jueves, mayo 25, 2006

La causa de los pueblos.(Isidro Juan Palacios, Ruvista Punto y Coma nº 4)

La causa de los pueblos

Isidro Juan Palacios

Todos los pueblos tienen derecho a su identidad, a guardarla como es, y a ser ellos mismos. Pero, ¿en nombre de qué podría condenarse la tendencia (natural) de los pueblos a la expansión? La solución no está en la imposición de un orden prefabricado, sino en la recuperación del arraigo (del Espíritu) por medio de un equilibrio, un equilibrio que podría formularse como “Imperio Cultural”, siguiendo la línea de Yukio Mishima. Ese equilibrio, ese Imperio del Espíritu es lo que aquí se propone como vía de realización de la Causa de los Pueblos.

El Imperio Matador

De los años en los que se ensalzaba la obra de los Imperios conquistadores y colonizadores, se ha pasado a la compasión, y más que eso, a la añoranza actual de las civilizaciones ahogadas sórdidamente o destruidas. Es la hora en que se pretende levantar a los muertos. Y es legítima esta posición, porque nadie puede censurar el recuerdo de pasadas herencias, su defensa, o incluso su reconquista. Los pueblos tienen derecho a ser ellos mismos, a buscar sus raíces y a cultivarlas. Pero creer, como lo hacen algunos, que esta fórmula es la única digna de respecto, significa caer en un nuevo modo de ser extremista. En el derecho que cada pueblo tiene a ser diferente, debería entrar tanto el reconocimiento de una propia voluntad defensiva de la simple existencia libre, como también debería ser reconocida (¿por qué no?) la vocación de un pueblo a expandir su diferencia. ¿Quién podría negarlo —en nombre de qué moral—, si el mundo ha sido hecho así, en permanente tensión, en continua fuerza, en constante hostilidad? Es cierto que la pérdida de nuestra diferencia nos puede venir por la imposición de un enemigo de gran empuje, pero cuántas veces la caída de un pueblo se ha debido a su merma de calidad interior, a la presencia de una traición frente a sí mismo, frente a su identidad...

Sea como fuere, lo que se pretende decir es que si Europa hoy se encuentra amenazada, si la Europa de los llamados países libres se halla colonizada culturalmente por la ideología del American way of life, hace bien en desear o vivir con empeño esa libertad; sin embargo, ¿quién puede lanzar anatemas contra USA por ser lo que es y extenderse? El problema no es tanto censurar a América, como el que Europa permanezca indiferente hacia su derrota interior; viva ignorando sus raíces; crea que el ocio hedonista y el nihilismo es su principal y más atractiva ocupación. Ser antiamericano visceral o psicológicamente es la peor de las defensas. Ser europeo, de vuelta hacia sí mismo, sin importar lo demás demasiado, es la mejor posición: la fuerza de la libertad.

Vencedores y vencidos

Si en algún nivel los principios morales, los de cortesía o de respeto, han quedado tachados, en la mayor parte de las ocasiones, ha sido en la dinámica histórica y a-histórica de los pueblos, constituidos, o no, bajo la forma de Imperios. Si los mayas o aztecas lucharon contra los españoles; si los ingleses hicieron la guerra a los chinos; si los americanos rompieron el hermetismo histórico japonés; si el tercer mundo padece todavía una sorda y encubierta colonización gracias a la omnipotencia del Nuevo Orden Internacional de la Información... es una partida de ajedrez que puede quedar siempre en tablas. Nunca como en estos casos, la “verdad” ha presentado dos caras. El Imperio azteca —sacrificador él— fue inocentemente sacrificado y su civilización borrada del mapa por los españoles, para quienes no existieron dudas de considerar su acción obra de fe y su conquista una hazaña digna de ser levantada orgullosamente. Los ingleses y los americanos no tuvieron escrúpulos en imponer una guerra por motivos estrictamente comerciales, como el caso de la guerra del Opio con China o la forzada apertura del shogunado japonés por la acción cañonera del almirante Perry. Ni la internacional de la comunicación ha tenido pesadillas para transgredir el “principio” de autodeterminación de los pueblos con su tapada colonización cultural, tal y como fuera denunciada por Indira Gandhi, Burguiba y tantos otros presidentes tercermundistas. En efecto, no hay moral en la historia: sólo vencedores y vencidos.

Frente al “proselitismo”

Las causas de los pueblos no podrán resolverse u orientarse nunca en estos términos, en los que se pretende aplicar una moral, casi siempre la moral de quien, por razones de su fuerza, desea que el orbe, de una manera manifiesta o inconfesada, siga sus pautas individuales y unilaterales. La cuestión fundamental será entonces otra. El problema será más bien de equilibrio o de desequilibrio. Y es evidente que la causa de los pueblos estará siempre por la primera de estas expresiones y no por la segunda. Pues el equilibrio es lo único que puede matar a los imperialismos arrasadores y agobiantes. Es el principio que puede enlazar con la idea del “Emperador Cultural” defendida por Yukio Mishima, para quien la médula de la Cultura estaba en la cortesía, esto es: la paz entre quienes viven en belicosa tensión, sin renunciar a ella; el respeto por las formas y diferencias de cada identidad; el apego a lo interior y a las herencias..., Equilibrio, como lo entendieron los celtas con su concepción del Imperio Metafísico y que tuvo cierta respuesta en el Medioevo céltico-cristiano, en el que el eje de la unidad vertical no rompía la diversidad, sino que hacía vivir las múltiples diferencias en lo horizontal, en el arraigo, en la tierra. Equilibrio, en fin, como base que enseña a respetar y a respetarse ante todo, y en cuyo diccionario la palabra “proselitismo” sólo aparece secundariamente, autolimitada, desprovista de violencia, aunque no de espíritu de empuje.

El problema no es tanto censurar a América como que Europa permanezca indiferente a su propia derrota interior.

Elogio de la diferencia

Esto ya lo ha comprendido hasta la Iglesia Católica, la cual, al aceptar que otras formas de espiritualidad, como el Budismo, el Hinduismo o el Islamismo, pueden ser reconocidas como vías de realización e incluso de salvación, se ha visto curiosamente impelida a cambiar su tradicional modo y doctrina misionera. Y es que la llamada causa de los pueblos dice que Dios no tiene un solo pueblo elegido, sino que todos los pueblos lo son, haciéndose así, por lo tanto, merecedores de dignidad. Superar el provincianismo cultural, mirar el mundo desde una altura cósmica, nos enseña ahora que no sólo los hebreos fueron creados hombres, insuflados espiritualmente; también, y con razón, lo fueron los japoneses, cuyas islas se hicieron con manos de dioses; como, asimismo, los griegos que con sus primitivos juegos olímpicos evocaban la rememoración y reactualización mítica del paraíso terrenal; o los “pieles rojas”, tan hostigados por la codicia y el industrialismo. Nadie puede ser considerado inferior por su diferencia y forzado a una salvación dogmática que no entiende, por extraña. Cada pueblo, como cada ser humano, tiene dentro de sí mismo todo lo que necesita, adecuado a su personalidad desigualizada, y siente la propia llamada. La conclusión que plantea este tema de la cuestión de los pueblos es, por consiguiente, la del arraigo: marchar al reencuentro de las propias raíces y devolver al mundo de las ideologías la utopía de la homogeneidad, porque ésta, cualquiera que sea su signo, es siempre nefasta.

El Arraigo

La pérdida del arraigo de las actuales civilizaciones democráticas no es un problema materialista, sino espiritual.

Los pueblos antiguos no tenían establecida una diferenciación entre lo sagrado y lo profano. El Espíritu todo lo penetraba y lo impregnaba. Convivía con el hombre en la casa, en la caza, en la guerra, en la labranza y en la ceremonia religiosa. Era cierto que todos reconocían un más allá absoluto, innombrado e innombrable, silencioso, impresionante, estremecedor, pero el Espíritu salido de aquella distancia penetraba el mundo. Mediante tal arraigo del Espíritu, ya visible o invisible, los pueblos se vinculaban a la creación, se hacían inmanentes, y aprendían a apreciar los bosques, las fuentes y las grutas, a la vez que entendían lo que era la trascendencia y la muerte. El mundo era, así, una manifestación de comunidades de vivos y de muertos no quebradas.

La caída del arraigo

Con las revoluciones que han desacralizado la vida poco a poco, la presencia del Espíritu “ha muerto” y parece como si éste se hubiera desarraigado de la tierra, no por su voluntad, sino por la acción del hombre profano que, con su gesto, ha hecho nacer una suerte de trascendentalismo negativo, esto es, un mandar lejos al Espíritu, sin reconocerle cualquier posibilidad de intervención en la existencia cotidiana.

Pues bien, los pueblos que han sacado de sí ese Espíritu arraigado son los primeros que han perdido su ser y se han hecho etéreos, vacíos. Y desde los siglos XVIII y XIX son estos precisamente —y sobre todo los occidentales— los que han venido arremetiendo contra los pueblos de los campos, considerados antiguos, primitivos, incivilizados, pero curiosamente creyentes aún en la existencialidad del Espíritu anclado en la tierra. La conclusión es que existe un curioso paralelismo: la pérdida del Espíritu, que impregna todo, no apega o vincula más a la tierra; más bien, al contrario, separa de ella a quien vive bajo esta inclinación. Si la profanación del mundo, desacralizándolo, se hizo, consciente o inconscientemente, con la intención de disfrutar más de las cosas, pretendiendo transformar la vida en una especie de paraíso hedonista y ocioso, de feria, el resultado ha sido justo el contrario: la tierra se pierde, se rompen las raíces, nacen las civilizaciones sin arraigo —falsas—, las urbanizaciones, las ciudades que rompen con la naturaleza: los dragones que arrasan y gastan todo cuanto les sale o encuentran a su paso, ya sean paisajes, ya sean lobos, ya sean indios.

[Extraido de la revista Punto y Coma, nº 4]

miércoles, mayo 17, 2006

Fragmentos de: Pero ¿Que es el nacionalismo?. (Carlos Caballero Jurado. Revista Hespérides 14, 1997)

(A efectos de suprimir el texto por si se produjera algún tipo de reclamaciónse, se comunica que este texto se ha obtenido de la dirección http://nuevaderecha.ya.st/

Factores sociológicos
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• El papel de las masas. Uno de los rasgos que definen la modernidad es la aparición de las masas como sujeto activo de la Historia. En el mundo pre-moderno, sólo las élites (si se prefiere, las oligarquías) tenían un papel activo en política. Por otra parte, el individuo estaba fuertemente enraizado en una serie de comunidades (su familia, su gremio, su parroquia, etc.) En la actualidad, por el contrario, domina la figura del hombre atomizado, desvinculado, aunque se agrupe en grandes conjuntos humanos (las grandes ciudades, por ejemplo). Los sociólogos hablan a menudo del hombre actual como del hombre-masa. Pues bien, a estas masas sólo se les pueden dirigir mensajes simples hasta el maniqueísmo y emotivos hasta la visceralidad. Y éstas suelen ser las características de la propaganda nacionalista.

En algún caso, es fácil apreciar cómo el nacionalismo se ha convertido en el elemento "religioso" de las sociedades modernas. En función de la nación (en vez de por servicio a Dios) se nos exigen sacrificios, incluso la vida. De la nación debe esperarse el consuelo y la ayuda. El culto a la nación es lo que nos une a los demás ciudadanos. El culto a la nación se celebra con grandes rituales (fiesta nacional, desfiles, etc.) El símbolo de la nación (la bandera) ocupa el lugar que antes ocupaban los crucifijos en oficinas, escuelas, etc. Y así sucesivamente. No es desde luego aventurado afirmar que el "nacionalismo" es la religión laica de los Estados modernos.
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Nacionalismo y patriotismo


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El nacionalismo es una idea que, personalmente, estimo que es absurda, aberrante y criminal. Es responsable de muchas de las desgracias que se han abatido sobre el mundo en la Historia contemporánea. Sin embargo, esto no significa que los pueblos, las naciones, no tengan pleno derecho a hacer valer, a defender, sus peculiaridades nacionales. Éstas suponen diversidad cultural y por tanto son enriquecedoras para el conjunto de la Humanidad. Pero de ahí a hacer de las naciones algo sacrosanto, a oponer a nación contra nación, por principio y como método, hay una abismal diferencia. La defensa de la diferencia nacional es algo positivo, éticamente justificable, pero el nacionalismo, verdadero "individualismo de los pueblos", es algo trágico. Cada día es mayor la concienciación a favor de la defensa de la bio-diversidad. De la misma manera, un gran proyecto para el futuro es la defensa de la etno-diversidad. Pero no creo en el cosmopolitismo, porque éste no es sino una justificación del mundialismo. El cosmopolitismo es nivelador, uniformizador, y no pretende crear una cultura universal que sea válida para todos los seres humanos, sino imponer una determinada cultura al resto de la humanidad. Actualmente, claro está, se trata del american way of life. El cosmopolitismo es la ideología orgánica de las multinacionales, así de simple, que pretende que en Bangkok y en Barcelona, en Helsinki y Johannesburgo, exista una misma cultura. Si las burguesías nacionales se apoyaron en el Estado nacional y el nacionalismo para crear los mercados nacionales, en la actualidad, en el mundo de la economía planetaria, el cosmopolitismo es la ideología que sustenta el proyecto de dar forma definitiva al mercado mundial.

