miércoles, febrero 08, 2012

Jerusalén de Castilla (Carlos Aganzo)

Jerusalén de Castilla



Carlos Aganzo
(de "Avila soledad sonora")

I Sonata de Estío

Hay una hora en Ávila, cuando los vencejos gritan su alegría de estío y el cielo empieza a virar desde el más puro azulcielo-de-Ávila hacia el negro más negro, en la que la alquimia alcanza su cenit milenario, trocando la piedra en oro. Es entonces, al hilo de tantos tornasoles imposibles, cuando se descubre la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad: Ávila es la Jerusalén de Castilla. La ciudad de los hombres transfigurada en la ciudad de Dios. Mil ciento veintisiete metros entre el mar y el cielo. Novecientos veintiún años desde que el conde don Raimundo puso la primera piedra de este colosal recinto de judíos, moros y cristianos.de Castilla

Hay una hora en Ávila, cuando los palacios se asoman a la luz horizontal de sus balcones, en la que la capital de los Caballeros vuelve a ser «la más siglo XVI de las ciudades españolas», tal como la sintió en sus ojos, desbordados de soles, el maestro Azorín.


Una hora en la que la urbe amurallada empieza a latir al ritmo impar de sus dos corazones. Su corazón más abierto y generoso, en la explanada del Mercado Grande, y su corazón más íntimo y secreto, en el viejo foro del Mercado Chico, donde Roma tocó la cumbre de su espiritualidad en la frontera entre la Lusitania y la Tarraconense. Obila de Ptolomeo. Ávila con v, como dice la vieja ara testifical de los romanos. Abela de los obispos visigodos. Abila de Prisciliano. Abula en las nieblas ortográficas del medioevo. Ávila en fin de los abulenses: la ciudad de hoy que duerme sobre la respiración de todas las otras ciudades anteriores.

Hay una hora en Ávila en la que, proyectadas ya todas las sombras sobre el final de la tarde, la Muralla se puede leer como un libro de historia. Lo que la luz total ocultaba, los rayos oblicuos del sol vencido empiezan ahora a desvelar. Surgen, como por ensalmo, las inscripciones latinas, y los viejos judíos sefarditas buscan también, entre sus piedras, las leyendas de los antepasados, los que vinieron a la ciudad al tiempo de los primeros cristianos. Los maestros de xometría Cassandro Colonio y Florín de Pituenga trazaron los planos, y campesinos cristianos y esclavos moriscos, mano con mano, levantaron este monumental libro de piedra utilizando todo aquello que encontraron. Verracos vetones. Lápidas de romanos y cristianos. Quizás también de judíos primitivos. Cantos de memoria inexpugnable.

Hay una hora en Ávila, cuando los poetas entran y salen a su libre albedrío por las nueve puertas de la Muralla, en la que la ciudad se viste con las luces de la primera noche para volver a contar los pasos de sus nueve leyendas fundacionales. El Peso de la Harina, por donde entró el Batallador a ver al Rey Niño. El Alcázar, por donde la ciudad levantó piedra a piedra la leyenda de su defensa numantina. El Rastro, desde donde doña Guiomar mandó sus señales de amor a don Alvar, corazón malherido en el destierro deManqueospese. La Santa, por donde los Cepeda y Ahumada entraron en Ávila para alumbrar a su hija más clarividente. La Malaventura, por donde salieron los judíos y los primogénitos de los caballeros abulenses, sin saber que sus cabezas serían cortadas y hervidas como signo de la cobardía de los aragoneses. El Adaja, por donde trasegaban los labriegos moriscos con el producto de sus huertas. El Carmen, por donde fray Juan de la Cruz inauguró una lista interminable de cantos del prisionero. El Mariscal, por donde don Álvaro Dávila dejó testimonio de la preeminencia abulense en el generalato de Castilla. San Vicente, al fin, hasta donde vino a reventar la mula milagrosa con los restos de San Pedro, el santo varón de El Barco…

Hay una hora en Ávila donde las piedras de la Catedral se desangran mientras escuchan los ecos de la voz de Tomás Luis de Victoria. Gog y Magog, bajo la casa del campanero, el Quasimodo del primer templo abulense, impiden la entrada a los malos espíritus, y las tablas de Pedro Berruguete, que se murió aquí mismo sin poder ver culminada su empresa, nos cuentan la historia de Jesús como nunca antes se había hecho en la pintura medieval. Aquí se forjó el patronímico de la ciudad, con el cimorrocatedralicio y el niño en el centro del escudo; pues esto hay que decir de los nombres de Ávila de los Alfonsos: que es del Rey, según Alfonso el Emperador; y de los Leales, por gracia de Alfonso el de Las Navas; y de los Caballeros, por deseo expreso de Alfonso el del Salado. Aquí se reunió también la Junta Santa para escribir la primera constitución Comunera, plantando cara al káiser Carlos, el menos querido entre todos los reyes de España. Y aquí labró el genio de Vasco de la Zarza su pieza más primorosa: el imponente sepulcro de El Tostado. Sí, de aquel don Alonso de Madrigal, tan bajito y tan prolífico, que escribió más que nadie en el mundo; ése que le dijo al Papa: «La altura de un hombre se mide desde el arranque del pelo hasta las cejas».

Hay una hora en Ávila en la que las piedras romanas del templo dedicado a la tríada capitolina –Júpiter, Juno, Minerva–, sobre las que se apoya la iglesia mayor de los cristianos, se estremecen y hacen temblar de manera casi imperceptible, como un ecordatorio lejano del terremoto de Lisboa, a las vidrieras de la gran nave central; la primera que se levantó en Castilla bajo la influencia del gótico borgoñón de Saint-Denis. Los pasos de los deanes de esta Roma la Chica resuenan y se confunden con las campanas que tocaron a gloria por la proclamación de Sancho, el Cuarto, como rey de Castilla, o por la muy celebrada boda de Juan, el Segundo, con doña María de Aragón. Y se remueven también en sus tumbas los muertos más ilustres de la Catedral: Esteban Domingo, alcalde mayor de Ávila y señor de Las Navas; Sancho Dávila, glorioso capitán de los Reyes Católicos; don Claudio Sánchez Albornoz,mentor de todos ellos y presidente de una república sin república…


Hay una hora en Ávila, cuando el verano dobla las esquinas hacia la plenitud del sueño, en la que el ojo gigante de San Pedro se queda atónito ante la molicie del bloque de Moneo, varado a los pies del muro como un trasatlántico que hubiera echado amarras en la barbacana. Desde su pedestal de glorias abulenses, la Palomilla escribe una nueva versión del poema del Cristo de los Piojos, muy cerca de la Magdalena y de aquel convento de Gracia en el que entró Santa Teresa tan enemiga de ser monja. Entre los soportales pasan los últimos borrachos, que miran a la luna con melancolía infinita.

