Con Felipe III y el duque de Lerma, la prepotencia de ti clase nobiliaria se hace incontenible. La personalidad Castilla la Vieja, en tanto, sigue desdibujándose hasta resultar irreconocible. El antiguo reino de León, al expansionarse con la Reconquista, implanta en las tierras reconquistadas un régimen de tipo señorial; los campesinos que van a explotarlas dependen de los señores a quienes las tierras se adjudican como dominio, en recompensa de su intervención armada y de sus servicios al rey. En Castilla la Vieja,cambio, las tierras se adjudican a quienes las ocupan con su esfuerzo y las explotan con su trabajo, su riesgo y su vigilancia. Unidos los dos reinos, Castilla se vio siempre afectada por el peso de la tradición leonesa y su régimen señorial y por el enfrentamiento de la clase señorial al rey cuando este se resiste a sus continuas apetencias. Tal ocurrió a partir de finales del siglo xIII, con Alfonso X y sus inmediatos sucesores, en particular durante las minorías de los dos últimos (precisamente el tercero de ellos, Alfonso XI, cuando decidió hacerles frente, a Lerma vino para cercar a don Juan Núñez de Lara, de quien tendremos misión de hablar). Y de Castilla la Vieja salió, puesto que en el orden señorial era una especie de tierra de nadie, la mayor parte de las «mercedes» del bastardo Enrique II para atender a sus pedigüeños banderizos.
En los siglos xIII, xiv y xv, junto con el señorío territorial, en que el señor, como dueño de la tierra, ejercía una potestad derivada de las relaciones de dependencia personal o territorial, el señor -según Domínguez Ortiz- está en ella investido de jurisdicción ordinaria y de facultades propias de la potestad real; hecho, por lo demás, común con los restantes países europeos; a lo cual ha de añadirse que en ese aspecto los señores del país vecino daban ciento y raya a tos del nuestro; porque el señorío en Francia era harto más duro que en España, y sus impuestos crecían en proporción tan exagerada, que dieron lugar a sublevaciones campesinas más numerosas que aquí, y reprimidas con mayor rigor. Para asegurarse la fidelidad de la clase nobiliaria, los reyes reducían el propio patrimonio real, enajenando dominios territoriales con su jurisdicción y cediendo rentas sobre salinas y minas, así como derechos de pontazgo y análogos. A finales del siglo xv, los Reyes Católicos privaron del poder político a los nobles, pero no del territorial, y reconocieron su exención tocante a impuestos, y, salvo las tierras occidentales, distribuyeron entre ellos el reino de Granada. Medio siglo después de la subida de los Reyes Católicos, el duque del Infantado, de la familia Mendoza, era dueño de 800 aldeas, con 90.000 vasallos, y gobernaba desde Guadalajara como un príncipe.
Si la alta nobleza fue tenida un tanto al margen por los dos primeros Austrias, al morir Felipe II el avance señorial: se acentuó, conforme queda dicho, y ministros y favoritos iniciaron una loca carrera para conseguir vasallos. En tiempos de Felipe III, pues, y sus sucesores, la nobleza predomina de tal modo en palacio que -dice el propio Domínguez Ortiz- «resulta asfixiante, agarrada como la yedra al tronco». Con Lerma, uno de los más desvergonzados en este orden, aquella nobleza se arrojó decididamente sobre los recursos estatales, así como sobre los cargos -ejercidos bajo Felipe II por secretarios pertenecientes a las clases de !a nobleza menor y de los hidalgos-, recursos y cargos distribuidos por el privado a su antojo para ser bienquisto del estamento. Porque no siempre eran honores lo perseguido. Cuando el profano ve, por ejemplo, que tal o cual persona ir de las letras pretéritas se afana en conseguir “un hábito” de una orden militar, piensa en la vanidad como pecado universal y de todos los tiempos; no se le ocurre pensar que con el hábito caían al favorecido estas dos brevas: la de la hidalguía, con su exención tributaria y sus privilegios judiciales, y una renta. De aquí que al pie de las cucañas nobiliarias hubiera siempre una multitud de ansiosos dispuestas a gambear hacia lo alto.
En la época que nos ocupa, los nobles constituían 1/10 de los habitantes de Castilla y León, o sea, 133.000 familias, según recordamos en Santillana del Mar; algo así como 650.000 personas (la proporción era más baja en la corona aragonesa). Eran legalmente nobles -y resumimos lo dicho por Domínguez Ortiz- la mayoría de los guipuzcoanos y todos los vizcaínos, a los cuales resultó de gran provecho tal condición, dadas las exenciones que implicaba. En realidad había en Vizcaya un régimen de indiferenciación social en que el estado plebeyo no existía. El gobierno real aceptó la -teoría de que, no siendo plebeyos, tenían que ser hidalgos. Por lo tanto, acreditar nacimiento en Vizcaya era gozar de los privilegios del estado noble. Pero, a fin de evitar la contaminación con razas tenidas por inferiores y mantener así su privilegio, los vizcaínos tomaron disposiciones muy exclusivistas en su territorio y fueron los primeros (a fines del sito XV) en prohibir la residencia a los cristianos nuevos; a los naturales de otras provincias que no podían probar limpieza de sangre los dejaban permanecer como residentes sin derechos cívicos. De aquí el sentido racista incrustado en la mentalidad de aquellas provincias. Pero lo curioso -subraya Domínguez Ortiz- es que los vizcaínos no vivían noblemente, según el concepto general: labraban la tierra y ejercían oficios, incluso los viles(1) y mecánicos, servían de escuderos, de secretarios (su especialidad) y hasta de lacayos y cocheros.
El mundo de los nobles lo integraban estos estratos: hidalgos, caballeros, títulos y grandes, constitutivos, a su vez, dos grupos: caballeros e hidalgos, grandes y títulos. Conforme dijimos, en la franja cantábrica vivía la mitad de los hidalgos españoles. pero se contaban en ella muy pocos caballeros y los títulos eran casi inexistentes. En Galicia y tierras del Duero, vivían grupos compactos de hidalgos, aunque en franca minoría, y había algunos grandes y títulos muy acaudalados. En la mitad sur de España, la población hidalga no llegaba al 1 %. En resumen: muchos nobles de escasos recursos en el norte, pocos y ricos en el sur; a la vez, muchos y mezquinos conflictos en el norte, convivencia más armónica en el sur, donde el noble solía ser más generoso y donde el pueblo aceptaba de mejor grado su superioridad.
Para pasar de hidalgo a caballero, era preciso convertirse en «señor de vasallos», proceso facilitado por la continua falta de dinero de los monarcas. Carlos I y Felipe II, con permniso de la Santa Sede y mediante indemnización de “juros” (renta perpetua sobre la Corona), vendieron muchos
los de obispados, monasterios y órdenes militares. Con Felipe IV se acentuó la venta y se enajenó aún más el poder de jurisdicción, ahora de pueblos realengos. En 1625 (comenzó a reinar este último monarca en 1621), la Corona concluyó un asiento u obligación con un grupo de banqueros,
que adelantó al Tesoro 1.210.000 ducados contra la garantía de 20.000 vasallos, entendidos estos como una propiedad cuya venta podía garantizar el adelanto. Por entonces, y antes también, decenas de millares de campesinos pasaron de la jurisdicción real a la nobiliaria, mucho más dura en cuanto a impuestos, exacciones y justicia, realidad denunciada mucho antes por el canciller Pero López de Ayala (1332-1407) en su «Rimado de Palacio»:
Commo los caballeros lo fasen, mal pecado,
en villas e logares que el rey les tiene dado,
sobre el pecho que le deven, otro piden doblado
e con esto los tienen por mal cabo poblado.
Do moravan mill omes, non moran ya trescientos,
más vienen que graniso sobre ellos ponimientos,
luyen chicos e grandes con tales escarmientos,
ca ya vivos los queman, sin fuego e sin sarmientos.
Ya en posesión de un señorío, un hábito o una encomienda (los hábitos los vendió Olivares a cientos), el caballero pugnaba por alcanzar un título, pues el creciente número de hidalgos y señores y la correlativa desvalorización de ambos estados, hacían que no se considerara noble en sentido riguroso a quien no poseyera un escudo de conde, duque o marqués (los ministros de Carlos II aprovecharon esta fuerte demanda para vender títulos a un promedio de 20.000 ducados, algo así como diez millones de pesetas). A su vez. los títulos luchaban por ser grandes. En el siglo xvi había 20 grandes y 35 títulos. Al final del reinado de Felipe II, los títulos eran 99. Felipe III los aumentó en 20 marquesados y 25 condados, y a ellos añadió Felipe IV 5 vizcondes, 78 condes y 209 marqueses. Al mismo tiempo, los 20 grandes del siglo xvi pasaron a ser 41 en 1627 y 113 en 1707.
Todo este elemento nobiliario, y con él la Iglesia, estaba libre de tributación. Con todo, los más encumbrados, por culpa de sus lujos (y también por las donaciones, beneficios dedicados a atención de sus vasallos, obras pías y de caes dad anejos a su condición) vivían entrampados. Con Felipe III, los lujos y consiguientes apetencias de los nobles crecieron. El conde-duque de Olivares contuvo un tanto estar les forzó a pechar algunas sumas, pero después, con Carlos II, se alzaron con todas las gangas. La monarquía del útimo Austria -dice Lynch- fue una especie de república aristocrática que hacía y deshacía los gobiernos del rey. No obstante, los nobles seguían entrampados, y para no ceder a su tren de vida hipotecaban sus bienes a la Corona y sacaban de esta pensiones y concesiones. La Hacienda pública, según el mismo historiador, era una especie de seguridad sociall para la aristocracia. Pugnaban sobre todo por ser vireyes, cargos sumamente rediticios que con Carlos II llegaron a subastarse (2). Además llevaban el control social y político de las grandes ciudades, pues si bien estas no podían ser de señorío, estaban, de hecho, dominadas por familias aristocráticas. Señalemos, al paso, que si la aristocracia superior solía vivir en la corte, la menor tendía a residir en las villas, y no en el lugar donde radicaban sus propiedades, tal como hacen hoy los labradores un tanto acomodados, según advertimos ya y volveremos a advertir.
Los lujos de los nobles (con los vestidos, muebles, tapices, pinturas y otras cosas que reyes y nobles gustaban de importar) y el aparato bélico y civil del reino salían del trabajo de los campesinos de Castilla y León y del de los indios americanos, y más particularmente, a partir del siglo XVIII, de los primeros. Se llevaba todo ello la mitad y más aún de lo cosechado, a este tenor: la renta debida al señor suponía al menos un tercio; venía luego el diezmo para la Iglesia (con su contrapartida, cierto es, de obra pastoral, social y educativa, y con dispendios suntuarios a cuenta de los cuales cierto es también, se atrae ahora el turismo multitudinario y arqueológico); después, los impuestos de la Corona y los gravámenes sobre artículos de consumo básico; añadamos los privilegios de la Mesta, cuyas ovejas (tres millones y medio en 1525), vacas sagradas de aquella India pretérita, dañaban los predios cercanos a los mil quinientos kilómetros de recorrido de sus tres cañadas (3); por último, agreguemos las aduanas internas y las apropiaciones por parte de los nobles y la Iglesia -con autorización de Felipe II y sus sucesores- de tierras baldías y comunales, privando así a los pobres del aprovechamiento por turno de sus parcelas, así como de prados y leña.
En 1787, al acercarnos al final del antiguo régimen, la población nobiliaria de Castilla la Vieja era el 15'5 % de la total, muy superior a la media española (4'6 %). En su mayor parte, aparecen radicados estos nobles en la provincia de Burgos, que junto con lo que es hoy comprendía, conforme queda dicho, gran parte de las actuales de Santander y Logroño (las de Guipúzcoa, Vizcaya y Asturias albergaban la mitad de la población noble española).