El cosmopolitismo no es la antítesis del nacionalismo, sino su continuación lógica. De la misma manera que los nacionalismos laminaron las diferencias regionales en cada Estado, para crear el marco del mercado nacional, hoy las diferencias culturales entre los Estados nacionales tienden a ser abolidas en bien del mercado mundial. Se trata, simplemente, de un peldaño superior, pero en la misma escalera. La antítesis del nacionalismo no es el cosmopolitismo, sino el universalismo de la diferencia. Para quienes crean que la economía es el destino del hombre, nada habrá de negativo en el cosmopolitismo, desde luego. Si el progreso económico (con sus apoyaturas científico-técnicas) ya parece argumento lo suficientemente sólido para devastar el planeta, precipitándolo al borde del caos ecológico, con mucha más facilidad se admitirá que en nombre de ese progreso se destruya las identidades nacionales, presentadas como fetiches folclóricos de dudoso valor. La occidentalización queda así justificada, aunque en realidad sean muchos los que se niegan a aceptar las bonanzas de lo que denominan con el nombre de occidentoxicación (un concepto difundido por el imán Jomeini).

¿Existe una alternativa?

Hay que reaccionar, entiendo, contra la aberración que supone el cosmopolitismo, pero ¿es el nacionalismo la forma de hacerlo?

Si las denuncias de que la actual cultura es ecocida son ya admitidas por una parte importante de la opinión pública, también es cierto que, cada vez más, se subraya el componente etnocida de esa misma cultura occidental [6], en forma de una creciente sensibilización por la triste suerte que les espera a los pocos pueblos primitivos que aún subsisten.

No es extraño que ante el avance imparable de la mundialización de la cultura occidental haya muchos que piensen que el nacionalismo es, en definitiva, una forma viable de erigir barricadas contra ese proceso. Estudiemos este tema con algo más de detenimiento.

En primer lugar, espero haber demostrado, o al menos provocado la reflexión al respecto, que el nacionalismo es una ideología absoluta y genuinamente moderna, hija de la Ilustración y de la Revolución burguesa, compañera inseparable de los procesos de modernización. Cada uno es muy libre de pensar lo que desee sobre la Ilustración, la Revolución francesa o la modernización, pero para mí son tres fenómenos negativos. ¿Añoro el que la aristocracia haya perdido sus privilegios o que la Iglesia sea el grupo sociológico más influyente en una sociedad? En absoluto. ¿Me encantaría volver al Antiguo Régimen? Nada más lejos de la realidad. Simplemente se trata de que me hubiera gustado que la humanidad hubiera evolucionado en un sentido distinto, lejano de los valores individualistas y economicistas. No quiero que se les devuelvan sus privilegios a la Casa de Alba ni al arzobispo de Toledo, pero preferiría que mi mundo no fuera dirigido por brokers ni por la tecnoestructura de las empresas transnacionales de la que nos ha hablado Galbraith. No deseo la vuelta a las sociedades teocráticas, pero las actuales, basadas en el individualismo posesivo (en el yo y mis cosas por encima de todo) me produce entre náuseas y escalofríos.

Si es cierto que el nacionalismo es una ideología característica de la modernidad, ¿resulta lógico enfrentarse con ella a la modernidad?.

Cuando denunciamos el funcionamiento nivelador del cosmopolitismo olvidamos que ese mismo papel ha sido desempeñado, en un escalón algo más bajo y en una fase histórica anterior, por el nacionalismo. Fueron los Estados nacionales los que empezaron a ejecutar la política de destrucción de la diversidad cultural en el marco de sus fronteras. La Francia jacobina es el ejemplo más evocador, pero el mismo modelo ha sido utilizado en otros muchos casos.

Pero, a mi modo de ver, el principal peligro que hoy encierra el nacionalismo es el de continuar con su dinámica propia de enfrentar a una nación contra otra, en vez de tomar en consideración que hoy el gran problema no son los agravios históricos contra la nación vecina, sino la necesidad de combatir todas las naciones juntas contra el avance del cosmopolitismo. Hay tantos ejemplos que poner que podría llegar a aburrir. Los nacionalistas vascos consideran que su gran problema es el imperialismo español, como si una Euskadi totalmente independiente fuera a ser la mejor garantía de supervivencia de su cultura nacional. Más lejos de aquí, el espectáculo que nos han ofrecido las recientes guerras balcánicas no deja de ser desalentador. Los nacionalistas serbios se han empeñado en aniquilar a los nacionalistas eslovenos o croatas con una furia increíble. A un lado y a otro de la línea de frente se encontraban combatientes que tenían las mismas ideas [7]: deseaban defender su patria, mantener su cultura a salvo, etc. Incluso es fácil que uno y otros desearan para su país el que éste fuera más bien una Gemeinschaft que una simple Gesselschaft, por utilizar la terminología de Tönnies. Pero mientras ellos se destrozaban entre sí, el mundialismo avanzaba imparable (y utilizaba sus sangrientas disputas para deslegitimar no ya el nacionalismo, sino el puro y simple patriotismo y aún cualquier intento de defender el enraizamiento de los pueblos).Si hay algo cierto con respecto al nacionalismo, es que todo nacionalismo genera otro nacionalismo de signo contrario. Vascos y catalanes estuvieron perfectamente integrados en la monarquía hispana hasta que surgió el nacionalismo español y, en respuesta a éste, el nacionalismo independentista vasco y catalán. Pero el nacionalismo catalán, por ejemplo, ha generado como réplica el nacionalismo valenciano, que curiosamente se define más como anticatalán (los catalanes pasan a ser los polacos) que como anticastellano [8]. Pero la espiral no se detiene ahí: el nacionalismo valencianista ya ha alumbrado por reacción un pintoresco nacionalismo alicantino, el alicantinismo, defensor de algo tan surrealista como la alicantinidad. Si sólo se tratara de estas anécdotas no pasaría nada grave. España es hoy en día el solar donde pueden registrarse tantos fenómenos ideológicos estrambóticos que nada de especial habría en éste. Pero el problema es planetario. En la segunda nación más poblada del planeta, la Unión India, el nacionalismo indio, que cada vez adquiere más fuerza, conforme el país se moderniza, utiliza como una de sus señas de identidad las creencias hinduístas de la mayoría de la población; lógicamente esto supone enfrentarse con la minoría india musulmana (minoría en términos muy relativos, ya que aunque sólo suponga un 10% de la población, este porcentaje implica que son unos 100 millones de seres), con la minoría sij o con otras minorías, lo que, obviamente, ha dado lugar a la aparición de sus propios movimientos nacionalistas, exigiendo la independencia de los territorios en que éstas habitan (Cachemira, el Punjab, etc.). Si el nacionalismo ha demostrado tener tanta fuerza como para atomizar la antigua URSS, podemos preguntarnos si no lo tendrá también para hacer estallar a la Unión India. Luego lo que en España puede resultar anecdótico, en realidad es un fenómeno de la mayor transcendencia a nivel planetario.Todo nacionalismo genera, repito, un nacionalismo en sentido contrario, provocando una espiral infernal. Se abren permanentemente nuevos frentes de lucha, mientras se ignora el frente de lucha que debía ser el primordial: combatir el cosmopolitismo del american way of life.

Si he insistido hasta la saciedad en que el nacionalismo es un fruto de la modernidad, es porque creo que en el mundo pre-moderno existía una noción, la de Imperio, que constituye un modelo político alternativo del mayor interés. Por desgracia, las limitaciones del lenguaje le han jugado una mala pasada a este concepto, y hablar elogiosamente del concepto de Imperio sugiere inmediatamente que se pretende defender el imperialismo. Cuando hablo de Imperio no me refiero, desde luego, al imperialismo que conocemos, en el que una potencia conquista, domina, explota y si puede aniquila culturalmente a otras. Me refiero, por ejemplo, al modelo existente bajo Carlos V, quien ostentaba la soberanía sobre territorios de la mayor diversidad cultural, y en el que era compatible la existencia de un proyecto histórico común con el respeto escrupuloso a las peculiaridades y leyes propias de los territorios integrados en el conjunto [9].

El nacionalismo ha supuesto consecuencias inesperadas (y catastróficas) para muchos que en él se han apoyado como palanca fundamental. Repasemos algunos casos. Durante la segunda guerra mundial, por ejemplo, Hitler desarrolló una política exterior absolutamente nacionalista. Cuando, por poner sólo un ejemplo entre otros muchos posibles, en enero de 1941 tuvo que elegir a quien apoyar en Rumanía, pudiendo optar entre la Guardia de Hierro o el mariscal Antonescu, se decantó por este último, ya que al no tener tras de sí ningún partido político que le apoyara, podría ser un títere en manos alemanas, y al no pensar el Mariscal en ningún proyecto revolucionario para su país, sería más fácil para los alemanes el controlar la economía rumana (cuyo petróleo era vital para la maquina de guerra hitleriana). Si Hitler no hubiera sido un nacionalista, sino coherente con el universalismo de su ideología, lo lógico hubiera sido apoyar a la Guardia de Hierro, más afín a su cosmovisión que la ideología (o carencia de ella) de Antonescu. Sin embargo, en 1944, cuando el Ejército rojo se hallaba en las puertas de Rumanía, un golpe de Estado de opereta bastó para defenestrar a Antonescu (que no tenía tras de sí ningún apoyo de las masas) y el cambio de régimen fue acompañado por la irrupción en tromba del Ejército rojo en los Balcanes, provocando que Rumanía y también Bulgaria pasaran, de ser naciones integradas en el Eje, a enemigas de Alemania, mientras que la Wehrmacht se veía obligada a retirarse a toda prisa de Grecia y todo el sur de Yugoslavia, y el avance soviético permitía que estallara una rebelión antialemana en Eslovaquia, a la vez que en Hungría se volvía a poner en marcha una conspiración para sacar a ese país del Eje. En 1941 Hitler actuó como un nacionalista (puso los intereses de Alemania por encima de todo al decidir cómo actuar en la crisis rumana). A la larga, esa política resultó funesta para él, para Alemania y para otras muchas naciones.

Otro buen ejemplo nos lo daría el conflicto árabe-israelita. Dejando de lado otras consideraciones, sorprende que todo el mundo árabe sea incapaz de unirse frente a un Estado de dimensiones casi liliputienses. Hay muchas otras razones que explican la situación, desde luego, y conozco muchas de ellas, pero debe llamarse la atención sobre el hecho de que los sirios, por ejemplo, no sólo detestan a Israel, sino que consideran que los nacionalistas palestinos son unos traidores, ya que Palestina no debe ser un Estado independiente, sino lo que históricamente ha sido, es decir, una provincia de Siria. Por las mismas, odian también a los nacionalistas libaneses (Líbano es también parte histórica de Siria) o a los nacionalistas jordanos (Jordania no es sino el hinterland de Palestina y, por tanto, también forma parte histórica de Siria). Obviamente, muchos nacionalistas palestinos detestan a Siria o a Jordania, a las que acusan de tratar de absorberles, de la misma manera que los que se autotitulan como nacionalistas libaneses (sin poder renegar de su cultura árabe, aunque en muchos casos sean cristianos) incluso se muestran partidarios de apoyarse en Israel contra los sirios. Sirios contra palestinos, libaneses y jordanos, sin olvidar a los iraquíes [10]. Y viceversa. El resultado está a la vista: todos detestan a Israel, y a los Estados Unidos, pero de hecho se enfrentan entre sí con tanto empeño que Israel sigue manteniéndose en el lugar que ocupa y los EE.UU. siguen siendo la potencia hegemónica en la región.

Estos serían dos ejemplos, entre otros muchos, de los sinsentidos a que puede conducir basar una estrategia política en el nacionalismo. Y estas son algunas de las razones por las que la formulación de una alternativa política para el siglo entrante, en mi opinión, debe empezar por defenestrar de su discurso el recurso al nacionalismo.

Notas

[6] Se ha tratado de bautizarla con muchos nombres, desde el de "Coca-Colacultura", hasta la "Cultura del McDonald’s"; pero en realidad el nombre más apropiado, aunque a muchos occidentales nos pese, es el de cultura occidental.