Hay una hora en Ávila, finalmente, en la que todos los caminos quieren bajar desde la acrópolis hasta el llano donde se asienta el Real de Santo Tomás, la joya de Isabel y de Fernando; la H de la Hispanidad, el yugo, las flechas y las granadas en su momento de máximo esplendor. Allí, un claustro para los novicios, otro para el silencio de los difuntos y un tercero aún para los Reyes, ompartido con aquella Universidad que fue testigo del genio de don Gaspar Melchor de Jovellanos. Allí la tumba de don Juan, el primer ideal truncado en la historia de España; y el corazón del Niño de la Guardia, que el príncipe enamorado le entregó a su princesa. Allí el olor a ceniza eterna del implacable Torquemada. El eco del ultraje de los soldados de Lefèvre, el menos piadoso de los generales de Napoleón. Y esa misteriosa estrella de David, grabada en el corazón mismo del Tribunal de la Inquisición… La memoria de aquella judería del barrio de Santo Domingo. La posada de la Estrella. La casa del Rabino, al lado de las Nieves, donde queda aún indeleble la cruz incisa en la piedra del umbral, como signo de nueva cristiandad… Todo esto y más, por las calles dispuestas a la altura de nuestra Jerusalén castellana. Tal como lo vio y como lo consignó el divino Moshé de León, el autor del sagrado Zohar: «Hay momentos en que las almas que están en el jardín suben y alcanzan la puerta del cielo». Así sea.

II Sonata de Invierno

He visto sobre Ávila, al olor de la nieve que es madre de todos los manantiales, la sombra de Prisciliano proyectarse sobre el lienzo este de la Muralla, al lado mismo del lugar donde descansan los mártires Vicente, Sabina y Cristeta. El autor del cenotafio lo contaba con todo lujo de detalles, después de inventar el cómic enplena Edad Media: el juicio ante el pretor Daciano, la huida, el prendimiento, el martirio de las aspas, las cabezas aplastadas de los tres hermanos, la serpiente que fuerza al judío al perdón divino…, y el fundamento de la primera iglesia martirial. Sobre los ojos de los hombres, en puertas y tejados, las criaturas más exóticas del bestiario románico: la lujuria del cerdo, la vanidad del pavo, la salacidad del mono, pero también la firmeza del león, la laboriosidad del buey, la virtud infinita de las cigüeñas del alma, capaces de derrotar, con picos como espadas, a la repugnante serpiente del pecado, la que duerme secretamente en el corazón de cada cristiano, ya sea viejo o nuevo.

He visto sobre Ávila, al pasar junto a la puerta de San Vicente, aterida con las últimas claridades del día, el misterio del verraco que se oculta debajo del portentoso ingenio defensivo, sosteniendo a la ciudad como un Atlas. La protección perpetua de los ídolos vetones sobre el linaje de los señores que velaron durante siglos por la defensa del ala norte. Los Sofraga y el árbol de la estirpe. Los Verdugo y su patio de proporciones áureas.Los Águila y sus leyendas de la Duquesa de Valencia, la aristócrata que abofeteó en público al general Franco. Los Bracamonte y el recuerdo indeleble de don Diego, en la vecina capilla de Mosén Rubí, mandado decapitar por el emperador Felipe II como cabecilla de la rebelión de los patricios castellanos. Y aún más adelante, los jardines del palacio de don Juan del Henao, donde resuenan los propios pasos, entre los faroles encendidos y abiertos ya a la noche, como si fuera nuestra alma misma la que nos persiguiera, hasta hacernos confrontar la verdad exacta del invierno.
He visto sobre Ávila, entre los cristales del frío más purificador de todas las edades, el pez oscuro y místico de los primeros cristianos, grabado en los cimientos del antiguo Episcopio,muy cerca del lugar donde se guardan los testimonios más ciertos de los antiguos padres visigodos. Y uno detrás de otro,callejeando de intramuros a extramuros, la colección más impresionante de escudos de todas las ciudades españolas: Lesquinas, Serrano, Velada, Valderrábano, Almarza,Superunda… Así hasta tocar con los dedos, bajo la sombra del Torreón de los Guzmanes, la misma leyenda del pintor Guido Caprotti, el dandy, el vividor, el visionario. El artista que pintó más veces el rostro de Ávila en los rostros de sus hombres y de sus mujeres. La boca del sereno como un trueno de espanto nocturno. La luz final de Ávila como marco absoluto de la creación.
He visto sobre Ávila, apurando ya definitivamente los últimos reductos de la existencia, justo antes de que el hielo entrara como un cuchillo en los corazones de los hombres, el paseo del Rastro iluminado como el gran teatro del mundo. El faro del Obispo vigilando los mares cereales. La torre de Santiago custodiando la verdad del rey Nalvillos, el Cid de los abulenses, el esposo traicionado por las veleidades de la mora Aixa Galiana. El palacio de don Blasco Núñez Vela,el malogrado virrey del Perú, el que ni aún disfrazado con ropas de indio logró escapar a la cólera del rebelde Gonzalo de Pizarro. Hasta aquí la leyenda negra del oro de América,todavía con los ecos de la aventura de ultramar del gran Rodrigo de Cepeda, el de las rojas linternas de Huecuvu, el capitán que murió, para gloria del imperio, en lucha contra los feroces araucanos.
He visto sobre Ávila, con los ojos abiertos de par en par sobre la inmensidad del Valle Amblés, a un melancólico Rubén Darío mirando exactamente hacia Navalsáuz, y evocando al que sin duda fue el gran amor de su vida: la dulce y solícita Francisca. Estaban a su lado Jorge de Santayana y los hermanos Bécquer. Enrique Larreta y Lope, que no acababa de terminar su Comedia de San Segundo. Y los hombres del 27. Y los del 98. Todos en Ávila, mis ojos, dentro de Ávila. En Ávila del Río, donde mataron al buen amigo, dentro de Ávila.

