que el apellido Pascual se asocie con la calidad en la industria alimentaria, por la que siempre veló y que le llevó a introducir en España técnicas revolucionarias de conservación de los productos lácteos que situaron a su empresa en la vanguardia mundial.
El Premio Nobel francés François Mauriac afirma en una de sus obras que la muerte “no nos roba a los seres queridos, al contrario, nos los guarda y los inmortaliza en el recuerdo”. Quizá para que la memoria fuera del todo indeleble, sería bueno que Segovia tuviera un testimonio perpetuo de la memoria de González Herrero en alguno de los lugares que él recorría y que él amaba. De esta forma, quizá su semilla pueda dar frutos de amor a esta tierra como los que él ofreció a su venerada Virgen de la Fuencisla en su último novenario. Los convecinos de Tomás Pascual ya han tomado la delantera en este sentido y comienzan a preparar algunas actividades paa recordar al empresario que con su esfuerzo, contribuyó a engrandecer el nombre de esta provincia.
miércoles, marzo 15, 2006
UNA CONFEDERACION DE REPUBLICAS POPULARES (A. Carretero Diario16, 16 abril 1979)
UNA CONFEDERACION DE REPUBLICAS POPULARES
Estas Comunidades son las que Costa ya consideró "materia digna de estudio que aún está por estudiar" y que ha sido generalmente ignorada por los historiadores españoles: hasta el punto de que cuando el bilbilitano don Vicente de la Fuente tomó por tema de su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia (1 86 1 ) las tres grandes de Aragón (Calatayud, Daroca y Teruel), causó "harta extrañeza -dice él mismo textualmente- entre la generalidad de los eruditos", pues la mayor parte de ellos no sabían que hubieran existido comunidades sino en Castilla y en tiempo de Carlos V, lo que era ignorar por completo las auténticas instituciones comuneras y confundirlas con entes o hechos totalmente diferentes o ajenos a ellas. También es preciso no confundir las comunidades castellanas y aragonesas con las juntas, ligas o confederaciones que los pueblos formaban con propósitos de interés común, como combatir a los malhechores o contrarrestar el creciente poder de los magnates, por lo que fueron combatidas por Fernando III y Alfonso X: ni con las hermandades que después se crearon en los reinos de León y de Castilla de acuerdo con la corona.
¿Qué eran estas instituciones que en el avance de la reconquista castellana durante la Edad Media se extienden hacia el sur, desde Nájera y Burgos, por las tierras castellanas y aragonesas de la antigua Celtiberia?
Estados autónomos
Tales comunidades -llamadas también universidades- de ciudad o villa y tierra eran verdaderas repúblicas populares que en el reino de Castilla y en el Bajo Aragón poseían los atributos de los Estados autónomos dentro de una federación, por lo que un historiador gallego ha podido escribir que en aquellos tiempos "Castilla parecía una confederación de repúblicas trabadas por un superior común, pero recogidas con suma libertad, donde el señorío feudal no mantenía a los pueblos en penosa servidumbre".
El régimen democrático de la vieja Castilla tenía por base estas comunidades o universidades, por encima de las cuales estaba el rey -como superior poder común, con atribuciones bien definidas- y por debajo el municipio, autónomo en su esfera municipal.
Las comunidades castellanas y aragonesas eran en su esencia democrática análogas a las primitivas repúblicas vascongadas, a las instituciones populares de la Castilla cantábrica -cuna de Castilla y del Estado castellano- y a las de algunas comarcas de Navarra (como la Universidad del Valle del Baztán y la Comunidad del Valle del Roncal). En Castilla las encontramos en la Rioja y Cameros y en las tierras del Alto Duero, el Alto Tajo y el Alto Júcar: Nájera, Ocón, Burgos, Roa, Pedraza, Sepúlveda, Cuéllar, Coca, Arévalo, Piedrahita, la grande de Avila -con más de doscientos pueblos-, Madrid, Ayllón, la grande de Soria -con más de ciento cincuenta pueblos-, Almazán, Agreda, Atienza, Jadraque, la grande de Segovia -más de ciento cincuenta pueblos-, Guadalajara, la grande Cuenca ... donde se desarrollan vigorosamente hasta la unión de las coronas de León y de Castilla.