[7] Por supuesto excluyo aquí a los asesinos y criminales que bajo la excusa nacionalista han dado salida a sus más bajos instintos.

[8] Por mucho que el nacionalismo de Unión Valenciana sea presentado como esperpéntico, el hecho es que es el único que ha obtenido cierto apoyo electoral, mientras que los nacionalistas valencianos pancatalanistas constituyen un fenómeno político irrelevante en cuanto a eco entre los electores.

[9] Una de las singularidades más chocantes de los que en España se han considerado nacionalistas españoles, por ejemplo, los franquistas, es la de considerar que, con los Austrias, España alcanzó su apogeo, para, a continuación, ignorar el modelo en que se basó ese apogeo. Así, de manera insistente se hablaba en tiempos del franquismo de las glorias de Carlos I de España y V de Alemania (ignorando el hecho de que un titulo de Emperador, obviamente, es de más rango que el de Rey, de manera que lo lógico es llamarlo Carlos V de Alemania y I de España...), de Felipe II y aun de los restantes Austrias, pero no se quiso entender que en esa época los monarcas Habsburgos españoles respetaban escrupulosamente la existencia de peculiaridades legales que diferenciaban entre sí a sus reinos hispánicos. Esos mismos nacionalistas españoles del modelo franquista, que presentan a los Borbones como una dinastía extranjera que trajo la decadencia a España, ignoran que fueron esos Borbones los que acabaron con esas peculiaridades estatutarias de los reinos hispánicos (algo que heredaba el franquismo) y mientras se les llenaba la boca con el "España una" ignoraban que hasta las Cortes de Cádiz (las denostadas Cortes de Cádiz) ni un sólo documento oficial de la Corte de la Monarquía católica habló jamás de España, sino que siempre se empleó la formula de "las Españas...".

[10] La guerra del Golfo fue, al respecto, de una extraordinaria elocuencia. Aunque en Siria e Iraq están en el poder los panarabistas socializantes del partido Baas, obviamente los sirios consideran que en el proyecto panárabe el lugar central corresponde a Siria, mientras que los iraquíes lo atribuyen al Iraq. Moraleja: los sirios no dudaron en aliarse con los norteamericanos contra los iraquíes, incluso enviando tropas a combatir codo con codo con los soldados norteamericanos...

jueves, mayo 11, 2006

ELIMINACIÓN DE LEÓN Y DE CASTILLA DEL MAPA NACIONAL DE ESPAÑA. (Anselmo Carretero)

ELIMINACIÓN DE LEÓN Y DE CASTILLA DEL MAPA NACIONAL DE ESPAÑA. LOS EMBROLLOS CASTELLANO-LEONÉS Y CASTELLANO-MANCHEGO.DESTAZAMIENTO DE CASTILLA Y OCULTACIÓN DE LEÓN

En el actual mapa político de España hay tres regiones histórico-geográficas ausentes a pesar de su antigüedad e importancia. Dos de ellas, Castilla y León, figuran entre las más viejas de la historia de España -y aun de Europa- en cuyo desarrollo desempeñaron, desde hace más de mil años, distinto y relevante papel. La tercera, el antiguo reino cristiano de Toledo (Castilla La Nueva, o País Toledano para evitar confusiones), surge en el siglo XI con la reconquista cristiana de la antigua capital visigoda. Increíblemente, estas tres nacionalidades o regiones históricas han sido desplazadas del mapa peninsular por artificiosas entidades político-administrativas de nueva y atropellada creación: las recién bautizadas «Castilla y León» y «Castilla-La Mancha», y las de Cantabria y La Ríoja -provincias de Santander y Logroño- que han preferido la autonomía uniprovincial a la incorporación al conglomerado castellano-leonés. El antecedente político de la nueva entidad que lleva el nombre compuesto de «Castilla y León» está en una ficticia región compuesta de provincias leonesas y castellanas, en torno a Valladolid, presentada como «Castilla la Vieja» a mediados del siglo XIX por los caciques cerealistas de la llanura del Duero medio para la defensa política de sus intereses, enfrentados ocasionalmente con los de la burguesía industrial catalana. Concepción que encontró inesperado apoyo, años después, en ilustres escritores de la «generación del 98», creadora espiritual de la «inmensa llanura de Castilla la Vieja» y de la «Castilla que nunca vio el mar» (29) (dos grandes mistificaciones histórico-geográficas que han sembrado al voleo por todo el mundo el error y la confusión); y que en la Guerra Civil fue exaltada e impuesta doctrinalmente por la Falange vallisoletana (Onésimo Redondo, «Caudillo de Castilla») como la gran Castilla madre y capitana de la España imperial. Es, pues, un invento político, concebido originalmente para la defensa de intereses oligárquicos, y una entelequia literaria en total contradicción con la realidad histórica y la geografía regional.

Ya hemos visto que Castilla y el romance castellano nacieron en las montañas de Cantabria, la <,Montaña baja de Burgos», el «pequeño rincón» del Poema de Fernán González situado entre el Mar Cantábrico y el Alto Ebro, llamado después Castilla Vieja. En este baluarte montañoso pudieron los foramontanos cántabros - primeros castellanos - defender victoriosamente su independencia frente a los moros y a los reyes de León. La llanura de los Campos Góticos nunca fue Castilla, ni pudo haberlo sido. Tan leonesa es esta Tierra de Campos que Oliveira Martins, con profundo acierto, la llama «base geográfica del reino de León», idea anteriormente expuesta con otras palabras por el gallego Manuel Colmeiro.

Los defensores de la invención castellano-leonesa insisten mucho en identificar este híbrido engendro regional con la cuenca del Duero, lo que, tanto desde el punto de vista histórico como del geográfico, es absolutamente imposible. Castilla tuvo su asiento geográfico original en las montañas que vierten sus aguas en la costa cantábrica y en los valles del Alto Ebro. Los castellanos tardaron mucho tiempo en poder beber agua del Duero; después, rebasaron éste y se extendieron por las tierras del Alto Tajo, y más tarde por las del Alto Júcar. La cuenca del Duero es castellana en su primera y más alta parte, pero en mayor extensión es leonesa, y también es portuguesa; como la del Ebro es castellana, vascongada, navarra, aragonesa y catalana; la del Tajo, castellana, toledana, extremeña y portuguesa; y la del Júcar, castellana, manchega y valenciana. Identificar el territorio castellano con la cuenca del Duero es otra de las grandes falacias que en muchas mentes van unidas al nombre de Castilla.

La creación de la híbrida y artificioso entidad regional de Castilla y León, así como la de Castilla-La Mancha, son decisiones políticas erróneas por muchas razones.

La sola enunciación de los nombres, de estas dos nuevas entidades: Castilla y León y Castilla-La Mancha, pone de manifiesto que Castilla ha sido mutilada y que importantes porciones de ella han sido anexionadas a sus vecinos, los antiguos reinos de León y Toledo. Hecho que, tan escuetamente aseverado, resulta a primera vista inexplicable, dada la destacada personalidad de Castilla en la historia, la cultura y el conjunto todo de la nación española.

Ni el pueblo de León ni el de Castilla han manifestado espontánea, explícita y conscientemente su voluntad de liquidar estas dos milenarias regiones o nacionalidades históricas para aglomerar ambas en otra de nueva creación. Al contrario, se les está empujando a ello contra una gran inercia popular, cuando no manifiesta oposición, que los promotores del invento han procurado ocultar o superar.

En las provincias de Santander, Logroño y Segovia, la oposición al híbrido conglomerado castellano-leonés ha sido tan grande que, por no ingresar en él, prefirieron recabar la autonomía uniprovincial de Cantabria, la Rioja y Segovia, para salvar así su comarcal personalidad castellana, cosa que a Segovia le fue denegada.

En muchos aspectos se ha procedido con injustificada prisa, para llevar a cabo la fusión castellano-leonesa antes de que los pueblos de Castilla y León, mejor informados, puedan recobrar respectivamente su conciencia comunitaña.

Se intenta convencer a los leoneses y a los castellanos de que deben considerar la autonomía de tal conglomerado, como medio para despertar la conciencia de su personalidad regional y defender ésta. Es decir, que el mejor porvenir regional de Castilla y de León está en que ambos pueblos renuncien a sus respectivos orígenes, historias y futuros en el conjunto español en aras de una nueva, inventada y confusa región. ¡Peregrina manera ésta de «recuperar la identidad perdida»! Y se produce así, contra un verdadero renacer de los pueblos de León y Castilla, precisamente cuando a todas las demás regiones o nacionalidades de España se les reconoce el derecho a defender y desarrollar su personalidad colectiva y se ponen en marcha con tal fin los correspondientes procesos autonómicos.

Para fraguar este desaguisado nacional, se ha aprovechado la triste herencia de apatía, ignorancia y confusión dejada por la dictadura franquista tras cuatro décadas de adoctrinamiento oficial, durante las cuales se ha secuestrado a estos pueblos su memoria histórica y con ella su conciencia de colectividad, en mayor grado que en otras partes de España.

Si estos proyectos se llevaran a cabo definitivamente, en el mapa de las nacionalidades o regiones de España dejarían de existir, como tales y con personalidad propia, León y Castilla (y con ellas el antiguo reino de Toledo), entidades histórico-políticas de las más antiguas e ilustres del pasado nacional hispano, surgidas hace más de mil años y vivas hasta la Guerra Civil en la memoria de los españoles, no obstante la presión cultural y política ejercida durante siglos sobre ellos por regímenes unitarios y centralistas. Y todo al margen de los respectivos pueblos, que no fueron consultados, ni siquiera previamente informados, sobre las consecuencias de tan trascendental decisión, y aun con su oposición mayoritariamente expresada.

Quienes a espaldas de los respectivos pueblos impulsan la fusión castellano-leonesa, violan el principio básico de la España de las regiones, que reconoce a todas ellas el indiscutible derecho de defender y desarrollar su personalidad dentro del conjunto español.

No son consecuentes, además, con uno de los propósitos democráticos de la regionalización: el de reforzar la democracia acercando el gobierno a los gobernados. Una gran región castellano-leonesa (vasta en su extensión geográfica y una en su estructura, no obstante su heterogeneidad natural), resabio del centralismo unitario, aleja tanto a los leoneses como a los castellanos del gobierno de sus respectivas regiones, para someter el conjunto a un nuevo centralismo vallisoletano que, por más estrecho y concentrado, resulta más absorbente que el hasta ahora ejercido sobre toda España desde Madrid.

Ahí está la provincia de Soria en el conglomerado castellano-leonés, con menos de cien mil habitantes, absorbida política, administrativa y culturalmente por la ciudad de Valladolid, muchísimo mayor que ella y de tan diferente tradición nacional. Por este camino las tierras numantinas perderán en pocas generaciones su milenario condición castellana. Y ello en un régimen constitucional que para comenzar proclama su voluntad de proteger la cultura y las tradiciones de todos los pueblos de España.

No olvidemos que esta idea de una gran región castellano-leonesa centrada en la Tierra de Campos responde originariamente a un pensamiento oligárquico del siglo XIX que desarrolló e hizo suyo el franco-falangismo.

Lejos de contribuir a resolver de la manera más natural y sencilla la cuestión de las autonomías para todas las nacionalidades o regiones de España (en total las quince tradicionales de nuestra historia nacional), (30) estos artificiosos proyectos han creado mayores complicaciones y suscitado nuevos pleitos nunca antes planteados, entre ellos el profundo descontento y la amargura de muchos leoneses y castellanos que se sienten defraudados. Es de justicia reconocer que en este confuso ambiente de apresuramientos, improvisaciones, maniobras políticas y actitudes demagógicas en torno a la tramitación de algunas autonomías, no han faltado advertencias muy oportunas y plenas de sensatez, que desgraciadamente no han sido escuchadas con la atención que merecen.