He visto sobre Ávila, apurando hasta el final la dulzura de esta noche oscura del alma, las huertas de San José, el poyo donde Teresa escribió su obra de rodillas, el secreto laberinto de pasiones donde solo Dios basta; la verdad absoluta del corazón cautivo y desarmado. Y más allá de la urbe, al otro lado de la corriente de los muertos, sobre el antiguo cementerio que un día fue de judíos, la otra patria íntima de la escritora, la Encarnación del misterio revelado; el madero que sirvió de almohada a la andariega y el Cristo de San Juan, desde la elevación del arte del poeta más alto de todos los tiempos. La esencia más pura de esta ciudad de cantos y de santos que bautizó, cuando más cuerda, doña Juana la Loca. Santa Teresa y San Juan. San Vicente y San Pedro de El Barco. San Segundo y la bellísima Santa Paula Barbada, singular modelo de la virtud castellana. Y todavía, en las noches de plenilunio, la voz onírica de San Pedro de Alcántara, como piedra toral de ese lado violeta de las cosas. El final de los caminos de la incertidumbre.
He visto al fin sobre Ávila, congelada en la retina como ese cuento de hadas que cada quien lleva dentro a su manera, la fascinación sin límites de la imagen de la ciudad iluminada. La visión eterna de la ciudad medieval desde el sencillo humilladero de los Cuatro Postes. La luna llena como un poema redondo sobre la luz de las almenas encendidas. Hacia el noroeste, Narrillos de San Leonardo, el camino de Salamanca: los pasos de Teresa y de Rodrigo buscando mejor vida en el martirio a manos de los moros; las sandalias de Teresa sacudiéndose el polvo de Ávila: de Ávila, ni el polvo. Y sin embargo, la Jerusalén de Castilla con todo su fulgor. Las antorchas vibrantes del castillo interior del alma humana. La belleza inmarcesible de esta maja tendida, con su eterno cinturón de piedra y sueño, que es la ciudad de Ávila. El monolito sagrado del Esplendor… Quien aquí se detuvo sabe bien de lo que hablo. Quien lo ha visto una vez, ya no vuelve jamás a ser el mismo.

Subida del Monte Carmelo (San Juan de la Cruz)

Subida del Monte Carmelo



1. En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.



2. A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.



3. En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.



4. Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.



5. ¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!



6. En mi pecho florido,
que entero para el solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.



7. El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.



8. Quedeme y olvideme,
el rostro recline sobre el Amado,
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.


(San Juan de la Cruz
Subida del monte Carmelo)

Oxímoron . Meditaciones en torno al fenómeno de la mística (Gonzalo Blanco)

 OXÍMORON. Meditaciones en torno al fenómeno de la mística


Gonzalo Blanco

(Ávila soledad sonora)



La última edición del diccionario de Maria Moliner al definir el término oxímoron –cuando se combinan dos palabras de sentido opuesto originando un nuevo sentido–, pone como ejemplo la expresión «soledad sonora» y nos brinda, pues, un oportuno pretexto para preguntarnos a cerca de la irradiación social de la mística. Porque una cosa así es lo que habría que indagar y pedir a Ávila en un libro como éste, de la serie Soñando Futuros que desde hace casi una década viene vertiendo sobre cada una de las provincias de Castilla y León, la luz de una mirada atrevida y el aliento discreto de eso que llamamos, con alguna vaguedad, fe en el futuro.

¿Existe hoy la mística o los místicos? ¿Aportan algo sustantivo al tejido social, por ejemplo, como los artistas plásticos, los sociólogos, los creadores de cine y de música, los científicos, los diseñadores de moda? En este reparto de roles y misiones que estamos asignando apresuradamente al personal, a los sabios, a las instituciones, a las capitales, a las naciones, para detener la marea de la crisis y garantizar una convivencia de personas con derechos humanos ¿son los místicos una fuerza de choque, un cuerpo especializado, una unidad de intervención cuando los conflictos personales, los del alma, etc. adquieren en el colectivo temperaturas de catástrofe? Se atribuye al teólogo alemán Karl Rhaner esta afirmación lapidaria: «El siglo XXI será místico o no será nada» Pero un vistazo a la radiografía de este siglo en que vivimos acongoja. Este caparazón de la globalidad está cruzado por tajazos muy definidores como los grandes grupos armamentistas, la red de multinacionales de productos farmacéuticos, los trusts financieros que hacen, cada mañana, de la masa dineraria del planetaun puro juego de azar, mientras mil millones de personas se mueren de hambre. Por no hablar de esas otras redes opacas pero extraordinariamente activas: los cárteles de la droga, los traficantes de órganos y vidas humanas, las industrias oscuras de la delincuencia organizada, con franquicias en cualquier esquina de cualquier ciudad del mundo. Muchos de los protagonistas de estos ítems visten ternos impecables de Versace, practican yoga, conversan con modales exquisitos y lucen masters de universidades internacionales de élite. Algunos incluso van a misa los domingos y otros tienen escaño en distintos parlamentos democráticos. Es difícil ponerles cara, pero se cruzan con nosotros en el supermercado, en los cines, en los centros de salud. Uno no puede, por menos de recordar la célebre frase de guerra «el enemigo está dentro, disparad sobre nosotros».

Y ya, en referencias más inmateriales, la movilización de emociones y deseos, hablando de esa tela de araña del espíritu sobre la que flotan nuestras vidas diarias, dicen los analistas que esta civilización está severamente contaminada por un materialismo grosero, voraz y reiterativo. Es hedonista y ramplona. Está trastornada por una obsesión de consumo, por una prisa, por un vértigo, por un ir y venir sin rumbo. Y para más inri los tradicionales focos de cordura y luz hacen agua: la clase intelectual se disuelve, la creación de hábitos y criterios de opinión que facilitaban antaño los medios independientes de comunicación, se deshilacha en industrias pertenecientes a escuderías de intereses poco confesables, los artistas, en fin, los creadores, han contraído en su mayoría la fiebre del marketing, la enfermedad de la usura y de la vanidad social. ¿Tienen los místicos una palabra que decir en este barullo?

La mística, lo místico en una primera ojeada es algo acuoso, inmaterial, etéreo y de lindes muy imprecisos. Se resume, todos lo sabemos, en muy pocas palabras: la unión del alma con Dios, de un modo excelso. Ahora bien, nuestras herramientas intelectuales y de interpretación pueden colapsarse pronto ante estos términos. ¿Qué es el alma? Y, sobre todo, ¿qué o quién es Dios, en claves hermenéuticas consensuables?