Subsistía en el siglo xvIII el régimen señorial del xvII, aunque los reyes de esta centuria tendían a la anexión de estos señoríos. Las tierras señoriales -y en lo que vamos a decir del siglo xvIII resumimos algunas publicaciones de Miguel Artola- se situaban en las zonas periféricas provinciales, al quedar la parte central de cada una en poder del rey, en torno al más fuerte núcleo de población realenga: la capital de la provincia. Las tierras al margen de la intervención regia suponían casi el 60 % de la extensión de Castilla, correspondiendo sólo el 6,57 % a los religiosos, poca cosa esto último frente a la media de España: el 16'54 % (en 1787, el clero de Castilla la Vieja comprendía 13.202 individuos, de ellos 7.450 seculares y 5.752 regulares). Entre los grandes de España, los principales titulares de señoríos castellanos eran los duques de Frías, Medinaceli y Alburquerque y el conde de Miranda. El mayor dominio era el del duque de Frías. Tenía bajo su jurisdicción 258 pueblos de las cuatro provincias, en su mayor parte pertenecientes a la de Burgos. Seguía a este el duque de Medinaceli, con 19 en Burgos y 127 en Soria. Pasaban de 100 los pueblos del duque del Infantado y del marqués de Aguilar, todos en Burgos, salvo dos villas sorianas del primero. El duque de Alburquerque era el más importante señor territorial de Ávila Y Segovia (60 en esta y 12 en aquella). Dominios de más de 50 pueblos dependían de los condes de Aguilar, Altamira y Miranda, del duque de Nájera y del marquesado de Villena. Los restantes titulados poseían menos de 50 pueblos. En cuanto a señoríos eclesiásticos, los monasterios de las Huelgas y Oña eran los principales, sin exceder de una veintena de pueblos. El señor a quien estaba sujeta mayor extensión territorial y mayor población era el duque de Frías 69.135 habitantes); le seguían el duque de Medinacelí 44.308), el de Alburquerque (30.146), el conde de Miranda 29.000), el duque del Infantado (28.523) y el conde de Aguilar (24.950). El poder de estos señores era a veces jurisdicnional, y otras suponía la percepción de ciertos tributos, en dinero o en especies.
El régimen señorial fue perdiendo su antigua importancia por la mencionada presión de la Corona y por la de los mismos pueblos, que acudían al rey para liberarse de los señores. También contribuyó a ello el absentismo de estos mimos. El 6 de agosto de 1811, las Cortes de Cádiz aprobaban y la regencia promulgó-- la abolición de los señoríos, privando de funciones públicas a los señores, así como de la percepción de impuestos inherentes a su jurisdicción, pero los convirtieron en propietarios directos de la tierra, perdurando así el panorama social agrario existente hasta entonces y haciendo de la nobleza la más poderosa clase latitfundista, con la cual se estrellaría un siglo después la reforma agraria de la segunda república, único plan ulterior, en nada disparatado por cierto, para acabar con la injusta y perniciosa distribución de nuestras tierras.
(1) En la España de los Austrias lo eran, entre otros, los de albéitar o veterinario, carnicero, zapatero, pelaire y tundidor de paños (es decir, el que los cardaba y el que, a tijera, les cortaba o igualaba el pelo).
(2) La venta o subasta de cargos no fue un rasgo exclusivo de la vida española. Se vendían en otros países europeos, y a menudo con mayor desenfreno. En España, por ejemplo, nunca se vendieron los cargos de justicia, cosa que ocurría al otro lado de la frontera.
(3) En la Inglaterra isabelina, las ovejas fueron también la ruina de los labriegos, forzados al abandono del agro al ser cercados grandes predios para conversión en pastizales, que apenas ocupaban mano de obra.
Ramón Carnicer. Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Pp. 302-309
martes, agosto 05, 2008
Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Ramón Carnicer (5) La Nobleza
Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Ramón Carnicer (4) Los Hidalgos
Ya dijimos que la franja cantábrica albergó en su día la acres de los hidalgos de España. Pues bien, dentro de aquella franja, Santillana parece alcanzar los límites de tal concentración, visible en los escudos de sus fachadas, enmarcados por pétreas plumas, fauna, flora, figuras humanas, divisas . y fastuosos ringorrangos. Pero no es sólo la complicación de las armas lo sorprendente, sino sus proporciones. Dan la impresión de ser piezas artilleras y aun baterías con que sus dueños, de casa a casa, dispararan sin cesar metralla heráldica. Algunos de estos escudos, como ya vi en Laredo, presentan sin labrar sus piedras; otros tienen ya esculpidos celadas y remates, pero con el espacio de los cuarteles en blanco. Qué género de proyectiles de nobleza meditaban estos hombres para batir a sus convecinos?
Aquella densidad de hidalgos en la parte norte del país a explica Sánchez Albornoz, primero, por las masas de godos acogidos en el siglo viii a la corte de Oviedo, y después, por a s muchos «caballeros villanos» (de villas, burgos y ciudades) que en lucha contra los moros ganaron su ascenso a las últimas filas nobiliarias. Este portillo se cerró con los Reyes Católicos, pero volvió a abrirse con las empresas europeas y americanas, por lo cual, ya en el Renacimiento, se reprodujo el proceso ascensional de la Edad Media. Más tarde, losFelipes, siempre faltos de dinero para su política, dieron en vender ejecutorias de nobleza. Entre unas causas y otras, en los siglos xvi y xvn la proporción de hidalgos españoles respecto de los existentes en otros países de Europa era exagerada. Según cálculos de Domínguez Ortiz (*), en León y Castiilla había, a fines del siglo xvi, 133.000 familias con privilegio de nobleza o hidalguía. Su número variaba grandemente de norte a sur. De acuerdo con las estimaciones de Sánchez Albornoz, en Asturias y León había tantos hidalgos como pecheros, es decir, individuos sujetos al pago de pechos o tributos. En Burgos, la proporción era de un hidalgo por cuatro pecheros; de 1/7 en Zamora, 1/8 en Valladolid, 1/10 en Zamora, Ávila y Soria; y 1/12 en Salamanca, Castilla la Nueva y Andalucía. Donde menos había era en Murcia y Segovia: 1/14.
La condición de hidalgo no se manifestaba sólo por preeminencias honoríficas. En el antiguo régimen, es decir, antes del xix, la igualdad ante la ley no existía. Nobleza y clero eran las clases privilegiadas. La distinción entre estas y la gente del común se evidenciaba además en el sistema municipal y en el funcionamiento de las Cortes. Con todo, lo más escandaloso, diríamos hoy, era que los impuestos o pechos sólo recaían sobre los del común, los mencionados pecheros.
Conforme recuerda Domínguez Ortiz, tal organización se justificaba en que, con arreglo a la mentalidad medieval, el sacerdote contribuía al bienestar del reino mediante la oración; el hidalgo, defendiéndolo con la espada; el hombre llano había de contribuir con el producto de su trabajo. Pagar tributos, más que un daño material, habría sido una ofensa a la condición superior del hidalgo. Tuvieron que batallar mucho los Austrias para conseguir que el clero y la nobleza tributaran en ciertos casos, y ello, salvando las apariencias con impuestos indirectos o en figura de donativos.
Aparte lo dicho, los hidalgos tenían privilegios penales. Sólo muy excepcionalmente se les podía someter a tortura, y no eran encarcelados por deudas. La cárcel de los hidalgos, por otra parte, no era la misma de los plebeyos; de ordinario, hacía de tal su propia casa, un castillo o una ciudad entera. Y sus bienes, por ser a menudo de mayorazgo, no estaban sujetos a confiscación. Tampoco se les podían aplicar penas infamatorias (azotes y galeras), y si merecían la muerte, no había de dárseles en la horca, sino por decapitación. Y mientras un pobre diablo (sigo resumiendo a Domínguez Ortiz) podía ser ahorcado por un hurto mínimo, el delito grave y aun el asesinato por parte de un señor se cancelaba mediante multa o destierro.
Entre otros males derivados de este estado de cosas, suele señalarse que la resistencia a los quehaceres manuales y al comercio -ejercido a veces a través de intermediarios-, particularidad común a todos los nobles europeos de la Edad Media, contagió a muchos plebeyos enriquecidos y apetentes de nobleza, y en los medios rurales fue un mal ejemplo para los labradores. Retrasó, además, la aparición de la burguesía y su enfrentamiento con los estratos superiores, contra
lo ocurrido en otros países.
La ruina de los hidalgos se fue acentuando por la depreciación progresiva de los censos y por la revolución de los precios. En su etapa última pasaron a ser tema frecuente en la literatura caricatural.
Hemos recordado todo esto para venir a lo que podría considerarse epílogo de la lucha por la hidalguía, en el siglo xvlII y aun en el XIX, cuando, lejos ya los estertores de la dinastía austriaca, en que los títulos de nobleza se adquirían fácilmente por dinero(**), subsistía la vieja apetencia en un nuevo tipo social: el del indiano -muy abundante en Asturias y en la Montaña- que regresaba de América después de haberse enriquecido en el comercio y los negocios. Semejante enriquecimiento, en algún modo y conforme a la tradición, manchaba su honra, por lo cual había de hacerse perdonar de los hidalgos o del persistente espíritu de hidalguía de su tierra. Lo intentaba fundando escuelas y hospitales, edificando iglesias o santuarios, canalizando aguas v abriendo fuentes públicas, etc. Pero la vía más recomendable era la de entroncar por matrimonio con las familias hidalgas impecunes, como lo eran en su mayoría las del norte, al contrario que las del sur, que por ser pocas mantuvieron su solidez económica. Gracias a estos braguetazos a la inversa, los indianos podían alzar casas importantes y empotrar en sus muros el blasonaje adquirido. Tal es el origen de algunos de los excesos heráldicos que nos hacen sonreír en Santillana.
Lo curioso es que todavía subsistan, en el siglo xx, los reparos hidalguescos. He aquí el testimonio de un hombre nacido en Madrid y oriundo de la Montaña, acaso de ascendencia hidalga. Me refiero a José Gutiérrez Solana, fallecido en 1945. Este hombre, gran pintor a juicio de algunos, tuvo veleidades literarias --en las que se mostró rudo, grotesco y acaso en su descargo, enfermo o débil mental-. Pues bien, en un engendro titulado «La España negra», dice de los indianos de su tierra de origen, respirando anacrónicos rencores: «... y algunos se van a un juego de bolos que está al lado, donde están jugando los indianos en mangas de camisa; todos tienen la cabeza blanca de pensar en el dinero y hacer números; juegan en mangas de camisa, aunque haga mucho frío, para dárselas de pollos; son petulantes; llevan un pedrusco de brillantes en la sortija y cadena de oro, gastan faja y tienen todos tipo de patán y tendero».
(*)El autor manifiesta su reconocimiento al historiador don Antonio Domínguez Ortiz, de cuya obra “El Antiguo Régimen: los Reyes Católica; y los Austrias”, ejemplo de equilibrio y claridad, proceden muchos datos históricos incorporo a este libro.
(**) La cosa no era nueva. Dice el Arcipreste (siglo X¢v) en su libro:
Sea un ome nesgio é rudo labrador,
Los dyneros le fazen fidalgo é sabydor,
Quanto más algo tiene, tanto es de más valo;
El que non ha dyneros, non es de sy señor.
Ramón Carnicer. gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Pp, 145-148
Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Ramón Carnicer (3) Diferencias entre León y Catilla
-Bueno, ahora voy a contestar a tu pregunta sobre lo que diferencia a León y Castilla. Me haré la ilusión de que estamos otra vez en el instituto, pero seré breve, para que vayas pronto a dormir. La unión definitiva entre los dos reinos se produce, como sabes, en la persona de Fernando III. Hijo de Alfonso IX de León y de doña Berenguela, su segunda esposa (hija a su vez de Alfonso VIII de Castilla), Fernando, leonés educado en León para ser su rey, lo fue primero de Castilla cuando a la muerte de su tío Enrique I fue proclamada doña Berenguela, que renunció en seguida en favor de Fernando. Trece años después, en 1230, muere Alfonso IX, y tras la renuncia de Sancha y Dulce, hijas del primer matrimonio de este, en cuyo favor había testado, Fernando III pasó a ser rey de León también y acometió sus grandes campañas andaluzas, iniciadas antes como rey de Castilla. Este rey, si bien respetó los fueros locales, concedió como ley general, a las ciudades ganadas por él en Andalucía y Murcia, el romanizado Fuero Juzgo de los visigodos o Fuero de los Jueces de León, contra la conciencia jurídica de los castellanos, que rechazándolo sistemáticamente y rompiendo así con lo hispanorromano y lo hispanovisigodo, habían alumbrado un nuevo derecho a base de las sentencias de sus jueces.
Volviendo al principio, la llegada de Fernando III al trono castellano fue puro azar, y este mismo azar determinó que ello acaeciera antes de su ascenso al que le era propio, el de León. De aquí que en la enumeración de sus dominios figurara primero Castilla y después León. Si los hechos se hubieran producido a la inversa, en lugar de rey de Castilla (con Toledo y el País Vasco) y León (con Asturias, Galicia y Extremadura) y los etcéteras posteriores, habría sido rey de León, de Castilla, etc., cosa más concorde con la historia, puesto que antes fue reino el primero que la segunda, y también con la realidad, porque unidos los dos reinos fue mayor la influencia leonesa que la castellana. Así, las glorias y los males de los reinos ya unidos, que por simplificación generalizada irían reduciéndose al nombre de Castilla, con la consecuencia de llamar castellanos a todos los súbditos del rey, se habrían atribuido con más justicia y verdad (sobre todo los males) a León.