He aquí algunas:

Las autonomías expresan el respeto a la personalidad y el derecho al autogobierno de todos los pueblos que componen España.
Los procesos autonómicos tienen en general una dimensión histórica que obliga a verlos con amplia perspectiva.
Podrían ser desastrosos para los países afectados si se hiciesen a la ligera.
En asuntos tan graves, es preciso evitar toda demagogia, así como el incurrir en planteamientos precipitados o excesivamente simplistas que pueden llevar a un sentimiento de frustración después de las autonomías.
En la cuestión de las autonomías hay que respetar la conciencia colectiva.
No se puede jugar con los países por motivos electorales.
El gobierno ha colocado al país en la pendiente de las autonomías de mala manera... creó así problemas ficticios de los que ahora se da cuenta .(31)

Hemos dicho repetidamente que Castilla ha sido la gran víctima del centralismo estatal español. Y sigue siéndolo más que ninguna otra región. víctima material y víctima espiritual. Porque si la ruina económica causada a los pueblos castellanos por el Estado español es a todas luces manifiesta en la desertización de sus campos y el mezquino desarrollo de sus industrias, el daño moral producido por el unitarismo centralista ha sido aquí más grave que en otras partes de España; hasta el grado de que, cuando la mayoría de los pueblos hispanos obtienen la autonomía de sus respectivas regiones para asumir su propia identidad y su destino dentro del conjunto español, Castilla es eliminada del mapa de la Península Ibérica, dividida en pedazos que sugieren grandes escombros históricos. Tales son:

1. El compuesto por las actuales provincias de Burgos, Soria y Ávila, que han sido agregadas al antiguo reino de León (provincias de León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia) para formar un coglomerado castellano-leonés, predominantemente leonés.
2. El integrado por las provincias de Guadalajara y Cuenca, que unidas con las de Toledo, Ciudad Real y Albacete forman otro conglomerado castellano-manchego,
predominantemente manchego.
3. El territorio de la actual provincia de Santander, que con el nombre de Cantabria ha recibido un estatuto de autonomía regional uniprovincial.
4. La actual provincia de Logroño, que también ha obtenido su autonomía.

El territorio de la actual provincia de Madrid (excluido el de la capital), que en su mayor parte es históricamente segoviano y en porción menor fue tierra de Guadalajara, pasó a ser asiento geográfico de una nueva región autónoma al servicio de la capital.




Todas estas invenciones, que llevan a la eliminación de Castilla como nacionalidad o región histórica, son también dañinas para las regiones (antiguos reinos) de León y Toledo, cuyas respectivas personalidades quedan artificiosamente deformadas en las confusas entidades políticoadministrativas castellano-leonesa y castellano-manchega.

Suele ponerse en duda la naturaleza castellana de las tierras santanderinas alegando que la Montaña cantábrica tiene características propias que la distinguen de las otras tierras castellanas, lo que, sin duda, es verdad, y en nada merma la castellanísima condición de la Montaña por antonomasia. Cosa análoga ocurre con la Rioja. También los macizos pirenaicos de las actuales provincias de Gerona, Huesca y Navarra son muy diferentes del delta de Tortosa, la estepa de los Monegros y la ribera de Tudela, y no por ello dejan de ser, respectivamente, tan catalanes, aragoneses y navarros como éstas. Y dentro de la provincia de León encontramos partes geográficamente tan distintas como Sahagún de Campos, el Páramo, el Bierzo y las Fuentes del Esla; todas, por historia y estirpe, radicalmente leonesas. La oposición de Cantabria y la Rioja a incorporarse al conglomerado castellano-leonés, lejos de dañar su castellanía, la afirma. Al mantener la propia identidad de cada una, las convierte en reductos castellanos y posibles bases de un auténtico renacer de Castilla.

Argumento muy utilizado en pro de la creación de una nueva entidad regional castellano-leonesa - discordante con la diversidad geográfica y el pluralismo histórico de los reinos de León y Castilla- es la «conciencia castellanista» de la mayoría de los habitantes de la Tierra de Campos. Razón que se reduce a un error de nomenclatura - abusiva acepción histórico-geográfica del nombre castellano- y a una confusión de identidades; pues lo que muchos de ellos entienden por tierras de Castilla y tradición castellana son tierras y tradición completamente leonesas. Y cosa semejante puede decirse de la «conciencia castellanista» de algunos toledanos.

De aceptar esta consideración habría que proponer la creación de una entidad con todos los territorios de los antiguos reinos de León Castilla y Toledo (provincias de León, Zamora, Salamanca, Valladolid, Palencia, Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Ávila, Madrid, Guadalajara, Cuenca, Toledo, Ciudad Real y Albacete); gran región nominalmente castellana, pero en realidad un vasto, heterogéneo y variopinto conjunto.

Que la «conciencia castellanista» de los promotores del conglomerado castellano-leonés carece de raíces hondamente castellanas, lo demuestra la tranquilidad -y aun la sensación de alivio- con que acogieron la no incorporación de la Montaña y la Rioja, comarcas sin las cuales los mas conscientes castellanos no pueden concebir una auténtica Castilla.

Secuestrada la memoria de su pasado histórico y perdida la conciencia de colectividad nacional, los pueblos de León y Castilla - salvo pocas excepciones- se hallan hoy sumidos en un estado de ignorancia y confusión en torno a la cuestión de las autonomías regionales que se manifiesta en todos los sectores sociales y grupos políticos, donde se dan las mayores contradicciones. Así, abundan las personas de izquierda que mantienen concepciones históricas y geopolíticas originalmente promovidas por las oligarquías reaccionarias e impuestas en 1939 por el falangismo, y no faltan otras más conservadoras, opuestas al conglomerado unitario castellano-leonés, que defienden el derecho de los pueblos de León y Castilla a sus respectivas autonomías.

¿Cómo ha sido esto posible? preguntamos de nuevo; y topamos siempre con las mismas respuestas:

La enseñanza de una historia tergiversada a base de ocultamientos y mistificaciones, el adoctrinamiento y el obscurantismo dictatorial y la desinformación sistemática han mantenido al pueblo español durante cuarenta años en la ignorancia de gran parte de su pasado nacional, al grado de que, a pesar del progreso científico de los estudios históricos, la generalidad de los españoles sabe hoy menos sobre la realidad histórica nacional de León y de Castilla que cuando Menéndez Pidal publicó las primeras ediciones de Los orígenes del español (1926) y La España del Cid (1929) o el padre Serrano El obispado de Burgos y Castilla primitiva (1935).
La presión política y administrativa ejercida por el poder central mediante una división provincial, arbitrariamente decretada.
El aislamiento mutuo de las tierras castellanas, propiciado por un sistema ferroviario que las ha obligado a la comunicación con Madrid o a depender de centros económicos y culturales no castellanos.
La falta de una universidad auténticamente castellana, cuyo vacío han cubierto en parte, con su propio criterio, las universidades leonesas de Salamanca y Valladolid.
Las maniobras políticas de grupos oligárquicos que siempre han aspirado a dominar el gobierno de una nueva gran región castellano-leonesa.

Todas éstas y otras ya mencionadas en páginas anteriores, son razones que explican la carencia de un pensamiento, una conciencia y una voluntad política castellanas cuando Castilla más necesitada está de ellas, porque lo que hoy se halla en juego es su propia existencia como entidad con personalidad y derechos propios en el conjunto español.

Y con Castilla corre suerte pareja lo que fue insigne reino de León.

Decía Machado, por boca de Mairena:

Es lo que pasa siempre: se señala un hecho; después se acepta como una fatalidad,- al fin se convierte en bandera. Si un día se descubre que el hecho no era completamente cierto, o que era totalmente falso, la bandera, más o menos descolorida, no deja de ondear.

A mediados del siglo XIX, la burguesía agraria de la meseta del Duero medio, deseosa de asegurar sus negocios, defiende el proteccionismo aduanero (que, de otra manera y por otros intereses, también defendía la burguesía industrial catalana), utilizando para ello la prensa regional. Se alza el nombre de Castilla la Vieja, o simplemente Castilla, bajo el cual se incluyen las cinco provincias leonesas y las castellanas de Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila. Surge así un «regionalismo castellano viejo», o simplemente «castellano» y se inventa la región castellano-leonesa, que se procura identificar con las tierras de la cuenca del Duero. En 1859, el Norte de Castilla (diario portavoz de los terratenientes y negociantes trigueros, fundado de 1856) declara que Valladolid es la «capital de Castilla la Vieja». El embrollo castellano leonés y la «llanura» de Castilla la Vieja ya tienen carta de naturaleza. El hecho ya está señalado y convertido en bandera.

Años después, la pérdida de los últimos restos de lo que fue gran imperio español conmueve a los sectores más vivos de la nación. Las conciencias más despiertas de España emprenden una dolorosa labor introspectivo. Los escritores de la «generación del 98» buscan acuciosamente las entrañas de lo español con el noble propósito de promover una regeneración nacional y -con notables excepciones- creen hallarlas en esa vasta <,Castilla» que consideran madre de la nación española. Es la «Castilla» de Unamuno: la «inacabable llanura», la del «espíritu centralizador», «verdadera forjadora de la unidad y la monarquía españolas», la que impuso en España «un monarca, un imperio y una espada», según cantaba Hernando de Acuña, el vate de Carlos V. La «Castilla» de Ortega: la plana meseta en cuya geometría «no hay curvas», la del rey leonés Alfonso VI (a la que los castellanos oponían su «terco parlicularismo» con «el pelo de la dehesa»). La Ancha es Castilla - y larga -. Va desde la cornisa cántabra -más allá de Aguilar de Campoo es la Montaña- hasta las cumbres de Guadarrama, en cuya vertiente meridional ya está la tierra de Madrid, la Sierra, y cuando la llanura, la Mancha. Llega a la raya de Portugal por predios salmantinos y zamoranos, y extiende sus dimensiones a los linderos del propio Aragón. Pues es aquí, en tan señalada extensión, donde situaremos nuestros itinerarios, haciendo punto y aparte con Logroño, porque no es Castilla, sino Rioja, con propia personalidad, y con Santander, que tampoco resulta lo estrictamente castellano, y sí la Montaña, Cantabria, también con especial definición toponímica. En cambio, restaremos de la región leonesa a Palencia, a Valladolid, a Zamora y a Salamanca, las dos primeras castellanas hasta los tuétanos, y las otras dos, en su mayor parte.

Los miles de lectores, extranjeros y españoles, de las muchas ediciones de esta obra, recomendada por el gobierno español para información de turistas, que se hayan atenido a lo aquí escrito, habrán «aprendido» que la provincia de Santander no es Castilla, sino Cantabria o la Montaña; que la de Logroño tampoco lo es, sino la Rioja; que las provincias de Palencia, Valladolid, Zamora y Salamanca hay que rescatarlas de la región leonesa, porque las dos primeras son castellanas (hasta los tuétanos), así como las otras dos (aunque no tanto); y deducido que el único territorio que perteneció al antiguo reino de León es el de la mera provincia de este nombre; y que las tierras castellanas del Alto Tajo y el Alto Júcar no son Castilla -ni siquiera las de la actual provincia de Madrid que hasta mediados del siglo pasado fueron segovianas -, porque todas ellas están al oriente de las crestas de Guadarrama. Mayor confusión y cosas más peregrinas no caben en tan pocas líneas. Con el mismo arbitrario criterio que le ha servido para delimitar así el ámbito geográfico de Castilla, su autor podría afirmar que Córdoba y Sevilla no son Andalucía, sino Bética; y que tampoco es andaluza Málaga, porque está al sur de la cordillera Penibética; ni Almería, porque tiene propia personalidad levantina.

El embrollo ha aumentado mucho desde la instauración de los regímenes autonómicos de «Castilla y León» y <,Castilla-la Mancha», donde las burocracias culturales al servicio de los gobiernos autónomos han emprendido la tarea de crear una conciencia comunitaria en estas nuevas regiones. Con tal fin ha sido preciso publicar geografías delimitadas por los nuevos contornos regionales, y escribir (o inventar mediante adecuados arreglos u omisiones) historias ajustadas a las recién concebidas entidades político-administrativas. En otras palabras, invirtiendo el curso natural del acontecer histórico se escriben estos libros desde el presente hacia el pasado, procurando que el relatado ayer explique o justifique el hoy autonómico arbitrariamente establecido. Así se han escrito geografías e historias de «Castilla y León» en las que no figuran las provincias de Santander, Logroño, Madrid, Guadalajara y Cuenca. ¿Se atrevería alguien a escribir una historia de Cataluña de la que estuvieran ausentes Lérida y Gerona o una Galicia sin la Coruña y Pontevedra? En tales libros nada podrá en verdad aprenderse del nacimiento de Castilla en el las luchas por la independencia de Castilla de la monarquía asturleonesa, auténtica epopeya nacional de «los pueblos castellanos»-, ni del nacimiento del idioma castellano sobre el mismo solar vasco-cántabro, y el avance hacia el centro de la Península de la cuña lingüística castellana; ni de la Tierra de Campos como base geográfica del reino de León; ni del bable astur-leonés que se habló en todo el territorio de Asturias, el País Leonés y Extremadura; ni de la aparición de las Glosas Emilianenses en la Rioja, patria también de Gonzalo de Berceo; ni de san Millán de la Cogolla como patrón de Castilla; ni del rechazo del Fuero Juzgo, legislación fundamental de la corona de León, por los castellanos y los vascos; ni de la condición radicalmente leonesa de Alfonso VI (primero de este nombre en Castilla), de su hija doña Urraca y de su nieto Alfonso VII, el Emperador de León por antonomasia; ni de la fundación de Valladolid por el conde Pedro Ansúrez, en su tiempo el personaje más poderoso y destacado de la corte de León; ni de la creación de la Universidad de Salamanca por el leonesísimo monarca Alfonso IX, que no reinó en Castilla; ni de las Cortes leonesas (no castellanas) reunidas por este rey en la ciudad de León en 1188, primeras de España y aun de Europa; ni del Fuero de Sepúlveda, primero y tipo de los que rigieron en todas las tierras comuneras de Castilla (Soria, Segovia, Ávila, Atienza, Cuenca ... ) y de Aragón (Calatayud, Daroca, Teruel y Albarracín); ni de la total diferencia entre las milenarias comunidades (o universidades) de ciudad (o villa) y tierra de Castilla y Aragón, y la efímera guerra llamada de las «Comunidades de Castilla» que abarcó la mayor parte de España; ni de la solidaridad que durante muchos siglos unió a los leoneses con los asturianos, los gallegos, los portugueses (hasta el XII) y los extremeños, por un lado, y a los castellanos y los vascos, por otro; ni de tantas otras cosas importantes propias de León que se ocultan como tales o se califican erróneamente de castellanas.