Sin embargo han existido y están operativos en sus escritos y obras nombres fuera de toda duda, cargados de prestigio y solvencia. Por ejemplo los místicos renanos Maestro Eckhart y sus dos discípulos, Taulero y Susón.. Desde luego, Francisco de Asís y, por supuesto, en clave abulense Juan de Yepes Álvarez y Teresa de Cepeda y Ahumada. O sea, Santa Teresa y San Juan, carmelitas, amigos y residentes en Ávila. Su herencia se percibe en la ciudad en topónimos, en templos, en rótulos de calles, en monumentos. Han creado un ecosistema espiritual, han dado lugar a corrientes de meditación, su memoria ha alentado un sin fin de escritos, de congresos, de investigaciones, han fidelizado en muchos seguidores modos de orar y de inmersión en zonas del espíritu de difícil acceso. Han inventado un lenguaje y han, sobre todo, escrito obras de una suntuosa belleza que forman parte del patrimonio cultural universal. También sus vidas concretas, sus proyectos de cambio social, sus choques con el poder establecido tuvieron un alto precio de persecución, de encarcelamiento, de represión minuciosa. Y sin embargo salieron, al final, victoriosos en sus empeños, gracias a un elan interior, una energía indomable desconocida para la mayoría de los mortales. A esto le hemos dado en llamar mística. Fueron místicos emblemáticos, referenciales, persuasivos y creadores de escuela.

Pero la palabra «mística» es muy vieja y muy polisémica. Esto es lo malo. Tildamos de mística a una personalidad dulzona, de modales suaves, de mirada vaga, aunque en su alma albergue una ferretería de cuchillos afilados. Y si seguimos con lugares comunes, la mística, lo místico, se asocia en el catálogo de convenciones sociales a una larga serie de productos y servicios afines como el yoga, el mantra, el zen, los numerosos senderos de la verdad, todo el orientalismo difuso, propenso a convertirse en academia, en ejercicios gestuales, en prácticas de salud corporal, en moda efímera. Retractilado en fórmulas, en cursos, en horarios, en métodos, nos bombardea cotidianamente desde cualquier anuncio de prensa, de radio, de tele y de páginas web. Se sitúa exactamente, en la mayoría de las ocasiones, en las antípodas de lo que expresa Santa Teresa de Jesús en el libro de las moradas que implica pasarlas ídem para el acceso a ciertos códigos del espíritu.

En contrapartida, fuera del monopolio de lo religioso se han erguido personalidades que en tareas de solidaridad social o en el mundo creativo del arte, de la literatura, del cine o de la música, en códigos rigurosamente laicos o cívicos han alcanzado grados de vida interior, experiencias de comunión humana, de amor intensamente compartido, gracias a cotas épicas de desprendimiento, de renuncia, de meditación y concentración que también forman parte del patrimonio inmaterial universal.

Pero, en fin, estamos hablando de mística y místicos desde las coordenadas familiares y precisas de Ávila Y aquí, en la ciudad en los últimos años se han creado instancias en torno al fenómeno con entidad social, con cuerpo y piedra, con empleados, con proyectos y programas. Por ejemplo la Universidad de la mística y el Centro de interpretación de la Mística.

Es pregonada dicha universidad de la Mística, en sus papeles de difusión como «la primera universidad del mundo dedicada a la mística». Promovida por el Centro Internacional Teresiano Sanjuanista (CITES), dependiente de la orden de los Carmelitas Descalzos, este edificio, en forma de estrella de mar situado al noroeste de la ciudad, obra del Arquitecto Andrés Perea Ortega ocupa doce mil metros cuadrados, ha costado una docena de millones de euros y. según el director del CITES, Francisco Javier Sancho, cada año se espera que pasen por estas instalaciones entre 2.000 y 3.000 estudiosos de la mística procedentes de todos los rincones del mundo, entre traductores y especialistas en obras de los místicos en general y de los abulenses en particular: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Por otra parte, el CIEM (Centro de Interpretación de la mística), de acuerdo con la literatura que se encuentra en su web «fue creado en 1990 como una Fundación Municipal de carácter no lucrativo por el Ayuntamiento de Ávila, con el impulso de la UNESCO y con la finalidad de contribuir al conocimiento y desarrollo del misticismo como parte de la historia integral de la humanidad. El Centro ha desarrollado sus iniciativas en tres áreas diversas aunque estrechamente relacionadas: enseñanza e investigación, documentación y publicación y actividades culturales».

Más plural en el diseño de objetivos que la Universidad de la Mística, su abanico de actividades abarca áreas más extensas, colindantes con el famoso diálogo de culturas, con doctrinas y vivencias místicas de otras religiones y creencias, con experiencias monacales no necesariamente cristianas. No desdeña, incluso, un «guiño místico», con su propuesta al río heterogéneo de turistas que cruza con profusión la ciudad de las murallas.

En fin, todo ello, aparentemente, tiene el perfil de una industria de mucho aparato con algunas suntuosidades que, de modo inevitable, nos llevan a establecer comparaciones con los pucheros de la cocina conventual donde, según Santa Teresa, andaba Dios, con las celdas desnudas y minimalistas de ella y San Juan de La Cruz, con los fríos crudos de la sierra abulense que padecieron, con la austeridad y el desprendimiento de sus vidas. Pero esto no es prejuzgar nada. También Harvard, Yale, Cambridge… son instituciones de mucho rango, carísimas, confortables, de gran convocatoria y han hecho y hacen mucho bien a la humanidad.

Con esto por delante, ante un espejo de tales dimensiones resulta presuntuoso mentar programas o avanzar propuestas concretas en lo que decía al principio sobre la irradiación social de la mística. Doctores tienen el CITES y el CIEM. Pero sí algunas consideraciones que brotan de una curiosidad honesta ante el fenómeno místico, leído en clave contemporánea.

¿Habría que practicar previamente una auditoría al fenómeno de la mística, a sus usuarios, a sus proyecciones? Hay una abundante literatura de exorcistas, impelidos a veces por un agnosticismo beligerante, que reducen esta experiencia a códigos psiquiátricos y/o científicos explicables como neurosis, paranoias, alteraciones transitorias o permanentes de la psique (algunas experiencias de patologías reales o de embaucadores finos han dado pie a ello). Dicho esto, la mística y los ejemplos y obras de los místicos abren un poderoso yacimiento de propuestas por un asunto primordial que interesa a todos: el sentido de la vida, la búsqueda de la felicidad, la gestión del proyecto personal en que consiste la existencia. Antes, por encima de y, seguramente de modo transversal al magma social en que transcurre, vivir es la construcción paciente de un yo, de vérselas con un destino insobornablemente personal, colmar un intrincado paquete de pulsiones y deseos que conforman nuestra personalidad. Topamos aquí con una de las cuestiones esenciales, radiografiadas y debatidas hoy con mucha minucia entre psicólogos y sociólogos: la categoría de la subjetividad –interioridad, mundo relacional y de dinámicas sociales— que es la cocina donde se guisa, al fin y al cabo, el sentido de la vida. Pues bien, una serie de factores, producto de lo que llamamos postmodernidad –un narcisismo que impregna de modo invasivo los comportamientos y las éticas individuales, la pérdida progresiva de la dimensión pública o comunitaria, la cultura convertida en mero consumo– han empujado al individuo a una especie de autoinmersión en lo más oscuro de su ego, rompiendo los anclajes de la propia memoria y del propio futuro e impulsado a vivir en un «yo múltiple», experimentador de todos los mundos posibles. El resultado se concreta con frecuencia en dispersión de la identidad, en experiencia de un vacío crónico que atenta contra la continuidad misma del sentimiento de la propia existencia. Jacques-Alain Millar ha acuñado la frase de antiamor para definir esa ruptura. Los místicos no disponen de recetas mágicas para esto, pero sí pueden aportar una batería de medios, estrategias y consejos para esta gimnasia insustituible del espíritu.