Las comunidades castellanas más importantes eran las de Soria, Segovia -la más fuerte, rica y mejor administrada de Castilla, dice de ella el aragonés De la Fuente-, que se extendía por ambas vertientes de la sierra de Guadarrama, Avila y Cuenca. La de Sepúlveda es muy famosa por su fuero, que se menciona como ya vigente en la época condal y cuyo espíritu se extiende no sólo por la Extremadura castellana, sino por el Arag6n comunero: el de las comunidades de Calatayud, Daroca, Teruel y Albarracín., La villa de Madrid fue cabeza de una pequeña -pero muy activa- comunidad, creada por los conquistadores y repobladores segovianos que en ella se establecieron.
Las repúblicas comuneras eran instituciones con funciones políticas, económicas y militares mucho más amplias que las correspondientes a la vida estrictamente municipal: por ello y porque los concejos comuneros tenían jurisdicción sobre los de las aldeas o pueblos de su territorio, es preciso no confundirlas con los simples municipios o concejos municipales -más o menos democráticos- que existían en gran parte de España, incluida la propia Castilla (2).
Características de las repúblicas comuneras
A continuación exponemos brevemente sus principales características:
· Ocupaban un territorio, de extensión muy variable, sobre el que tenían soberanía libre de todo poder señorial.
· El poder de la comunidad emanaba del pueblo. Los órganos de gobierno, municipales y comuneros, eran en Castilla los concejos elegidos por todos los vecinos con casa puesta, lo que los vascos llaman por voto fogueral o por hogares, y los catalanes per focs.
· El territorio de la Comunidad -excluido el de la Ciudad o Villa cabecera- solía llamarse la Tierra. Cuando ésta era muy grande se dividía en distritos que abarcaban varios pueblos, a los efectos de nombrar representantes en el Concejo de la Comunidad (en la de Segovia, estos distritos recibían el nombre de sexmos y sus representantes o procuradores el de sexmeros).
· Las comunidades tenían leyes y jurisdicción única para todo su territorio.
· Los municipios de la tierra disfrutaban de autonomía local.
El concejo de la comunidad ejercía la función de medianero o derecho de dirimir contiendas entre ellos o entre vecinos de diferentes municipios,
· Los ciudadanos de las comunidades castellanas y aragonesas eran todos iguales ante la ley, sin distinciones por causa de linaje o riqueza ("el rico, como el alto, como el pobre, como el bajo, todos hayan un fuero e un coto", dice el Fuero de Sepúlveda). Restricción frecuente era que para ocupar algunos cargos del concejo -como el de capitán de milicias- había que ser caballero; pero en las viejas comunidades castellanas se entendía sencillamente por tal al que mantenía caballo con armas para la guerra.
· En los fueros de algunas comunidades aparece un señor -"Señor de la Villa"- funcionario que representaba al monarca en ejercicio de las facultades reales, en su origen muy limitadas, pues se reducían a estas cuatro: justicia (en grado supremo y con arreglo al fuero y las costumbres del lugar); moneda (común para todo el reino); fonsadera (o dirección de la guerra, a la que todas la comunidades contribuían economicamente y acudían con sus milicias, capitanes y pendones); y suos yantares (es decir, el mantenimiento por toda la federación de oficio y casa del rey).
· Los bosques, las aguas y los pastos -principales fuentes de producción en la economía del país- eran patrimonio de la comunidad. Con esta propiedad comunera coexistía la privada de las casas y tierras de labor. También era propiedad de la comunidad el subsuelo ("salinas, venas de plata e de fierro e de cualquiera metallo", dice el Fuero de Sepúlveda). Ciertas industrias de interés local (caleras, tejares, molinos, etcétera) eran con frecuencia propiedad de los municipios.