En tales historias se pasa rápidamente sobre los siglos IX, X, XI y XII, los más propiamente leoneses y castellanos, para presentar a partir del año 1230 las historias de León (sin Asturias, Galicia ni Extremadura) y de Castilla (sin el País Vasco) como si se tratara de una sola y mezclada entidad «castellanoleonesa,>.

Notas

28. Castilla la Vieja se ha denominado oficialmente, desde la división provincial de 1833 hasta el actual barullo, al conjunto de las seis provincias castellanas de Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila, y así consta en los textos de enseñanza escolar, los mapas y atlas geográficos, las enciclopedias (véase p. ej. el tomo XII de la enciclopedia Espasa) y las estadísticas oficiales. Quedan fuera de ella las provincias castellanas de Madrid, Guadalajara y Cuenca, que con las de Toledo y Ciudad Real forman la también confusamente llamada Castilla la Nueva.
29. Sin propósitos políticos y menos aún reaccionarios, pues aquella <,generación», domina por nobles inquietudes, estuvo liberalmente abierta a todos los horizontes intelectuales. 30. No incluimos - aquí y ahora- a Portugal 31. Opiniones del secretario del PSOE, Felipe González, expuestas públicamente en diversas oportunidades entre 1973 y 1980.


(Anselmo Carretero y Jiménez. Los Pueblos de España. Editorial Hacer. Colección Federalismo. Barcelona 1992. Páginas 378-388)

jueves, mayo 04, 2006

LA CUESTION DE MADRID (Antonio Ruiz Vega)

LA CUESTION DE MADRID
(Antonio Ruiz Vega)

Junto al problema del mapa, que es irresoluble, que sólo se puede solucionar mediante una dinámica determinada y en todo caso en un momento de auge del movimiento, no de decadencia como es el actual (1), hay otro problema que es el de Madrid. Curiosamente es uno de los lugares donde surge de vez en cuando un cierto fermento nacionalista. Esto acaba trayendo problemas.

La verdad, para ser absolutamente sincero, uno no acaba de comprenderlo.

Cierto que teóricamente Madrid es castellano, fue Comunidad de Villa y Tierra y que parte de la actual provincia es históricamente segoviana. Pero es imposible no reconocer que la realidad actual de la ciudad y provincia nada tiene ya que ver con eso. Madrid es una ciudad española, que mantiene ciertas señas de identidad madrileñas (localistas) que no tienen mucho de castellanas porque cristalizaron cuando Castilla ya no existía como tal. En todo caso su monstruoso crecimiento ha vaporizado todo aquello. Ahora mismo la ciudad es, como quería Machado, rompeolas de las Españas y hasta de las Américas y por sus calles deambulan asturianos, gallegos, andaluces, 200.000 vascos, catalanes, valencianos… y muchos castellanos. Todos ellos están en su casa, que nadie juegue a otra cosa. Ciertamente la bomba de implosión que ha resultado ser Madrid atrajo hacia sí a buena parte de los habitantes de ambas mesetas (dejándolas como están: en cuadro), y por eso la colonia soriana, segoviana, burgalesa, abulense, etc. es muy nutrida. Es en ese sentido correcto afirmar que en Madrid “hay” una ciudad castellana (o varias) pero no lo es el decir que Madrid “es” una ciudad castellana. Mantenerlo es, de momento, mentir, y en segundo lugar ir preparando el pogrom, la limpieza étnica.

El problema de Madrid es otro y hay que decir que en una España verdaderamente federal o confederal Madrid no pasaría de ser un Washington de 200.000 0 300.000 habitantes. Su hinterland no da para más.

Madrid, o mejor dicho lo que Madrid representa, ha sido uno de los verdugos de Castilla.

Supongo que será un problema de talante, pero lo mismo que no entiendo que un señor que lleva 30 0 40 años viviendo en Cataluña o en Bilbao no se integre de una buena vez allí (de todos modos sus hijos lo harán) no comprendo que un señor que vive y va a seguir viviendo en Madrid se siente castellano. La pregunta es, me temo ¿contra quién?.

La cuestión básica es la del respeto y esto sirve si hablamos de España en general o si nos referimos a Castilla. Una cosa es, por ejemplo, que un grupo de segovianos acuda a Burgos a petición de otro grupo de burgaleses, a ayudarles a algo concreto y otra muy distinta es que llegaran (ya sé que es impensable) a imponerles algo o a decirles qué deben hacer o cómo deben hacerlo. La estructura federal o confederal parece estar pensada para Castilla. Todos somos o debiéramos ser castellanos, pero cada uno se imbrica en Castilla de un modo orgánico, a través de su comarca, de su provincia, etc.

Este es otro tema, el de las provincias. Es cierto que hay lugares donde la división provincial fue arbitraria y cercenó comarcas naturales, etc. Pero en el caso de Castilla, y pese a que existan separaciones que no se corresponden con la realidad histórica, lo cierto es que básicamente coinciden con un sentir popular, tienen una unidad territorial. Ya sabemos que Santander y Burgos formaban antaño la misma tierra o que otro tanto hacían Logroño y Soria o que muchas comunidades segovianas se incluyen ahora dentro de la provincia de Madrid, pero el sentirse “soriano”, “segoviano” o “burgalés” es una realidad, tiene una tradición, mantiene unos hechos diferenciales constatables y evidentes. En Castilla no tendría sentido algo que por lo visto sí lo tiene en Cataluña, que es la eliminación de los límites provinciales.

Pero en el fondo de muchos de estos razonamientos unitaristas, y me refiero a los sinceros, no a los que son pura nostalgia falangista de la Pequeña España, es el convencimiento de que sólo una Castilla Unida podría solucionar los graves problemas que tiene esta tierra. No creen, íntimamente, que sea posible reivindicar y arbitrar soluciones en una estructura federal, descentralizada, cuando la historia está llena de ejemplos de cómo países que tienen esta forma de administrarse (Suiza, Estados Unidos, Alemania), son capaces de funcionar exitosamente y hasta de erigirse como potencia hegemónica.

La Castilla del futuro debe nacer, primero, en los corazones de los castellanos (algo parecido a lo que decía Buenaventura Durruti, aunque fuera leonés: “Porque nosotros llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”) y debe luego extenderse de modo orgánico por los lugares donde vivan, irradiando laboriosidad, amor a la tierra, conocimiento de las costumbres de nuestros mayores. Coordinar luego la acción de estos núcleos de buenos castellanos sería una labor a posteriori y en el fondo bastante secundaria. Hay que hacer Castilla desde abajo, desde la tierra, en contacto con sus paisajes y sus hombres, no desde un despacho ni desde un comité. Todo esto lo teorizó mucho mejor don José Tudela que decía “En Castilla, lo que no haga el pueblo quedará sin hacer”. Y esto no es localismo, sino todo lo contrario, el estudiar lo cercano con una proyección primero castellana y luego universal debiera ser la motivación principal de todo intelectual castellano, si es que queda alguno.

Hay tanto por hacer, y es tan apasionante hacerlo, que perder el tiempo elucubrando por las alturas me parece infructuoso y patético.

Y en este ser castellano debe de haber no sólo respeto (este debiera darse por supuesto) sino incluso amor por otras nacionalidades. Sentirse castellano no debiera ser óbice para extasiarse ante lo gallego, lo vasco, lo catalán, lo extremeño, lo lusitano, lo asturiano. Tienen tanto que enseñarnos…

Que no tenga que volver un poeta sevillano a advertirnos que despreciamos cuanto ignoramos. Que desde ninguna gran urbe venga nadie a reclutarnos como cipayos del españolismo contra otros pueblos ibéricos.Y que cada uno se examine a sí mismo. Admitiendo mi pereza invencible y mi desorganización permanente, algo he hecho en los últimos veinte años. Si los que tanto pían hicieran otro tanto, en poco tiempo tendríamos algo parecido a la GRAN ENCICLOPEDIA VASCA, en cuanto a recopilación de nuestras señas de identidad. Eso sí que sería un paso decisivo en la reivindicación castellanista. Pero antes que reivindicar y engolar campanudamente la voz hay que hacer los deberes…

Nota

(1) Piénsese qué hubiera sido del País Vasco si antes de ponerse a luchar por un estatuto, por la recuperación del idioma, de las tradiciones, etc. hubiera puesto delante la cuestión del mapa. Allí sigue siendo un problema irredento la adscripción o no de Navarra y de las tres provincias vascofrancesas, pero eso no ha impedido avanzar hasta donde ahora están. El caso de Cataluña es similar. Su “programa máximo” incluye, además de Levante y Baleares, la Occitania francesa, Cerdeña (donde hay zonas donde se habla catalán) y hasta para algunos Nápoles. Pero eso no les ha despistado del tran tran diario de hacer patria y ahí están.

jueves, abril 27, 2006

LA IMPRESCINDIBLE RECONSIDERACIÓN DEL PROCESO AUTONOMICO EN LEON Y CASTILLA ( A. Carretero . Informativo Castilla oct-nov 1982)

LA IMPRESCINDIBLE RECONSIDERACIÓN DEL PROCESO AUTONOMICO EN LEON Y CASTILLA

La articulación del Estado español en un conjunto de comunidades autónomas es una grave cuestión que afecta a la sustancia nacional, a la identidad de cada región o pueblo y a la fortaleza del Estado mismo.

Parecía elemental, por eso, por la trascendencia del asunto, que el lema se hubiera tratado con la seriedad y gravedad necesarias, con el debido estudio, reflexión y prudencia, sin apresuramiento alguno, y con participación informada y activa de las provincias interesadas.

Lejos de hacerlo así, hemos asistido a una ceremonia escasamente racional, a la distribución apriorístico del territorio nacional -por decisión de los partidos políticos hegemónicos- en espacios preconcebidos para ubicar a las comunidades autónomas: a un tratamiento autoritario y centralista de la cuestión, en base a intereses y prejuicios partidistas, y, en suma, a una acumulación de errores de tal envergadura que han llegado a comprometer gravemente la propia estabilidad del sistema democrático.

Porque, efectivamente, se ha dado lugar así, por el mimetismo y la prisa, artificiosamente y sin necesidad alguna, a uno de los más graves y crispadores problemas que tiene planteados España: el de las autonomías.

Las anteriores reflexiones cobran singular relieve en el caso de la entidad llamada la camisa de fuerza de «Castilla-León».

Porque, no nos cansaremos de pregonarlo, «Castilla-León» es una región artificioso, una invención centralista en la que varias provincias de Castilla la Vieja han sido agregadas, sin pedirles parecer, a las del reino de León, bajo la definición de la supuesta unidad de la «Cuenca del Duero».

Así se mezclan y confunden arbitrariamente dos regiones, la leonesa y la castellana, en una extraño amalgama que perjudica a ambos pueblos, leonés y castellano, ya que tiende a disolver la Identidad de cada uno y dificulta el despertar de su respectiva conciencia regional.

Este hecho es sumamente grave, en especial desde el punto de vista de] Interés superior de España. Ante las tendencias secesionistas que se acusan en algunas regiones de la periferia, con invocación de los factores históricos y culturales de su personalidad colectiva, valoramos como una gravísima equivocación la de no haber favorecido, sino por el contrario, impedido de hecho, el reconocimiento y desarrollo de dos Identidades populares, históricas y culturales tan importantes como las de las regiones y pueblos de León y de Castilla, precisamente por la alta e irrevocable vocación española de las mismas.