También para una cultura del cuerpo, de la corporalidad, de sus símbolos y lenguajes sin maniqueísmos atávicos, haciendo una lectura contemporánea de referentes tradicionales como la ascética, la dialéctica de negación y afirmación de si mismo, la hegemonía del yo en el procesamiento, expresión y vivencia de los instintos básicos. Por no hablar del lenguaje comunicacional, de lo que podríamos llamar sintaxis mística, de la inspiración poética, del nexo radical con el arcano de donde brotan la palabras, o ese arrebato crucial que zarandea a los místicos en forma de comunión y unicidad con el todo. Por citar algunos ejemplos.

Tocan a rebato en este escenario en que vivimos. La crisis financiera según un clamor muy difundido y argumentado, es el puro telonero de una crisis de mucha más extensión y gravedad. Es una crisis de valores, una crisis de sentido, una crisis de civilización. Convoca a todos –intelectuales, artistas, científicos, economistas, políticos, líderes sociales— a un reto de cambio de dimensiones desconocidas hasta ahora. En esta catálisis que se avecina yo, desde luego, no dejaría fuera a la mística, a los místicos.

Tópicos de Ávila (José Jiménez Lozano)

TÓPICOS DE ÁVILA

José Jiménez Lozano


(de Ávila soledad sonora)


Como cualquiera otra vieja ciudad o lugar que tiene un peso en la historia o en el pensar y sentir de las gentes, y compone un icono mental que se nos ofrece en unos cuantos trazos, constantemente repetidos, Ávila, para el resto de los españoles que no son abulenses o de tierras vecinas, y para los no españoles que han oído el eco de su nombre, se define tópicamente como una ciudad en la que el frío es muy intenso –Julien Green quedó herido por el brillo de las estrellas en una noche invernal aquí como en ninguna parte–, tiene una muralla, y nació Santa Teresa que fue una monja que tiene gran predicamento de andariega, mística y escritora en todo el mundo, aunque sólo los abulenses parecen informados de que comió ceniza, o esto era lo que se nos decía, aunque no nos conste en modo alguno, cuando, de muchachos, nos mostrábamos mezquindosos al comer. Y claro está que comer ceniza no era una proeza como la de San Lorenzo, tostándose primero de un lado y después del otro sin abrir la boca,







pero no nos parecía pequeña hazaña, ni mucho menos, y yo creo que mucha gente quedó marcada por esa leyenda, o la otra de que, en un determinado momento, se sacudió las zapatillas y dijo allá por el humilladero de «Los cuatro postes»:«De Ávila ni el polvo», algo que es igualmente legendario, pero puede significar mucho amor, porque en esta tierra de tanta piedra y un frío tan helador y bastante literario, no hay muchos lirismos.




Y luego, enseguida, o a la vez que estas graves informaciones acerca de «la Santa» de la ciudad y el frío, lo que identifica a Ávila, como decía, es que Ávila tiene murallas, y ya he confesado alguna vez, que en mi adolescencia y pensando seguramente en dibujos de las hazañas de las Cruzadas que leíamos, la amurallada ciudad me parecía Constantinopla, un baluarte imbatible durante mil años y sólo al fin tomada por la invención de un cañón enormeque lanzó bolas de piedra imposibles de lanzar con las catapultas e invención que vendió a los turcos un traidor húngaro; ¡Dios le haya perdonado y le tenga en buen sitio!, como decían entonces nuestros mayores. Pero lo que nos quedó a nosotros de esas leyendas y la visión de estas murallas, una y otra vez, fue un callado y dolorido sentir por esa caída de Constantinopla, de la que la Princesa Bibesco, una dama muy mundana y algo intrigante que anduvo por España cuando yo nacía o poco después, decía muy seriamente que todavía no se había repuesto del todo. Y no me extraña nada, porque el ruido de aquella caída se oyó en todo el mundo cristiano y todavía se puede seguir oyendo, porque eran moradas e iglesias aunque hermosísimas, muy grandes y esplendorosas.




La Teresa de Ávila, pensando muy adelantadamente, recomendaba a sus monjas que hiciesen casas pequeñas y modestas que, cuando se cayeren en el Último Día del mundo, poco ruido hicieran, y «palomarcillos» llamaba ella a esos conventos; pero lo cierto es que, cuando sonó por vez primera la campanita que regiría su vida en el primero de ellos en la misma ciudad, hubo un tal alboroto, en esta, entre ediles, corregidores y sus criados o acostadosque dice la propia Teresa que no parecía sino que habían entrado moros y estaban gritando algarabía que era como llamaban los cristianos a una lengua como el árabe que tenía tantos sonidos aspirados y era tan rápida que sonaba a esos oídos cristianos apura jerigonza. Pero, en realidad no había pasado nada, sino que esas gentes de mando en la ciudad, y otras cuantas que les seguían, se habían encontrado con un conventillo nuevo, y esto sin tener noticia de ello, de modo que quizás no lo veían conveniente para sus intereses económicos o políticos o era una tremenda novedad, y quedaban muy heridas la rutina y la costumbre.




Pero he aquí que, para Jorge Santayana, cuatrocientos años después, esto de la costumbre es una categoría más importante que cualquiera otra, y era precisamente lo que, a sus ojos, hacía, a Ávila, importante a su vez. Porque lo más importante de la ciudad, para Santayana, en efecto, no eran el arte o la historia de ella, tan encontradizos y relucientes a cada paso, sino el que las gentes de Ávila se condujeran por la costumbre. Este simple hecho se convierte en categoría filosófica, y nos dice que eso es lo que hace de la ciudad uno de los dos lugares o loci standi desde donde mirar el mundo y su acontecer; siendo para él el otro locus fundamental nada menos que Boston, que hasta pronunciarlo suena raro en Ávila. Aunque ¿cómo podría olvidarse Santayana de las murallas siendo viajero y habitante de tantos mundos como lo fue, cosmopolita por lo tanto, y en un tiempo de la modernidad en el que ya no se puede poner casa y vivir a pierna suelta?