· Las comunidades poseían ejércitos con capitanes designados por el concejo, que seguían el pendón concejil y en caso de guerra se ponían a las órdenes del rey o persona que lo representara. Muy importante fue el papel de estas milicias en las luchas de la Reconquista; y destacado el que desempeñaron las castellanas y vascongadas en la famosa batalla de las Navas de Tolosa. También tiene brillante historia guerrera las comunidades del Bajo Aragón, donde el espíritu democrático y la oposición al aristocratismo señorial estaban tan arraigados que cuando Jaime el Conquistador pidió a los de Teruel auxilio para una incursión en tierras musulmanas de Valencia, le respondieron que si algún señor había de apoderarse de Morella, más valía que la retuvieran los moros.
· Aspecto muy interesante de las comunidades castellanas era su laicismo, en el sentido de instituciones que apartan a la Iglesia de las actividades políticas, a la vez que la respetan en la esfera religiosa. A semejanza también del País Vasco, los clérigos -por fuero o por costumbre- no podían ocupar cargos en los concejos castellanos, ni comprar ni recibir tierras de los vecinos, lo que contrasta con el enorme político, económico y militar que los obispos y abades tenían en otros países de España y en toda la Europa feudal.
Las comunidades de ciudad y tierra son instituciones castellanas y aragonesas que no se extienden al occidente del río Pisuerga, por la llanura leonesa de Tierra de Campos, ni al sur de Toledo, por la Mancha.. Sólo se encuentra una comunidad en el antiguo reino de León: la de Salamanca, muy extensa y rica en su patrimonio, pero sin las atribuciones políticas de las castellanas y las aragonesas. Algunos autores atribuyen su creación al aragonés Alfonso el Batallador, que tuvo muchos partidarios entre el pueblo de Salamanca (3).
Las comunidades castellanas de ciudad o Villa y tierra se desarrollan vigorosamente de los siglos X al XIII. Atacadas con toda clase de coacciones y artimañas por el trono y los magnates -eclesiásticos y laicos- a él aliados, que recelan de su poder político y codician el patrimonio comunero (4), entran en continua decadencia después de la unión de las coronas de León y de Castilla en el reinado de Fernando III hasta su disolución en el siglo pasado por el Estado centralista, que malbarató gran parte de los todavía cuantiosos bienes comuneros del pueblo castellano; no obstante lo cual, aún pueden verse en algunas comarcas pinariegas de las serranías centrales (provincias de Burgos, Soria, Segovia, partes históricamente segovianas de Madrid, Avila y Cuenca) hermosas reliquias vivas del otrora riquísimo patrimonio forestal de la Castilla comunera.
Notas
(2) El fuero de Logroño, por ejemplo, es un ordenamiento institucional propio de una entidad municipal sin comunidad con otros municipios. Se extendió por muchos lugares de la Castilla norteña y por el País Vasco.
(3) Huellas del influjo aragonés en Salamanca son las barras catalanas que todavía lleva el escudo salmantino
(4) Muchas de las posesiones territoriales de la nobleza castellana -nobleza relativamente tardía e inexistente en la vieja Castilla- proceden del despojo de aquel patrimonio.
Anselmo Carretero y Jimenez
Diario 16 Abril 1979
martes, marzo 14, 2006
Memorial de Castilla (En memoria de don Manuel González Herrero)

Este es el título de uno de los libros más importantes que a lo largo de su vida escribió don Manuel González Herrero, abogado e historiador segoviano que fue durante 25 años decano del Colegio de Abogados de Segovia, y que falleció el pasado 15 de Febrero de 2006.
En la nota preliminar del mencionado libro incluyó tres versos del Poema de Fernán González: "Esforzad, castellanos, no hayades pavor, sacaremos Castilla de premia e de error. Cuando oían Castilla todos se esforzaban". Y a continuación él mismo, de su puño y letra, dice: "Este libro es una contribución a la causa castellana, al esfuerzo colectivo para rescatar a Castilla de su secuestro secular".