Para una articulación armónica de España, estimamos absolutamente fundamental que León y Castilla -Que son dos identidades históricas y culturales- reciban en el centro de la Península, y como piezas claves para la aglutinación institucional de la Nación española, el mismo tratamiento definitorio que, por ejemplo, Cataluña y el País Vasco. Si estas comunidades autónomas se definen sustancialmnte – conforme al artículo 143 de la Constitución- por las características históricas y culturales comunes, es necesaria la misma regla para las dos regiones históricas de León y de Castilla, que siempre contribuirán a la mejor cristalización de España, por lo que conviene y se necesita la mayor potenciación posible de su personalidad y prestigio, y no dejarlas reducidas a meras circunscripciones político-administrativos, de nueva invención y sin autenticidad alguna, manteniendo -en perjuicio de España- un desequilibrio de personalidad respecto de las comunidades periféricas y ofreciéndolos torpemente el maníqueo, supuestamente centralista y opresor, que algunos necesitan.

Es evidente que León y Castilla son dos regiones históricas, cada una con su propia Individualidad, y que tradicionalmente, a todos los efectos legales, oficiales, administrativos, culturales, etc., se ha reconocido siempre como un hecho natural la existencia de esas dos regiones, hasta que en nuestros días arbitrariamente han sido fusionadas en ese ente mestizo o híbrido de «Castilla-León».

Por otra parte, sabido es que el proceso autonómico de «Castilla-León» fracasó rotundamente en la provincia de Segovia al no ser aceptado esa iniciativa ni por la Diputación Provincia¡ ni por la inmensa mayoría de los municipios segovianos; por lo cual, y en cumplimiento del artículo 143,3 de la Constitución, tal Iniciativa no puede reiterarse hasta pasados cinco años.

Al propio tiempo, y al haber sido iniciado ese proceso autonómico por el Consejo General de Castilla y León, al amparo de la disposición transitoria primera de la Constitución, se ha debido producir automáticamente la disolución de ese organismo, por imperio de la disposición transitoria 7.8 b) de la propia Constitución, que así lo preceptúa cuando no prospera la iniciativa de un proceso autonómico; por lo que el mencionado Consejo General de Castilla y León debe reputarse como un ente constitucional y jurídicamente nulo.

Por todas esas razones, en esta hora singular de España, en nombre de las exigencias de la verdad, de la ética, de la libertad y de la Constitución, pedimos a los nuevos gobernantes -9 quienes deseamos los mayores aciertos en su empresa, en bien del pueblo español que, en tan grave asunto, antes de consumar la aprobación del Estatuto de la comunidad autónoma de «Castilla y León», que daría lugar a un ente ficticio y permanentemente contestado, se abra un paréntesis de prudencia, un tiempo de reflexión, de sosiego y estudio, de participación efectiva de las provincias interesadas, en orden a la más correcta conformación institucional de los pueblos de León y de Castilla.

Castilla nº17 octubre – noviembre 1982

jueves, abril 20, 2006

LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS. LOSCAOS DE CANTABRIA, LA RIOJA Y SEGOVIA. (Anselmo Carretero. El País . 18 septiembre 1981)

LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS.
LOS CASOS DE CANTABRIA, LA RIOJA Y SEGOVIA

El irreflexivo y torpe planteamiento gubernamental de las autonomías del País Leonés, de Castilla y del País Toledano (regiones provenientes de los antiguos reinos de León, Castilla y Toledo) ha producido, según hemos visto, muchas y muy graves anomalías y contradicciones. Ante todo, es de notar que mientras, por un lado, se borra del mapa español a Castilla y se crean dos entes preautonómicos mixtos con el nombre castellano por delante (Castilla-León y CastillaLa Mancha), quedan, por otra parte, fuera de esta denominación tres provincias de radical castellana que, por no perder su propia identidad, se han negado a ingresar en el híbrido conjunto castellano-leonés: Santander, Logroño y Segovia.

No son insolidarias tendencias secesionistas, como a veces se dice, lo que mueve a estas tres castellanísimas comarcas de vieja y muy arraigada tradición a no ingresar en el heterogéneo conglomerado de Castilla-León, sino una vigorosa reacción defensiva ante el peligro de su forzada inclusión en una entidad geopolítica a la que se sienten ajenas y donde su personalidad se desvanecería en aras de un nuevo unitarismo centralista que se barrunta más intenso y omnipresente que el ayer impuesto por el Gobierno central.

La provincia de Santander -con el nombre de Cantabria- y la de Logroño -con el de la Rioja- han tramitado sus respectivas autonomías por considerar que cada una tiene personalidad (histórica, geográfica y cultural) muy distinta de la que confusamente presenta el invento de Castilla-León, cuyo nombre las ha llevado a este desorientador razonamiento: si «eso» es Castilla, claro está que nosotras no somos castellanas. Y así, aceptada la errónea premisa de la castellanidad del conglomerado castellanoleonés, Cantabria y la Rioja demandan sus correspondientes autonomías como singulares regiones uniprovinciales, dejando por su parte el monopolio de lo «castellano» a las dos nuevas y heterogéneas entidades castellano-leonesa y castellano-manchega.

EL «PEQUEÑO RINCON»

Castilla nace en el «pequeño rincón» situado entre el alto Ebro y el mar Cantábrico, donde varios pueblos vascocántabros, que antes habían luchado contra romanos y visigodos, rechazan a los musulmanes al mismo tiempo que mantienen su independencia frente al reino neogótico de León. Aquí, sobre un sustrato lingüístico eusquérico, nació también el romance castellano, que se habló -y escribió - en la Rioja y Alava antes que en las tierras castellanas del alto Duero, y mucho antes de llegar a la planicie de Valladolid y Palencia, de donde hubo de desplazar al bable propio de la región. La Montaña santanderina es, pues, la comarca más castellana de España.

Una Castilla sin la antigua «Montaña Baja de Burgos» sería tanto o más inconcebible que una Cataluña sin la Cerdaña y Pallars, o que un Aragón sin los Pirineos de Huesca. Y al contrario: cualquier región que incluya la provincia de Santander debe llevar como atributo consustancial el nombre castellano. Tampoco es imaginable una Castilla sin la Rioja; tierra de conjunción histórico-geográfica de cántabros, vascos y celtíberos, las tres estirpes de la España prerromana que, en mayor o menor proporción, constituyen el primitivo sustrato étnico de los pueblos castellanos, y patria de los más viejos símbolos y las más auténticas creaciones de la cultura castellana: San Millán de la Cogolla, patrón de Castilla; las Glosas emilianenses, primeras líneas escritas en romance castellano; Gonzalo de Berceo, primer poeta de nombre conocido de la literatura castellana; Santo Domingo de Silos, la figura más destacada de la cultura medieval de Castilla; el Fuero de Nájera...

Si Cantabria y la Rioja rechazan el complejo castellanoleonés por defender la propia autonomía, el caso de Segovia presenta, además y en primer lugar, un valor de afirmación castellana. La provincia de Segovia rechazó, por abrumadora mayoría de sus municipios, la incorporación al artificioso ente castellano-leonés porque los segovianos vieron en él un peligro para el porvenir regional de la verdadera Castilla, de la cual Segovia se siente parte intrínseca. La ciudad de Segovia, las «tierras» de su provincia se oponen a los confusos conglomerados de Castilla-León y Castilla-La Mancha porque propugnan la autonomía de una Castilla netamente castellana, con lo cual defienden a la vez, indirectamente, las autonomías del País Leonés y el País Toledano propiamente dichos.
Segovia ha propugnado, en primer lugar, la autonomía de Castilla, y sólo cuando la decisión gubernamental niega de hecho la posibilidad de una Castilla autónoma, Segovia, ante el dilema de la incorporación forzosa al ente preautonómico castellano-leonés o la autonomía uniprovincial que la Constitución ofrece, recurre a esta última.


EL CASO DE SEGOVIA

De la maraña autonómica en tomo a Castilla en que con increíble ligereza nos metieron en mala hora algunos políticos y cierta clase intelectual ducha en el uso del mimetismo y la demagogia, y del caso singular de la autonomía de Segovia, se ha ocupado recientemente en estas mismas columnas Pedro Altares, en un artículo rebosante de inteligencia, de noble sensibilidad y de respeto por el pueblo segoviano que hoy está dando una lección de cordura, firmeza y dignidad a quienes, en teoría, deberían ser sus informadores y guías en estas difíciles cuestiones. Artículo que merece ser releído con atención.

El caso de Segovia pone dolorosamente de manifiesto algunos de los gravísimos peligros que indefectiblemente acompañan a «procesos tan delicados -y a veces sumamente complejos- como los autonómicos»: las precipitaciones y la demagogia, sobre los cuales llamó reiteradamente la atención -en los años 1978 a 1980- el secretario general del PSOE con advertencias no escuchadas ni siquiera en las filas del propio partido.

Lamentable resulta -al decir de diarios y revistas - observar la pobre conciencia política que, en general, manifiestan los españoles en una etapa de la historia nacional de tan gran trascendencia como la que hoy atraviesa España. La decepción, el pesimismo, la apatía y el desinterés por el bien común dominan por doquier a donde el observador dirija la mirada. Prueba espectacular de ello dio en diciembre un acontecimiento de tanta significación política como el referéndum sobre la autonomía de Galicia, aprobada sólo por un 19% del electorado, con el agravante de que la proporción de «noes» llegó al 80%, lo que sociológicamente -comentan las mismas fuentes informativas - expresa un altísimo grado de escepticismo y displicencia populares. Y es importante no olvidar que tan pobres resultados en pro del estatuto gallego fueron obtenidos con todo el apoyo de la propaganda desarrollada tanto por el Gobierno como por los principales partidos políticos.
Pero -y esto parece más alarmante- cuando la provincia de Segovia, consciente de su castellanía y de los derechos que la Constitución le reconoce para la defensa de su identidad, se opone -por abrumadora mayoría de los ayuntamientos y de la Diputación Provincial, de la opinión publica y de los grupos intelectuales más conscientes y conocedores del país- a formar parte de una heterogéneo entidad castellano-leonesa de reciente y arbitraria invención, dando muestra de mejor conocimiento del problema que el Gobierno y los dirigentes políticos, de viva conciencia ciudadana y de lealtad a la patria chica, entonces.. el Gobierno y los dirigentes políticos se disgustan, y en vez' de apoyar. la en sus derechos y legítimas aspiraciones a un estatuto de autonomía análogo a los de Cantabria o la Rioja, reaccionan negativamente pretendiendo forzar su incorporación a ese híbrido ente regional que el pueblo rechaza.

En estos momentos el Gobierno y la dirección central de la UCD están empeñados en meter a toda costa la provincia de Segovia en el saco autonómico castellano-leonés contra la voluntad de los segovianos, retorciendo incluso el espíritu de la Constitución para negar derechos y aspiraciones colectivas que ella misma protege.


LOS COMPLEJOS «ENTES PREAUTONOMICOS»

Se acusa a los segovianos de fomentar el cantonalismo, lo que -ya lo hemos visto- es absolutamente falso, y de dejarse manipular por caciques locales, porque entre los muchos ciudadanos que en Segovia propugnan la autonomía de Castilla propiamente dicha -y dentro de ella el respeto a la personalidad de su provincia- figuran la mayor parte de los Parlamentario segovianos de la UCD, bien sea por su cariño a la tierra, -que en principio no hay razones para negar-, bien porque han encontrado en este asunto una bella bandera que enarbolar.

Martín Villa, que el año pasado ultimó el ingreso de la provincia de León, hasta entonces defensora de la autonomía regional leonesa, en el discutido ente preautonómico castellano-leonés -lo que provocó una espontánea manifestaci6n de protesta de miles de leoneses-, no parece dispuesto a aceptar la «rebeldía» de Segovia. En cuanto a los dirigentes de los partidos políticos de la oposición que hasta ahora, con más o menos agrado, han apoyado la política autonómica castellano-leonesa, convendría recordarles las prudentes y oportunas advertencias de Felipe González sobre los peligros de proceder a la ligera en asuntos tan graves y de tan delicada naturaleza como las autonomías regionales.

El mayor y más inminente peligro que hoy amenaza a Castilla como pueblo con personalidad propia en el conjunto nacional de España está, sin duda, en los complejos entes preautonómicos de Castilla-León y Castilla-La Mancha. La consolidación de estas confusas nuevas regiones implicaría, con el tiempo, la pérdida de la propia condición de las provincias castellanas en ellas integradas, ante el predominio demográfico, económico y político de los territorios leoneses y toledano-manchegos, respectivamente. Y, al contrario: la persistencia de Cantabria, la Rioja y Segovia como entidades con autonomía uniprovincial, haría de ellas -consciente o inconscientemente- reservas y baluartes castellanos necesarios para emprender, en momento y condiciones oportunas, el rescate conjunto de una nueva y verdadera Castilla, sin la cual no es concebible un auténtico y cabal todo español.