Santayana describe de vez en cuando cómo el profundo sentir y la belleza van encogiendo como una tela según se va tiñendo de la vulgaridad comercial y política, y él, desde luego, hace de esas murallas los lares de sus padres y, por lo tanto, su herencia y su propia defensa.




Ya he comentado, en otra parte y a este respecto, de la estética poética de Santayana, que él mismo nos señala su propio locus standi cultural, afirmando que es el de la armonía y la luz de la vieja cultura del catolicismo, y, si utilizáramos las categorías y el lenguaje de su tiempo para hablar de poesía, diríamos que la estética de Santayana es «retromedieval» o medievalizante, pero sin «los eliotismos» modernistas y personalísimos de la de su discípulo Thomas S. Eliot, que Santayana nunca apreció mucho, pero que es poesía tan cercana y tan distante al mismo tiempo. Y, en la poesía de éste, ciertamente, las murallas se convierten en símbolo de su morada y su propio baluarte, pongamos por caso, en estos versos del Soneto XXXIV:










Yo fío en ese cielo, cuyos astros perennes




me envían sus mensajes como antes a mis padres,




y no sé de otra duda que tanto me confunda,




ni de amor más intenso para guardarme puro.




Las antiguas creencias son mi pan cotidiano,




Bendigo su esperanza y el que quieran salvarme,




en mi ser más profundo creo lo que creían.










Ese cielo y esas creencias son las de la urbs in ruris como él llamaba a Ávila, bien coronada de defensas, como muestra a la ciudad en sus Poemas sueltos:










Sobre Ávila se yergue el castillo almenado,




nido actual de cigüeñas y antes de altivas almas;




aún desde la abadía que se abre sobre el valle




redoblan las campanas por cuantos nos dejaron. (1)










(1) (La traducción de todos los versos citados es de José María Alonso Gamo)




Y entonces se evoca, en todo esto, lo que fue su pueblo natal, para Heidegger, como dice Ernst Nölte:«Messkirche puede ser, de hecho, un mejor punto de partida para el filosofar contemporáneo que NuevaYork».










Porque no es que Santayana haya hecho de Ávila lo que Joyce hizo de Dublin o Musil de Viena; lo que importa ver con los ojos con los que estamos mirando el mundo –nos dice en resumen– es que no podemos escapar a los tópicos de Ávila por la sencilla razón de que nos recogen y amparan. Nos recoge el frío y nos ampara el espesor de esos muros en gran parte bizantinos y que han hecho pared con antiguos nichos columbarios o doloridas laudas romanas.




El mundo ha sido siempre como un pañuelo, y hay ciudades como ésta de Ávila donde ese mundo cabe, y todavía puede nombrarse. Y luego resuena, como la flauta que los niños tocan en la plaza en el lacerante responso de un músico que también recapitula mundos como Tomás Luis de Victoria, niño de coro en la catedral de esta ciudad, y de cuya muerte hace ahora, en estos días que escribo, cuatrocientos años. Como quien dice ayer por la mañana, como la caída de Constantinopla. Y para dejarnos, como entonces,tan melancólicos y tan sobreaviso de toda pequeña esperanza.

Acordes para Tomás Luis de Victoria (José María Muñoz Quirós)

ACORDES PARA TOMÁS LUIS DE VICTORIA

josé maría muñoz quirós

Ávila soledad sonora

El veintisiete de agosto, un caluroso día de verano de 1611, muere Tomás Luis de Victoria, sacerdote humilde y austero, músico genial, autor de una obra polifónica de profundísima inspiración, reflejo de un vivir fervoroso y hondo que, como su vida, alienta una manera de interpretar lo que le rodea y lo que habita en su íntimo desvelo de hombre profundamente espiritual.


Después de su muerte, el silencio y la indiferencia brotarán con fuerza hasta convertirse en olvido. A partir de este momento, el abismo y la lejanía, la desolación y la noche cubrirán la sombra del músico abulense.


Dos siglos más tarde, hacia la mitad del Siglo XIX, el movimiento cecilianista alemán iniciará una lenta recuperación de su obra, esclareciendo la memoria y el significado de la labor artística de un músico que roza las más altas cimas de la belleza, que adelantándose a su momento histórico escribirá en los pentagramas del alma sonidos eternos.


Tomás Luis de Victoria era hijo del abulense Francisco Luis de Victoria y de la segoviana Francisca Suárez de la Concha. El matrimonio formará una familia de once hijos.

La muerte de su padre, en la casa familiar de Ávila en la calle Caballeros, acontecida en 1557, marcará un línea divisoria en el devenir de la familia. A partir de este triste momento, será su tío Juan Luis, sacerdote, quien vele por los hijos de su hermano. Será el encargado de trazar el difícil camino que deberán recorrer para situarse en el devenir de la vida, lejos de una angustiosa situación económica que ha llenado de dificultades la supervivencia de todos sus miembros.

Tomás Luis nace en 1548, en Ávila, ciudad que le transmitirá la austera serenidad de la piedra y de la luz. Su infancia estará envuelta en profundos silencios y en sonidos que dormitan en la quietud, en el llanto azul de las campanas.

Cuando contaba apenas nueve años, en 1557, entra al servicio del primer templo de Ávila, en el coro infantil de la catedral, donde va a iniciar su camino hacia el aprendizaje de las técnicas musicales de la época.

Estará sometido a los secretos que la música esconde, a los caminos donde el peligro de volar se transforma en sueños, donde un breve sonido de pájaros enciende los bosques y se encarama en la copa libre de los árboles, en las hojas surgidas en el atardecer. Habitará en los sonidos inocentes que interpretan la luz cuando amanece, en el paisaje de claros campos de trigo sombreados por un viento frondoso. Se asombrará en el caos de la niebla, en la furtiva soledad de las horas, en la clandestina bóveda del alma cuando huye del dolor y se abre en levedad y en frío. Los pasos de la luz quiebran el azul de las palomas al asomarse al último precipicio donde el silencio abisma. La temblorosa música del alba rompe la claridad hasta dejar su paso plateado de rocío, de fría ternura de voces libres, de torres levantadas en la voz de los ángeles.

Una ciudad envuelta en la memoria de Teresa,recorrida por la huella firme y misteriosa del silencio interior. Una ciudad alzada en la altitud de un cielo claro, perdida en los laberintos de la noche oscura, encendida en la llama del tiempo. Una ciudad de sonidos callados en la melodía de las alas de las cigüeñas colgadas en los nidos de las torres. Nueve años de litúrgicos sones, de impulsos intensos hacia la altura de la luz. Nueve años entre gárgolas desnudas en los acantilados del corazón, en la sima gris y pálida de la piedra, arrastrado ya hacia la construcción de la armonía y hacia la vocación del sacerdocio.