Lo que fundamentalmente diferenciaba a León y Castilla era lo siguiente: León era un reino aristocrático, señorial, unitario. Precisamente contra su unitarismo se rebeló el condado de Castilla, la primera comunidad peninsular que en términos actuales podría llamarse separatista. Castilla, en cambio, era popular, comunera, federal. En Castilla se vivía en régimen foral, con arreglo a un sistema de usos y costumbres que nada tenían que ver con el unitarismo y centralismo leonés. Los vascos, que siempre habían mirado con recelo el carácter feudal de Navarra -a fin de cuentas más próxima a ellos en raza y lenguaje- comprendieron, al unirse a Castilla, que el modo de ser y las instituciones democráticas de los castellanos ofrecían mayores garantías para el mantenimiento de las propias; y no se equivocaron, porque Castilla se atuvo fielmente a lo pactado. En lugar de privilegios señoriales, había en Castilla pequeñas comunidades diferenciadas por sus fueros, como acabo de decir. Frente a las prerrogativas de la aristocracia leonesa, en Castilla todos eran iguales ante la ley. Quizá la institución más interesante de los castellanos sea la Comunidad de Ciudad (o Villa) y Tierra (las aldeas), de las que te hablé esta tarde. Las más importantes eran las de Ávila, Segovia y Soria, con más de ciento cincuenta pueblos cada una. Pues bien, todas ellas decaen a partir de Fernando III y van perdiendo entidad hasta su supresión en 1837. A las diferencias dichas, ha de añadirse esta otra: el gran poder de la Iglesia en la monarquía neogótica de León frente al laicismo de los castellanos, creyentes, sí, pero con unos obispos y clérigos atenidos exclusivamente a su función religiosa.
Hoy, en que parece no estar de moda, sobre todo en las regiones autonomistas peninsulares, se atribuye a Castilla el unitarismo hispánico, cuando lo unitario fue una característica de los leoneses, ilusionados siempre con rehacer el reino visigodo. Confirma en parte tales diferencias el hecho de que los mozárabes, supervivientes de la mentalidad visigoda en el sur, cuando hubieron de emigrar hacia el norte lo hicieron sobre todo a los dominios leoneses, mientras que las zonas de expansión castellana abiertas por la reconquista se repoblaban con cántabros y vascos. En Castilla, distante y aun abandonada del poder central leonés, enzarzada en larga lucha con los moros y forzada a una vida en modo alguno muelle, creció desde sus orígenes la libertad interior, favorecida por la carencia de grandes señores y de siervos y por el escaso poder del clero. Sus condes, que gracias a aquella distancia tuvieron gran libertad de acción, supieron atraerse la adhesión de los pobladores, de cuyo espíritu y apetencias eran testigos inmediatos. A lo largo de dos siglos, el ix y el x, los castellanos tomaron conciencia de su empuje colectivo y constituyeron una comunidad verdaderamente libre.
También suele hablarse, en la periferia, del imperialismo castellano, consecuencia de su supuesto unitarismo. La verdad es que los imperialistas eran nuestros paisanos los leoneses. Huellas bien manifiestas de ello quedan en el hecho de que en la conquista y colonización de América, y antes en la del sur peninsular, así como en la gobernación de los Austrias, abundan sobre todo los nombres de origen leonés. Muchos de los actuales latifundistas andaluces, que claman al cielo cuando se habla de reforma agraria, descienden de leoneses. En cuanto al centralismo, otro de los pecados atribuidos hoy a los castellanos, diré que Castilla nunca fue centralista. Su Corte, incluso después de constituir unidad con León, siempre fue trashumante.
A Castilla se le achaca a veces la destrucción de España, pero lo cierto es que España destruyó a Castilla. Nada queda apenas de sus instituciones ni de la decisión y seguridad pretérita. ¿Qué beneficios obtuvo Castilla del imperialismo que le atribuyen los catalanes, los vascos de hoy y los gallegos? ¿Dónde están las riquezas que arrebató a la periferia y las que capturó más allá de la geografía peninsular? Castilla, como dice Sánchez Albornoz, no aplastó las libertades de unos ni de otros, y si impuso su lengua fue por el peso específico de sus ingenios, creadores de la primera y más importante literatura peninsular. Los vascos llegaron con sus fueros hasta mediados del siglo xix, renacidos en parte con el concierto económico del actual, derogado en dos de sus provincias durante la guerra civil. Los gallegos no tenían libertad ninguna que perder, porque siempre habían estado sometidos a sus obispos, abades y nobles, y después, hasta el siglo xx también, a los caciques, que tanto tú como yo hemos visto mangonear, y aún puede que sigan mangoneando. Y si Cataluña, tras unirse al Archiduque, perdió sus fueros (lo recuerda también Sánchez Albornoz), no fue por obra de Castilla, sino de Felipe V, que con su «Decreto de Nueva Planta» la incorporó, con Valencia y Aragón, también desposeídos de los suyos, a la monarquía unitaria y centralizadora de los Borbones. Sin que deba olvidarse que antes y dentro de la corona oriental, Cataluña había apoyado la política centralista e imperialista de los sucesores de Ramón Berenguer IV. Porque Pedro IV, entre otros, superó a todos los reyes peninsulares en la realización de tal política. Y cuando en definitiva es, «bien que se deshace entre las manos y en fin [el oro y la plata] es tesoro de duendes que se torna en carbones», como decía en el siglo xvi Juan de Mal Lara, recordado por Américo Castro, quien recuerda también este otro dicho del converso Herrando del Pulgar: «que para enriquecerse uno en breve tiempo, eran menester dos pocos y dos muchos: poca vergüenza y poca conciencia; mucha codicia y mucha diligencia». Pero vete tú con estas ideas a los desarrollistas y los consumistas de hoy, obsesionados por esa gente que rige el Mercado Común y se pasa meses y meses discutiendo sobre el precio de los tomates, las cebollas y otras hortalizas.
En fin, puede que esté generalizando excesivamente, pues sé muy bien lo difícil que es definir una comunidad humana, aunque ahora esté intentándolo sólo en parte. Pero hay algo en que la generalización ha de serme permitida. Esta: de las viejas e históricas personalidades regionales, Castilla es la única cuyos hombres no se jactan de pertenecer a ella. Piensa en catalanes, vascos, navarros, asturianos, aragoneses, andaluces, gallegos y no sé si también valencianos, mallorquines y canarios. Todos ellos se envanecen de su condición regional. Se creen el ombligo del mundo y los favoritos de los dioses (los andaluces, por ejemplo, dicen que aquella es la tierra de María Santísima). Los castellanos no sienten tan pueril vanidad, salvo algún que otro majadero o componente de una fuerza viva local, lo cual no quiere decir que abominen de su tierra, ni muchísimo menos. Los únicos que se envanecen de ser castellanos, sin serlo realmente, son los de Valladolid, que además tienen un periódico titulado «El Norte de Castilla», sorprendente arbitrariedad contra la idea por todos aceptada de los puntos cardinales y contra la división regional que en mis tiempos, y en los tuyos también, se explicaba en las escuelas.
Ramón Carnicer. Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Pp.106-111
Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Ramón Carnicer (2) Caballada de Atienza
A mí me enloquece la historia. En mi tierra tenemos ¡tanta, tantísima historia! Soy de Toledo. Pero la de Atienza es muy bonita.
-Sabrá usted entonces qué es eso de la Caballada. –
¡Ya lo creo! Vengo todos los años a ella, en Pentecostés. Es una fiesta preciosa, con muchas danzas y ceremonias, y con muchas comilonas también, aunque no para mí, que engordo sin saber por qué. Preciosa, sí. La organiza la cofradía de la Santísima Trinidad, que era la de los antiguos recueros agremiados. Resulta que un grupo de estos recueros, en 1162, libró de las garras de su tío Fernando II de León (y usted perdone) al niño que habría de ser Alfonso VIII. El rey leonés, apoyado por los Castro, tenía puesto sitio a Atienza, guardada entonces por los Lara. El rey niño estaba aquí, y para librarlo de los sitiadores, los recueros, con la disculpa de que iban a su comercio, salieron con el niño oculto por esa puerta que habrá visto usted que llaman de Salida. Le diré, entre paréntesis, que eso de Salida es una corrupción posterior. En realidad, el nombre de la puerta era Salada, a causa de una fuente salobre situada en las proximidades. El barrio de esa puerta era entonces uno de los más populosos de Atienza, y a él correspondía la iglesia de San Bartolomé, conocida como iglesia del Cristo de Atienza. Pero esto no hace al caso. Pues bueno, cuando llegaban a la ermita de la Virgen de la Estrella, los recueros vieron que se les acercaba al galope una tropa de los sitiadores. Imagínese el susto, al suponer, como así era, que iban tras ellos. Entonces, ¿qué hacen? Pues entran en la ermita, sacan al pórtico la imagen de la Virgen y empiezan a bailar una danza morisca en su honor. Los soldados, entretenidos por la danza y creyendo que era una costumbre del gremio, ni se dieron cuenta de que los recueros más veloces, a galope tendido, escapaban con la criatura. Parece una película del oeste, ¿verdad? En
siete jornadas llegaron a Ávila y entregaron el niño a sus tutores, los Lara.
En este momento entra el fondista con la cena de don Juan. Trae un vaso, mediado, de leche y dos huevos pasados por agua.
-¿Me puedo poner a su mesa? pregunta. -Con mucho gusto.
-¡Ay, gracias! No me gusta nada estar solo.
Contemplado por Molinero, don Juan se concentra, casca uno de los huevos y comprueba, complacido, el grado de fluidez con que el contenido se desliza en la leche. Sonríe Molinero. Ya es seguro que han quedado a su gusto, cosa que confirma al verter el segundo. Echa dos cucharaditas de azúcar y revuelve muy sonoramente la mezcla. Sin dejar de revolver, explica:
-Es mi cena de siempre en Atienza. Me chiflan los huevos pasados por agua. Claro que -ahora en voz confidencia nadie los deja tan a punto como mi mamá, con quien vivo en Guadalajara; porque yo, gracias a Dios, solterito. ¿Es usted casado?
---Un poco. Bueno, quiero decir que no tengo más que un chico, lo cual no es estar muy casado.
-¡Ay qué gracia! ¡Un poco casado! Nunca había oído decir eso. Que yo recuerde, esa figura legal no la trae el código civil, ni el canónico tampoco.
Molinero me pone en la mesa dos huevos fritos. Don Juan empieza a mojar pan en su combinación, y los de La Almunia de Doña Godina, que lo miran compadecidos como si estuviera tomando un purgante, para neutralizar el mal efecto que debe de producirles la triste escena, se echan al cuerpo un vaso de vino de Cogolludo.
-Pues con este Alfonso VIII, que era agradecido, Atienza creció mucho. Aquí se labraban paños y cordobanes, había caldererías y ferreterías, ceramistas..., de todo. Y en Atienza posó varias veces don Alfonso, algunas con su mujer, doña Leonor de Inglaterra, hermana de Ricardo Corazón de León, como usted sabe.
Don Juan moja y revuelve con gran avidez. Sigue:
-Atienza tiene mucha historia, mucha. Por aquí anduvieron personajes muy importantes de todos los siglos, entre ellos aquellos dos horribles hermanos del pobre Alfonso X el Sabio, que si hubiera sido santo, como su padre, a estas horas sería el patrón de nuestro oficio; hablo de aquel don Felipe, que colgó el báculo y los ornamentos abaciales de Covarrubias para intrigar contra su hermano el rey, a veces (da dolor decirlo) aliado con los moros de Granada. El otro era don Enrique, de quien se habla mucho en la crónica de Fernando IV. Menudo trabajo dio a la nobilísima doña María de Molina, que era una verdadera mártir. Al final, la pobre, no tuvo más remedio que darle la gobernación del reino; y entre otros lugares, recibió Atienza como heredad. Le llamaban el Senador, a causa de sus andanzas por Roma, y de él dice la crónica de Fernando IV, con toda la razón, que era gran bolliciador». ¡Qué bonita palabra! A mí, el castellano antiguo me trastorna.
Concluido el pan, el abogado bebe los restos de la mezcla. Al poco llega Molinero y le sirve una manzana, y a mí, una naranja.