ANSELMO CARRETERO
«El País», 18 septiembre 1981

lunes, abril 10, 2006

LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS.EMBROLLOS EN TORNO A CASTILLA (Anselmo Carretero. El País 1981)

LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS.
EMBROLLOS EN TORNO A CASTILLA

Conocidas con claridad las razones fundamentales de los estatutos de autonomía (gobierno y administración del país más democráticos y eficientes; respeto a la personalidad y a la cultura de los diversos pueblos de España), procede ver cómo, en función de ellas, se están desarrollando los procesos autonómicos.

En doce de los quince pueblos, nacionalidades o regiones históricas (use el lector el término que más le agrade, pues el nombre resulta indiferente) que componen España (Galicia, Asturias, el País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, las Islas Baleares, Valencia, Extremadura, Murcia, Andalucía y las Islas Canarias) se ha tomado, en principio, como base indiscutida el respeto a las entidades históricas, cuyos límites territoriales - con algunas rectificaciones menores- corresponden a las actuales provincias.

En ningún caso este principio básico ha creado dificultades o problemas intrínsecamente nacionales o regionales. En el País Vasco, al contrario: el estatuto de autonomía ha servido para dar carta de naturaleza constitucional a una nueva entidad política que nunca antes (hasta el estatuto republicano de 1936) tuvo realidad histórica. Esta correspondió separadamente a Guipúzcoa, Vizcaya y Alava, pequeños estados independientes, generalmente aliados a Castilla, que, por separado y en diferentes fechas, se unieron pacíficamente a la corona castellana. Nunca existió un estado o entidad histórico-política que abarcara todo el País Vasco. La idea general de que los reyes castellanos juraban en Guernica los fueros del País Vasco es errónea. Nunca hubo tales fueros, y los que allí se juraban eran los propios de Vizcaya. El estatuto de 1936 y ahora el derivado de la Constitución de 1978, son los verdaderos creadores legales de esta nueva entidad, de viejísimas raíces, llamada País Vasco o Euscadi, de la que el siglo XVIII fueron precursores los Caballeritos de Azcoitia, fundadores de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, cuyo mote era Irurak-Bat, que quiere decir: las tres hacen una (Guipúzcoa, Vizcaya y Alava).

En el caso de Navarra, el respeto a la entidad histórica (antiguo reino) ha sido absoluto; y se ha reconocido al pueblo navarro el indiscutible derecho de decidir su incorporación al País Vasco.

PAISES LEONES Y TOLEDANO

Muy diferente ha sido, por desgracia, lo ocurrido en Castilla, el País Leonés -antiguo reino de León- y el País Toledanos -tierras no castellanas del antiguo o reino de Toledo-. En una maniobra de prestidigitación política, tendente a esquivar en la confusión los aspectos más difíciles del problema general de las autonomías, el Gobierno (entonces presidido por Adolfo Suárez) creó precipitadamente en el papel nuevos entes preautonómicos (dominados por la UCD), ocasionando con ello «problemas ficticios» cuya gravedad se ha ido manifestando después.

Así (a espaldas de los pueblos, sumidos en el desconocimiento de su propio ser y en enervante apatía política tras cuarenta años de oscurantismo dictatorial) se decidió eliminar a Castilla (!) del mapa nacional de España, dividiéndola en dos pedazos: uno, que sería incorporado al antiguo reino de León para formar el híbrido llamado Castilla-León, y otro, que quedaría unido al País Toledano para componer Castilla-La Mancha. La sola denominación de estas nuevas entidades pone de manifiesto que Castilla ha sido partida en dos, y sus trozos, unidos a sus vecinas leonesa y toledana.

Pero el patriotismo, aunque sea regional o comarcal, no se impone ni se suprime por decreto ni por la fuerza bruta. (Esta es una de las tremendas lecciones históricas que a todos los españoles nos ha enseñado el franquismo). Ni es posible jugar impunemente desde el gobierno a suprimir, trocear, componer o inventar regiones como si se tratara de un puzzle geográfico.

Si el respeto a los límites tradicionales de todas las demás nacionalidades o regiones históricas encontró general. asentimiento, la arbitraria eliminación de Castilla del mapa de los pueblos de España, y la atribución de sus restos a países vecinos, ha producido disgusto y honda amargura en muchos ciudadanos de las comarcas afectadas.

El hecho resulta moralmente más reprobable si se tiene en cuenta que se está procediendo sin la consciente aprobación de los pueblos de estas regiones y con abuso del estado de ignorancia y confusión sobre tan graves cuestiones en que la prolongada dictadura les ha dejado.

Los que en principio debieron haber sido normales procesos autonómicos de tres viejas e insignes entidades histórico-geográficas (antiguos reinos de León, Castilla y Toledo), y trascurrido --como en el resto de España- por sus cauces naturales, fueron manipulados con tal irresponsabilidad y torpeza que todo se salió de madre, provocando la caótica proliferación de nuevas regiones: unas, por artificiosa creación gubernamental, y otras, como reacción defensiva de auténticas comunidades históricas que, ante el peligro de forzosa inclusión en ficticios entes regionales, que no son ni sientes suyos, prefieren acogerse a las autonomías uniprovinciales previstas en la Constitución.

REGIONES A CONTRAPELO

Lejos, pues, de facilitar la solución del problema general de las autonomías, estas desafortunadas fusiones, a contrapelo de la geografía y la historia, han provocado indirectamente el brote de nuevos anhelos autonómicos, en apariencia insolidarios (la Montaña Cantábrica, la Rioja, Segovia, la provincia de León ... ), que no hubieran surgido si las auténticas regiones históricas de León, Castilla y Toledo hubiesen recibido sus propios estatutos y, dentro de ellas, respetando la identidad de sus comarcas tradicionales. Tal es la verdadera causa de lo que, con excesiva ligereza, suele tildarse de loco afán cantonalista de los castellanos.

Se declara una y otra vez que las autonomás contribuirán eficazmente a preservar la identidad de todas las nacionalidades o regiones de España y al desarrollo de sus respectivas culturas, pero la realidad es, en este caso, que tales híbridos conglomerados llevarían a la aniquilación de Castilla y al profundo deterioro de la personalidad de los países leonés y toledano.

Tampoco reforzaría la democracia por acercamiento del gobierno a la base popular. La vasta entidad castellanoleonesa que se pretende establecer no dejaría los gobiernos de León y de Castilla, respectivamente, en manos de los leoneses y de los castellanos, y aun amenaza resultar en un nuevo centralismo (económico, político y cultural), con sede en Valladolid, menos soportable, por más concentrado, para las provincias auténticamente castellanas, que el hasta ahora ejercido sobre toda España desde Madrid. En realidad, este gran conglomerado es triste hijuela de la idea de la gran Castilla imperial impuesta doctrinalmente por la Falange vallisoletana e imbuida en la mente de millones de españoles por la enseñanza y la propaganda del aparato dictatorial.

Concepción histórica que se abrió camino a través de las mistificaciones en torno a Castilla, fraguadas a mediados del siglo XIX por las oligarquías reaccionarias y magnificadas después por la generación del 98, que llegaron a identificar a Castilla con León (aquélla nació precisamente de la oposición de castellanos y vascos al trono neogótico) y a otorgar carta de nobleza literaria al falso tópico de «la inmensa llanura de Castilla la Vieja», disparate histórico y geográfico e incongruencia racional, pues la vieja Castilla tuvo necesariamente su cuna en un baluarte montañoso, que hizo posible la defensa de su independencia frente a los ejércitos musulmanes y a las no menos aguerridas tropas de la corona de León: la Montaña cantábrica, cuna de Castilla y del romance castellano.

LA ELIMINACION DE CASTILLA

Las decepciones, amarguras y protestas por la eliminación de Castilla del mapa político de España, así como las demandas por la autonomía propia del País Leonés, de Castilla y del País Toledano, iniciadas hoy en grupos minoritarios conocedores de su región y su pasado, y entregados generosamente a la causa comunitaria, irán probablemente en aumento a medida que estos pueblos, mejor informados y libres de tutelas dictatoriales, recobren la memoria histórica, base de la conciencia colectiva que mantiene la voluntad nacional.

Mientras la mayoría de los pueblos de España preparan, con más o menos bríos, un renacer de su personalidad al amparo de los estatutos de autonomía, tres regiones de brillante historia atraviesan una difícil etapa de trascendencia decisiva para su porvenir. En el caso de Castilla está en juego la existencia misma de esta vieja nacionalidad de tan traído y llevado nombre, hasta ayer mismo exaltada hiperbólicamente por los escritores de la generación del 98 y sus continuadores, y hoy a punto de ser eliminada, sin pena ni gloria, entre confusos arreglos políticos de menguada concepción.

En León se necesita mantener la personalidad regional del famoso antiguo reino que tan relevante papel desempeñó en los siglos fundacionales de la nación española y que hoy se pretende disolver en un heterogéneo conjunto de improvisada creación. Con Castilla y con León es menester preservar también la identidad y la autonomía del antiguo reino de Toledo, cuya vasta llanura manchega hizo famosa nuestro inmortal hidalgo y loco justiciero.


TIEMPO PARA RECTIFICAR

El desastre aún no ha sido consumado, y todavía es tiempo de rectificar y tomar el buen camino: el seguido por los demás pueblos de España en sus procesos autonómicos; el mismo que (sin fusiones, secesiones ni confusiones) debe llevar a la autonomía regional del País Leonés, de Castilla y del país Toledano. Y dentro de Castilla será preciso fortalecer el autogobierno de sus diversas provincias, que generalmente se han formado en torno a comarcas de vieja tradición (la Montaña cantábrica, las tierras de Burgos, la Rioja, las tierras de Soria, Segovia y Avila, Madrid, Guadalajara y Cuenca). Si Cataluña y Galicia consideran conveniente establecer una nueva división comarcal de su territorio de arriba abajo, Castilla, al contrario, debe concebirse de abajo arriba, como una mancomunación de todas sus provincias, de manera análoga a como el País Vasco se ha constituido por la unión de los viejos estados de Guipúzcoa, Vizcaya y Alava. «Parecía Castilla en la Edad Media», dice un historiador gallego, «una confederación de repúblicas trabadas por medio de un superior común». Idea que, adaptada al siglo XXI y a la complejidad del moderno estado democrático, puede resultar hoy aún más válida de lo que lo fue para las comunidades de ciudad (o villa) y tierra de la vieja tradición castellana.

Castilla -y con ella el claro porvenir de España- requiere sobre todo, antes de que el error resulte difícilmente reparable, rescatar su personalidad y ocupar el lugar que en el mapa de las regiones autónomas le corresponde como miembro perfectamente definido del conjunto nacional de los pueblos hispanos.

ANSELMO CARRETERO
El País, 17 septiembre 1981

viernes, abril 07, 2006

LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS. RAZÓN DE LOS ESTATUTOS. (Anselmo Carretero ,El País 1981)

LA CUESTION DE LAS AUTONOMIAS.
RAZON DE LOS ESTATUTOS

Desde los años cincuenta, dijimos y repetimos con insistencia que la peor herencia que Franco dejaría a España sería el problema de las nacionalidades, porque las cuatro décadas de su dictadura lo habían enconado gravemente. Lo ocurrido después, es cosa de todos los españoles sabida por vivida. Hoy resulta lugar común en nuestro país lamentar el embrollo de las autonomías, con justificada razón, pues las improvisaciones y los trapicheos políticos, de que algunas de nuestras más viejas e ilustres regiones han sido víctimas, a partir de 1978 han enmarañado el asunto con manifiesta torpeza.

Aunque sea brevísimamente, trataremos aquí de examinar la cuestión desde su misma base. ¿Por qué y para qué son en España necesarias las autonomías de sus diversas regiones históricas? Un rápido análisis nos muestra que dos grandes razones lo exigen ineludiblemente: una, de validez general y naturaleza política; otra, específicamente española y radicalmente nacional.

El estado descentralizado y las autonomías regionales son formas de gobierno y administración pública en principio más democráticas y eficaces que el centralismo estatal, porque acercan el poder al pueblo y hacen la gestión del interés común más asequible a los ciudadanos. El regionalismo - y más aún el federalismo- implica una concepción del estado superior al unitarismo centralista que tantos daños ha causado a España. La concentración de los poderes públicos en un solo gobierno, con sede en la capital, ejercido con rígido criterio unitario e insaciable afán de absorción, llegó en el Estado español durante el franquismo a extremos nunca antes alcanzados, causando todo género de estragos (políticos, económicos, culturales ... ), especialmente en las regiones menos atendidas (el caso de la provincia de Soria es uno de los más impresionantes). Nada tiene, pues, de extraño que se ha a extendido entre los españoles un ampIio sentimiento anticentralista y que en 1978 se considerara necesario introducir en la nueva Constitución las bases de una España de las autonomías.