Inventará la fuerza que atraviesa la noche en esa incontrolable evasión del silencio. Irá subiendo a la honda cima de las alturas donde vuelan las aves cuando las mece un lento presentir de infinito. Se abrirán las compuertas de los días que escriben con sílabas oscuras el temblor de la nieve. Tú estarás en el fondo de un paraje de lluvia cuando el otoño atrapa la huída hacia lo más alto del camino.

¿Acaso ese alto sueño de la música ha escondido la voz que un niño deja dormitando en el eco? La catedral persigue la luz en las vidrieras cuando la tarde abrasa con su fuego los campos. La infancia está creciendo entre el olor cansado del incienso encendido. El frío va dejando una estela de intensa paloma desvelada. Se escuchan los sonidos de aquel rumor pasado y un niño se despierta entre los dedos tímidos del tiempo.

En 1567 Tomás Luis de Victoria marcha a Roma. Se instala en el Colegio Germánico, bajo la tutela de los jesuitas, donde iniciará sus estudios eclesiásticos.

A finales del año siguiente, abandona el colegio para entregarse al oficio de cantor y organista en la iglesia de Montserrat de Roma. Pasado un año, volverá al Germánico en calidad de maestro de música de los estudiantes. Los cambios se suceden vertiginosamente. En 1572 va a ocupar el puesto de Palestrina como maestro de capilla del Colegio Romano. La música es el centro de su vida, el eje que hace girar su existencia, su fuerza creadora, su manera personalísima de estar en el mundo. Serán años de búsqueda, de conocimiento, de sereno vivir en la composición musical y en el intenso vibrar de cada nota. Surge la enorme influencia italiana en la manera de estructurar las melodías. Se abre un horizonte de nuevos conceptos, de nueva sensibilidad, de nuevo conocimiento. La mirada interior de Victoria se va a iluminar con las vivencias creadoras sentidas, en lo más profundo, en su estancia romana.

Los caminos se abren, se bifurcan, se ensanchan. La percepción de Tomás Luis de Victoria busca en los nuevos cánones la razón última de su visión melódica.

Un nuevo cambio se produce en 1573 cuando retorna al Germánico como maestro de canto, si bien es posible que simultanease el cargo con el Colegio Romano.

Los confines de la luz abrazan los espacios de Roma, la temblorosa mirada del tiempo sometido, la musicalidad de los jardines cuando florecen tintineando en la piedra secular.

El palacio della Valle será la nueva residencia de los alumnos alemanes del colegio, separándose de los italianos que habitarán el Seminario Romano.

La solemnidad y la alegría del momento de la despedida debe ser regalada y recordada con bellas músicas que el maestro Victoria va a componer, como encargo, para la ocasión. El llanto y la melodía se mezclan y se abrazan en tan singular motivo. Caminando entre antorchas que iluminaban la senda donde la despedida emociona a todos, envueltos en el abrazo que las composiciones de Tomás Luis de Victoria visten de belleza y de armónicos secretos. Roma se derrama en la clara sensación del gozo compartido, en la celebración que el abulense ha creado con su música intuida para el momento.

Cuando el maestro Victoria cumple veinticuatro años, en 1572, publica la primera edición de los motetes. Un total de treinta y tres piezas que están compuestas para cuatro, cinco y seis voces, y para dos coros de a cuatro.

En la portada de la edición podemos leer: «Thomas Luduvici de Victoria abulensis…» la publicación está dedicada al cardenal Truchsses. Los motetes surgen para recogimiento del espíritu, para que la claridad de los sentidos nos invada con sus dones, para conocer las galerías íntimas de la emoción y de la belleza. En el retorno del silencio hemos sabido depositar la grandeza de ese universo que suena y vibra en nuestro interior. Volaremos por el horizonte secreto de nuestra existencia hasta la plenitud. Estos motetes nos ayudarán con el recogimiento de las palabras presentidas en un espacio libre de luz absoluta, para que todos los instantes concebidos por la armonía nos conduzcan al centro del ser, al pentagrama recóndito de la sabiduría, a las riberas del sol cuando nos inflama con el poderoso germen de sus labios, para que no retornemos jamás hasta el olvido triste del olvido.

Uno de los acontecimientos más transcendentales de la vida de Tomás Luis de Victoria tendrá lugar en 1575, cuando contaba con 27 años de edad, maduro y consciente de la responsabilidad que va a contraer. Es ordenado sacerdote después de haber vivido en la ciudad Eterna ocho años. Con este hecho, se llena de sentido su mirada interior, su deseo cada vez más intenso de vivir el sacerdocio como una opción plena y profunda.

Al año siguiente, publica una nueva edición de sus obras. Reúne el trabajo de las ya publicadas con anterioridad, añadiendo cinco misas, el Ave Maris Stella, una Salve Regina y seis Magnificat.

La obra musical de Victoria es ya extensa y de una indudable importancia. Desde su llegada a Roma ha compuesto cincuenta y cuatro piezas, todo un corpus de hondo sentir, de perfecta técnica y de sublime inspiración. Se intuye toda la dimensión universal que el músico va a imprimir en su música.

Roma, su atmósfera, sus calles, el color de sus tardes doradas, la presencia de lo clásico en cada uno de los rincones de la ciudad, toda la historia encontrada en cada muro y en cada piedra, será siempre el espejo donde el polifonista abulense va a encontrarse consigo mismo, desde el espíritu que el sacerdocio ha impulsado en su alma hasta la música que llena sus sentidos con intensa beatitud.

Los caminos de la música polifónica centellean en la sonora luminosidad del alma. La celebración del amor en sus más altos vuelos, la sugerente pasión de lo infinito, todas las ideas sublimes que encienden un apasionado espíritu como el de Victoria.

Una vez más transitan las veredas líquidas de la sabiduría. Desea conocer las palabras que se esconden en la voz, como sostenidas por un hilo de seda invisible, volátil como una pluma transparente. Cada nota impulsa una nueva densidad de viento, una dorada carga de luz, una intensidad desconocida por los sentidos del cuerpo.

El músico no descansa. Cada obra ilumina un espacio más de su sabiduría, una visión nueva de su mirada, un pequeño universo que desarrolla la belleza que un espíritu colmado de sensaciones construye desde la emoción y la verdad.

En 1583 publica los libros de misas dedicados al Rey de España Felipe II. Tomás Luis de Victoria siente que ya llega el momento de regresar a la patria, de retornar a Madrid.