-Pues en 1305 (los abogados tenemos mucha memoria para las fechas, ¡aviados estaríamos si no la tuviéramos, con toda la legislación que se produce! ), reinando el mismo Fernando IV, cayó enfermo y murió aquí el odiado judío Simuel, muy privado del rey, a quien acompañaba al retorno de unas vistas con el rey de Aragón. «Pesó mucho al rey», dice la crónica, «pero plugo mucho a todos los de la tierra». ¿Ha visto usted qué preciosidad de lenguaje? ¿Ha leído usted las crónicas antiguas? ¡Oh, son verdaderos tesoros! Yo, bueno, puesto ante una crónica, me olvido de todo, y me estaría sobre un pie una semana, sin comer, sin dormir ni nada.
-¿Qué entiende usted por «ni nada»?
-¡Ay, qué preguntas más malas hace usted!, !qué malas!
El abogado, gimoteando unas risas contenidas y bombardeándome con miradas breves, empieza a pelar la manzana poniéndola a la altura de la nariz.
-Atienza es villa de fidelidades -prosigue-. Bien lo demostró con la Caballada, y lo confirmaría con Pedro I, el calumniado Pedro I, frente al bastardo Enrique, que era un hombre terrible y dio Atienza, y también Calatañazor y Almazán,-a aquel Beltrán Duguesclin, un salteador a sueldo que puso de lugarteniente a un escudero que no sé si se llamaba Trouchette o Tronchette, pues de las dos maneras se ve escrito, una sanguijuela que dejó a los atienzanos sin un maravedí. Atienza padeció mucho en el siglo xv con las guerras de los infantes de Aragón, hijos de don Fernando de Antequera y hermanos de doña María, la esposa de Juan II de Castilla. A causa de estas guerras, Juan II y don Alvaro de Luna la tuvieron cercada sesenta días, intentando, inútilmente por cierto, arrojar de aquí a la guarnición navarra. Total, que al retirarse, los castellanos habían incendiado y destruido barrios enteros. Después de otros dos sitios, pasó de nuevo a Castilla, en 1456 (esto es muy fácil de recordar: cuatro, cinco y seis), pero despoblada, con los bosques talados, lo cual arruinó tierras, originó barrancas, empedregó vegas fertilísimas y dejó a los de la villa sin leña ni caza. Después de todo esto, Atienza ya no volvería a levantarse.
-Le agradezco mucho este curso de historia que me está dando. Sabe usted mucho.
-¡Qué va, Dios mío! No hago más que repetir lo que dice nuestro gran historiador don Francisco Layna Serrano, con alguna que otra cosilla que he ido picando por ahí, sobre todo en las crónicas. Lo mío es el derecho civil y el procesal. La historia es mi hobby, como dicen ahora.
Ramón Carnicer. Gracias y desgracias de Castilla la Vieja. pp.51-54
Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Ramón Carnicer (1)
Gracia y desgracias de Castilla la Vieja
Ramón Carnicer.
Plaza y Janés. Barcelona 1976
Este libro es la narración de un viaje realizado entre febrero y noviembre de 1973. El viajero, dentro de los vagos contornos en que suele inscribirse Castilla, ha intentado recorrer Castilla la Vieja, tomando como base las seis provin¬cias que tradicionalmente se vienen incluyendo en ella. Ha prestado más atención a las villas y aldeas que a las capitales, y ha puesto pie, por distintos motivos, en esta o la otra parte de las provincias limítrofes.
La razón principal del viaje fue la sospecha de que eran infundados muchos de tos tópicos sobre aquella región; unos, geográficos (Castilla como tierra llana); otros, espirituales (creados en particular por la Generación del 98); otros, políticos (imposición por parte de Castilla de ciertos moldes al conjunto peninsular); etcétera.
El viajero ha tratado de acercarse al pasado de Castilla la Vieja siguiendo las líneas discontinuas y a menudo trun¬cadas que desde ese pasado han llegado a nosotros. Para ello, ha leído viejos y nuevos papeles, ha evocado sombras lejanas y se ha puesto en contacto, en las seis etapas de su viaje, con la gracia -en el más alto sentido- de su geografía y sus gentes y ha percibido la soledad, el abandono y el olvido -las desgracias, en suma- abatidas sobre gran parte de esta región.
Aunque en él entre la historia, este no es un libro de historia, ni en él se hácen exaltaciones retóricas, impropias de una región tan ajena a la retórica como es Castilla la Vieja. Este es un libro de viajes, con las licencias que todo viajero tiene para dialogar y para reflexionar sobre lo que 1e sale al paso. Es, o puede ser tal vez, testimonio de una situación, acerca de la cual el viajero no quiere sentenciar ni vaticinar, ni tampoco entonar un réquiem, cosas que acaso pueda hacer el lector, si su paciencia le permite dar cabo a la lectura de este libro.
Barcelona, diciembre de 1975
La idea espantadiza de algunos catalanes respecto de la geografía castellana procede en buena parte, como en el resto de la periferia peninsular, de viejos errores acerca de lo que ha de entenderse por Castilla. De aquí que los gallegos crean hallarse en ella cuando pasan el puerto del Manzanal, poco antes de Astorga, lo mismo que los andaluces en cuanto dejan atrás Despeñaperros. En el caso de los catalanes, estimula aquella idea la visión de una parte muy considerable del sur de la provincia de Zaragoza (con un entrante en la de Teruel), por donde corre el ferrocarril de Madrid que utiliza ahora el viajero, el 2 de febrero de 1973. De nada vale, al paso por Caspe, pensar en San Vicente Ferrer, gran productor de milagros, gran predicador y misionero, especialista en bautismos multitudinarios de moros y judíos y fautor del acceso de los Trastámara a la Corona de Aragón, hecho que despierta duras nostalgias en los eruditos barceloneses usuarios de esta línea. Allá queda el adusto cerro del Compromiso para dar paso a un mundo lunar donde sitúan los arqueólogos la acrópolis de Azaila. Es natural que aquellos catalanes se es¬panten cuando al abandonar los límites de su región, bien cuidada, frondosa y oreada por el Mediterráneo, se encuentran con esta tierra que parece haber sido expoliada por una cuadrilla de bandoleros y sembrada de sal. Más allá, con la presencia continua del Ebro, las cosas empiezan a mejorar, y pasada Velilla, sin preocuparle demasiado si la cam¬pana de su torre suena o no suena sola como en tiempos en que anunció el Saco de Roma, la muerte de don Juan de Austria, la pérdida de la flota de Nueva España y otros sucesos, el viajero se aproxima al término de su viaje: Zaragoza.
Ramón Carnicer.Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. P.13
miércoles, julio 30, 2008
Castellano ¿ palabra maldita?
(Tomado del foro carlista 27 jul. 2008)
Empiezo a pensar que este sistema tiene algo contra Castilla.No contentos con anexionarle artificialmente Leon y quitarla Santander y Logroño, cuando triunfa un deportista castellano dicen el Abulense, el Segoviano etc., nunca el castellano .
Segun el libro del santanderino Jesus Lainz Adios España destrozar Castilla fue una exigencia de los nacionalistas perifericos en la transicion porque ellos pensaban que destrozando Castilla destrozaban España.Enhorabuena Carlos Sastre ciclista Español, Castellano, Abulense y del Barraco
jueves, julio 10, 2008
En marcha la Asociación por Castilla la Vieja
Durante el mes de junio ha quedado inscrita en el Registro Nacional de Asociaciones, dependiente del Ministerio del Interior, la Asociación Cultural por Castilla La Vieja, entidad sin ánimo de lucro, que pretende promover el conocimiento de la historia e instituciones tradicionales de Castilla La Vieja, fomentar entre la ciudadanía de las provincias de Burgos, La Rioja, Cantabria, Soria, Segovia y Ávila la conciencia de pertenecer a esta Región histórica y difundir, asimismo, sus señas de identidad. Para ello organizarán diversos eventos relacionados con la historia, geografía, arte, economía y cultura de Castilla La Vieja. Las personas interesadas en colaborar con esta asociación pueden contactar con la siguiente dirección de correo electrónico: castillalavieja@hotmail.es
jueves, junio 12, 2008
Castilla y León no es una región histórica
Castilla y León no es una región histórica
Me produce estupor e indignación el coro de voces de políticos y representantes de la cultura que, en estos días próximos al 23 de abril, nos cantan las excelencias de esta Comunidad Autónoma, a la que sin ningún pudor definen como región o entidad histórica.
La Comunidad de Castilla y León es simplemente el resultado de unas decisiones políticas, en las que el pueblo de estas nueve provincias no tuvo participación alguna. Para empezar ni es región ni por supuesto es una región histórica. No es una región natural, pues además de las tierras de la Cuenca del Duero con sus páramos y campiñas, lo conforma un cinturón de tierras montañosas y zonas llanas de otras cuencas hidrográficas como la del Ebro, Sil o Tajo. No es tampoco una región que posibilite una descentralización adecuada al progreso económico y a mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, pues su descomunal extensión la inhabilita para ello. No es una región que se defina por una identidad o sentimiento compartido por sus ciudadanos, recientes encuestas lo demuestran. Tampoco es una entidad con raíces históricas, pues no existe ningún precedente de unidad política y/o administrativa que coincida con el ámbito territorial de esta Comunidad Autónoma; el que considere que exagero espero que lo demuestre con un mapa histórico en el que aparezca una entidad con los límites que ahora tiene la Comunidad Autónoma de Castilla y León.
¿Qué es Castilla y León?, el resultado de una clase de ingeniería política al servicio de unos intereses que se van desvelando poco a poco y que por supuesto no son los de la mayoría de los ciudadanos de estas nueve provincias; el resultado de la desmembración de la región histórica de Castilla La Vieja y la fusión de sus restos con las provincias de León. De esta forma se consumó la extinción de una de las regiones con más protagonismo en la historia de nuestro país.
José Ángel Amo
de Ciudadanos de Burgos por Castilla la Vieja
Carta de CIBU a TC
Al Señor Marcos
Coincido plenamente con el artículo del Sr. Marcos, secretario de organización de Tierra Comunera, sobre la financiación autonómica. Es más, creo que tiene mucha importancia su toque de atención sobre los graves desafíos que tiene planteados nuestra tierra en un futuro próximo. También comparto su conclusión de un partido castellanista fuerte, que esté libre de las ataduras de los partidos estatales y que responda, de forma exclusiva, ante los ciudadanos de nuestra región. No obstante, el meollo de la cuestión es el concepto de Castilla que maneja el Sr. Marcos y su partido: un territorio inmenso que incluye desde el Valle de Mena hasta los confines de la región murciana, incluyendo la mayor parte de los territorios que, hasta hace tres siglos, conformaban la llamada Corona de Castilla; la cual, por otra parte, tanto desde el punto de vista jurídico como fáctico, lo mismo podría haberse denominado Corona de León o Corona de Galicia; esa Castilla de Tierra Comunera está formada por diecisiete provincias, más de la tercera parte del total de las españolas. Un partido que apuesta por ese ámbito territorial es casi un partido estatal, para este viaje no hacían falta alforjas. ¿Cree el Sr. Marcos, que una región castellana, como la que propone Tierra Comunera, tiene cabida por su funcionalidad y contenido simbólico en la España de las Autonomías o en la Europa de las Regiones?; creo que no. ¿Cuál es la finalidad de los procesos de regionalización en los que están inmersos la mayoría de los países europeos?: la creación de ámbitos de decisión más reducidos que el estado-nación actual, con una cercanía, no sólo física sino también emocional, a la ciudadanía; con capacidad para dar una respuesta rápida a los problemas y con las cuales el pueblo se sienta identificado. Creo que esa Castilla no cumple estos requisitos, ni tampoco los cumple ese engendro, en el que estamos integrados los burgaleses, que se llama Castilla y León. Llevamos veinticinco años de autonomía y no se ha avanzado nada; a los habitantes de las nueve provincias, la administración autonómica les resulta tan ajena como la estatal. Tal vez estemos aún a tiempo de corregir tamaño despropósito, de reconstruir una región a la medida de los habitantes de Burgos y otras provincias vecinas, de recrear la hoy desaparecida región histórica de Castilla, también llamada durante siglos Castilla La Vieja para diferenciarla de otros territorios que, por razones políticas o de prestigio, adoptaron el término, caso de Toledo-La Mancha (Castilla La Nueva) o Andalucía (Castilla Novísima). Cuando Tierra Comunera se convierta en un auténtico partido castellanista, habrá dado un paso de gigante para convertirse en ese partido regionalista fuerte que el Sr. Marcos demanda.
José A. Amo
Ciudadanos de Burgos
viernes, mayo 30, 2008
Presentación del libro: Castilla en tiempos de Fernán González en Burgos


Diario de Burgos Digital Viernes, 6 de Junio de 2008P
«Fernán González ni fundó Castilla ni la independizó»El catedrático de Historia Medieval Juan José García González reivindica en un libro la historia de Castilla al margen de León y aleja al «buen conde» de sus mitos y leyendas
El libro de García González contiene 130 mapas e ilustraciones.