Otra, profundísima razón - concretamente española y más que de índole política de condición nacional- que en España impone, dentro del marco constitucional vigente, la necesidad de las autonomías regionales es la naturaleza misma de la nación española. Porque España no es una nación homogénea, como lo son otras muchas naciones, sino una entidad nacional muy compleja y varia, una comunidad o familia de pueblos a ninguno de los cuales conviene el gentilicio español más ni menos que a cualquiera de los restantes: conjunto que ya en la Edad Media recibió el nombre plural de las Españas, y que hace tiempo definimos como una nación de naciones, concepto al que se acerca el art. 2 de la Constitución, según el cual la nación española está integrada por diversas nacionalidades y regiones.

NACIONALIDADES O REGIONES HISTORICAS

Galicia, Asturias, León, Castilla la Vieja, el País Vasco (Alava, Vizcaya y Guipúzcoa como unidades histórico-políticas independientes), Navarra, Aragón, Cataluña, Extremadura, Castilla la Nueva (antiguo reino de Toledo), las islas Baleares, Valencia*, Murcia, Andalucía y las Islas Canarias –a parte de Portugal, desprendida del antiguo reino de León en el siglo XII y hoy estado independiente- son las quince nacionalidades o regiones históricas que, a partir de la llamada Reconquista y con mayor o menor relevancia, ocupan el territorio y la escena histórica de España. Todas ellas auténticas creaciones de la historia nacional - la más antigua del siglo VIII, la más reciente del XV-, no artificiosos inventos del Estado español, como de algunas a la ligera se ha dicho, y todas igualmente españolas, cualesquiera que sean su asiento geográfico y su particular cultura.

Tan manifiesta es la personalidad propia de cada uno de estos diversos pueblos, que fácilmente se perciben en ellos mayores diferencias que las a primera vista observables entre otros que hoy constituyen naciones independientes (entre un gallego y un valenciano. o entre un vasco y un andaluz, por ejemplo, se advierte de inmediato mayor contraste que entre un sueco y un noruego, o entre un argentino y un uruguayo). Diversidad tal que, no obstante todas las presiones uniformizadoras (políticas, administrativas y culturales) ejercidas sobre los españoles por el centralismo estatal, éstos se mantienen fieles, a través de los siglos, a sus respectivos gentilicios regionales (asturianos, vascos, andaluces, catalanes, extremeños ... ), firme y entrañablemente arraigados en la conciencia nacional. Esta pluralidad histórica y natural, considerada por algunos como grave mal de la nación que es preciso extirpar, constituye para quienes concebimos a España en su cabal integridad uno de sus más ricos tesoros espirituales, digno del mayor respeto y de amorosa protección.

Por otra parte, la permanente convivencia en el suelo de la Península; la multimilenaria historia conjunta; la lucha por la independencia frente a invasores extranjeros, frecuentemente integrados a la larga en el conjunto español; la participación en empresas comunes, venturosas unas, infaustas otras.... han creado al correr de los siglos una conciencia, unos sentimientos y una voluntad comunitaria entre todos los pueblos de España que, por encima de sus diferencias, constituyen la base histórica y el principal fundamento humano de la nación española. Porque las naciones son criaturas que la historia pare tras lenta y complicada gestación. Y su base y su razón última están en la conciencia que de pertenecer a ellas tienen los individuos que las componen; conciencia colectiva que se mantiene sobre todo de la memoria histórica.

TRADICIONES OPUESTAS

Desde la Edad Media se han encontrado en España dos tradiciones opuestas. Una pluralista y federativo. con tres ramas diferentes: la vieja Castílla, propiamente dicha, y sus vecinas y aliadas, las comunidades vascongadas (Alava, Vizcaya y Guipúzcoa), a ella voluntariamente unidas; los países de la corona catalano-aragonesa (Cataluña, Aragón, Valencia y las islas Baleares), y Navarra, que se unió a la corona de León y Castílla en el siglo XV, conservando su condición de reino por si. Esta tradición, de muy viejas raíces, se manifiesta en el siglo XIX en dos campos políticos opuestos: el carlismo foral y el republicanismo federal.
.Otra concepción de España, unitarista y centralizadora, es la heredada del imperio visigodo, que, a través de la monarquía neogótica nacida en Covadonga, se extiende ampliamente por el suelo peninsular, pasa al imperio español, y tiene una anacrónico y fugaz rebrote seudoimperial en la primera etapa del fracofalangismo. La nación española viene así enredada, desde hace siglos, en una permanente contradicción entre la naturaleza plural y varia del país y sus comunidades históricas, y el régimen centralista y homogeneizador que las oligarquías dominantes han tratado de imponerle.

Grave daño a nuestra tradición pluralista autóctono fue la introducción en España de la idea francesa del Estado nacional, originada en el absolutismo borbónico y desarrollada, con otra filosofía política, por el jacobinismo republicano y el imperio napoleónico. Una nación: un estado, una lengua, una sola ley, una sola bandera, un Gobierno centralizado. Deslumbrados por el brillo de la Revolución Francesa, nuestros progresistas del siglo XIX creyeron, en general, que todos los pueblos del mundo debían seguir el modelo nacional parisino. Error que muy caro hemos pagado. La división de España en provincias, a imitación de los departamentos franceses, establecida por un simple real decreto de 1833, alteró arbitrariamente en algunas regiones los límites tradicionales de las viejas comunidades, para crear nuevas entidades administrativas, sembrando así el germen de conflictos que hoy vienen a complicar más la confusión provocada por nuevos proyectos regionales concebidos con excesiva ligereza.

VINCULACION A LA IDEA FEDERAL

España necesita una idea de la nación acorde con su propia naturaleza, imposible de hallar en modelos extranjeros incongruentes con nuestra historia y nuestra realidad nacional, que conciba la integración de la patria como unión de sus diversos pueblos en el respeto a la personalidad y el Gobierno interno de cada uno de ellos; y una concepción federal del Estado, porque el federalismo es el régimen político que mejor armoniza la unión con la diversidad; la solidaridad del conjunto con la particularidad de los elementos que lo componen. Nuestro país está intrínsecamente vinculado a la idea federal por la naturaleza misma de la nación española. Si hay alguna nación en el mundo - hemos dicho en otro lugar- que por su naturaleza, su geografía, su historia y su cultura, requiera un estado democrático de estructura federal firmemente trabada, ninguno más que España.

La Constitución de 1978, que define a España como integrada por diversas nacionalidades y regiones, y reconoce a todas ellas el derecho a la propia autonomía, aunque no esté basada en una concepción federal del estado, contiene los principios necesarios para una buena solución del gran problema de nuestra complejidad nacional. De acuerdo con ella, los estatutos de autonomía son los instrumentos jurídicos que las nacionalidades o regiones históricas de España necesitan para la protección de su particular identidad.

Extender y consolidar el Gobierno democrático en todos los ámbitos del país. Respetar la personalidad de todos los pueblos hispanos y ayudar al desarrollo de sus respectivas culturas afirmando, a la vez, la integridad del conjunto español. Tales son las razones fundamentales de los estatutos que la Constitución de 1978 acertadamente establece. La primera se articula en torno a elementos objetivos (geográficos, económicos, legales ... ); la segunda, se basa en valores humanos no mensurables (memoria histórica, conciencia y voluntad colectiva de muchedumbres humanas ... ). En la apreciación de aquélla, conviene tener en cuenta la opinión de los expertos; en el enfoque de ésta, puede ser desastroso el consejo de tecnócratas carentes de adecuada sensibilidad.

*Para evitar confusiones entre la ciudad, la provincia y la región pluriprovincial del mismo nombre, los valencianos han decidido llamar a ésta País Valenciano, ejemplo válido para el antiguo reino de León y para el territorio no castellano del antiguo reino de Toledo, confusamente llamado Castilla la Nueva.

ANSELMO CARRETERO
«El País», 16 septiembre 1981


Anselmo Carretero, autor, entre otros libros, de Las nacionalidades españolas y La Personalida de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos, es tal vez el único tratadista que ha estudiado el fenómeno regional español en su conjunto con rigor desde una cuidadosa investigación histórica, sustrato imprescindible para toda construcción autonómica consistente. Anselmo Carretero ha vivido largos años de exilio en Méjico. Sus obras, editadas por primera vez en España en estos últimos años, han suscitado enorme interés.
(Nota redactada por «El País»).

martes, abril 04, 2006

Sentirse y ser

TRIBUNA

Carlos Arnanz Ruiz
Las recientes declaraciones del alcalde de Segovia aparecidas en EL ADELANTADO DE SEGOVIA de una parte y las réplicas y contrarreplicas de destacados dirigentes políticos de uno y otro signo, de la otra, me dan pie para, con todos los respetos, proponer a los lectores las siguientes reflexiones.

Dice nuestro alcalde que no se siente castellanoleonés y que se siente segoviano y español. Prosigue alegando que este sentimiento no lo ha vivido ni en su familia, ni en el colegio ni en la universidad o el ambiente social de esta ciudad. Más adelante se lamenta de que Valladolid (PP) nos quite más de lo que nos da y silencia las estimables inversiones que Madrid (PSOE) desvía para León, Zamora y Salamanca, con lo que Segovia queda fuera de la magnanimidad de unos y otros. Pero a mi juicio, no es cuestión de magnanimidad. Podríamos vivir incluso con un nivel de vida superior al de Suiza y siempre llevaríamos desventaja con respecto a otras comunidades, españolas o no, de ignorar lo que somos y andar a la greña con los sentimientos.

¿Qué somos y qué nos sentimos? La confusión que pesa sobre Castilla, lejos de aclararse, es cada vez más grande. Cualquiera que se acerque a un tema relacionado con este país, deberá tener en cuenta la idea que de él tiene su autor en según qué circunstancias; idea, por lo general equivocada. Así, por ejemplo, veamos algunas falsas concepciones de Castilla que tomo de un libro de Anselmo Carretero:

a) Suele llamarse Castilla la Vieja al conjunto de las provincias de Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila.

b) En algunos mapas se añaden a la anterior demarcación las provincias leonesas de Valladolid y Palencia.

c) A veces se llama Castilla la Vieja al conjunto anteriormente citado más León, Zamora y Salamanca.

d) Se suele llamar Castilla la Nueva a Madrid, Toledo, Cuidad Real, Cuenca y Guadalajara.

e) Es frecuente oír la expresión ambas Castillas para designar las seis provincias de Castilla la Vieja y las cinco de Castilla la Nueva. (a+d)

f) Con mayor latitud se incluye en ambas Castillas el conjunto de las dieciséis provincias castellanas, leonesas y manchegas.

g) Tras los Reyes Católicos al conjunto de Galicia, Asturias, León, Extremadura, Castilla, El País Vasco, Toledo y la Mancha, Andalucía y Murcia e incluso las Canarias.

h) Algunos nacionalistas catalanes, vascos y gallegos han dado en llamar castellanos a todos los españoles de lengua castellana.

Por último puntualiza que Castilla a secas está constituida por las provincias de Santander Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Ávila, Madrid, Guadalajara y Cuenca, con algunas variaciones en sus límites.

Esta Castilla a secas está fragmentada en la actualidad en, al menos, cinco partes: la provincia de Madrid convertida en comunidad del mismo nombre; Cantabria en lo que era Santander; La Rioja en lo que fue Logroño; Castilla y León con las provincias castellanas de Burgos, Soria, Segovia y Ávila mas las leonesas León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia; y finalmente Castilla-La Mancha con las provincias castellanas de Guadalajara y Cuenca más las manchegas de Toledo y Ciudad Real.

Tal embrollo que no se reduce a lo meramente descrito en estas líneas, es lógico que suscite sentimientos muy diversos y más o menos fundados o infundados. Propicia que cada ciudadano se sienta de una cosa, de otra o de nada. Nuestro alcalde salta, pues, del sentimiento segoviano al español porque el castellanoleonés es una entelequia y el castellano está notablemente disminuido. Pero ojo, una cosa es sentirse -me puedo sentir de la Casa de Alba aunque nunca heredaría- y otra muy distinta ser: se es lo que se es, de donde se ha nacido y eso sí es inamovible.

Y mientras en otras regiones sus habitantes adquieren una cada vez mayor conciencia regional o nacional que tanto monta porque es pura semántica, los castellanos andamos sumidos en la que Bosch Gimpera llamara una tremenda "ofuscación" que motiva el que nos perdamos en vanas disquisiciones de si somos o no somos o si nos sentimos o no galgos o podencos.