El Rey le nombra capellán de la emperatriz doña María de Austria, que vive retirada en el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid.

El anuncio de su regreso a España no se cumplirá en este momento; será preciso esperar algún tiempo más, hasta septiembre de 1587.

Algunos años antes de su retorno, aparece su obra magna Officium Hebdomadre Sanctae, una genial colección de antífonas, motetes, salmos, lamentaciones, responsorios, pasiones, improperios, cánticos e himnos, hasta un total de treinta y siete piezas. Todo un universo de música encendida en la llama más poderosa del sentir y de la emoción que Tomás Luis de Victoria escribió para mayor gloria de la música.

Ya en Madrid, entra al servicio de doña María como capellán. Su vida va a transcurrir deslizándose por los caminos de la creación, componiendo, interpretando, imaginando y sintiendo nuevas obras y, por otra parte, llenarán su tiempo las obligaciones propias del cargo.

En 1592 se produce el retorno a Roma, tal vez impulsado por el anhelo de encontrarse con susamigos, con sus antiguos compañeros que llenaban su vida creadora y espiritual. En la ciudad de Roma vuelve a encontrarse con la memoria que hizo florecer su música de altos vuelos y de intensos silencios.

Un acontecimiento luctuoso va a llenar de tristeza el alma de Victoria. El dos de febrero de 1594 muere su amigo el músico Juan Luis de Palestrina, a los sesenta y nueve años de edad. Esta desaparición golpeará el alma de Victoria, se asentará en lo más profundo de su sentimiento produciendo dolorosas palabras y melodías elegiacas. Su entierro será un ejemplo popular de fervor, un hecho público que muestra a todos la altura humana y la grandeza artística del maestro, del amigo, del músico singular. Tomás Luis de Victoria estará marcado por esta perdida, por la ausencia del hombre al que tanto admira, con el que aprendió a contemplar el alto valle de los sonidos del corazón. La unión que la creación artística consigue es un lazo que nada puede romper, un cordón de sentimientos abrazados, un puente de aguas serenas, un abrazo desde la absoluta compenetración.

Al año siguiente, abandona Roma definitivamente, esta vez ya para el resto de sus días. Regresa a Madrid para servir a la Emperatriz como capellán y maestro de capilla, y más tarde como organista de su hija la princesa Margarita.

El maestro Tomás Luis de Victoria se encuentra en su mejor momento artístico, en la plenitud de su labor como polifonista. La vida en las Descalzas Reales de Madrid va a suponer para el abulense un periodo de enorme riqueza creativa.

El nuevo siglo traerá para Victoria el último recodo de la costa de la vida, la última etapa, y con él, la creación de nuevas obras y nuevos desafíos musicales. En 1603 muere la emperatriz María para cuyos funerales compone su Officium defunctorum. Esta obra madura, publicada dos años más tarde en la tipografía regia de Madrid, va dedicada a la princesa Margarita, hija de la emperatriz. Esta formada por la Missa de pro defunctis, un motete, el responsorio y una lección.

En el oficio de la muerte se alzan los invisibles secretos de la cadencia del mundo que traspasa la soledad de los sentidos, una sima de libertad, una luz que cuando irrumpe en nuestra noche ilumina, en ese instante, lo vivido, y enciende el alba con sus sueños, esclareciéndonos el corazón. El oficio de los difuntos es un alargado ciprés sin sombra, una celebración del inmortal deseo de ser eco en el viento del alma. Cuando la música es voz, sonido encerrado en sus límites, se ordena el tiempo y se determinan los espacios en un horizonte sin orillas, en un campo de sereno abismo. Tomás Luis de Victoria precisa más altura para rozar, en los desnudos torrentes del aire, las notas perdidas en los vuelos más profundos de la muerte.

Un nuevo oficio va a desempeñar después de la muerte de la Emperatriz. Será nombrado organista de la iglesia de las Descalzar Reales.

La música del órgano resuena entre los muros anchos del convento real. Un rayo pálido y naranja atraviesa sutil el ventanal, y se escuchan los tímidos rescoldos de las notas que huyen entre los arcos de la nave. Las gotas de la luz cenital dibujan un pájaro de fuego. El maestro mueve sus manos como vencejos que buscan, en la oquedad del muro, su nido oculto. Se desentraña el territorio de la claridad de la voz, el frágil aliento de las flores desnudas, y la penumbra, una vez más, anhela traspasar los dedos del alma. El olor de las azucenas se disuelve en el vacío de su pureza de nieve. La música entorna las puertas de la mirada de las vírgenes, el dolor de los cristos abatidos en la cruz. Desde el coro, como ángeles serenos, se oyen las voces inocentes que alaban a Dios.

Los últimos años de la vida de Tomás Luis de Victoria trascurrirán en calma, acompañado poralgunos de sus hermanos, en las casas cercanas al convento, en la calle del Arenal, en plenitud de sus sentidos, sumido en la música como en un lecho de armonía y de paz.

El humilde sacerdote, el compositor genial, uno de los más grandes creadores de emociones intensas, el artista de la polifonía, morirá en ese lugar entre los sueños que envolvían el paso lánguido de las horas, en su última misión musical, en el tránsito definitivo de su labor y de su vida.

Entre sus obras encontramos los más originales sonidos de la polifonía de todos los tiempos. Siglos más tarde, se rendirán a su legado todos los músicos del mundo.

Victoria será enterrado en las Descalzas Reales. Desconocemos el lugar exacto donde descansan sus restos. El abulense, como la voz de un himno sin fronteras, pertenece ya al secreto de la soledad, a la hondura de los que habitan la paz, al inquietante destello de lo infinito.

Su música y su memoria son hoy de todos,llega hasta todos, vive en todos. El secreto de su grandeza culmina sus páginas de genialidad en el fértil silencio del alma.

La muerte es la celada de los hijos de la noche. Trampa desnuda, hueco donde caemos doloridos hasta el pozo de la indiferencia. Sobre Tomás Luis de Victoria se cierne la lápida del desencanto, la caótica armonía de la desolación que no sabe contemplar la verdad. Los años se suceden hasta los precipicios del olvido, y en ese paisaje desnudo habita como un pájaro solitario escondido en las ramas del árbol más alto. Y cuando el vuelo retorna, ya calmado elcorazón en la serenidad de su labor secreta, la música nos acaricia los sentidos hasta ascender al paraíso de lo infinito. Ya Tomás Luis de Victoria nos muestra la grandeza sublime de su genialidad transformada en música, en el lenguaje de lo invisible, en el reflejo luminoso que ha construido con la belleza más inmensa y eterna. Su música sobrevive sobre cualquier sombra, se escucha por encima de todos los silencios.