Jesús J. MatíasI.L.H. / Burgos
«La historia de Castilla, que es la historia de la potencia mundial más importante que ha tenido origen en la península Ibérica, no tiene el tratamiento que le corresponde y de alguna manera se encuentra descolocada en función de dos circunstancias: primero, Castilla fue fagocitada por España cuando se constituyó el estado nacional (la explicación que se suele dar es que Castilla fue el germen de España, cuando la realidad demuestra que al constituirse el estado, Castilla quedó olvidada) y, por otro lado, la creación de la comunidad autónoma de Castilla y León obliga a compartir con León lo que en realidad es esencialmente historia de Castilla. Porque fue Castilla la que, naciendo del reino de León, terminó por fagocitarlo, adquiriendo absoluta personalidad, convirtiéndose en reino, estado feudal y finalmente en una potencia mundial».
La rotundidad con la que el catedrático de Historia Medieval Juan José García González defiende el peso específico que debe tener la historia de Castilla al margen de León no entiende de nacionalismos, regionalismos ni ningún otro «ismo». El profesor de la UBU reivindica «el gran referente histórico» y la potencia mundial, dando al César lo que es del César: «No procede decir historia de Castilla y León, cuando en realidad es historia de Castilla, en cuyo seno se encuentra León».
García González hacía estas reflexiones al hablar de su último libro, Castilla en tiempos de Fernán González, donde realiza un estudio sobre los orígenes de Castilla -que acompaña con 130 ilustraciones- y desgrana la trayectoria histórica del «buen conde», alejándolo de sus mitos y leyendas. Porque el protagonista del Poema que lleva su nombre «ni funda el condado ni, como dice la leyenda, le independiza». Esa imagen del héroe la crearon «los monjes benedictinos, que necesitaban un personaje cualificado para refrendar la producción de documentos que requería la legitimación de los bienes que recibían, y los juglares, necesitados de grandes acontecimientos para cantar. Los primeros le convirtieron en el ‘buen conde’ y los segundos en el fundador de Castilla y en su libertador frente a León».
De estos detalles dará cuenta en la conferencia que imparte esta tarde en el Salón Rojo del Teatro Principal.
miércoles, mayo 21, 2008
viernes, mayo 16, 2008
VIaje a Santa María de Huerta, Medinaceli y Atienza con Delta Ediciones
Sábados 31 de mayo y 7 junio. Santa María de Huerta, Medinaceli y Atienza, con el Arzobispo Ximénez de Rada como personaje central, y complementario del último realizado a Gorrmaz. El tercer viaje se hará después del verano.
SE MANTIENE EL PRECIO DE 50 EUROS
08.00, SALIDA DESDE EL LUGAR HABITUAL, CASTELLANA 110, FRENTE A NUEVOS MINISTERIOS.
10.45. LLEGADA A SANTA MARÍA DE HUERTA, DONDE REALIZAREMOS UNA VISITA Y RENDIREMOS HOMENAJE AL ARZOBISPO DE TOLEDO D. RODRIGO XIMÉNEZ DE RADA, HÉROE DE LA CAMPAÑA DE LAS NAVAS DE TOLOSA Y PADRE DE LA HISTORIA DE ESPAÑA.
13.00. COMIDA EN MEDINACELI .
Menú con 6 primeros y 6 segundos, a elegir. Postre, pan, bebida y café.
14.45. VISITA CORTA AL CASTILLO DE MEDINACELI, DONDE MURIERON EL CONDE GARCI-FERNÁNDEZ Y ALMANZOR
15.30. VISITA A UN PUEBLO MEDIEVAL, TÍPICA VILLA DE "FRONTERA"
16.45. VISITA A UNA ERMITA ROMÁNICA
18.30. VISITA CORTA A ATIENZA DONDE ALMANZOR, VENCIÓ AL GENERAL GALIB ALIADO CON GARCI-FERNÁNDEZ.
19.15. REGRESO A MADRID, CON PARADA INTERMEDIA.
22.00. LLEGADA A MADRID.
(Todos los horarios son aproximados).
Mas información en:
Delta Ediciones
lunes, mayo 05, 2008
"Ciudadanos de Burgos" y la Asociación por Castilla la Vieja homenajean a Fernán González
Ciudadanos de Burgos y la recién creada Asociación Cultural Por Castilla la Vieja ha celebrado su segundo homenaje y recuerdo a Fernán González, Conde de Castilla. El acto ha tenido lugar bajo el arco, que al final de la calle que lleva su nombre se levantó, por suscripción popular, en el año 1592.
El presidente de Ciudadanos de Burgos, Lesmes Peña ha explicado que el motivo de celebrar estos actos son “porque hay castellanos viejos que nos sentimos castellanos y no castellano-leoneses y a base de dar este tipo de mensajes a los políticos de la región, les decimos que muchos ciudadanos no están de acuerdo con el actual reparto autonómico.”
El homenaje a Fernán González es el uno de mayo, porque en esa misma fecha del 932, aparece por primera vez vinculado su nombre como Conde de Castilla.
Este partido político y la asociación quieren seguir en próximos años conmemorando dicha efemérides.
Según Lesmes Peña, tras el Día de Villalar, "parece como que sólo importa esa fecha y ese acto cuando la fundación de Castilla tiene más de mil años frente a los veinticinco del aniversario de Villalar".
Pretenden ir creando conciencia entre los ciudadanos para que en el futuro cale la idea de que Castilla puede estar en España sin ir unida a León. Además comenta que, "según encuestas, el sentimiento de castellano-leonés, cada vez es menor entre los ciudadanos de esta región, salvo en Valladolid, y en esta provincia es porque son los grandes beneficiados de cómo está ahora el panorama de Castilla y León".
martes, abril 22, 2008
El conde García Fernández por: Inocente García de Andrés
Fernán González debió designar como sucesor a su hijo García en los comienzos del año 970. Murió Fernán González en ese mismo año, en el mes de junio, según los Anales Complutenses.
En el 972, el Califato de Córdoba empieza a tener dificultades entre las tribus africanas que exigieron la presencia del general Galib al otro lado del Estrecho. Tras el éxito militar, los reinos del norte envían embajadas al Califa en septiembre de 973. El conde García Fernández también envía su embajada. El 30 de septiembre se hace gran en la corte del Califa con motivo de la llegada de las embajadas de León, Pamplona, Castilla y Monzón. Hablan de paz y amistad, pero señalando que amistad no significaba obediencia. Después de haber dominado a las tribus africanas, Córdoba deseaba otra cosa de los Estados del norte de la Península. Hubiera castigado rigurosamente o los embajadores a no ser por ampararles el fuero diplomático. León rompió las relaciones con Córdoba, y lo mismo debió hacer García Fernández. Se hacen necesarios preparativos de guerra.
El conde García Fernández, dejando atrás el castillo de Lara, se internó en los pinares de Vilviestre y Duruelo, pasó cerca de Garray, "antigua ciudad quemada" (Numancia), sin intentar ningún acto de violencia contra la ciudad que ya entonces llamaban los musulmanes Medina Soria, siguió hasta Almenar y Noviercas; y ya en el valle del río Deza, atacaron a la fortaleza de este nombre. Desconcertados por la sorpresa, los musulmanes apenas opusieron resistencia. García avanzó hasta las puertas de Medinaceli. Viéndola bien defendida, siguió hasta las puertas de Sigüenza, dando por terminada su expedición. Era el 2 de septiembre. El 12 ya había llegado a Córdoba la noticia, causando gran indignación. El consejo califal resolvió la guerra contra Castilla.
El 26 de abril de 978, el conde García Fernández se encuentra en León. Se celebra junta general del Reino. El conde García insistía en la guerra contra los musulmanes. Estando en León, los musulmanes realizarán una campaña a la región de Salamanca, resolviendo atacar la frontera del Tormes, formada por los leoneses después de la victoria de Simancas. García vuelve a Castilla.
El 6 de agosto, los expedicionarios musulmanes están de vuelta en Córdoba. El conde García se dirige a Gormaz que se rinde a los primeros asaltos, llega hasta Barahona y después hasta Atienza, donde deja guarnición militar.
Durante el año 980 los castellanos van a disfrutar de una tregua inesperada. Pero, poco a poco, Almanzor va concretando sus planes. Le urge hacer tres cosas dentro del Califato: aislar por completo al Califa, reorganizar el ejército y deshacerse de su suegro Galib. En la primavera del año 980, Almanzor comunica a Galib, su suegro, que piensa hacer una aceifa contra las fortalezas meridionales de Castilla. Galib le aguarda en Atienza y le preparó un banquete. En la conversación salió el tema del Califa, y Galib hizo a su yerno toda suerte de advertencias y recriminaciones. La discusión llegó a ser tan violenta que Galib, desenvainando la espada, se arrojó contra su yerno que huyó herido, saltando desde lo alto de una torre y salvando milagrosamente la vida.
El desafío entre los dos hombres más importantes del califato se resolvió en una guerra civil. Tres de las cincuenta campañas que, según los historiadores hizo Almanzor fueron dirigidas contra su suegro. Una de ellas tuvo lugar en Torrevicente. Galib acampó allí el día 8 de julio. Como ese día era viernes, la batalla se aplazó hasta el 10. En el campamento de Galib estaba el conde García Fernández. Galib se lanzo al combate abierto con una cota de malla, que le llegaba hasta los pies, y un casco dorado. En una carga de caballería, pegó con la cabeza contra el arzón de la silla, cayó de su caballo y hubo que sacarle del combate agonizante. La batalla estaba perdida para él. García Fernández pudo escapar con su gente. Pocos días después, Almanzor entraba triunfante en Córdoba. Antes que él había llegado la cabeza de su rival, presente macabro que hizo a su mujer Asma, la hija del vencido.
El descanso fue breve. Almanzor hizo una campaña contra León en los meses de agosto y septiembre del año siguiente, 981. Vino luego el castigo al castellano.
domingo, abril 06, 2008
Estuvimos allí. Viaje a Catalañazor con Delta Ediciones.
Próximas Excursiones:
12 DE ABRIL
26 DE ABRIL
Más inforamación:
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lunes, marzo 31, 2008
TREN A SANTANDER POR BURGOS, lo demás es trabajar contra Burgos
Ciudadanos de Burgos desea hacer pública su felicitación a la Federación de Asociaciones Empresariales por la iniciativa de propiciar un trabajo de alto nivel sobre la propuesta de que el AVE a Santander lo haga pasando por Burgos, así mismo procede felicitar a los autores del trabajo profesores: Sergio Ibáñez García y José Ángel Porres Benito.
A esta seria propuesta solo le falta el apoyo político, sin dilación y sin las ambigüedades a que nos tiene acostumbrados los partidos. Ahora que estamos en plena euforia de promesas electorales es el momento de hacerlo, pero los ciudadanos queremos compromisos públicos, y por escrito a los patrocinadores de la propuesta, con datos y sobre todo fechas.
Así trabajan los Castellanos Viejos, con seriedad, y así deberían de trabajar todos los políticos burgaleses. ¿Pero?….. Estamos a merced del dedo caprichoso que decide nuestro futuro desde fuera de nuestra provincia, sin que nuestros representantes políticos lo impidan. ¿Cómo y quién está decidiendo nuestro futuro? Quienes llevan 20 años trabajando para arrinconar a la provincia de Burgos ¡Y cierto es que lo están logrando, ante nuestra apatía y pasividad!. Por lo tanto, no echemos la culpa a los demás, porque la culpa es de la mayoría de los burgaleses.
TREN A SANTANDER POR BURGOS, lo demás es trabajar contra Burgos.
Lesmes Peña.- presidente de Ciudadanos de Burgos por Castilla
jueves, marzo 27, 2008
Escudos de los Reinos de León y Castilla

De nuevo, desde el blog "Corazón de León", se nos ofrece otro interesante documento.
"El carro triunfal. Jinete con las tablas de las bodas españolas, y está contenida en el Libro de Maximiliano, localizado en la Biblioteca Nacional."
miércoles, marzo 26, 2008
Escudos de los Reinos de Castilla, León y Toledo
Por su interés reproduccimos la siguiente entrada del blog de Ricardo Chao: "Corazón de León", que se encuentra en: http://corazonleon.blogspot.com/
"un cuadro que representa la apoteosis de Carlos I de España y V de Alemania, y que me facilitó el mencionado José Manuel Díez. Cada país aparece personificado en una mujer. En el caso de España (o Hispania), el primer escudo es el de Castilla, el segundo el de León, el tercero el de Aragón, 4º Navarra, 5º Granada, etc. Desconozco el título y el autor. Os dejo la vista general, y otra con el detalle de los escudos, con el de León resaltado."