Y es que don Manuel G. Herrero fue uno de los pocos intelectuales castellanos que dio la cara por Castilla, y cuando la gran mayoría de la clase letrada aceptaba el troceamiento de Castilla y su desaparición como región histórica, él, con valentía, denunció esa situación, siendo por ese motivo faro y guía para todos los castellanos que no tragamos por las componendas políticas que han llevado a Castilla a la situación más humillante de su fecunda Historia.
La siembra de don Manuel G. Herrero dará sus frutos, y la defensa que en su libro hace de Castilla y del pueblo castellano es una semilla que con el tiempo devolverá a Castilla y a su pueblo la dignidad que los políticos sin escrúpulos le han usurpado.
Ahora que tanto hablan los nacionalistas catalanes del idioma catalán como elemento esencial de su identidad, nadie pondrá en duda que proviene de Cataluña, siendo oportuno preguntar: ¿En qué lugar nació el idioma castellano? En Castilla ¿verdad? ¿Pero existe Castilla como comunidad autónoma?: ¡No! ¿Y eso? Hay que leer a don Manuel González Herrero para entenderlo.
José Mª Rupérez Cibrián (Burgos)
Miembro de IDENTIDAD DE CASTILLA
Ha fallecido un caballero
Sr. Director:
Mi costumbre, desde mi jubilación de leer cada mañana, aquí en Madrid, “El Adelantado”, en Internet, hace que me llegue hoy la triste noticia del fallecimiento de D. Manuel González Herrero, Manolo González Herrero, para mí.
Quiero, en esta triste circunstancia, hacer públicos mi afecto y mi admiración hacia este caballero segoviano, culto, inteligente, respetuoso y afable. Al poco tiempo de llegar a poner en marcha el que hoy conocemos como “Hospital General”, un colega, al parecer no contento con que un grupo de entonces jóvenes médicos forasteros pretendiésemos, llenos de entusiasmo y de ilusión, poner en marcha una institución sanitaria pública y moderna, al servicio de todo los ciudadanos de la provincia, presentó o amenazó con presentar una denuncia contra nosotros por “Competencia desleal”. Nuestra ignorancia en materia de leyes y en semejantes trances, nos llevó a preocuparnos seriamente.
Alguien nos habló de D. Manuel como un abogado muy experto que podía asesorarnos. Sin demora, nos recibió en un acogedor cuarto de su domicilio y, con cordialidad extrema y absoluto desinterés, nos convenció de lo absurdo de la denuncia y nos deleitó con su charla amable. Poco después, un amigo común, el llorado cirujano Antonio Marazuela, me informó de la calidad humana de Manolo y de su filial devoción por el gran folklorista Agapito Marazuela. Como quiera que Agapito arrastraba ya bastantes achaques propios de su edad, me pidió Antonio que velase por su salud. Ello me proporcionó dos privilegios: conocer y tratar a ese irrepetible ser humano que era Agapito y disfrutar de una cordial relación con Manolo, su difunta esposa y su hijo Joaquín quien, como buen discípulo, acompañaba a su maestro con frecuencia a mi consulta del hospital.
Quiero señalar un hecho que siempre me llenó de orgullo, como médico del Hospital General. Desde que se abrió nuestra institución, el matrimonio González Herrero nunca dejó de confiar en la misma y nos honraron siendo nuestros pacientes. Tiene esto especial mérito por tratarse de una familia, sin duda ilustre y conocida en la ciudad, que podía haber buscado más afamadas cabezas para cuidar de sus males. Allí acudieron siempre como cualquier otro ciudadano normal y allí procuramos aliviar sus males con nuestra poca ciencia y nuestro gran afecto hacia ellos.
Creo sinceramente que Segovia pierde una de sus más cultos, caballerosos y honrados hijos. Quienes le queríamos, sin estridencias ni exageradas demostraciones, no encontraremos a nadie que le substituya. Por fortuna permanecerá en nuestro recuerdo y nos queda su palabra escrita. Tengo en mi mente, por ejemplo, su biografía de ese otro gran segoviano desaparecido, Agapito Marazuela.
Diego Reverte Cejudo
Médico