[NOTA DE BREVIARIO CASTELLANO: Debajo de las barras aragonesas, está situado el del Reino de Toledo]
martes, marzo 25, 2008
sábado, marzo 15, 2008
DELTA EDICIONES. VIAJES AL CAMPO DE CALATAÑAZOR, SAN ESTEBAN DE GORMAZ Y CASTILLO DE GORMAZ
EXCURSIONES A CAMPOS DE BATALLA
Actividades sin ánimo de lucro.
Usted puede inscribirse en estos grupos, llamando al 687 57 60 62 o con un correo electrónico a deltaediciones@deltaediciones.com
DESDE MADRID. VIAJES AL CAMPO DE CALATAÑAZOR, SAN ESTEBAN DE GORMAZ Y CASTILLO DE GORMAZ.
UN VIAJE MEDIEVAL AL SUR DE LA PROVINCIA DE SORIA, UNO DE LOS LUGARES MÁS IMPORTANTES DE LA RECONQUISTA, "LA FRONTERA DEL DUERO DEL SIGLO X ", DONDE REDESCUBRIREMOS AL
CONDE DE CASTILLA
GARCI FERNÁNDEZ
(Y PONDREMOS EN SU LUGAR AL MORO "ALMANZOR" )
LOS VIAJES DEL 5 Y EL 12 DE ABRIL ESTÁN CASI REPLETOS, POR LO QUE HEMOS ABIERTO LA INSCRIPCIÓN PARA UN NUEVO VIAJE EL SÁBADO 26 DE ABRIL
Elegía Castellana, Carlos Arnanz Ruiz, Segovia, 2007.

La novela de Carlos Arnanz “Elegía de Castilla” llama la atención por la multitud de símbolos, analogías y alegorías sobre la decadencia castellana , que finalmente se nos antoja por su exceso de nostalgias y presencia externa una especie de sendas perdidas que se pierden en una nada infecunda y sin sentido bien reflejada en el suicidio del protagonista. El protagonista trabaja en un pequeño y vetusto comercio familiar, que si bien tuvo un glorioso pasadno es ahora mas
Que un superviviente entre los hiper y grandes superficies, aunque parece que aún renta lo suficiente para que el protagonista haga un viaje a Nueva York sin reparar en economías de pobretón sin posibles. Es curioso que el protagonista sea sin embargo un hombre de su tiempo, liberado de ancestrales ligaduras que aún conservan las mujeres de su familia – madre y hermana-, su querencia le lleva a Marilyn Monroe más que a nuestra Señora de la Fuencisla.
Segovia víctima de manejos políticos fue incluida a la fuerza en el engendro autonómico de Castilla y León, lo que en conversación distendida en la manzana de oro de Nueva York con unos ricos comerciantes judíos se compara con la suerte de los viejos indios de Nueva Inglaterra expulsados progresivamente de sus tierras –entre ellas Manhattan- y exterminados poco a poco entre matanzas, alcohol y reservas.
La nostalgia sube de tono cuando con la vista en el ayer nos dice que es en el campo donde se conservan las verdaderas esencias del pueblo. Aquí el lenguaje emocional alcanza ya unos tópicos francamente intolerables. No sería cuestión aquí de delimitar la noción de pueblo, pero desde una perspectiva tradicional las esencias de un pueblo, no están en el campo ni en la ciudad, el espíritu de donde emana no se circunscribe en absoluto al espacio ni al tiempo. Bien distinto es que el transcurso del tiempo agota unas posibilidades de comunión espiritual, más rápidamente en la polvareda humana y sin raíces de la ciudad que el campo; suponiendo que fuera de la superficial apreciación de turistas urbanitas despreocupados y torpemente ignorantes quede hoy algún vestigio de lo que en sentido coloquial y nostálgico se llamaba antes campo. Cualquiera que conozca los pueblos de Segovia sabe lo que esto quiere decir: despoblación y envejecimiento creciente, comunicaciones que hacen de la más remota aldea apéndice de la capital provincial, de un pueblo o pequeña ciudad importante o del mismo Madrid. Los escasos jóvenes de pueblo que quedan son perfectos ciudadanos consumistas,
motorizados, de discoteca, estupefacientes y otras modernidades que no es cuestión de especificar pormenorizadamente. La vieja profesión de campesino
cuando no totalmente desaparecida ha sido sustituida por la de agricultor, externamente parecida pero muy distintas ya en su tono vital. La aldea global es definitivamente ciudad sin límites.
Así nos dice al final de la novela que la nave de Segovia levaba anclas hacia el absurdo, probablemente la apreciación es muy relativa, no es tanto que navegue con relación a algo que permanece fijo, se trata más bien que la entera tierra con todas sus ciudades y pueblos –Segovia tanto como Nueva York- es un río que nos lleva a hacia un destino de impermanencia y disolución, lo que dicho a bote pronto tiene un cierto regusto budista, pero que si se quita una las modernas anteojeras progresistas puede ser una perspectiva auténticamente cristiana, aunque se hagan pocas o ninguna homilía sobre ella : El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (San Mateo 24,35).
No falta un toque de modernidad sorprendente que de alguna manera delata al autor, así cuando nos cuenta acerca del genuino espíritu de Segovia de marcado talante liberal. Ahora resulta sorprendentemente que el liberalismo que acabó con la Castilla foral tradicional es precisamente el tesoro de Segovia; he aquí una de las dificultades mayores de los que se reclaman de una Castilla auténtica; sus referencias fundamentales : Luís Carretero Nieva, y su hijo Anselmo Carretero Jiménez fueron hombres progresistas en su tiempo; republicanos, comprometidos en la guerra civil del 36 con el bando rojo – lo de republicano es un eufemismo inaplicable en un régimen auspiciado por Stalin y sus consejeros soviéticos, demócratas donde los haya-. Así pues aun bien analizado el antiguo régimen foral castellano por Luís Carretero, pocas veces se reclama de él, y en el caso de su hijo Anselmo su obsesión es más por una autonomía, estado o estadito o como demonios se llame la continua y disparatada fragmentación moderna del poder –que no de la autoridad, inexistente- en el rápido fluir de la modernidad.
La Castilla foral era una especie de federación de pequeñas repúblicas unidas por el carisma de una monarquía surgida en un entorno tradicional cristiano difícilmente reproducible en los tiempos que corren. Solo de una manera real se puede volver a lo que verdaderamente era el fundamento de la Castilla originaria: sus comunidades concretas y particulares; insistir como primera providencia en la abstracción genérica de nombre, extensión, concentración de dinero y poder en una capital – Burgos o Hiendelaencina- , idioma oficial, o modernidades por el estilo tiene muy poco que ver con la vieja singularidad a la par que diversidad castellana; y lo que es peor hace muy difícil diferenciar la Castilla originaria de modernos engendros del tipo Castilla y León , precisamente basados en modernidades del tipo de extensión, lengua y otras uniformidades más o menos plausibles.
La desaparición de Castilla como vieja entidad histórica y cultural no es tanto resultado del pesimismo y la ignorancia como de modernidad arrasadora de
diferencias, en cuya vanguardia podríamos situar el liberalismo, que por otra parte
nos dicen que es el tesoro de Segovia. ¿O al final lo que se pretende es nada menos
una Castilla liberal y moderna? Claro que las cosas o pueden ir a mucho peor de lo que ahora están. Probablemente si algo puede quedar de Castilla en el futuro, será más bien un apéndice de un nuevo Al Andalus musulmán, exclusivista y fundamentalista en un melting pot de razas donde será más bien problemático encontrar un islote liberal donde refugiarse.
RES.
Castilla y León, 25 años después...el invento sigue sin funcionar.
Por Jaime Alfaro
Nos encontramos desde hace unos años en la vorágine política de la aprobación de nuevos estatutos de autonomía, que han traído como consecuencia fuertes tensiones. Hace unos días se conocía la noticia sorprendente de la posible paralización momentánea de la tramitación del nuevo estatuto de Castilla y León. ¿Las razones? La posible inclusión de una cláusula en el preámbulo que reconociera la existencia de dos regiones distintas en esa autonomía.
Así pues polémica servida. Tuvimos ocasión de asistir a un lamentable espectáculo protagonizado por la clase política de Castilla y León con grandilocuentes declaraciones acerca de "mapas cerrados","polémicas zanjadas","provincialismos" y demás. Muy demócratas estos señores. Defensa histérica de sus poltronas y de la "institución" que les da de comer.
En el origen de toda esta polémica se encuentra el pacto de gobierno suscrito en el ayuntamiento de León entre el PSOE y la Unión del Pueblo Leones, de marcado carácter leonesista, que ha provocado un giro del PSOE leonés a favor de las posiciones de reconocimiento de la dualidad del engendro autonómico.
El agua no llegará al río. La burocracia de la Jjunta” con base en Valladolid se encargara de que el nuevo estatuto no admita la más mínima disidencia en cuanto al posible cuestionamiento de la inventada autonomía.
En todo caso, su histerismo es nuestro regocijo. 25 años después, con un lavado de cerebro a la población constante empleando para ello una cantidad incontable de dinero , las cosas siguen como al principio El invento no se consolida y la oposición en León es incontestable.
A favor de la Junta está el hecho de que la oposición a la autonomía solo esta organizada políticamente en la provincia de León y en una medida mucho menor en la de Zamora. Es hora del despertar del resto de las provincias de León y de Castilla. Evitemos que puedan celebrar otro aniversario....en eso estamos algunos.
La Rioja en un escudo

(Tomado de larioja.com)
La Rioja en un escudo
El escudo regional, antes utilizado por la provincia de Logroño, cumple su 50 aniversario
J.A.G./ Logroño
El escudo de La Rioja es, junto a la bandera y el himno, uno de los «símbolos de identidad» de la comunidad autónoma, según queda oficialmente recogido en el artículo tercero del Estatuto de Autonomía. En un principio fue aprobado, mediante un decreto del Ministerio de la Gobernación, como el escudo de la entonces llamada provincia de Logroño. Era el 5 de abril de 1957, por lo que en el presente año no sólo se conmemora el 25 aniversario del Estatuto riojano sino también las bodas de oro de la existencia de este escudo, que fue finalmente adoptado por la comunidad autónoma en 1985.
En él quedan plasmados de forma gráfica los elementos más relevantes de la historia de la región.
Se trata de un escudo dividido en dos mitades, timbrado con una corona real. En la mitad de la izquierda campea la Cruz de Santiago, que se yergue sobre el monte Laturce en recuerdo de la Batalla de Clavijo, donde, según se cuenta, apareció el apóstol para interceder en la contienda.
La Cruz se encuentra flanqueada por dos conchas de peregrino para que recordar que, desde los siglos del medievo, las tierras riojanas son atravesadas por el Camino se Santiago.
En la mitad derecha aparece un castillo de color dorado con tres torres almenadas que cumple una función integradora (ya que todos los partidos judiciales de la región a excepción de Calahorra tienen un castillo en su escudo), aunque también es revelador del pasado castellano que tiene la comunidad. El castillo cabalga sobre un puente de sillería bajo el cual discurre el río Ebro.
Tanto las flores de lis como la corona real son distinciones otorgadas a la ciudad de Logroño por distintos monarcas españoles
jueves, marzo 13, 2008
martes, marzo 11, 2008
miércoles, marzo 05, 2008
viernes, febrero 22, 2008
La personalidad actual de Castilla. Ignacio Carral (Diario de Burgos 1931)
LA PERSONALIDAD ACTUAL DE CASTILLA.
Ignacio Carral
Así, pues, aunque parezca absurdo decirlo, es completamente cierto que España necesita reanudar su historia, rota y desviada por varios siglos de monarquía centralista. Esto no quiere decir, naturalmente, que vayamos ahora a dar un salto atrás para colocarnos en plena Edad Media. Pero sí expresa la obligación de ligar el momento actual con los múltiples momentos en que nuestra nación fue perdiendo sus instituciones peculiares, procurando situar éstas en el punto hipotético de evolución que las habría correspondido, de no haber sido rotas o falseadas por los reyes.
A nosotros, los castellanos, la primera tarea que se nos presenta es la de restituir nuestra región, que ha perdido hasta el nombre. Hay un libro que todos los castellanos deberían leer y meditar despacio; se llama "La Cuestión Regional de Castilla la Vieja", que fue publicado en 1918 por un ilustre segoviano, don Luis Carretero. En este libro hay capítulos que de buena gana copiaría enteros si el carácter periodístico de estos trabajos no me pusiera inexorables límites de extensión. (5)
Insiste especialmente el señor Carretero en la suplantación que las provincias leonesas, con Valladolid a la cabeza, hacen del nombre de Castilla; "a consecuencia de la confusión de nombres -dice- los intereses castellanos confunden también y están postergados y sometidos a los de Valladolid, Tierra de Campos y el resto de la región leonesa". "Pidiendo siempre para Castilla la Vieja, los leoneses obtuvieron siempre cuanto querían para su región; así cuando a Castilla la Vieja no la quedaba ni siquiera el nombre, que tenían secuestrado los leoneses, Valladolid conseguía hacerse núcleo de concentración de la cuenca del Duero y lograba que las líneas férreas de media España concurriesen en su provincia con grave perjuicio de todo el Norte y Noroeste de la nación, que se vieron obligados a prescindir de los caminos directos, ya que todos rodean para pasar por Valladolid". "En Valladolid reina un verdadero afán por alardear de castellanos y un prurito desmesurado por demostrar que dicha ciudad es el heraldo de las aspiraciones de Castilla. No hay un periódico que no se precie de castellano, ni se hace una empresa industrial, agrícola o agraria que no ponga en su razón social el nombre de Castilla. Se dirá al contemplar este espectáculo que Valladolid se ha separado de su región leonesa y se ha sumado a la de Castilla la Vieja. Nada más lejos de la verdad que esta afirmación, pues la hermosa ciudad de la orilla del Pisuerga es lo que no tiene más remedio que ser: el cerebro de la región leonesa, el paladín de sus deseos, el asiento de su progreso".
Creo que con los párrafos copiados basta para ver con cuánta clarividencia el señor Carretero denuncia la injusticia de que Castilla ha sido víctima en el régimen centralista. Lo que sorprende es que el señor Carretero, después de descubrir tan certeramente el daño, caiga, en otro concepto no menos peligroso: el de hablar de "Castilla la Vieja" como unidad regional. Esto es bastante grave porque implica el concepto de limitar nuestra región a la barrera de la cordillera central, lo cual ha sido precisamente la causa de que Castilla y León se hayan mirado como regiones situadas entre dos mismas cordilleras, como siendo prolongación una de otra.
Pero una cordillera puede ser una magnífica muralla guerrera, como fue contra los invasores moros, y ésta es la única razón de que la cordillera central fuera el límite primitivo del territorio castellano, no es nunca una muralla racial. Los pueblos cuando se establecen en una vertiente montañosa sienten irresistiblemente el deseo de establecerse también en la vertiente opuesta, sobre todo -como hace notar Reparaz- cuando estas cordilleras están trazadas en el sentido de los paralelos terrestres, y al otro lado se ha de encontrar una producción distinta.
En el caso de Castilla la Vieja sólo se llamó tal a la antigua Bardulia, en donde los reyes de León fundaron sus castillos contra los moros en los primeros tiempos de la conquista. El territorio de más allá del Duero, que llegó a extenderse hasta el Tajo a un lado y otro de la sierra, se llamó la Extremadura castellana, distinta de la Extremadura leonesa, que se extendió después desde Salamanca por el territorio de la Extremadura actual.
Pero tampoco creo que el señor Carretero pretendiera hacer demasiado hincapié en lo que pueda significar estrictamente esta denominación de Castilla la Vieja. Más bien parece que lo que ha querido delimitar con ese nombre ha sido la confusión habitual entre Castilla y la Mancha. (6)
Porque el nombre de Castilla la Nueva no quiere decir más que los territorios de la meseta que se habían ido añadiendo por sucesivas conquistas al reino de Castilla y debió referirse a los llanos' manchegos. En la Mancha comienza la llanura al igual que en la región leonesa, y varían, por tanto, la producción, los cultivos, la vida, los intereses y el espíritu de los castellanos, que viven en terreno francamente serrano en las tres cuartas partes de su superficie, e interrumpido constantemente por lomas, colinas y valles en las comarcas que más se aproximan a la llanura.
¡Es curioso el destino de Castilla de haber sido constantemente falsificada por la boca de los demás españoles! Se ha acusado de imperialismo a la región de España que menos sintió nunca este anhelo, como lo demuestra su maravillosa democracia interna y su ningún afecto hacia los reyes imperialistas; se ha acusado de centralista a la región que aun dentro de sus límites se negaba en el siglo XI -cuando ya León y Cataluña empezaban a territorializar su derecho- a generalizar sus costumbres jurídicas y se resiste a ello hasta el Fuero Real del siglo XIII; se ha acusado de tradicionalista y conservadora a una región que precisamente representó, frente al principio de autoridad leonés, la atención a las innovaciones de los tiempos y a las necesidades de los pueblos, creadas por el medio y las circunstancias, y precisamente el triunfo del idioma castellano consiste en haber sido francamente renovador frente a la tendencia conservadora y arcaizante de los demás idiomas peninsulares; se ha tachado de pobre a una región que - sin ser una maravilla de riquezas- posee excelentísimos recursos naturales: se ha juzgado como sombría una región de cielo despejado la mayor parte del año y de una diáfana luminosidad que despiertan el fervor de los pintores que cruzan por ella y a ella vienen constantemente.
Y, por último, se ha abusado hasta la saciedad del tópico de la "llanura monótona y uniforme" al hablar de una región de terreno quebrado, ocupado casi en su totalidad por ingentes montañas que a veces alcanzan 2.500 metros sobre el nivel del mar y 1.500 sobre el nivel de ciudades situadas a pocos kilómetros, una región que precisamente acaba en el lugar mismo en que la llanura comienza a definirse de modo franco; en la región leonesa y en la región manchega.
No debemos, sin embargo, culpar a los demás de esta última apreciación, porque hemos sido muchas veces los castellanos mismos los que hemos contribuido a propagarla, debido seguramente a una ilusión un poco infantil, pero muy natural; y es la de que al contemplar nuestro paisaje lo hacemos lógicamente con preferencia hacia su parte más abierta. Y entonces vemos la llanura o la iniciación de la llanura en las tierras próximas a ella. En este sentido nuestro paisaje es un paisaje de llanura; pero esto no quiere decir, como puede suponerse, que habitemos por ello la llanura.
Otra cosa muy importante es preciso hacer constar sobre Castilla, que contribuye a impedir con todas las otras que pueda ser contemplada su verdadera realidad actual: la división en provincias. Si a todas las regiones españolas causó daños esta absurda y arbitraria acotación del mapa de España, que debió dejar muy contento al literato Martínez de la Rosa, a ninguna la ha hecho tanto daño como a Castilla. Porque dejó trituradas sus comarcas, algunas de las cuales llegaron a perder la noción de su propia personalidad. A esta trituración contribuyó, no poco, la manía de que ya he hablado de tomar por frontera la cordillera central, como si fuera la tapia de una finca, y romper así todo el sentido de las comarcas que estaban acaballadas en ellas.
Por eso, la primera cosa que debe hacer Castilla es pedir la desarticulación de sus provincias, reconstituir cuidadosamente sus comarcas, y luego...
Esto es precisamente, este luego, del que quiero tratar en mi próximo y último artículo.
Ignacio Carral
("Diario de Burgos", 24 mayo 193 1.)
(5) ¡Qué conveniente sería que algún mecenas castellano o algún organismo regional acometiera el gesto de reconocer el nombre de Castilla y el de su autor que puso tan noble empeño en defenderle!
(6) Hay sobre todo dos nombres idénticos y dos significaciones diferentes y contradictorias: La "Castilla Política Estado" y la "Castilla Gentil". Cada una se adscribe al concepto que representa.
jueves, febrero 21, 2008
El derecho de nacer. Isidoro Tejero Cobos (Segovia 1995)
EL DERECHO DE NACER
El Regionalismo es un fenómeno de individualización colectiva. (1)
Se es de la tierra en que se vive. (2)
La geografía de la verdad es más importante que la geografía de las ideologías. (3)
El amor a la tierra va unido a la cultura y a la historia; si se desprecia la cultura y la historia se desprecia el amor a ella; y si se desconoce la cultura y la historia que ha tenido esa Comunidad no se tendrá memoria de la misma y se carecerá de raíces para crecer. (4)
El Regionalismo es la expresión políticamente coherente de amor a la tierra. (5)
En la naturaleza funciona tanto el filtro regionalista como el filtro nacionalista; son dos actividades esenciales de la vida. (6)
El Regionalismo está a favor de la autoridad entendida de otra manera a como se ha llevado en la Historia de España. (7)
El Regionalismo no es un problema de la vida, es un aspecto esencial de la vida. (8)
Que nosotros no entendamos, en un momento dado, lo que el Regionalismo es, no quiere decir que no sea un aspecto básico de la realidad. (9)
El Regionalismo como fenómeno de vida ha existido siempre, en todo tiempo y lugar; cuando se ha pretendido destruirle existía, y cuando ha sido perseguido existía también. (10)
El nacionalismo, en la razón de su negación, reside la afirmación de la evidencia que niega. (11)
El nacionalismo absolutista es una forma de regionalismo cerrado a su propio fanatismo (12)
El Regionalismo es un hecho de vida, no se le puede extirpar, no se le puede destruir, porque es parte entrañable de la Naturaleza y es una característica fundamental adscrita a su dinamismo. (13)
El pluralismo político es una manifestación regionalista. (14)
El espectáculo más deprimente de un pueblo es asistir a la quema de su propia lengua. (15)
El Regionalismo empieza por uno mismo. (16)
El primer escalón del Regionalismo es la propia persona. (17)
El Regionalismo es una fórmula universal. (18)
El Regionalismo es un sentimiento cultural y patriótico que activa la solidaridad entre sus gentes. (19)
La parte no debe apropiarse del todo porque pertenece a todas y cada una de las partes. (20)
Despreciar el Regionalismo ha sido, después de olvidarse de sí mismo, una de los mayores disparates que pueden vivirse. (21)
Se puede negar y hasta ignorarse que se pertenece a una región o pueblo pero no puede dejarse de pertenecer. (22)
El Regionalismo sabe mucho de solidaridad porque forma parte de las entrañas de su ideal de vida. (23)
Cuanto más catalanes sois más me gusta Cataluña. (24)
El Regionalismo está más cerca del individuo, de la libertad y de la cultura que el Estado Suprarregional que está más interesado en el control del poder de los individuos a través de las instituciones políticas. (25)
El Regionalismo es un señorío del espíritu, una gala, un poder, un atributo, es una función, es una peculiaridad, es una personalidad colectiva, es una individualización cultural, es como una religión, es una fe, es un entusiasmo, es una dicha, es una gracia común, es un valor de pueblo, es una mística, es un amor colectivo, es una patria, es una fuerza regeneradora, es un punto de encuentro, es una solidaridad, es una vivencia colectiva que nace, vive, crece, sufre y disfruta con conciencia de sí y se expresa para seguir viviendo. (26)
La lengua es el valor más significado de la identidad de un pueblo. (27)
El ataque más directo a un pueblo es cuando se destruye su identidad. (28)
Respeta la individualidad en todo lo que haces. (29)
El bien mío es una cosa, el bien de todos son muchas cosas. (30)
El logro colectivo es suma de logros individuales. (31)
El sentido de la convivencia lo da el calor sagrado de la raza. (32)
Ver a los vascos sentir la alegría de su comunicación solidaria, es una alegre experiencia. (33)
El sentimiento colectivo y el sentimiento individual son dos cualidades del corazón del individuo. (34)
Los seres colectivos no existen; lo que hay son seres colectivos en seres individuales. (35)
El territorio común está fraccionado en propiedades individuales . (36)
El Regionalismo es la expresión política de un sentimiento de solidaridad social. (37)
El sentimiento regional es un antídoto natural que actúa neutralizando la acidez de la envidia y el resentimiento. (38)
La mayor riqueza de un pueblo siempre es su propia cultura decantada en el bien común de su libertad. (39)
El Regionalismo es el signo de opulencia de los pueblos. (40)
¿Dónde está Castilla? ¡Si no existe! (41)
El inconveniente mayor del Regionalismo Castellano, más que la situación en que vive, es el estado de cultura en que se haya. (42)
Castilla necesita movilizar sus recursos humanos y políticos en orden a lograr su afirmación como pueblo. (43)
Si Castilla desde dentro promoviera su separación de León y Toledo, no tendría mayor importancia el problema. Daría de ganar a quienes como nosotros emprenden esa nueva andadura. (44)
La unión de León y Castilla está alimentada de un sentimiento residual que queda en la conciencia de los territorios afectados y en el resto de España. (45)
A corto plazo puede consentirse una situación que tiene fuerza política para seguir, pues parece no está madurado el momento como para emprender la cirugía de una separación. Sin embargo, a largo plazo, puede tener unos costes graves para España, porque rehacer un pueblo como el castellano, tan castigado por la historia y la cultura, no es fácil hasta que no transcurra el tiempo suficiente. Mientras tanto eso genera situaciones de insuficiencia que no se pueden cubrir tan fácilmente. (46)
A pesar del ambiente de modernidad, España aún carece de la suficiente energía para parir la libertad de Castilla Gentil. (47)
León y Castilla no han sido un complemento político pluralista sino una unidad forzada desde la más estricta política centralizadora (48)
ISIDORO TEJERO
Regionalismo castellano (1)
Información y servicio de libros. Segovia 1995
lunes, febrero 18, 2008
Ser y Razón de lo Castellano (6 de 7): Falseamiento y anulación del ser y la personalidad de Castilla
Nos vamos a referir, seguidamente, al proceso histórico de falseamiento y anulación del ser y la personalidad del pueblo castellano.
La Castilla original y auténtica fue desnaturalizada. A mediados del siglo XIII, concretamente en la unión definitiva de las coronas de Castilla y de León que se produce en 1230 en la persona de Fernando III, se inicia un largo proceso de falseamiento y anulación de la personalidad castellana.
En esa unión de las dos coronas se ha querido ver una afirmación de la primacía de Castilla en la historia de España, una consolidación definitiva del poder castellano frente a los demás pueblos españoles.
La realidad es muy distinta. La nueva monarquía no es ya castellana, aunque comprenda el territorio de Castilla. En la larga relación de reinos que la componen en aquel momento histórico – Castilla (con los Señoríos de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, y Molina de Aragón) León, Galicia, Asturias, Extremadura, Toledo, Córdoba, Jaén, Sevilla, Granada y Murcia – ciertamente Castilla figura en primer lugar, sin duda porque fue la primera corona que heredó Fernando III, pero no hay un predominio de Castilla sino que, por el contrario, son los ideales, instituciones, esquemas sociales y espíritu señorial de la monarquía de León los que imprimen su carácter a todo el conjunto del Estado. Ya lo dijo certeramente el ilustre historiador catalán Bosch-Gimpera: “Aquella monarquía, a pesar de llamarse castellana, era propiamente ajena a Castilla, representaba la tradición visigoda a través de la monarquía leonesa y polarizaba a menudo en torno a empresas extrañas al verdadero espíritu castellano, fuerzas que lo desviaban de la trayectoria de sus raíces”.
La acción de los reyes de la nueva monarquía global se orienta a la descalificación del régimen popular castellano – la primera democracia que se había dado en Europa - , y a su paulatina suplantación por un régimen unitarista y señorial.
El Estado no es castellano ni se castellaniza. Simplemente secuestra el nombre de Castilla, pero su actuación es claramente opuesta al genio castellano. Rebasada la línea del Tajo, las grandes conquistas de Fernando III, la expansión por la Mancha, Extremadura, Andalucía y Murcia y los conflictos sucesorios, determinan la creación de enormes señoríos territoriales concedidos por los reyes en propiedad y jurisdicción a las grandes familias y a las Órdenes Militares, unas veces por vía de recompensa de servicios y otras como precio de su parcialidad en las discordias intestinas. Es decir, justamente el esquema contrario al planteamiento popular de la colonización castellana. La nueva monarquía exporta a esas fronteras – más tarde a América – el sistema feudal propio de las estructuras del reino leonés, e incluso, lo que fue más grave para los castellanos, en el mismo solar y corazón de Castilla – como ha denunciado el maestro Sánchez-Albornoz – llega a otorgar a los nobles sistemáticamente villas, tierras y jurisdicciones, cercenando las comunidades populares, expropiando los poderes concejiles, absorbiendo las propiedades libres y, en suma, destruyendo la sustancia democrática del país.
La política de los reyes de León-Castilla, apoyada en grandes señores, se orienta concienzudamente a restringir los derechos forales y la autonomía tradicional de las comunidades castellanas. Es un largo proceso que concluirá a fines del siglo XV con la destrucción de los concejos y la anulación del estado castellano pluralista, sustituido por la monarquía unitaria y centralizadora. La revolución comunera yugulada en 1521 es, en uno de sus aspectos, el último y desesperado esfuerzo de los castellanos para recuperar los derechos y libertades de la antigua tradición democrática de Castilla.
Un momento clave en este proceso va a ser la entrada de la Casa de Trastámara. En la guerra civil que lleva al trono a Enrique II, el rey Pedro, llamado el Cruel por los vencedores, estuvo apoyado por las Comunidades, mientras que la nobleza apoyó a Enrique, el bastardo. Pues bien, Enrique, que ha pasado a la historia con el título de “el de las Mercedes” repartió las Comunidades de Villa y Tierra entre la Nobleza que le había apoyado. Golpe decisivo contra las Comunidades y las libertades de los Concejos.
Así, Enrique II “el de las Mercedes” entregará Soria, Almazán, Monteagudo, Deza y Atienza, como recompensa, al hombre decisivo que le llevó al trono, Beltrán du Guesclin. La Comunidades de Soria conseguirá pronto liberarse y volver a ser de realengo; pero la mayoría de las Comunidades caerán definitivamente en manos de la Nobleza.
Aunque las Comunidades lucharon por no salir de la jurisdicción real, poco a poco, la Nobleza va imponiéndose a contrafuero sobre la mayoría de los Concejos comuneros. Esto se efectúa en detrimento del señorío de la Corona y daño de las Comunidades que pierden libertades y patrimonio colectivo. En las Cortes celebradas en Burgos el año 1367, el rey otorga algunas peticiones de los representantes que “pedían por merced que diésemos los dichos oficios a hombres buenos de las ciudades e Villa e lugares a pedimento de los Concejos que los pidiesen, y que no las diésemos a hombres poderosos ni que fuesen nuestros privados...”
A ello se acogió el Concejo de Madrid, al año siguiente, logrando que le fuera restituida la dehesa de Tejada y algunas aldeas usurpadas. Dicha dehesa había sido dada por el rey a “Ximén López”, nuestro Montero”. Sin embargo, al año siguiente, el mismo rey Enrique expide carta de donación de los pueblos de Alcobendas, Barajas y Cobeña a favor de Pedro González de Mendoza, mayordomo mayor del infante Don Juan, su hijo.
Como prueba del interés de las Comunidades por conservar su integridad territorial y su libertad bajo la jurisdicción realenga, son especialmente significativas las manifestaciones del Concejo de Madrid en el ayuntamiento celebrado en 1470. Donde afirman que:
“nos serán ni consentirán en que en esta Villa ni en sus términos e lugares e jurisdicción e propios, ni parte de ellos, sea enajenado en ninguna persona que sea por título de donación o merced...” añadiendo que, si por imposición así fuera, prefieren el exilio: “En el caso que tanta fuerza del Rey o de armas les viniere a que no lo puedan resistir, que ellos e cada uno de ellos, dejará la dicha Villa e se saldrá della e de sus arrabales a vivir e morar como hombres que desean vivir en libertad”... ¡He aquí el viejo espíritu castellano que prefiere el destierro a la sumisión desde los lejanos días de Mío Cid!
La imposición de la Nobleza, y posteriormente de los Corregidores, funcionarios que cada vez más van abandonando los fueros propios de las Comunidades para imponer el fuero real, contribuirán decisivamente al proceso centralizador y uniformador. La oposición popular a este extraño órgano de poder, se manifestará en muchas ocasiones, y especialmente con ocasión de la Guerra de los Comuneros. En los capítulos que la Junta Santa de la Comunidad ordena en 1520 y remite a Flandes para que sean confirmados por el rey, reinserta, en el cuadro de derechos y libertades que las comunidades reivindican, la petición de que “de aquí adelante no se provea de Corregidores a las ciudades y villas destos reinos, salvo cuando las ciudades e villas e comunidades de ellos lo pidieren; pues es conforme a lo que disponen las leyes del reino”
La derrota de los Comuneros marca, ciertamente, otro momento muy grave en el declinar del ser de Castilla. Pero, ante todo conviene observar que el nombre con que este acontecimiento político y social ha pasado a la historia es inapropiado y muy confundidor, porque el alzamiento no se limitó a Castilla y a sus tradicionales comunidades de ciudad o villa y tierra, sino que se extendió también por los reinos de León y de Toledo, así como por Extremadura y Murcia, aunque con muy distinto significado e intereses. También en Valencia y en Mallorca, se produjeron profundas conmociones políticas y sociales.
Las consecuencias de la llamada Guerra de las Comunidades fueron especialmente catastróficas para los vencidos de todos los lugares de los reinos de León y de Castilla, donde hubo fuerte oposición al emperador, y especialmente para las auténticas comunidades castellanas de ciudad o villa y tierra.
El movimiento de las “comunidades” se ha interpretado de muy diversas maneras según la época y el pensamiento político de los opinantes. Para unos esta rebelión fue una protesta nacionalista por la entrega del país a intereses extranjeros; para otros, una manifestación del descontento porque el nuevo rey otorgaba los principales cargos y las más jugosas prebendas a los forasteros de su séquito de flamencos; para los de más allá, un estallido de contiendas entre nobles por el predominio de su casa en la respectiva comarca; para la pequeña nobleza, los caballeros y el bajo clero, una reclamación frente a la prepotencia abusiva de los grandes magnates y prelados; para los países de auténtica tradición comunera, un intento de recobrar los viejos derechos y libertades perdidas; para los obreros de los diferentes oficios y las clases oprimidas, una revolución que los libraría de su miserable condición. Y de todo hubo en aquellos complicados acontecimientos políticos y sociales que hoy parecen aún más enredados por la confusión indiscriminada con que se presentan como una sola entidad reinos, países, pueblos e instituciones diferentes.
Para algunos autores el fracaso de los “comuneros” supuso la ruina de las Cortes y de los concejos democráticos; pero ya hemos visto que la consolidación del absolutismo real y la decadencia de las Cortes y de los Concejos ya se había iniciado mucho antes, fue acelerada por los gobernantes de las dinastía de los Trastámara y de hecho consumada por los Reyes Católicos.
El gran triunfador de aquel 23 de abril de 1521, dice Joseph Pérez, no fue tanto el poder real como la aristocracia, amenazada en su función política y desafiada como potencia económica y social.
Villalar, por todo lo dicho, tiene una significación histórica supranacional, pues afectó a varios reinos o pueblos de España. Por tanto, es una gran manipulación histórica la pretensión de identificar la celebración de Villalar como día de la región del Duero, lo que ahora se llama “Castilla y León”, que si bien incluye todo el antiguo reino de León, no incluye sin embargo toda Castilla.
Continuará, sin embargo, la vida de las Comunidades de Villa y Tierra, sobre todo en el aspecto económico. En la mitad del siglo XVIII, y en un pleito entablado en el lugar de Tarancueña (Soria), donde yo nací, se demuestra que seguía vigente en la Tierra de Caracena a la que pertenecía, el Fuero de Sepúlveda o de Extremadura, aunque, finalmente, se impuso la ley general uniformadora en la Cancillería de Valladolid.
Las leyes desamortizadoras del siglo XIX no alcanzarán solamente a los bienes de la Iglesia, sino también a los bienes comunales (de comunidades y de aldeas), perdiendo las Comunidades de Ciudad o Villa y Tierra , además del poder político y los fueros, el rico patrimonio que aún poseían.
Poco se salvó de aquel general expolio, yendo a parar el patrimonio comunitario a manos de una burguesía extraña al territorio, o al cacique, y siendo en otras ocasiones comprado en fuerte sumas de dinero por la propia Comunidad o la aldea. En ambos casos, el resultado es la ruina de las Comunidades y sus Aldeas.
La división provincial de 1833 y la supresión subsiguiente de las Comunidades de Villa y Tierra acabaron, definitivamente, con esta institución esencial que define el ser y la personalidad del pueblo castellano: Las Comunidades de Ciudad o de Villa y Tierra.
Las aldeas quedaron, así, recluidas en su individualidad, sin defensa ninguna ante el centralismo estatal y provincial, y a merced del cacique más fuerte. Faltas de comunicaciones y perdidos todos los servicios, mal pagados los productos del campo y faltas de unidad para la defensa de sus intereses, las aldeas se han ido muriendo en su soledad.
Inocente García de Andrés
Socio fundador de tierra CASTELLANA
Miembro fundador de Comunidad Castellana.








